La Máquina preservadora – Philip K. Dick

El doctor Labyrinth se reclinó en la hamaca de lona y cerró los ojos. Se subió la manta hasta las rodillas.

—¿Y bien? —dije yo. Me estaba calentando las manos junto a la barbacoa. Era un día de sol, claro y fresco; ni una nube cubría el cielo de Los Ángeles. Un espacio verde y ondulado se extendía tras la modesta casa de Labyrinth hasta el pie de las montañas, un pequeño bosque que producía la ilusión de un paraje selvático dentro de los límites de la ciudad—. ¿Y bien? ¿No funcionó la máquina como esperaba?

Labyrinth no contestó. Me di media vuelta y vi que el viejo seguía las evoluciones de un enorme escarabajo de color pardo oscuro que trepaba lentamente por la manta. El escarabajo ascendía con movimientos metódicos y dignos. Llegó a la cumbre y desapareció por el otro costado. Volvíamos a estar solos.

Labyrinth suspiró y levantó los ojos hacia mí.

—Oh, funcionó muy bien.

Busqué al escarabajo, pero no lo vi. Una brisa leve, fría y cortante, sopló bajo las últimas luces del crepúsculo. Me acerqué más a la barbacoa.

—Cuénteme lo que pasó —dije.

El doctor Labyrinth, como la mayoría de las personas que han leído mucho y tienen gran cantidad de tiempo libre, estaba convencido de que nuestra civilización seguía los pasos de Roma. Observaba las mismas grietas que habían socavado los imperios griego y romano; no le cabía la menor duda de que, en breve plazo, nuestra sociedad se derrumbaría y daría paso a un período de oscuridad.

Habiendo llegado a esta conclusión, Labyrinth empezó a preocuparse por todas las cosas hermosas que se perderían en el caos. Pensó en el arte, en la literatura, en la música; y llegó a la conclusión de que, entre todas estas cosas nobles y elevadas, la que se perdería con más rapidez sería la música.

La música es una de las artes más perecederas por su fragilidad y delicadeza.

Labyrinth sufría porque amaba la música, porque odiaba la idea de que un día no quedara nada de Brahms y Mozart, de aquella suave música de cámara que asociaba fácilmente con pelucas empolvadas, arcos de violín suavizados con resina y velas largas que se consumían en la oscuridad.

¡Qué infortunado y estéril sería un mundo sin música! ¡Qué insoportable y aburrido!

Así se le ocurrió la idea de la máquina preservadora. Una tarde que estaba sentado en su salón, con el gramófono a bajo volumen, tuvo una visión. Se imaginó la única partitura de un trío de Schubert, la última copia manoseada, con las esquinas dobladas, tirada en el suelo de algún lugar olvidado, probablemente un museo.

Un bombardero se aproximó. Las bombas redujeron el museo a escombros y derrumbaron sus muros en una confusión de cascotes. La última partitura se perdió entre las ruinas, destinada a pudrirse con el tiempo.

Y, entonces, en la visión del doctor Labyrinth, la última partitura emergió como un topo que sale de la cueva, veloz, furiosa, y armada con garras y dientes.

Todo sería muy distinto si la música poseyera ese ordinario instinto de supervivencia que anida en cada gusano, en cada topo. La música sobreviviría si pudiera ser transformada en una criatura viviente, provista de garras y dientes. Bastaría con inventar una máquina que convirtiera las partituras musicales en seres vivos.

Sin embargo, el doctor Labyrinth no era experto en mecánica. Preparó algunos bocetos y los envió, esperanzado, a laboratorios de investigación. Por supuesto, la mayoría estaban muy ocupados con contratos de guerra, pero por fin encontró uno que le satisfizo. Una pequeña universidad del Medio Oeste alabó sus planos y empezó a trabajar en el proyecto de inmediato.

Pasaron varias semanas. Al cabo de ellas, Labyrinth recibió una postal de la universidad. La máquina progresaba; de hecho, estaba casi terminada. La habían sometido a una prueba, consistente en introducir un par de canciones populares. ¿El resultado? Dos animalitos, semejantes a ratones, surgieron y corretearon por el suelo del laboratorio hasta que el gato se los comió. La máquina había sido un éxito.

La recibió poco después, cuidadosamente embalada dentro de una caja de madera reforzada con alambres. La sacó, y se puso manos a la obra, muy excitado. Ideas confusas atravesaron su mente mientras ajustaba los controles para proceder a la primera transformación. Había seleccionado en primer lugar una partitura muy valiosa, el Quinteto en Sol menor de Mozart. Durante algunos minutos se limitó a volver las páginas, absorto en sus pensamientos. Por último, la introdujo en la máquina.

Pasó un tiempo. Labyrinth permaneció de pie todo el rato, nervioso, inquieto y no muy seguro de lo que hallaría al abrir el compartimento. Tenía la impresión de estar ejecutando una tarea delicada y trágica: preservar la música de los grandes compositores para toda la eternidad. ¿Cuáles serían los resultados? ¿Qué satisfacciones obtendría? ¿Qué forma adoptarían?

Muchas preguntas sin respuesta. La luz roja de la máquina centelleó mientras meditaba. El proceso había terminado. Abrió la puerta.

—¡Santo Dios! —gritó—. Qué cosa tan extraña.

Un pájaro salió del artefacto. El pájaro mozart era hermoso, pequeño y esbelto, con el plumaje vistoso de un pavo real. Cruzó un tramo de la habitación y volvió hacia él, curioso y amigable. El doctor Labyrinth se agachó, tembloroso, y extendió las manos. El pájaro mozart se acercó, pero luego echó a volar.

—Sorprendente —murmuró.

Intentó atraer al pájaro con toda su paciencia, hasta que por fin aleteó en su dirección. Labyrinth lo acarició durante largo rato, pensativo ¿Cómo serían los demás? Le costaba imaginarlo. Encerró cuidadosamente al pájaro mozart en una caja.

Su sorpresa fue mayúscula al día siguiente cuando obtuvo un escarabajo Beethoven, que salió digno y severo. Era el mismo escarabajo que yo había visto trepar por la manta, ocupado en sus propios asuntos.

A continuación, salió el animal Schubert; un corderito que corría de un lado a otro con ganas de jugar. Labyrinth se sentó y analizó con toda seriedad la situación.

¿Cuáles eran los factores de supervivencia? ¿Un plumaje ligero era mejor que garras y dientes afilados? Labyrinth estaba perplejo. Esperaba un desfile de criaturas fuertes y macizas, provistas de garras y escamas, belicosas y dispuestas a dar mordiscos y coces. ¿Iba por el buen camino? ¿Quién podía dar por sentados los mejores medios de supervivencia? Los dinosaurios, pese a su enorme envergadura, se habían extinguido. En cualquier caso, la máquina ya estaba construida y era demasiado tarde para volver atrás.

Labyrinth continuó con sus planes e introdujo en la máquina preservadora a muchos otros compositores, hasta que los bosques circundantes se poblaron de criaturas que gemían y gritaban en la noche. Obtuvo ciertas creaciones que le llenaron de estupor. El insecto brahms, un enorme ciempiés en forma de disco achatado, cubierto de un espeso pelaje, tenía muchas patas que salían en todas direcciones. El insecto brahms amaba la soledad y se perdió de vista al poco tiempo, pues temía al animal wagner, que había surgido un poco antes.

El animal wagner era grande y moteado de diversos colores. Tenía mal carácter, y Labyrinth procuraba evitarlo, al igual que los insectos bach, criaturas redondas como globos, de diversos tamaños, obtenidas de los Cuarenta y ocho Preludios y Fugas. No faltaba el pájaro stravinski, de composición extravagante, y muchos otros más.

Dejó que se refugiaran en los bosques, adonde fueron saltando, arrastrándose o rodando. Experimentaba una sensación de fracaso. Cada nueva criatura le sorprendía más que la anterior. No controlaba el proceso, se le iba de las manos, producto de alguna ley invisible e implacable que le atormentaba. Las criaturas eran transformadas por alguna fuerza profunda e impersonal que Labyrinth no alcanzaba a comprender y que le atemorizaba.

Labyrinth dejó de hablar. Aguardé un rato, pero no parecía animado a proseguir. El viejo me miraba de una forma extraña y suplicante.

—Eso es todo cuanto sé —dijo—. No he vuelto a los bosques desde hace mucho tiempo. Tengo miedo. Sé que algo está pasando, pero…

—¿Por qué no vamos juntos a echar un vistazo?

—¿No le importa? —sonrió, aliviado—. Esperaba que me lo sugiriera. Este asunto me tiene muy preocupado. —Apartó la manta y se puso de pie—. Vamos.

Rodeamos la casa y seguimos un estrecho sendero que penetraba en el bosque. El lugar tenía un aspecto salvaje y caótico, y se había convertido en un descuidado mar de hierba. El doctor Labyrinth abría la marcha, apartando las ramas. A veces tenía que avanzar a gatas.

—Menudo lugar —comenté.

Caminamos durante un rato. El bosque era húmedo y oscuro; se había hecho casi de noche, y una ligera niebla descendió sobre nosotros a través de las hojas de los árboles.

—Nadie viene por aquí —dijo el doctor Labyrinth, al tiempo que se detenía y paseaba la vista a su alrededor—. Quizá sería mejor ir a buscar mi escopeta. No quiero dejar nada al azar.

—Parece muy seguro de que algo va mal. —Me reuní con él—. Tal vez no haya para tanto.

Labyrinth aplastó con el pie algunos matorrales. —Están en todas partes, espiándonos, rodeándonos. ¿No lo nota? Asentí distraído. —¿Qué es esto? Levanté una rama pesada y casi podrida, y la arrojé fuera del camino. Un montículo se formó donde había caído, informe y medio entenado en el suelo. —¿Qué es esto? —repetí. Labyrinth mantenía la vista baja, con expresión desesperada. Pateó el montículo sin saber lo que hacía. Me sentí Inquieto—. ¿Qué es esto, por el amor de Dios? ¿Lo sabe? Labyrinth levantó los ojos hacia mí poco a poco.

—Es el animal schubert —murmuró—. Al menos, lo fue. Ya no queda mucho.

El animal schubert es el que había salido corriendo y retozando como un cachorro. Me agaché para examinar más de cerca el montículo. Aparté algunas hojas y ramitas. Estaba muerto. Tenía la boca abierta y el cuerpo abierto en canal, invadido por los gusanos. Empezaba a descomponerse.

—¿Qué habrá ocurrido? —preguntó el doctor Labyrinth, agitando la cabeza—. ¿Qué lo habrá provocado?

Oímos un ruido y nos giramos rápidamente.

Al principio no vimos nada. Un arbusto se movió y pudimos distinguir su forma. Debía de llevar todo el rato observándonos. Era una criatura inmensa, y sus ojos brillaban con intensidad. Me pareció un coyote, sólo que más corpulento. El pelaje que lo cubría era muy espeso, y su hocico entreabierto colgaba como si se asombrara de nuestra presencia allí.

—El animal wagner —dijo Labyrinth con voz entrecortada—, pero ha cambiado. Ha cambiado. Apenas lo reconozco.

El animal olfateó el aire y su pelo se erizó. De repente, desapareció en las sombras.

Permanecimos quietos algunos minutos, sin decir nada. Labyrinth fue el primero en reaccionar.

—Así que de eso se trataba. No puedo creerlo. Pero ¿por qué? ¿Qué…?

—Adaptación —dije—. Cuando dejas en libertad a un gato doméstico se convierte en salvaje. Lo mismo pasa con un perro.

—Sí —asintió—. Un perro se convierte en un lobo para sobrevivir. Es la ley de la selva. Tendría que haberlo previsto: es inevitable.

Miré el cadáver que yacía en tierra, y luego los matorrales. Adaptación… o algo peor. Una idea se estaba formando en mi mente, pero no dije nada, al menos de momento.

—Me gustaría ver algunos más.

Labyrinth se mostró de acuerdo. Nos adentramos entre la hierba y la maleza, apartando ramas y troncos. Encontré un palo, pero Labyrinth se puso de rodillas y revisó el terreno como un experto rastreador de pistas.

—Incluso los niños se convierten en animales —dije—. ¿Recuerda los niños lobo de la India? Nadie podía creer que habían sido niños normales.

Labyrinth asintió. Se sentía desdichado, y no costaba comprender por qué. Se había equivocado al concebir su idea original, y las consecuencias se revelaban ahora. La música sobreviviría en forma de criaturas vivientes, pero había olvidado la lección del Paraíso: cuando se crea algo, adquiere vida propia y deja de pertenecer al creador que la ha moldeado y dirigido según sus deseos. Dios, al contemplar la evolución del hombre, tal vez haya sentido la misma tristeza y humillación padecidas por Labyrinth: ver que sus criaturas se transforman y cambian en virtud de la ley de la supervivencia.

Ya no significaba nada para él que sus criaturas musicales hubieran sobrevivido, porque lo que intentaba evitar, el embrutecimiento de las cosas bellas, se producía en ellas ante sus propios ojos. El doctor Labyrinth me dirigió una mirada llena de autoconmiseración. Al asegurar su supervivencia les había quitado todo sentido. Intenté sonreír, pero desvió la mirada.

—No se preocupe —le dije—. El cambio del animal wagner no fue tan radical. ¿No era rudo y temperamental? ¿No tenía cierta inclinación a la violencia?

Callé. El doctor Labyrinth había dado un salto hacia atrás, retirando su mano de la hierba. Se apretó la muñeca, temblando de dolor.

—¿Qué le ha pasado? —Corrí hacia él. Me tendió su mano—. ¿Qué ha sucedido?

Examiné la mano, y observé que el dorso estaba surcado de marcas y cortes rojizos que se hinchaban rápidamente. Algo le había picado o mordido. Revolví la hierba con el pie.

Se produjo un movimiento. Una bolita dorada rodó hacia los arbustos. Estaba cubierta de espinas, como una ortiga.

—¡Cójala! —gritó Labyrinth—. ¡Rápido!

Le obedecí. Saqué mi pañuelo para protegerme de las espinas. La esfera trató de rodar fuera de mi alcance, pero al final la atrapé con el pañuelo.

Labyrinth observó el pañuelo que se agitaba.

—Apenas puedo creerlo —dijo—. Será mejor que volvamos a casa.

—¿Qué es?

—Uno de los insectos bach, pero ha cambiado mucho…

Regresamos a la casa por el mismo sendero, abriéndonos paso en la oscuridad. Yo iba delante, apartando las ramas, y Labyrinth me seguía, en silencio y de mal humor. Se frotaba la mano de vez en cuando.

Entramos en el patio y subimos la escalera del porche. Labyrinth abrió la puerta y fuimos a la cocina. Encendió la luz y se apresuró a lavarse la mano.

Saqué del armario un frasco vacío y tiré adentro el insecto bach. La hola dorada rodó tenazmente mientras yo ajustaba la tapa. Me senté a la mesa. Ninguno de los dos habló. Labyrinth sostenía la mano bajo el chorro de agua fría, y yo contemplaba los esfuerzos de la bolita dorada para escapar de su prisión.

—¿Y bien? —dije por fin.

—No hay duda. —Labyrinth se acercó y se sentó al otro lado de la mesa—. Se ha producido alguna metamorfosis. Para empezar, no tenía espinas envenenadas. Al menos ejercí con precauciones mi papel de Noé.

—¿Qué quiere decir?

—Son neutros; no pueden reproducirse. No habrá una segunda generación. Cuando mueran, se terminará todo.

—Me alegro de que pensara en ello.

—Me pregunto —murmuró Labyrinth—, me pregunto cómo sonaría ahora.

—¿A qué se refiere?

—A la esfera, el insecto bach. Ésa sería la auténtica prueba, ¿no? Podría introducirla de nuevo en la máquina. ¿Quiere que probemos?

—Lo que usted diga, doctor. A su criterio; pero no albergue demasiadas esperanzas.

Cogió el frasco con cuidado y bajamos por los inclinados peldaños que conducían al sótano. Distinguí una gran columna de metal opaco que se alzaba en una esquina, junto a las cañerías del lavadero. Tuve una extraña sensación. Era la máquina preservadora.

—Así que es esto —dije.

—Sí.

Labyrinth activó los controles y los manipuló un rato. Después cogió el frasco y lo sostuvo sobre la tolva. Sacó la tapa y el insecto bach se introdujo con escasa convicción en la máquina. Labyrinth cerró la tolva.

—Vamos allá —dijo.

Puso en marcha la máquina. Labyrinth se cruzó de brazos y esperó. La noche cayó en el exterior con su manto de tinieblas. Se encendió un indicador rojo en la parte delantera de la máquina. El doctor desconectó la máquina y guardamos silencio; ninguno quería ser el primero en abrir el aparato.

—¿Bien? —dije por fin—. ¿Cuál de los dos va a mirar?

Labyrinth deslizó la tapa que protegía la ranura y buscó en el interior de la máquina. Sus dedos extrajeron una delgada hoja de papel, una partitura musical. Me la tendió.

—Éste es el resultado. Subamos y la interpretaremos.

Fuimos a la sala de música. Labyrinth se sentó ante el piano de cola, y yo le pasé la partitura. La estudió un momento, inexpresivo y distante. Después empezó a tocar.

Escuché la música. Era espantosa. Jamás había oído nada parecido. Era distorsionada, diabólica, carente de sentido, pero producía una horripilante y siniestra sensación. Me costó un gran esfuerzo reconocer que había sido alguna vez una fuga de Bach, parte de una de las obras más coherentes y respetadas del mundo.

—Ya tengo la solución —anunció Labyrinth.

Se puso en pie, tomó la partitura entre las manos y la rompió en mil pedazos.

Mientras bajábamos por el sendero en dirección a mi coche, le dije:

—Creo que la lucha por la supervivencia es una fuerza más poderosa que la de cualquier ética humana. Empequeñece nuestras costumbres y nuestros principios morales.

Labyrinth se mostró de acuerdo.

—Puede que no haya forma de preservar esas costumbres y esos principios morales.

—El tiempo tiene la palabra —dije—. Aunque este método haya fallado, es posible que otros triunfen; algún día surgirá algo que en este momento somos incapaces de predecir.

Me despedí y subí al coche. Estaba muy oscuro; había anochecido por completo. Encendí los faros y me adentré en la carretera, rodeado de una espesa penumbra. No se veían más coches; estaba solo, y tenía mucho frío.

Aminoré en la curva para cambiar de marcha. Algo se movió en la oscuridad, en la base de un gigantesco plátano. Forcé la vista, tratando de distinguir lo que era.

Un escarabajo oscuro intentaba construir algo en la base del plátano; colocaba trozos de barro, unos encima de otros, formando una estructura extraña. Contemplé al escarabajo durante un rato, asombrado y curioso, hasta que reparó en mi presencia y detuvo su actividad. El escarabajo dio media vuelta con brusquedad y entró en la estructura, cerrando la puerta detrás suyo con un fuerte golpe.

Arranqué al instante.

 

 

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