La Seda y la Canción, Charles L. Fontenay

I

La primera vez que Alan vio la Torre de las Estrellas tenía tan sólo doce años. Fue un día en que condujo a su joven amo, Blik, a la ciudad de Falklyn.
Blik tuvo que discutir mucho con su padre antes de obtener el permiso de montar a Alan, su muchacho favorito. El padre de Blik, Wiln, insistió en que debía montar un hombre, ya que según él el largo viaje hasta la ciudad podía ser demasiado para un muchacho tan joven como Alan.
Al fin, Blik logró salirse con la suya. Estaba un poco mimado, y cuando finalmente se puso a silbar, Wiln terminó cediendo.
—Está bien —aceptó—, el humano es bastante grande para su edad. Te dejaré montarlo si me prometes no cansarle demasiado. No quiero que me estropees uno de los mejores ejemplares de mi cría.
Así pues, Blik aseguró el freno-casco con las asas a la cabeza de Alan, y colocó la silla de montar sobre sus hombros. Wiln ensilló a Robb, un hombre fuerte al que utilizaba frecuentemente en sus viajes largos, y partieron al trote corto hacia la ciudad.
La Torre de la Estrella era visible mucho antes de llegar a Falklyn. Alan pudo ver su cúspide surgiendo entre las copas de los árboles tornot apenas salieron del Bosque Azul. Sujetando el freno-casco con su mano de cuatro dedos, Blik tocó a Alan y señaló:
—Mira, Alan, la Torre de la Estrella —dijo—. Se comenta que hubo un tiempo en que los humanos vivieron en esa torre.
—Blik, ¿cuándo vas a dejar de hablarles a los humanos? —le regañó su padre—. Uno de estos días tendré que castigarte severamente.
Alan no contestó nada, ya que estaba prohibido que los humanos hablaran el idioma hussir excepto para contestar preguntas directas. Mantuvo su ansiosa mirada fija en la Torre de la Estrella y observó que parecía más y más alta a medida que se acercaban, elevándose hacia el cielo muy por encima de los edificios de la ciudad. Aligeró el paso, adelantándose a Robb. Éste tuvo que llamarle la atención.
Había una franja de terreno salvaje, entre el Bosque Azul y Falklyn. La erosión había acabado con la tierra fértil y no había ni granjas ni campos cultivados. Pequeños grupos de tornotes extendían sus ramas aquí y allá, entre los barrancos y las colinas bajas. Eran más abundantes en las inmediaciones del Bosque Azul, tras ellos, haciéndose más escasos hacia el noroeste, más allá de cuya llanura se distinguían las lejanas montañas.
Al girar una curva Blik silbó de emoción. En un pequeño promontorio frente a ellos, asomándose al camino, había una figura, inmóvil.
Al principio Alan pensó que se trataba de un hussir alto y delgado, pues una chaqueta corta ocultaba su desnudez. Luego comprendió que era una muchacha humana. Ningún hussir podría presumir jamás de aquella abundante cabellera oscura ni de aquella elegante curva posterior desprovista de cola.
—¡Un humano salvaje! —gruñó Wiln, asombrado.
Alan se estremeció: se rumoreaba que los Humanos Salvajes mataban a los hussires y se comían a los otros humanos.
La muchacha estaba mirando fijamente hacia Falklyn. Wiln tomó su arco y le lanzó una flecha. Quedó corta, y fue a caer en el polvo a los pies de la muchacha. Esta giró la cabeza, los vio, y desapareció como un venado.
Cuando se acercaron al lugar donde había estado ella vieron algo que destacaba entre los matorrales, junto al camino. Se trataba de un par de pantalones, de tonos fuertes, como los que usaban los hussires, aunque más largos. Estaban enredados entre los espinos: sin duda la muchacha había tenido que quitárselos para salir del matorral.
—Se han vuelto demasiado atrevidos —dijo Wiln, enojado—. ¡En pleno día, y tan cerca de la civilización! Alan se sintió asombrado cuando penetraron en Falklyn. Las calles y los edificios eran de piedra. Había muy poca piedra al otro lado del Bosque Azul, y los muros del castillo de Wiln habían sido construidos con bloques de madera pulida. Las lisas piedras de las calles de Falklyn estaban re-calentadas por los rayos del doble sol, y Alan sintió que se quemaba los pies, saltó un poco, y Blik tuvo que sujetarse para no caer. Le golpeó fuertemente a un lado de la cara.
Había tantas cosas extrañas y nuevas para él en la ciudad, que Alan se sintió mareado. Algunos edificios tenían hasta tres pisos, y las ventanas de los más grandes estaban cubiertas no con persianas de madera o trozos de tela, sino con una sustancia brillante y transparente que, según dijo Wiln a Blik, se llamaba vidrio. Robb, utilizando el lenguaje humano, le dijo a Alan que los hussires no querían decirlo, pero que se rumoreaba que habían sido los humanos quienes habían inventado ese vidrio, y que se lo habían regalado a sus amos. Alan se maravilló porque los humanos pudieran inventar algo, viviendo como vivían encerrados en corrales en pleno campo.
Pero parecía que los humanos de la ciudad vivían más unidos a sus amos. Alan vio a varios de ellos saliendo de las casas, y observó que algunos de ellos no iban completamente desnudos, sino que cubrían varias partes de sus cuerpos con pedazos de tela de vivos colores. Wiln comunicó a Blik su desagrado ante tal costumbre.
—Si empezamos a dejar que los humanos se vistan —dijo—, muy pronto van a creer que son hussires. Por eso las gentes de la ciudad tienen más trabajo que nosotros en vigilar a los humanos. Si se les permiten esas cosas van a terminar volviéndose salvajes.
Fueron a varios lugares de la ciudad y durante mucho rato Alan temió no poder ver de cerca la Torre de la Estrella. Pero Blik nunca la había visto y rogó y silbó hasta que su padre consintió en desviarse unas cuantas calles para complacerle.
Alan olvidó todas las demás maravillas de Falklyn ante el espectáculo de aquel gran monumento creciendo más y más ante sus ojos hasta convertir en enanos a los edificios que lo rodeaban e incluso a la propia ciudad de Falklyn. Una leyenda contaba que los humanos no sólo habían vivido en otro tiempo en la Torre de la Estrella sino que habían sido ellos quienes la habían construido y que Falklyn había crecido a su alrededor cuando ellos abandonaron la Torre. Alan había oído estas historias pero le habían hecho prometer no repetirlas a nadie porque algunos hussires comprendían el idioma humano y si le oían decir tales cosas lo mandarían azotar.
La Torre de la Estrella estaba en el centro de un gran parque circular y las casas a su alrededor parecían de juguete. Se elevaba como un gigantesco dedo hacia el cielo y sus extrañas paredes oscuras reflejaban opacamente la luz del doble sol. Hasta los muros de sustentación en su base, eran más altos que los grandes árboles que la rodeaban en el parque.
Había una verja cerrando los jardines, y bastantes humanos atados a ella o simplemente parados allí, ya que a ellos no se les permitía entrar en el parque. Blik quería desmontar y penetrar en la Torre, pero Wiln no se lo permitió.
—Podrás hacerlo cuando seas mayor y estés en situación de comprender algunas de las cosas que hay allí —le dijo.
Dieron la vuelta por la calle que rodeaba el parque, en la parte exterior de la verja. Había grupos de hussires subiendo y bajando la larga rampa que conducía al interior de la Torre de la Estrella. Su tamaño era la mitad del de los humanos, con grandes cabezas y largas y puntiagudas orejas que se remontaban más allá de sus cráneos y delgadas piernas y una gruesa cola que les servía para equilibrarse. Solían llevar amplias chaquetas y anchos pantalones de colores chillones.
Al pasar cerca de un grupo de humanos junto a la verja, Alan oyó unas estrofas cantadas en voz baja:

Brilla, brilla, estrella de oro,
Te alcanzaré aunque estés tan lejos.
Cierra mi boca, halla mi cabeza,
Encuentra un gusano…

Wiln hizo que Robb diera un rápido giro y cruzó las espaldas del cantante con su fuerte látigo una y otra vez, señalándolas con rojas estrías. Con un grito ahogado, el hombre inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con los brazos para protegerlo.
—¿Dónde está tu amo, humano? —preguntó salvajemente Wiln, con el látigo temblando entre los cuatro dedos de su mano.
—Mi amo vive en Noroeste, grandeza —dijo el humano plañideramente—. Pertenezco al mercader Senk.
—¿Dónde queda Noroeste?
—Es un barrio de Falklyn, grandeza.
—¿Y estás aquí solo en la Torre de la Estrella, sin tu amo?
—Sí grandeza. Hoy es mi día de descanso.
Wiln le propinó otro latigazo.
—Deberías saber que no está permitido que los humanos acudan solos a la Torre de la Estrella —gritó Wiln—. Regresa con tu amo y dile que te azote.
El humano partió a la carrera. Wiln y Blik hicieron dar media vuelta a sus monturas y emprendieron el camino de regreso. Cuando dejaron atrás las calles y las casas de la ciudad y el polvo del camino proporcionó un grato alivio a los ardientes pies de los humanos, Blik preguntó:
—¿Qué piensas de la Torre de la Estrella, Alan?
—¿Por qué no tiene ventanas? —dijo Alan, expresando su más inmediato pensamiento.
No era, estrictamente hablando, una respuesta a la pregunta de Blik, y Alan podía haber sido castigado por haber hablado así en hussir. Pero Wiln había recobrado su buen humor ante la idea que ellos iban a llegar a casa para la hora de la cena, y además había que ser indulgente con los jó-venes.
—Las ventanas están en la parte más alta, pequeño —dijo condescendientemente—. No las has podido ver, porque están por la parte de dentro.
Alan se sintió preocupado durante todo el viaje de regreso al castillo de Wiln. ¿Cómo podían estar unas ventanas por la parte de dentro y no por la de fuera? Si una ventana era una ventana tenía que estar a ambos lados de la pared.
Cuando, ya ocultos los dos soles, Alan se acostó con los demás muchachos en un rincón del corral, todos los emocionantes acontecimientos de aquel día desfilaron por su mente como una sucesión de imágenes en color. Le hubiera gustado hacerle algunas preguntas a Robb pero los humanos adultos y los jóvenes mayores eran encerrados en un barracón aparte, completamente separados de las mujeres y los niños.
Un poco más allá de donde él se encontraba, las mujeres arrullaban a sus hijos pequeños con las tradicionales canciones de los humanos. Sus voces llegaban hasta él junto con la ligera brisa y el perfume de las olorosas hierbas:

Duerme, mi niño, en brazos de mamá.
Nada hay aquí que pueda hacerte daño.
Duerme y ten bonitos sueños, espera a que el sol salga,
Entonces será tiempo de abrir de nuevo tus ojos.

Esa era una auténtica canción infantil, la primera que recordaba en toda su vida. Cantaron otras, y una de ellas era la que Wiln interrumpió en la Torre de la Estrella:

Brilla, brilla, estrella de oro,
Te alcanzaré aunque estés tan lejos.
Cierra mi boca, halla mi cabeza.
Encuentra un gusano que tenga rayas rojas,
Dalo de comer a la concha de la tortuga
Y échate a dormir, pues todo irá bien.

Alan, medio dormido, escuchaba. Esa canción era una de las favoritas de todos los niños. La llamaban La Canción de la Torre de la Estrella, aunque nunca había podido averiguar por qué.
Debe ser una adivinanza, pensó, casi dormido. Cierra mi boca, halla mi cabeza… ¿No debería ser precisamente todo lo contrario? ¿Halla mi cabeza (primero), cierra mi boca (segundo)? ¿Por qué no lo decía así la canción? ¡Y las otras estrofas! Alan conocía lo que eran los gusanos, había visto muchos de aquellos largos y repugnantes animales de colores vivos; pero, ¿qué era una tortuga?
El estribillo de otra canción llegó hasta sus oídos, y le pareció, entre sueños, que era él mismo quien la estaba cantando:

Alan vio un pajarillo,
Con las alas todas brillando.
Lo siguió afuera una noche,
Y llenó su corazón de gran tristeza.

Sólo que la última estrofa no era la que los muchachos cantaban siempre. En un alarde de optimismo, siempre terminaban la canción diciendo:

hasta donde siempre había deseado ir.

Quizás estaba dormido y lo soñó o tal vez despertó de repente a causa de la música. Sea como fuera estaba acostado allí, y abrió los ojos, y vio a un zird volando sobre la alta cerca y posándose en la hierba junto a él. Sus luminosas escamas pulsaban en la oscuridad, iluminando ligeramente los rostros de los niños que dormían a su lado. Abrió el pico y le habló a Alan, con voz ronca:
—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo el zird—. Ven conmigo a la libertad, humano…
Era todo lo que sabía decir, y repitió la invitación una docena de veces. Hasta que irritó a Alan, que sabía que pese a la canción de los niños el seguir la llamada de un zird no podía traer más que desgracias para los humanos.
—¡Lárgate, zird! —dijo, molesto.
Y el zird voló sobre la cerca y se perdió en la oscuridad.
Suspirando, Alan se durmió de nuevo, sin dejar de soñar con la Torre de la Estrella.

II
Blik murió tres años después. El fallecimiento del joven hussir llenó de tristeza el corazón de Alan, pues él había sido el animal favorito de Blik y éste había sido siempre muy bondadoso. Su pérdida, además, estaría siempre asociada en su mente a otro cambio emotivo ocurrido en su vida, cuando Wiln encontró a Alan en compañía de una muchacha rubia junto al riachuelo y lo cambió al corral de los adultos y de los niños mayores, precisamente el mismo día de la muerte de Blik.
—Espero que ese muchacho no la haya preñado —gruñó Wiln a su hijo mayor, Snuk, mientras llevaban a Alan al nuevo corral—. No tenía pensado agregar a esa muchacha al grupo de las lecheras hasta el año próximo.
—Este es el resultado de dejar que Blik consienta a un humano —dijo Snuk, que era ya casi un adulto, y estaba siendo educado para administrar el castillo de Wiln como sucesor de su padre—. Debió hacérsele trabajar ahora que Blik está enfermo en lugar de dejarlo vagar desocupado entre las mujeres y los niños.
Entre la mezcolanza de nuevas emociones que lo confundían, Alan comprendió la justicia de la observación. Había sido precisamente el profundo aburrimiento que le producían sus juegos con los niños menores lo que le había hecho buscar otras experiencias más maduras. Además, se daba cuen-ta que era el alejamiento en que había estado de sus compañeros, al ser el favorito de Blik, lo que había permitido que no fuera transferido como era costumbre al otro corral dos años antes como mínimo.
Observó por encima de su hombro a la lloriqueante muchacha que contemplaba tristemente su marcha. Ella agitó la mano y le gritó:
—¡Quizá nos veamos otra vez en la época de los acoplamientos!
Él agitó también su mano como despedida, y se ganó un latigazo de Snuk en las espaldas. No lo pondrían con las mujeres, en la época de los acoplamientos, hasta dentro de tres años, mientras que la muchacha tenía ya casi la edad requerida. Cuando la viera de nuevo, probablemente se habría olvidado de él.
El paso a la categoría de adulto fue una prueba que tuvo que pasar de inmediato. Wiln y Snuk se quedaron al otro lado de la barrera, silbando gozosamente mientras contemplaban la paliza que le dieron los hombres y los muchachos mayores. Aquel era un ritual que le hubiera sido más difícil de soportar si no se hubieran retrasado tanto en transferirlo y gracias a ello logró conquistar un estatus elevado para un novato, puesto que era de más edad que muchos otros y estaba muy desarrollado para sus años. Lastimado y golpeado, obtuvo sin embargo el necesario respeto de sus nuevos com-pañeros debido a que pudo pegarles, y fuerte, a varios muchachos de su mismo tamaño.
Aquella noche, solo y triste. Alan escuchó los lamentos que resonaban en el castillo de Wiln. Los cantos de los hombres entre los que se encontraba ahora eran más sordos y vigorosos que los de las mujeres y niños, pero se fueron apagando cuando les llegó, arrastrado por el viento, el lamento mortuorio. Alan comprendió que aquello significaba que la larga enfermedad de Blik había terminado, y que su joven amo había muerto.
Encontró un lugar solitario y se durmió, llorando bajo las estrellas. Había querido mucho a Blik. Tras la muerte de Blik, Alan pensó que lo iban a poner con los labradores, para tirar de los arados y trabajar en los cultivos. Sabía que no estaba entrenado para el trabajo dentro y alrededor del castillo, y no creyó que lo conservaran como cabalgadura.
Pero Snuk tenía otra idea.
—Comprendí tus buenas cualidades como cabalgadura humana mucho antes que Blik te escogiera como su favorito —le dijo, echando hacia atrás sus puntiagudas orejas. Le hablaba en humano, pues creía que le sería posible controlar mejor a los humanos si estos sabían que podía entender lo que decían entre ellos—. Blik te echó a perder —continuó—, pero voy a ver si te recompongo y puedo aprovecharte.
Había pasado tan sólo una semana desde la muerte de Blik, y Alan todavía se sentía triste. Cooperó con desaliento cuando Snuk le ajustó el freno-casco y la silla de montar, y se arrodilló para que Snuk se subiera a sus hombros.
Cuando Alan se levantó, Snuk le clavó las espuelas en las costillas.
Alan brincó en el aire y lanzó un grito de dolor.
—¡Silencio, humano! —exclamó Snuk, golpeándole la cabeza con el látigo—. Tienes que aprender a obedecer. Las espuelas significan que corras… ¡Así! —y clavó de nuevo las espuelas en las costillas de Alan.
Alan se revolvió y tuvo un instante de rebeldía, pero su sentido común lo salvó. Si se hubiera tirado al suelo y revolcado, o intentado estrellar a Snuk contra un tornot, eso hubiera significado su muerte inmediata. No había ningún recurso contra la crueldad de su nuevo amo.
Snuk aplicó por tercera vez las espuelas, y Alan se lanzó a la carrera por el sendero entre los árboles, alejándose del castillo. Snuk lo dejó correr, lastimándole despiadadamente los flancos. Únicamente cuando dejó de correr y empezó a caminar, jadeando y sudando, tiró Snuk de las riendas, encaminándolo de vuelta al castillo y obligándole a ir al trote.
Wiln los esperaba en el corral, a su regreso.
—¿No lo estás tratando demasiado duramente, Snuk? —preguntó Wiln mientras examinaba de arriba a abajo al agotado Alan, que sangraba por ambos costados.
—Tan sólo le estoy enseñando desde un principio quién es aquí el amo —dijo Snuk con toda tranquilidad. Con un innecesario golpe en la cabeza hizo que Alan se arrodillara para bajar—. Creo que va a ser una buena adquisición para mi establo de cabalgaduras, pero no tengo ninguna intención de mimarlo como hacía Blik.
Wiln movió las orejas.
—Bueno, ya has demostrado que sabes manejar a los humanos, y dentro de algunos años serás el amo de todos ellos —dijo suavemente—. Pero si quieres un consejo de tu padre, procura no reventar a este antes de tiempo.
Los meses que siguieron fueron terribles para Alan. Tenía las cualidades físicas que Snuk exigía a sus cabalgaduras, y lo montaba con mucha más frecuencia que a cualquiera de sus otros hombres de silla.
A Snuk le gustaba correr, y agotaba a Alan sin la menor piedad. Cuando regresaban, en las tardes calurosas, Alan estaba bañado en sudor, y tan cansado que le temblaban las piernas.
Además, Snuk era un amo duro de crueles sentimientos, que azotaba salvajemente a Alan por los más pequeños descuidos, por no responder inmediatamente a la rienda y por hablar en su presencia. Los costados de Alan estaban cubiertos de cicatrices de las espuelas, y frecuentemente tenía un ojo cerrado por algún latigazo en el rostro.
Desesperado, Alan buscó consejo en su viejo amigo Robb, a quien ahora veía con frecuencia, desde que estaba en el corral de los adultos.
—No puedes hacer absolutamente nada —le dijo Robb—. Doy gracias a la estrella de oro porque es Wiln quien me monta, y que ya estaré demasiado viejo para Snuk cuando Wiln se muera. Pero entonces Snuk será el amo de todos nosotros, y tiemblo al pensar en ese día.
—¿No podría alguno de nosotros matar a Snuk estrellándolo contra un árbol? —preguntó Alan, que a veces había pensado en hacerlo él mismo.
—Ni lo sueñes —le advirtió inmediatamente Robb—. Si ocurriera algo así, todas las cabalgaduras serían muertas para aprovechar su carne. La familia Wiln tiene dinero suficiente para comprar otras nuevas en Falklyn si así lo desean, y ningún hussir permite que viva un humano rebelde.

Aquella noche, Alan, sentado junto al seto más cercano al corral de las mujeres y los niños, se curó las últimas heridas recibidas, dominado por la nostalgia. Suspiraba pensando en los felices días de su infancia, con su buen amo Blik.
El sonido de las suaves voces de las mujeres llegaba hasta él a través del campo. No podía distinguir claramente las palabras, pero las sabía de memoria:

Brillante estrella, luminosa estrella,
Estrella que derramas tu dorada luz,
Cómo desearía poder, cómo desearía poder
Llegar hasta ti, tú que resplandeces en la noche.

Tras él se elevaron las voces de los hombres, más cercanas y fuertes:

Humano, contempla al pequeño zird,
Con sus alas todas brillando.
No lo sigas al corazón de la noche,
No te traerá más que pena y daño.

Los niños lo habían cantado con una letra algo distinta. Y también, una vez, había tenido un sueño…
Era una extraña coincidencia. Le recordaba aquella noche hacía tanto tiempo, cuando fue a Falklyn con Blik y vio por primera vez la Torre de la Estrella. Cuando se desvanecieron las palabras de la canción, vio el brillo del zird que se aproximaba. Se posó en la cerca.
—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo el zird.
Alan había visto muchos zirds. Sólo aparecían de noche, y lo único que decían en lenguaje humano era su llamada: «Ven conmigo a la libertad, humano…»
Como otras muchas veces, se sintió asombrado. El zird era tan sólo una pequeña criatura nocturna, alada y con escamas. ¿Cómo podía articular palabras en lenguaje humano? ¿De dónde venían los zirds, y adónde iban durante el día? Por primera vez en su vida, le hizo una pregunta a un zird:
—¿Qué es y dónde está la libertad, zird?
—Ven conmigo a la libertad, humano —repitió el zird. Agitó las alas, levantándose unos centímetros de la cerca, y volvió a posarse en su percha.
—¿Es eso todo lo que puedes decir, zird? —preguntó Alan, molesto.
—Ven conmigo a la libertad, humano —repitió el zird.
Una gran audacia brotó en el corazón de Alan, espoleada por la idea de tener que soportar de nuevo el sadismo de Snuk al día siguiente. Miró por encima del seto.
Hasta entonces, Alan no se había fijado excesivamente en las cercanías. Los humanos no trataban de escapar de los corrales, porque sus padres les decían que aquellos que lo hacían eran capturados y llevados al matadero para aprovechar su carne.
El enrejado de la cerca era bastante espeso, pero podía introducir los dedos de las manos y de los pies. Con una creciente excitación, se sintió dominado por un repentino impulso y trepó la cerca.
Fue ridículamente fácil, y ya estaba en el siguiente corral. Había otras cercas, naturalmente, pero podían ser trepadas, y recordó el corral de las mujeres, y el pensamiento de la muchacha rubia hizo latir más aprisa su corazón. Pero también podía ir al camino que conducía a Falklyn.
Escogió el camino. El zird volaba ante él, cruzando los corrales y posándose en las cercas para esperar a que las trepara. Pasó junto a la cerca del corral donde cantaban las mujeres, y suspiró calladamente; atravesó los campos donde maduraban las espigas de akko y los plantíos de sento, que le cubrían hasta la cintura. Y finalmente trepó la última cerca.
Se hallaba fuera de las propiedades de Wiln, y el polvo del camino que conducía a Falklyn se encontraba bajo sus pies.
¿Qué hacer ahora? Si iba a Falklyn sería capturado y devuelto al castillo de Wiln. Si avanzaba en sentido contrario ocurriría lo mismo. Era fácil distinguir a los humanos. ¿Debía regresar ahora que aún estaba a tiempo? ¿Cruzar de nuevo todas las cercas hasta el corral de los hombres? ¿O detenerse en el corral de las mujeres? Pero tendría innumerables noches en el futuro para ir al corral de las mujeres…
Había que pensar también en Snuk.
Por primera vez desde que salió del corral de los hombres, el zird volvió a hablar:
—Ven conmigo a la libertad, humano —dijo.
Voló, alejándose a lo largo del camino, en dirección contraria a Falklyn, y se detuvo tras un trecho, como si lo esperara. Tras vacilar unos instantes, Alan lo siguió.
Las luces del castillo de Wiln brillaban a su izquierda, al fondo de un camino bordeado de árboles de tornot. Pronto fueron quedando lejos, hasta desaparecer tras una colina. El zird volaba casi a la misma velocidad a la que trotaba Alan.
La resolución de Alan empezó a flaquear.
Una figura surgió junto a él en la oscuridad, una mano humana lo sujetó de un brazo, y una voz femenina dijo:
—Temía que nunca pudiéramos recuperar a otro del castillo de Wiln. Pronto, muchacho: tenemos que andar aún mucho antes que amanezca.

III
Viajaron toda la noche a trote rápido, con el zird por delante, como una gigantesca luciérnaga. Cuando el alba empezó a teñir el oriente, se hallaban ya en las montañas al este de Falklyn, subiendo sus laderas.
Cuando Alan pudo distinguir los detalles de su guía nocturno, pensó por unos instantes que se trataba de un enorme hussir. Utilizaba la misma amplia chaqueta, abierta por delante, y los mismos anchos calzones. Pero no tenía cola, ni orejas puntiagudas. Era una muchacha de casi su misma edad.
Era la primera persona humana que veía completamente vestida. Alan pensó en lo ridículo que ella se veía y, al mismo tiempo, sintió que aquello era un sacrilegio.
Penetraron a través de un estrecho paso y llegaron a un profundo valle, y caminaron en vez de trotar. Por primera vez desde que dejaron las inmediaciones del castillo de Wiln pudieron decir algo más que unas cortas y deshilvanadas frases.
—¿Quién eres y adónde me llevas? —preguntó Alan. A la fría luz del amanecer, empezaba a dudar si había hecho bien huyendo del castillo.
—Me llamo Mara —dijo la muchacha—. ¿Has oído hablar de los Humanos Salvajes? Yo soy uno de ellos, y vivimos en estas montañas.
Alan sintió que se le erizaban los cabellos, y estuvo tentado de escapar. Mara lo sujetó por un brazo.
—¿Por qué creen todos los esclavos en esas absurdas historias de canibalismo? —preguntó desdeñosamente.
La palabra canibalismo era desconocida para Alan.
—No te vamos a comer, muchacho —dijo la chica—. Te vamos a convertir en un humano libre. ¿Cómo te llamas?
—Alan —contestó él con voz temblorosa, dejándose llevar—. ¿Qué es esa libertad de la que habla el zird?
—Ya lo sabrás —prometió ella—. Pero el zird no sabe. Los zirds no son más que animales que vuelan. Les enseñamos a decir esta única frase y a guiar a los esclavos hasta nosotros.
—¿Y por qué no entran ustedes mismos en los corrales? Podrían trepar muy fácilmente las cercas —el miedo estaba siendo sustituido por la curiosidad.
—Lo hemos intentado, pero esos tontos esclavos se ponen a gritar cuando ven a un extraño. Los hussires han capturado a varios de nosotros por culpa de ello.
Apareció el doble sol: primero el azul, y unos segundos más tarde el blanco. Las montañas a su alrededor iban despertando con la claridad.
En medio de la oscuridad había creído que el cabello de Mara era negro, pero la luz del amanecer le reveló que era dorado oscuro. Sus ojos eran castaños como el fruto del tornot.
Se detuvieron junto a un manantial que brotaba entre dos grandes rocas, y Mara lo estudió atentamente, observando su delgado y fuerte cuerpo.
—Estás bien hecho —dijo—. Ya quisiera que todos los que conseguimos fueran tan saludables como tú. Transcurridas tres semanas. Alan se parecía a todos los demás Humanos Salvajes…, al menos exteriormente. Se acostumbró a ponerse ropa y, aunque torpemente, acarreaba con un arco y flechas. En aquel momento, él y Mara se hallaban a varios kilómetros de las cuevas donde vivían los Humanos Salvajes.
Estaban cazando animales para comer, y Alan se pasó la lengua por los labios ante este pensamiento. Le gustaba la carne cocida. Los hussires alimentaban a sus rebaños humanos con tortas de cereales y los restos de su propia cocina. La única carne que había comido antes era la de pequeños animales que había logrado agarrar con su agilidad.
Llegaron a una cima, y Mara, que iba delante de él, se detuvo bruscamente. Alan se le acercó.
No muy por debajo de ellos avanzaba un hussir, con un corto y pesado arco y un carcaj de flechas. El hussir miraba atentamente hacia todos lados, pero no los vio desde su posición por encima de su cabeza.
Alan tembló de miedo. En aquel momento no era más que un miembro escapado del rebaño y le esperaba la muerte como castigo por haber huido del corral.
Oyó junto a él el vibrar de una cuerda, y el hussir tropezó y cayó, con el pecho atravesado por una flecha. Mara bajó tranquilamente su arco y sonrió al ver el temor reflejado en sus ojos.
—He aquí a uno que no encontrará Haafin —dijo. Los Humanos Salvajes llamaban Haafin a su comunidad.
—¿Hay…, hay hussires en las montañas? —preguntó temblorosamente Alan.
—Unos cuantos. Cazadores. Si los matamos antes que entren en el valle, podemos estar tranquilos. Pero algunos lo han visto y han conseguido escapar, y por eso hemos tenido que cambiar la situación de Haafin una docena de veces durante el último siglo, y siempre hemos perdido mucha gente peleando por escapar. Esos diablos atacan con grandes pertrechos.
—¿Pero de qué sirve todo esto, entonces? —preguntó Alan con desconsuelo—. No hay más que cuatrocientos o quinientos humanos en Haafin. ¿Para qué esconderse y correr de un lado para otro, si más tarde o más temprano llegará el momento en que los hussires nos exterminen a todos?
Mara se sentó en una roca.
—Aprendes rápido —dijo—. Probablemente te sorprenderá saber que esta comunidad ha conseguido durar, en estas montañas, más de mil años. Pero de todos modos has puesto el dedo en la llaga del problema que nos atormenta desde hace varias generaciones.
Vaciló, y dibujó unos trazos en el polvo con el pie.
—Es aún pronto para que te lo diga, pero mientras tanto puedes empezar a abrir tus oídos —comentó—. Cuando lleves un año aquí, serás admitido como miembro de la comunidad. Entonces tendrás una entrevista con El Refugiado, que es nuestro jefe. Y él siempre pregunta a los recién llegados si tienen algo que decir precisamente sobre este problema.
—¿Pero qué es lo que tengo que escuchar? —preguntó ansiosamente Alan.
—Hay dos ideas principales acerca de cómo resolver el problema, pero prefiero que las oigas de labios de las personas que creen en ellas. Recuerda simplemente que el problema es salvarnos a nosotros mismos de la muerte, y a los cientos de miles de otros humanos de la esclavitud. Para ello tenemos que obligar a los hussires a aceptar a los humanos como iguales y no como simples animales. Y esto no va a ser sencillo.

Gran parte de la vida de Alan en Haafin no era muy distinta de la existencia que había conocido. Cumplía con su parte de trabajo en los pequeños campos pegados a la orilla del río en el centro del valle, ayudaba a cazar animales para aprovechar su carne y también para hacer utensilios como los que empleaban los hussires. A veces tenía que pelear con los puños para defender sus derechos.
Pero eso que los Humanos Salvajes llamaban libertad era un elemento extraño que se mezclaba en todo lo que eran y hacían. Básicamente, según logró comprender Alan, la palabra significaba que los Humanos Salvajes no pertenecían a los hussires, sino que eran sus propios dueños. Cuando recibían órdenes éstas tenían que ser obedecidas, pero provenían de humanos y no de hussires.
Había otras diferencias. No existían relaciones familiares formales, puesto que no había tradiciones sociales en un pueblo que durante generaciones no había sido más que un grupo de animales domésticos. Pero la presión y el rígidamente forzado sometimiento a la época de acoplamiento no existían, y algunas viejas parejas permanecían juntas permanentemente.
Libertad, decidió Alan, significaba una dignidad que hacía de un humano el equivalente a un hussir.

Llegó el primer aniversario de la noche en que Alan siguió al zird, y Mara, temprano por la mañana, lo llevó al otro extremo del valle. Lo dejó a la entrada de una pequeña cueva, de la que muy pronto salió un hombre del que Alan había oído hablar mucho, pero al que nunca había visto.
El cabello y la barba de El Refugiado eran grises, y su rostro reflejaba las arrugas de la edad.
—Eres Alan, que vino del castillo de Wiln —dijo el anciano.
—Cierto, grandeza —contestó respetuosamente Alan.
—No me llames grandeza. Eso es hablar como esclavos. Soy Roand, El Refugiado.
—Sí, señor.
—Cuando te vayas de aquí hoy, serás miembro de la comunidad de Haafin, la única comunidad libre del mundo —dijo Roand—. Tendrás todos los derechos de cualquier otro miembro: ningún hombre puede tomar a una mujer sin su consentimiento, nadie puede quitarte el alimento que caces o cultives sin tu permiso. Si eres el primero en ocupar una cueva vacía, nadie puede ir a vivir en ella sin que tú quieras. Eso es libertad. Como sin duda te habrán explicado ya, debes decirme lo que piensas acerca de la manera de lograr que todos los humanos sean libres. Antes que digas nada —levantó una mano—, voy a proporcionarte una pequeña ayuda. Entra en la cueva.
Alan lo siguió al interior. A la luz de una antorcha, Roand le mostró una serie de diagramas grabados en una pared con ayuda de una piedra, como pueden hacerse dibujos en el polvo con un palo.
—Eso son mapas, Alan —dijo Roand, explicándole lo que era un mapa.
Alan agitó la cabeza en señal de comprensión.
—Debes saber ya que hay dos maneras de pensar en relación con lo que debemos hacer para liberar a los humanos —dijo Roand—, pero seguramente no debes entender bien ninguna de ellas. Estos mapas te muestran la primera, que fue ideada hace ciento cincuenta años, pero que nuestra gente nunca ha estado de acuerdo en intentar. Muestra cómo, a través de un ataque por sorpresa, podríamos adueñarnos de Falklyn, la principal ciudad de toda esta región, aunque los hussires que viven en la ciudad son más de diez mil. Tomando Falklyn, podríamos liberar a los cuarenta mil hu-manos de la ciudad, y entonces seríamos lo suficientemente fuertes como para tomar los lugares cercanos y atacar gradualmente las ciudades, como muestran estos otros mapas.
Alan asintió con la cabeza.
—Me gusta más el otro sistema —dijo Alan—. Debe haber alguna razón por la que no dejan que los humanos entren en la Torre de la Estrella.
La desdentada sonrisa de Roand no destruía la innata dignidad de su rostro.
—Joven Alan, eres un místico como yo. Pero la tradición dice que no es suficiente que un humano entre en la Torre de la Estrella. Déjame contarte la tradición: la Torre de la Estrella fue una vez el hogar de todos los humanos. Entonces no existían más que apenas una docena de ellos, pero tenían grandes y extraños poderes. Pese a lo cual, cuando salieron de la Torre, los hussires lograron esclavizarlos por la simple fuerza de su número. Tres de esos primitivos humanos escaparon a las montañas y se convirtieron en los primeros Humanos Salvajes. De ellos nos viene la tradición que tenemos sus descendientes, así como los humanos que hemos ido liberando de la esclavitud de los hussires. La tradición dice que el humano que entre en la Torre de la Estrella podrá liberar a todos los demás humanos del mundo…, si lleva consigo la Seda y la Canción.
Roand metió la mano en un agujero en la roca.
—Esta es la Seda —dijo, sacando una bufanda color durazno, en la que había algo pintado.
Alan reconoció que era escritura como la que empleaban los hussires y que se rumoreaba que les había sido enseñada por los humanos. Respetuosamente, Roand la leyó:
—REG. B-XIII. CULTURA M. SOS.
—¿Qué significa? —preguntó Alan.
—Nadie lo sabe —contestó Roand—. Es el gran misterio. Puede que sea un encantamiento.
Cuidadosamente, colocó de nuevo la Seda en su lugar.
—Esta es otra escritura que tenemos —dijo Roand, extrayendo un fragmento de material amarillento, muy delgado y quebradizo—, que nos ha sido legada por nuestros antepasados.
A Alan le pareció que era como una tela fina que se hubiera endurecido con el paso de los años, pero sin embargo tenía una consistencia distinta. Roand lo manejó con sumo cuidado.
—Esto es un pedazo de lo que se perdió hace varios siglos —dijo, leyéndolo—: Octubre 3, 2…, la nuestra es la última…, tres expediciones perdidas…, demasiado lejos para seguir intentando…, cómo podríamos…
Alan tampoco entendió nada, al igual que las palabras de la Seda.
—¿Cuál es la Canción? —preguntó Alan.
—Todos los humanos la saben desde su niñez —dijo Roand—. Es la más conocida de todas las canciones humanas.
Brilla, brilla, estrella de oro —dijo Alan inmediatamente—. Te alcanzaré aunque estés tan lejos
—Esa es, pero hay otro verso que tan sólo conocemos los Humanos Salvajes. Debes aprenderlo. Dice así:

Brilla, brilla, insecto,
Redondo y largo, de color vivo,
En un cuarto marcado con una cruz.
Pícame en el brazo cuando te encuentre,
Y me tenderé en una profunda cama,
Y no tendré más que hacer sino dormir.

—No tiene sentido —dijo Alan—. Como tampoco lo tiene el primer verso, aunque Mara me mostrara lo que es una tortuga.
—No debe tener sentido hasta que se cante en la Torre de la Estrella; e incluso entonces, tan sólo si se tiene la Seda.
Alan meditó largo rato. Roand permaneció en silencio, esperando.
—Algunos de nosotros quieren que un humano trate de llegar a la Torre de la Estrella —dijo finalmente Alan—, y piensan que esto nos hará milagrosamente libres a todos los humanos. Los demás piensan que todo esto no es más que un cuento infantil, y que es necesario vencer a los hussires con arcos y flechas. Me parece, señor, que una cosa o la otra debería ser intentada. Siento mucho no saber lo suficiente como para poder ofrecer algo distinto.
Roand adoptó una expresión triste.
—Y en consecuencia, te unirás a uno u otro bando, y discutirás durante el resto de tu vida la conveniencia de hacer esto o lo otro. Y nada podremos hacer, puesto que no conseguimos ponernos de acuerdo.
—No veo por qué tenga que ser así, señor.
Roand lo miró con súbita esperanza.
—¿Qué quieres decir?
—¿No puede usted, o alguna otra persona, ordenarles lo que se debe hacer?
Roand movió negativamente la cabeza.
—Tenemos reglas, pero nadie puede decirle a otro lo que debe hacer. Somos libres.
—Cuando yo era chico —dijo Alan lentamente—, jugábamos a un juego que llamábamos el de los Dos Rebaños. Comenzábamos con el mismo número de muchachos en cada bando, con un árbol como refugio. Cuando dos jugadores de distinto bando se encontraban en el campo, el último que había salido de su refugio capturaba al otro, y pasaba a engrosar su propio bando.
—Jugué a eso hace muchos años —dijo Roand—. Pero no entiendo cuál es tu idea.
—Como sea que, para ganar, uno de los bandos tenía que capturar a todos los miembros del bando contrario, con tantas capturas en uno y otro lado llegaba la noche y el juego nunca había terminado. Así que siempre juzgábamos que el bando que tenía mayor número de muchachos al llegar la noche era el bando que ganaba. ¿Por qué no hacer lo mismo aquí?
La comprensión iluminó poco a poco el rostro de Roand. En su mirada se podía apreciar también una cierta reverencia ante la idea de estar asistiendo a un gran paso adelante en la ciencia del gobierno humano.
—¿Contar los partidarios que tenga cada bando y aceptar lo que diga la mayoría?
—Sí, señor.
Roand se echó a reír, mostrando sus vacías encías.
—Realmente acabas de traer una idea nueva, muchacho…, pero me temo que tú y yo vamos a tener que abandonar nuestro punto de vista. He contado bien, y sé que hay más gente en Haafin que piensa que debemos atacar a los hussires con las armas en la mano que la que cree en viejas tradiciones.

IV
Alan llevaba al cuello la Seda, mientras la muchedumbre armada de los Humanos Salvajes se acercaba a Falklyn. Roand, uno de los viejos que se habían quedado en Haafin, se la había entregado.
—Cuando tomen Falklyn, muchacho, lleva la Seda contigo al interior de la Torre de la Estrella y canta la Canción —fueron sus palabras de despedida—. Puede que pese a todo haya algo de cierto en las viejas tradiciones.
Tras muchas discusiones entre los Humanos Salvajes que habían pensado en ello durante tantos años, surgió un plan militar que tenía toda la simplicidad de una raza no militar. Sencillamente, marcharían sobre la ciudad, matando a todos los hussires que encontraran, y penetrarían en ella, matando a todos los que se les enfrentaran. Su propia fuerza aumentaría gradualmente a medida que liberaran a los humanos esclavizados de la ciudad. Nadie pudo encontrar nada equivocado en el plan.
Falklyn estaba edificada como una rueda: alrededor del parque donde se hallaba la Torre de la Estrella, las calles formaban círculos concéntricos. Otras calles, como radios, iban desde el parque hasta los límites de la ciudad.
Sin ningún tipo de formación, los humanos penetraron por una de esas calles radiales. Algunas almas osadas se separaron del grueso de las fuerzas para aventurarse en cada intersección. Era la hora de la cena en Falklyn, y había pocos hussires en la calle. Los humanos se sintieron felices cuando los pocos que consiguieron escapar de las flechas huyeron silbando despavoridos.
Habían recorrido una tercera parte de la distancia que les separaba del centro cuando empezaron a tañer las campanas, primero las más cercanas, luego todas las de la ciudad. Aparecieron hussires en los balcones y en las puertas, y empezaron a volar flechas contra los humanos. La revuelta tropa inició una desbandada cuando sus soldados empezaron a buscar refugio. Su avance se hizo más lento, y empezaron las luchas cuerpo a cuerpo.
Alan se encontró, con Mara, agazapado tras una puerta. Ante ellos los Humanos Salvajes corrían de casa en casa, prosiguiendo su avance. Algún que otro hussir intentaba cruzar la calle, lográndolo a veces y otras cayendo bajo las flechas humanas.
—No creo que la cosa funcione —dijo Alan—. Nadie pensó que los hussires estuvieran preparados para repeler un ataque. Estas campanas deben ser un sistema de alarma.
—Pero seguimos avanzando —dijo Mara confiadamente.
Alan agitó la cabeza.
—Esto puede significar, sencillamente, que vamos a tener más problemas para salir de la ciudad. Los hussires nos llevan una ventaja de veinte a uno, y están matando a más de los nuestros que nosotros de los suyos.
Una puerta se abrió junto a ellos, y un hussir saltó afuera antes de verlos. Alan lo mató con un golpe de su lanza y corrió hacia otra puerta, seguido por Mara. Los gritos de los humanos y los silbidos y gritos de los hussires se oían por todas partes.
Peleando, los humanos habían llegado quizá a la mitad del camino que conducía hasta la Torre de la Estrella cuando frente a ellos se escuchó un ruido de gritos y cantos. En la semioscuridad, parecía como si todo un río blanco se precipitara hacia ellos, llenando la calle de pared a pared.
Un Humano Salvaje, al otro lado de la calle donde se encontraban Alan y Mara, dio un grito de triunfo:
—¡Son humanos! ¡Los esclavos llegan a ayudarnos!
Un gran grito escapó de las gargantas de los luchadores Humanos Salvajes. Pero cuando se apagó pudieron comprender lo que decían los cantos y los gritos que avanzaban junto a aquella desnuda mole humana:
—¡Maten a los Humanos Salvajes! ¡Maten a los Humanos Salvajes! ¡Maten a los Humanos Salvajes!
Recordando su propio miedo, en su infancia, a los Humanos Salvajes, Alan comprendió lo que estaba ocurriendo. Con una confianza plenamente justificada, los hussires habían vuelto a los propios humanos contra ellos.
Los invasores se miraron alarmados, guareciéndose bajo los balcones. Las flechas de los hussires silbaban cerca de ellos desde todas direcciones.
Dudaron. No podían matar a sus hermanos esclavos, y no podían romper aquella avalancha humana que se les venía encima. Primero solos o de dos en dos, luego en grupos, trataron de retroceder y salir de la ciudad.
Pero el camino estaba bloqueado. Por la calle, en la dirección por la que habían venido, avanzaban ordenadas filas de hussires armados.
Algunos de los Humanos Salvajes, entre ellos Alan y Mara, corrieron hacia las calles transversales. Pero también por ellas llegaban hussires guerreros.
Los Humanos Salvajes estaban atrapados en el centro de Falklyn. Presas del terror, los hombres y las mujeres de Haafin convergieron y se arremolinaron en el centro de la calle. Las flechas hussires que caían de las ventanas cercanas los iban atravesando uno a uno. Los hussires que avanzaban por un lado de la calle estaban casi a tiro de flecha, y por el otro lado los desarmados esclavos humanos estaban aún más cerca.
—¡Las ropas! —gritó Alan, con una súbita inspiración—. ¡Tiren las ropas y las armas y únanse a los esclavos! ¡Traten de regresar a la montaña!
Casi con un solo movimiento, se deshizo de la abierta chaqueta y de los amplios calzones y tiró el arco, las flechas y la lanza. Tan sólo la Seda quedó enrollada a su garganta.
Mara lo contempló unos instantes con la boca abierta, y él intentó arrancarle impacientemente la chaqueta. Súbitamente, Mara comprendió la idea y se desnudó en un santiamén; los otros Humanos Salvajes comenzaron a hacer lo mismo.
Las flechas de los escuadrones hussires empezaban a llover sobre ellos. Alan tomó a Mara de la mano y se lanzó directamente hacia la avalancha de esclavos humanos.
Otros Humanos Salvajes se le adelantaron y se arrojaron contra la muralla de hombres; iracundas manos los intentaron agarrar mientras trataban de perderse entre los esclavos, y Alan y Mara se vieron envueltos en un súbito remolino de gritos y confusión.
Había cuerpos sudorosos y desnudos rodeándolos por todas partes, fueron empujados de un lado para otro como las olas en una rompiente. Desesperadamente, se agarraron de la mano, luchando por mantenerse juntos.
Estaban arrinconados a un lado de la calle, contra la pared. La marea humana los arrastró contra las ásperas piedras y los arrojó a la entrada de una casa. La puerta cedió ante la tremenda presión y se vino abajo. Afortunadamente, tan sólo ellos perdieron el equilibrio y cayeron sobre la alfombra del piso.
Un hussir apareció por la puerta interior, con una puntiaguda lanza en la mano.
—¡Piedad, grandeza! —exclamó Alan en lenguaje hussir, arrastrándose.
El hussir bajó la lanza.
—¿Quién es tu amo, humano? —preguntó.
Un lejano recuerdo acudió a la mente de Alan:
—Mi amo vive en el Noroeste, grandeza.
La lanza se elevó de nuevo.
—Esto es el Noroeste, humano —dijo en forma amenazadora.
—Lo sé, grandeza —lloriqueó Alan, rogando que no se presentaran más coincidencias—. Pertenezco al mercader Senk.
La lanza descendió de nuevo hacia el suelo.
—Estaba seguro que eras un humano de la ciudad —dijo el hussir, contemplando la Seda enrollada en el cuello de Alan—. Conozco bien a Senk. ¿Y tú, mujer? ¿Quién es tu amo?
Alan no esperó a averiguar si Mara hablaba hussir.
—También pertenece a mi señor Senk, grandeza. —Otro recuerdo acudió a su mente, y añadió—: Es la época del acoplamiento, grandeza.
El hussir lanzó el peculiar silbido que era la risa de su raza. Les hizo la seña para que se levantaran.
—Salgan por la puerta de atrás y regresen a casa —dijo benévolamente—. Han tenido suerte de no verse separados entre todo ese rebaño.
Agradecidos, Alan y Mara se deslizaron por la puerta indicada y, a través de un oscuro pasillo, llegaron hasta una calle. Alan condujo a la muchacha hacia la izquierda.
—Tenemos que encontrar otra calle para salir de Falklyn —dijo—. Esta pertenece a las circulares.
—Espero que la mayor parte de los demás puedan escapar —dijo ella fervorosamente—. En Haafin no quedan más que niños y ancianos.
—Tendremos que andar con cuidado. Puede haber guardias en los límites de la ciudad. Hemos conseguido escapar de ese hussir, pero sería mejor que te adelantaras un poco hasta que lleguemos a las afueras. Es menos sospechoso que si nos ven juntos.
En una esquina, giraron hacia la derecha. Mara iba delante, a unos diez metros de distancia, y Alan la seguía. Vio su delgada y blanca figura avanzando bajo las luces de gas de Falklyn, y de pronto se echó a reír silenciosamente. A su memoria acudió el recuerdo de la rubia del castillo de Wiln, y pensó que no le había hecho falta.
Las calles estaban casi desiertas. Una o dos veces se cruzaron con humanos que pasaban trotando, y varias veces pasaron junto a hussires. Durante un rato Alan oyó gritos y silbidos no lejos de allí, pero no tardaron en apagarse.
No habrían caminado mucho tiempo, cuando Mara se detuvo. Alan se acercó a ella.
—Debemos estar llegando a las afueras —dijo, señalando el espacio abierto frente a ellos.
Caminaron rápidamente.
Pero se habían equivocado. La esquina de la siguiente calle se doblaba demasiado, y había luces más allá.
—Nos equivocamos cuando salimos del callejón —maldijo Alan en voz baja—. ¡Mira allá enfrente!
Ante ellos, recortada contra el fondo de estrellas, se distinguía vagamente la oscura mole de la Torre de las Estrellas.

V
El enorme edificio de metal se erguía hacia el cielo nocturno, perdiéndose en la negrura. El parque que lo rodeaba estaba a oscuras, pero podían ver el brillo de las lámparas en la entrada de la Torre de la Estrella, allá donde los guardias hussires permanecían en guardia permanente.
—Tenemos que retroceder —susurró Alan.
Ella se pegó a él y lo miró con sus grandes ojos.
—¿Atravesar toda la ciudad? —preguntó con un estremecimiento.
—Me temo que sí.
Pasó su brazo por los hombros de Mara, y dieron la espalda a la Torre de la Estrella. Mientras, lentamente, se llevó la mano a la bufanda.
¡La bufanda! Se detuvo en seco, haciendo que ella también se parara. ¡La Seda!
Sujetó a Mara por los hombros y la miró directamente al rostro.
—Mara —dijo gravemente—, no regresaremos a las montañas. Vamos a penetrar en la Torre de la Estrella.
Regresaron por la calle radial, y corrieron atravesando la última y más pequeña de las circulares. Saltaron la verja, y se deslizaron como fantasmas entre las sombras del parque.
Iban de árbol en árbol y de matorral en matorral, con la facilidad de las criaturas acostumbradas a pasar la noche al aire libre. Había pequeños grupos de guardias repartidos por todo el parque. Probablemente se había reforzado la vigilancia a causa de la invasión de los Humanos Salvajes. Pero los guardias llevaban pequeñas lámparas veladas, y los hussires no podían ver bien en la oscuridad. Los dos humanos pudieron evitarlos con facilidad.
Llegaron hasta el pie de la Torre de la Estrella, y la rodearon sigilosamente. En su base, la rampa de entrada era dos veces más alta que Alan. Había dos guardias, hablando en voz baja bajo las lámparas colgadas a ambos lados de la oscura y abierta puerta de la Torre.
—¡Si tan sólo hubiéramos traído un arco! —exclamó Alan en un susurro—. Puedo dar cuenta de uno aún sin armas, pero no de dos.
—¿Y con mi ayuda? —dijo ella.
—No. Son pequeños, pero fuertes. Mucho más fuertes que una mujer.
A contraluz, se veía un objeto pequeño asomando unos cuantos centímetros por un lado de la rampa, junto a ellos.
—Quizá sea una lanza —susurró Alan—. Te subiré para ver.
Cuando, un momento más tarde, la bajó de nuevo, ella tenía un objeto en la mano.
—Es tan sólo una flecha —dijo la muchacha, disgustada—. ¿Y para qué sirve una flecha, sin arco?
—Puede servir —dijo él—. Quédate aquí, y cuando llegue al pie de la rampa haz algún ruido para distraerlos. ¡Y corre!
Se arrastró hasta el lugar donde la rampa formaba un ángulo con el suelo. Miró hacia atrás. Mara era una mancha pálida en la oscuridad.
Mara empezó a golpear los lados de la rampa con el puño y a cantar en voz baja. Agarrando sus arcos, ambos guardias hussires avanzaron rápidamente hacia el borde. Alan se levantó de un salto y corrió todo lo aprisa que pudo, subiendo la rampa, con la flecha firmemente sujeta en una mano.
Los arcos de los hussires estaban tensados para disparar hacia donde se hallaba Mara cuando notaron la vibración de la rampa. Se giraron rápidamente.
Sus flechas, lanzadas con excesiva precipitación, erraron su blanco. Alan atravesó la garganta de uno con su propia flecha, mientras agarraba al otro. Con una salvaje explosión de fuerza, arrojó al hussir fuera de la rampa.
Mara gritó: una patrulla de tres hussires estaba demasiado cerca. Casi había llegado al pie de la rampa cuando uno de ellos salió de la oscuridad y la agarró desde atrás por la cintura. Los otros dos corrieron hacia Alan, con las lanzas en la mano.
Alan recogió del suelo el arco y el carcaj del hussir al que había matado. Su primera fecha se clavó en uno de los que se acercaban. El que había agarrado a Mara la tiró contra el suelo y levantó su lanza para atravesarla.
La flecha de Alan tan sólo le rozó, pero le hizo soltar la lanza, y Mara anduvo unos instantes a cuatro patas y corrió por la rampa.
El tercer hussir atacó a Alan. Este lo esquivó. La hoja no le tocó, pero el mango le golpeó en un costado, casi arrojándolo de la rampa. El hussir se recobró instantáneamente y levantó de nuevo la lanza. Alan estaba demasiado cerca para usar el arco, y no tenía tiempo de recoger otra arma.
Mara saltó a la espalda del hussir, enroscó sus piernas en torno a su cuerpo, y agarró con ambas manos el brazo que tenía la lanza. Antes que el hussir pudiera sacudírsela de encima, Alan le arrebató el arma y lo traspasó con ella.
Otros guardias acudían corriendo desde todos lados. Las flechas comenzaron a llover en torno a la puerta de la Torre de la Estrella cuando los dos humanos penetraron dentro.
Había una luz en el interior de la Torre de la Estrella, una luz más tenue que las de gas pero más clara. Estaban en una pequeña pieza, con otra puerta que conducía al interior de la Torre.
La puerta apoyada contra el muro de la Torre tenía casi tres cuartos de metro de espesor, y su diámetro era mayor que la altura de un hombre. Estaba fijada a la pared mediante un eje. Los dos al unísono no pudieron moverla ni un ápice.
Las flechas estaban empezando a penetrar por la puerta. Alan había dejado caer fuera las armas de los guardias. En un momento los hussires reunirían el valor suficiente para subir la rampa.
Alan miró desesperadamente a todos lados, buscando un arma. Las paredes metálicas estaban desnudas, excepto unas barandillas de metal y un tablero del que surgían tres barras, también de metal. Alan agarró una de ellas, tratando de arrancarla del tablero para usarla como maza. Tiró de ella y se oyó un ruido silbante en la pieza, pero no se desprendió. Intentó lo mismo con la siguiente, y ésta se desplazó de su lugar pero permaneció fija en el tablero.
Mara, tras él, lanzó un grito. Alan se volvió.
La gran puerta se estaba cerrando sola, lentamente, y afuera la rampa se elevaba del suelo y se deslizaba silenciosamente dentro de la pared de la Torre de la Estrella. Los pocos hussires que se habían atrevido a subir por la rampa estaban cayendo al suelo, como hormigas.
La puerta se cerró con un estruendo final. El silbido desapareció de la pieza tras unos instantes. Un silencio de muerte se adueñó de la Torre de la Estrella.
Atravesaron la puerta interior, tímidamente, tomados de la mano. Estaban en un corredor curvo. Enfrente tenían una pared desnuda. Recorrieron el pasillo circular, dando una vuelta completa alrededor de la Torre de la Estrella hasta volver de nuevo a la puerta de entrada, sin encontrar ningún otro acceso que diera paso a la pared interior.
Pero había una escalerilla. La subieron, Alan primero, Mara después. Se encontraron en otro corredor, y había otra escalerilla.
Subieron y subieron, recorriendo piso tras piso. La pared desnuda se convirtió en amplias estancias, llenas de raros muebles. Algunos tenían compartimientos cerrados y en varios de ellos, a lo largo de tres pisos, había unas cruces rojas pintadas.
Estaban empapados de sudor cuando llegaron a la pieza con las ventanas. Y ya no había más escalerillas.
—¡Mara! —exclamó Alan—. ¡Estamos en la cúspide de la Torre de la Estrella!
La pieza era abovedada, y desde la altura de la cabeza hacia arriba toda la bóveda era como una gran ventana acristalada. Aunque las ventanas miraban casi todas ellas hacia arriba, las que estaban situadas en la periferia dejaban ver la ciudad de Falklyn a sus pies. Había un par de ellas por las que se veía una parte del parque y precisamente la parte que correspondía a la entrada, ya que podían distinguir a un gran número de hussires corriendo, a la luz de las dos lámparas de gas que aún permanecían encendidas a ambos lados de la ahora cerrada puerta.
Todas las ventanas de la parte superior de la bóveda miraban hacia las estrellas.
La parte baja de la pared estaba cubierta con extrañas ruedas, barras de metal, diagramas y pequeños círculos brillantes y luces de colores.
—¡Estamos arriba de la Torre de la Estrella! —gritó Alan con triunfante frenesí—. ¡Y yo tengo la Seda, y cantaré la Canción!

VI

Alan elevó la voz, y sus palabras retumbaron en las paredes de la abovedada pieza:

Brilla, brilla, estrella de oro,
Te alcanzaré aunque estés tan lejos.
Cierra mi boca, halla mi cabeza,
Encuentra un gusano que tenga rayas rojas,
Dalo de comer a la concha de la tortuga,
Y échate a dormir, pues todo irá bien.

No ocurrió nada.
Alan cantó el segundo verso, y tampoco ocurrió nada.
—¿Crees que, si ahora salimos, los hussires dejarán libres a todos los humanos? —preguntó Mara, dudosa.
—¡Eso es una tontería! —dijo Alan, mirando por la ventana a la multitud de hussires que llenaban ahora el parque—. Se trata de una adivinanza. ¡Hay que hacer lo que dice!
—¿Pero cómo? ¿Qué es lo que significa?
—Tiene algo que ver con la Torre de la Estrella —dijo Alan pensativamente—. Quizá la estrella de orosignifique la Torre de la Estrella, aunque yo siempre pensé que significaba la estrella dorada que se ve en la parte sur del cielo. De todos modos, llegamos a la Torre de la Estrella, y es tonto pensar en alcanzar una estrella verdadera. Tomemos el siguiente verso: Cierra mi boca, halla mi cabeza. ¿Cómo puede cerrarse la boca de nadie antes de hallar su cabeza?
—Nosotros tuvimos que cerrar la puerta de la Torre de la Estrella antes de poder subir hasta aquí —se atrevió a decir Mara.
—¡Eso es! —exclamó Alan—. Ahora encontremos un gusano que tenga rayas rojas.
Buscaron por toda la gran piedra, por debajo de las extrañas camas torcidas que podían moverse hacia adelante y convertirse en sillones, y detrás de aquellos raros objetos que estaban por todas partes en el suelo. La parte inferior de la pared estaba llena de cajones, y los fueron sacando uno por uno.
En un momento determinado, Mara dejó caer un pequeño disco de metal, que se abrió al chocar contra el suelo. Un delgado carrete, se desprendió de él, y una cinta blanca se desenrolló.
—¡Un gusano! —gritó Alan—. ¡Hay que encontrar uno que tenga rayas rojas!
Abrieron discos y más discos…, y finalmente, allí estaba: una cinta cruzada diagonalmente con rayas rojas. Había letras en el disco de metal, y Mara deletreó:
Emergencia. Tierra. Despegue automático.
Ninguno de los dos podía imaginar lo que significaba, así que se pusieron a buscar la concha de la tortuga…, y, naturalmente, esta no podía ser más que el objeto transparente, de forma redondeada, que se encontraba en una especie de pedestal, entre las dos camas-sillones.
Fue complicado intentar dar de comer el gusano de rayas rojas a la concha de la tortuga, ya que la única abertura de esta se hallaba en la parte inferior, a un lado. Pero con Alan tumbado en una de las camas-sillones, y Mara tumbada en la otra, y trabajando juntos, consiguieron introducir una punta del gusano dentro de la boca de la tortuga.
Inmediatamente, la concha de la tortuga empezó a engullir el gusano de rayas rojas, con un golpetear que duró unos momentos y que fue ahogado por un poderoso rugido muy abajo, en las entrañas de la Torre de la Estrella.
Las ventanas que miraban hacia el parque florecieron con una llama casi demasiado brillante para los ojos humanos, y las luces de Falklyn comenzaron a desaparecer de las otras ventanas alrededor de la bóveda.
Muchos meses después, se acordarían del segundo verso de la Canción. Penetrarían en una de las estancias marcadas con una cruz, se clavarían con los insectos agujas hipodérmicas, y caerían en el sueño de la animación suspendida.
Pero ahora estaban desnudos, acostados e inconscientes, en la cabina de control de una nave que aceleraba. A causa de la brisa ocasionada por los acondicionadores de aire, el mensaje de la Seda para la Tierra tremolaba en la garganta de Alan

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