Cuando se Quiere, Cuando se Ama – Theodore Sturgeon

Estaba hermoso en la cama de ella.
Cuando hay interés, cuando hay amor, cuando se atesora a alguien, puede contemplarse al amado dormido como se contempla todo, cualquier otra cosa: su risa, sus labios fruncidos, una mirada incluso ausente; una zancada, el sol enredado en un mechón de pelo; una bufonada o un gesto: incluso la inmovilidad, incluso el sueño.
Ella se inclinó un poco más, conteniendo el aliento, y contempló sus pestañas. A veces las pestañas son recias, abarquilladas, rubias; todo eso eran aquéllas, y satinadas porañadidura. Miradas muy de cerca… allí donde se curvan, vive la luz en diminutas y apretadas cimitarras.
Todo tan bueno, tan intensamente bueno, que ella se permitió deliciosamente a sí misma dudar de su realidad. Dentro de unos instantes se permitiría a sí misma creer que era real, que era cierto, que estaba ahí, que había ocurrido al fin. Todas las cosas que la vida le había dado hasta entonces, todo lo que había deseado, lo habla obtenido con sólo pedirlo. Cualquier deleite, orgullo, placer, incluso gloria en la nueva posesión de un regalo, un privilegio, objeto o experiencia: un anillo, un sombrero, un juguete, un viaje a Trinidad; sin embargo, todo ello se le había presentado siempre (hasta ahora) sobre la bandeja llamada vaya, naturalmente, con la cual le eran servidas aquellas cosas. Aunque, ¿acaso no las había deseado? Pero lo de ahora… él, ahora… el mayor de todos sus deseos de siempre; en toda su vida, lo primero que trascendía el propio deseo y se convertía a sabiendas en necesidad: lo tenía al fin, por mucho, mucho tiempo (cuánto, ahora), lo tenía de verdad y por entero para siempre, por siempre y sin nada de vaya, naturalmente. Él era su milagro personal, él en esta cama ahora, apasionado y amándola a ella. Él era la razón y la recompensa por todo: su familia y sus antepasados, conocidos por tan pocos y sufridos por tantos, y en realidad, toda la historia del género humano había conducido a ello, y todo cuanto ella misma había hecho y experimentado; y amarle, y perderle, y verle como muerto y devolverle a la vida: todo era para este momento y porque el momento tenía que llegar, él y esa cúspide, ese calor en esas sábanas, ese ahora de ella. Él era todo vida y toda la belleza de la vida, hermoso en la cama de ella; y ahora ella podía estar segura, podía creerlo, creer…
—Lo creo —suspiró ella—. Le creo.
— ¿Qué es lo que crees? —le preguntó él. No se había movido.
— ¡Diantre! Creí que dormías.
—Bueno, sí. Pero noté que alguien estaba mirando.
—Mirando, no —dijo ella suavemente—. Contemplando.

Ella contemplaba todavía las pestañas, y no las vio agitarse, pero entre ellas asomaba ahora una rendija brillante del aluminio gris y frío de sus sorprendentes ojos. Dentro de unos instantes él la miraría —sólo eso—, dentro de un momento sus ojos se encontrarían y sería como si nada nuevo hubiese ocurrido (ya que sería el mismo proyectil metálico que la había traspasado la primera vez) y también como si todo, todo, estuviera ocurriendo de nuevo. Dentro de ella, la pasión hirvió como una bola de fuego incandescente, tan enorme, tan bella…
Y como la cosa más terrible de la tierra, sin pausa, el resplandor cambió, variando desde los matices de todas las clases de amor hasta todas las tonalidades del terror y los colores del cataclismo.
Ella gritó el nombre de él…
Y los ojos grises se abrieron de par en par asustados por los temores de ella y asombrados, y se incorporó riendo, y la mueca de sus rientes labios se transformó sin pausa en la pálida contorsión de la agonía, y los labios se separaron uno de otro, excesivamente, mientras los blancos dientes chocaban y mientras entre ellos él gritaba su dolor. Cayó de costado y doblado sobre si mismo, gimiendo, jadeando fatigosamente, gimiendo, jadeando, arrastrado lejos de ella, incluso de ella, inalcanzable incluso para ella.
Ella gritó. Ella gritó. Ella…
Una biografía de los Wyke es difícil de obtener. Esto ha sido cierto durante cuatro generaciones, y mas cierto a cada una de ellas, pues cuanto mas crecían las propiedades de losWyke menos visible se hacia la familiaWyke, ya que tal fue la última voluntad del capitán Gamaliel Wyke cuando hubo escuchado la voz de su con ciencia. Como era un hombre prudente, esto no ocurrió hasta que se hubo retirado de lo que eufemísticamente llamaban comercio de melazas. Su barco —mas tarde su flota— había transportado a Europa excelente ron de Nueva Inglaterra, hecho con las melazas traídas de las Indias Occidentales a Nueva Inglaterra. Evidentemente, la travesía hacia el Oeste requería una carga remuneradora para cerrar con un tercer lado aquel provechoso triángulo. ¿Y qué mejor carga para las Indias Occidentales sino los africanos, para recolectar la caña y trabajar en los molinos que producían las melazas?
Definitivamente rico y retirado, durante algún tiempo se limitó a vivir entre sus iguales, llevando su casaca de paño fino y su nívea ropa blanca de opulento hacendado, sin más adorno personal que un macizo anillo de oro y unas pequeñas hebillas cuadradas de oro en sus rodillas. Sus conversaciones versaban sobre negocios demelazas, amenudo; raras veces sobre el ron, y nunca sobre los esclavos. Vivía con una esposa atemorizada y un hijo silencioso, hasta que ella murió y algo —quizá la soledad— restableció la conexión entre su cerebro y sus viejos y sagaces ojos, y le hizo mirar a su alrededor.
Empezó a disgustarle la hipocresía humana, y fue lo bastante sincero como para sentir disgusto también de si mismo, y esto fue algo nuevo para el capitán; no podía olvidarlo, pero tampoco soportarlo, conque dejó al muchacho con la servidumbre y, llevándose un solo criado, se retiró al desierto a bucear en su alma.
El desierto era el «Viñedo de Martha»; durante todo un crudo invierno el anciano se acuclilló al fuego cuando elmal tiempo no le permitía salir y, embozado en cuatro grandes chales grises, paseó por las playas cuando lucía el sol, con su telescopio de latón debajo del brazo y sus inflexibles y sagaces pensamientos batallando duramente con sus convicciones. Al terminar la primavera regresó a Wiscassett, su áspero carácter y su laconismo incrementados casi hasta la mudez. Liquidó (según la descripción de un
desconcertado contemporáneo) «todo lo que era ostentación», y se llevó a su hijo, como acoquinado y obediente discípulo, al Viñedo; allí, con acompañamiento de fragorosas rompientes y chirriantes gaviotas, el muchacho recibió una educación comparada con la cual, todas las enseñanzas recibidas por los Wyke durante cuatro generaciones iban a ser simples suplementos.
Pues, en su retiro a las tormentas y la soledad del yo interior y del Viñedo, Gamaliel Wyke había hecho las paces con el Decálogo, nada menos.
Nunca habla puesto en tela de juicio los Diez Mandamientos, ni los había desobedecido a sabiendas. Como otros muchos antes que él, atribuía el calamitoso estado del mundo y el pecado de sus habitantes a su negativa a observar aquellas Normas. Pero en sus mandatos, concluyó al final devotamente, Dios habla subestimado la estupidez del género humano. De modo que Gamaliel Wyke decidió enmendar el Decálogo por sí mismo, añadiendo «…ni ser causa…» a cada Mandamiento, sencillamente para que resultará más fácil regirse por ellos:
«…ni ser causa de que el nombre de Dios sea tomado en vano.
…ni ser causa de que se cometan robos.
…ni ser causa de deshonra para tu padre y tu madre.
…ni ser causa de la comisión de adulterio.
…ni ser causa de que se cometa asesinato».
Pero la revelación se produjo cuando llegó al final. Vio con súbita claridad que toda la insensatez del género humano: voracidad, lujuria, guerras, deshonra, procedían del desprecio casi absoluto de la humanidad hacia este mandamiento y su enmienda: «No codiciarás… ni serás causa de codicia».
Se le ocurrió entonces que despertar codicia en otro era un pecado tan mortal como matarle o ser causa de su asesinato. Sin embargo, en todo el mundo se alzan imperios, se ostentan grandes yates y castillos y jardines colgantes, mausoleos y trusts y títulos universitarios, con el propósito de despertar la envidia o la codicia de los menos dotados… o ejerciendo tal efecto al margen de otra motivación.
Ahora bien, un hombre tan rico como Gamaliel Wyke podía resolver el problema, por lo que a él concernía, a la manera de San Francisco; pero era capaz de renunciar al Decálogo y sus enmiendas, a todas las Escrituras y a su nudoso brazo derecho antes que desprenderse a su congénita y arraigada adquisividad yanqui (aunque esto no lo confesaba, ni siquiera a sí mismo). Y otra solución habría sido coger sus riquezas y enterrarlas en la arena del «Viñedo de Martha», para evitar que causaran codicia. Sólo el pensarlo le producía sensación de ahogo, como si tuviera las fosas nasales obturadas con arena; el dinero era para él una cosa viva y no debía ser enterrado.
Y llegó a esta conclusión definitiva: Amasa tu dinero, disfrútalo, pero no dejes que nadie lo sepa. El desear la esposa de un vecino, o el asno de un vecino, o cualquier otra cosa, concluyó, presuponía conocer la existencia de tales bienes. Ningún vecino podía desear algo suyo si no podía darle un nombre.
Por eso Gamaliel pesó con la fuerza de la gravedad y con el peso del granito en la mente y en el alma de su hijoWalter, yWalter engendró a Jedediah, y Jedediah engendró a Caifás (quien murió) y Samuel, y Samuel engendró a Zebulón (quien murió) y Sylva; así que tal vez el verdadero comienzo de la historia del muchacho que se convirtió en su propia madre ha de buscarse en el capitán GamalielWyke y en su revelación, azotada por la arena, profunda como el mar, dura como la roca.
…cayó de costado sobre la cama y se dobló sobre sí mismo, gimiendo, jadeando fatigosamente, gimiendo, jadeando, arrastrado lejos de ella, incluso de ella, inalcanzable incluso para ella.
Ella gritó. Ella gritó. Se incorporó y se apartó de él y corrió desnuda hacia la sala de estar, descolgó el teléfono de marfil:
— ¡Keogh!—gritó—. ¡Por el amor de Dios, Keogh!
…y regresó al dormitorio donde él yacía con la boca abierta de la que brotaba un ronco y horrible uh uh, mientras ella se retorcía las manos. Trató de coger una de las suyas y la encontró tensa de agonía e inconsciente. Ella le llamó, le llamó y luego volvió a gritar.
El zumbador sonó con imperdonable discreción.
— ¡Keogh! —gritó ella, y el cortés zumbador sonó de nuevo… La cerradura, ah, maldita cerradura… cogió su salto de cama y llevándolo en la mano corrió a través del gabinete y la sala de estar y el salón y el vestíbulo y abrió la puerta de par en par. Tiró de Keogh sin darle tiempo a volverse, metió un brazo por una manga de la prenda y gritó:
—Keogh, por favor, por favor, Keogh, ¿qué le pasa? —y voló hacia el dormitorio, obligando a Keogh a acelerar el paso para no quedarse atrás.
Entonces Keogh, presidente del consejo de administración de siete grandes corporaciones, consejero de una docena más, director general de una modesta empresa familiar que durante más de un siglo se había especializado en la tenencia de acciones de compañías subsidiarias, se acercó a la cama y fijó su fría mirada azul en la figura que agonizaba allí.
Meneó la cabeza.
—No has llamado al hombre adecuado —dijo secamente, y corrió hacia la sala de estar, empujando a un lado a la muchacha con un gesto mecánico. Descolgó y dijo—:Envíame a Rathburn aquí. Ahora. ¿Dónde está Weber? ¿No lo sabes? Bueno, localízaley envíale aquí… No me importa. Alquila un avión. Compra un avión.
Colgó y regresó al dormitorio. Se acercó a la muchacha por detrás y suavemente cubrió con el salto de cama su otro hombro, y sin dejar de hablarle en tono cariñoso dio la vuelta en torno a ella y le ató el cinturón.
— ¿Qué ha pasado?
—Nada… Él estaba…
—Vamos,muchacha, sal de aquí. Rathburn está a punto de llegar, y hemandado llamar a Weber. Si hay un médico mejor que Rathburn sólo puede ser Weber, conque tendrás que dejar el asunto en manos de ellos. ¡Vamos!
—No me separaré de él.
— ¡Vamos! —repitió Keogh con autoridad; luego murmuró, mirando hacia el lecho por encima del hombro de la muchacha—: Él lo desea, ¿no te das cuenta? No quiere que le veas así. ¿No es cierto? —inquirió.
El rostro vuelto a un lado ymedio hundido en la almohada brilló sudoroso; un calambre atenazó los músculos de la boca, del lado que ellos podían ver. La cabeza asintió rígidamente; fue como un estremecimiento.
—Y… cierra… bien… la puerta… —logró susurrar.
—Vamos —dijo Keogh, y repitió—: Vamos.
Tiró de ella hacia la salida del dormitorio; ella dio un traspiés. Miró hacia atrás con una expresión anhelante en el rostro hasta que Keogh, sujetándola con las dos manos, dio un puntapié a la puerta y ésta se cerró. La cama desapareció de su vista. Keogh se apoyó de espaldas contra la puerta como si la aldaba no fuera suficiente para mantenerla cerrada.
— ¿Qué le ocurre? ¿Qué le ocurre?
—No lo sé —dijo Keogh.
—Lo sabes, lo sabes. Siempre lo sabes todo… ¿Por qué no dejas que me quede con él?
—Él no lo desea.
Ella profirió un grito inarticulado.
—Tal vez él también preferiría gritar —susurró Keogh.
Ella luchó… Era fuerte; ágil y fuerte. Quiso apartar a Keogh de la puerta, pero no lo consiguió, de modo que al fin no le quedó sino llorar.
Keogh la sostuvo en sus brazos de nuevo, como no hacía desde que ella era una niña y se sentaba en su regazo. La sostuvo en sus brazos y miró sin ver la impasible y gloriosa mañana, desdibujada a través de la nube de los cabellos de la muchacha. Y deseó detener la mañana, el sol y el tiempo, pero……pero sólo hay una cosa cierta sobre la mente humana, y es que actúa, se mueve, trabaja incesantemente mientras hay vida. La acción, el movimiento y el trabajo difieren de los de un corazón o de una célula epitelial en que estos últimos tienen funciones, y en cualquier circunstancia realizan sus funciones. En vez de una función, la mente tiene un deber, el de convertir a un mono desnudo en un ser humano… Sin embargo, como para demostrar cuán trivial es la diferencia que existe entre la mente y el músculo, la mente ha de moverse hasta cierto punto, cambiar siempre hasta cierto punto, mientras hay vida, como una apestosa glándula sudorípara…
Sosteniendo a la muchacha, Keogh pensó en Keogh.
La biografía de Keogh es algo más difícil de obtener que la de los Wyke, y no es a pesar de media vida transcurrida a la sombra del dinero, sino precisamente a causa de ello. Keogh era un Wyke en todo, menos en la sangre y en la casta. Los Wyke le poseían a él y a todo lo que él poseía, que no era poco.
Sin duda fue niño alguna vez, y joven; podía recordarlo si se lo proponía, pero no se molestaba en hacerlo. La vida empezó para él cuando la summa cum laude, la graduación en negocios y en leyes y (tan joven) el año y medio con Hinnegan y Bache, y luego la increíble oportunidad en el Banco Internacional; cuando se le exigió lo imposible en el asunto Zurich-Plenum y su afortunada gestión, y la distancia que aumentó entre él y sus socios año tras año, mientras para él la luz crecía y crecía, lo mismo que las dimensiones de su trabajo, hasta que al fin fue admitido con los Wyke, y le fue permitido comprobar que los Wyke eran Zurich y Plenum, y el Banco Internacional, y Hinnegan y Bache; eran en realidad su Facultad de Derecho y su escuela y mucho, muchísimo más. Y por fin, hacia dieciséis años… no, dieciocho años, exactamente, llegó a ser el Director General, y las distancias se habían convertido en abismos entre él y el resto del mundo, mientras la luz, su propia y enorme iluminación personal, le revelaba casi a él solo un complejo financiero-industrial sin precedente en su país, y virtualmente único en el mundo.
El comienzo, el otro comienzo, fue cuando el viejo Sam Wyke le llamó de repente aquella mañana, cuando (aunque Director General, con muchos presidentes de consejos de administración), era todavía el hombre más joven de aquella inaccesible oficina.
—Keogh —le dijo el viejo Sam—, te presento a mi niña. Sácala a pasear, dale todo lo que quiera, y regresa a las seis.
Luego había besado a la niña en la coronilla de su sombrero de paja de color oscuro, se había dirigido a la puerta y se había vuelto antes de llegar a ella, para ladrar:
—Si ves que se pavonea o hace algún alarde de ostentación, Keogh, mano dura con ella, ¿entendido? No me importa lo que haga, pero no permitas que se enorgullezca de algo que ella posea frente a alguien que no lo tenga. Ese es mi Primer Mandamiento.
Y se había marchado, dejando que un silencioso y desconcertado movedor de montañas cruzase miradas con una tímida chiquilla de once años. Ella tenía la piel luminosa y pálida, los cabellos negro azabache, sedosos y brillantes, y las cejas pobladas y negras.
La summa cum laude, el ingreso en Hinnegan y Bache… todas aquellas cosas fueron comienzos y él sabía que lo eran. Durante algún tiempo no supo que lo de ahora lo había sido también, como asimismo ignoraba que había asistido a la versión contemporánea del «No serás… causa de codicia» del capitán Gamaliel. En aquel momento sólo pudo permanecer perplejo unos instantes; luego se excusó y se dirigió a la oficina del tesorero, donde firmó un recibo y alivió de su contenido a un modesto cofre de dinero que distaba mucho de ser modesto. Cogió su sombrero y su chaqueta y regresó a la oficina del Presidente. Sin pronunciar palabra, la niña se puso en pie y le acompañó hacia la puerta.
Almorzaron y pasaron la tarde juntos, y regresaron a las seis. Keogh le compró a la niña todo lo que ella quiso, en una de las tiendas más caras de Nueva York. La llevó únicamente a los lugares de diversión a donde ella le pidió que la llevara.
Cuando terminó todo, Keogh devolvió el fajo de billetes al modesto cofre, menos el dólar y veinte centavos que había gastado. Ya que en la tienda —la mayor juguetería del mundo— ella se había limitado a elegir una pelota de espuma de goma, que empaquetaron para ella en una caja cuadrada. La llevó cuidadosamente cogida por el cordel durante el resto de la tarde.
Adquirieron su almuerzo a un vendedor ambulante: él comió un bocadillo con lechuga, y ella comió dos, con gran fruición.
Subieron a la parte alta de la ciudad viajando en la imperial del autobús de la Quinta Avenida.
Visitaron el zoológico de Central Park y compraron una bolsa de cacahuetes para la muchacha y las palomas, y una bolsa de buñuelos para la muchacha y los osos.
Luego tomaron otro autobús para regresar, y eso fue todo. Así pasaron la tarde.
Keogh recordaba bien lo que ella parecía entonces: una especie de pequeño príncipe muy limpio, con su sombrero de paja. No podía recordar de qué habían hablado, ni si realmente habían hablado mucho. Estaba dispuesto a olvidar el episodio, o por lo menos a archivarlo en el departamento de Trivialidades Varias de su cerebro cuando, una semana después, el viejo Sam le entregó un fajo de documentos y le dijo que los leyera todos y luego le formulara las preguntas que creyera necesarias. La única pregunta que se le ocurrió fue: « ¿Está usted seguro de si quiere seguir adelante con esto?», pero al viejo Sam no se le podía ir con esa clase de preguntas. Conque lo pensó detenidamente y se limitó a preguntar: « ¿Por qué he de ser yo?», y el viejo Sam le miró de arriba a abajo y gruñó: «Porque le has caído bien a ella. Por eso».
Y así fue cómo Keogh y la muchacha vivieron juntos durante un año en un pueblo algodonero del Sur. Keogh trabajaba en el almacén de la Compañía. La muchacha trabajaba en la factoría de algodón; en aquella época, en las algodoneras del Sur empleaban muchachas de doce años. Hacía el turno de la mañana ymedio turno de noche, y tenía tres horas de clase por las tardes. Los sábados por la noche, hasta las diez, asistían al baile sólo para mirar. Los domingos acudían a la iglesia bautista. Su apellido, mientras estuvieron allí, fue Harris. Keogh solía preocuparse cuando la muchacha estaba lejos de su vista; un día, mientras ella cruzaba la pasarela que discurría por encima del depurador de agua de la factoría, la barandilla cedió súbitamente y la muchacha cayó al pozo. Casi antes de que su cuerpo llegase a tocar el líquido elemento, apareció un fogonero negro surgido de no se supo dónde —en realidad de lo alto de la tolva de carbón—, se lanzó al agua y sacó a la muchacha hasta la orilla del pozo, donde se había reunido una pequeña multitud. Keogh llegó corriendo del almacén mientras sacaban al fogonero y, después de comprobar que lamuchacha no había sufrido ningún daño, se arrodilló al lado del hombre, que tenía una pierna rota.
—Soy el señor Harris, el padre de la niña. Tendrás una recompensa por esto. ¿Cómo te llamas?
El hombre le hizo seña de que se acercara y cuando se hubo inclinado, el fogonero, aunque debía estar sufriendo, sonrió y le guiñó un ojo.
—No me debe usted nada, señor Keogh —murmuró.
Más tarde Keogh se habría enfurecido ante tal atrevimiento y habría despedido al hombre inmediatamente: aquella primera vez se sintió sorprendido y aliviado. Después las cosas fueron más fáciles para él, pues había comprendido que la chiquilla estaba rodeada de empleados especiales de losWyke, trabajando en las posesiones de losWyke, en una factoría de los Wyke y pagando alquiler en un inmueble de los Wyke.
El año terminó y Keogh se vio relevado de su obligación. La muchacha, apellidada ahora Kevin, con antecedentes completamente cambiados por si alguien hacía preguntas, fue enviada a completar su educación a un pensionado suizo muy distinguido, desde donde, obediente, escribía al señor y la señora Kevin, grandes hacendados de las montañas de Pennsylvania que le contestaban con puntualidad.
Keogh volvió a su trabajo, el cual encontró en perfecto orden, con todos los documentos del año transcurrido en regla, y una suma extra, aparte de su astronómico sueldo, ingresada en una de sus cuentas corrientes: una suma que asombró incluso a Keogh. Al principio echó de menos a la muchacha, como era de esperar. Pero siguió echándola de menos todos los días durante dos años enteros, y esa anomalía no pudo explicársela ni comentarla con nadie.
Todos los Wyke, le gruñó un día el viejo Sam, hacían algo por el estilo. Sam, había sido leñador en Oregon, racionista en un teatro durante un año y medio, y luego marino en un pequeño petrolero de cabotaje.
En su fuero interno, Keogh tal vez pensaba que cuando ella regresara de Suiza volverían a pescar en un viejo bote de fondo plano, o que ella volvería a sentarse en su regazo mientras él padecía los duros bancos del cinematógrafo pueblerino. Cuando la vio a su regreso de Suiza, supo que nada de aquello volvería a ocurrir. Supo que empezaba una nueva fase; le turbaba y le disgustaba y quiso olvidarlo: podía hacerlo, era lo bastante fuerte. Y ella… Bueno, ella le echó los brazos alrededor del cuello y le besó; pero cuando le habló con su nuevo vocabulario, producto de la refinada escuela Suiza, le pareció extraña y temible, como un ángel. Hasta el ángel más encantador es extraño y temible…
Entonces convivieron de nuevo durante largo tiempo, aunque sin mimos ni caricias.
Él se convirtió en el señor Stark, dueño de una agencia comercial de Cleveland, y ella se hospedó con una pareja de ancianos, asistía a la Universidad y trabajaba unas horas en los archivos de la oficina de Keogh. Estaba aprendiendo los intríngulis del negocio, su verdadera magnitud. Iba a ser suyo, y lo fue cuando estaban en Cleveland: el viejo Sam murió de repente. Asistieron al funeral, pero el lunes volvieron al trabajo. Permanecieron allí durante ocho meses más; ella tenía mucho que aprender. En otoño ingresó en una academia particular, y Keogh pasó otro año sin verla.
— ¡Chitón! —le susurró Keogh a la llorosa joven. ¡Chitón!, dijo el zumbador.
—El médico…
—Ve a tomar un baño —dijo Keogh, empujándola.
Ella se volvió a medias bajo su mano, y le miró con el rostro de nuevo encendido.
— ¡No!
—No puedes entrar; ya lo sabes —dijo Keogh, dirigiéndose hacia la puerta.
Ella le miró con ira, pero su labio inferior temblaba.
Keogh abrió la puerta.
—En el dormitorio —dijo.
— ¿Quién…?
Entonces el médico vio a la joven, con las manos crispadas y el rostro desencajado, y eso le bastó. Era un hombre alto, gris, de manos rápidas, paso rápido y dicción cortante.
Cruzó directamente el vestíbulo, el salón y las demás habitaciones y entró en el dormitorio. Cerró la puerta tras de sí. No hubo ninguna discusión, ninguna petición ni negativa; el Dr. Rathburn se había limitado a dejarles fuera, sencillamente.
—Ve a tomar un baño.
—No.
—Vamos.
La cogió de la muñeca y la condujo al cuarto de baño. Metió la mano en la ducha y abrió los grifos. Había cuatro en cada esquina; el segundo chorro empezando por arriba estaba perfumado: flor de manzano.
—Vamos.
Keogh se dirigió a la puerta. Ella permaneció dónde él la había dejado, retorciéndose las manos.
—Vamos —repitió Keogh—. Una ducha te sentará bien. ¿O quieres que te duche yo mismo? Apuesto a que todavía puedo hacerlo.
Ella le miró, enfurecida; pero su indignación fue desvaneciéndose a medida que comprendía su intención. Una infrecuente chispa de malicia apareció en sus ojos y, en una perfecta imitación barriobajera, dijo:
—Intenta meterme mano, mochales, y te daré pal pelo.
Pero el esfuerzo fue demasiado para ella y estalló de nuevo en llanto. Keogh salió y cerró suavemente la puerta.
Esperaba junto al dormitorio cuando Rathburn se asomó y cerró rápidamente la puerta sobre el gemido, el jadeo.
— ¿Qué tiene? —inquirió Keogh.
—Espere un momento —Rathburn se dirigió hacia el teléfono.
Keogh dijo:
—Ya he enviado a por Weber.
Rathburn se detuvo en una postura casi ridícula.
— ¡Vaya! —dijo—. No es mal diagnóstico para un profano. ¿Hay algo que usted no sepa hacer?
—No sé de qué me habla —replicó Keogh.
— ¡Ah! Creí que lo sabía. Si, temo que pertenece a la especialidad de Weber. ¿Qué le hizo sospechar?
Keogh se estremeció.
—En cierta ocasión vi a un peón de una fábrica recibir un golpe bajo. Y sé que a él no le han golpeado. ¿De qué se trata?
Rathburn echó una mirada a su alrededor.
— ¿Dónde está ella?
Keogh señaló el cuarto de baño.
—La he mandado tomar una ducha.
—Bien —dijo el doctor. Bajó la voz—. Naturalmente, no puedo asegurar nada sin un reconocimiento más detenido y unos análisis de labo…
— ¿Qué tiene? —insistió Keogh, no en voz alta, pero con tal violencia que Rathburn retrocedió un paso.
—Podría ser un coriocarcinoma.
Keogh meneó la cabeza con aire de cansancio.
— ¿Y yo he diagnosticado eso? Ni siquiera sé pronunciarlo… ¿Qué es? —Y se apresuró a añadir, como si quisiera demostrar que su ignorancia no era fingida—: Desde luego, sé lo que significa la última parte de la palabra.
—Una de las… —Rathburn tragó saliva, y probó de nuevo—: Una de las formas de cáncer más malignas. Y… —Volvió a bajar la voz—. No siempre ataca con tanta fuerza.
— ¿Hasta qué punto es grave?
Rathburn hizo un gesto de impotencia.
—Muy grave, ¿eh, doctor?
—Tal vez algún día podamos… —musitó Rathburn, en tono casi inaudible.
Los dos hombres guardaron silencio unos instantes, mirándose con aire abatido. Por último, Keogh inquirió:
— ¿Cuánto puede durar?
—Unas seis semanas, tal vez.
— ¡Seis semanas!
—Calle —dijo Rathburn nerviosamente.
—Weber…
—Weber sabe de fisiología interna más que nadie. Pero no sé si eso servirá de algo.
Es como si… bueno, como si la casa de uno fuese alcanzada por un rayo y consumida hasta los cimientos. Se pueden examinar las ruinas, y los informes meteorológicos, y saber exactamente lo que ha ocurrido. Tal vez algún día podamos… —repitió, pero lo dijo con tanta desesperanza que Keogh, a través del velo de niebla de su propio terror, sintió lástima de él y le tendió la mano casi instintivamente. Tocó la manga del doctor con una torpeza reveladora de lo desacostumbrado que estaba a aquella clase de gestos.
— ¿Qué va usted a hacer?
Rathburn se volvió hacia la cerrada puerta del dormitorio.
—Lo que he hecho. —Hizo un gesto con el pulgar y el índice—. Morfina.
— ¿Y eso es todo?
—Mire, yo me dedico a la medicina general. Pregúntele a Weber, ¿quiere?
Keogh comprendió que había empujado al hombre hasta el límite en busca de una migaja de esperanza; si no existía ninguna, era inútil seguir apretándole. Preguntó:
— ¿Hay alguien que trabaje en ello? ¿Puede usted localizarlo?
—Lo haré, lo haré. Pero Weber sabrá decirle de memoria más de lo que yo podría
descubrir en seis me… en mucho tiempo.
Se abrió una puerta y apareció la joven, ojerosa, pero sonrosada y envuelta en una larga bata de terciopelo blanco.
—Doctor Rathburn…
—Él está durmiendo.
—Gracias a Dios. ¿Cree que…?
—No, no siente ningún dolor.
— ¿Qué tiene? ¿Qué le ha pasado?
—No puedo aventurar un diagnóstico sin estar seguro… Estamos esperando al doctor Weber. Él se lo dirá.
—Pero, ¿está…?
—Durmiendo, ya se lo he dicho.
—¿Puedo…?—La timidez, la cautela, pensó Keogh, no encajaban con ella—. ¿Puedo verle?
—Está dormido.
—No importa. Me estaré quieta. No… le tocaré ni diré nada.
—Adelante —dijo Rathburn.
Ella abrió la puerta del dormitorio y entró impaciente y silenciosamente.
— ¿No le parece que quiere convencerse de que él sigue ahí? —inquirió Rathburn.
—Exactamente —dijo Keogh.
La biografía de Guy Gibbson si que es realmente difícil de obtener. Porque no era ningún ejecutivo excepcional, de ésos que a pesar de su cauto anonimato tienen tanto poder que puede ser descubierto por quienes saben cómo buscar y dónde buscarlo y cómo deducir los detalles significativos de la masa de datos obtenidos. Y Guy Gibbson tampoco había nacido heredero de incontables millones, heredero directo de una dinastía de gigantes.
Procedía de donde procedemos la mayoría de nosotros: la clase media alta, o la clase media baja, o la clase media intermedia, o como se llamen esas enrevesadas clasificaciones de la sociedad (cuanto más se estudian, menos significado tienen).
Después de todo, sólo hacía ocho semanas ymedia que pertenecía al imperio de losWyke.
Los datos esenciales podrían ser relativamente fáciles de obtener (fecha de nacimiento, ficha escolar), y ciertos hechos señalados (profesión del padre, nombre de soltera de la madre), así como, quizás, un par de puntos culminantes (un divorcio, tal vez, o una muerte en la familia); pero una biografía, una verdadera biografía, la que hace algo más que describir, la que explica al hombre —pocas lo hacen—, eso es harina de otro costal.
La ciencia, hay que admitirlo, puede más que «todos los caballos del rey y todos los hombres del rey», y recomponer al enanito que se cayó del muro. Dadle material suficiente, y tiempo suficiente… Pero, ¿no es esto un modo de decir «dadle suficiente dinero»? Ya que el dinero puede dar no sólo los medios, sino también el móvil. De modo que si se invierte suficiente dinero en un proyecto biográfico, tal vez lo desconocido, el último vestigio de anonimato, podría ser eliminado de la historia de la vida de un hombre,
aunque sea un joven don nadie (como dicen los snobs), sin importar si es poco (aunque íntimamente) conocido.
Sin duda lo más importante que le ocurrió a Guy Gibbson en su vida fue su primer encuentro con el imperio de losWyke y, como muchas personas antes y después, no tuvo conciencia de ello. Fue cuando aún no había cumplido los veinte años, y Sammy Stein y él invadían propiedades ajenas.
Sammy era un compañero de estudios, y aquel día particular tenía un secreto; había insistido mucho en la excursión del día, pero se negó a decir por qué. Era un muchacho corpulento, bondadoso, bastante callado, cuya estrecha amistad con Guy se basaba casi exclusivamente en la atracción de los polos opuestos. Y como de las muchas clases de diversiones que compartían, la más divertida era la de invadir propiedades ajenas, quiso practicarla también en aquella ocasión.
«Invadir propiedades ajenas» como diversión era algo que había empezado casi espontáneamente cuando los dos muchachos contaban doce o trece años. Vivían en una gran ciudad, rodeada (al contrario de la mayoría de las actuales) por suburbios antiguos, no nuevos. Aquellos suburbios tenían grandes fincas ymansiones —algunas, inmensas—, y el mayor placer de los muchachos consistía en escalar a través de una cerca o una valla y, muy sobrecogidos ante su propia osadía, explorar campos y bosques, parques y senderos, como guerreros indios en tierra de colonos. Habían sido capturados dos veces; en una ocasión les echaron los perros —tres boxers y dos mastines, que les hubieran destrozado si los muchachos no hubiesen sido más afortunados que rápidos—, y en otra fueron víctimas de una cariñosa anciana que llegó a empalagarles con sus emparedados de membrillo y su afecto de solterona. Pero en la saga de sus aventuras, aquellas dos capturas servían de condimento: dos fracasos contra cientos de éxitos (ya que muchos de aquellos lugares eran visitados más de una vez) eran una buena marca.
Por ello tomaron el tranvía hasta el final de la línea, y anduvieron una milla, y llegaron al recodo donde había un rótulo de Prohibido el paso muy bien pintado, aunque deteriorado por el tiempo. Se metieron en un bosquecillo silvestre, y por último llegaron hasta una pared de granito aparentemente inexpugnable.
Sammy había descubierto aquella pared la semana anterior, en una correría solitaria;
quiso que Guy le acompañara para abordarla, y Guy se sintió agradecido. Quedó también profundamente impresionado por la pared en sí. Un obstáculo tan importante debía haber sido descubierto, estudiado, combatido y conquistado mucho antes. Pero al mismo tiempo que una pared alta, y larga y misteriosa, era una pared lejana, una pared discreta. Ningún sendero la flanqueaba salvo el propio camino de acceso a la finca, que era rústico, tortuoso y conducía a un herrado portal de roble macizo sin grieta ni resquicio que permitiera atisbar el interior.
No podían abrir brecha en la pared ni escalarla… pero la cruzaron. Un viejo arce de fuera cruzaba sus ramas con un castaño de dentro, y así pasaron al otro lado como un par de ardillas.
En sus correrías habían visto fincas bien cuidadas, pero nunca habían visto un parque tan mimado, tan acicalado, tan pulido y, como dijo Sammy mientras notaba enfriársele su habitual talante emprendedor, escondidos ambos en una pérgola demármol que dominaba acres y acres de verde césped, árboles perfectamente podados, arroyos con pequeños puentes japoneses y, en sus orillas, graciosos y diminutos jardines que parecían nacer de la roca:
«… y esto tiene millas enteras».
Aquella primera vez habían correteado un poco y se habían enterado de que allí vivía alguien después de todo. Vieron un tractor a lo lejos, arrastrando una segadora sobre el césped (los propietarios lo llamaban indudablemente un calvero, pero era un césped). La máquina, rara en aquella época, segaba una faja de hierba de treinta pies de anchura «y aquello», dijo Sammy maravillado, «no era heno». Y luego habían visto la casa…
Bueno, la habían vislumbrado entre los árboles y Guy se sintió fuertemente atraído.
—La casa está allí —dijo Sammy—. Pueden vernos.
Entrevieron una especie de monumento blanco, que era la propia casa o parte de ella, con torres, torreones y almenas: un palacio de cuento de hadas en aquel paisaje de leyenda. No pudieron ver más; estaba emplazada de modo que nadie pudiera acercarse sin ser visto ni espiarla desde ningún escondrijo. Quedaron literalmente mudos ante el espectáculo y durante casi una hora guardaron silencio, limitándose a menear expresivamente la cabeza de cuando en cuando. Más adelante solían referirse a la casa como «la choza», y con el mismo espíritu llamaron luego «la vieja charca» a su descubrimiento final.
Estaba más allá de un arroyo, sobre una colina boscosa. Dos colinas más se erguían al encuentro del bosque, y formando copa entre las tres había un estanque, quizás un lago.
Tenía forma de L, y a su alrededor había sombreadas caletas, grutas, abrigadas escaleras de piedra que conducían aquí a un rústico pabellón adornado con flores, allí a un oculto claro que albergaba un diminuto jardín.
Se lanzaron al agua, procurando no llamar la atención con sus chapoteos y permanecer cerca de la orilla. Exploraron dos caletas a la derecha (una cascada en miniatura y una minúscula playa de arena dorada, evidentemente artificial) y tres a la izquierda (una cuadrada, revestida de azulejos de color patinado, con una torre sumergida de cristal negro cuyos cimientos debían de estar a veinte pies de profundidad; una pequeña playa de arena blanca como la nieve; y otra donde no se atrevieron a entrar, por miedo a estropear la flota de perfectos veleros en miniatura, ninguno de ellos de más de un pie de longitud, anclados allí; pero permanecieron en el agua, mientras el frío les calaba hasta los huesos, contemplando el muelle en miniatura con pequeños carritos de mano, y calles, y faroles, y casas antiguas). Luego, cansados, hambrientos y atemorizados, se volvieron a casa.
Y Sammy reveló el secreto que se guardaba y que le había inducido a convertir aquel día en una fecha señalada: al día siguiente iba a enrolarse como voluntario para acompañar a Chennault en China.
Guy Gibbson, abrumado, hizo el único gesto que juzgó apropiado a las circunstancias: juró solemnemente que no volvería a invadir una propiedad ajena hasta que Sammy regresara.
La muerte por coriocarcinoma —empezó el doctor Weber— es el resultado de…
—Pero él no morirá —dijo ella—. No lo permitiré.
El doctor Weber era un hombre bajito, de hombros redondos y rostro de halcón.
—No quiero ser descortés; podría hablar con eufemismos y alimentar una falsa esperanza, o bien hacer lo que usted me pidió que hiciera: explicar la situación y establecer mi diagnóstico, pero no ambas cosas a la vez.
El doctor Rathburn intervino, conciliador:
— ¿Por qué no descansa un poco? Iré a verla cuando hayamos terminado aquí, y le comunicaré lo que sea preciso.
—No quiero descansar —replicó ella bruscamente—. Y no le pido que me ahorre ningún detalle, doctor Weber. Me limito a decir que no permitiré que él muera. En mi afirmación no hay nada que le impida a usted decirme la verdad.
Keogh sonrió. Weber notó aquella sonrisa y se sintió desconcertado. Entonces Keogh observó su sorpresa.
—La conozco mejor que usted —dijo, con cierto orgullo—. No es necesario que se ande con rodeos.
—Gracias, Keogh —dijo ella. Se inclinó hacia delante—: Continúe, doctor Weber.
Weber la miró. Arrancado de su trabajo a dos mil millas de distancia y conducido a un lugar desconocido para él, de un lujo que le hacía desconfiar de sus propios ojos, para conocer a una mujer de un poder tan ilimitado que le resultaba casi incomprensible… todo esto turbaba a Weber. Conmoción, pena, miedo y frustración como los de ella, los había visto antes, desde luego: ¿qué médico no los conoce? Pero cuando Keogh le dijo a ella sin rodeos que aquella enfermedad mataba en seis semanas, sin remisión, ella había vacilado, había cerrado los ojos durante largo rato y luego había dicho serenamente:
«Cuéntenos todo lo que sepa de esta… esta enfermedad, doctor». Y después había añadido: «Él no va a morir. No lo permitiré». Y lo había dicho con tanta seguridad, irguiendo la cabeza y con una voz tan firme, que Weber casi lo creyó. Y pensó que ojalá pudiera creerlo de veras. Y así descubrió que no había agotado aún su capacidad de asombro.
Hizo un esfuerzo para hablar con imparcialidad, como si fuese, no un hombre ni el médico de este paciente en particular, sino una especie de libro de consulta, y repitió:
—La muerte por cariocarcinoma es distinta a otras muertes producidas por tumores malignos. Por regla general un cáncer empieza localmente, y dispersa células en crecimiento desordenado a través del órgano donde se ha originado. La muerte puede ser consecuencia del fallo de dicho órgano: hígado, riñón, cerebro, etc. En otros casos, el cáncer aparece de súbito y prolifera por todo el cuerpo, implantando colonias en todo el organismo. Estas reciben el nombre de metástasis. En tal caso, la muerte sobreviene por colapso de varios órganos, en vez de uno solo. Desde luego, pueden ocurrir ambas cosas: la destrucción casi completa del órgano canceroso, y los efectos metastásicos al mismo tiempo. El corion, por otra parte, no representa en principio un órgano vital. Vital para la especie, quizá, pero no para el individuo. —Se permitió una seca sonrisa—. Este concepto probablemente sería desconcertante para la mayoría de la gente, hoy por hoy, mas no por ello deja de ser cierto. Ahora bien, las células sexuales tienen ciertas propiedades básicas que no poseen las demás células del organismo.
—¿Ha oído usted hablar alguna vez del estado conocido como embarazo ectópico?—Dirigió la pregunta a Keogh, quien asintió—. El óvulo fecundado no logra descender hasta el útero, quedando adherido a la pared del tubo muy fino que conduce de los ovarios a la matriz. Y al principio todo marcha perfectamente, y este es el punto que deseo comprendan ustedes. Porque, si bien el útero es el único órgano verdaderamente apto para esa función, la pared del tubo no solamente aloja al óvulo fecundado, sino que lo alimenta.
De hecho forma lo que nosotros llamamos una placenta secundaria, que envuelve al embrión y lo nutre. El embrión, desde luego, tiene gran capacidad de supervivencia y es capaz de desarrollarse en la placenta secundaria. Y crece… crece con rapidez. El tubo es tan fino que resultaría muy difícil pasarle una aguja de coser; por tanto no puede contener al feto y se rompe. Si el embrión no es extraído en ese momento, los tejidos exteriores se aplican a la tarea de suplir el útero y la placenta; a los seis o siete meses, si la madre sobrevive tanto tiempo, causarán verdaderos estragos en el abdomen. Así pues, volvamos al corion. Como las células enfermas son células sexuales, se multiplican desordenadamente, sin control ni forma definida. Se desarrollan en una infinita variedad de formas y tamaños. Por ley estadística, cierto número de ellas (el número de células afectadas es astronómico) se asemejan a óvulos fecundados. Algunas de ellas se parecen tanto al embrión que personalmente me costaría distinguirlas. Y el organismo tampoco sabe distinguirlas: cualquier cosa que tenga un parecido, por leve que sea, Con un óvulo fecundado, puede provocar la formación de una placenta adventicia. Consideremos ahora la fuente de esas células. Fisiológicamente hablando, es tejido glandular: una masa de tubos capilares y vasos sanguíneos. Todos y cada uno de ellos hacen lo posible para admitir y nutrir a aquellas imitaciones de embriones, hasta la más diminuta de ellas. Sin embargo, las delgadas paredes de los capilares se rompen fácilmente bajo semejante esfuerzo, y las imitaciones, mejor dicho, las más logradas, que son toleradas por los tejidos con más facilidad, pasan a los capilares y luego a la corriente sanguínea. Hay sólo un lugar donde puedan sobrevivir, con abundancia de oxígeno, linfa, sangre y plasma: los pulmones. Los pulmones se dedican muy pronto a la tarea de formar placentas para aquellas células y nutrirlas. Pero cada zona de pulmón dedicada a gestar un falso embrión significa una zona sustraída a la tarea de oxigenar la sangre. En último término, los pulmones fallan y se produce la muerte como resultado de una carencia de oxígeno.
Rathburn intervino:
—Durante años, el coriocarcinoma fue considerado como una afección pulmonar, y el cáncer de los testículos se confundía con una metástasis.
—Pero el cáncer de pulmón… —quiso objetar Keogh.
—No se trata de cáncer de pulmón, ¿no se da cuenta? Con tiempo suficiente podría serlo, por metástasis. Pero nunca hay tiempo suficiente. Los enfermos mueren antes… —
Trató de no mirar a la joven, sin conseguirlo, y dijo de todos modos—: De manera inevitable.
— ¿Qué tratamiento les da usted exactamente?
Weber levantó las manos y las dejó caer. Era el mismo gesto que Rathburn hizo antes, y Keogh se dijo distraídamente que tal vez lo enseñaban en las facultades de medicina.
—Intentamos paliar el dolor. Una orquidectomía podría alargar un poco la vida del paciente, al suprimir la afluencia de células malignas a la corriente sanguínea. Pero no le salvaría. Cuando se observan los primeros síntomas ya se ha producido la metástasis; el cáncer se ha generalizado… y tal vez la muerte por insuficiencia pulmonar sea lo más clemente.
— ¿Qué es una «orquidectomía»? —preguntó Keogh.
—La amputación de… ejem… la fuente —dijo Rathburn con cierto apuro.
— ¡No!—gritó la joven.
Keogh le dirigió una mirada compasiva. Se sentía un poco cínico, desengañado; quizá la envidiaba por haber vivido como él nunca había podido vivir, por poseer lo que él nunca pudo tener. Era una manifestación del antiguo pecado que el viejo capitán Gamaliel había descubierto en sus perspicaces meditaciones. Desde luego amputar, si servía de ayuda. ¿Qué crees que estás protegiendo?, pensó. ¿Su virilidad? ¿Qué puede significar ahora para ti? Pero, al mirarla, descubrió algo distinto del horror y la conmoción romántica que esperaba hallar. Las pobladas cejas de la joven estaban muy juntas y en su rostro se reflejaba una intensa concentración.
—Déjenme pensar —dijo, sorprendentemente.
—Debería usted… —empezó Rathburn, pero ella le redujo al silencio con un gesto impaciente.
Los tres hombres cambiaron una mirada y guardaron silencio, como si hubieran recibido una misma orden tácita. Lo que estaban esperando, no podían suponerlo.
La joven se sentó con los ojos cerrados. Transcurrió un minuto.
—Papá solía decir —murmuró finalmente, en voz tan baja que parecía estar hablando consigo misma—que siempre hay un camino. Lo único que hay que hacer es encontrarlo.
Hubo otro largo silencio, y ella abrió los ojos. En el fondo de ellos ardía una llama que inquietó a Keogh. La joven añadió:
—Y en cierta ocasión me dijo que yo podía tener cualquier cosa que deseara, siempre que fuese algo… posible… La única manera de descubrir si una cosa es imposible consiste en intentarla.
—Eso no lo dijo Sam Wyke —dijo Keogh—. Lo dijo Keogh.
Ella se humedeció los labios y miró sucesivamente a los tres hombres, aunque parecía no verles.
—No voy a dejarle morir —dijo—. Ya lo verán.
Sammy Stein regresó dos años más tarde, de permiso y proyectando reengancharse en las Fuerzas Aéreas. En China, dijo, había encontrado un infierno, y algo de aquella maldad infernal se le había quedado dentro. Pero aún era el antiguo Sammy capaz de maravillosos planes para la invasión de propiedades ajenas; y los dos jóvenes sabían exactamente a dónde iban a ir. Pero antes el nuevo Sammy quería correr una buena juerga.
Guy, salido hacía dos años de la Universidad, trabajaba para ganarse la vida, y por naturaleza no era ni juerguista ni mujeriego, pero asintió de buena gana. Al principio, Sam parecía olvidado de «la vieja charca» y a media noche, en el baile, Guy estuvo a punto de desesperarse ante la falta de memoria de su amigo. De pronto, el propio Sam reaccionó y le recordó a Guy que en cierta ocasión le había escrito preguntándole si todo aquello había ocurrido realmente. Guy había olvidado la carta a su vez; pasaron unos momentos estupendos evocando « ¿recuerdas cuando…?», e hicieron planes para salir de excursión al día siguiente, llevándose el almuerzo. Y saldrían temprano.
Luego se liaron con algunas chicas, y bebieron mucho, y de madrugada Guy se encontró sentado en una acera mirando cómo Sammy metía a una muchacha en un taxi.
— ¡Eh!—grito—. ¿Qué hay de lo que tú sabes, de la vieja charca?
—Puedes contar conmigo —dijo Sammy, y rio inmoderadamente.
La muchacha le tiraba del brazo; Sammy se desprendió de ella y se volvió hacia Guy.
—Oye —dijo, tratando de guiñar un ojo—, si esto sale bien (y saldrá bien), no podremos empezar demasiado temprano. Te diré lo que haremos. Tú irás directamente allí y me reuniré contigo junto a aquel cartel que dice Prohibido el Paso. Digamos a las once. Si a esa hora no he llegado, es que me habré muerto o algo por el estilo. —Se volvió hacia el coche—. ¿Vas a matarme, cariño? Y la muchacha replicó:
—Lo haré si no subes ahora mismo a este taxi.
— ¿Comprendes lo que quiero decir? —continuó Sammy con exagerada seriedad de borracho—. Me estoy jugando la vida.
Desapareció en el interior del taxi, y Guy no volvió a verle durante aquel permiso.
Fue difícil de encajar, especialmente porque en ningún momento estuvo seguro de que Sammy no fuese a presentarse. Guy llegó con diez minutos de retraso, después de hacer un esfuerzo sobrehumano para ser puntual. Tenía acidez de estómago a causa del exceso de bebida, le dolían las articulaciones y los ojos por falta de sueño. Sabía que posiblemente Sammy no habría llegado aún o no se presentaría; pero también era posible que hubiese llegado antes y hubiera entrado en la finca sin esperarle. Guy aguardó una hora y algunos minutos más, hasta que la pequeña carretera quedó desierta de tráfico y de ruidos de tráfico. Luego se adentró solo en el bosque, pasó junto al rótulo de Prohibido el Paso y llegó a la pared. Tropezó con ciertas dificultades para franquearla, incomodado por la bolsa de provisiones. Quedó complacido, desde luego, al redescubrir el césped increíblemente perfecto y los acicalados senderos que discurrían limpiamente a través de las arboledas. Sin embargo, aquel placer era una simple confirmación de su recuerdo y nada más. Le hablan estropeado el día.
Guy alcanzó el lago casi a la una de la tarde, acalorado y cansado, con un hambre devoradora y un desagradable nerviosismo. Ambas sensaciones le afectaban el estómago; se sentó en la orilla y comió. Devoró la comida que había traído para Sammy y para él, Provisiones heterogéneas descuidadamente metidas en una bolsa de papel a primeras horas de la mañana. La torta estaba rancia, pero se la comió de todos modos. El zumo denaranja estaba caliente y había empezado a fermentar. Tozudamente, decidió nadar,puesto que había ido para hacerlo.
Escogió la playa con la arena dorada. Debajo de un espeso bosquecillo de juníperos encontró un banco y una mesa de piedra. Se desnudó allí, cruzó la playa y se metió en el agua.
Pensaba darse un simple chapuzón, para poder decir que lo había hecho. Pero a su izquierda asomaba la caleta rectangular con la torre sumergida; y recordaba el puerto con los veleros de juguete. Nadó diagonalmente a través del pie de la L del lago y vio unas embarcaciones: esta vez no eran veleros anclados, sino balandros de competición que salían de una caleta, cruzaban la bocana y penetraban de nuevo en ella; debían de estar montados sobre algún tipo de rueda submarina o cadena sinfín, y se mecían a impulsos de la brisa. Guy tuvo ganas de acercarse, pero decidió ser prudente y dio media vuelta.
Nadó hacia la izquierda cerca de la playa rocosa, y se puso a contornearla. Acercándose más (el agua parecía aquí sin fondo), rodeó el espigón y se encontró cara a cara (literalmente, se tocaron) con una muchacha.
Era joven —casi de su misma edad—, y la primera impresión de Guy fue la de unos ojos de expresión demasiado compleja, unos dientes blancos con caninos puntiagudos, completamente distintos de la regularidad de teclas de piano que se consideraba hermosa en aquella época, y una amplia melena de bellos cabellos oscuros flotando alrededor de sus hombros. Guy abrió la boca, asombrado, pero al hacerlo se olvidó de sacarla del agua, de modo que se halló desconectado de las impresiones exteriores por una sensación de asfixia; luego se notó firmemente sujeto por el brazo izquierdo y se halló al lado de la
roca.
—Gracias —dijo Guy roncamente, mientras ella retrocedía un trecho nadando—. Supongo que no debería estar aquí —añadió absurdamente.
—Supongo que yo tampoco. Pero pensé que vivías aquí. Creí que eras un fauno.
—Me alegro de oírte decir eso. Acerca de ti, me refiero. Yo lo que soy es un intruso, hombre.
—No soy un hombre.
—Sólo era un modo de hablar —dijo Guy.
Ella le miraba fijamente y de pronto dijo, muy seria:
—Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca. Parecen hechos de aluminio. Y tus cabellos son ondulados.
A Guy no se le ocurrió nada que decir, aunque lo intentó; lo único que le salió fue:
—Es temprano, ¿verdad?
Y de pronto ambos se echaron a reír. Ella era tan rara, tan distinta… Hablaba de un modo grave, sin énfasis y sin matiz alguno, como acostumbrada a manifestarse siempre sin rodeos.
—También tienes unos labios encantadores —dijo ella—. Están de color azul pálido. Será mejor que salgas del agua.
— ¡No puedo!
Ella lo pensó unos instantes, alejándose de él y regresando luego a poca distancia.
— ¿Dónde están tus cosas?
Guy señaló al otro lado del lago que había rodeado.
Espérame allí —dijo ella, y súbitamente se le acercó, tan cerca, que hundió la barbilla en el agua y le miró derecho a los ojos—. Quiero que me esperes —le conminó.
—Si, lo haré —prometió Guy, y empezó a nadar hacia la orilla opuesta.
Ella se colgó de una roca, contemplándole.
El esfuerzo realizado al nadar le calentó, y disminuyeron los escalofríos y el vago malestar que los acompañaba. Luego sintió una punzada de dolor en el estómago y encogió las rodillas para combatirlo. Cuando trató de extenderlas de nuevo, el dolor se intensificó. Volvió a doblar las rodillas, y esta vez el dolor no cedió, por lo que no se le ocurrió extenderlas de nuevo; al contrario, las encogió todavía más, pero el dolor fue en aumento. Entonces le faltó el aire, sacó la cabeza del agua y quiso flotar de espaldas, pero con las rodillas encogidas todo le salía mal. Inhaló al fin por necesidad, y se proyectó hacia arriba en busca de aire hasta que la presión en sus oídos le dijo que estaba nadando hacia abajo. La negrura cayó sobre él y Guy se dejó envolver por ella durante un terrible instante, y luego le envolvió la luz, y tragó una bocanada de aire y una de agua, y volvió de nuevo la oscuridad; esta vez se quedó con él…
Todavía hermoso en la cama de ella, aunque amodorrado por la morfina y sumido en inquieto sueño, yacía allí con unos monstruos agitándose en sus venas…
En voz baja, en un rincón del dormitorio, ella hablaba con Keogh:
—No me comprendes. No me comprendiste ayer cuando grité ante la idea de aquella…aquella operación. Keogh, yo le amo, pero yo soy yo. El hecho de que le ame no significa que haya dejado de pensar. Amarle a él significa que soymás igual a mí misma que nunca, no menos. Significa que puedo hacer cualquier cosa que haya hecho antes, sólo que más y mejor. Por eso me enamoré de él. ¿Has estado enamorado alguna vez, Keogh?
Keogh contempló su melena y el trazo firme de sus cejas, y dijo:
—No he pensado demasiado en ello.
—«Siempre hay un camino. Lo único que hay que hacer es encontrarlo»—citó ella—. Keogh, he aceptado lo que dijo el doctor Rathburn. Ayer, después de despedirnos, fui a la biblioteca y escudriñé algunos libros… Rathburn y Weber están en lo cierto. Y he pensado… tal como lo hubiera hecho papá, tratando de barajar todas las condiciones, buscando un nuevo camino. El no morirá, Keogh; no voy a dejarle morir.
—Dijiste que lo habías aceptado…
—Sí, en parte. En su mayor parte, si lo prefieres. Todos morimos poco a poco, continuamente, y no nos importa porque la mayoría de las partes muertas son reemplazadas. El… él perderá más partes, con más rapidez, pero… cuando todo haya pasado, volverá a ser él mismo.
Lo dijo con soberbia confianza, y consiguió que la idea no pareciera pueril.
—Algo estás tramando —afirmó Keogh. Tal como les había dicho a los médicos, la conocía muy bien.
—Todas esas… esas cosas en su sangre —dijo ella quedamente—. La lucha en que están empeñadas… tratando de sobrevivir. ¿Has pensado en ese aspecto de la cuestión, Keogh? Quieren vivir. Desean terriblemente seguir viviendo.
—No se me había ocurrido.
—Su cuerpo también desea que vivan. Las acoge dondequiera que se alojen. El doctor  Weber lo dijo.
—Algo estás tramando —repitió Keogh—, y sea lo que sea no creo que me guste.
—No quiero que te guste —dijo ella en el mismo tono de voz extrañamente tranquilo.
Keogh le lanzó una rápida mirada y vio de nuevo la llama que ardía en sus ojos. Tuvo que desviar los suyos. Ella continuó—: Quiero que lo odies. Quiero que lo combatas. Tienes la inteligencia más maravillosa que he conocido, Keogh, y quiero que pienses todos los argumentos posibles contra ello. Para cada argumento yo encontraré una respuesta, y entonces sabremos lo que tenemos que hacer.
—Será mejor que te expliques —dijo Keogh de mala gana.
—Esta mañana me he peleado con el doctor Weber —dijo ella de súbito.
— ¿Esta ma… cuándo? —Keogh consultó su reloj; aún era temprano.
—Alrededor de las tres, tal vez las cuatro, en su habitación. Fui allí y le desperté.
— ¡Oye! ¡No puedes hacerle eso a Weber!
—Lo hice. De todos modos, se ha ido.
Keogh se puso en pie, con las mejillas enrojecidas por la cólera, cosa muy rara en él. Respiró hondo y volvió a sentarse.
—Será mejor que me lo cuentes todo.
—En la biblioteca —dijo ella— hay un libro sobre genética, y menciona algunos experimentos llevados a cabo con cobayos. Las hembras fueron fecundadas sin semen, con algún tipo de solución salina o alcalina.
—Recuerdo algo acerca de ello.
Keogh estaba acostumbrado a su modo de plantear algo importante dando un rodeo. Construía los temas de conversación, no como un contratista a sueldo, sino como un arquitecto. A veces tomaba partes de la argumentación ajena y las incorporaba a la suya.
Cuando hacía eso, era material que necesitaba y que utilizaría. Keogh guardó silencio.
—Los cobayos dieron a luz varias crías. Lo interesante es que todas ellas eran idénticas a la madre y entre sí. Hasta la configuración de los capilares en el globo ocular era tan similar que un experto podía engañarse al ver sus fotografías. Uno de los experimentadores habló de «un parecido increíble». Tenían que ser idénticas, porque todo lo habían heredado de la madre. Desperté al doctor Weber para hablarle de eso.
—Y él te dijo que había leído el libro.
—Lo había escrito él —contestó ella con sencillez—. Y entonces le dije que si podía hacer aquello con un cobayo, podría hacerlo con… —señaló con la cabeza su amplio lecho— con él.
Luego calló, mientras Keogh luchaba con la idea y descubría que se había pegado a su cerebro y no podía sacudírsela. La examinó en su fuero interno y la rechazó con un estremecimiento; intentó olvidarla de nuevo y fracasó; luego, poco a poco, empezó a familiarizarse con ella y a darle vueltas.
—Tomamos uno de esos… de esas cosas semejantes a óvulos fecundados… lo hacemos crecer…
—No lo hacemos crecer. Eso que parece un óvulo fecundado desea desesperadamente crecer. Y no uno de ellos, Keogh. Tenemos millares. Tendremos centenares más a cada hora que pase.
— ¡Dios mío!
—Se me ocurrió cuando el doctor Rathburn sugirió la operación. Se me ocurrió de repente un milagro. Si se ama lo suficiente —dijo ella, mirando al hombre dormido—, pueden ocurrir milagros. Pero hay que estar dispuesta a ayudar a que ocurran.
Miró a Keogh directamente, con una intensidad que le hizo removerse en su asiento.
—Yo puedo tener cualquier cosa que desee… con tal de que sea posible. Sólo nos falta hacerlo posible. Por eso acudí al doctor Weber esta mañana, para preguntárselo.
—Él dijo que no era posible.
—Lo dijo al principio. Al cabo de media hora dijo que las probabilidades en contra eran del orden del millón o del billón… Pero, ¿te das cuenta? al decir eso admitía que era posible.
— ¿Qué hiciste entonces?
—Le desafié a intentarlo.
— ¿Y por eso se marchó?
—Sí.
—Estás loca —dijo Keogh sin poder evitarlo. Ella no pareció tomárselo en cuenta.
Permaneció sentada, impasible, esperando.
—Mira —añadió Keogh, finalmente—.Weber dijo que esas… ejem… cosas anormales parecían óvulos fecundados. Nunca dijo que lo fueran. Pudo haber dicho… Bueno, lo diré yo por él: no son óvulos fecundados.
—Pero él dijo que algunas de ellas, especialmente las que alcanzan los pulmones, eran parecidas a óvulos. La diferencia real puede ser tan mínima como para considerarla insignificante.
—No es posible. No puede ser.
—Weber dijo eso. Y yo le pregunté si lo había intentado alguna vez.
— ¡De acuerdo, de acuerdo! Es imposible, pero sólo para seguir con esta absurda discusión, admitamos que obtienes algo capaz de crecer. No lo obtendrás, desde luego, pero si lo hicieras, ¿cómo mantendrías su crecimiento? Tendría que ser alimentado, tendría que ser mantenido a una determinada temperatura crítica. Una determinada cantidad de ácido o de álcali lo mataría… Una cosa así no se planta en un jardín.
—Se han tomado ya óvulos de una vaca, se han implantado en otra y se han obtenido terneros. Hay un hombre en Australia que planea criar de ese modo ganado selecto con vacas normales.
—Has estudiado el asunto a fondo.
—Ah, eso no es todo. Hay un tal doctor Carrel de Nueva Jersey que ha sido capaz de cultivar durante meses (él asegura que podría hacerlo indefinidamente) células de pollo en una solución nutritiva, en un recipiente de temperatura controlada de su laboratorio.
¡Y crece, Keogh! Crece tanto, que tiene que recortarlo de cuando en cuando.
—Esto es absurdo. Es… una locura —gruñó Keogh—. ¿Qué crees que obtendrías si llegaras a desarrollar uno de esos monstruos?
—Desarrollaremos millares de ellos —dijo ella sin perder la calma—. Y uno de ellos será… él.
Se adelantó de súbito, y su tono de voz, monótono hasta entonces, se hizo más agresivo, con una agresividad que se reflejó también en su rostro y que impresionó a Keogh:
—Será su carne, su propia substancia renacida. Sus cabellos, Keogh. Sus huellas dactilares. Sus… ojos. Su… su yo.
—No puedo… —Keogh se sacudió como un perro mojado, pero aquello no remedió nada; seguía todo allí: él, ella, la cama, el durmiente, y esa idea espantosa, inconcebiblemente horrible.
Ella sonrió entonces, alargó la mano y le tocó. Increíblemente fue como una sonrisa maternal, cálida y reconfortante, como el contacto protector de una madre cariñosa; su voz estaba llena de afecto.
—Keogh, si no ha de dar resultado, no lo dará, hagamos lo que hagamos. Entonces, habrás tenido razón. Yo creo que dará resultado. Es lo que deseo. ¿No quieres concederme lo que deseo?
Keogh tuvo que sonreír, y ella le devolvió la sonrisa.
—Eres un diablillo —dijo Keogh con énfasis—. Te gusta dominarme, ¿verdad? ¿Por qué quieres que me oponga a tu idea?
—No es que lo quiera —dijo ella—, pero si te opones se te ocurrirán problemas que a nadie más podrían ocurrírsele, y una vez que hayamos pensado en ellos conseguiremos resolverlos, ¿comprendes? Lucharé contigo, Keogh —añadió, borrando la ternura de su voz y hablando en tono de convencida e invencible seguridad—. Lucharé contigo, me enfrentaré a todos los obstáculos, compraré y venderé y mataré si es preciso, pero voy a devolverle la vida. ¿Sabes una cosa, Keogh?
— ¿Qué?
Ella movió la mano en un gesto que le incluía a él, a la habitación, al castillo y los terrenos y todos los demás castillos y terrenos; los títulos, los barcos y los trenes, las factorías y los mercados, las montañas y las minas y los bancos y los millares y millares de personas que, en conjunto, formaban el imperio de los Wyke.
—Siempre supe que esto existía —dijo—, y he llegado a entender que era mío. Pero a veces me preguntaba para qué existía todo esto. Ahora lo sé. Ahora ya lo sé.
Una boca sobre su boca, un peso sobre su estómago. Se sentía fofo y mareado, blando como mantequilla recalentada. A su alrededor la luz era verde, y todas las formas borrosas.
La boca sobre su boca, el peso sobre su estómago, una bocanada de aire, bienvenido pero demasiado caliente, demasiado húmedo. Lo necesitaba desesperadamente pero no le gustó, y pudo reunir sus energías para almacenarlo en sus pulmones y expulsarlo; pero su debilidad acusó tanto aquel esfuerzo que el aire emergió en un leve suspiro burbujeante.
La boca sobre su boca otra vez, y el peso sobre su estómago, y otra bocanada de aire.
Trató de volver la cabeza, pero alguien le sujetaba la nariz. Expulsó el aire necesario e insatisfactorio y lo reemplazó por una pequeña bocanada que inhaló él mismo. Le hizo toser; era demasiado exquisito, demasiado puro, demasiado bueno. Tosió como se tose al aspirar sobre un barril de salmuera. El aire bueno lastimaba sus pulmones.
Notó que su cabeza y sus hombros estaban siendo levantados, y por ello supo que había permanecido de espaldas sobre una piedra, o sobre algo plano y duro, y ahora descansaba en algo blando y firme al mismo tiempo. El aire bueno entró y salió, sus toses se hicieron más espaciadas, hasta que cayó en un semidesmayo. El rostro inclinado sobre el suyo estaba demasiado cerca para poder enfocarlo, o quizás había perdido la capacidad de enfoque; de cualquier modo, no le importaba. Fijó una mirada soñolienta en los borrosos rasgos de aquel rostro y oyó el sonido de la voz…
…la voz canturreaba sin palabras, consoladora, y a falta de palabras creaba nuevas expresiones de alegría y deleite que no precisaban palabras. Finalmente oyó palabras, medio salmodiadas, medio susurradas; y él no pudo captarlas, no conseguía entenderlas y luego… y luego creyó oír: «Cómo es posible un milagro así, todo esto y además los ojos…» Luego preguntaba: «Eres la forma del no-tú: dime, ¿estás tú ahí?»
El abrió los ojos de par en par y por fin vio claramente el rostro de ella y los cabellos oscuros, y los ojos verdes: de un profundo verde-mar. Sus enmarañados cabellos húmedos la coronaban como enredaderas, y el techo de hojasmuy cerca de su cabeza parecía formar parte de ella y de los verdes ojos, y proyectaba luz verde sobre la rubia transparencia de sus mejillas. El no conoció, de momento, lo que era. Ella le había dicho (¿cuántos años hacía?): «Pensé que eras un fauno…». Pero, de momento, a ella no la relacionaba con ninguna de sus experiencias.
De repente tuvo conciencia de un dolor opresivo, un retortijón que crecía, a punto de estallar en la parte superior de su abdomen. Algún grueso alambre se había anudado dentro de él, y sabiendo que necesitaba enderezarlo hizo un esfuerzo furioso y obstinado.
La explosión llegó, pero fue la náusea, no la agonía. Volvió convulsivamente la cabeza, se incorporó y lo dejó salir.
Demasiado compungido para darse cuenta de lo que hacía, vio como el vómito caía sobre la rodilla de la muchacha, y se deslizaba por el pliegue, entre muslo y pantorrilla, de la pierna que ella tenía doblada debajo de su cuerpo, y los cuajarones quedaron allí mientras el líquido caía al suelo. Y ella…
Ella se sentó, sostuvo su cabeza, le meció en sus brazos, le apaciguó y le habló y dijo que aquello le hacía bien; él se sintió mejor entonces. La debilidad empezó a ceder; entonces se apartó de ella, se sentó, sacudió la cabeza y aspiró profundamente.
— ¡Uf!—exclamó.
—Muchacho —dijo ella, al unísono con él.
Él se apoyó en sus piernas y sobre sus rodillas se secó las lágrimas provocadas por la náusea.
— ¡Muchacho, muchacho! —repitió ella.
Al fin la miró.
La miró, y nunca olvidaría lo que vio exactamente tal como lo vio. La luz del sol, filtrándose entre el ramaje, la revestía con un halo de luz. Se inclinó hacia él, con una mano apoyada en el suelo, un débil apoyo para el brazo recto y tenso. Su peso proyectaba hacia arriba el hombro de aquel lado y su cabeza se inclinaba hacia él como vencida por el peso de su oscura melena. Producía una impresión de delicadeza, como si ella fuera frágil, cosa que él sabía era falsa. Su otra mano descansaba abierta sobre una rodilla, con la palma vuelta hacia arriba y los dedos no relajados del todo, como si sostuvieran algo; y en realidad lo hacían, ya que una mancha de Sol, oro convertido en coral sobre su carne, descansaba en su palma. Ella la tocaba sin darse cuenta, y su mano revelaba aquella rara sensibilidad que una mano cerrada no puede comunicar ni recibir. Mientras viviera lo recordaría todo, hasta el menor detalle, hasta el dedo gordo del pie al final de la otra pierna. Y ella estaba sonriendo, y sus enigmáticos ojos le adoraban.
Guy Gibbson conoció el momento más importante de su vida al mismo tiempo que transcurría (una experiencia inefable) y supo que era el momento de decir algo inolvidable, ya que cualquier cosa que dijera ahora lo sería.
Se estremeció, y luego le devolvió la sonrisa.
—Oh… muchacho —suspiró.
Y otra vez rieron juntos hasta que, intrigado, él se interrumpió y preguntó:
— ¿Dónde estoy?
Ella no contestó, por lo que él cerró los ojos y trató de recordar. Entre pinos… desnudo… nadando. ¡Si, nadando! Y luego el lago, y había encontrado… Abrió los ojos, miró a la muchacha y le dijo: «tú». Luego el regreso, sintiendo el frío, su intestino demasiado lleno de comida y zumo caliente y torta agria por añadidura, y… «me has salvado la vida».
—Alguien tenía que hacerlo. Estabas muerto.
—Ojalá lo estuviera.
— ¡No!—gritó ella—. ¡No vuelvas a decir eso nunca más!
Y él se dio cuenta de que lo decía completamente en serio.
—Quiero decir, por mi estupidez. Comí mucho tasajo, y un trozo de tarta que creo estaba agria. Estaba acalorado y cansado, y luego me metí en el agua como un mentecato, conque me estuvo bien empleado…
—Ya sabes lo que te he dicho —le interrumpió ella bruscamente—. No vuelvas a decirlo. ¿No has oído hablar de la antigua tradición del campo de batalla? Cuando un hombre salva la vida a otro, aquella vida pasa a ser suya para disponer de ella a su antojo.
— ¿Qué quieres hacer tú con la mía?
—Eso depende —dijo ella pensativamente—. Tú debes ofrecérmela. No puedo limitarme a cogerla.
Entonces se arrodilló y se sentó sobre sus talones, arrastrando agujas de pino con las manos sobre el suelo de piedra. Inclinó la cabeza y sus cabellos le velaron el rostro como una cortina. Él pensó que le miraba a través de ella, pero no estaba seguro.
La idea le pareció tan enorme que sofocó su voz y la convirtió en un susurro:
— ¿Tú me quieres?
— ¡Ah, sí! —dijo ella, susurrando también.
Cuando él se acercó más y le recogió los cabellos hacia atrás para comprobar si le estaba mirando, vio sus ojos cerrados y llenos de lágrimas. Alargó una mano cariñosa, pero antes de que pudiera tocarla ella se incorporó de un salto y corrió hacia la espesura.
Su esbelto cuerpo dorado la cruzó de un salto, sin ruido alguno, y pareció flotar un segundo al otro lado; luego desapareció. El asomó la cabeza por entre las hojas y la vio sumergirse en el agua verde.
Vaciló y luego notó una vaharada ocre de su propio vómito. El agua parecía limpia y la arena dorada era lo que necesitaba para frotarse con ella. Salió de la enramada, se encaminó a la orilla y se bañó.
Después de su primer chapuzón irguió la cabeza y miró a su alrededor, buscando a la muchacha, pero ésta había desaparecido.
Nadó despacio hasta la pequeña playa y, arrodillándose, frotó su cuerpo con la menuda arena. Se sumergió en el agua para limpiarse la arena de su cuerpo, y luego, sin dejar de esperarla a ella, se bañó de nuevo. Pero no la vio más.
Se sentó en la arena bajo los últimos rayos del sol para secarse paseando la mirada por el lago. Su corazón dio un salto cuando vio algo blanco que se movía, pero tuvo una decepción al comprobar que era sólo la rueda de barcos de juguete pasando por la bocana de la caleta.
Salió afuera. Ahora descubría la especie de glorieta detrás de la cual se había desnudado y se dejó caer sobre un banco.
En aquel lugar, peces tropicales nadaban en agua de mar lejos de cualquier costa, y flotas de embarcaciones diminutas y perfectas navegaban sin nadie que las gobernara y vigilara; estatuas de valor incalculable se alzaban en claros de césped cuidadosamente recortado y oculto en lo profundo del bosque, y… aún no lo había visto todo. ¿Qué otros prodigios encerraría aquel lugar encantado?
Había estado enfermo. Frunció la nariz. Casi… ahogado. Desmayado al menos por algún tiempo, desde luego. Ella no podía ser real. ¿No había observado un tinte verdoso en su carne, o era sólo la luz? Quién hubiera edificado un lugar como aquél, concebido un refugio así, podía inventar algún tipo de máquina para hipnotizar a uno, como en un cuento fantástico.
Se removió, inquieto. Tal vez estaban vigilándole, incluso ahora.
Empezó a vestirse apresuradamente. Seguro que ella no era real. Tal vez nada de lo ocurrido era real. Había tropezado con aquella otra intrusa al otro lado del lago y eso fue real, pero luego, cuando estuvo a punto de ahogarse, había soñado lo demás.
Sólo que… Se tocó la boca. Había soñado que alguien le insuflaba su propia respiración. Lo había oído mencionar en alguna parte pero, desde luego, tales procedimientos no se enseñaban aquel año en la Asociación de Jóvenes Cristianos.
Tú no eres la forma del no-tu. ¿Estás tú ahí?
¿Qué significaba eso?
Terminó de vestirse, aturdido. Murmuró: « ¿Por qué diablos me comería aquella maldita tarta?» Se preguntó qué le iba a contar a Sammy. Si ella no era real, Sammy no lo entendería; y si era real, el único comentario de Sammy sería: « ¿Quieres decir que estuviste allí con ella y sólo se te ocurrió vomitar?» No… no se lo contaría a Sammy. Ni a nadie.
Y se quedaría soltero toda su vida.
Muchacho, qué principio. Primero ella te salva la vida y luego no sabes qué decir y luego, mira lo que hiciste. Pero, de todos modos, ella no era real.
Se preguntó cuál sería su nombre, aunque no fuera real. Muchas personas no usan sus nombres verdaderos.
Salió de la glorieta, cruzó la silenciosa alfombra de agujas de pino que se extendía detrás de ella, y lanzó una exclamación. No fue una palabra, ni él había tratado de formarla al gritar.
Ella estaba allí esperándole. Llevaba un sencillo vestido marrón y tacones bajos y una cartera de cuero marrón, y había trenzado sus cabellos en forma de corona. También parecía como si hubiera desconectado algún mando interno para que su piel no brillara.
Parecía preparada para desaparecer, no en el aire, sino entre una multitud: cualquier multitud, dondequiera que la encontrase. En una multitud él habría pasado a su lado sin fijarse en ella, desde luego, salvo por sus ojos. Ella se acercó a él rápidamente, le puso una mano en la mejilla y le miró riendo. El vio de nuevo la blancura de aquellos colmillos, tan afilados…
— ¡Te estás ruborizando! —dijo ella.
A ningún ruboroso le ha remediado jamás esa clase de observación. El preguntó:
— ¿Qué camino vas a tomar?
Ella le miró a los ojos, luego juntó sus largas manos sobre la correa de su cartera y bajó la mirada hacia ellas.
—El que tomes tú —murmuró.
Esta fue solamente una de las cosas que ella le dijo, poco a poco, y que ganaron significado para él a medida que transcurría el tiempo. La llevó a la ciudad y a cenar, y luego a la dirección del West Side que ella le dio, y permanecieron despiertos toda la noche, hablando. Seis semanas después estaban casados.
— ¿Cómo podía oponerme? —le dijo Weber al doctor Rathburn. Ambos contemplaban el pequeño ejército de obreros que hormigueaba alrededor del gigantesco hórreo de piedra alzado a un cuarto de milla del castillo. Este, dicho sea de paso, no se veía desde aquel lugar, siendo desconocida su existencia para los hombres. El trabajo había empezado a las tres de la tarde del día anterior y había continuado toda la noche.
Nada de lo que el doctor Weber había exigido dejó de serle concedido, e incluso se encontraba allí o instalado ya.
—Lo sé —dijo Rathburn, haciéndose cargo.
—Y no sólo no podía oponerme —dijoWeber—. ¿Por qué razón iba a hacerlo? Todos tenemos proyectos, ambiciones. Ese Keogh sabe hacer bien las cosas. Lo primero que solucionó fueron mis propios proyectos. Me dio carta blanca, por así decirlo. Así, de repente, todo lo que uno deseaba hacer o ser o tener le es entregado o prometido, sin que haya engaño en las promesas.
— ¡Ah, no! Ellos no necesitan engañar a nadie. ¿Quiere usted adelantar un diagnóstico?
— ¿Se refiere al joven? —miró a Rathburn—. No, no ha querido decir eso… Me está preguntando si puedo desarrollar uno de esos sucedáneos de feto. Sería un tonto si arriesgara una opinión definitiva, y éste no es trabajo para un tonto. Lo único que puedo decirles es que lo intentaré… y que ni siquiera habría soñado hacerlo a no ser por ella y su descabellada idea. Salí de aquí a las cuatro de la mañana con algunos frotis de garganta, y a las nueve tenía media docena de ellos aislados en una solución nutritiva. Plasma sanguíneo de buey, lo que tenía más a mano. Y obtuve mitosis. Se dividieron, y al cabo de pocas horas pude ver a dos de ellos ahuecándose para formar la gástrula. Eso fue una prueba suficiente para continuar, y así se lo dije a ellos por teléfono. Y cuando llegué aquí —añadió con un gesto de la mano hacia el inmenso hórreo—, hallé un laboratorio suficiente para el centro médico de una ciudad, ya construido en sus cuatro quintas partes.
¿Oponerme? —repitió, acordándose de la pregunta del doctor Rathburn—. ¿Cómo podía oponerme? ¿Por qué habría de hacerlo? Y esa muchacha. Es una fuerza, como la gravedad. Puede ejercer tanta presión, y quiero decir personalmente, que sin duda sería capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera, aunque fuese el mundo entero. ¡Deje eso en la puerta nordeste! —gritó, dirigiéndose a un capataz—. Voy a mostrarle dónde debe ponerlo.
Se volvió hacia Rathburn; sus ojos expresaban excitación y entusiasmo.
—Debo irme.
—Si necesita ayuda —dijo el doctor Rathburn—, no tiene más que decirlo.
—Eso es lo más estupendo —dijo el doctor Weber—. Aquí todos dicen lo mismo, y les sale del corazón.
Se encaminó con paso ligero hacia el hórreo, y Rathburn dio media vuelta en dirección al castillo.
Un mes después de su última aventura como invasor de propiedades ajenas, Guy Gibbson regresaba a su casa, al término de su jornada de trabajo, cuando un hombre que le esperaba en la esquina bajó su periódico y, mientras lo doblaba, dijo:
— ¿Gibbson?
—El mismo —dijo Guy, con cierta desconfianza.
El hombre le miró de arriba abajo, rápidamente, pero daba tal impresión de eficacia y experiencia que a Guy no le habría sorprendido enterarse de que el hombre no sólo había catalogado sus ropas y, su procedencia, su nivel de ingresos y sus hábitos personales, sino hasta su estado de salud y su tipo sanguíneo.
—Mi nombre es Keogh —dijo el hombre—. ¿Significa algo para usted?
—No.
— ¿No ha mencionado Sylva mi nombre?
— ¡Sylva! No, no lo hizo.
—Vámonos a tomar una copa. Quiero hablar con usted.
El examen, por lo visto, había satisfecho a aquel hombre: Guy se preguntó quién podía ser.
—De acuerdo —dijo— No tengo costumbre de beber, pero bueno.
Encontraron un bar cercano, con reservados al fondo. Keogh encargó un whisky con soda y Guy, tras pensarlo un poco, pidió cerveza. Luego dijo:
— ¿La conoce usted?
—Desde hace muchos años. ¿Y usted?
— ¿Qué? Bueno, desde luego. Vamos a casarnos. —contempló pensativamente su cerveza y añadió, con evidente desazón—: De todos modos, ¿quién es usted, señor Keogh?
—Digamos que actúo in loco parentis —dijo Keogh. Esperó respuesta, y, en vista de que no llegaba, añadió—: Una especie de tutor.
—Ella nunca me dijo nada de un tutor.
—Lo comprendo. ¿Qué le ha contado acerca de sí misma?
La desazón de Guy descendió hasta un nivel de timidez, de desconfianza e incluso de temor… lo cual no alteró la firmeza de sus palabras ni le impidió pronunciarlas.
—No le conozco a usted, señor Keogh. No creo que deba contestar a ninguna pregunta acerca de Sylva, ni de mí, ni de nada.
Miró al hombre a los ojos. Keogh estudió pensativamente el rostro del joven, y luego sonrió. Era un gesto al que no estaba acostumbrado y por lo visto le resultaba un poco penoso, pero en esta ocasión la sonrisa era sincera.
— ¡Bien! —ladró, y se puso en pie—. Vamos.
Salió del reservado y Guy le siguió más desconcertado que nunca. Se encaminaron a la cabina del teléfono, en una esquina del local. Keogh metió una moneda en la ranura, marcó un número y esperó, con los ojos clavados en Guy. Luego Guy oyó la parte de la conversación a cargo de Keogh:
—Estoy aquí con Guy Gibbson.
Guy se dio cuenta de que Keogh se identificaba con sólo la voz.
—…Desde luego que estoy enterado. Es una pregunta absurda, niña… Porque es asunto mío. Tú eres asunto mío… ¿Impedirlo? No trato de impedir nada. Pero tengo que saberlo, eso es todo… De acuerdo, de acuerdo… Él está aquí. No quiere hablar de ti ni de nada, lo cual está bien. Sí, muy bien. ¿Quieres hacer el favor de decirle que se muestre más comunicativo?
Y entregó el receptor a un desconcertado Guy, que dijo con voz trémula, mientras contemplaba el impasible rostro de Keogh:
— ¿Sí? Hola.
La voz de Sylva le inundó, trocando aquella experiencia completamente inesperada en algo distinto y estupendo.
—Guy, querido.
—Sylva…
—Todo va bien. Supongo que debí decírtelo antes. Este momento tenía que llegar de todos modos. Guy, puedes decirle a Keogh todo lo que quieras. Cualquier cosa que te pregunte.
— ¿Por qué, cariño? ¿Quién es él?
Siguió una pausa, luego una extraña risita.
—Él te lo explicará mejor que yo. ¿Quieres que nos casemos Guy?
— ¡Desde luego!
—Entonces, no te preocupes. Nadie puede cambiar eso, nadie sino tú. Y oye, Guy: viviré en cualquier parte y tal como tú desees vivir. Esa es la única verdad y toda la verdad.
¿Me crees?
—Siempre te creo.
—De acuerdo entonces. Eso es lo que haremos. Ahora, habla con Keogh. Dile todo lo que quiera saber. Necesita saberlo de todos modos. Te amo, Guy.
—Yo también —dijo Guy, contemplando el rostro de Keogh—. De acuerdo, entonces —añadió al ver que ella no decía nada más—. Adiós.
Y colgó.
Keogh y él conversaron largamente.
—Está sufriendo —le susurró ella al doctor Rathburn.
—Lo sé. —Rathburn sacudió la cabeza comprensivamente—. Pero la tolerancia del organismo a la morfina tiene un límite.
—Sólo un poco más…
—Muy poco —dijo Rathburn tristemente.
Se acercó a su maletín y sacó la jeringuilla. Sylva besó tiernamente al durmiente y salió de la habitación. Keogh la estaba esperando. Dijo:
—Esto tiene que terminar, muchacha.
— ¿Por qué? —inquirió ella con desafío.
—Salgamos de aquí.
Sylva conocía a Keogh desde hacía tanto tiempo y tan bien, que estaba segura de que no reservaba sorpresas para ella. Pero aquella voz, aquella mirada, eran algo nuevo en Keogh. Este sostuvo la puerta, cediéndole el paso, y luego volvió a adelantarse a ella silenciosamente.
Salieron del castillo y se adentraron por un sendero que discurría entre espesos matorrales y bordeaba la colina que dominaba el hórreo. La zona de aparcamiento, que en otro tiempo había sido una gran era, estaba llena de automóviles. Una ambulancia blanca se acercaba, y otra descargaba en la plataforma que daba al nordeste. Un grupo electrógeno ronroneaba en alguna parte detrás del edificio y una gruesa columna de humo se alzaba por el lado de la nueva cámara de calderas. Sylva y Keogh contemplaron con interés el edificio, pero no hicieron ningún comentario. El sendero, después de rodear la cresta de la colina, descendía hacia el lago. Llegaron a un pequeño claro del bosque en el que se erguía una Diana de casi tres metros, la cazadora Diana, casta y de pies alados, tan maravillosamente perfecta que no parecía de mármol, ni tenía el aspecto de un objeto frío y estático.
Siempre me ha parecido —dijo Keogh— que nadie podía mentir estando cerca de ella.
Sylva alzó la mirada hacia la Diana.
—Ni siquiera a sí mismo —añadió Keogh, y se dejó caer sobre un banco de mármol.
—Suéltalo ya —dijo Sylva.
—Quieres lograr que Guy Gibbson viva otra vez. Es una idea descabellada y una idea grandiosa también. Pero muchas cosas que eran más descabelladas, y algunas más grandiosas, ahora son moneda corriente. No voy a discutir lo descabellada ni lo grandiosa que es.
— ¿Qué, entonces?
—Durante las últimas veinticuatro horas he intentado alejarme un poco de todo esto, por así decirlo, para verlo con cierta perspectiva. Sylva, has olvidado una cosa.
—Bien —dijo ella—. ¡Sí, muy bien! Sabía que tú te darías cuenta antes de que fuera demasiado tarde.
— ¿Para que tú pudieras encontrar una solución? —meneó lentamente la cabeza—.
Esta vez no. Reúne todo el valor de los Wyke, muchacha, y hazte a la idea de abandonar.
—Continúa.
—Se trata sencillamente de lo siguiente. No creo que consigas tu copia en papel carbón, pero cabe la posibilidad. He hablado con Weber, y he descubierto que no es tan pesimista como yo. Pero, aunque la consigas, lo único que obtendrás será un recipiente, sin nada con que llenarlo. Mira, muchacha, un hombre no es sólo la sangre y los huesos y las células corporales.
Keogh hizo una pausa, hasta que ella dijo:
—Continúa, Keogh.
— ¿Amas a ese hombre? —preguntó él.
— ¡Keogh!—exclamó Sylva, entre asombrada y divertida.
— ¿Qué es lo que amas? —gritó Keogh—. ¿Ese pelo alborotado? ¿Los músculos, la piel? ¿Sus atributos viriles? ¿Los ojos, la voz?
—Todo —dijo ella tranquilamente.
— ¿Todo? ¿Y eso qué significa? —inquirió Keogh, implacable—. Porque si ese todo es lo que he dicho, podrás tener lo que deseas y toda la ayuda que haga falta. No sé gran cosa acerca del amor, pero te diré esto: si eso es todo, al diablo con ello.
—Bueno, desde luego hay algo más.
— ¡Ah! ¿Y dónde lo encontrarás, muchacha? Un hombre es la piel y el hueso de que está formado, más lo que hay en su cerebro, más lo que hay en su corazón. Tú quieres reproducir a Guy Gibbson, pero no lo conseguirás duplicando su físico. Si quieres duplicar al hombre entero, tienes que hacerle vivir otra vez su misma vida. Y eso no puedes hacerlo.
— ¿Por qué no?
—Voy a decírtelo —dijo Keogh, furioso—. Ante todo, tienes que descubrir quién es él.
— ¡Yo sé quién es él!
Keogh escupió bruscamente sobre el verde musgo junto al banco. Era un gesto impropio de él y realmente sorprendente.
—No sabes ni palabra de él, y yo todavía menos. Le tuve acorralado durante más de dos horas, tratando de descubrir quién era. Es un muchacho más, sencillamente, Nada notable en la escuela, nada notable en deportes, los mismos gustos y sentimientos que otros seis millones de jóvenes como él. ¿Por qué tuvo que ser él, Sylva? ¿Por qué él? ¿Qué pudiste ver en un individuo como ése para creer que valía la pena casarte con él?
—No… no sabía que le odiabas.
—¡Ah, diantre! Muchacha, yo no le odio. Nunca he dicho eso. No puedo… ni siquiera puedo encontrar un motivo para odiarle.
—Tú no le conoces del mismo modo que le conozco yo.
—En eso estamos de acuerdo. No le conozco ni podría conocerle del mismo modo que tú. Porque tú confundes el sentir con el conocer. Si quieres ver a Guy Gibbson otra vez, o una reproducción aproximada, tendría que vivir con arreglo a un guion desde el día que naciera. Sería necesario duplicar todas las experiencias que ese muchacho haya tenido en el curso de su vida.
—De acuerdo —dijo Sylva tranquilamente.
Keogh la miró, aturdido. Dijo:
—Y para hacer eso, tendríamos que escribir el guion. Y para escribirlo, tendríamos que reunir el material necesario. ¿Qué pretendes hacer? ¿Crear una Fundación o algo por el estilo, dedicada a descubrir todos y cada uno de los momentos que ha vivido ese… ese insignificante joven? ¿Sabes cuánto costaría eso, cuántas personas se necesitarían?
—Es una buena idea —dijo ella.
—Y supongamos que consigues una biografía en forma de guion. Veinte años de una vida, día a día, hora a hora; tendrías que arreglártelas para que el niño, desde el instante de nacer, estuviera rodeado de personas encargadas de poner en práctica el guion… para impedir que le ocurriera algo que no figurase en el guion, evitando al mismo tiempo que él llegara a enterarse.
— ¡Eso es! ¡Eso es! —exclamó Sylva.
Keogh se puso en pie de un salto y blasfemó en voz baja. Luego dijo:
— ¡No estoy planeando esto, lunática enamorada! ¡Estoy formulando objeciones!
— ¿Hay algo más? —inquirió ella con avidez—. Piensa, Keogh, piensa… ¿Cómo vamos a empezar? ¿Qué haremos en primer lugar? Rápido, Keogh.
Keogh la miró, anonadado, y por último se dejó caer de nuevo sobre el banco y empezó a reír débilmente. Ella se sentó a su lado y le cogió una mano, con los ojos brillantes. Al cabo de unos instantes Keogh se tranquilizó y se volvió hacia ella. Contempló el brillo de aquellos ojos por un momento, y después su cerebro empezó a funcionar de nuevo… en otro asunto de los Wyke…
—La principal fuente de información sobre quién es y lo que ha hecho —dijo finalmente— no estará con nosotros mucho tiempo… Será mejor que Rathburn suprima la morfina. Le necesitamos en condiciones de pensar.
—De acuerdo —dijo ella—. De acuerdo.
Cuando el dolor se hacía demasiado intenso para permitirle recordar, le inyectaban un poco de morfina. Durante algunos días encontraron un equilibrio entre los recuerdos y la agonía, pero luego la agonía venció. Entonces seccionaron su médula espinal para que no pudiera sentirla. Contrataron a mucha gente: psiquiatras, taquígrafos, incluso un historiador profesional.
En el reconstruido hórreo, Weber ensayó con animales, con vacas incluso, y con primates: lo intentó todo. Obtuvo algunos resultados, aunque no demasiado buenos.
Ensayó también con seres humanos. No pudo vencer el obstáculo de las defensas orgánicas: el útero no toleraba un feto ajeno, del mismo modo que una mano rechaza el injerto del dedo de otra mano.
Probó soluciones nutritivas. Probó muchísimas. Finalmente descubrió una eficaz: plasma sanguíneo de mujeres embarazadas.
Colocó los mejores cuasi-óvulos entre pliegos de gamuza esterilizada. Inventó máquinas automáticas para gotear el plasma a un ritmo arterial, hacerlo circular en una proporción venosa y mantenerlo a la temperatura del cuerpo.
Un día murieron cincuenta de ellos, debido al cloroformo utilizado en uno de los adhesivos. Cuando la luz pareció perjudicarles, Weber inventó contenedores de bakelita.
Cuando la fotografía normal resultó ineficaz, diseñó un nuevo tipo de película sensible al calor, la primera película infrarroja.
A los sesenta días los fetos viables mostraban el ojo embrionario, la espina dorsal, los brotes de los brazos y un corazón que latía. Todos y cada uno de ellos consumían, directamente o en baño, más de un galón de plasma diario, y en un momento dado llegaron a ser ciento setenta y cuatro mil. Luego empezaron a morir: algunos por malformación; otros eran químicamente desequilibrados, y muchos por motivos demasiado complicados incluso para Weber y su estado mayor.
Cuando hubo hecho cuanto pudo, cuando lo único que podía hacer era esperar, le quedaron veintitrés fetos de siete meses que crecían normalmente. Guy Gibbson había muerto hacía ya bastante tiempo, y su viuda se presentó a Weber, le entregó con gesto de cansancio un fajo de documentos y de informes, le apremió para que los leyera y le rogó que le avisara cuando hubiera terminado.
Weber los leyó y visitó a Sylva. Se negó en redondo a lo que ella pedía.
Sylva recurrió a Keogh, el cual se negó a secundarla en aquella idea. Ella le hizo cambiar de opinión, y Keogh convenció a Weber.
En el hórreo de piedra se reanudó la actividad, con nuevas construcciones y nuevas máquinas. El tanque de congelación tenía cuatro pies de anchura por seis de longitud en su parte interior, y estaba rodeado de serpentines e instrumentos. Introdujeron a Sylva en él.
Para entonces, los fetos tenían ocho meses y medio de vida. Quedaban cuatro.
Uno de ellos llegó a término.

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Todos vosotros zombies – Robert A. Heinlein

22.17 Tiempo Zona V (TO) 7 Nov. 1970 Nueva York — «Pops Place»: Estaba limpiando una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Miré la hora: las diez y diecisiete minutos de la noche, tiempo de la zona cinco o tiempo oriental, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre se fijan en la hora y la fecha. Es nuestra obligación.
La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, rasgos infantiles y un carácter susceptible. No me gustaba su aspecto —ni me había gustado nunca—, pero yo estaba aquí para reclutarlo, era mi muchacho. Le obsequié con mi mejor sonrisa de tabernero.
Tal vez soy demasiado crítico. No era un homosexual. Su mote procedía de lo que él siempre contestaba cuando algún entrometido se interesaba por su vida: «Soy una madre soltera.» Y si no se sentía demasiado violento, añadía: «A cuatro centavos la palabra. Escribo historias sentimentales.»
Cuando se encontraba molesto, esperaba a que alguien interviniera. Tenía un estilo de lucha mortal, como una mujer policía. Esa era una de las razones por la que yo lo buscaba, aunque no la única.
Se le veía bastante bebido y su rostro demostraba que despreciaba a la gente más de lo acostumbrado. Serví en silencio un doble de Old Underwear y dejé la botella al lado. El vació el vaso y pidió más.
—¿Qué tal le van las cosas a la «Madre Soltera»? —pregunté mientras limpiaba la barra.
Sus dedos se aferraron al vaso y pensé que estaba a punto de echármelo a la cara. Automáticamente puse una mano sobre la cachiporra que tenía bajo el mostrador. En manipulación temporal se intenta tenerlo todo en cuenta; pero hay tantos factores que nunca se corren riesgos innecesarios.
Vi que se tranquilizaba un poco, ese poco que en la escuela de entrenamiento del departamento te enseñan a vigilar.
—Perdone —dije—. Sólo le pregunto cómo va el trabajo. O qué tiempo hace, para el caso da lo mismo.
—El trabajo va bien —respondió agriamente—. Yo escribo, ellos imprimen, yo como.
Me serví un poco de licor y me incliné hacia él.
—Reconozco que escribe cosas interesantes —dije—. He hojeado algunas. Tiene un toque sorprendente para el ángulo femenino.
Tenía que arriesgarme a ese paso en falso (él nunca había revelado los seudónimos que usaba). Pero estaba muy excitado y sólo se fijó en las últimas palabras.
—¡El ángulo femenino! —repitió, y soltó una risotada—. Sí, conozco el ángulo femenino. A la fuerza.
—¿Ah, sí? ¿Tiene hermanas?
—No. Si se lo contara, no me creería.
—Bueno, bueno —respondí con suavidad—o Los camareros y los psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo, si supiera usted las historias que yo oigo… Bueno, se haría millonario. Increíble.
—¡Usted no sabe qué quiere decir «increíble»!
—¿Ah, no? Nada me sorprende. Siempre he oído cosas peores.
—¿Se apuesta el resto de la botella? —Volvió a reírse.
—Me juego una botella nueva —ofrecí, y la puse sobre la barra.
Hice señas a mi otro camarero para que se ocupara de la clientela. Estábamos en el extremo más alejado de la barra. Era un lugar con un solo taburete y el trozo de barra que había al lado siempre estaba lleno de huevos escabechados y otras tapas para que nadie pudiera sentarse allí. En el otro extremo del mostrador había algunas personas viendo el boxeo por TV y otro cliente ponía discos en la máquina. Estábamos, pues, en un sitio tan íntimo como una cama.
—De acuerdo —empezó—. En primer lugar, soy un bastardo.
—Aquí no hacemos descuento por eso.
—Hablo en serio. Mis padres no estaban casados.
—Nada del otro mundo. Tampoco los míos. —Cuando… —Se interrumpió y me dedicó
la primera mirada afectuosa desde que le conocía—. ¿No bromea?
—No. Soy un bastardo al cien por cien. Y para serle franco, nadie se casa en mi familia. Todos son bastardos. —Le enseñé mi anillo—. Parece de boda, pero lo llevo para que las mujeres no se acerquen. Es una antigüedad que compré en 1985 a un colega. El lo había ido a buscar a la Creta precristiana. El gusano Ouroboros… La serpiente del mundo que se devora la cola eternamente. Es un símbolo de la Gran Paradoja.
Apenas miró el anillo.
—Si de verdad es usted un bastardo —dijo—, ya sabrá lo que se siente. Cuando yo era niña…
—¡Ep! ¿He oído bien?
—¿Quién está contando esta historia? Mire, ¿ha oído hablar de Christine Jorgensen? ¿O de Roberta Cowell?
—¡Oh, oh! ¿Cambios de sexo? ¿Pretende decirme que…?
—No interrumpa ni se me adelante, o no hablaré más. Me abandonaron en un orfanato de Cleveland en 1945, cuando tenía un mes de vida. Cuando era pequeña, envidiaba a los niños que tenían padres. Luego, cuando empecé a conocer el sexo… y créame, Pop, en un orfanato se aprende muy deprisa…
—Lo sé.
—…juré solemnemente que ningún hijo mío tendría papá y mamá. Eso me mantuvo «pura», toda una proeza estando allí… Tuve que aprender a pelear para seguir así. Luego crecí y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme. Por la misma razón que nadie quiso adoptarme. —Frunció la frente—. Tenía cara de caballo y dientes salientes, era lisa de pecho y de cabellos…
—No creo que tenga más cara de caballo que yo.
—¿A quién le importa el aspecto de un camarero? ¿O de un escritor? A la gente que desea adoptar los mejores pequeños bobos de ojos azules y pelo rubio. Y después, los chicos quieren pechos prominentes, una cara encantadora y un porte que despierte admiración. —Se encogió de hombros—. Yo no podía competir. Por eso decidí unirme a la R.A.M.E.R.A,
—¿Qué?
—Significa Red Auxiliar de Mujeres Enfermeras de la Reserva Asistencial, lo que ahora denominan Ángeles del Espacio: Auxiliares de Navegación, Grupo Extraterrestre de Legiones.
Conocía ambos términos. Antes me los sabía de memoria. Todavía usamos un tercer nombre, el de un cuerpo militar de élite también formado por mujeres: Grupo de Urgencia Auxiliar para Reconfortar y Reanimar a los Astronautas. El cambio de vocabulario es la mayor dificultad de los saltos en el tiempo. ¿Sabían que el término «estación de servicio» se refería en tiempos a un lugar donde vendían gasolina en
pequeñas cantidades? Una vez, cuando cumplía una misión en la Era de Churchill, una mujer me dijo: «Nos veremos en la próxima estación de servicio»… que no es lo que parece, porque (entonces) una «estación de servicio» no habría tenido camas.
La Madre Soltera siguió hablando;
—Fue cuando admitieron por primera vez que no se podía enviar hombres al espacio por períodos de meses y años enteros y no aliviar la tensión que se producía. ¿Recuerda cuánto chillaron los puritanos? Aquello mejoró mis posibilidades, puesto que las voluntarias escaseaban. Las candidatas debían ser respetables, preferiblemente vírgenes (les gustaba entrenarlas desde el principio), estar mentalmente por encima del término medio y ser emocionalmente estables. Pero la mayoría de voluntarias fueron viejas rameras o mujeres neuróticas que no iban a durar ni diez días en cuanto salieran de la Tierra. Así que no tuve que preocuparme por mi aspecto. Si me aceptaban, me arreglarían la dentadura y el pelo, me enseñarían a caminar, a bailar, a escuchar a un hombre poniendo cara de agrado… y me entrenarían, claro, en los deberes fundamentales. Incluso me harían una operación de cirugía plástica si era preciso… Nada es demasiado bueno para nuestros chicos.
»Mejor todavía: se aseguraban de que no quedaras embarazada durante el tiempo de servicio, y al finalizar el mismo tenías una seguridad casi total de casarte. Es lo mismo que pasa ahora, los A.N.G.E.L.E.S. se casan con astronautas, conocen bien su oficio.
«Cuando tenía dieciocho años me mandaron a una casa como “asistenta familiar”. Aquella familia quería simplemente una criada barata. Pero a mí no me importó, ya que no podía alistarme hasta cumplir los veintiún años. Hice trabajos domésticos y asistí a la escuela nocturna… fingiendo que deseaba mejorar mi taquigrafía y mecanografía, aunque en realidad mi única preocupación era mejorar mi atractivo y tener más posibilidades de que me aceptaran en la R.A.M.E.R.A.
«Luego conocí a aquel tipo de la capital y sus billetes de cien dólares. —Su mirada volvió a ser ceñuda—. Sí, aquel inútil tenía un montón de billetes de cien. Me los enseñó una noche, me dijo que eran para ayudarme.
»Pero no los acepté. Me gustaba aquel hombre. El primero que se mostraba agradable sin intentar hacer travesuras conmigo. Dejé de ir a la escuela nocturna para verle más a menudo. Fue la época más feliz de mi vida.
»Pero una noche fuimos al parque, y empezaron las travesuras.
—¿Y qué ocurrió? —pregunté al ver que callaba.
—¡No ocurrió nada! Nunca volví a verle. Me acompañó a casa, me dijo que me amaba… me dio un beso de buenas noches y jamás volvió. ¡Si volviera a encontrarle, le mataría!
—Comprendo tus sentimientos. Pero matarle… sólo por hacer algo que se basa en un instinto natural… Humm… ¿Se resistió usted?
—¿Eh? ¿Qué tiene que ver eso con lo sucedido?
—Bastante. Quizá él se merezca tener los dos brazos rotos por abandonarle, pero…
—¡Se merece mucho más todavía! Espere a que le cuente el resto de la historia. Me las arreglé para que nadie supiera lo que había sucedido y llegué a la conclusión de que todo había sido para bien. En realidad, no le amaba y posiblemente nunca amaría a nadie. Además, estaba ansiosa por entrar en la R.A.M.E.R.A., más ansiosa que nunca. Yo no estaba descalificada, puesto que ya no insistían en que las candidatas fueran vírgenes. Me sentía muy animada.
»No me di cuenta hasta que mis faldas empezaron a quedarse pequeñas.
—¿Estaba embarazada?
—¡Vaya jugarreta me había hecho! Los tacaños con los que yo vivía pasaron por alto mi estado hasta que dejé de serles útil. Después me echaron a patadas y ya no podía
volver al orfanato. Acabé en un hospital de caridad, rodeada de grandes barrigas como la mía, y me ocupé de los orinales hasta que me llegó la hora.
»Una noche me encontré en la mesa de operaciones, con una enfermera que me decía: “Relájese. Respire profundamente.”
«Cuando desperté estaba en una cama y me sentí entumecida del pecho para abajo. Entonces entró mi médico. “¿Qué tal se encuentra?”, me preguntó con aire jovial.
»”Como una momia”, respondí.
«”Naturalmente. Le hemos vendado como si fuera una momia y le hemos administrado muchos calmantes para mantenerla entumecida. Se pondrá bien… pero una cesárea no es igual que una cutícula inflamada.”
»”¿Una cesárea?”, dije yo. “Doctor… ¿He perdido el niño?”
»”¡Oh, no! La criatura está muy bien.”
»”¿Es chico o chica?”
»”Es una niña muy saludable. Pesa tres kilos.”
»Me tranquilicé. Haber tenido una hija es… es importante. En aquel momento pensé irme a alguna parte, convertirme en una “señora” y dejar que la niña pensara que su papá había muerto. ¡No quería ningún orfanato para mi hija!
»Pero el médico seguía hablando. “Dígame, señora… eh…” Había olvidado mi apellido… o lo sabía y no quiso meter la pata. “¿Sabía que su estructura glandular es… muy extraña?”
»”¿Cómo dice? Claro que no lo sabía. ¿Qué pretende decirme?”
»El cirujano no sabía cómo explicarse. “Voy a darle esto y luego le pondré una inyección para que duerma y calme sus nervios. Porque es evidente que va a ponerse nerviosa.”
»”¿Por qué?”, pregunté.
»”¿Ha oído hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta cumplir los treinta y cinco años? Luego fue sometido a una operación quirúrgica y se convirtió, legal y médicamente, en un hombre. Y se casó. No hubo problemas.”
»”¿Y qué tiene que ver eso conmigo?”
»”Es lo que pretendo explicarle. Usted es un hombre”
»Traté de incorporarme en la cama. “¿Qué ha dicho?”
»”Tómeselo con calma. Cuando efectué la cesárea me encontré con una confusión de órganos. Mandé llamar al cirujano en jefe mientras sacaba a la niña, y sostuvimos un cambio de impresiones. Usted seguía en la mesa de operaciones, claro está. Hemos estado trabajando varias horas, esforzándonos al máximo con usted. Encontramos dos estructuras orgánicas, ambas inmaduras, pero con la femenina lo bastante desarrollada para que usted pudiera tener un hijo. Era algo que no volvería a serle de utilidad, así que la extirpamos y lo dejamos todo de forma que usted, pueda desarrollarse adecuadamente como hombre.” Me puso la mano en el hombro. “No se preocupe. Usted es joven, sus huesos se adaptarán, vigilaremos su equilibrio glandular… y haremos de usted un hombre joven.”
»Me puse a llorar. “¿Y qué me dice de mi hija?”
»”Bueno, no podrá criarla. Usted no tiene leche suficiente para una recién nacida. Si estuviera en su caso, yo… miraría de que la adoptaran.”
»”¡No!”
»El médico se encogió de hombros. “La decisión le corresponde a usted, como madre que es de la niña… o como padre. Pero ahora no se preocupe. Lo principal es que usted se restablezca.”
»El día siguiente me enseñaron a la niña y la vi a diario… intentando acostumbrarme a ella. Nunca había visto a un recién nacido y no podía imaginarme lo horribles que son. Mi hija me parecía un mono de color anaranjado. Pero estaba resuelta a hacer
todo lo necesario por ella. Pasaron cuatro semanas y mis buenas intenciones perdieron todo su significado,
—¿Cómo dice?
—La raptaron.
—¿La raptaron?
La Madre Soltera estuvo a punto de aplastar la botella que nos habíamos apostado.
—La secuestraron… ¡Se la llevaron del hospital! —Hablaba casi sin poder respirar—. ¿Qué le parece? Arrebatarle a un hombre la última razón que le impulsa a vivir…
—Desesperante. Permita que le sirva otro vaso. ¿No hubo pistas de los secuestradores?
—La policía no sacó nada en claro. Alguien se presentó para verla, haciéndose pasar por un tío de la niña. Y se la llevó mientras la enfermera estaba de espaldas.
—¿Una descripción?
—Un hombre de rostro similar al suyo o al mío. Nada más. Pienso que se trataba del padre de la niña. La enfermera juró que era un hombre de edad, aunque probablemente iba maquillado. ¿Qué otra persona podría robarme a mi hija? Hay mujeres sin hijos que hacen cosas así… pero nadie conoce un solo caso en que el secuestrador haya sido un hombre.
—¿Y qué fue de usted después del rapto?
—Estuve otros once meses en aquel lugar siniestro y sufrí tres operaciones. Al cabo de cuatro meses me empezó a crecer la barba, y me afeitaba con regularidad antes de salir del hospital. Ya no tenía duda alguna de. que era un hombre. —Sonrió irónicamente—. Incluso me atraían los escotes de las enfermeras.
—Bien, creo que usted superó el trance —opiné—. Aquí está, un hombre normal que se gana bien la vida y sin problemas graves. Además, la vida de una mujer no tiene nada de fácil.
—¡Usted sabe mucho!
—¿Ah, sí?
—¿Ha oído alguna vez la expresión «una mujer destrozada»?
—Bueno… Sí, hace varios años. No significa demasiado en la actualidad.
—Yo estaba tan destrozado como pudiera estarlo una mujer. Aquello fue una bomba que me destrozó por completo… Había dejado de ser una mujer… y no sabía cómo ser un hombre.
—Supongo que es difícil acostumbrarse.
—No tiene ni la más mínima idea. No estoy hablando de aprender a vestirse o de no confundir el lavabo de señoras con el de caballeros. Todos esos detalles los aprendí en el hospital. El problema era cómo vivir. ¿Qué trabajo podía conseguir? Diablos, ni siquiera sabía conducir. No tenía oficio alguno y no podía dedicarme a labores manuales. Tenía demasiadas cicatrices, una piel demasiado blanda.
»Odié a aquel hombre por haber destrozado mi vida, por haber impedido que me presentara a R.A.M.E.R.A. Pero ese odio no surgió hasta que traté de entrar en el Cuerpo Espacial. Una sola mirada a mi barriga bastaba para que me declararan inútil para el servicio militar. El oficial médico perdió algún tiempo conmigo, simplemente por curiosidad. Ya tenía noticias de mi caso.
»En estas circunstancias, cambié mi apellido y me trasladé a Nueva York. Conseguí trabajo como cocinero de segunda, y luego alquilé una máquina de escribir para mecanografiar manuscritos a domicilio… ¡Y qué éxito tuve! En cuatro meses mecanografié cuatro cartas y un manuscrito. Este último era para Historias de la Vida Real y fue un auténtico derroche de papel, pero el imbécil que lo escribió logró venderlo. Y eso me dio una idea.
Compré un montón de revistas sentimentales y las estudié. —Adoptó una expresión cínica—. Ahora ya sabe que ese auténtico ángulo de mujer de mis relatos procede de
la historia de una madre soltera… Es la única versión que no he vendido a los editores: la versión real. ¿Me he ganado la botella?
Le acerqué el licor. Me sentía trastornado, pero tenía un trabajo que hacer.
—Hijo —expuse—, ¿sigue deseando echarle el guante a ese tipo?
Sus ojos parecieron arder. Tenía una mirada salvaje.
—¡Un momento! —dije—. ¿Sería capaz de matarle?
—Haga la prueba —contestó. Y luego sonrió maliciosamente.
—Tómeselo con calma. Conozco este asunto más de lo que usted se piensa. Puedo ayudarle. Sé dónde está él.
—¿Dónde está? —exclamó abalanzándose hacia mí.
—Suélteme la camisa, hijo —dije sin levantar la voz—. O le dejaremos en el callejón y explicaremos a los polizontes que usted se desmayó. —Le enseñé la cachiporra.
—Perdone. —Me soltó—. Pero ¿dónde está ese hombre? ¿Y cómo es que sabe usted tantas cosas?
—Todo a su tiempo. Hay muchos archivos… Los del hospital, los del orfanato, los expedientes médicos… La directora de su orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Después fue sustituida por la señora Gruenstein, ¿correcto? Cuando era una mujer, usted se llamaba «Jane», ¿correcto? Y de todo esto no me ha dicho una sola palabra, ¿correcto?
Se quedó sorprendido y un poco asustado.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Trata de crearme problemas?
—No, de verdad que no. Sólo trato de ayudarle. Puedo poner en sus manos a ese tipo. Usted podrá hacer lo que mejor le parezca… y le garantizo que no habrá complicaciones de ningún tipo. Pero no creo que vaya usted a matarle. Sería una actitud propia de un loco… y usted no lo está. En absoluto.
—Basta de charla. ¿Dónde está?
Le serví un poco más de bebida. Estaba borracho, pero la cólera superaba la borrachera.
—No tan deprisa —dije—. Haré algo por usted… si usted hace algo por mí.
—¿Eh? ¿Qué quiere que haga?
—A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué le parecería un buen sueldo, un empleo fijo, todos los gastos pagados, siendo usted su único jefe y pudiendo gozar de variedad y aventuras?
—Me parecería algo así como la gallina de los huevos de oro. No diga tonterías, Pop..» Ese empleo no existe.
—Muy bien, se lo diré de otra forma. Le entrego al tipo, ajusta cuentas con él y prueba el trabajo que le ofrezco. En el caso de que no reúna las características que he enumerado… bueno, no podré retenerle.
Se tambaleaba. El último trago era el culpable.
—¿Cuándo me traerá a ese hombre? —preguntó con la típica voz del que ha bebido demasiado.
—Si acepta el trato… ¡ahora mismo!
—Acepto el trato. —Y alargó su mano derecha.
Ordené a mi ayudante que vigilara la barra, miré la hora —23.00— y me dirigí hacia la puerta del almacén. En ese mismo instante empezó a sonar «¡Soy mi propio abuelo!» en el tocadiscos automático. El encargado de la máquina tenía órdenes para colocar exclusivamente en ella discos clásicos y del folklore americano, puesto que yo no trago la «música» de 1970. Pero no sabía que aquel disco estaba allí.
—¡Apaga eso! —grité—. Devuelve el dinero al cliente. Voy al almacén. Volveré enseguida.
Y entré en el almacén seguido de la Madre Soltera. Al final del pasillo, frente a los retretes, había una puerta metálica que sólo mi socio y yo podíamos abrir. Y en el
interior había otra puerta que daba a una habitación. La única llave disponible estaba en mi poder. Entramos los dos. Mi acompañante miró con ojos nublados por el alcohol aquellas paredes sin ventanas.
—¿Dónde está ese hombre? —inquirió.
—No se impaciente.
Abrí una maleta, el único objeto que había en la habitación. Era una unidad portátil de transformación de coordenadas, serie 1992, modelo II. Una maravilla: carente de partes móviles, veintitrés kilos de peso a plena carga y construido de modo que pudiera hacerse pasar por una maleta. Yo la había ajustado precisamente aquel mismo día. Todo lo que debía hacer era desplegar la red metálica que limita el campo de transformación. Y así lo hice.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Una máquina del tiempo —contesté y extendí la red a nuestro alrededor.
—¡Hey! —exclamó, y retrocedió.
Existe una técnica para efectuar esta operación. La red debe desplegarse de modo que el sujeto retroceda instintivamente hacia la trama metálica. Y entonces se cierra la red, que envolverá a las dos personas por entero. De otra forma, existiría el riesgo de abandonar en el lugar de origen las suelas de los zapatos o un trozo del pie, o de arrancar parte del suelo. Pero ése es todo el cuidado que hay que tener. Algunos agentes se valen de engaños para que el sujeto entre en la red. Yo me limito a decir la verdad y aprovecho el instante de asombro que sigue para accionar el interruptor. Y así lo hice en aquella ocasión.
10.30 — VI —3 abril 1963 — Cleveland — Ohio Edificio Apex:
—¡Hey! —repitió—. ¡Quite esta maldita cosa!
—Lo siento —dije, e hice lo que pedía. La red desapareció y cerré la maleta—. Dijo que deseaba encontrar a ese hombre.
—Pero… ¡Usted me dijo que eso era una máquina del tiempo!
—¿Le parece que estemos en noviembre? —pregunté al tiempo que señalaba una ventana—. ¿O que esto sea Nueva York?
Mientras él se quedaba boquiabierto contemplando la vegetación floreciente y la esplendorosa primavera, volví a abrir la maleta. Saqué un fajo de billetes de cien dólares y comprobé que los números y las firmas fueran compatibles con 1963. Al Departamento Temporal no le importa lo que gastes (ese dinero no cuesta nada) pero no gusta de anacronismos innecesarios. Si cometes demasiados errores, una corte marcial te exiliará por un año en un período poco agradable —1974, por ejemplo —con su racionamiento estricto y trabajos forzados. Nunca cometo ese tipo de errores. El dinero estaba perfectamente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó mi acompañante.
—El está aquí. Salga y búsquele. Aquí tiene dinero para gastos. —Le di los billetes y añadí—: Ajústele las cuentas. Luego le recogeré.
Los billetes de cien dólares ejercen un efecto hipnótico en una persona que no está acostumbrada a ellos. Los contó con una expresión de incredulidad en el rostro mientras le acompañé al pasillo. Volví a entrar a la habitación y cerré la puerta con llave. El siguiente salto fue muy fácil, un simple cambio en la misma era.
11.00 — VI — 10 marzo 1964 — Cleveland — Edificio Apex: Había una nota debajo de la puerta diciendo que mi alquiler expiraba la semana próxima. Por lo demás, la habitación tenía el mismo aspecto que un instante antes. En el exterior, los árboles habían perdido sus hojas y amenazaba con nevar. Debía apresurarme. Cogí dinero de la época, chaqueta, sombrero y abrigo (todo lo había dejado allí en el momento de alquilar la habitación). Después alquilé un coche y fui al hospital. Estuve veinte minutos
aburriendo a la enfermera, hasta que pude llevarme a la niña sin que me viera. Volvimos al edificio Apex. El siguiente salto en el tiempo resultó más complicado, ya que el edificio todavía no existía en 1945. Pero ya había tenido en cuenta este detalle.
00.10 — VI — 20 sept. 1945 — Cleveland — Motel Skyview: La unidad de transformación, la niña y yo llegamos a un motel situado en las afueras de la ciudad. Antes me había registrado como «Gregory Johnson, Warren, Ohio». Cortinas, ventanas y puertas estaban cerradas y todo el mobiliario apartado a un lado, de modo que el aparato dispusiera de un cierto margen de error. Siempre corres el riesgo de darte un buen coscorrón con una silla que no debía estar donde está. Y no por la silla, claro, sino por el retroceso del campo de fuerza.
No hubo ningún problema. Jane dormía profundamente. La saqué del motel, la metí en una caja de cartón y puse ésta en el asiento de un coche que había alquilado antes. Después conduje el vehículo hasta el orfanato, dejé a la niña en las escaleras de entrada y me fui hasta una «estación de servicio» situada a dos manzanas de distancia. (Recuerden que «estación de servicio» era entonces el lugar donde vendían gasolina.) Desde allí telefoneé al orfanato y regresé a tiempo para ver cómo recogían a Jane. A continuación volví al motel y abandoné el coche en sus cercanías. Recorrí a pie el trecho que faltaba hasta el edificio y salté en el tiempo hacia 1963.
11.00 — VI —24 abril 1963 — Cleveland — Edificio Apex: Este último cambio de año resultó perfecto. La exactitud de estos saltos depende del tramo —tiempo— que recorres, excepto cuando regresas a cero. Si me había equivocado, Jane estaría descubriendo en este momento preciso, en el parque y en una fragante noche primaveral, que ella no era tan «buena» chica como pensaba. Cogí un taxi para ir a casa de los tacaños y me quedé vigilando en una esquina, acechando en las sombras.
Al cabo de un rato les vi caminando por la calle, muy apretados el uno al otro. Llegaron al porche. El la cogió por la cintura y se despidió con un largo beso, más largo de lo que yo había imaginado. Luego ella entró en la casa y él se alejó. Me deslicé tras él y le cogí por el hombro.
—Todo ha terminado, hijo —dije—. He vuelto para recogerle.
—¡Usted! —La sorpresa le dejó sin respiración.
—Yo. Ahora ya sabe quién es él… Si medita un poco, también sabrá quién es usted… Y si piensa lo bastante, podrá imaginarse quién es la niña… y quién soy yo.
Estaba temblando sin poder contenerse y no pronunció una sola palabra. Resulta terrible comprobar que no puedes resistirte a que tú mismo te seduzcas. Le llevé hasta el edificio Apex y efectuamos un nuevo salto en el tiempo.
23.00 — VII — 12 ag. 1985 — Base subterránea de las Montañas Rocosas: Desperté al sargento de guardia, le mostré mi identificación y le ordené que acostara a mi compañero (dándole antes una píldora adecuada) y que tomara sus datos por la mañana. El sargento puso mala cara, pero los galones siempre son los galones, no importa la época. Hizo lo que le había ordenado… pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él sería coronel y yo sargento. Y es algo que puede suceder perfectamente en nuestro cuerpo.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
Apunté el nombre del nuevo recluta y el sargento enarcó las cejas al leerlo.
—¿Así se llama? Vaya, vaya…
—Cumpla con su deber, sargento. —Luego me volví hacia mi compañero—. Hijo, tus problemas han terminado. Estás a punto de empezar el mejor trabajo que un hombre pueda desear… Y lo harás bien. Lo sé.
—¡Claro que lo harás! —convino el sargento—. Mírame… Nacido en 1917… Aún eres joven y aún gozas de la vida.
Me fui a la sala de saltos y dispuse todo en el cero preseleccionado.
23.01 — V — 7 nov. 1970 — Nueva York — «Pops Place»: Salí del almacén con una botella de Drambuie para justificar el minuto que había estado ausente. Mi ayudante estaba discutiendo con el cliente que había puesto el disco «¡Soy mi propio abuelo!».
—Bueno, ya está bien —dije—. Déjale que lo ponga y luego desenchufas la máquina.
Me encontraba muy fatigado. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo. Además, en los últimos años, desde el Error de 1972, el reclutamiento es muy difícil. ¿Puede pensarse en algo mejor que coger gente confusa y ofrecerles un trabajo bien remunerado e interesante (aunque sea peligroso) para una causa necesaria? Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la Guerra del Fracaso de 1963. La bomba destinada a Nueva York no hizo explosión y un centenar de detalles no salieron como se había planeado… Todo por culpa de mis semejantes.
Pero ése no es el caso del Error de 1972. Nosotros no tuvimos la culpa… y ya no puede repararse. No hay paradoja que resolver. Una cosa es, o no es, ahora y por los siglos de los siglos, amén. Pero no habrá otro igual. Una orden fechada «1992» tiene prioridad sobre cualquier otro año.
Cerré el bar cinco minutos antes y dejé una carta en la caja registradora, explicando a mi socio que aceptaba su oferta para comprar mi parte del negocio y que se pusiera en contacto con mi abogado, puesto que yo iba a emprender unas largas vacaciones. Yo no sabía si el departamento recibiría o no el dinero, pero les gusta que todas las cosas queden bien arregladas. Me dirigí a la habitación interior del almacén y salté a 1993.
22.00 — 12 ene. 1993 — Edificio anexo de la base subterránea de las Montañas Rocosas — Cuartel general del Departamento Temporal: Me presenté al oficial de guardia y me dirigí a mi habitación pensando en dormir durante toda una semana. Había cogido la botella de la apuesta (al fin y al cabo, la había ganado) y tomé un trago antes de redactar mi informe. El licor tenía un sabor horrible, y no pude entender por qué aquella marca, Old Underwear, me había gustado en otras ocasiones. Pero era mejor que nada. Pienso demasiado, no me gusta estar tan serio. Pero tampoco me gusta dedicarme a la bebida. Hay personas que ven serpientes. Yo veo personas.
Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos, todos con el visto bueno del Departamento de Psicología, contando con el mío propio (ya sabía de antemano que lo aprobarían. Yo estaba aquí, ¿no?). Luego grabé una solicitud para que se me asignara una misión. Ya estaba harto de reclutar. Eché las dos cintas en la ranura y me fui a dormir.
Mis ojos se fijaron en el «Reglamento del Tiempo» que estaba sobre mi cama:
No dejes para ayer lo que debas hacer mañana. Si logras triunfar, no vuelvas a intentarlo. Una puntada en el tiempo ahorra nueve mil millones. Una paradoja puede ser modificada. Es más pronto de lo que piensas. Los antepasados son simples personas. Incluso Júpiter cabecea.
Ya no me inspiraban tanto como cuando era recluta. Treinta años subjetivos de saltos en el tiempo llegan a cansarte. Me desnudé y cuando me quedé en cueros me miré la barriga. Una cesárea deja una cicatriz enorme, pero ahora tengo mucho pelo en el vientre y no la advierto a menos que la busque.
Luego me fijé en el anillo.
La serpiente que devora su propia cola, por los siglos de los siglos… Yo sé de dónde procedo… Pero ¿de dónde provenís todos vosotros, zombies?
Empezó a dolerme la cabeza, pero nunca tomo medicamentos para la jaqueca. Es algo que no hago jamás. Lo hice una vez… y todos desaparecisteis.
De modo que me arrastré hasta la cama y apagué la luz de un soplo.
Vosotros no estáis ahí. Nadie existe, sólo yo —Jane—, aquí a solas en la oscuridad.
¡Os añoro espantosamente!

Los comerciantes – Isaac Asimov

1

COMERCIANTES — … Y constantemente, como avanzadas de la hegemonía política de la Fundación, estaban los comerciantes, extendiendo tenues tentáculos a través de las enormes distancias de la Periferia. Podían pasar meses o años entre dos desembarcos en Términus; a menudo sus naves no eran más que conjuntos de reparaciones e improvisaciones caseras; su honradez no era de las más altas; su osadíaMediante todo esto forjaron un imperio más consistente que el despotismo seudorreligioso de los Cuatro ReinosSe relatan innumerables historias acerca de estas figuras macizas y solitarias que se regían, medio en broma, medio en serio, por un lema adoptado de uno de los epigramas de Salvor Hardin: «¡Nunca permitas que el sentido de la moral te impida hacer lo que está bien!» Ahora es difícil saber qué historias son reales y qué historias son apócrifas.

Probablemente no hay ninguna que no haya sufrido alguna exageración

Enciclopedia Galáctica.

Limmar Ponyets estaba completamente enjabonado cuando la llamada llegó a su receptor… lo que prueba que la vieja observación acerca de los telemensajes y las bañeras es cierta incluso en el oscuro y difícil espacio de la Periferia Galáctica.

Afortunadamente, la parte de una nave de libre comercio que no se dedica a estibar mercancías varias es extremadamente recogida. Tanto es así, que la ducha, con agua caliente incluida, está localizada en un cubículo de dos por cuatro, a tres metros del panel de mandos. Ponyets oyó el repiqueteo del receptor con toda claridad.

Soltando espuma y un juramento, salió de la bañera para ajustar el vocal, y tres horas más tarde una segunda nave comercial estaba al lado, y un sonriente joven entr ó por el tubo de aire tendido entre las naves.

Ponyets inclinó su silla hacia adelante y se colocó junto al piloto oscilatorio automá tico.

¿Qué ha hecho, Gorm? — preguntó, sombríamente—. ¿Perseguirme desde la Fundación?

Les Gorm sacó un cigarrillo y movió la cabeza energéticamente.

¿Yo? Ni pensarlo. Soy el ingenuo a quien se le ocurrió aterrizar en Glyptal IV el día después del correo. Así que me enviaron detrás de usted con esto.

La diminuta y brillante esfera cambió de manos, y Gorm añadió :

Es confidencial. Supersecreto. No se puede confiar al subéter y todo eso. O, por lo menos, es lo que yo creo. Es una cápsula personal y no puede ser abierta por nadie más que no sea usted.

Ponyets contempló la cápsula con disgusto.

Ya lo veo. Nunca he visto que una de éstas encerrara buenas noticias.

Se abrió en su mano y la delgada y transparente cinta se desenrolló rígidamente.

Sus ojos recorrieron el mensaje velozmente, pues cuando la última parte estaba saliendo, la primera ya se oscurecía y arrugaba. Al cabo de un minuto y medio se había vuelto negra y, molécula por molécula, se desintegró.

Ponyets gruñó con voz profunda:

¡Oh, Galaxia!

Les Gorm preguntó serenamente:

¿Puedo ayudarle de algún modo? ¿O es demasiado secreto?

Le molestará, puesto que usted forma parte del Gremio. Tengo que ir a Askone.

¿Allí? ¿Por qué razón?

Han apresado a un comerciante. Pero no se lo diga a nadie.

La expresión de Gorm se vio dominada por la cólera.

¡Apresado! Eso va contra la Convención.

Y También la interferencia con la política local.

¡Oh! ¿Es eso lo que hizo? — Gorm reflexionó —. ¿Quién es el comerciante?

¿Alguien que yo conozca?

¡No! — contestó Ponyets secamente, y Gorm aceptó la implicación y no hizo más preguntas.

Ponyets estaba levantado y mirando inexpresivamente por la visiplaca. Murmuró fuertes expresiones hacia aquella parte de la nebulosa lenticular que era el cuerpo de la Galaxia, y después dijo en voz alta:

¡Maldito lío! ¡Estoy pasándome de la raya!

La luz se hizo en la mente de Gorm.

Eh, amigo, Askone es una zona cerrada.

Así es. No se puede vender ni un cortaplumas en Askone. No comprarán utensilios atómicos de ninguna clase. Con mi contribución vencida; es un suicidio ir allí.

¿No puede zafarse?

Ponyets meneó la cabeza con aire ausente.

Conozco al tipo complicado. No puedo abandonar a un amigo. ¿Qué puede pasarme? Estoy en manos del Espíritu Galáctico y me dirijo alegremente hacia donde él me señala.

Gorm dijo, desconcertado.

¿Eh?

Ponyets le miró, y se echó a reír, brevemente.

Me había olvidado. Usted no ha leído el Libro del Espíritu, ¿verdad?

Nunca he oído hablar de él — dijo Gorm, concisamente.

Bueno, lo conocería si hubiera tenido una educación religiosa.

¿Educación religiosa? ¿Para el clero? — Gorm estaba profundamente aturdido.

Me temo que sí. Es mi vergüenza oculta y mi secreto. Sin embargo, yo era demasiado para los reverendos padres. Me expulsaron por razones suficientes para estimularme a recibir una educación seglar a cargo de la Fundación. Bueno, quizá sea mejor estar fuera. ¿Cuál es su contribución este año?

Gorm apagó el cigarrillo y se ajustó la gorra.

Ahora he conseguido mi último cargamento. Lo lograré.

¡Qué afortunado! — se lamentó Ponyets, y, mucho después de irse Les Gorm, siguió inmóvil, sumido en cavilaciones.

¡De modo que Eskel Gorov estaba en Askone… y en la cárcel!

¡Era una mala cosa! De hecho, considerablemente peor de lo que podía parecer.

Era muy fácil dar a un joven curioso una versión resumida del asunto para apartarlo de él y lograr que se ocupara de los suyos. Era algo muy diferente hacer frente a la verdad.

Pues Limmar Ponyets era una de las pocas personas que sabían que el maestro comerciante Eskel Gorov no era ningún comerciante, sino algo completamente distinto:

¡un agente de la Fundación!

2

¡Dos semanas pasadas! ¡Dos semanas perdidas!

Una semana para llegar a Askone, en el borde extremo de la Galaxia, del que las naves guerreras de vigilancia surgieron en considerable número para enfrentarse con él.

Cualquiera que fuese su sistema de detección, funcionaba… y bien.

Le rodearon lentamente, sin ninguna señal, manteniendo la distancia, y encaminándose duramente hacia el sol central de Askone.

Ponyets podía haberse librado de ellas en un abrir y cerrar de ojos. Aquellas naves eran reliquias del desaparecido imperio galáctico… pero eran cruceros deportivos, no naves de guerra; y, sin armas atómicas, eran pintorescos e impotentes elipsoides. Pero Eskel Gorov estaba prisionero en sus manos, y Gorov no era un rehén que pudiera perderse. Los askonianos debían saberlo.

Y después otra semana… una semana para conseguir abrirse camino entre las nubes de oficiales menores que formaban el cojín entre el gran maestre y el mundo exterior. Cada pequeño subsecretario requería suavidad y conciliación. Cada uno de ellos requería cuidados tiernos y nauseabundos para la historiada firma que era el medio de llegar al oficial superior.

Por vez primera, Ponyets descubrió que sus documentos de identidad como comerciante eran inútiles.

Al fin, el gran maestre se hallaba al otro lado de la puerta dorada flanqueada por varios guardias… y habían pasado dos semanas.

Gorov seguía estando prisionero y el cargamento de Ponyets se pudría inútilmente en las bodegas de su nave.

El gran maestre era un hombre pequeño; un hombre pequeño con una cabeza calva y un rostro muy arrugado, cuyo cuerpo parecía reducido a la inmovilidad por la enorme y brillante boa de piel que le rodeaba el cuello.

Sus dedos se movieron a un lado y otro, y la hilera de hombres armados retrocedió hasta formar un pasillo, a lo largo del cual Ponyets llegó hasta el pie de la silla ceremonial.

No hable — exclamó el gran maestre, y los labios abiertos de Ponyets se cerraron fuertemente.

» Eso es. — El gobernante askoniano se relajó visiblemente—. No resisto las charlas inútiles. Usted no puede amenazarme y yo no soporto las lisonjas. Tampoco es el momento de quejas y lamentaciones. Ya he perdido la cuenta de todas las veces que hemos advertido a sus vagabundos que en Askone no queremos sus diabólicas máquinas.

Señor — dijo Ponyets, serenamente—, no intento justificar al comerciante en cuestión. No es política de los comerciantes introducirse donde no les quieren. Pero la Galaxia es grande, y ya ha sucedido más de una vez que se han traspasado fronteras involuntariamente. Es un error deplorable.

Deplorable, ciertamente — graznó el gran maestre—. Pero ¿error? Su gente de Glyptal IV me ha estado bombardeando con ruegos para negociar desde dos horas después de que el miserable sacrílego fuera apresado. Me han avisado de su propia llegada varias veces. Parece una campaña de rescate bien organizada. Pero También parece que se han anticipado en muchas cosas… quizá un poco demasiado, para tratarse de errores, deplorables o no.

Los ojos negros del askoniano eran despectivos. Prosiguió :

Y ustedes, los mercaderes, revoloteando de un mundo a otro como mariposillas alocadas, ¿están tan locos o tan seguros de sus derechos que pueden aterrizar en el mundo mayor de Askone, en el centro de su sistema, y considerarlo como una involuntaria confusión de fronteras? Vamos, seguro que no.

Ponyets se sobresaltó, pero no lo demostró. Dijo, obstinadamente:

Si el intento de comerciar fuera deliberado, excelencia, sería lo más alocado y contrario a las más estrictas reglas de nuestro Gremio.

Alocado, sí — dijo el askoniano, concisamente—. Tan alocado, que su camarada es probable que dé su vida a cambio.

Ponyets sintió un nudo en el estómago. No había irresolución en aquellas palabras.

Dijo:

La muerte, excelencia, es un fenómeno tan absoluto e irrevocable, que ciertamente debe haber alguna otra alternativa.

Hubo una pausa antes de que llegara la cauta respuesta:

He oído decir que la Fundación es rica.

¿Rica? Desde luego. Pero nuestra riqueza es la que ustedes se niegan a aceptar.

Nuestras mercancías atómicas valen…

Sus bienes no valen nada porque carecen de las bendiciones ancestrales. Sus bienes son impíos y están anatematizados porque caen bajo la maldición ancestral. — Las frases eran inexpresivas; parecía una fórmula aprendida de memoria.

El gran maestre abatió los párpados, y dijo con intención:

¿No tiene alguna otra cosa de valor?

El comerciante no captó el sentido de la pregunta.

No lo comprendo. ¿Qué es lo que quiere?

El askoniano separó las manos.

Me pide que entre en tratos con usted, y supone que conoce mis necesidades. Yo creo que no. Al parecer, su colega debe sufrir el castigo establecido por sacrilegio por el código askoniano. La muerte por gas. Somos un pueblo justo. El campesino más pobre, en un caso similar, no sufriría más. Yo mismo no sufriría menos.

Ponyets murmuró desesperadamente:

Excelencia, ¿me permitiría hablar con el prisionero?

La ley askoniana — dijo fríamente el gran maestre— no permite ningún tipo de comunicación con un condenado.

Mentalmente, Ponyets contuvo la respiración.

Excelencia, le ruego que sea misericordioso con el alma de un hombre, cuando su cuerpo está ya perdido. Ha estado apartado de todo consuelo espiritual durante todo el tiempo que su vida ha estado en peligro. Incluso ahora, se enfrenta con la perspectiva de marchar sin prepararse al seno del Espíritu que lo gobierna todo.

El gran maestre dijo lenta y sospechosamente:

¿Es usted un servidor del alma?

Ponyets inclinó humildemente la cabeza.

Me han enseñado a serlo. En las vacías extensiones del espacio, los comerciantes necesitan a un hombre como yo para ocuparse del aspecto espiritual de una vida así dedicada al comercio y los éxitos mundanos.

El gobernante askoniano se mordió pensativamente el labio inferior.

Todos los hombres deben preparar su alma para el viaje hasta donde están sus espíritus ancestrales. Sin embargo, no sabía que ustedes, los comerciantes, fueran creyentes.

3

Eskel Gorov dio una vuelta en su camastro y abrió un ojo cuando Limmar Ponyets entraba por la puerta sólidamente reforzada. Se cerró de un portazo detrás de él. Gorov balbuceó y se puso en pie.

¡Ponyets! ¿Te han enviado?

Pura casualidad — dijo Ponyets, amargamente—, o bien la obra de mi malévolo demonio personal. Primero, te metes en un lío en Askone. Segundo, mi ruta de ventas, tal como sabe la Junta de Comercio, me lleva a cincuenta parsecs del sistema justo en el momento de ocurrir el número uno. Tercero, ya hemos trabajado juntos otras veces y la Junta lo sabe. ¿No lleva eso a una fácil e inevitable deducción? La respuesta encaja perfectamente como una llave en su propia cerradura.

Ten cuidado — dijo Gorov, con voz tensa—. Debe de haber alguien escuchando.

¿Llevas un distorsionador de campo?

Ponyets señaló el adornado brazalete que le rodeaba la muñeca y Gorov se tranquilizó.

Ponyets miró a su alrededor. La celda no tenía muebles, pero era grande. Estaba bien iluminada y carecía de olores ofensivos. Dijo:

No está mal. Te tratan con miramientos.

Gorov hizo caso omiso de la observación.

Escucha, ¿cómo has llegado hasta aquí abajo? He estado en la soledad más absoluta durante casi dos semanas.

Desde que me puse en camino, ¿eh? Bueno, parece ser que el viejo pájaro que dirige esto tiene sus puntos flacos. Siente cierta debilidad por los discursos píos, así que he corrido un riesgo que ha dado resultado. Estoy aquí en calidad de consejero espiritual tuyo. Hay algo extraño en los hombres piadosos como él. Te cortará el cuello alegremente si eso le conviene, pero vacilará en dañar el bienestar de tu inmaterial y problemática alma. Es sólo una muestra de la psicología empírica. Un comerciante ha de saber un poco de todo.

La sonrisa de Gorov era sardónica.

Y También has estado en la escuela teológica. Tienes toda la razón, Ponyets. Me alegro de que te hayan enviado. Pero el gran maestre no ama mi alma exclusivamente.

¿No ha mencionado un rescate?

El comerciante entornó los ojos.

Lo ha insinuado… débilmente. Y También amenazó con la muerte por gas. He jugado sobre seguro y después me he evadido; era muy posible que fuera una trampa.

Así que es extorsión, ¿verdad? ¿Qué es lo que quiere?

Oro.

¡Oro! — Ponyets frunció el ceño—. ¿El metal en sí? ¿Para qué ?

Es su medio de intercambio.

¿De verdad? ¿Y dónde puedo yo conseguir oro?

En cualquier sitio. Escúchame; es importante. No me pasará nada mientras el gran maestre tenga el olor de oro en su nariz. Prométeselo; tanto como quiera. Después vuelve a la Fundación, si es necesario, para buscarlo. Cuando yo esté libre, seremos escoltados hasta fuera del sistema, y entonces nos separaremos.

Ponyets le miró con desaprobación.

Y entonces volverá s y lo intentará s de nuevo.

Mi misión es vender instrumentos atómicos a Askone.

Te alcanzarán antes de que recorras un parsec en el espacio. Supongo que ya lo sabes.

No lo sé — dijo Gorov—. Y si lo supiera, no cambiaría las cosas.

La segunda vez te matará n.

Gorov se encogió de hombros.

Ponyets dijo serenamente:

Si he de volver a negociar con el gran maestre, quiero saber toda la historia.

Hasta ahora, he trabajado a ciegas. En realidad, los escasos comentarios suaves que he hecho han enfurecido a su excelencia.

Es bastante sencillo — dijo Gorov—. La única forma en que podemos aumentar la seguridad de la Fundación aquí en la Periferia es formar un imperio comercial controlado por la religión. Aún somos demasiado débiles para forzar el control político. Es lo único que podemos hacer para retener los Cuatro Reinos.

Ponyets asentía.

Me doy cuenta de ello. Y cualquier sistema que no acepte aparatos atómicos nunca podrá ser sometido a nuestro control religioso…

Y, por lo tanto, podría convertirse en un foco para la independencia y la hostilidad.

De acuerdo, pues — dijo Ponyets— ; esto en cuanto a la teoría. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que impide la venta? ¿La religión? El gran maestre es lo que ha dado a entender.

Es una forma de adoración a los antepasados. Sus tradiciones hablan de un pasado nefasto del que fueron salvados por los simples y virtuosos héroes de las generaciones pretéritas. Se remonta a la distorsión del período anárquico de hace un siglo, cuando las tropas imperiales fueron expulsadas y se estableció un gobierno independiente. Se identificó la ciencia avanzada y la energía atómica en particular con el viejo ré gimen imperial que recuerdan con horror.

¿Lo dices en serio? Pero tienen unas pequeñas naves muy bonitas que me localizaron hábilmente cuando estaba a dos parsecs de distancia. Eso me huele a energía atómica.

Gorov se encogió de hombros.

Esas naves son restos del imperio, sin duda. Probablemente tienen propulsión atómica. Lo que tienen, lo conservan. La cuestión es que no quieren hacer innovaciones y su economía interna no es atómica. Eso es lo que nosotros debemos cambiar.

¿Cómo te proponías hacerlo?

Rompiendo la resistencia por un punto. Para decirlo simplemente, si lograra vender un cortaplumas con una hoja provista de campo de fuerza a un noble, a él le interesaría que se aprobara la ley que le permitiera usarlo. Dicho tan burdamente, parece una tontería, pero psicológicamente es perfecto. Realizar ventas estratégicas en puntos estratégicos sería crear una facción proatómica en la corte.

¿Y te han enviado a ti para este propósito, mientras que yo sólo estoy aquí para entregar tu rescate y marcharme, en tanto que tú sigues intentándolo? ¿No es una torpeza?

¿En qué forma? — preguntó Gorov, cautelosamente.

Escucha — Ponyets pareció exasperarse de repente—, tú eres un diplomático, no un comerciante, y no te convertirá s en uno sólo por llamarte así. Este caso corresponde a alguien cuyo negocio sea vender… y yo estoy aquí con un cargamento que empieza a pudrirse, y una contribución que nunca lograré, por lo que parece.

¿Quieres decir que vas a arriesgar tu vida en algo que no es asunto tuyo? — Gorov sonrió débilmente.

Ponyets replicó :

¿Quieres decir que esto es cuestión de patriotismo y los comerciantes no son patrióticos?

Claro que no. Los pioneros nunca lo son.

Muy bien. Te lo garantizo. Yo no navego por el espacio para salvar a la Fundación ni nada por el estilo. Navego para hacer dinero, y ésta es mi oportunidad. Si, al mismo tiempo, ayudo a la Fundación, tanto mejor. Ya he arriesgado mi vida con probabilidades de éxito mucho menores.

Ponyets se levantó, y Gorov le imitó.

¿Qué vas a hacer?

El comerciante sonrió.

Gorov, no lo sé … todavía no. Pero si el eje de la cuestión es hacer una venta, soy tu hombre. Por lo general no soy ningún fanfarrón, pero hay algo que siempre he mantenido: nunca he terminado una campaña vendiendo menos de lo que me corresponde.

La puerta de la celda se abrió casi instantáneamente cuando llamó ; y dos guardias se introdujeron a ambos lados.

4

¡Una demostración! — dijo el gran maestre, ásperamente. Se arrebujó bien en sus pieles, y una de sus manos delgadas asió el garrote de hierro que empleaba como bastón.

Y oro, excelencia.

Y oro — convino el gran maestre, descuidadamente. Ponyets dejó la caja y la abrió con toda la apariencia de confianza que pudo fingir. Se sentía solo frente a la hostilidad universal, igual que se había sentido el primer año que pasó en el espacio. El semicírculo de barbudos consejeros que le rodeaba le contempló con expresión desagradable. Entre ellos estaba Pherl, el favorito de delgado rostro que se encontraba junto al gran maestre, inflexiblemente hostil. Ponyets ya lo conocía y le había catalogado como su principal enemigo, y por consiguiente, como primera víctima.

Fuera del vestíbulo, un pequeño ejército aguardaba los acontecimientos. Ponyets estaba aislado de su nave, carecía de cualquier arma, aparte del truco que intentaba, y Gorov aún era un rehén.

Hizo los últimos ajustes a la chapucera monstruosidad que le había costado una semana de ingenio, y rogó una vez más para que la derivación de cuarzo resistiera el esfuerzo.

¿Qué es? — preguntó el gran maestre.

Esto — dijo Ponyets, retrocediendo— es un pequeño invento que he construido yo mismo.

Eso es obvio, pero no es la información que quiero. ¿Es una de las abominaciones de magia negra de su mundo?

Es atómico en su naturaleza — admitió Ponyets, gravemente—, pero ninguno de ustedes tiene que tocarlo, o tener algo que ver con él. Es sólo para mi uso y, si contiene abominaciones, yo cargaré con todas sus impurezas.

El gran maestre había levantado su bastón de hierro sobre la máquina en un gesto amenazador y sus labios se movieron rápida y silenciosamente en una invocación purificadora. El consejero de rostro delgado, sentado a su derecha, se inclinó hacia él y su ralo bigote pelirrojo se acercó al oído del gran maestre. El anciano askoniano se libró petulantemente de él con un encogimiento de hombros.

¿Y qué conexión hay entre su instrumento del mal y el oro que puede salvar la vida de su compatriota?

Con esta máquina — empezó Ponyets, y su mano cayó suavemente sobre la cámara central y acarició sus flancos duros y redondos— puedo convertir el hierro que usted desprecia en oro de la mejor calidad. Es el único invento conocido por el hombre que toma el hierro… el feo hierro, excelencia, que apuntala la silla en que usted está sentado y las paredes de este edificio, y lo transforma en oro, amarillo y pesado.

Ponyets se sintió chapucero. Sus habituales charlas de venta eran fluidas, fáciles y plausibles; sin embargo ésta renqueaba como un vagón espacial cargado hasta los topes.

Pero era el contenido, no la forma, lo que interesaba al gran maestre.

¿De verdad? ¿Una transmutación? Ha habido otros locos que han proclamado tener esa debilidad. Han pagado por su sacrílego afán.

¿Tuvieron éxito?

No. — El gran maestre parecía fríamente divertido—. El éxito al producir oro hubiera sido un crimen que hubiera traído consigo su propio indulto. Lo que es fatal es el intento y el fracaso. Vamos a ver, ¿qué puede usted hacer con mi bastón? — Golpeó el suelo con él.

Su excelencia me disculpará. Mi invento es un modelo pequeño, preparado por mí mismo, y su bastón es demasiado largo.

Los pequeños y brillantes ojos del gran maestre vagaron en torno y se detuvieron.

Randel, tus hebillas. Vamos, hombre, se te pagará el doble del valor si fuera necesario.

Las hebillas pasaron a lo largo de la fila, de mano en mano. El gran maestre las sopesó pensativamente.

Aquí tiene — dijo, y las tiró al suelo.

Ponyets las recogió. Tiró con fuerza antes de que el cilindro se abriera, y sus ojos pestañearon y bizquearon a causa del esfuerzo al centrar cuidadosamente las hebillas en la pantalla del á nodo. Más tarde sería más fácil, pero aquella vez no podía haber ningún fallo.

El transmutador casero crepitó con malevolencia durante diez minutos, mientras el olor a ozono se hacía débilmente perceptible. Los askonianos retrocedieron, murmurando, y Pherl volvió a susurrar urgentemente en la oreja de su gobernante. La expresión del gran maestre era pétrea. No se movió.

Y las hebillas se convirtieron en oro.

Ponyets las sacó, presentándolas al gran maestre mientras murmuraba:

¡Excelencia!

Pero el anciano vaciló, y después las rechazó con un gesto. Su mirada se posó en el transmutador.

Ponyets dijo rápidamente:

Caballeros, esto es oro. Oro de ley. Pueden someterlo a cualquier prueba física o química, si lo desean. De ninguna manera puede ser identificado como distinto del oro natural. Cualquier hierro puede ser tratado así. La herrumbre no es inconveniente, ni tampoco una cantidad moderada de metales en aleación… Pero Ponyets no hablaba más que para llenar un vacío.

Dejó las hebillas en su mano extendida, y era el oro lo que argumentaba por él.

El gran maestre alargó al fin, lentamente, una mano, y el rostro de Pherl se alzó para hablar en voz alta.

Excelencia, el oro proviene de una fuente envenenada.

Y Ponyets replicó :

Una rosa puede brotar del fango, excelencia. En sus tratos con sus vecinos, usted compra material de todas las variedades imaginables, sin preguntar dónde lo han conseguido, si de una máquina ortodoxa bendecida por sus benignos antepasados o de algún ultraje extendido por el espacio. No les ofrezco la máquina. Les ofrezco el oro.

Excelencia — dijo Pherl—, usted no es responsable de los pecados de extranjeros que trabajan sin su consentimiento y conocimiento. Pero aceptar este extraño seudo– oro, hecho pecadoramente de hierro en su presencia y con su consentimiento, es una afrenta a los espíritus vivos de nuestros sagrados antepasados.

Pero el oro es oro — dijo el gran maestre, dudosamente—, y no es más que el intercambio con la pagana vida de un traidor convicto. Pherl, es usted demasiado riguroso. — Pero retiró la mano.

Ponyets dijo:

Su excelencia es la sabiduría misma. Considerar… la cesión de un pagano es no perder nada para sus antepasados, mientras que con el oro que han obtenido a cambio pueden ornamentar los sepulcros de sus sagrados espíritus. Y, seguramente, si el oro fuera malo en sí, si tal cosa fuera posible, la maldad se marcharía necesariamente una vez el metal fuera dedicado a un uso tan piadoso.

Por los huesos de mi abuelo — dijo el gran maestre con sorprendente vehemencia. Sus labios se abrieron en una extraña sonrisa—. Pherl, ¿qué opina de este jovencito? La declaración es válida. Es tan válida como las palabras de mis antepasados.

Pherl dijo, sombríamente:

Así parece. Admito que la validez no puede ser concedida por el Espíritu Maligno.

Lo haré aún mejor— dijo Ponyets, súbitamente—. Tengan el oro en prenda.

Pónganlo en los altares de sus antepasados en calidad de ofrenda y reténganme durante treinta días. Si al cabo de este tiempo no hay evidencia de desagrado… si no ocurre ningún desastre, seguramente será prueba de que el ofrecimiento ha sido aceptado.

¿Qué mejor garantía puedo darles?

Y cuando el gran maestre se puso en pie para buscar alguna muestra de desaprobación, ni un solo hombre del Consejo dejó de hacer señales de asentimiento.

Incluso Pherl mordisqueó el extremo de su bigote y asintió cortésmente.

Ponyets sonrió y meditó sobre las ventajas de una educación religiosa.

5

Transcurrió otra semana antes de que se concertara el encuentro con Pherl.

Ponyets acusaba la tensión, pero ahora ya estaba acostumbrado a la sensación de inutilidad física. Se hallaba en la villa suburbana de Pherl, bajo custodia. No había otra cosa que hacer más que aceptarlo sin siquiera volver la vista atrás.

Pherl parecía más alto y joven fuera del círculo de los ancianos. Vestido informalmente, no parecía en absoluto un anciano.

Dijo bruscamente:

Es usted un hombre muy peculiar. — Sus ojos juntos parecieron pestañear—. No ha hecho nada en la semana pasada, y particularmente en estas dos últimas horas, aparte de insinuar que necesita oro. Parece una labor inútil, porque, ¿quién no lo necesita? ¿Por qué no avanzar un paso?

No es simplemente oro — dijo Ponyets, discretamente—. No simplemente oro. No es tanto sólo una moneda o dos. Es más bien todo lo que hay detrás del oro.

¿Y qué puede haber detrás del oro? — apremió Pherl, con una sonrisa que le curvó los labios hacia abajo—. Seguramente esto no será el preliminar de otra chapucera demostración.

¿Chapucera? — Ponyets frunció ligeramente el ceño.

Oh, desde luego. — Pherl cruzó las manos y se tocó ligeramente con ellas la barbilla—. No es que le critique. La chapucería fue hecha a propósito, estoy seguro.

Tendría que haber advertido de eso a su excelencia, si hubiera sido usted, habría producido el oro en mi nave y lo hubiera ofrecido simplemente. De este modo, se habría evitado la demostración que nos hizo y el antagonismo que levantó.

Es cierto — admitió Ponyets—, pero puesto que era yo, acepté el antagonismo con la esperanza de atraer su atención.

¿Conque es eso? ¿Simplemente eso? — Pherl no hizo ningún esfuerzo por ocultar su despectivo tono de burla—. Y me imagino que sugirió el período de purificación de treinta días para tener tiempo de convertir la atracción en algo un poco más sustancial.

Pero ¿y si el oro se vuelve impuro?

Ponyets se permitió una muestra de humor negro.

¿Desde cuándo el juicio de esa impureza depende de los que están más interesados en encontrarlo puro?

Pherl alzó los ojos y los fijó en el comerciante. Parecía sorprendido y satisfecho a la vez.

Es una opinión sensata. Ahora dígame por qué quería llamar mi atención.

Lo haré. En el poco tiempo que he estado aquí, he observado hechos muy ú tiles que le conciernen a usted y me interesan a mí. Por ejemplo, usted es joven… muy joven para ser miembro del Consejo, e incluso procede de una familia relativamente joven.

¿Está criticando a mi familia?

De ningún modo. Sus antepasados son grandes y sagrados; todos admitirán esto.

Pero hay algunos que dicen que no es usted miembro de una de las Cinco Tribus.

Pherl se inclinó hacia atrás.

Con todo el respeto a los implicados — dijo, sin ocultar su rencor—, las Cinco Tribus han empobrecido el linaje y aclarado la sangre. Ni cincuenta miembros de las Tribus están vivos.

Pero hay quienes dicen que la nación no está dispuesta a tener un gran maestre que no pertenezca a las Tribus. Y un favorito del gran maestre tan joven y recién ascendido es propenso a crearse grandes enemigos entre los importantes del Estado … se dice. Su excelencia está envejeciendo y su protección no durará hasta después de su muerte, cuando sea uno de los enemigos de usted el que indudablemente interpretar á las palabras de su Espíritu.

Pherl torció el gesto.

Para ser extranjero sabe muchas cosas. Tales oídos están hechos para ser cortados.

Eso se puede decidir más tarde.

Deje que me anticipe. — Pherl se movió impacientemente en su asiento—. Usted va a ofrecerme riqueza y poder por medio de estas diabólicas maquinitas que lleva en su nave. ¿De acuerdo?

Supongamos que sí. ¿Qué tendría usted que objetar? ¿Únicamente sus normas del bien y del mal?

Pherl meneó la cabeza.

De ninguna manera. Mire, extranjero, su opinión sobre nosotros, dado su pagano agnosticismo, es la que es…, pero yo no soy el rendido esclavo de nuestra mitología, aunque pueda parecerlo. Soy un hombre educado, señor, y También culto. Toda la profundidad de nuestras costumbres religiosas, en el sentido ritual más que el é tico, es para las masas.

Entonces, ¿cuál es su objeción? — apremió Ponyets, amablemente.

Justamente eso. Las masas. Es posible que esté dispuesto a tratar con usted, pero sus maquinitas deben usarse para que sean ú tiles. ¿Cómo podría venir a mí la riqueza, si yo tuviera que usar… ? ¿Qué es lo que vende?… Bueno, una navaja de afeitar, por ejemplo, sólo en el secreto más estricto. Incluso si mi barba estuviera mejor afeitada, ¿cómo me haría rico? ¿Y cómo me libraría de la muerte por gas o a manos de la espantada turba si me sorprendieran usándola?

Ponyets se encogió de hombros.

Tiene usted razón. Podría decirle que el remedio sería educar a su propio pueblo sobre el empleo de los aparatos atómicos por su propia conveniencia y sustancial provecho de usted. Sería un trabajo gigantesco, no lo niego, pero el resultado sería aún más gigantesco. Sin embargo, eso es algo que le concierne a usted, no a mí, por el momento. Porque no le ofrezco ni navajas de afeitar, ni cuchillos, ni ningún instrumento mecánico.

¿Qué me ofrece?

Oro. Directamente. Puede usted quedarse con la máquina que probé la semana pasada.

Y entonces Pherl se puso rígido y la piel de su frente se movió espasmódicamente.

¿El transmutador?

Exactamente. Su suministro de oro igualará a su suministro de hierro. Me imagino que esto es suficiente para todas las necesidades. Suficiente para el cargo de gran maestre, a pesar de la juventud y los enemigos. Y es seguro.

¿En qué forma?

En que el secreto es la esencia de su empleo; ese mismo secreto que usted ha descrito como la única seguridad con respecto a la energía atómica. Puede enterrar el transmutador en el calabozo más profundo de la fortaleza más inexpugnable de su posesión más alejada, y seguirá proporcionándole riqueza instantánea. Lo que usted compra es el oro, no la máquina, y ese oro no llevará traza alguna de su manufactura, pues no se distingue del natural.

¿Y quién hará funcionar la máquina?

Usted mismo. No necesita más que cinco minutos de aprendizaje. Se la pondré a punto en cuanto lo desee.

¿Y a cambio?

Bueno — Ponyets se mostró más cauto—, solicito un precio, y bastante elevado, por cierto. Es mi medio de vida. Digamos, porque es una máquina valiosa, el equivalente de treinta centímetros cúbicos de oro en hierro forjado.

Pherl se echó a reír, y Ponyets se sonrojó.

Me permito señalar, señor — añadió, inflexiblemente—, que puede usted recuperar el precio en dos horas.

Es verdad, y en una hora usted puede haberse ido, y mi máquina puede haberse estropeado. Necesitaré una garantía.

Tiene usted mi palabra.

Muy buena garantía — Pherl se inclinó sardónicamente—, pero su presencia sería una seguridad aún mejor. Yo le doy mi palabra de pagarle una semana después de la entrega y de que la máquina funcione bien.

Imposible.

¿Imposible? ¿Cuando ya ha incurrido en la pena de muerte, muy fácilmente, sólo por ofrecerse a venderme algo? La única alternativa es que, de lo contrario, mañana estará en la cámara de gas.

El rostro de Ponyets era inexpresivo, pero sus ojos centellearon. Dijo:

Es injusto. Por lo menos, ¿hará constar su promesa por escrito?

¿Y hacerme así candidato a la ejecución? ¡No, no señor! — Pherl sonrió con evidente satisfacción—. ¡No, señor! ¡Sólo uno de nosotros está loco!

El comerciante dijo con una vocecita suave:

Entonces, está convenido.

6

Gorov fue liberado al decimotercer día, y doscientos cincuenta kilos del oro más amarillo ocuparon su lugar. Y con él fue liberada la abominación intocable y sujeta a cuarentena que era su nave.

Luego, igual que en el viaje de ida al sistema askoniano, en el viaje de vuelta fue acompañado por las pequeñas naves hasta los límites del sistema.

Ponyets contempló la pequeña mancha luminosa que era la nave de Gorov mientras la voz de éste llegaba hasta él, claramente por el compacto rayo antidistorsivo.

Decía:

Pero esto no es lo que yo quería, Ponyets. Un transmutador no lo logrará.

Además, ¿de dónde lo sacaste?

De ningún sitio — explicó Ponyets con paciencia—. Lo construí a partir de una cámara de irradiación de alimentos. En realidad, no sirve de nada. El consumo de energía resulta prohibitivo a gran escala o la Fundación usaría transmutación en vez de buscar metales pesados en toda la Galaxia. Es uno de los trucos establecidos que todos los comerciantes emplean, excepto que nunca había visto uno que transformara el hierro en oro antes de ahora. Pero impresiona, y funciona… de momento.

Muy bien. Pero ese truco en particular no sirve de nada.

Te ha sacado de este sitio asqueroso.

Eso no tiene nada que ver. Especialmente teniendo en cuenta que tengo que regresar en cuanto nos deshagamos de nuestra solícita escolta.

¿Por qué ?

Tú mismo se lo explicaste a ese político tuyo. — La voz de Gorov era cortante—. Toda tu argumentación sobre la venta descansaba en el hecho de que el transmutador fuera un medio para alcanzar un fin, pero de ningún valor en sí mismo; que él comprara el oro, no la máquina. Fue una buena psicología, puesto que dio resultado, pero…

¿Pero? — apremió Ponyets blanda y obtusamente. La voz del receptor se hizo más estridente.

Pero queremos venderles una máquina de valor en sí misma; algo que quisieran emplear abiertamente; algo que les obligara a aceptar nuestra técnica atómica por su propio interés.

Todo eso lo comprendo — dijo Ponyets, amablemente—. Me lo explicaste una vez.

Pero piensa en lo que se deriva de mi venta, ¿quieres? Mientras ese transmutador funcione, Pherl acuñará oro; y funcionará el tiempo suficiente para permitirle comprar votos en las próximas elecciones. El gran maestre actual no durará mucho.

¿Cuentas con su gratitud? — preguntó Gorov, fríamente.

No… cuento con su inteligente interés propio. El transmutador le consigue unas elecciones; otros mecanismos…

¡No! ¡No! Tu premisa es falsa. No es en el transmutador en lo que confiará … confiará en el buen oro antiguo. Eso es lo que estoy tratando de decirte.

Ponyets sonrió y se movió hasta adoptar una posición más cómoda. Muy bien. Ya había molestado bastante al pobre muchacho. Gorov empezaba a parecer enojado.

El comerciante dijo:

No tan deprisa, Gorov. No he terminado. Hay otros artefactos de por medio en este asunto.

Hubo un corto silencio. Después, la voz de Gorov sonó cautelosa.

¿A qué artefactos te refieres?

Ponyets hizo un gesto automática e inútilmente.

¿Ves esa escolta?

Sí — dijo Gorov concisamente—. Háblame de los aparatos.

Lo haré … si me escuchas. Es la flota particular de Pherl que nos está escoltando; un honor especial que le ha concedido el gran maestre. Se las arregló para sacarle eso al viejo.

¿Y qué ?

¿Y dónde crees que nos lleva? A sus propiedades mineras de las afueras de Askone, allí es donde nos lleva. ¡Escucha! — La voz de Ponyets se hizo súbitamente altiva—. Te dije que me había metido en esto para hacer dinero, no para salvar mundos.

Muy bien. He vendido ese transmutador por nada. Por nada excepto el riesgo de la cámara de gas, y eso no cuenta cuando hay que cumplir con la contribución.

Vuelve a las propiedades mineras, Ponyets. ¿Qué tienen que ver con el asunto?

Con las ganancias. Vamos a atiborrarnos de estaño, Gorov. Estaño para llenar hasta el último centímetro cúbico que esta vieja nave pueda aprovechar, y luego algo más para la tuya. Yo bajaré con Pherl para recogerlo, viejo amigo, y tú me cubrirá s desde arriba con todas las armas que tengas… por si acaso Pherl no se ha tomado el asunto con tanta deportividad como ha querido dar a entender. Ese estaño es mi ganancia.

¿Por el transmutador?

Por todo mi cargamento de aparatos atómicos. A precio doble, más una bonificación. — Se encogió de hombros, casi disculpándose—. Admito que regateé, pero he conseguido cumplir con mi contribución, ¿no?

Gorov estaba evidentemente perdido. Preguntó, con voz débil:

¿Te importaría explicármelo?

¿Qué hay que explicar? Es evidente, Gorov. Mira, ese perro pensaba que me tenía cogido en una trampa porque su palabra valía más que la mía ante el gran maestre.

Aceptó el transmutador. Eso era un crimen capital en Askone. Pero en cualquier momento podía decir que me había tendido una trampa con los motivos patrióticos más puros, y denunciarme como un vendedor de cosas prohibidas.

Eso era obvio.

Claro que sí, pero lo que allí estaba en juego no sólo era su palabra contra la mía.

Verás, Pherl nunca ha oído hablar de una grabadora de microfilme; ni siquiera concibe lo que es.

Gorov se echó a reír súbitamente.

Eso es — dijo Ponyets—. Él tenía las de ganar. Fui debidamente castigado. Pero cuando le puse a punto el transmutador con mi aspecto de perro apaleado, incorporé la grabadora al aparato y la quité al día siguiente para proyectarla. Obtuve una grabación perfecta de su sanctasanctórum, mientras él mismo, el pobre Pherl, manejaba el transmutador con todos los ergios del que éste disponía y se extasiaba ante la primera pieza de oro como si fuera un huevo que acabase de poner.

¿Le mostraste los resultados?

Dos días después. El pobre tonto no había visto en su vida imágenes tridimensionales en color. Dice que no es supersticioso, pero si veo alguna vez a un adulto tan asustado, puedes llamarme paleto. Cuando le dije que tenía una copia en la plaza de la ciudad, dispuesta a ser exhibida ante un millón de fanáticos espectadores askonianos, que indudablemente lo harían pedazos, se puso a gemir de rodillas ante mí al cabo de medio segundo. Estaba dispuesto a hacer cualquier trato que yo quisiera.

¿Lo hiciste? — La voz de Gorov era risueña—. Quiero decir, ¿tenías dispuesta la proyección en la plaza?

No, pero eso no importa. Hizo el trato. Me compró todos los aparatos que yo tenía, y todos los que tú tenías, por tanto estaño como pudiéramos transportar. En aquel momento, me creía capaz de cualquier cosa. El acuerdo consta por escrito y tendrá s una copia antes de que baje con él, como precaución suplementaria.

Pero le has destrozado la vanidad — dijo Gorov—. ¿Utilizará los aparatos?

¿Por qué no? Es la única forma que tiene de recuperar sus pérdidas, y si le sirven para hacer dinero, habrá salvado su orgullo. Y será el próximo gran maestre… y el mejor hombre que podríamos tener a nuestro favor.

Sí — dijo Gorov—, ha sido una buena venta. Sin embargo, tienes una técnica de ventas muy incómoda. No me extraña que te expulsaran del seminario. ¿No tienes sentido de la moral?

¿Cuál es la diferencia? — replicó Ponyets sin inmutarse—. Ya sabes lo que dijo Salvor Hardin sobre el sentido de la moral…

Torrente de fuego – Vonda N. McIntyre

Dark se movió lentamente a lo largo del fondo de un río amplio, rápido, pujando contra la corriente. Las aguas limpias daban golpes prolongados y burbujeantes a su coraza, y piedras redondas rasaban las escamas de su vientre. Ella podía vivir aquí, oculta en rápidos o remansos, saliendo a la superficie de hora en hora para volver a llenar sus reservas internas de oxígeno, teniendo un aspecto poco distinto del de un enorme canto rodado. En el momento adecuado podía cambiar incluso el color de su coraza para confundirse con la roca más clara, más grisácea de esta región. Pero seguía moviéndose; no iba a permanecer en el río tanto tiempo como para alterar su tinte rojo de orín.
Las vibraciones le advirtieron la presencia de saltos. Tomó más precauciones con los apoyos de sus manos y pies, aunque su propia masa era el ancla principal. Las piedras que avanzaban estruendosa y gradualmente río abajo no ofrecían demasiado sostén para las garras de Dark.
La turbulencia era traicionera y excitante. Pero ahora Dark tenía que esforzarse más para proseguir pues el lecho del río variaba con frecuencia debajo de ella. Conforme el agua aumentaba su velocidad también se hacía más somera, y cuando Dark notó algunos cantos rodados voluminosos, dio la espalda al flujo y se alzó hacia la superficie para respirar.
La fuerza de la corriente lanzó una rociada de agua sobre su espalda, formando una cortina que ayudaba a ocultarla. Respiró profundamente, bombeando aire a través de sus pulmones de reserva pero tratando de no exceder el muy eficiente ritmo de absorción de su organismo. Pese a lo ansiosa que estaba por volver a meterse bajo el agua, no se haría ningún bien si usaba más oxígeno del que almacenaba durante la parada.
La coraza de Dark, si bien impermeable e insensible al dolor, detectaba otras sensaciones. Ella siempre era consciente del pequeño punto de calor —por llamarlo de alguna forma, Dark no tenía una palabra más precisa— en el centro de su cresta espinal. Se trataba de un transmisor.
Aunque Dark pudiera preferir no escuchar los mensajes que el dispositivo le enviaba, la señal permanente de su presencia llegaba sin que ella fuera capaz de evitarlo. La misión del transmisor era atraer ayuda para Dark en casos de urgencia, pero ella no quería que la encontraran.
Deseaba huir.
Antes de que recobrara el aliento de un modo apropiado, Dark percibió que se acercaba un helicóptero, a gran altura y bastante lejos. Ella no lo veía: la rociada de agua rutilaba ante sus ojos cortos de vista. Tampoco lo oía: la embestida del río anegaba cualquier otro sonido. Pero disponía de más de un sentido que no tenía nombre aún.
Se hundió en el agua. Un observador habría tenido que mirar un simple canto rodado entre muchos para ver lo que había sucedido. Si los buscadores aún no habían detectado el transmisor, Dark todavía podía alejarse.
De nuevo se volvió contra la corriente y avanzó con firmeza hacia el manantial del río.
Con algo de suerte, el helicóptero estaría volando en un curso fijo y en realidad no habría localizado su transmisor. Era una posibilidad, pues al fin y al cabo actuaba con un haz reducido. El dispositivo nada tenía de la especificidad de un láser; estaba ideado para enviar mensajes vía satélite.
Pero la señal no atravesaba el agua… Ni los buscadores podían detectar a Dark, ni ella podía verlos o percibirlos a través de la alborotada superficie argentina del río. Confiada en su suerte, siguió avanzando.
El terreno era muy distinto de aquel en que ella se había ejercitado. Aunque se encontraba más cómoda bajo tierra que bajo agua, esta tierra no era ideal para excavar. Dark también podía sobrevivir bajo líquidos, y viajar resultaba francamente más rápido. Si no le fuera posible salir a la superficie para respirar, el tiempo que le costaría detenerse y extraer oxígeno directamente sería casi el mismo. Pero el carácter del agua era demasiado constante para su gusto. La acción de la corriente era previsible y su variación térmica resultaba trivial comparada con la que Dark era capaz de soportar. Ella prefería meterse bajo tierra, donde la excitación sazonaba la exploración. Pues aunque lenta, metódica y casi invulnerable, Dark era una exploradora. Solo que ahora no tenía parte alguna que explorar.
Se preguntó si alguno de sus amigos habría llegado tan lejos. Ella y otros seis habían decidido, en secreto, huir. Pero únicamente se habían ofrecido apoyo moral; los siete habían partido por separado. Veinte miembros más de la raza de Dark permanecían aún diseminados en su reserva, aguardando misiones que jamás se presentarían y fingiendo que no habían sido abandonados.
Aunque no era de noche todavía, la luz se apagaba en torno a Dark y dejaba gris y negro el fondo del río. Dark alzó los ojos lenta y precavidamente por encima del agua. Atisbaron sombríos detrás de su coraza. Eran unos ojos azules, casi negros, el único rasgo de belleza en su ser: el único rasgo de belleza en su ser después o antes de su transformación de una criatura que podía ser aceptada como humana a otra que no podía serlo. Incluso ahora no lamentaba haberse ofrecido voluntariamente para el cambio. Eso no la había aislado más; siempre había estado sola. También había sido inútil. En su nueva vida, Dark tenía cierto valor.
El cauce del río había penetrado entre árboles altos, gruesos, que no dejaban pasar casi nada de sol. Dark no sabía con certeza si esos árboles interferirían también las señales de radio. Ella no había sido concebida para trabajar en medio de una vegetación espesa y jamás había estudiado cuál sería la interacción de su cuerpo con tal vegetación. Pero no creía que hubiera seguridad para ella si daba un paseo silencioso entre los cedros gigantes. Intentaba orientarse, en horas de sol y con memoria corporal. Su capacidad para detectar campos magnéticos carecía de valor aquí, en la Tierra; ese sentido estaba ideado para señales más delicadas. Lo cerró, como si cerrara los ojos ante una luz cegadora.
Dark volvió a sumergirse y siguió el río contra la corriente, manteniéndose en el brazo principal. En cuanto cruzó los tributarios que corrían y se precipitaban sobre el gran canal, el río mismo se convirtió en poco más que un arroyuelo, y Dark quedó protegida únicamente por finos escarceos.
Sacó los ojos otra vez.
El paso a través de la loma yacía apenas un poco por delante y por encima de Dark, justo al otro lado de la fuente que creaba el río. A su izquierda había un amplio campo de guijarros, donde un peñasco y la ladera de una montaña se habían desplomado. El río fluía alrededor del cúmulo, desplazado por toneladas de piedras rotas. La grava se extendía a bastante distancia, como mínimo tan lejos como el paso y, con un poco de suerte para ella, por todo el paso… Era ideal. Apenas hundida en el agua, Dark se movió a través de la corriente. Sintió que las piedras bajo sus pies cambiaban de redondeadas y pulidas por el agua, a cortantes y desgarradoras. Llegó al borde de la ladera, donde la roca destrozada se proyectaba sobre el río. En la orilla apartó algunas piedras grandes, se afianzó y excavó rápidamente entre los fragmentos.
La matriz cristalina fracturada interrumpió su percepción de ecos. Dark esperaba que de un momento a otro pudiera toparse con un muro de roca sólida que la obligara a salir y la pusiera en peligro, pero las buenas condiciones la acompañaron durante todo el recorrido del paso. Luego, al otro lado, cuando arriesgó una mirada furtiva al mundo, Dark descubrió que la textura del terreno cambiaba bruscamente del lado de la loma. Al terminar la piedra destrozada, Dark no tuvo que buscar otro río. Cavó en línea recta, desde los guijarros hasta la tierra.
En la oscuridad seca y fría, Dark viajó con más lentitud aunque con más seguridad que en el río. Bajo tierra no había posibilidad de una fuga de señales de radio que la delatara. Siempre sabía dónde estaba exactamente la superficie. La superficie, a diferencia de la zona interfacial de agua y aire, no cambiaba constantemente. Dejando aparte el desmoronamiento de la ladera de una montaña, poco era lo que podía desenterrar a Dark. Una ladera de montaña era posible, pero su sonar detectaría las fallas y debilidades de la tierra y las rocas que pudieran crear algún peligro.
Dark deseaba descansar, pero estaba ansiosa por llegar al santuario de los voladores con la prontitud que pudiera. No tenía que ir mucho más lejos. Un solo centímetro podía ser importante, porque estaría segura únicamente después de atravesar las fronteras… Allá podría estar a salvo de gente normal: lo que hicieran los voladores cuando ella llegara era algo imprevisible para ella.
La visión de Dark abarcaba un nivel del espectro muy superior al que había abarcado cuando era humana. Durante el día veía colores, pero por la noche y bajo tierra usaba infrarrojos, que se traducían en sombras de negro distinguibles y diferentes. Se suponía que esas sombras debían ser algo semejante a colores, pero Dark las veía todas negras. Le indicaban qué tipo de terreno estaba atravesando y muchos detalles sobre lo que crecía encima. Sin embargo, cuando el sol se ocultó, Dark cruzó una espesa turba y examinó el bosque que la rodeaba. La luna aún no había salido, y un arroyo cercano era casi tan oscuro como el hielo. Los abetos conservaban el mismo tono subido que con un sol brillante. Con todo, los colores eran negros.
Dark respiró profundamente el aire helado. El ambiente era sofocante bajo tierra, aunque Dark no tuvo que optar por reducir su propio oxígeno.
Eso quedaba para mayores profundidades, en regiones realmente más difíciles.
El aire olía a musgo y helechos, árboles siempre verdes y piedra curtida por la intemperie. Pero por debajo de todo eso estaba el volcán sulfuroso, y la fragancia dulce, delicada, de los voladores.
Se hundió en la tierra una vez más, y prosiguió el viaje.
Cuanto más se acercaba al volcán, tanto más se embarullaban y volvían erráticos los estratos. El flujo de lava y el movimiento de la tierra, los glaciares y la erosión, habían cicatrizado, descompuesto y retorcido la superficie y todo lo que yacía debajo. Dark encontró a gran profundidad una capa de granito inclinada, demasiado dura para que ella la atravesara cavándola con rapidez. Siguió la capa hacia arriba, esperando que se doblara y plegara hacia abajo de nuevo. Pero no fue así, y Dark atravesó la capa vegetal superior para salir al frígido silencio de una noche selvática. Barro y piedras cayeron de la coraza de su espalda. Desde el borde del afloramiento dirigió la vista, en infrarrojos, hacia su destino.
La visión la excitó. La ladera cubierta de árboles descendía hacia masas acrobáticas de troncos ennegrecidos que formaban la primera barrera contra la intrusión en la tierra de los voladores. Más allá, en la base del volcán, lava solidificada creaba otro erial. La roca fundida había fluido del cráter bajando por el flanco de la montaña; cerca de la base se dividía en dos ramas que corrían, una a cada lado, hasta que ambas acababan como ríos genuinos en el mar. La costa septentrional estaba muy cerca, y las pálidas olas nocturnas se plegaban suavemente sobre la sombría, fría playa. Hacia el sur, la lava se había arrastrado a través de una extensión de bosque más prolongada, abrasando los árboles en su camino y derribando a los que habían resistido su calor, en una longitud mucho mayor hasta el océano. El amplio torrente sólido y la impenetrable jungla de madera formaban una barricada natural. Los voladores estaban exiliados en su península, pero permanecían allí por gusto. Los humanos no tenían forma de contenerlos si no era matándolos. Podían quitarles las alas o encadenarlos al suelo o encarcelarlos, pero deseaban aislar a los voladores, no asesinarlos. Y asesinato sería si negaban el vuelo a las criaturas.
Las corrientes de basalto resplandecían a causa del calor diurno retenido, y el mismo volcán era un cono suavemente radiante que chispeaba acá y allá donde las fuentes de magma se aproximaban a la superficie. El vapor que se alzaba del cráter relucía con gran brillantez, y entre sus
nubes unas sombras se remontaban en espirales a lo largo de los bordes de la columna. Una de las sombras se zambulló peligrosamente hacia el suelo, arriesgándose a la destrucción, pero en el último momento se detuvo a poca distancia para alzarse hacia el cielo de nuevo. Siguió otra sombra, y otra más, y Dark comprendió que estaban jugando. Embelesada, se acurrucó en la cresta y contempló el juego de los voladores. Ellos no advirtieron su presencia. Sin duda podían ver mejor que ella, pero sus ojos estarían demasiado deslumbrados por la negrura luminosa del calor para percibir la calidez protegida por una coraza de una criatura terrestre.
Sonido y luz invadieron a Dark igual que explosiones. Pasando por encima de la colina que lo había ocultado, un helicóptero se ladeó y surcó el aire hacia ella. Dark no lo había visto, oído ni percibido hasta ese momento. Debió de haber aterrizado, y la estaba aguardando. Los reflectores del aparato la alcanzaron y cegaron por un instante, hasta que Dark se liberó con un estremecimiento, en una reacción casi automática, y se deslizó por la roca desnuda hacia la tierra que había más allá. Mientras se precipitaba hacia los árboles el aparato rugió por encima de ella e hizo estallar una nube de polvo, hojas y piedras. El helicóptero aulló al ascender, esforzándose por eludir las copas de los árboles. Cuando volvió a bajar para reanudar la cacería, Dark se escabulló entre los troncos.
Había sido descuidada. Su fascinación con el volcán y los voladores la había traicionado, y su inmovilidad debió de haber convencido a los humanos de que estaba dormida o incapacitada.
Preguntándose si le serviría de algo, Dark se escondió en la tierra. Sintió que el helicóptero aterrizaba, y luego las ligeras vibraciones de pasos. Los humanos podían encontrarla con la misma técnica, amplificando los sonidos de su excavación. A partir de ese momento ni siquiera necesitaban su reflector.
Dark llegó a un límite entre lecho de roca y tierra, y siguió su mermada resistencia. Al hacer un instante de pausa, escuchó movimiento y sus ecos. Se sintió atrapada entre sonidos que procedían de arriba y abajo. Empezó a excavar, esforzándose hasta que su trabajo ahogó el resto de ruidos. No volvió a detenerse.
Los humanos podían descender el empinado terreno con más celeridad que ella. Dark temía que se adelantaran tanto como para cavar una trinchera y atajarla. Si disponían del equipo o explosivos precisos, podrían rodearla, o simplemente matarla con las ondas de choque de una carga apropiada.
Escarbó violentamente, esforzándose por avanzar, percibiendo cómo los restos de su progreso se deslizaban por la coraza de su hombro y a lo largo de la espalda, llenando el túnel con la misma rapidez con que lo perforaba. Las raíces de árboles vivientes, flexibles y gruesas, se estiraban hacia abajo para aminorar su avance. Dark tenía que cavar entre ellas y a veces, a través de ellas. Su consistencia maleable las hacía más difíciles de penetrar que la roca sólida, y más frustrantes. Las poderosas uñas de Dark podían destrozar piedras, pero se enredaban en las raíces y entonces ella se veía forzada a destrozar las resistentes fibras ramal por ramal. Estaba fatigándose deprisa, y usando oxígeno con mucha más rapidez de lo que le costaba tomarlo bajo tierra.
Dark dio un colérico tajo a una gruesa raíz. La fibra se desmenuzó por completo en un finísimo polvo de carbón de leña. El impulso de Dark, al no encontrar resistencia, hizo que la criatura se retorciera en su estrecho túnel. Estaba atrapada. Los pasos de los humanos se oían casi a su altura y entonces, inexplicablemente, se detuvieron. Rascando frenéticamente con sus pies y una de sus manos dotada de uñas, con la otra apretada inútilmente bajo su cuerpo, Dark logró soltarse y apartar la tierra contenida en el pequeño espacio cerrado. Por fin, esperando que los humanos empezaran a detonar sus explosivos en cualquier momento, se liberó.
A pesar del dolor de su hombro izquierdo, muy por debajo de su coraza, Dark incrementó fuertemente su ritmo. Ya estaba bajo los árboles muertos, y la tierra seca y porosa solo contenía las raíces de los árboles que habían ardido desde la copa hasta gran profundidad bajo tierra, o raíces acribilladas por insectos y podredumbre. Por encima de Dark, en la superficie, los troncos yacían en una maraña intransitable, y por eso los humanos debieron de haberse detenido. No podían atraparla en una zanja.
Midiendo la distancia al flujo de basalto mediante ondas del tipo de las que volvían en eco, Dark abrió un túnel por los últimos tramos de tierra.
Quería pasar bajo la barrera de piedra y ascender a salvo por el otro lado. Pero los ecos demostraban que no podía hacer tal cosa. El basalto era más espeso de lo que ella había esperado. No era un simple flujo sino muchos, llenando un valle muy hendido hasta una profundidad que solo los dioses conocían. No podía pasar por debajo y no tenía tiempo o fuerza para atravesarlo en ese mismo instante.
Lo que podía liberarla de los seres humanos no era la capa desnuda de piedra, sino la barrera intangible de la frontera de los voladores. Por eso tenía que llegar. Excavando con fuerza, usando el último oxígeno de sus reservas, Dark irrumpió en la superficie al borde del torrente de lava y salió trabajosamente al duro terreno. Jamás garbosa en el mejor de los casos, Dark era lenta y pesada en la superficie. Avanzó penosamente, jadeando, sus garras resonando en la roca y arañando grandes marcas en ella.
Los humanos gritaron a su espalda, mientras sus detectores se disparaban tan estruendosamente que hasta Dark los oyó. La estaban viendo con sus propios ojos, algunos de ellos por primera vez.
Estaban muy cerca. Casi se habían abierto paso entre los troncos apiñados, y en cuanto llegaran a tierra sólida de nuevo podrían darle alcance. Dark siguió gateando, notaba el peso de su coraza como nunca lo notaba bajo tierra. Los bordes se arrastraban por el basalto, mellándose profundamente.
Dos voladores aterrizaron con la blandura del viento, como la borra del algodoncillo, igual que granos de polen. Dark sólo escuchó el susurro de las alas, y cuando alzó la vista de la roca grisácea agrietada, los voladores estaban de pie ante ella, impidiéndole el paso.
Estaba casi a salvo: se hallaba justo en la frontera, y en cuanto la cruzara, los humanos no podrían seguirla. Los delicados voladores no se pondrían en contra de ella si optaba por continuar, pero seguían impidiéndole el paso. Dark se detuvo.
Igual que ella, los voladores poseían ojos inmensos, para extender el espectro de su visión. Los bordes acorazados de las cejas y unos resguardos transparentes protegían los ojos de Dark y casi los ocultaban. Los ojos de los voladores también estaban protegidos, pero con espesas pestañas negras que los velaban y revelaban.
—¿Qué quieres, pequeña? dijo uno de los voladores. Su voz era profunda y suave, y envolvía su cuerpo en alas negras iridiscentes.
—Vuestra ayuda —dijo Dark —. Refugio.
Detrás de ella los humanos se detuvieron igualmente. Dark no sabía si, pese a todo, tenían derecho legal a cogerla. Su red de acero raspaba el suelo, se acercaban de manera vacilante.
El volador negro lanzó una mirada feroz, y los ruidos de los humanos cesaron.
Dark avanzó un poco, pero los voladores no se apartaron lo más mínimo.
—¿Por qué has venido? —la voz del volador negro negaba toda emoción, simpatía o bienvenida.
—Para hablar con vosotros —dijo Dark—. Mi gente necesita vuestra ayuda.
El volador de alas negras y brillantes no se movía, excepto para parpadear con sus ojos luminosos. Pero su compañero de plumas azules fijó la vista en Dark atentamente, dio un paso a un lado, un paso al otro, y erizó el plumaje de sus alas. Los movimientos del volador azul eran tan rápidos y enérgicos como los de un ave.
—No tenemos ayuda que ofrecerte —dijo el volador negro.
—Dejadme pasar, dejadme hablar con vosotros.
Las garras de Dark escarbaron el suelo mientras ella se movía nerviosamente. No podía huir, y no quería luchar. Era capaz de aplastar a los humanos o a los voladores, pero no había sido elegida por su agresividad. Sus perseguidores lo sabían perfectamente bien.
De nuevo las redes rasparon detrás de ella al avanzar los humanos.
—Solo hemos venido por ella —dijo uno—. Es una fugitiva, no queremos complicaros en nada desagradable…
El potente reflector que llevaba el humano barrió la espalda de Dark, traspasando a los voladores, que desviaron sus rostros. La chillona iluminación blanca hizo desvanecer los claros de luz iridiscentes de las plumas negras pero iluminó las alas del otro volador hasta el color brillante de un Grajo de un Estelar.
—Apagad vuestras luces —dijo el Grajo, con una voz tan descarada y exigente como la de cualquier grajo auténtico—. Estamos en el alba… Podéis ver bien.
El humano vaciló, hizo girar la luz a otro lado, y la apagó. Hizo un gesto en dirección al helicóptero y las luces del aparato se apagaron. Tal como el grajo había dicho, era el alba, brumosa, gris y pavorosa. Los voladores hicieron frente de nuevo a los adversarios de Dark.
—No tenemos más recursos que vosotros —dijo el volador negro y brillante—. ¿Cómo esperas que os ayudemos? Tenemos nuestras vidas. Tenemos nuestra tierra. Tú tienes lo mismo.
—¡Tierra! —dijo amargamente Dark—. ¿Alguna vez habéis visto mi tierra? No es más que montones de piedra en putrefacción y pozos llenos de agua mohosa…
Se interrumpió. No pretendía perder el temple. Pero se hallaba acosada al borde del cautiverio, pugnando por un refugio y a punto de ser rechazada.
—Mandadla fuera para que podamos cogerla sin violar vuestras fronteras. No permitáis que os cause infinidad de problemas.
—Un poco tarde para esa precaución —dijo Grajo—. Tordo, si cedemos a sus amenazas ahora, ¿qué harán la próxima vez? Deberíamos dejarla pasar.
—¿… para que los excavadores hagan con nuestro refugio lo que hicieron con el de ella? Pozos, y agua mohosa…
—¡Estaba así cuando nosotros llegamos! —chilló Dark, ofendida y dolorida—. ¡Tenemos túneles, sí, pero no destruimos! Por favor, escuchad lo que tengo que decir. Luego, si me pedís que me vaya…, obedeceré.
Hizo la promesa de mala gana, pues sabía que en cuanto viviera cerca del volcán necesitaría de una gran voluntad para irse.
—Os doy mi palabra —concluyó. Su voz tembló por el esfuerzo.
Los humanos murmuraron a su espalda; unos pasos para cruzar la frontera, unos instantes dentro y luego fuera… Aparte de Dark, ¿quién podría acusarlos de entrar en territorio de los voladores?
Grajo y Tordo se miraron, y de pronto el primero rio agudamente y dio media vuelta. Al alejarse, barrió el suelo con la punta de un ala, haciendo señas a Dark para que entrara en su tierra.
—Vamos, pequeña —dijo.
De modo vacilante, temerosa de que el volador cambiara de idea, Dark avanzó. Sólo entonces y en un momento después de su largo viaje, estuvo a salvo.
—¡No tenemos motivos para confiar en ella! —dijo Tordo.
—Ni motivo alguno para no confiar, ya que también podríamos acabar chafados entre piedra y coraza. Tenemos razones para no ayudar a los humanos.
—Tendréis que devolverla —dijo el jefe de los humanos. Estaba enojado; permanecía con una mirada colérica al borde mismo de la frontera, quizás un poco dentro—. Las leyes se encargarán de ella, si nosotros no lo hacemos ahora. Solo que os costará muchos más problemas.
—Retirad vuestras amenazas y vuestra ruidosa máquina y salid de aquí —dijo Grajo.
—Lo lamentaréis, voladores —dijo el jefe de los humanos.
Dark no creyó realmente que se irían hasta que el último de ellos subió a bordo del helicóptero y el aparato aumentó su estruendo, se alzó en el aire y se alejó ruidosamente en la mañana grisácea que se aclaraba.
—Gracias —dijo Dark.
—Yo tenía motivos ocultos —dijo Grajo.
Tordo iba retrasado, mirando a Grajo pero no a Dark.
—Tendremos que convocar un consejo.
—Lo sé. Ve delante. Hablaré con ella y nos veremos cuando nos reunamos.
—Creo que lamentaremos esto —dijo Tordo—. Creo que estamos más cerca de los humanos que de los excavadores.
El volador negro saltó en el aire, las alas extendidas hasta revelar la parte escondida escarlata brillante, y se remontó para alejarse.
Grajo puso su blanda mano en la placa trasera de Dark para guiarla desde la lava al suelo volcánico. La piel del volador tenía un toque delicado, y muy cálido: el metabolismo de Dark era más lento que en otros tiempos, en tanto que la química del volador había sido acelerada considerablemente. Dark resultaba deforme y torpe a su lado. Pensó en excavar y desaparecer, pero eso habría sido descortés. Además, nunca había estado cerca de un volador. La curiosidad la vencía. Al mirar a un lado furtivamente, bajo el borde de su coraza, vio que también él la miraba a escondidas. Sus miradas se encontraron; apartaron la vista, ambos turbados. Después, se detuvo y lo miró.
Dark se echó hacia atrás para observarlo directamente.
—Este es mi aspecto —dijo—. Me llamo Dark y sé que soy fea, pero sería capaz de hacer el trabajo para el que fui hecha, si ellos me dejaran.
—Creo que tu fuerza compensa tu aspecto —dijo el volador—. Soy Grajo.
Dark sintió una irracional complacencia al saber que era correcto el nombre del volador que había supuesto.
—No respondiste la pregunta de Tordo —dijo Grajo—. ¿Por qué venir aquí? Las minas de cielo abierto…
—¿Qué puedes saber tú de minas de cielo abierto?
—Otra gente vivió cerca de ellas antes de que os las entregaran.
—¡Entonces, piensas que deberíamos quedarnos allí…!
Grajo replicó en tono apacible a la brusca cólera de Dark.
—Iba a decir que este lugar es más agradable que las minas de cielo abierto, sí, pero muchos lugares más agradables que las minas de cielo abierto están más aislados que este. Pudiste haber encontrado un sitio oculto para vivir.
—Lo siento —dijo Dark—. Creí que…
—Lo sé. No importa.
—Nadie como yo ha llegado hasta aquí, ¿verdad?
Grajo negó con la cabeza.
—Escapamos seis —dijo Dark—. Esperábamos que más de uno llegara hasta vosotros. Pero tal vez soy la primera…
—Es posible.
—He venido a pediros que os unáis a nosotros —dijo Dark.
Grajo la miró bruscamente, sus espesas y llameantes cejas alzadas por la sorpresa. Veló sus ojos un momento con las membranas transparentes características de las aves, después dejó que se abrieran poco a poco.
—¿Unirnos a vosotros? ¿En… vuestra reserva? —fue bastante cortés al llamarla por su nombre oficial en esta ocasión.
Aunque se había expresado muy mal, Dark sintió cierta esperanza.
—Me he expresado mal —dijo—. He venido… Los otros y yo decidimos venir a… a pediros que os unáis políticamente a nosotros. O al menos que nos apoyéis.
—Para obtener un hogar mejor para vosotros. Eso parece simplemente justo.
—Eso no es lo que esperamos. O mejor dicho, sí, pero no en el sentido que tú le das.
Grajo vaciló de nuevo.
—Comprendo. Queréis… la finalidad para la que habéis sido hechos.
Dark quiso asentir. Echaba de menos la ayuda del lenguaje del cuerpo humano, y se encontró con que era incapaz de interpretar el de Grajo.
Llevaba dos años sin contacto con humanos normales. O tal vez fuera que Grajo era un volador, y su pueblo había hecho ajustes por su cuenta…
—Sí. Fuimos hechos para ser exploradores. Es una economía absurda mantenernos en la tierra. Hasta podríamos costear nuestros gastos al cabo de un tiempo.
Dark lo observó atentamente, pero no pudo saber lo que el volador pensaba; el rostro de él permanecía inexpresivo, no opinaba a favor o en contra de ella. Por último, el volador suspiró profundamente. Esto sí que se comprendía.
—Excavadora… Los proyectos han concluido —Dark retrocedió interiormente, el único modo en que podía hacerlo. Grajo no daba la impresión
de ser un tipo capaz de mofarse de ella—. Han cambiado de opinión. No habrá exploración o colonización, al menos para ti y para mí. ¿Y eso qué importa? Tenemos una vida en paz y todo lo que necesitamos. Os han usado mal, pero eso no puede cambiarse.
—Tal vez —dijo Dark, dubitativa. Los voladores eran bellísimos, el pueblo de Dark era deforme y, por lo que a los humanos se refería, eso era toda una diferencia—. Pero teníamos una finalidad, y ahora ha desaparecido. ¿Eres feliz, viviendo aquí sin nada que hacer?
—Estamos contentos. Tu gente está lista, pero nosotros no. Tendremos que pasar otra vez por tantos cambios como ya hemos sufrido.
—¿Qué hay de malo en eso? Habéis llegado hasta aquí. Os ofrecisteis voluntariamente para esto. ¿Por qué no terminar?
—Porque no es necesario.
—No comprendo —dijo Dark—. Podrías tener un mundo para vivir, totalmente nuevo. Hasta tenéis más por ganar que nosotros… Por eso pensábamos que nos ayudaríais.
La ocupación planeada para Dark era la exploración de mundos muertos o recientemente formados, lugares extremados donde ninguna otra vida podía existir. Pero el pueblo de Grajo era colonizador; habían sido destinados a un mundo que les estaban cediendo, mientras los adaptaban a lo que ese mundo iba a ser.
—La formación del terreno sólo está empezando —dijo Grajo—. Si esperamos hasta que esté completa…
—Pero eso tardará generaciones…
Grajo se encogió de hombros.
—Lo sabemos.
—¡Nunca lo veréis! —gritó Dark—. Estaréis muertos y seréis polvo antes de que esto cambie lo suficiente para que criaturas tales como sois vosotros ahora, puedan vivir aquí.
—Hemos sufrido un cambio vírico, no somos seres construidos —dijo Grajo—. Procreamos sin desviación. Nuestros nietos tal vez deseen otro mundo, y es posible que entonces los humanos deseen ayudarles a ir. Pero aspiramos a permanecer aquí —parpadeó lenta, ensoñadoramente—. Sí, somos felices. Y no tenemos que trabajar para los humanos.
—No me importa para quién trabaje mientras pueda ser algo mejor que una criatura deforme —dijo coléricamente Dark—. Este mundo nada ofrece a mi gente, y por eso estamos agonizando.
—Vamos —dijo Grajo, condescendiente.
—¡Estamos agonizando! —Dark dejó de hablar y se balanceó sobre el borde de su coraza para poder mirar mejor a los ojos al volador—.
Tenéis belleza a vuestro alrededor y en vosotros mismos, y cuando los humanos os ven, os admiran. ¡Pero a nosotros nos temen! Quizás han olvidado que empezamos siendo humanos, o nunca nos han considerado humanos. No importa. ¡No me preocupa! Pero no podemos ser nada si no tenemos alguna finalidad. Lo único que pedimos es que nos ayudéis a hacernos oír, porque ellos os escucharán. Os quieren. ¡Casi os adoran! —hizo una pausa, sorprendida por su arrebato.
—¡Nos adoran! —dijo Grajo—. Nos acosan en el cielo, igual que águilas.
Grajo se apartó de la mirada de Dark. Sus ojos buscaron nubes, la dirección del sol, los remolinos del viento… Dark no lo sabía. Ella creyó percibir algo, una llamada o un grito, en los mismos contornos de una de sus nuevas percepciones. Quiso captarlo, pero se le escapó. No era destinado a ella.
—Espérame a la puesta del sol —dijo Grajo con voz remota. Extendió sus enormes alas y saltó hacia el cielo, los músculos de sus cortas pero poderosas piernas apretados.
Dark lo vio remontarse, una forma graciosa y oscura sobre el fondo del amanecer oro y escarlata adornado con nubes. Sabía que no lo había convencido.
Cuando el volador no fue más que una mota, Dark volvió a relajarse y avanzó pesadamente por la ladera del volcán. Lo sentía bajo sus pies.
Sus prolongados retumbos vibraban en el cuerpo de Dark con una frecuencia mucho menor de la que habría podido oír como humana. La vibración prometía calor y riesgo, y eso la excitó. Dark no había experimentado extremos de calor ni de frío, ni de presión o vacío, durante demasiados meses.
El terreno parecía hueco bajo las garras de Dark: caminaba por encima de pasajes y lava hecha espuma por la fuerza del bullir y helada al estar expuesta en roca porosa. Dark encontró una grieta que no dejaría rastro de su paso y se deslizó en ella. Empezó a excavar, poco a poco al principio, luego más deprisa, tierra y piedra pulverizada que volaba sobre sus hombros. En un instante la tierra se cerró en torno de ella.
Dark paró para descansar. Habiendo llegado a los túneles formados por el gas, ya no tenía que abrirse paso por la sustancia de la montaña.
Se relajó en el retorcido pasaje, gozando de la brillantez del calor y la relumbrante bocanada ocasional de aire que llegaba hasta ella procedente del magma. Dark sabía analizar los gases mediante el paladar: ese era otro talento que los humanos le habían conferido. Vapores tóxicos para ellos eran aromas meramente interesantes para ella. Si era preciso podía metabolizar algunos gases; la habilidad habría sido necesaria en muchos de los lugares que Dark había esperado ver, donde la luz solar era demasiado apagada para convertir, donde la vida había desaparecido o jamás evolucionaba y no existían productos químicos orgánicos. En los planetas exteriores, en los asteroides, incluso en Marte, la energía de Dark habría surgido de una atmósfera tenue, del hielo, hasta del polvo. Allí, los extremos retadores serían frío y vacuidad, a menos que ella descubriera venas ardientes, vivientes, en planetas moribundos. Quizás ahora nadie se preocupaba por tal actividad en la superficie de un mundo extraño. Dark había soñado con los planetas de una estrella distinta, pero jamás tendría una oportunidad ni tan sólo de ver la luna.
Dark buscaba una vena viva en un mundo vivo: avanzaba hacia el núcleo central del volcán. Los de su especie habían sido planeados para resistir condiciones mucho más severas que la limitada gama tolerada por los normales, pero desconocía si era capaz de sobrevivir a una temperatura tan elevada. Y tampoco le importaba. El calor creciente la arrastraba a un estado acrecentado de conciencia que eliminaba la precaución e incluso el miedo. Los muros rocosos relucían en el infrarrojo y, mientras calaba en ellos, las astillas volaban como chispas. Al fin, con nada sino una delgada capa de piedra entre ella y la caldera, Dark vaciló. No temía por su vida. Era casi como si temiera sobrevivir: temía que el volcán, como cualquier otra cosa, acabara por desilusionarla.
Arremetió con su mano acorazada y destrozó el frágil muro. Humo y vapor surgieron por la abertura y fluyeron junto a Dark. Antes de contener la respiración normal, se arriesgó a un bocado rápido, superficial, y saboreó el gusto y olor, después avanzó para mirar directamente el cráter.
Todo lo que había imaginado se disolvió en la realidad. Se hallaba a medio camino del cráter, deslumbrada por la luz procedente de arriba y el calor que venía de abajo. Largo rato había estado bajo tierra, era casi exactamente mediodía. El sol penetraba a través de nubes de vapor, y los gases y sonidos de roca fundida llegaban hasta ella. Las corrientes se arremolinaban, más y más calientes, y en la llaga del terreno ardía un torrente de fuego.
Podía sentir el calor tanto como verlo, y se sintió intensamente complacida porque moriría si permanecía donde estaba. El oxígeno interno la mantenía: unas cuantas bocanadas profundas de las exhalaciones no enfriadas de la montaña, y Dark moría.
Quería quedarse. No deseaba regresar a la superficie y a la probabilidad de rechazo. No deseaba regresar al exilio de su gente.
Sin embargo tenía un deber para con ellos, y aún no lo había cumplido. Retrocedió por el túnel, dio media vuelta y se arrastró lejos de allí, con la esperanza de volver algún día.
Dark se abrió paso hasta la superficie y salió por la misma fisura, a objeto de que el terreno no cambiara. Se sacudió la tierra de su coraza y miró alrededor, parpadeando, aguardando que sus ojos volvieran a adaptarse al día. Mientras descansaba, los colores se resolvieron entre el resplandor infrarrojo de la imagen consecutiva: el cielo azul primero, luego los árboles verde oscuro, el amarillo de unas cuantas flores silvestres.
Finalmente, entornando los ojos, Dark distinguió motas oscuras sobre la claridad cristalina del cielo. Los voladores se cernían en pequeños grupos o solos, dos de ellos juntándose de vez en cuando en prolongadas y elegantes cópulas, las puntas de sus alas frotándose. Dark los contempló, sorprendida y un poco avergonzada de estar excitada a su pesar. Para su raza, el coito era más difícil y pedestre. Dark lo sabía cuando se presentó voluntaria; no había ningún secreto al respecto. Como muchos de los otros voluntarios, ella siempre había sido una persona solitaria. Raramente echaba de menos lo que tan pocas veces había tenido. Pero observando a los voladores, sintió una prolongada punzada de envidia. Eran tan hermosos, y lo hacían todo de una forma tan natural…
La danza alada prosiguió durante horas, hasta que el sol, teñido de rojo, tocó las montañas del oeste. Dark continuó observando, incapaz de apartar la vista, admirada del vigor aéreo y sexual de los voladores. No obstante, también estaba resentida por su prolongado juego; habían olvidado que una criatura apegada a la tierra los estaba aguardando.
Las diversas parejas de voladores acoplados se separaron de repente, como a una señal dada, y el grupo entero se dispersó. Un momento más tarde Dark notó que el helicóptero de los humanos se acercaba.
Estaba demasiado alto para oírlo, pero ella sabía que estaba allí. Describía círculos lentamente. Entonces se quedó quieta, sin preocuparse por ocultar el transmisor de su espinazo, y así percibió que el aparato trazaba espirales con ella como foco. El helicóptero descendió; fue un punto, luego una forma plateada que reflejaba el ocaso escarlata. No se acercó mucho, no hizo nada que hubiese sido inmediatamente amenazador. Pero había logrado apartar a los voladores fuera de la vista de Dark. La fugitiva se acurrucó en el promontorio de piedra, aguardando.
Dark solamente escuchó la repentina arremetida del aire contra alas desplegadas cuando Grajo se posó en las cercanías; su acercamiento fue completamente silencioso, y atenta como estaba al vehículo de búsqueda, no lo había visto. Cambió su atención del cielo a Grajo, y dio unos pasos hacia él. Pero luego se detuvo, avergonzada una vez más por su torpeza en comparación con la forma en que el volador se movía. Los voladores no eran altos, e incluso para su peso, las piernas eran bastante cortas. Tal vez habían sido modificados así. Con todo, Grajo no caminaba pesadamente. Lo hacía a zancadas. Mientras se acercaba a Dark, recogió las alas en la espalda, plegándolas poco a poco, estirándolas para alisar las plumas, plegándolas una vez más. A Dark no le recordaba tanto un pájaro sino una mariposa espectacular posada al viento, abriendo y cerrando las alas. Cuando el volador se detuvo ante ella, sus alas se inmovilizaron, todas las plumas azul brillante perfectamente situadas, enmarcándolo por detrás; esta vez las alas no lo tapaban, su cuerpo estaba desnudo. Los voladores no vestían ropas: Dark se sorprendió de que no tuvieran nada que ocultar. Al parecer, estaban diseñados de un modo tan intrincado como la gente de Dark.
Hacía tanto tiempo que Grajo permanecía callado que Dark, a cada momento más incómoda, se echó hacia atrás y miró el cielo. El helicóptero
de búsqueda seguía describiendo ruidosos círculos.
—¿Tienen permiso para hacer eso? —preguntó Dark.
—No tenemos un medio rápido para detenerlos. Podemos protestar. Sin duda alguien lo habrá hecho ya.
—Yo podría enviarles un mensaje —dijo Dark de mal humor; para eso era el transmisor, después de todo, pensó. Aunque el mensaje no contendría el tipo de información que hubieran esperado que ella enviara.
—Hemos terminado nuestra reunión —dijo Grajo.
—Oh. ¿Así llamáis a eso?
Dark esperaba una sonrisa o un chiste, pero Grajo siguió hablando muy seriamente.
—Así conferenciamos aquí.
—¿¡Conferenciar…!? —volvió a caer al suelo, su garras crispadas en el suelo—. ¿Os habéis reunido y no me permitisteis hablar? ¡Me dijiste que te esperara a la puesta del sol…!
—Yo hablé por ti —dijo suavemente Grajo.
—He venido aquí por mí misma, para hablar en nombre de mi raza. Yo confiaba en ti…
—Era el único modo —dijo Grajo—. Sólo nos reunimos en el cielo.
Dark contuvo una réplica airada.
—¿Y cuál es la respuesta?
Grajo se sentó bruscamente en el duro suelo, como si ya no soportara el peso de las alas sobre sus piernas delicadas. Dobló las rodillas hasta el pecho, y las envolvió con sus brazos.
—Lo siento —las palabras estallaron en un suspiro, un gemido.
—Convócalos —dijo Dark—. Vuela tras ellos, encuéntralos, haz que vengan y hablen conmigo. No seré rechazada por gente que ni siquiera quiere verme.
—No servirá —dijo tristemente Grajo—. Hablé por ti lo mejor que pude, pero cuando vi que iba a fracasar, intenté traerlos aquí. Les supliqué. No vendrán.
—No vendrán… No lo entiendo —había arriesgado la vida para que ahora la despreciaran como una nulidad.
Grajo extendió la mano y tocó la de Dark: todavía podía servir de mano, a pesar de su coraza y sus garras. La mano de Grajo, asimismo, tenía garras, pero era delicada y de huesos finos, y las venas se mostraban azules bajo la piel translúcida. Dark retiró la masa excesivamente sólida de su brazo.
—¿No lo comprendes, pequeña? —dijo Grajo, tristemente—. Yo era tan diferente, antes de ser un volador…
—Igual que yo —añadió Dark.
—Pero tú eres fuerte, y estás preparada. Podrías irte mañana sin más cambios y sin más dolor. Yo tengo que pasar por otra fase. Si lo hiciera, y si entonces decidieran después de todo no enviarnos… Dark, jamás podré volar otra vez, al menos en esta gravedad; hay excesivos cambios.
Harán más gruesa mi piel, y me someterán a una nueva regresión para que mis alas no tengan plumas, sino escamas… Protegerán mis ojos y reconstruirán mi cara para los filtros.
—No es el vuelo lo que te preocupa —dijo Dark.
—Lo es. El riesgo es demasiado grande.
—No. Lo que te preocupa es estar terminado… Ya no serás tan bello. Serás feo, como yo.
—Eso es injusto.
—¿Sí? ¿Por eso todos vosotros os reunís a mi alrededor tan gustosamente para escuchar lo que tengo que decir?
Grajo se levantó lentamente y sus alas se desplegaron sobre él: Dark creyó que la dejaba sola pronunciando sus insultos ante las nubes y las piedras, yéndose a planear al otro lado de la montaña. Pero en lugar de eso, Grajo extendió sus bellas alas azules moteadas de negro, las estiró en el aire y las curvó en torno a Dark, de tal modo que le rozaran el borde del espinazo. Dark se estremeció.
—Lo siento —dijo él—. Nos hemos acostumbrado a ser bellos. Incluso yo. No tendrían que haber decidido hacernos por etapas, debieron haberlo hecho de golpe. Pero no lo hicieron, y ahora es duro para nosotros recordar cómo éramos.
Dark miró fijamente a Grajo tras los vestigios de cómo había sido él hasta convertirse en volador, comprendiendo finalmente la razón por la que él había optado por transformarse en algo distinto a un humano. Antes, Dark sólo había percibido su plumaje brillante, sus ojos luminosos y la delicadeza artificial de sus huesos. Ahora veía sus proporciones originales, la ordinariez disfrazada de sus rasgos, y veía cuál debió de haber sido su aspecto.
Quizá a Grajo no lo hubieran deformado en realidad, tal como Dark no lo había sido. Pero él jamás había sido apuesto, o ni siquiera tan feo. Lo miró atentamente. Ninguno de los dos parpadeó; eso debió de ser más difícil para él, pensó Dark. Los ojos de la excavadora estaban protegidos, los de él eran apenas bordeados por pestañas largas, espesas y oscuras.
Sus ojos estaban demasiado juntos. Algo que la formación vírica no habría sido capaz de curar.
—Comprendo —dijo Dark—. No podéis ayudamos, porque tal vez tendríamos éxito.
—No nos odies —dijo él.
Dark se volvió, su coraza ludiendo roca.
—¿Qué os importa que una criatura tan repelente como yo os odie?
—Me preocupa —dijo Grajo en voz muy baja.
Dark sabía que estaba siendo injusta, no ya con su raza, sino con él mismo. Pero su simpatía se había agotado, lo que deseaba era ocultarse en algún sitio y llorar.
—¿Cuándo vendrán a buscarme los humanos?
—Vienen cuando les antoja —dijo él—. Pero hice que los otros prometieran una cosa. No te pedirán que te vayas hasta mañana. Y si no podemos encontrarte, entonces… Hay tiempo para que te vayas, si te das prisa.
Dark giró en redondo, más rápidamente de lo que se creía capaz. Su coraza levantó chispas, que apenas relucieron brevemente y murieron.
¿A dónde iría? ¿Adonde nadie pudiera verla jamás? ¿Bajo tierra, completamente sola, para siempre? Pensó en la montaña y sus peligros, pero eso no significaba nada ahora.
—No —dijo—. Los esperaré.
—¡Pero si no sabes lo que pueden hacerte…! Te expliqué lo que nos han hecho.
—Me cuesta pensar que me den caza en el cielo.
—¡No hagas chistes con eso! Destruirán todo, las cosas que aman y las cosas que temen.
—Ya no me importa —dijo Dark—. Vete, volador. Vete con tus juegos, y con tus ilusiones de belleza.
Grajo la miró ferozmente, se volvió y saltó en el aire. Ella no lo miró irse, sino que se contrajo por completo en el interior de las sombras de su coraza para aguardar.
En algún momento de la noche, Dark se vio arrastrada al sueño. Soñó con el torrente de fuego: pudo sentir su calor y oír su rugir.
Al despertar, el sol naciente relumbraba directamente sobre sus ojos, y las hojas de acero de un helicóptero interrumpieron el amanecer.
Intentó, y no pudo, borrar el sonido de la máquina humana. Se puso a temblar, de incertidumbre o de miedo.
Dark se arrastró lentamente por la ladera de la montaña, hacia el límite donde los humanos iban a tomar tierra. Los voladores no tendrían que decirle que se fuera. Se preguntó si se estaba protegiendo a ella misma, o a ellos, de la humillación. Algo la tocó y se sobresaltó. Se apretó, retraída en su coraza.
—Dark, soy yo.
Atisbó. Grajo descollaba sobre ella con las alas curvadas en torno a los dos.
—No puedes esconderme —dijo Dark.
—Lo sé. Tendríamos que haberlo hecho, pero es demasiado tarde —tenía un aspecto desolado y de agotamiento—. Lo he intentado, Dark, lo he intentado.
La máquina aterrizó por el lado humano del flujo de lava y despidió una fina rociada de polvo y partículas de roca. Varias personas saltaron afuera, llevando armas y redes. Dark no dudó.
—Tengo que irme —levantó su coraza del suelo y empezó a alejarse.
—Eres más fuerte que nosotros —dijo Grajo—. Los humanos no pueden acercarse y prenderte y nosotros no podemos forzarte a que te vayas.
—Lo sé —la frontera invisible estaba casi a sus pies. Dark avanzó hacia ella de mala gana pero sin cesar.
—¿Por qué haces esto? —gritó Grajo.
Dark no respondió. Notó que la punta del ala de Grajo rozaba el borde de su coraza mientras el volador caminaba junto a ella. Se detuvo y alzó los ojos hacia él.
—Voy contigo —dijo Grajo—. Hasta que llegues a tu destino. Hasta que estés a salvo.
—No hay más seguridad para ti. No puedes abandonar tu reserva.
—Tampoco podías hacerlo tú.
—Grajo, regresa.
—No estoy dispuesto a perder otro amigo por culpa de los humanos.
Dark tocó la frontera. Como si temieran que aún intentara rehuirlos, los humanos se precipitaron sobre ella y le echaron la red, tirando de los bordes para que la malla alcanzara por debajo de la coraza. Apartaron al volador del lado de Dark a empujones.
—Esto no es necesario —dijo Dark—. Iré con vosotros.
—Lo siento —dijo un humano finalmente, en tono quejumbroso—. Es necesario.
—Su palabra es válida —dijo Grajo—. De otro modo jamás se habría presentado ante vosotros.
—¿Qué sucedió con los otros? —preguntó Dark.
Un humano se encogió de hombros.
—Capturados —dijo otro.
—¿Y después?
—Devueltos al refugio.
Dark no tenía motivos para no creerles, simplemente porque ellos no tenían motivo para ahorrarse sus sentimientos si alguno de sus amigos moría.
—¿Ves? Grajo, no es preciso que vengas.
—¡No puedes confiar en ellos! Te mentirán a cambio de tu cooperación y luego te matarán cuando te deje sin testigos.
Eso era posible; sin embargo, Dark avanzó pesadamente hacia el helicóptero, más estorbada que ayudada por los tirones de los humanos a los cables de acero. Las hélices giraban rítmicamente sobre ella.
Grajo los siguió, pero los humanos cerraron su camino.
—Voy con ella —dijo el volador.
Dark miró atrás. De algún modo, de una forma extraña, Grajo parecía aún más delicado y frágil entre los humanos normales que cuando ella lo había comparado con su naturaleza masiva.
—No avances más, volador.
Grajo se metió entre ellos. Un humano cogió su muñeca y el volador dio un tirón. Otros dos lo cogieron por los hombros y lo empujaron hacia el límite mientras se debatía. Las alas de Grajo se abrieron sobre el tumulto, agitadas, mientras el volador pugnaba por mantener el equilibrio. Una pluma azul revoloteó suelta y describió una espiral hacia el suelo.
Arrastrando con ella a sus captores, tirando de ellos con los cables de la red mientras se esforzaban por mantenerla de su lado sin conseguirlo, Dark se escabulló hacia Grajo y cruzó el grupo de humanos. El volador yacía encogido en el suelo, un ala embarazosamente atrapada bajo su cuerpo, la otra doblada sobre él y a su alrededor para defenderse.
Los humanos se apartaron de Grajo y de Dark de un salto.
—Grajo —dijo Dark—. Grajo…
Cuando se levantó, Dark temió que el ala de Grajo estuviera aplastada. Grajo respingó cuando la alzó, y su plumaje estaba desaliñado, pero lanzando una furiosa mirada a los humanos, extendió el ala en una flexión y Dark vio con gran alivio que el volador se encontraba bien. Grajo bajó los ojos hacia ella y su mirada se dulcificó. Dark tendió un brazo hacia él, y sus manos provistas de garras se tocaron.
Uno de los humanos rio con disimulo. Turbada, Dark apartó la mano bruscamente.
—No puedes hacer nada —dijo—. Quédate aquí.
La red se apretó más a su alrededor, pero Dark la resistió.
—No podemos perder más tiempo —dijo el jefe de sus captores. Vamos, ahora mismo, es hora de irse.
Lograron arrastrar a Dark y darle media vuelta y atraerla algunos pasos hacia el helicóptero, sólo porque ella lo permitió.
—Si no me dejáis ir con ella, os seguiré —dijo Grajo—. Esa máquina no puede ir más rápido que yo.
—No podemos controlar a nadie fuera de su reserva —curiosamente, el humano parecía preocupado—. Ya sabes qué tipo de cosas pueden suceder. Volador, quédate dentro de tus fronteras.
—¡Vosotros no hacéis caso de las fronteras! —gritó Grajo, mientras los humanos empujaban y tiraban de Dark para recorrer los últimos pasos hasta su territorio. Dark avanzaba lentamente, por su propio peso, ignorándolos.
—Quédate aquí, Grajo —dijo—. Quédate aquí, o me iré sintiéndome tan culpable como fracasada.
Dark no escuchó la respuesta del volador, si es que la dio. Llegó al helicóptero, y se acercó contra la incomodidad del ruido y los campos eléctricos sin blindaje. Se las arregló para encaramarse al compartimiento de carga antes de que los humanos la sometieran a la humillación de ser izada y empujada.
Miró por la ventanilla abierta. Era como si el resto del mundo estuviera silencioso, porque no oyó ni percibió nada más que el clamor inmediatamente a su alrededor. En el borde de la lava, Grajo permanecía inmóvil, los hombros caídos. De pronto sus alas se ensancharon, ascendieron, descendieron, y el volador saltó en el aire. Anonadada otra vez, Dark observó a través de la trama de la red. Grajo navegó en un círculo enorme y planeó en la cálida corriente ascendente del volcán.
Los rotores aceleraron y pareció que casi desaparecieron, confundidos con el cielo. La máquina ascendió con una ligera sacudida hacia adelante, al funcionar bajo el peso de la partida de caza y de Dark. Al mismo tiempo, Grajo subía en espiral entre el humo resplandeciente. Dark intentó volverse, pero no pudo. El volador era demasiado bello.
La distancia entre ellos fue haciéndose más y más grande, y lo último que alcanzó a ver Dark fue una chispa azul brillante que aparecía y desaparecía entre las columnas de humo.
Cuando el helicóptero hizo un viraje en redondo, Dark creyó ver que la espiral del vuelo de Grajo se hacía más ancha, como si él hiciera caso omiso de las amenazas hechas por los humanos y no se preocupara por las advertencias, como si flotara suavemente hacia las fronteras de su refugio, resolviéndose poco a poco a cruzarlas y seguirlos.
No abandones tu refugio, Grajo, pensó Dark. No perteneces a este mundo.
Pero entonces, justo antes de que la máquina interrumpiera la visión de Dark, Grajo se desvió de la montaña y, en un gran arco de planeo, pasó sobre la frontera y entró en el mundo de los humanos.

Los alcaldes – Isaac Asimov

1

LOS CUATRO REINOS — … Nombre dado a aquellas porciones de la provincia de Anacreonte que se separaron del primer imperio en los primeros años de la Era Fundacional para formar reinos independientes y efímeros. El mayor y más poderoso de ellos fue el mismo Anacreonte que en área

Indudablemente el aspecto más interesante de la historia de los Cuatro Reinos lo constituye la extraña sociedad forzada temporalmente durante la administración de Salvor Hardin

Enciclopedia Galáctica.

¡Una delegación!

Que Salvor Hardin la hubiera visto venir no la hacía más agradable. Por el contrario, encontró la anticipación claramente molesta.

Yohan Lee abogaba por medidas extremas.

No veo, Hardin — dijo—, que tengamos que esperar más. No pueden hacer nada hasta las elecciones, legalmente por lo menos, y esto nos da un año. Despídalos.

Hardin frunció los labios.

Lee, usted nunca aprenderá. Durante los cuarenta años que le conozco, no ha aprendido el amable arte de actuar solapadamente.

No es mi forma de luchar — gruñó Lee.

Sí, lo sé. Supongo que por eso es usted el único hombre en quien confío. — Hizo una pausa y cogió un cigarro—. Hemos recorrido un largo camino, Lee, desde que nos las ingeniamos para derrocar a los enciclopedistas. Estoy volviéndome viejo. Tengo setenta y dos años. ¿Ha pensado alguna vez en lo rápido que han pasado estos treinta años?

Lee resopló.

Yo no me considero viejo, y tengo setenta y seis años.

Sí, pero yo no digiero como usted. — Hardin chupó perezosamente su cigarro.

Hacía mucho tiempo que había dejado de desear el suave tabaco de Vega de su juventud. Aquellos días en que el planeta Términus había comerciado con todos los puntos del imperio galáctico pertenecían al limbo al que habían ido a parar todos los grandes días de antaño. El imperio galáctico se encaminaba hacia el mismo limbo. Se preguntó quién sería el nuevo emperador… o si habría algún emperador o algún imperio.

¡Por el Espacio! Desde hacía treinta años, desde la ruptura de las comunicaciones allí en el extremo de la Galaxia, todo el universo de Términus había consistido en sí mismo y los cuatro reinos circundantes.

¡Cómo había caído el poderoso! ¡Reinos! Eran prefecturas en los viejos días, todos parte de la misma provincia, que por su parte había pertenecido a un sector, que a su vez había formado parte de un cuadrante, que a su vez había formado parte del imperio galáctico. Y ahora que el imperio había perdido el control sobre los rincones más alejados de la Galaxia, aquellos pequeños grupos de planetas se convertían en remos con nobles y reyes de opereta, y guerras inútiles y absurdas, y una vida que se desarrollaba patéticamente entre las ruinas.

Una civilización en decadencia. La energía atómica olvidada. La ciencia degenerada en mitología… Hasta que llegó la Fundación. La Fundación que Hari Seldon había establecido sólo para ese propósito allí en Términus.

Lee se encontraba junto a la ventana y su voz interrumpió la ensoñación de Hardin.

Han venido — dijo— en un coche último modelo, los pobres cachorros. — Dio unos pasos inseguros hacia la puerta y entonces miró a Hardin.

Hardin sonrió y le hizo un gesto con la mano para que se quedara.

He dado órdenes de que los conduzcan aquí.

¡Aquí! ¿Para qué ? Les da mucha importancia.

¿Por qué pasar por todas las ceremonias de una audiencia oficial con el alcalde?

Ya soy demasiado viejo para trámites burocráticos. Además de eso, el halago es muy útil cuando se trata con jovencitos, particularmente cuando no te compromete a nada. — Guiñó un ojo—. Siéntese, y deme su apoyo moral. Lo necesitaré con Sermak.

Ese muchacho, Sermak — dijo Lee, pesadamente—, es peligroso. Tiene seguidores, Hardin, así que no le subestime.

¿He subestimado a alguien alguna vez?

Bueno, pues entonces arréstelo. Puede acusarlo de cualquier cosa.

Hardin hizo caso omiso de este consejo.

Aquí está n, Lee. — En contestación a la señal, pisó el pedal de debajo de la mesa, y la puerta se deslizó hacia un lado.

Los cuatro que componían la delegación entraron en fila y Hardin les indicó amablemente los sillones que había en semicírculo frente a su mesa. Ellos se inclinaron y esperaron a que el alcalde hablara primero.

Hardin abrió la tapa de una caja de cigarros de plata curiosamente trabajada, que una vez perteneció a Jord Fara, de la antigua Junta de síndicos durante los días de los enciclopedistas. Era un genuino producto imperial de Santanni, aunque los cigarros que ahora contenía eran de fabricación nacional. Uno por uno, con grave solemnidad los cuatro delegados aceptaron cigarros y los encendieron con el ritual de costumbre.

Sef Sermak era el segundo de la derecha, el más joven del grupo de jóvenes, y el más interesante con su reluciente bigote rubio recortado nítidamente, y sus ojos hundidos de color indefinido. Hardin prescindió de los otros tres casi inmediatamente; no eran más que números en un archivo. Se concentró en Sermak, el Sermak que, en su primera sesión del consejo municipal, ya había trastornado a aquel organismo sereno, y fue a Sermak a quien se dirigió :

He estado particularmente ansioso por verle, concejal, desde su excelente discurso del mes pasado. Su ataque contra la política extranjera de este gobierno fue hábil.

Los ojos de Sermak se iluminaron.

Su interés me halaga. El ataque pudo ser hábil o no, pero de lo que no hay duda es de que fue justificado.

¡Quizá ! Sus opiniones son suyas, naturalmente. Aún es usted muy joven.

Es un defecto que la mayor parte de la gente tiene en cierto período de su vida.

Usted se convirtió en alcalde de la ciudad cuanto tenía dos años menos de los que yo tengo ahora — dijo secamente.

Hardin sonrió para sus adentros. El cachorrillo era un negociador frío.

Supongo que habrá venido para hablar de esta misma política extranjera que tanto le preocupa en la Cámara del Consejo. ¿Habla en nombre de sus tres colegas, o he de escucharles por separado? — preguntó.

Hubo un rápido intercambio de miradas entre los cuatro jóvenes, un ligero pestañeo.

Sermak respondió sombríamente:

Habló en nombre del pueblo de Términus, un pueblo que no está verdaderamente representado en el organismo que llaman Consejo.

Comprendo. ¡Adelante, pues!

A esto voy, señor alcalde. Estamos disgustados…

Por «estamos» se refiere al «pueblo», ¿verdad?

Sermak le miró con hostilidad, intuyendo una trampa, y replicó fríamente:

Creo que mis puntos de vista reflejan los de la mayoría de votantes de Términus.

¿Le parece bien?

Bueno, una declaración como ésta es la mejor de todas las pruebas; pero continúe, de todos modos. Están ustedes disgustados.

Sí, disgustados con la policía que durante treinta años ha dejado a Términus indefenso contra el inevitable ataque exterior.

Comprendo. Y ¿en consecuencia? Adelante, adelante.

Es muy amable al anticiparse. Y en consecuencia estamos formando un nuevo partido político, que trabajará por las necesidades inmediatas de Términus y no por un místico « destino manifiesto» de imperio futuro. Le echaremos a usted y a su camarilla de pacifistas del Ayuntamiento, y muy pronto.

¿A menos que… ? Siempre hay algún « a menos que», ¿sabe?

No más de uno en este caso: a menos que dimita ahora. No le pido que cambie su política, no confío en usted hasta ese punto. Sus promesas no valen nada. Una dimisión irrevocable es lo único que aceptaremos.

Comprendo. — Hardin cruzó las piernas y apoyó la silla sobre las dos patas de atrás—. Éste es su ultimátum. Ha sido muy amable al avisarme. Pero, fíjese, creo que no lo tendré en cuenta.

No crea que era una advertencia, señor alcalde. Era un anuncio de principios y de acción. El nuevo partido ya ha sido constituido, y empezará sus actividades oficiales mañana. Ya no hay espacio ni deseo para un acuerdo, y, francamente, sólo nuestro agradecimiento por sus servicios a la ciudad es lo que nos impulsa a ofrecerle esta salida tan fácil. No pensaba que fuera a aceptarla, pero tengo la conciencia tranquila. Las próximas elecciones serán una muestra clara e irresistible de que es necesaria la dimisión.

Se levantó e hizo que los demás le imitaran. Hardin levantó el brazo.

¡Esperen! ¡Siéntense!

Sef Sermak volvió a sentarse con demasiada rapidez y Hardin sonrió tras su rostro serio. A pesar de sus palabras, esperaba una oferta:

Hardin dijo:

¿Qué es exactamente lo que desea que cambiemos en nuestra política exterior?

¿Quiere que ataquemos a los Cuatro Reinos, ahora, en seguida, y los cuatro simultáneamente?

No hago ninguna sugerencia, señor alcalde. Nuestra única proposición es que cese inmediatamente todo apaciguamiento. A lo largo de su administración, usted ha llevado a cabo una política de ayuda científica a los reinos. Les ha dado energía atómica.

Les ha ayudado a reconstruir plantas de energía en su territorio. Ha establecido clínicas médicas, laboratorios químicos y fábricas.

¿Y bien? ¿Qué tiene que objetar?

Ha hecho todo eso para evitar que nos atacaran. Con esto como soborno, ha hecho el papel de tonto en un juego colosal de chantaje, en el cual ha permitido que Términus fuera chupado por completo con el resultado de que ahora estamos a merced de esos bárbaros.

¿En qué forma?

Porque les ha dado energía, les ha dado armas, y en realidad les ha reparado las naves de su flota. Ahora son infinitamente más fuertes que hace tres décadas. Sus demandas aumentan, y, con sus nuevas armas, satisfarán eventualmente todas sus demandas de golpe con la anexión violenta de Términus. ¿No es así como suele terminar el chantaje?

¿Cuál es el remedio?

Detener los sobornos inmediatamente y mientras pueda. Dedique sus esfuerzos a reforzar el mismo Términus ¡y ataque primero!

Hardin miró el bigotito rubio del joven con un interés casi morboso. Sermak estaba seguro de sí mismo, pues, de lo contrario, no hubiera hablado tanto. No había duda de que sus observaciones eran el reflejo de un segmento bastante considerable de la población, bastante considerable.

Su voz no traicionó el curso algo perturbado de sus pensamientos. Fue casi negligente.

¿Ha terminado?

Por el momento.

Bueno, ¿ve la declaración enmarcada que hay en la pared detrás de mí? ¡Léala, si no le importa!

Los labios de Sermak se fruncieron.

Dice: « La violencia es el último recurso del incompetente.» Es la doctrina de un anciano, señor alcalde.

Yo la apliqué cuando era joven, señor concejal, y con éxito. Usted apenas había nacido cuando ocurrió, pero es posible que se lo hayan enseñado en el colegio.

Contempló penetrantemente a Sermak y continuó en tono mesurado.

Cuando Hari Seldon estableció la Fundación aquí, fue con el ostensible propósito de producir una gran Enciclopedia, y durante cincuenta años seguimos esa última voluntad, antes de descubrir lo que realmente perseguía. Por aquel entonces, era casi demasiado tarde. Cuando cesaron las comunicaciones con las regiones centrales del viejo imperio, nos encontramos con que éramos un mundo de científicos concentrados en una sola ciudad, carentes de industria, y rodeados por reinos de creación reciente, hostiles y extremadamente bárbaros. Éramos una diminuta isla de energía atómica en este océano de barbarie, y una presa de infinito valor.

» Anacreonte, entonces como ahora el más poderoso de los Cuatro Reinos, solicitó y de hecho estableció una base militar en Términus, y los que entonces gobernaban la ciudad, los enciclopedistas, sabían muy bien que esto no era más que el primer paso para apoderarse de todo el planeta. Ésta era la situación cuando yo… uh… asumí el gobierno actual. ¿Qué hubiera hecho usted?

Sermak se encogió de hombros.

Ésa es una pregunta académica. Naturalmente, sé lo que usted hizo.

Lo repetiré, de todos modos. Quizá usted no captó la idea. La tentación de congregar las fuerzas que teníamos y lanzarnos a la lucha fue grande. Es la salida más fácil, y la más satisfactoria para el amor propio, pero, casi invariablemente, la más estúpida. Usted la hubiera escogido; usted y su lema de «atacar el primero». En lugar de eso, lo que yo hice fue visitar los otros tres reinos, uno por uno; indiqué a cada uno que permitir que el secreto de la energía atómica cayera en manos de Anacreonte era la forma más rápida de cortar su propio cuello; y les sugerí amablemente que hicieran lo que les conviniera. Eso fue todo. Un mes después de que las fuerzas anacreontianas aterrizaran en Términus, su rey recibió un ultimátum conjunto de sus tres vecinos. A los siete días, el último anacreontiano había salido de Términus.

» Ahora, dígame, ¿qué necesidad había de usar la violencia?

El joven concejal contempló la colilla de su cigarro pensativamente y la tiró por la ranura del incinerador.

No veo qué analogía puede haber. La insulina convertirá a un diabético en una persona normal sin necesidad de un cuchillo, pero la apendicitis requiere una operación.

Es algo que no se puede evitar. Cuando otros medios fracasan, ¿qué nos queda más que, como usted dice, el último recurso? Es culpa suya que hayamos llegado a este extremo.

¿Mía? Oh, sí, mi política de apaciguamiento. Sigue usted sin comprender las necesidades fundamentales de nuestra posición. Nuestro problema no terminó con la partida de los anacreontianos. No había hecho más que comenzar. Los Cuatro Reinos eran todavía nuestros más encarnizados enemigos, pues todos querían energía atómica y cada uno de ellos no se lanzaba a nuestra garganta más que por miedo a los otros tres.

Estábamos en equilibrio sobre el filo de una espada muy bien afilada, y el menor balanceo en cualquier dirección… si, por ejemplo, un reino llegaba a ser demasiado fuerte; o si dos formaban una coalición… ¿Lo comprende?

Ciertamente. Era el momento de empezar una preparación abierta para la guerra.

Al contrario. Era el momento de empezar una preparación abierta contra la guerra. Les puse uno contra otro.

Los ayudé uno por uno. Les ofrecí ciencia, comercio, educación, medicina científica. Hice que Términus tuviera para ellos más valor como mundo floreciente que como presa militar. Ha dado resultado durante treinta años.

Sí, pero se ha visto obligado a rodear esos obsequios científicos con los disfraces más ultrajantes. Ha hecho de ello algo medio religión, medio disparate. Ha erigido una jerarquía de sacerdotes y un ritual complicado e ininteligible.

Hardin frunció el ceño.

¿Y qué ? No creo que tenga nada que ver con la conversación. Al principio actué así porque los bárbaros consideraban nuestra ciencia como una especie de magia negra, y era más fácil que la aceptaran sobre esta base. El sacerdocio se construyó a sí mismo, y si le ayudamos no hacemos más que seguir la línea de menor resistencia. Es un asunto de poca importancia.

Pero estos sacerdotes están a cargo de las plantas de energía. Esto no es una cuestión de poca importancia.

Es verdad, pero nosotros les hemos adiestrado. Su conocimiento de los instrumentos es puramente empírico; y creen firmemente en la ridícula ceremonia que los rodea.

Y si alguno va más allá de este disparate y tiene el genio de descartar el empirismo, ¿qué es lo que les impedirá aprender las técnicas actuales y venderlas al mejor postor? ¿Cuál sería entonces nuestro valor ante los reinos?

Hay pocas posibilidades de que eso ocurra, Sermak. Está mostrándose muy superficial. Los mejores hombres de los planetas y de los reinos acuden a la Fundación todos los años y son educados en el sacerdocio. Y los mejores de ellos permanecen aquí como estudiantes investigadores. Si usted cree que los que se van, prácticamente sin conocimiento alguno de la ciencia más elemental, o peor, con el saber deformado que reciben los sacerdotes, son capaces de penetrar de un salto en los conocimientos de la energía atómica, la electrónica, la teoría de la hipertensión… tiene usted una idea muy romántica y muy absurda de la ciencia. Se necesita una vida entera de aprendizaje y un cerebro excelente para llegar tan lejos.

Yohan Lee se había levantado bruscamente durante el párrafo anterior y había salido de la habitación. Acababa de regresar, y cuando Hardin terminó de hablar, se inclinó junto al oído de su superior. Se intercambiaron unos susurros y después un cilindro de plomo. Luego, con una corta mirada de hostilidad hacia la delegación, Lee ocupó de nuevo su puesto.

Hardin dio vueltas al cilindro en sus manos, mirando a la delegación a través de las pestañas. Y entonces lo abrió con un chasquido duro y seco y sólo Sermak tuvo el sentido común de no lanzar una rápida mirada al papel enrollado que cayó de él.

En resumen, caballeros — dijo—, el Gobierno opina que sabe lo que está haciendo.

Leyó a medida que hablaba. Había líneas de una clave intrincada e ininteligible que cubrían la página y tres palabras garabateadas a lápiz en una esquina del mensaje. Lo leyó de una ojeada y lo lanzó casualmente por la ranura del incinerador.

Esto — dijo entonces Hardin— termina la entrevista, me temo. Encantado de haber hablado con ustedes. Gracias por venir. — Estrechó las manos de todos con indiferencia, y se fueron.

Hardin casi había perdido la costumbre de reír, pero en cuanto Sermak y sus tres silenciosos compañeros se hubieron alejado lo suficiente, se permitió una risita seca y dirigió una mirada divertida a Lee.

¿Le ha gustado esta batalla de fanfarronadas, Lee?

No estoy seguro de que él fanfarroneara. Trátelo con miramientos y es muy capaz de ganar las próximas elecciones, tal como ha dicho — contestó Lee.

Oh, es muy posible, es muy posible… si no pasa nada antes.

Asegúrese de que esta vez no pasa en la dirección equivocada, Hardin. Le digo que este Sermak tiene seguidores. ¿Y si no espera a las próximas elecciones? Hubo una ocasión en que usted y yo tuvimos que recurrir a la violencia, a pesar de nuestro lema sobre lo que significa la violencia.

Hardin alzó una ceja.

¡Qué pesimista está hoy, Lee! Y singularmente belicoso, También, o no hubiera hablado de violencia. Nuestro pequeño pronunciamiento se llevó a cabo sin derramamiento de sangre, no lo olvide. Fue una medida necesaria ejecutada en el momento preciso, y se realizó suavemente, sin dolor, y sin ningún esfuerzo. En cuanto a Sermak, se rebela contra una proposición distinta. Usted y yo, Lee, no somos enciclopedistas. Estamos preparados. Ponga a sus hombres tras esos jóvenes de una forma delicada, compañero, que no sepan que les vigilamos…, pero con los ojos bien abiertos, ¿entendido?

Lee se rió con amarga diversión.

La habría hecho buena si llego a esperar sus órdenes, Hardin. Sermak y sus hombres están bajo vigilancia desde hace un mes.

El alcalde sonrió.

Cayó primero en la cuenta, ¿no? Muy bien. Por cierto — observó, y añadió suavemente— : El embajador Verisof vuelve a Términus. Temporalmente, confío.

Hubo un corto silencio, débilmente horrorizado, y después Lee dijo:

¿Era esto lo que decía el mensaje? ¿Es que las cosas vuelven a complicarse?

No lo sé. No puedo saberlo hasta que oiga lo que Verisof tiene que decirme. Sin embargo, es posible. AI fin y al cabo, es necesario que se compliquen antes de las elecciones. Pero ¿por qué tiene ese aspecto de medio muerto?

Porque no sé en qué acabará todo esto. Es usted demasiado profundo, Hardin, y está jugando demasiado cerca del fuego.

Tú también, Brutus — murmuró Hardin. Y en voz alta— : ¿Significa esto que piensa unirse al nuevo partido de Sermak?

Lee sonrió contra su voluntad.

Muy bien. Usted gana. ¿Qué le parece si fuéramos a comer?

2

Hay muchos epigramas atribuidos a Hardin — consumado epigramista—, muchos de los cuales son probablemente apócrifos. No obstante, se recuerda que en cierta ocasión dijo:

Procura ser claro, especialmente si tienes fama de ser sutil.

Poly Verisof había tenido ocasión de actuar más de una vez basándose en este consejo, pues ya hacía catorce años que ocupaba su doble puesto en Anacreonte… un doble puesto cuyo mantenimiento le recordaba a menudo lo desagradable de un baile realizado sobre metal ardiendo con los pies descalzos.

Para el pueblo de Anacreonte era un gran sacerdote, representante de la Fundación, que, para aquellos «bárbaros», era la cima del misterio y el centro físico de esta religión que había creado — con la ayuda de Hardin— durante las tres últimas décadas. Como tal, recibía un homenaje que había llegado a ser horriblemente molesto, pues despreciaba con toda su alma el ritual del cual era el centro.

Pero para el rey de Anacreonte — el viejo que lo había sido, y el joven nieto que ahora estaba en el trono— era simplemente el embajador de un poder a la vez temido y codiciado.

En general, era un empleo incómodo, y su primer viaje a la Fundación en un período de tres años, a pesar del molesto incidente que lo había hecho necesario, se parecía mucho a unas vacaciones.

Y puesto que no era la primera vez que se veía obligado a viajar con absoluto secreto, volvió a hacer uso del epigrama de Hardin sobre el empleo de la claridad.

Se puso su traje civil — unas vacaciones por este solo hecho— y se embarcó en una nave hacia la Fundación, como viajero de segunda clase. Una vez en Términus, se abrió camino entre la multitud que llenaba el puerto espacial y llamó al Ayuntamiento por un visífono público.

Me llamo Jan Smite — dijo—. Tengo una cita con el alcalde para esta tarde.

La joven de voz apagada, pero eficiente, del otro extremo hizo una segunda conexión e intercambió unas cuantas palabras, diciendo después a Verisof en un tono seco y mecánico:

El alcalde Hardin le recibirá dentro de media hora, señor. — Y la pantalla se emblanqueció.

Entonces el embajador de Anacreonte compró la última edición del Diario de la ciudad de Términus, se dirigió paseando hacia el parque del Ayuntamiento y, sentándose en el primer banco vacío que encontró, leyó la página editorial, la sección deportiva y la hoja cómica mientras esperaba. Al cabo de media hora, se metió el periódico bajo el brazo, entró en el Ayuntamiento y se personó en la antesala.

Al hacer todo esto había conseguido pasar totalmente desapercibido, pues como se conducía con absoluta naturalidad, nadie le dirigió una segunda mirada.

Hardin levantó la vista hacia él y sonrió.

¡Tenga un cigarro! ¿Cómo ha ido el viaje?

Verisof cogió un puro.

Muy interesante. Había un sacerdote en la cabina vecina que venía para un curso especial de preparación de sintéticos radiactivos… para el tratamiento del cáncer, ya sabe…

Seguro que ahora no lo llama así.

¡Me imagino que no! Para él eran Alimentos Sagrados.

El alcalde sonrió.

Siga.

Me complicó en una discusión teológica e hizo todo lo que pudo para elevarme sobre el sórdido materialismo.

¿Y no reconoció a su sacerdote superior?

¿Sin su traje carmesí? Además, era de Smyrno. Sin embargo, ha sido una experiencia interesante. Es notable, Hardin, la importancia que ha adquirido la religión de la ciencia. He escrito un ensayo sobre el tema… únicamente para diversión propia; no sería conveniente publicarlo.

Tratando el problema sociológicamente, parecería que cuando el viejo imperio empezó a desintegrarse, se podría considerar que la ciencia, como ciencia, había decepcionado a los mundos exteriores. Para que volvieran a aceptarla, tendría que presentarse como algo distinto, y esto es justamente lo que ha hecho. Todo funciona a las mil maravillas cuando se usa la lógica simbólica para solucionarlo.

¡Interesante! — El alcalde se puso las manos en la nuca y dijo súbitamente— : ¡Hábleme de la situación en Anacreonte!

El embajador frunció el ceño y se sacó el cigarro de la boca. Lo miró con disgusto y lo dejó a un lado.

Bueno, está bastante mal.

Si no fuera así, usted no habría venido.

Así es. Ésta es la situación: el hombre clave de Anacreonte es el príncipe regente, Wienis. Es el tío del rey Leopold.

Lo sé. Pero Leopold alcanzará la mayoría de edad el año que viene, ¿verdad?

Creo recordar que en febrero cumplirá dieciséis años.

Sí. — Pausa, y después una irónica observación— : Si vive. El padre del rey murió en circunstancias sospechosas. Una bala— aguja le atravesó el pecho durante una cacería. Fue calificado de accidente.

Humm. Me parece recordar a Wienis de cuando estuve en Anacreonte al expulsarlos de Términus. Fue antes de su é poca. Si no recuerdo mal, era un jovencito moreno, con el cabello negro y algo bizco del ojo derecho. Tenía una curiosa nariz ganchuda.

El mismo. La nariz ganchuda y el ojo bizco no han cambiado, pero ahora tiene el cabello gris. No juega limpio; afortunadamente, es el mayor loco del planeta. Se imagina a sí misma como un demonio sutil, y esto hace que su locura sea más patente.

Es la forma habitual.

Su idea de cascar un huevo es dispararle un proyectil atómico. Prueba de esto es el impuesto sobre las propiedades del templo que trató de imponer tras el fallecimiento del viejo rey hace dos años. ¿Lo recuerda?

Hardin asintió pensativamente, y después sonrió.

Los sacerdotes pusieron el grito en el cielo.

Gritaron de tal modo que se les podía oír desde Lucreza. Desde entonces ha tenido más cuidado en sus relaciones con el sacerdocio, pero todavía se las arregla para hacer las cosas de la manera más difícil. En parte, es una desgracia para nosotros; tiene una ilimitada confianza en sí mismo.

Probablemente no es más que un complejo de inferioridad compensado. Como sabe, los hijos pequeños de la realeza suelen adolecer de él.

Pero nos lleva al mismo punto. Se está muriendo de ganas de atacar a la Fundación. Apenas consigue ocultarlo. Y, además, está en posición de hacerlo, desde el punto de vista del armamento. El viejo rey construyó una flota magnífica, y Wienis no ha dormido durante los dos últimos años. De hecho, el impuesto sobre las propiedades del templo estaba originariamente destinado a producir más armamento, y cuando esto falló se apresuró a doblar los otros impuestos.

¿Ha habido alguna protesta por eso?

Nada de importancia. La obediencia a la autoridad establecida fue el texto de todos los sermones del reino durante muchas semanas. Esto no quiere decir que Wienis demostrara su gratitud.

Muy bien. Ya tengo los antecedentes. Ahora, ¿qué ha ocurrido?

Hace dos semanas una nave mercante anacreontiana tropezó con un crucero de batalla abandonado de la antigua flota imperial. Debe de haber estado a la deriva por el espacio por lo menos durante tres siglos.

En los ojos de Hardin centelleó un interés repentino. Se enderezó.

Sí, he oído hablar de eso. La Junta de Navegación me ha enviado una petición para que obtenga la nave con fines de estudio. Tengo entendido que está en buen estado.

En demasiado buen estado — contestó secamente Verisof—. Cuando, la semana pasada, Wienis recibió su sugerencia de que entregara la nave a la Fundación, casi tuvo convulsiones.

Todavía no ha contestado.

No lo hará … como no sea con armas, o por lo menos es lo que él piensa. Verá, fue a verme el mismo día que yo dejaba Anacreonte y solicitó que la Fundación pusiera este crucero de batalla en condiciones de combate para que formara parte de la flota anacreontiana. Tuvo el infernal descaro de decir que su nota de la semana pasada indicaba un plan de la Fundación para atacar a Anacreonte. Dijo que una negativa a reparar el crucero de batalla confirmaría sus sospechas; e indicó que se vería forzado a tomar medidas defensivas. Éstas fueron sus palabras. ¡Se vería forzado! Y por eso estoy aquí.

Hardin se echó a reír amablemente.

Verisof sonrió y continuó :

Naturalmente, espera una negativa, y sería una perfecta excusa — a sus ojos— 84 para un ataque inmediato.

Ya lo veo, Verisof. Bueno, por lo menos tenemos seis meses de plazo, hasta disponer la nave y devolverla con mis saludos. Que Wienis lo considere como prueba de nuestra estima y afecto.

Volvió a reírse.

Y de nuevo Verisof respondió con una debilísima sombra de sonrisa.

Supongo que es lógico, Hardin… pero estoy preocupado.

¿Por qué ?

¡Es una nave! Sabían construirlas en aquellos días. Su capacidad cúbica es la mitad de toda la flota anacreontiana. Tiene lanzarrayos atómicos capaces de destrozar un planeta, y un campo que podría resistir un rayo Q sin ser afectado por la radiación. Una cosa demasiado buena, Hardin…

Superficial, Verisof, superficial. Usted y yo sabemos que el armamento que ahora tiene podría derrotar a Términus fácilmente, mucho antes de que nosotros reparáramos el crucero para su propio uso. ¿Qué importa, pues, si También le damos el crucero? Usted sabe que nunca llegaría a una guerra real.

Así lo creo. Sí. — El embajador alzó la mirada—. Pero, Hardin…

¿Y bien? ¿Por qué se detiene? Siga.

Mire. Ésta no es mi provincia, pero he estado leyendo el periódico. — Colocó el Diario sobre la mesa e indicó la primera página—. ¿Qué es todo esto?

Hardin echó una ojeada.

Un grupo de concejales está formando un nuevo partido político.

Esto es lo que dicen. — Verisof señaló el periódico—. Sé que usted está más al corriente que yo de los asuntos internos, pero le están atacando con todo menos con la violencia física. ¿Son muy fuertes?

Fortísimos. Probablemente controlarán el Consejo después de las próximas elecciones.

¿No antes? — Verisof dirigió una mirada de soslayo al alcalde—. Hay muchas formas de hacerse con el control además de las elecciones.

¿Me toma usted por Wienis?

No. Pero la reparación de la nave llevará meses y es seguro que habrá un ataque después de eso. Nuestra complacencia será considerada como un signo de enorme debilidad, y la adición del Crucero Imperial doblará la fuerza de la flota de Wienis.

Atacará tan seguro como que soy el supremo sacerdote. ¿Por qué arriesgarse? Una de dos: revele el plan de campaña al Consejo, ¡o fuerce la salida de esta situación con Anacreonte ahora!

Hardin frunció el ceño.

¿Forzar la situación ahora? ¿Antes de que llegue la crisis? Es lo único que no debo hacer. Están Hari Seldon y el Plan, ya lo sabe.

Verisof vaciló, y después murmuró :

Entonces, ¿está absolutamente seguro de que hay un plan?

No puede haber ninguna duda — fue la severa respuesta—. Yo estaba presente en la apertura de la Bóveda del Tiempo y las grabaciones de Seldon lo revelaron entonces.

No me refería a eso, Hardin. Es que no creo que sea posible planear la historia con mil años de adelanto, quizá Seldon se sobreestimara a sí mismo. — Se encogió un poco ante la sonrisa irónica de Hardin, y añadió —: Bueno, no soy ningún psicólogo.

Exactamente. Ninguno de nosotros lo es. Pero yo recibí algunas enseñanzas en mi juventud… bastantes para saber de lo que es capaz la psicología, aunque yo no pueda explotar sus posibilidades. No hay ninguna duda de que Seldon hizo exactamente lo que proclama que hizo. La Fundación, como él dice, fue establecida como un refugio científico… por medio del cual debía preservarse la ciencia y la cultura del imperio moribundo a través de siglos de barbarie ya iniciada, para ser reavivadas al fin en el segundo imperio.

Verisof asintió, un poco dudoso.

Todo el mundo sabe que ésta es la forma en que se supone que marcharán las cosas. Pero ¿podemos permitirnos el lujo de arriesgarnos? ¿Podemos arriesgar el presente por el bien de un nebuloso futuro?

Debemos… porque el futuro no es nebuloso. Ha sido calculado y previsto por Seldon. Cada crisis sucesiva de nuestra historia está trazada y cada una depende, en cierta medida, del buen desenlace de las anteriores. Ésta no es más que la segunda crisis, y sólo el Espacio sabe el efecto que una minúscula desviación tendría al final.

Esto es más bien una especulación vacía.

¡No! Hari Seldon dijo en la Bóveda del Tiempo, que… en cada crisis nuestra libertad de acción quedaría limitada hasta el punto en que sólo sería posible una línea de acción.

¿Para mantenernos siempre en la línea recta?

Para evitar que nos desviemos, sí. Pero, al contrario, mientras sea posible más de una línea de acción, no se habrá llegado a la crisis. Debemos dejar que las cosas 86 sigan su curso tanto tiempo como podamos, y por el Espacio, esto es lo que me propongo hacer.

Verisof no contestó. Se mordió el labio inferior con malhumorado silencio. Sólo hacía un año que Hardin había hablado por vez primera de aquel problema con él… del verdadero problema; el problema de contrarrestar los preparativos hostiles de Anacreonte. Y sólo porque él, Verisof, se había rebelado ante nuevos apaciguamiento.

Hardin pareció seguir el curso de los pensamientos de su embajador.

Preferiría no haberle hablado nunca de todo esto.

¿Qué le impulsa a decir tal cosa? — exclamó Verisof, sorprendido.

Porque ahora hay seis personas, usted y yo, otros tres embajadores y Yohan Lee, que tienen una idea aproximada de lo que nos espera; y me temo mucho que la intención de Seldon era que nadie lo supiera.

¿Por qué?

Porque incluso la adelantada psicología de Seldon era limitada. No podía manejar demasiadas variables independientes. No podía trabajar con individuos más allá de cierto período de tiempo; del mismo modo que usted no podría aplicar la teoría cinética de los gases a simples moléculas. Trabajó con multitudes, poblaciones de planetas enteros, y sólo con multitudes ciegas que no poseyeran de antemano el conocimiento de los resultados de sus propias acciones.

Eso no está claro.

Yo no puedo evitarlo. No soy lo bastante psicólogo como para explicarlo científicamente. Pero ya lo sabe: no hay psicólogos competentes en Términus y ningún texto matemático de la ciencia. Está claro que no quería que los de Términus fuéramos capaces de predecir el futuro. Seldon quería que actuáramos ciegamente, y por lo tanto correctamente, según las leyes de la psicología de masas. Tal como le dije en una ocasión, no sabía adónde nos dirigíamos cuando expulsé por primera vez a los anacreontianos. Mi idea había sido mantener un equilibrio de poder, nada más que esto.

Sólo después creí ver un esquema en los acontecimientos; pero estoy decidido a no actuar basándome en este conocimiento. Una interferencia debida a la predicción destrozaría el Plan.

Verisof asintió pensativamente.

He oído argumentos casi tan complicados en los templos de Anacreonte. ¿Cómo espera situar el momento exacto de la acción?

Ya está situado. Usted admite que una vez el crucero de batalla esté arreglado nada evitará que Wienis nos ataque. Ya no habrá ninguna alternativa a este respecto.

Sí.

Muy bien. Esto, en cuanto al aspecto exterior. Mientras tanto, admitirá que las próximas elecciones verán un Consejo nuevo y hostil que forzará la acción contra Anacreonte.

No hay ninguna alternativa.

Sí.

Y en cuanto desaparecen todas las alternativas, la crisis sobreviene. Incluso así… estoy preocupado.

Hizo una pausa, y Verisof aguardó. Lentamente, casi de mala gana, Hardin continuó :

Tengo la idea, la ligerísima idea, de que las presiones externas e internas obedecen al plan de aparecer simultáneamente. Tal como están las cosas, sólo hay unos meses de diferencia. Probablemente Wienis ataque antes de la primavera, y para las elecciones aún falta un año.

No parece nada importante.

No lo sé. Puede deberse simplemente a inevitables errores de cálculo, o al hecho de que yo sé demasiado. Nunca he permitido que mi adivinación influyera en mis actos, pero ¿cómo puedo asegurarlo? ¿Y qué efecto tendrá la discrepancia? Sea como fuere — levantó la vista—, he decidido una cosa.

¿Qué ?

Cuando la crisis esté a punto de estallar, me iré a Anacreonte. Quiero estar en el lugar… Oh, es suficiente, Verisof. Se hace tarde. Salgamos y tomemos una copa. Quiero descansar un poco.

Entonces descanse aquí mismo — dijo Verisof—. No quiero ser reconocido, o ya sabe lo que diría ese nuevo partido que sus queridos concejales están formando. Pida el coñac.

Y Hardin lo hizo…, pero no pidió demasiado.

3

Antiguamente, cuando el imperio galáctico abarcaba toda la Galaxia y Anacreonte era la prefectura más rica de la Periferia, más de un emperador había visitado el Palacio Virreinal con gran pompa. Y ninguno de ellos se había ido sin hacer por lo menos un esfuerzo para demostrar su habilidad con el fusil de aguja contra la emplumada fortaleza volante que llamaban el ave Nyak.

El renombre de Anacreonte no había decaído con el paso del tiempo. El Palacio Virreinal era una confusa masa de ruinas a excepción del ala que los trabajadores de la Fundación habían restaurado. Y hacía doscientos años que no se veía a ningún emperador en Anacreonte.

Pero la caza del Nyak seguía siendo el deporte real, y el primer requisito de los reyes de Anacreonte era tener buena puntería con el fusil de aguja.

Leopold I, rey de Anacreonte y — como se añadía invariablemente, aunque sin veracidad alguna— Señor de los Dominios exteriores, a pesar de no tener aún dieciséis años había probado su destreza muchas veces. Había abatido su primer Nyak a los trece años recién cumplidos; había abatido el décimo una semana después de su subida al trono; y ahora regresaba de abatir el cuadragésimo sexto.

¡Cincuenta antes de llegar a la mayoría de edad! — había exclamado—. ¿Quién apuesta?

Pero los cortesanos no apuestan contra la habilidad del rey. Existe el mortal peligro de ganar. Así que nadie lo hizo Y, el rey se fue a cambiar de ropa de muy buen humor.

¡Leopold!

El rey se detuvo en seco ante la única voz que podía lograrlo. Se volvió de mal humor.

Wienis se hallaba en el umbral de su cámara y dominaba a su sobrino.

Despídelos — ordenó impacientemente—. Quítatelos de encima.

El rey asintió cortésmente y los dos chambelanes hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las escaleras. Leopold entró en la habitación de su tío.

Wienis contempló con displicencia el traje de caza del rey., — Muy pronto tendrá s cosas más importantes que hacer aparte de cazar el Nyak.

Le dio la espalda y se precipitó hacia su mesa. Como se había hecho demasiado viejo para ejercicios al aire libre, el peligroso salto al alcance de las alas del Nyak, el balanceo y subida del vehículo volador a un metro escaso, había abandonado toda clase de deportes.

Leopold reconoció la actitud amargada de su tío y, no sin malicia, empezó entusiásticamente:

Tendrías que haber venido con nosotros, tío. Levantamos uno en el erial de Samia que era un monstruo. Lo mejor es cuando se acercan. Lo hemos tenido durante dos horas por lo menos volando en cien kilómetros cuadrados de terreno. Y entonces me dirigí en línea recta hacia el cielo — lo explicaba gráficamente, como si volviera a encontrarse en su vehículo—, y bajé súbitamente en picado. Lo atrapé en el ascenso justo debajo del ala izquierda. Esto lo enloqueció y empezó a volar de lado. Acepté su desafío y viré hacia la izquierda, esperando la caída vertical. Y llegó. Estuvo a tiro antes de que yo me moviera y entonces…

¡Leopold!

¡Bueno! Lo abatí.

Estoy seguro de ello. ¿Me atenderá s ahora?

El rey se encogió de hombros y se dirigió hacia la mesa del rincón, donde mordisqueó una nuez de Lera con evidente malhumor. No se atrevió a enfrentarse con la mirada de su tío.

Wienis dijo, a modo de preámbulo:

Hoy he ido a la nave.

¿Qué nave?

Sólo hay una nave. La nave. La que la Fundación está reparando para la flota. El viejo crucero imperial. ¿Me explico con la suficiente claridad?

¿Ésa? ¿Ves?, te dije que la Fundación la repararía si lo pedíamos. Toda esta historia tuya de que querían atacarnos no es más que una tontería. Porque si así fuera, ¿por qué iban a arreglar la nave? No tiene sentido, ¿verdad?

¡Leopold, eres un idiota!

El rey, que acababa de tirar la cáscara de la nuez de Lera y se llevaba otra a los labios, enrojeció.

Vamos a ver, escúchame bien — dijo, con una ira que apenas sobrepasaba el malhumor—; no creo que debas decirme tal cosa. Te olvidas de algo. Dentro de dos meses cumpliré la mayoría de edad, ya lo sabes.

Sí, y está s en una posición ideal para asumir responsabilidades reales. Si dedicas a los asuntos públicos la mitad del tiempo que consagras a la caza del Nyak, entregaré la regencia con la conciencia limpia.

No me importa. Ya sabes que esto no tiene nada que ver con el caso. El hecho es que, aunque tú seas el regente y mi tío, yo sigo siendo el rey y tú eres mi súbdito. No deberías llamarme idiota ni sentarte en mi presencia. No me has pedido permiso. Creo que deberías tener cuidado, o es posible que haga algo… muy pronto.

La mirada de Wienis era fría.

¿Puedo referirme a vos como a « Vuestra Majestad» ?

Sí.

¡Muy bien! ¡Vuestra Majestad es un idiota!

Sus ojos oscuros despedían chispas por debajo de las enmarañadas cejas y el joven rey se sentó lentamente. Por momento, hubo una sardónica satisfacción en el rostro del regente, pero se desvaneció rápidamente. Sus gruesos labios se separaron en una sonrisa y una mano cayó sobre el hombro del rey.

No importa, Leopold. No tendría que haberte hablado tan duramente. A veces es difícil conducirse con verdadera propiedad cuando la presión de los acontecimientos es tal como… ¿Lo comprendes? — Pero, aunque las palabras eran conciliadoras, había algo en sus ojos que no acababa de suavizarse.

Leopold dijo con inseguridad:

Sí. Los asuntos de Estado son endemoniadamente difíciles. — Se preguntó, no sin aprensión, si no iba a verse sometido a una incomprensible y detallada explicación sobre el año comercial con Smyrno y la interminable disputa sobre los mundos dispersos del Pasillo Rojo.

Wienis hablaba de nuevo:

Muchacho, había pensado hablarte antes de esto, y quizá tendría que haberlo hecho, pero sé que tu joven espíritu se impacienta frente a los áridos detalles del arte de gobernar.

Leopold asintió.

Bueno, eso está muy bien… Su tío le interrumpió firmemente y continuó :

Sin embargo, dentro de dos meses alcanzará s la mayoría de edad. Además, en los tiempos difíciles que vendrá n, tendrá s que tomar parte plena y activa. Será s rey de ahora en adelante, Leopold.

Leopold asintió de nuevo, pero su expresión continuaba siendo vacía.

Habrá guerra, Leopold.

¡Guerra! Pero hay una tregua con Smyrn…

No es con Smyrno. Es con la misma Fundación — Pero, tío, han accedido a reparar la nave. Dijiste… Su voz se desvaneció al observar el fruncimiento de labios de su tío.

Leopold. — Algo de la amabilidad había desaparecido—. Vamos a hablar de hombre a hombre. Tiene que haber guerra con la Fundación, reparen la nave o no; lo antes posible, en realidad, puesto que están reparándola. La Fundación es la fuente del poder y la fuerza. Toda la grandeza de Anacreonte, todas sus naves y ciudades y su pueblo y su comercio dependen de las migas y sobras del poder que la Fundación nos concede a regañadientes. Me acuerdo de la época en que las ciudades de Anacreonte se calentaban con carbón y petróleo ardiendo. Pero eso no importa; no podrías comprenderlo.

Parece — sugirió el rey tímidamente— que tendríamos que estarles agradecidos.

¿Agradecidos? — bramó Wienis—. ¿Agradecidos por que nos den los restos de mala gana, mientras se reservan el espacio para ellos mismos… y lo guardan con quién sabe qué propósito? Sólo para dominar la Galaxia algún día.

Dejó caer la mano sobre la rodilla de su sobrino, y entornó los ojos.

Leopold, eres el rey de Anacreonte. Tus hijos y tus nietos pueden ser reyes del universo… ¡si obtienes el poder que la Fundación nos oculta!

Hay algo de razón en esto. — Los ojos de Leopold empezaron a brillar y enderezó la espalda—. Al fin y al cabo, ¿qué derecho tienen de reservarlo para ellos solos? No es justo, ya lo sabes. Anacreonte También cuenta para algo.

¿Ves? Está s empezando a comprender. Y ahora, muchacho, ¿y si Smyrno decide atacar a la Fundación por su parte y nos gana todo ese poder? ¿Cuánto tiempo crees que tardaríamos en convertirnos en una potencia vasalla? ¿Cuánto tiempo conservaríamos el trono?

Leopold se excitaba por momentos.

Por el Espacio, sí. Tienes toda la razón, ¿sabes? Hemos de atacarlos primero.

Es cuestión de defensa propia.

La sonrisa de Wienis se ensanchó ligeramente.

Además, una vez, nada más comenzar el reinado de tu abuelo, Anacreonte estableció una base militar en el planeta de la Fundación, Términus… una base que la defensa nacional necesitaba vitalmente. Nos vimos forzados a abandonar esa base como resultado de las maquinaciones del líder de la Fundación, un hombre vil, sin una gota de sangre noble en las venas. ¿Lo comprendes, Leopold? Tu abuelo fue humillado por ese villano. ¡Lo recuerdo! Tenía aproximadamente la misma edad que yo cuando vino a Anacreonte con su infernal sonrisa y su infernal cerebro… y el poder de los otros tres reinos respaldándole, combinados en una cobarde unión contra la grandeza de Anacreonte.

Leopold se sonrojó y brilló una chispa en sus ojos.

¡Por Seldon, si yo hubiera sido mi abuelo, hubiera luchado incluso así!

No, Leopold. Decidimos esperar… para devolver la afrenta en un momento más apropiado. El último deseo de tu abuelo antes de su muerte fue pensar que él sería el que… ¡Bueno, bueno! — Wienis se volvió un momento. Entonces, simulando estar muy emocionado— : Era mi hermano. Y, sin embargo, si su hijo estuviera…

Sí, tío, no le decepcionaré. Lo he decidido. Lo más conveniente es que Anacreonte deshaga esa red de traidores, inmediatamente.

No, no inmediatamente. Primero debemos esperar a que se termine la reparación del crucero. El mero hecho de que estén dispuestos a realizar este arreglo demuestra que nos temen. Los muy tontos tratan de aplacarnos, pero no conseguirán apartarnos de nuestro camino, ¿verdad?

Y el puño de Leopold golpeó la palma abierta de su mano.

No, mientras yo sea rey de Anacreonte.

Wienis frunció los labios sardónicamente.

Además, hemos de esperar que llegue Salvor Hardin.

¡Salvor Hardin! — El rey se quedó de pronto con los ojos muy abiertos, y el juvenil contorno de su rostro imberbe casi perdió las líneas duras en que estaba crispado:

Sí, Leopold, el líder de la Fundación en persona vendrá a Anacreonte por tu cumpleaños…, probablemente para calmarnos con palabras suaves. Pero no le servir á de nada.

¡Salvor Hardin! — No era más que un debilísimo murmullo.

Wienis frunció el ceño.

¿Te da miedo el nombre? Es el mismo Salvor Hardin, que, en su anterior visita, nos hizo morder el polvo. ¿No habrá s olvidado ese insulto mortal a la casa real? Y de un villano. La hez del arroyo.

No. Supongo que no. No, no lo haré. Nos vengaremos…, pero…, pero… estoy un poco asustado.

El regente se levantó.

¿Asustado? ¿De qué ? ¿De qué, joven… ? — Se interrumpió.

Sería…, uh…, una blasfemia, ¿sabes?, atacar la Fundación. Quiero decir que…

Hizo una pausa.

Sigue.

Leopold dijo confusamente:

Quiero decir que, si realmente hubiera un Espíritu Galáctico, uh…, puede ser que no le gustara. ¿No lo crees?

No, no lo creo — fue la firme respuesta. Wienis volvió a sentarse y sus labios se contrajeron en una extraña sonrisa. De modo que te preocupas mucho por el Espíritu Galáctico, ¿no? Esto es lo que pasa por dejarte suelto. Apuesto a que has estado hablando con Verisof.

Me ha explicado muchas cosas…

¿Del Espíritu Galáctico?

Sí.

Ay, cachorro sin destetar, él cree en esas tonterías muchísimo menos que yo, y yo no creo nada en ellas. ¿Cuántas veces te han dicho que todas sus charlas son absurdas?

Bueno, ya lo sé. Pero Verisof dice…

Maldito sea Verisof. Son tonterías.

Hubo un corto y rebelde silencio, y después Leopold dijo:

Todo el mundo piensa igual. Me refiero a todo eso del profeta Hari Seldon y de cómo estableció la Fundación para que llevara a cabo sus mandamientos y algún día volviéramos al Paraíso Terrenal; y cómo cualquiera que desobedezca sus mandamientos será destruido por toda la eternidad. Ellos lo creen. He presidido los festivales, y estoy seguro de ello.

Sí, ellos lo creen; pero nosotros no. Y puedes estar agradecido de que sea así, pues según sus tonterías, tú eres rey por derecho divino… y tú misma eres semidivino.

Muy manejable. Elimina todas las posibilidades de revueltas y asegura absoluta obediencia a todo. Y ésta es la razón, Leopold, de que debas tomar parte activa en ordenar la guerra contra la Fundación. Yo sólo soy el regente, y completamente humano.

Tú eres el rey, y más que un semidiós… para ellos.

Pero supongamos que no lo sea en realidad — dijo el rey, reflexionando.

No, no en realidad — fue la irónica respuesta—, pero lo eres para todos menos para los habitantes de la Fundación. ¿Lo entiendes? Para todos menos para los habitantes de la Fundación. Una vez hayan sido eliminados ya no habrá nadie que niegue tu origen divino. ¡Piénsalo!

¿Y después de eso seremos capaces de manejar las cajas de energía de los templos y las naves que vuelan sin hombres y el alimento sagrado que cura el cáncer y todo lo demás? Verisof dijo que sólo los bendecidos por el Espíritu Galáctico podían…

Sí. ¡Verisof lo dijo! Verisof, después de Salvor Hardin, es tu mayor enemigo.

Qué date conmigo, Leopold, y no te preocupes por ellos. Juntos reconstruiremos un imperio, no sólo el reino de Anacreonte, sino uno que abarque a todos los millones de soles de la Galaxia. ¿Es eso mejor que un « Paraíso Terrenal?

Sssí.

¿Puede Verisof prometer algo más?

No.

Muy bien. — Su voz se hizo perentoria—. Supongo debemos considerar el asunto arreglado. — No recibió contestación—. Vete. Bajaré más tarde. Y una cosa más, Leopold.

El muchacho se volvió en el umbral.

Wienis sonreía con todo menos con los ojos.

Ten cuidado con esas cacerías de Nyak, muchacho. Desde el desgraciado accidente de tu padre, he tenido extraños presentimientos acerca de ti, a veces. En la confusión, con los fusiles de aguja hendiendo el aire con sus dardos, uno nunca sabe lo que puede pasar. Espero que tendrá s cuidado. Y hará s todo lo que te he dicho sobre la Fundación, ¿verdad?

Los ojos de Leopold se desorbitaron y evitó la mirada de su tío.

Sí…, desde luego.

¡Perfecto! — Contempló la salida de su sobrino, inexpresivamente, y volvió a su mesa.

Los pensamientos de Leopold al salir eran sombríos y no desprovistos de temor.

Quizá fuera mejor vencer a la Fundación y obtener la energía de que hablaba Wienis.

Pero después, cuando la guerra hubiera terminado y él estuviera seguro en el trono… Se dio súbitamente exacta cuenta del hecho de que Wienis y sus dos arrogantes hijos estaban en aquel momento en la línea sucesoria al trono.

Pero él era rey. Y los reyes pueden ordenar ejecuciones.

Incluso de tíos y primos.

4

Junto al mismo Sermak, Lewis Bort era él más activo en reagrupar a aquellos elementos disidentes que se habían fusionado en el ahora vociferante partido activista.

Pero no había formado parte de la delegación que visitó a Salvor Hardin hacía casi un año. Esto no se debía a una falta de reconocimiento a sus servicios; todo lo contrario. Se hallaba ausente porque en aquella é poca estaba en la capital de Anacreonte.

La visitó como ciudadano privado. No vio a ningún oficial y no hizo nada importante. Se limitó a observar los rincones oscuros del afanoso planeta y asomó su nariz por los garitos indignos.

Llegó a casa hacia el término de un corto día invernal que empezó con nubes y estaba acabando con nieve, y al cabo de una hora se encontraba sentado a la mesa octogonal de la casa de Sermak.

Sus primeras palabras no estaban calculadas para mejorar la atmósfera de una reunión ya considerablemente deprimida por el oscuro atardecer lleno de nieve.

Me temo — dijo— que nuestra posición sea, usando la fraseología melodramática, una «causa perdida».

¿Lo cree usted así? — preguntó Sermak, tristemente.

Es imposible pensar de otro modo, Sermak. No hay motivo para otra opinión.

Armamentos… — empezó Dokor Walto, en tono algo entrometido, pero Bort le interrumpió enseguida.

Olvídelo. Ésa es una vieja historia. — Sus ojos recorrieron el círculo—. Me refiero a la gente. Admito que mi idea original era tratar de fomentar una rebelión palaciega para instalar como rey a alguien más favorable a la Fundación. Era una buena idea. Todavía lo es. El único inconveniente es que es imposible. El gran Salvor Hardin lo previó. Sermak dijo con acritud:

Si nos diera los detalles, Bort…

¡Detalles! ¡No hay detalles! No es tan sencillo como todo eso. Es toda la maldita situación de Anacreonte. Es esa religión que ha establecido la Fundación. ¡Da resultado!

¿Y qué ?

Hay que ver cómo funciona para darse cuenta. Lo único que aquí sabemos es que tenemos una gran escuela dedicada a educar sacerdotes, y que ocasionalmente se hace una exhibición especial en algún rincón olvidado de la ciudad para beneficio de los peregrinos… y nada más. Todo este asunto apenas nos afecta de manera general. Pero en Anacreonte… Lem Tarki alisó su barba puntiaguda con un dedo y se aclaró la garganta.

¿Qué clase de religión es? Hardin siempre ha dicho que sólo eran tonterías para que aceptaran nuestra ciencia sin hacer preguntas. Recuerde, Sermak, que aquel día nos dijo…

Las explicaciones de Hardin — recordó Sermak— no suelen tener mucha relación con la verdad. Pero ¿qué clase de religión es, Bort?

Bort reflexionó.

Éticamente, es perfecta. Apenas difiere de las diversas filosofías del viejo imperio. Alto valor moral y todo eso. Desde este punto de vista no tiene nada que envidiar. La religión es una de las grandes influencias civilizadoras de la historia en este aspecto. Rellena…

Ya sabemos eso — interrumpió Sermak, con impaciencia—. Vaya al grano.

Allá voy. — Bort estaba un poco desconcertado, pero no lo demostró —. La religión, que la Fundación ha alentado y animado, tengámoslo presente, se basa en una línea estrictamente autoritaria. El sacerdocio tiene control absoluto de los instrumentos científicos que hemos proporcionado a Anacreonte, pero sólo han aprendido a manejar dichos instrumentos empíricamente. Creen por completo en esta religión y en el…, uh…, valor espiritual de la energía que manejan. Por ejemplo, hace dos meses algún loco manipuló la planta de energía del templo de Thessalekia…, uno de los mayores.

Naturalmente, voló cinco manzanas de casas. Fue considerado como una venganza divina por todo el mundo, incluyendo a los sacerdotes.

Lo recuerdo. Los periódicos dieron una versión resumida del suceso en aquel momento. No veo adónde quiere ir usted a parar.

Entonces, escuche — dijo Bort, ásperamente—. El clero forma una jerarquía en cuyo vértice está el rey, que está considerado como una especie de dios menor. Es un monarca absoluto por derecho divino, y el pueblo lo cree, profundamente, y los sacerdotes También. No se puede derrocar a un rey así. ¿Comprende ahora a lo que me refería?

Espere — dijo Walto—. ¿Qué quería decir al afirmar que Hardin ha hecho todo esto? ¿Qué tiene que ver en este asunto?

Bort miró amargamente a su interlocutor.

La Fundación ha alentado asiduamente esta ilusión. Hemos puesto todo nuestro respaldo científico detrás del engaño. No hay festival que el rey no presida rodeado por una aureola radiactiva que ilumina fuertemente todo su cuerpo y se eleva como una corona sobre su cabeza. Cualquiera que lo toque se quema gravemente. Puede moverse de un sitio a otro por el aire en momentos cruciales, supuestamente por inspiración del espíritu divino. Llena el templo con una nacarada luz interna sólo con hacer un gesto.

Estos sencillos trucos que realizamos en beneficio suyo son interminables; pero incluso los sacerdotes creen en ellos, a pesar de llevarlos a cabo personalmente.

¡Malo! — dijo Sermak, mordiéndose el labio.

Lloraría… como la fuente del Parque del Ayuntamiento — dijo Bort, excitado—, al pensar en la oportunidad que hemos ahogado. Imaginemos la situación hace treinta años, cuando Hardin salvó la Fundación de Anacreonte… En aquel tiempo, los habitantes de Anacreonte no se daban cuenta de que el imperio estaba desintegrándose. Habían solucionado más o menos sus propios asuntos desde la revuelta zeoniana, pero incluso después de que se cortaran las comunicaciones y el pirata del abuelo de Leopold se erigiera en rey, siguieron sin darse cuenta de que el imperio estaba destrozado.

» Si el emperador hubiera tenido suficiente nervio para intentarlo, habría podido recuperarlo con dos cruceros y la ayuda de la revuelta interna que ciertamente hubiera surgido. Y nosotros, nosotros hubiéramos podido hacer lo mismo; pero no, Hardin estableció la adoración al monarca. Personalmente, no lo entiendo. ¿Por qué ? ¿Por qué ?

¿Por qué ?

¿Qué hace Verisof? — preguntó Jaim Orsy, súbitamente—. Hubo un día en que fue un activista distinguido. ¿Qué está haciendo allí? ¿Está ciego, También?

No lo sé — dijo concisamente Bort—. Es su supremo sacerdote. Por lo que sé, no hace nada aparte de aconsejar al clero sobre los detalles técnicos. ¡Un títere, maldito sea, un títere!

Hubo un silencio en la estancia y todos los ojos se volvieron a Sermak. El dirigente del nuevo partido se mordía furiosamente una uña, y entonces dijo en alta voz:

Nada bueno. ¡Es asqueroso! — Miró a su alrededor, y añadió con más energía—: ¿Es que Hardin puede ser tan tonto?

Así parece — gruñó Bort.

¡Imposible! Aquí hay algún error. Se requeriría una estupidez colosal para cortar nuestro propio cuello tan cuidadosamente y sin esperanzas. Es más de la que Hardin podría tener, aunque fuera un tonto, lo cual dudo. Por un lado, establecer una religión que descarta toda posibilidad de problemas internos. Por otro, suministra a Anacreonte todas las armas de la guerra. No lo comprendo.

La cuestión es un poco oscura, lo admito — dijo Bort—, o los hechos están ahí.

¿Qué otra cosa podemos pensar?

Walto dijo, espasmódicamente:

Alta traición. Está a su servicio.

Pero Sermak movió la cabeza con impaciencia.

Tampoco estoy de acuerdo con esto. Todo el asunto es absurdo e incomprensible… Dígame, Bort, ¿ha oído algo acerca del crucero de batalla que la Fundación va a poner a punto para la flota de Anacreonte?

¿Un crucero de batalla?

Un viejo crucero imperial…

No, no he oído nada. Pero eso no significa gran cosa. Los terrenos de la flota son santuarios religiosos completamente inviolables por parte del público en general.

Nadie sabe nada de la flota.

Bueno, es lo que dicen los rumores. Miembros del partido han elevado el asunto al Consejo. Hardin no lo ha negado nunca, ya lo sabe. Su portavoz denunci ó rumores sin fundamentos y nada más. Puede ser significativo.

Es sólo una pieza entre muchas — dijo Bort—. De ser cierto, está completamente loco. Pero no sería peor que el resto.

Supongo — dijo Orsy— que Hardin no oculta ningún arma secreta. Esto podría…

Sí — dijo Sermak—, una enorme caja de sorpresas de la que saldría un muñeco en el momento psicológico y asustaría al viejo Wienis. La Fundación podría borrar su propia existencia y ahorrarse la lenta agonía si tiene que depender de algún arma secreta.

Bueno — dijo Orsy, cambiando apresuradamente de tema—, la cuestión se reduce a esto: ¿de cuánto tiempo disponemos? ¿Eh, Bort?

Muy bien. Ésta es la cuestión. Pero no me miren a mí; yo no lo sé. La prensa anacreontiana nunca menciona a la Fundación. Ahora mismo, está llena de noticias sobre las próximas celebraciones y nada más. Leopold alcanzará la mayoría de edad dentro de una semana, ya lo saben.

En ese caso disponemos de meses. — Walto sonrió por primera vez en toda la noche—. Esto nos da tiempo…

¿Cómo que nos da tiempo? — estalló Bort, impacientemente—. Les digo que el rey es un dios. ¿Suponen que tiene que llevar a cabo una campaña de propaganda para que su pueblo adquiera un espíritu bélico? ¿Suponen que tiene que acusarnos de agresión y presionar todos los recursos del sentimentalismo barato? Cuando llegue el momento de atacar, Leopold dará la orden y el pueblo luchará. Sólo eso. Ése es el inconveniente del sistema: no se discute con un dios. Por lo que sé, podría dar la orden mañana mismo.

Todos trataron de hablar a la vez y Sermak dio una palmada en la mesa pidiendo silencio, cuando se abrió la puerta principal y entró Levi Norast. Subió las escaleras de dos en dos, con el abrigo puesto y derramando nieve.

¡Miren esto! — gritó, lanzando un frío periódico cubierto de copos de nieve sobre la mesa—. Los visores tampoco hablan de otra cosa.

El periódico no estaba doblado, y cinco cabezas se inclinaron sobre él.

Sermak dijo, con voz ronca:

¡Gran Espacio, va a Anacreonte! ¡Va a Anacreonte!

Es una traición — chilló Tarki, con súbita excitación— Que me maten si Walto no tiene razón. Nos ha vendido, ahora va a recoger su paga.

Sermak se había puesto en pie.

Ahora no tenemos alternativa. Mañana solicitaré al Consejo que Hardin sea acusado de alta traición. Y si esto falla…

5

La nieve había cesado, pero había formado una gruesa alfombra por las calles y los pesados vehículos terrestres avanzaban a través de las calles desiertas con penoso esfuerzo. La lúgubre luz gris del incipiente amanecer no sólo era fría en el sentido poético, sino También de una forma muy literal… e incluso en el entonces turbulento estado de la política de la Fundación, nadie, ni activistas ni pro– Hardin hallaron su espíritu suficientemente ardiente para empezar tan temprano la actividad callejera.

A Yohan Lee no le gustaba aquello y sus gruñidos se hicieron audibles.

Caerá mal, Hardin. Dirán que se escurre.

Que lo digan si quieren. Yo he de ir a Anacreonte y quiero hacerlo sin problemas.

Ya es suficiente, Lee.

Hardin se recostó en el mullido asiento y tembló ligeramente. No hacía frío dentro del coche acondicionado, pero había algo frígido en un mundo cubierto de nieve, incluso a través del cristal, que le molestó.

Dijo, reflexionando:

Algún día, cuando estemos en condiciones, hemos de climatizar Términus. Se podría hacer.

A mí — repuso Lee— me gustaría que se hicieran otras cosas primero. Por ejemplo, ¿qué hay de climatizar a Sermak? Una bonita y seca celda a veinticinco grados centígrados durante todo el año sería ideal.

Y entonces yo necesitaría realmente guardaespaldas — dijo Hardin— y no sólo esos dos. — Señaló a dos de los gorilas de Lee, sentados delante con el chofer, con su mirada dura fija en las calles vacías, y las manos sobre sus armas atómicas—.

Evidentemente quiere incitar una guerra civil.

¿Yo? Hay otras ascuas en el fuego y no necesita mucho para inflamarse, se lo aseguro. — Empezó a contar con sus dedos—. Uno: Sermak provocó un escándalo ayer en el Consejo Municipal al pedir que lo procesaran por alta traición.

Estaba en su pleno derecho de hacerlo — respondió Hardin, fríamente—.

Además de lo cual, su moción fue derrotada por 206 a 184.

Exactamente. Una mayoría de veintidós cuando habíamos contado con sesenta como mínimo. No lo niegue; sabe que es así.

Más o menos — admitió Hardin.

Muy bien. Y dos: después de la votación, los cincuenta y nueve miembros del partido activista se levantaron y salieron de la Cámara del Consejo.

Hardin guardó silencio y Lee prosiguió :

Y tres: antes de irse, Sermak declaró que usted era un traidor, que iba a Anacreonte para recoger sus treinta piezas de plata, que la mayoría de la Cámara, al negarse a votar el proceso, había participado en la traición, y que el nombre de su partido no era « activista» por nada. ¿A qué le suena eso?

Problemas, supongo.

Y ahora se escabulle al amanecer, como un criminal. Tendría que enfrentarse con ellos, Hardin… y si tiene que hacerlo, ¡declare la ley marcial, por el Espacio!

La violencia es el último recurso…

— … Del incompetente. ¡Cuernos!

Muy bien. Ya lo veremos. Ahora escúcheme atentamente, Lee. Hace treinta años, se abrió la Bóveda del Tiempo, y en el quincuagésimo aniversario del inicio de la Fundación apareció una grabación de Hari Seldon para darnos la primera idea de lo que realmente sucedía.

Lo recuerdo. — Lee asintió ensimismado, con una media sonrisa—. Fue el día en que nos hicimos cargo del gobierno.

Así es. Fue nuestra primera crisis grave. Ésta es la segunda…, y dentro de tres semanas será el octogésimo aniversario del principio de la Fundación. ¿No le parece muy significativo?

¿Quiere decir que volverá ?

No he terminado. Seldon nunca dijo nada de volver, compréndalo, pero esto es una pieza de todo su plan. Siempre ha hecho todo lo posible para impedir que conozcamos los acontecimientos por adelantado. Tampoco se puede decir si la cerradura de radio está preparada para abrirse de nuevo…, probablemente esté preparada para destruir la Bóveda si intentáramos abrirla. Voy allí todos los aniversarios después de la primera aparición, por si acaso. No ha aparecido nunca, pero ésta es la primera vez desde entonces en que realmente hay crisis.

Entonces, vendrá.

Quizá. No lo sé. Sin embargo, ésta es la cuestión: la sesión de hoy del Consejo, inmediatamente después de anunciar que me he ido a Anacreonte, anunciará, de forma oficial, que el próximo 14 de marzo habrá otra grabación de Hari Seldon, con un mensaje de la mayor importancia acerca de la reciente crisis satisfactoriamente resuelta. Es muy importante, Lee. No añada nada más, aunque le atosiguen a preguntas.

Lee le miró fijamente.

¿Se lo creerá n?

Eso no importa. Les confundirá, que es lo único que quiero. Preguntándose si es verdad o no, y lo que yo me propongo conseguir con ello si no lo es… decidirán posponer la acción hasta después del 14 de marzo. Yo habré regresado mucho antes.

Lee pareció indeciso.

Pero eso de « satisfactoriamente resuelta» … ¡Es una mentira!

Una mentira extremadamente turbadora. ¡Ya estamos en el espaciopuerto!

La nave espacial se destacaba sombríamente en la oscuridad. Hardin atravesó la nieve en dirección a ella, y en la puerta de entrada se volvió con la mano extendida.

Adió s, Lee. Lamento muchísimo tener que dejarle en ésta sartén en aceite hirviendo, pero no confío en ninguna otra persona. Por favor, no se acerque demasiado al fuego.

No se preocupe. La sartén está bastante caliente. Cumpliré sus órdenes. — Retrocedió y la portezuela se cerró.

6

Salvor Hardin no fue directamente al planeta Anacreonte, el cual había dado nombre al reino. No llegó hasta el día antes de la coronación, tras haber hecho rápidas visitas a ocho de los mayores sistemas estelares del reino, no deteniéndose más que el tiempo justo para conferenciar con los representantes locales de la Fundación.

El viaje le produjo la opresiva impresión de la enormidad del reino. Era una pequeña astilla, una insignificante manchita comparado con las extensiones inconcebibles del imperio galáctico, del cual había formado una parte tan distinguida; pero para alguien cuyos hábitos mentales han sido construidos alrededor de un solo planeta, que además está escasamente poblado, el tamaño y la población de Anacreonte eran impresionantes.

Siguiendo cerradamente los lindes de la antigua Prefectura de Anacreonte, abarcaba veinticinco sistemas estelares, seis de los cuales incluían más de un mundo habitable. La población de diecinueve billones, aunque aún muy inferior a la del apogeo del imperio, crecía rápidamente con el desarrollo científico cada vez mayor alentado por la Fundación.

Y sólo entonces Hardin se sintió aterrado ante la magnitud de esa tarea. En treinta años, sólo el mundo principal había sido dotado de energía. Las provincias exteriores aún incluían inmensas extensiones en que la energía atómica no había sido reintroducida.

Incluso el progreso realizado habría sido imposible de no ser por las reliquias aún en funcionamiento que había abandonado la marea creciente del imperio.

Cuando Hardin llegó al mundo capital, encontró todos los negocios habituales en absoluta paralización. En las provincias exteriores aún había celebraciones; pero en el planeta Anacreonte ni una sola persona dejaba de tomar parte febril en las fastuosas ceremonias religiosas que anunciaban la mayoría de edad de su dios– rey, Leopold.

Hardin sólo pudo charlar media hora con un ojeroso y presuroso Verisof antes de que su embajador tuviera que irse a supervisar otro festival en el templo. Pero la media hora fue de lo más provechosa, y Hardin se preparó, muy satisfecho, para los fuegos artificiales de la noche.

En todo esto actuó como observador, pues no tenía estómago para las tareas religiosas en que indudablemente tendría que tomar parte si se conocía su identidad. De modo que, cuando la sala de baile del palacio se llenó con una reluciente horda de la nobleza más alta y distinguida del reino, se encontró pegado a la pared, casi inadvertido o totalmente ignorado.

Había sido presentado a Leopold como uno más de una larga lista de invitados, y a una distancia prudencial, pues el rey permanecía apartado en solitaria e impresionante grandeza, rodeado por su mortal aureola de radiactividad. Y antes de una hora, ese mismo rey tomaría asiento en el macizo trono de rodio– iridio, con incrustaciones de oro, y luego el trono y él se elevarían majestuosamente en el aire, rozando las cabezas de la multitud para llegar a la gran ventana desde la que el pueblo vería a su rey y le aclamaría con frenesí. El trono no hubiera sido tan macizo, naturalmente, si no hubiera tenido que albergar un motor atómico.

Eran más de las once. Hardin se impacientó y se puso de puntillas para ver mejor.

Resistió la tentación de subirse a la silla. Y entonces vio que Wienis se abría paso entre la multitud en dirección hacia él y se tranquilizó.

El avance de Wienis era lento. Casi a cada paso tenía que cruzar una frase amable con algún reverenciado noble cuyo abuelo había ayudado al abuelo de Leopold a apoderarse del reino y a cambio de lo cual había recibido un ducado.

Y luego se libró del último par uniformado y alcanzó a Hardin. Su sonrisa se transformó en una mueca y sus ojos negros le miraron fijamente por debajo de las enmarañadas cejas con brillo de satisfacción.

Mi querido Hardin – dijo, en voz baja—, debe usted de aburrirse mucho, pero como no ha revelado su identidad…

No me aburro, alteza. Todo esto es extremadamente interesante. En Términus no tenemos espectáculos comparables, como usted sabe.

Sin duda. Pero ¿le importaría ir a mis aposentos privados, donde podremos hablar largo y tendido y con mucha más intimidad?

Desde luego que no.

Cogidos del brazo, los dos subieron las escaleras, y más de una duquesa viuda alzó sus impertinentes con sorpresa, preguntándose quién sería aquel desconocido insignificantemente vestido y de aspecto poco interesante al que el príncipe regente confería un honor tan señalado.

En los aposentos de Wienis, Hardin se puso a sus anchas y aceptó una copa de licor servida por la propia mano del regente con un murmullo de gratitud.

Vino de Locris, Hardin — dijo Wienis—, de las bodegas reales. Tiene dos siglos de antigüedad. Es de la cosecha de diez años antes de la rebelión zeoniana.

Una bebida verdaderamente real — convino Hardin, cortésmente—. Por Leopold I, rey de Anacreonte.

Bebieron, y Wienis añadió blandamente, en una pausa:

Y pronto emperador de la Periferia, y más adelante, ¿quién sabe? Es posible que algún día la Galaxia pueda volver a unirse.

Indudablemente; ¿gracias a Anacreonte?

¿Por qué no? Con la ayuda de la Fundación, nuestra superioridad científica sobre el resto de la Periferia sería incuestionable.

Hardin dejó su copa vacía y dijo:

Bueno, sí, excepto que, naturalmente, la Fundación debe ayudar a cualquier nación que solicite su ayuda científica. Debido al alto idealismo de nuestro gobierno y el propósito grandemente moral de nuestro fundador, Hari Seldon, no podemos tener favoritismos. Es algo que no se puede evitar, alteza.

La sonrisa de Wienis se ensanchó.

El Espíritu Galáctico, para usar la expresión popular, ayuda a los que se ayudan a sí mismos. Comprendo perfectamente que la Fundación, abandonada a sí misma, nunca cooperaría.

Yo no diría eso. Hemos reparado el crucero imperial para ustedes, aunque mi junta de navegación lo deseaba para fines de investigación.

El regente repitió irónicamente las últimas palabras.

¡Fines de investigación! ¡Sí! No lo hubiera reparado yo no le hubiera amenazado con la guerra.

Hardin hizo un gesto de desaprobación.

No lo sé.

Yo sí. Y esta amenaza sigue en pie.

¿Incluso ahora?

Ahora es un poco demasiado tarde para hablar de amenazas. — Wienis había lanzado una rápida mirada al reloj de su escritorio—. Mire, Hardin, usted ya ha estado una vez en Anacreonte. Entonces era joven; los dos éramos jóvenes. Pero incluso entonces teníamos formas complemente distintas de considerar las cosas. Usted es lo que llaman un hombre de paz, ¿verdad?

Supongo que sí. Por lo menos, considero que la violencia es una forma antieconómica de obtener un fin. Siempre hay caminos mejores, aunque a veces no sean tan directos.

Sí. Ya he oído su lema: «La violencia es el último recurso del incompetente.» Y sin embargo — el regente se rascó suavemente una oreja con fingida abstracción—, yo no me considero exactamente un incompetente.

Hardin asintió cortésmente y no dijo nada.

Y a pesar de esto — continuó Wienis—, siempre he sido partidario de la acción directa. He creído en abrir un camino recto hacia mi objetivo, y seguirlo después. He logrado muchas cosas de este modo, y espero conseguir mucho m á s.

Lo sé — interrumpió Hardin—. Creo que está usted abriendo un camino tal como lo describe, para usted y sus hijos, que lleva directamente al trono, considerando la reciente muerte del padre del rey, su hermano mayor, y el precario estado de salud del rey. Está en precario estado de salud, ¿verdad?

Wienis frunció el ceño ante el ataque, y su voz se endureció.

Le aconsejo, Hardin, que evite ciertos temas. Debe usted considerarse privilegiado como alcalde de Términus para hacer…, uh…, observaciones imprudentes, pero si lo hace, por favor, no se engañe en el concepto. No soy persona que se asusta con palabras. Mi filosofía de la vida es que las dificultades desaparecen cuando se les hace frente con intrepidez, y hasta ahora nunca he dado la espalda a ninguna.

No lo dudo. ¿A qué dificultad en particular rehúsa dar la espalda en este momento?

A la dificultad, Hardin, de persuadir a la Fundación para que coopere. Su política de paz, como usted sabe, le ha llevado a realizar equivocaciones muy graves, simplemente porque ha subestimado la intrepidez de su adversario. No todo el mundo teme tanto la acción directa como usted.

¿Por ejemplo? — sugirió Hardin.

Por ejemplo, ha venido a Anacreonte solo y me ha acompañado a mis aposentos solo.

Hardin miró a su alrededor.

¿Y qué tiene eso de malo?

Nada — dijo el regente—, excepto que fuera de esta habitación hay cinco guardias, bien armados y dispuestos hacer fuego. No creo que pueda irse, Hardin.

El alcalde enarcó las cejas.

No tengo deseos inmediatos de irme. ¿Tanto me teme, entonces?

No le temo en absoluto. Pero esto puede servir para impresionarle con mi decisión. ¿Podemos llamarle un gesto?

Llámelo como quiera — dijo Hardin, con indiferencia—. No me incomodaré por el incidente, como quiera que lo llame.

Estoy seguro de que esta actitud cambiará con el tiempo. Pero ha cometido otro error, Hardin, uno grave. Parece ser que el planeta Términus está casi completamente indefenso.

Naturalmente. ¿Qué tenemos que temer? No anhelos intereses de nadie y servimos a todos por igual.

Y mientras permanece indefenso — continuó Wienis—, usted nos ayuda amablemente a armarnos, sobre todo en el desarrollo de nuestra propia flota, una gran flota. De hecho, una flota que, desde su donación del crucero imperial, es completamente irresistible.

Alteza, está perdiendo el tiempo. — Hardin hizo un ademán como si fuera a levantarse—. Si lo que pretende es declararnos la guerra, y me está informando de ese hecho, me permitirá que me comunique inmediatamente con mi gobierno.

Siéntese, Hardin. No le estoy declarando la guerra, y usted no va a comunicarse con su gobierno. Cuando la guerra sea iniciada, no declarada, Hardin, iniciada, la Fundación será informada de ello a su debido tiempo por las explosiones atómicas de la flota anacreontiana bajo el mando de mi propio hijo, que irá en el buque insignia Wienis, antiguo crucero de la flota imperial.

Hardin frunció el ceño.

¿Cuándo ocurrirá todo esto?

Si realmente le interesa, las naves de la flota hace cincuenta minutos justos que han salido de Anacreonte, a las once, y el primer disparo se hará en cuanto avisten Términus, que será mañana al mediodía. Usted puede considerarse prisionero de guerra.

Así es exactamente como me considero, alteza — dijo Hardin, sin desarrugar el ceño—. Pero estoy decepcionado.

Wienis sonrió despectivamente.

¿Es eso todo?

Sí. Yo había creído que el momento de la coronación, a medianoche, ya sabe, sería el momento lógico para que zarpara la flota. Evidentemente, usted quería empezar la guerra mientras aún era regente. Hubiera sido más dramático del otro modo.

El regente le miró fijamente.

Por el Espacio, ¿de qué está usted hablando?

¿No lo entiende? — dijo Hardin, suavemente—. Yo había dispuesto mi contraataque para medianoche.

Wienis se levantó de su silla.

Está fanfarroneando. No hay ningún contraataque. Si confía en el apoyo de otros reinos, olvídelos. Sus flotas combinadas no pueden vencer a la nuestra.

Ya lo sé. No pretendo disparar un solo tiro. Es sencillamente que, hace una semana, se dio la consigna de que a medianoche de hoy el planeta Anacreonte entraría en interdicto.

¿En interdicto?

Sí. Si no lo comprende, puedo explicarle que todos los sacerdotes de Anacreonte van a declararse en huelga, a menos que yo dé la contraorden. Pero no puedo hacerlo mientras esté incomunicado; ¡ni lo haría, aunque no lo estuviera! — Se inclinó hacia adelante, y añadió, con súbita animación—: ¿Se da cuenta, alteza, de que un ataque a la Fundación no es nada menos que un sacrilegio de la mayor magnitud?

Wienis luchaba visiblemente por recobrar el control de sí mismo.

Déjese de cuentos, Hardin. Resérveselos para el pueblo.

Mi querido Wienis, ¿para quién cree que me reservo? Me imagino que durante la última media hora todos los templos de Anacreonte han sido el centro de una gran multitud que escucha a un sacerdote que les habla de este mismo tema. No hay ni un solo hombre ni una mujer en Anacreonte que no sepa que su gobierno ha lanzado un infame ataque no provocado contra el centro de su religión. Pero ahora sólo faltan cuatro minutos para medianoche. Será mejor que vaya a la sala de baile y observe los acontecimientos. Yo estaré aquí a salvo, con cinco guardias detrás de la puerta. — Se recostó en su silla, se sirvió otra copa de vino de Locris, y miró hacia el techo con perfecta indiferencia.

Wienis atronó la atmósfera con un juramento ahogado y salió apresuradamente de la habitación.

Sobre la elite que llenaba la sala de baile cayó un profundo silencio cuando se abrió un ancho camino que conducía al trono. Leopold estaba sentado en él, con los brazos cruzados, la cabeza alta, y el rostro impasible. Los enormes candelabros habían sido apagados y en la amortiguada luz multicolor de las diminutas bombillas de Átomo que adornaban como lentejuelas el techo abovedado, la aureola real se destacaba brillantemente, elevándose sobre su cabeza para formar una corona llameante.

Wienis se detuvo en las escaleras. Nadie le vio; todos los ojos estaban fijos en el trono. Apretó los puños y permaneció donde se encontraba; Hardin no le obligaría a hacer tonterías por medio de fanfarronadas.

Y entonces el trono se movió. Se elevó en silencio y avanzó. Fuera del estrado, bajó lentamente los escalones, y después, a quince centímetros sobre el suelo, avanzó en horizontal hacia la enorme ventana abierta.

AI sonar la profunda campana que daba la medianoche, se detuvo frente a la ventana… y la aureola del rey se desvaneció.

Durante un segundo de estupefacción, el rey no se movió, con el rostro torcido por la sorpresa, sin aureola, meramente humano; y entonces el trono vaciló y bajó los quince centímetros que lo separaban del suelo, estrellándose con un golpe sordo, justo cuando todas las luces del palacio se apagaban.

A través de la bulliciosa oscuridad y confusión, se oyó la atronadora voz de Wienis:

¡Las antorchas! ¡Las antorchas!

Dando codazos a derecha e izquierda, se abrió paso entre la multitud y llegó a la puerta. Desde fuera, los guardias del palacio se habían internado en la oscuridad.

Las antorchas llegaron de algún modo a la sala de baile; las antorchas que debían utilizarse en la gigantesca procesión de antorchas a través de las calles de la ciudad después de la coronación.

De nuevo en el salón de baile, los guardias pululaban con antorchas… azules, verdes y rojas; y las extrañas luces iluminaban rostros asustados y confusos.

No hay daños — gritó Wienis—. Manténganse en sus puesto. La electricidad volverá dentro de un momento.

Se volvió hacia el capitán de la guardia, que esperaba atentamente a su lado.

¿Qué ocurre, capitán?

Alteza — fue la instantánea respuesta—, el palacio está rodeado por la gente de la ciudad.

¿Qué quieren? — gruñó Wienis.

Hay un sacerdote a la cabeza. Ha sido identificado como el supremo sacerdote Poly Verisof. Reclama la inmediata libertad del alcalde Salvor Hardin y el cese de la guerra contra la Fundación. — El informe fue hecho con el tono inexpresivo de un oficial, pero sus ojos se desviaban incómodos.

Wienis gritó :

Si cualquiera de ellos intenta pasar las puertas del palacio, dispárele a matar.

Por el momento, nada más. ¡Déjelos gritar! Mañana pasaremos cuentas.

Las antorchas habían sido distribuidas, y la sala de baile volvía a estar iluminada.

Wienis corrió hacia el trono; aún junto a la ventana, y ayudó a levantar al asustado Leopold pálido como la cera.

Ven conmigo. — Lanzó una mirada por la ventana. La ciudad estaba completamente a oscuras. Desde abajo llegaban los roncos y confusos gritos de la muchedumbre. Sólo hacia la derecha, donde estaba el templo Argólida, había iluminación. Juró irritadamente y arrastró al rey lejos de allí.

Wienis entró como una tromba en su habitación, con los cinco guardias tras los talones. Leopold le siguió, con los ojos desorbitados, enmudecido por el susto.

Hardin — dijo Wienis, vivamente—, está jugando con fuerzas demasiado grandes para usted.

El alcalde ignoró al regente. Permaneció tranquilamente sentado a la luz nacarada de la bombilla de Átomo de bolsillo que tenía al lado, con una sonrisa irónica en su rostro.

Buenos días, majestad — dijo a Leopold—. Le felicito por su coronación.

Hardin — gritó Wienis de nuevo—, ordene a sus sacerdotes que regresen a sus quehaceres.

Hardin levantó fríamente la vista.

Ordéneselo usted mismo, Wienis, y averigüe quién está jugando con fuerzas demasiado grandes. En este momento, no gira ni una sola rueda en Anacreonte. No hay ni una sola luz, excepto en los templos. En la mitad invernal del planeta no hay ni una sola caloría de calefacción, excepto en los templos. No hay una sola gota de agua corriente, excepto en los templos. Los hospitales no aceptan a más pacientes. Las plantas de energía están paradas. Todas las naves están posadas en el suelo. Si no le gusta, Wienis, usted mismo puede ordenar a los sacerdotes que vuelvan a sus quehaceres. Yo no quiero.

Por el Espacio, Hardin, lo haré. Si ha de ser una demostración, lo será. Veremos si sus sacerdotes pueden enfrentarse con el ejército. Esta noche, todos los templos del planeta estarán bajo supervisión del ejército.

Muy bien, pero ¿cómo va a dar las órdenes? Todas las líneas de comunicación del planeta están interrumpidas. Descubrirá que la radio no funciona, la televisión no funciona y las ultraondas no funcionan. De hecho, el único medio de comunicación del planeta que funcionaría, fuera de los templos, naturalmente, es el televisor de esta misma habitación, y yo lo he arreglado para que sirva únicamente de receptor.

Wienis luchó inútilmente por recobrar el aliento, y Hardin continuó :

Si lo desea, puede ordenar a su ejército que entre en el templo Argólida, a pocos metros del palacio, y utilizar los aparatos de ultraondas para comunicarse con otras partes del planeta. Pero sí lo hace, me temo que el contingente del ejército sea hecho pedazos por la multitud, y entonces, ¿cómo protegerían su palacio, Wienis? ¿Y sus vidas, Wienis?

Wienis dijo, atropelladamente:

Podemos aguantarlos, demonio. Esperaremos a que amanezca. Deje que la multitud grite y la energía siga cortada, pero aguantaremos. Y cuando llegue la noticia de que la Fundación ha sido tomada, su preciosa multitud descubrirá lo vacía que era su religión, y se alejarán de sus sacerdotes y se volverán contra ellos. Le doy hasta mañana al mediodía, Hardin, porque usted puede detener la energía en Anacreonte, pero no puede detener mi flota. — Su voz graznó exultantemente—. Están en camino, Hardin, con el gran crucero que usted mismo ordenó reparar, a la cabeza.

Hardin repuso con ligereza:

Sí, el crucero que yo mismo ordené reparar…, pero a mi manera. Dígame, Wienis, ¿ha oído hablar de un relevador de ultraondas? No, ya veo que no. Bueno, dentro de unos dos minutos descubrirá lo que uno de ellos puede hacer.

Conectó la televisión mientras hablaba, y se corrigió :

No, dentro de dos segundos. Siéntese, Wienis, y escuche.

7

Theo Aporat uno de los sacerdotes de Anacreonte de más alta categoría. Sólo desde el punto de vista de la jerarquía, merecía su nombramiento como sacerdote jefe de la nave insignia Wienis.

Pero no sólo tenía rango o prioridad. Conocía la nave. Había trabajado directamente bajo los sagrados hombres de la misma Fundación en la reparación de la nave. Había arreglado los motores bajo sus órdenes. Había vuelto a montar los circuitos de los visores; había reinstalado las comunicaciones; había blindado el casco abollado y reforzado las cuadernas. Incluso se le había permitido ayudar mientras los hombres sabios de la Fundación instalaban un dispositivo tan sagrado que nunca había sido colocado en ningún otro buque, siendo reservado para aquel magnífico y colosal crucero… el relevador de ultraondas.

No era extraño que le dolieran los propósitos para los que el glorioso buque estaba destinado. Nunca había querido creer lo que Verisof le dijo… que la nave iba a ser empleada contra la gran Fundación. Dirigida contra aquella Fundación donde había estudiado en su juventud y de la cual procedía toda bondad.

Pero ahora ya no podía seguir dudando, después de lo que el almirante le había dicho.

¿Cómo era posible que el rey, bendecido por la divinidad, permitiera aquel acto abominable? ¿No sería, quizá, una acción del maldito regente, Wienis, con total ignorancia del rey? Y el hijo de ese mismo Wienis era el almirante que cinco minutos antes le había dicho:

Atienda a sus almas y bendiciones, sacerdote. Yo atenderé a mi nave.

Aporat sonrió torcidamente. Atendería a sus almas y bendiciones… y También a sus maldiciones; y el príncipe Lefkin se lamentaría bastante pronto.

Acababa de entrar en la habitación general de comunicaciones. Su acólito le precedía y los dos oficiales de servicio no hicieron ademán de interferir. El sacerdote tenía derecho a entrar libremente en todos los lugares de la nave.

Cierre la puerta — ordenó Aporat, y miró el cronómetro. Eran las doce menos cinco. Lo había calculado bien.

Con rápidos movimientos derivados de la práctica, movió las pequeñas palancas que abrían todas las comunicaciones, de modo que todas las partes de la nave, cuya eslora era de tres mil metros, estuvieran al alcance de su voz y su imagen.

¡Soldados del buque insignia real Wienis, prestad atención! ¡Os habla vuestro sacerdote jefe! — Sabía que el sonido de su voz llegaba desde la cámara de lanzamiento de cohetes, a popa, hasta las mesas de navegación de la proa.

» Vuestra nave — gritó — está comprometida en un sacrilegio. ¡Sin conocimiento vuestro, está realizando un acto tal que las almas de todos vosotros serán condenadas al frío eterno del Espacio! ¡Escuchad! La intención de vuestro comandante es conducir esta nave a la Fundación y allí bombardear esa fuente de todas las bendiciones hasta someterla a su voluntad pecaminosa. Y puesto que ésta es su intención, yo, en nombre del Espíritu Galáctico, le retiro su mando, pues no hay mando cuando las bendiciones del Espíritu Galáctico han sido retiradas. Ni siquiera el divino rey puede mantener su reino sin el consentimiento del Espíritu.

Su voz adquirió un tono más profundo, mientras el acólito escuchaba con veneración y los dos soldados con creciente miedo.

Y como esta nave se propone un fin tan diabólico, la bendición del Espíritu También la abandona.

Levantó los brazos con solemnidad, y, ante un millar de televisores en toda la nave, los soldados se acobardaron cuando la augusta imagen de su sacerdote jefe dijo:

En nombre del Espíritu Galáctico, de su profeta, Hari Seldon, y de sus intérpretes, los sagrados hombres de la Fundación, maldigo esta nave. Que los televisores de esta nave, que son sus ojos, queden ciegos. Que las garras, que son sus brazos, se paralicen. Que los cohetes atómicos, que son sus puños, pierdan su fuerza.

Que los motores, que son su corazón, dejen de latir. Que las comunicaciones, que son su voz, enmudezcan. Que su ventilación, que es su aliento, cese. Que sus luces, que son su alma, se desvanezcan. En nombre del Espíritu Galáctico, así maldigo a esta nave.

Y con su última palabra, al dar la medianoche, una mano, a años luz de distancia en el templo Argólida, abrió un relevador de ultraondas que, a la velocidad instantánea de las ultraondas, abrió otro en el buque insignia Wienis.

¡Y la nave murió !

Pues la principal característica de la religión de la ciencia es que actúa, y que las maldiciones como las de Aporat son mortalmente reales.

Aporat vio la oscuridad adueñarse de la nave y oyó el súbito cese del suave y distante runruneo de los motores hiperatómicos. Se regocijó y extrajo del bolsillo de su larga túnica una bombilla Átomo que llenó la estancia de una luz nacarada.

Contempló a los dos soldados que, aunque indudablemente eran hombres valientes, se retorcían de rodillas en último extremo de un terror mortal.

Salve nuestras almas, reverencia. Somos pobres hombres, ignorantes de los crímenes de nuestros dirigentes — lloriqueó uno de ellos.

Seguidme — dijo Aporat, severamente—. Vuestra alma no está perdida.

La nave era un torbellino de oscuridad en la que el temor era tan grande y palpable que olía a miasmas. Los soldados se apiñaban alrededor de Aporat y su círculo de luz, luchando por tocar el borde de su túnica, implorando la más insignificante migaja de misericordia.

Y su respuesta era siempre la misma:

¡Seguidme!

Encontró al príncipe Lefkin abriéndose paso por la sala de oficiales, lanzando juramentos en voz alta por la falta luz. El almirante contempló al sacerdote jefe con ojos de odio.

¡Aquí está usted! — Lefkin había heredado los ojos azules de su madre, pero la nariz aguileña y el ojo bizco le señalaban como el hijo de Wienis—. ¿Qué significan sus traidoras acciones? Devuelva la energía a la nave. Yo soy comandante aquí.

Ya no — dijo Aporat, sombríamente.

Lefkin miró a su alrededor, desesperado. Ordenó :

Detengan a este hombre. Arréstenlo, o por el Espacio, enviaré al vacío a todos los que me están oyendo. — Hizo una pausa y después chilló — : Es vuestro almirante quien lo ordena. Arréstenlo.

Después, como si hubiera perdido completamente la cabeza:

¿Están dejándose tomar el pelo por este charlatán, este arlequín? ¿Os vais a rebajar ante una religión compuesta de nubes y rayos de luna? Este hombre es un impostor y el Espíritu Galáctico del que habla es un fraude de la imaginación destinada a… Aporat le interrumpió furiosamente:

Apresad al blasfemo. Le está is escuchando con peligro para vuestras almas.

Y de pronto, el noble almirante se vio dominado por las manos de una veintena de soldados.

Llevadle con vosotros y seguidme.

Aporat dio media vuelta, y mientras arrastraban a Lefkin detrás de él, volvió a la sala de comunicaciones, por los pasillos repletos de soldados. Allí, ordenó al ex comandante que se colocara ante el único televisor que funcionaba.

Ordene al resto de la flota que detenga su avance y se prepare para volver a Anacreonte.

El desgreñado Lefkin, sangrando, magullado y medio aturdido, as í lo hizo.

Y ahora — continuó Aporat ceñudamente— estamos en contacto con Anacreonte por el rayo de ultraondas. Repica lo que yo le diga.

Lefkin hizo un gesto negativo, y la multitud de la sala y la que llenaba el pasillo gruñó amenazadora.

¡Repita! — dijo Aporat—. Empiece: La flota anacreontiana… Lefkin empezó.

8

En los aposentos de Wienis reinaba un silencio absoluto cuando la imagen del príncipe Lefkin apareció en el televisor. El regente lanzó una exclamación de asombro al ver el rostro desencajado de su hijo y su uniforme hecho trizas, y después se dejó caer en una silla, con la cara contorsionada por la sorpresa y la aprensión.

Hardin escuchó estoicamente, con las manos asidas ligeramente en el regazo, mientras el recién coronado rey Leopold, sentado y encogido en el rincón más oscuro, se mordía espasmódicamente la manga cubierta de galones. Incluso los soldados habían perdido la mirada impasible que es prerrogativa de los militares, y desde donde se hallaban formados junto a la puerta, con las pistolas atómicas preparadas, escuchaban furtivamente la figura del televisor.

Lefkin habló, de mala gana, con una voz cansada que interrumpía a intervalos como si le apremiaran… y no amablemente:

La flota anacreontiana…, consciente de la naturaleza de su misión… y negándose a tomar parte… en este abominable sacrilegio… regresa a Anacreonte… con el siguiente ultimátum dirigido a… los pecadores blasfemos… que han osado utilizar la fuerza profana… contra Fundación… fuente de todas las bendiciones… y contra el Espíritu Galáctico. Que cese inmediatamente la guerra contra… la verdadera fe… y que se garantice a la flota… representada por nuestro… sacerdote jefe, Theo Aporat…, que dicha guerra no volverá a intentarse… en el futuro, y que — aquí una larga pausa, y después continuó —: y que el antiguo príncipe regente, Wienis… sea apresado… juzgado ante un tribunal eclesiástico… por sus crímenes. De otro modo, la flota real… al volver a Anacreonte… destruirá el palacio con sus cohetes… y tomará todas las medidas… que sean necesarias… para destrozar la organización de pecadores… y el antro de destructores… de almas humanas que ahora prevalece.

La voz concluyó con una especie de sollozo y la pantalla quedó en blanco.

Los dedos de Hardin pasaron rápidamente sobre la bombilla de Átomo y su luz se desvaneció hasta que, en la oscuridad, el hasta entonces regente, el rey, y los soldados fueron sombras confusas; y por primera vez pudo verse que una aureola envolvía a Hardin.

No era la brillante luz que constituía la prerrogativa de los reyes, sino una menos espectacular, menos impresionante, pero más efectiva a su manera, y más útil.

La voz de Hardin fue suavemente irónica al dirigirse al mismo Wienis que una hora antes le había declarado prisionero de guerra y a Términus a punto de ser destruido, que ahora era una sombra confusa, rota y silenciosa.

Hay una vieja fá bula — dijo Hardin—, quizá tan vieja como la humanidad, pues las grabaciones que la contienen son tan sólo copias de otras grabaciones aún más antiguas, que puede interesarle. Dice así:

«Érase un caballo que, teniendo por enemigo a un poderoso y peligroso lobo, vivía en constante temor por su vida. Llegó a estar tan desesperado que se le ocurrió buscarse un aliado poderoso. Por tanto, se acercó a un hombre y le ofreció una alianza, indicando que el lobo era asimismo enemigo de los humanos. El hombre aceptó la asociación inmediatamente y se ofreció para matar al lobo si su nuevo socio cooperaba poniendo a disposición del hombre toda su velocidad. El caballo estaba dispuesto, y permitió que el hombre le colocara la silla y el bocado. El hombre montó, persiguió al lobo, y lo mató.

» El caballo, alegre y aliviado, dio las gracias al hombre, y dijo: “Ahora que nuestro enemigo está muerto, quítame la silla y el bocado y devuélveme la libertad”.

» Entonces el hombre se echó a reír a carcajadas y contestó : “Vete al infierno. ¡Al galope!”, y lo espoleó con todas sus fuerzas.

El silencio prosiguió. La sombra que era Wienis no se movió.

Hardin continuó sosegadamente:

Espero que vea la analogía. En su ansiedad por asegurar su dominio total y eterno sobre su propio pueblo, los reyes de los Cuatro Reinos aceptaron la religión de la ciencia que les hacía divinos; y esta misma religión de la ciencia fue su silla y su bocado, pues ponía la sangre vital de la energía atómica en manos del clero… que obedecía nuestras órdenes, téngalo en cuenta, y no las suyas. Mató usted al lobo, pero no pudo desembarazarse del hom…

Wienis se puso en pie de un salto, y en las sombras sus ojos eran como ascuas.

Su voz era espesa, incoherente:

¡Sin embargo, le eliminaré ! ¡Usted no se escapará! ¡Se pudrirá! ¡Que nos disparen! ¡Que disparen a todo! ¡Se pudrirá ! ¡Le eliminaré!

» ¡Soldados! — tronó, histéricamente—. Maten a ese diablo ¡Dispárenle!

¡Dispárenle!

Hardin se volvió en su silla para mirar a los soldados y sonrió. Uno apuntó su pistola atómica y entonces la bajó. Los demás ni siquiera se movieron. Salvor Hardin, alcalde de Términus, rodeado por aquella suave aureola, sonreía con confianza. Ante él todo el poder de Anacreonte se había reducido a cenizas, era demasiado para ellos, a pesar de las órdenes del vociferante maníaco que tenían enfrente.

Wienis profirió un juramento y se dirigió tambaleándose hacia el soldado más cercano. Salvajemente, arrancó pistola atómica de manos del hombre…, apuntó a Hardin, que no se movió, empujó la palanca y apretó el contacto.

El pálido y continuo rayo chocó contra el campo de fuerza que rodeaba al alcalde de Términus y fue absorbido inocuamente, hasta neutralizarse. Wienis apretó con más fuerza y rió desgarradoramente.

Hardin seguía sonriendo, y su campo de fuerza sé iluminó débilmente al absorber las energías de la pistola atómica. Desde su rincón Leopold se cubrió los ojos y gimió.

Y, con un grito de desesperación, Wienis cambió de blanco y disparó de nuevo… y cayó al suelo con la cabeza desintegrada. Hardin parpadeó ante el panorama y murmuró :

Un hombre de « acción directa» hasta el final. ¡El último recurso!

9

La Bóveda del Tiempo estaba llena; hasta sobrepasar la capacidad de asientos disponibles, y los hombres se alineaban al fondo de la habitación, en tres filas.

Salvor Hardin comparó esta gran multitud con los pocos hombres que habían asistido a la primera aparición de Hari Seldon, treinta años antes. Entonces, sólo había habido seis; los cinco viejos enciclopedistas — todos muertos ahora— y él mismo, el joven títere de alcalde. Aquel mismo día, con la ayuda de Yohan Lee, había hecho desaparecer el estigma de « títere» que pesaba sobre su oficina.

Ahora era muy distinto; distinto en todos los aspectos. Todos los componentes del Consejo Municipal estaban aguardando la aparición de Seldon. Él mismo seguía siendo alcalde, pero ahora todopoderoso; y desde la total derrota de Anacreonte, extremadamente popular. Cuando regresó de Anacreonte con la noticia de la muerte de Wienis y el nuevo tratado firmado por el tembloroso Leopold, fue recibido con un voto de confianza de vociferante unanimidad. Cuando éste fue seguido, en rápido orden, por tratados similares firmados con cada uno de los otros tres reinos — tratados que conferían a la Fundación poderes tales como para poder impedir para siempre cualquier ataque parecido al de Anacreonte—, se celebraron procesiones de antorchas en todas las calles de Términus. Ni siquiera el nombre de Hari Seldon había sido tan vitoreado.

Hardin frunció los labios. Tal popularidad También había sido suya después de la primera crisis.

Al otro lado de la habitación, Sef Sermak y Lewis Bort estaban enzarzados en una animada discusión, y los recientes sucesos no habían parecido afectarles en absoluto. Se habían unido al voto de confianza; habían dado conferencias en las que admitieron que estaban equivocados, se disculparon por el uso de ciertas frases en debates anteriores, se disculparon delicadamente declarando que se habían limitado a seguir los dictados de su juicio y su conciencia… e inmediatamente desencadenaron una nueva campaña activista.

Yohan Lee tocó la manga de Hardin y señaló significativamente su reloj.

Hardin alzó la mirada.

¿Qué hay, Lee? ¿Aún está irritado? ¿Qué ocurre ahora?

Tiene que aparecer dentro de cinco minutos, ¿no?

Supongo que sí. La última vez apareció a mediodía.

¿Y si ahora no lo hace?

¿Es que piensa amargarme toda la vida con sus preocupaciones? Si no aparece, no aparecerá.

Lee frunció el ceño y movió lentamente la cabeza.

Si esto fracasa, nos veremos en otro lío. Si Seldon no respalda lo que hemos hecho, Sermak estará en libertad para volver a empezar. Quiere la anexión completa de los Cuatro Reinos, y la expansión inmediata de la Fundación… por la fuerza, si es necesario. Ya ha empezado su campaña.

Lo sé. Un comedor de fuego ha de comer fuego aunque tenga que devorarse a sí mismo. Y usted, Lee, tiene que preocuparse, aunque para esto haya que matarse para inventar algún motivo de preocupación.

Lee hubiera contestado, pero perdió el aliento en aquel mismo instante… cuando las luces se hicieron amarillentas y se apagaron. Alzó un brazo para señalar hacia el cubículo de vidrio que ocupaba la mitad de la habitación y después se desplomó en una silla con un suspiro.

El mismo Hardin se enderezó al ver a la figura que ahora llenaba el cubículo… ¡una figura en una silla de ruedas! Sólo él, entre todos los presentes, recordaba el día, hacía varias décadas, en que la imagen había aparecido por primavera vez. Entonces él era joven, y aquélla, anciana. Desde entonces, la figura no había envejecido ni un solo día, pero él se había hecho viejo.

La imagen dirigió la vista hacia adelante, mientras sus manos sostenían un libro en el regazo.

Dijo:

¡Soy Hari Seldon! — La voz era vieja y suave.

En la habitación reinó un silencio absoluto y Hari Seldon continuó :

Ésta es la segunda vez que estoy aquí. Naturalmente, no sé si alguno de ustedes estuvo aquí la primera vez. De hecho, no tengo forma de saber, por el sentido de la percepción, si hay alguna persona aquí, pero eso no importa. Si la segunda crisis se ha solucionado satisfactoriamente, deben estar aquí; no hay salida posible. Si no están aquí, es que la segunda crisis ha sido demasiado para ustedes.

Sonrió atractivamente.

Sin embargo, lo dudo, pues mis cifras revelan un noventa y ocho con cuatro por ciento de probabilidades de que no hayan desviaciones significativas en el Plan en los primeros ochenta años.

» Según nuestros cálculos, han llegado ahora a la dominación de los reinos bárbaros que rodean la Fundación. Del mismo modo que en la primera crisis emplearon el equilibrio de poder para remontarla, en la segunda han obtenido la dominación mediante el uso del poder espiritual contra el temporal.

» No obstante, debo advertirles para que no sientan una confianza excesiva. No es mi costumbre proporcionarles ningún conocimiento previo en estas grabaciones, pero sería mejor indicarles que lo que ahora han conseguido es simplemente un nuevo equilibrio… aunque en el actual la posición de ustedes es considerablemente mejor. El poder espiritual, aunque es suficiente para protegerse de los ataques del temporal, no es suficiente para atacar a su vez. A causa del invariable crecimiento de las fuerzas contraatacantes, regionalismo o nacionalismo, el poder espiritual no puede prevalecer.

Estoy convencido de que no les digo nada nuevo.

» Deben perdonarme, a propósito de eso, por hablarles de forma tan vaga. Los términos que empleo son, en el mejor de los casos, meras aproximaciones, pero ninguno de ustedes está calificado para comprender la verdadera simbología de la psicohistoria, y por lo tanto yo debo hacer lo mejor que pueda.

» En este caso, la Fundación sólo está en el principio del camino que conduce al nuevo imperio. Los reinos vecinos, en población y recursos siguen siendo abrumadoramente poderosos en comparación con ustedes. Fuera de ellos reina la vasta y enmarañada jungla de la barbarie que se extiende por toda la amplia extensión de la Galaxia. Dentro de este anillo aún hay lo que queda del imperio galáctico… y esto, aunque debilitado y en decadencia, aún es incomparablemente poderoso.

En este punto, Hari Seldon alzó el libro y lo abrió. Su rostro adquirió una expresión solemne.

Y no olviden que se estableció otra Fundación hace ochenta años; una Fundación en el otro extremo de la Galaxia, en el Extremo de las Estrellas. Siempre estarán allí, atentos y alerta. Caballeros, ante ustedes hay novecientos veinte años del Plan. ¡El problema es suyo! ¡Afróntenlo!

Bajó los ojos hacia el libro y se desvaneció de la existencia, mientras las luces recobraban su brillantez. En la excitada conversación que siguió, Lee murmuró al oído Hardin:

No ha dicho cuándo volverá. Hardin contestó :

Lo sé … ; ¡pero espero que no vuelva hasta que usted y yo estemos segura y cómodamente muertos!