El volcán, Philip José Farmer

1

En un maizal de los Catskills era más fácil creer en fantasmas que en un volcán.

Curtius Parry, detective privado, creía en el volcán porque los periódicos y las emisoras de radio no tenían razones para mentir. Además, como evidencia adicional, contaba con una carta de su amigo Edward Malone, periodista de The Globe. Mientras viajaba en el asiento posterior de su automóvil por la carretera del Condado de Greene, sostenía en su mano la carta que Malone le había enviado dos días antes.

Estaba fechada el 1 de abril de 1935 y firmada por Bonnie Havick.

Querido Sr. Parry:

Conseguí hablar con el señor Malone durante unos minutos sin que mi padre y mis hermanos me oyeran. Dijo que le enviaría una nota de mi parte si yo lograba entregársela. Aquí está. No tengo mucho tiempo. Estoy escribiendo esto en el sótano; ellos creen que he bajado a buscar compota de pera. Por favor, señor Parry, ayúdeme. El sheriff que tenemos aquí no vale nada, es un inútil. Dicen que Wan huyó después de que mi padre y mis hermanos le golpearan. Yo no lo creo, y me temo que le hicieron algo peor. No me atrevo a hablar con nadie de los de aquí sobre Wan porque todo el mundo me odia. Wan es mejicano ¡Por favor, haga lo posible por venir! ¡Estoy tan asustada!

Según la nota de Malone que acompañaba a la carta, «Wan» era Juan Tízoc. Había llegado pocos años antes procedente de Méjico, entrando probablemente de forma ilegal en el país, y vagando por los alrededores, bien mendigando o trabajando en alguna que otra granja. En el momento de su desaparición, llevaba tres meses trabajando para los Havik. Dormía en un cuartito situado en el desván del granero. Malone había intentado echar un vistazo al interior de la habitación, pero la puerta estaba cerrada con candado. Cuando le preguntó al sheriff Huisman sobre Tízoc, éste repuso que, al parecer, había huido atemorizado por el volcán.

Tízoc, pensó Parry. Aquel nombre no provenía de España. Era indígena de Méjico, probablemente azteca e indudablemente náhuatl. Malone le había enviado la descripción que de Tízoc le había dado Bonnie. Bajo, robusto y de facciones evidentemente náhuatl: nariz aguileña de amplias ventanas, dientes macizos y ligeramente prominentes, y boca ancha. Al sonreír, explicaba Bonnie, su rostro se iluminaba como el cielo al estallar un relámpago.

Bonnie estaba loca por él. Pero Tízoc debía estarlo, en sentido literal, para haberse liado con una muchacha blanca en aquella aislada comunidad de los Catskills. Hacía sólo tres años que, en las afueras de un pueblo situado a quince kilómetros de distancia, habían asesinado a un negro por haber viajado en el asiento delantero de un coche, junto a la mujer blanca que le había recogido en la carretera.

Malone incluía, junto con la carta de Bonnie, una nota propia y el informe preliminar de los geólogos sobre el lugar de los hechos.

La chica ha sido, y sigue siendo, maltratada por su padre y sus hermanos. Su madre también la maltrataba pero, como ya sabes, murió hace cuatro días al ser alcanzada por una piedra lanzada por el volcán.

Bonnie tiene una cicatriz horrorosa en la cara que, según los rumores locales, le hizo su padre con un atizador al rojo vivo. También he podido apreciarle magulladuras en los brazos que parecen bastante recientes.

Por otra parte, algunos campesinos dicen que ella podría haber sido la causante de «todo aquello», refiriéndose a los extraños fenómenos que tuvieron lugar en la finca de los Havik cuando Bonnie contaba once años. Al parecer, le echaron la culpa de los incendios espontáneos que por aquel entonces se declararon en la casa y en el granero. Hay algunos que te dirán, tanto si les preguntas como si no, que Bonnie ha vuelto a las andadas. Es evidente que la consideran psíquicamente responsable de la aparición del volcán; creen que tiene poderes extraños, y algunos chiflados venidos del Greenwich Village, Los Angeles y otros lugares donde no abunda la sensatez, concuerdan con esta teoría. Ya sé que todo esto es absurdo, pero prepárate para enfrentarte a conversaciones de este estilo y, tal vez, a. acciones del mismo cariz.

El informe de los geólogos se había redactado dos días después de que el campo se abriera y comenzara a vomitar lava y vapor. Estaba destinado al público, pero no se daría a conocer hasta que el gobernador lo permitiera. Al parecer, no quería que se publicase nada que pudiera desatar el pánico en la zona. Malone había conseguido (léase robado) una copia.

El documento comenzaba informando al público de que los Catskills no eran de origen volcánico. El subsuelo era principalmente de origen sedimentario, estando constituido por capas masivas de arenisca y conglomerados. Bajo la arenisca había esquistos.

Pero, inexplicablemente, la arenisca y el esquisto estaban siendo calentados por algún poderoso agente, hasta el punto de que fluían al rojo blanco y emergían por la chimenea que se había abierto en el maizal. El volcán arrojaba trozos de arenisca, calentados hasta convertirse en un semilíquido, más allá de los márgenes del campo. La mayor parte de la fuerza propulsora parecía deberse al vapor de agua de origen meteórico que, explotando entre las rocas, las disparaba hacia el exterior.

Los geólogos, tras analizar los gases y cenizas expelidos por el cono, se habían mostrado contrariados. Según los análisis de gases volcánicos realizados en 1919 en el Kilauea, Hawaii, la composición media debería haber sido, más o menos, la siguiente: 7075 por ciento de agua, 14’07 por ciento de anhídrido carbónico, 0’40 por ciento de monóxido de carbono, 0’33 por ciento de hidrógeno, 5’45 por ciento de nitrógeno, 0’18 por ciento de argón, 6’40 por ciento de anhídrido sulfuroso, 1’92 por ciento de anhídrido sulfúrico, 0’10 por ciento de azufre y 0’05 por ciento de cloro.

La composición de los gases del volcán Havik, en partes por quintal, era: 65 de oxígeno, 18 de carbono, 10’5 de hidrógeno, 3’0 de nitrógeno, 1’5 de calcio, 0’9 de fósforo, 0’4 de potasio, 0’3 de azufre, 0’15 de cloro, 0’15 de sodio, 0’05 de magnesio, 0’006 de hierro y 0’004 de otros elementos.

En la H2O expelida, que constituía la mayor parte de los gases, había partículas suspendidas de cloruro sódico (sal de mesa) y bicarbonato sódico. Había también mucho anhídrido carbónico y partículas de carbón chamuscado.

La lava de arenisca fluía del cono a una temperatura de 710 grados centígrados.

Parry leyó la lista tres veces, manteniendo el ceño fruncido hasta el momento en que levantó la vista del papel.

—¡Ja! —exclamó entonces, sonriendo.

—¿Qué, señor? —preguntó el chófer.

—Nada, Seton —repuso Parry de primer momento, para después murmurar—: Los geólogos están tan cerca que no lo ven, por más elemental que sea… pero, no puede ser… ¡Sencillamente, no puede ser!

2

Poco después de la una del mediodía, el automóvil entró en Roosville, un pueblo cuyo aspecto venía a ser el mismo que el de cualquier centro agrícola del sudeste del estado de Nueva York. A Parry le recordaba el pueblo de Indiana donde había crecido, sólo que Roosville estaba más limpio y se veía mucho menos miserable. Tras informarse en la gasolinera, se dirigió a la pensión de Doorn. Las habitaciones escaseaban debido a la avalancha de visitantes que el volcán había atraído, pero Malone había dispuesto que Parry compartiera con él su habitación. Seton dormiría en un catre instalado en el sótano. Era evidente que a la señora Doorn le había impresionado aquel alto y apuesto forastero que venía de Manhattan. Lejos de turbarle, la manga izquierda de su abrigo, vacía, le intrigó. Preguntó si Parry había perdido el brazo en la guerra, y excusó su franqueza comentando que la reciente muerte de su marido había sido el efecto producido a largo plazo por una herida sufrida en St. Mihiel.

—Yo también fui herido —dijo Parry—. En el bosque de Belleau.

No añadió, sin embargo, que fueron dos balas calibre .45 del arma de un matón las que le segaron el brazo, durante una refriega ocurrida en el Bowery, hacía ya cuatro años.

Poco después, Seton y Parry salían del pueblo por el camino de grava que partía del centro en dirección este. El sendero viraba y se retorcía como una serpiente cuya cabeza hubiera quedado atrapada en las fauces de un lobo, caracoleando mientras subía y bajaba por aquellas colinas cubiertas de espesura en las que se entremezclaban las coníferas y los árboles de hoja plana. Luego bordearon una profunda cañada rocosa, una de las muchas que hay en los Catskills.

La violencia había creado las cañadas tiempo atrás, pensó Parry, pero aquella violencia era el resultado natural de la estructura geológica de la zona. El volcán también era producto de la violencia, pero su presencia en los Catskills no era previsible ni natural; era tan inexplicable como la de un dinosaurio.

Tras rodear un recodo, el automóvil salió a un terreno comparativamente llano. A medio kilómetro se alzaba la granja Havik: un edificio grande de dos pisos, construido en madera y pintado en blanco, y un amplio granero de color rojo. Y, tras éste último, un penacho de vapor blanco tachonado de partículas obscuras.

El automóvil se detuvo al final de una larga fila de vehículos, estacionados con las ruedas de la parte izquierda sobre la grava y las de la derecha sobre la cuneta blanda y fangosa. Parry y Seton bajaron del coche y caminaron a lo largo de la fila en dirección a la valla de estacas blancas del cercado de la parte delantera de la granja. Desde allí, por encima de las cabezas de la multitud alineada alrededor del maizal, Parry alcanzaba a ver, más allá del granero y en el centro del campo, un cono truncado de unos tres metros de alto cuyas paredes nudosas y rojizas recordaban irresistiblemente a una herida que se secara y volviera a sangrar alternativamente, una y otra vez. De él surgía un geiser de vapor. Instantes después de su llegada, un resplandor incandescente iluminó los bordes del cráter. Reflejándose en la nube de vapor, la masa que lo originaba sobrepasó los ennegrecidos bordes. Era lava al rojo blanco, arenisca impulsada desde el interior de la tierra que rebosaba del cráter, extendiendo las paredes del cono en sentido horizontal y alzándolas en vertical.

Le pareció que el suelo temblaba ligeramente a intervalos irregulares, como si a través de la tierra y desde muy lejos llegaran hasta allí los latidos de un corazón enorme pero moribundo a la vez. Debía ser producto de su imaginación, ya que según el informe de los científicos no habían tenido lugar las perturbaciones sísmicas previstas. Sin embargo, las personas que formaban la multitud congregada en torno al campo y frente a la casa, comenzaron a cruzar miradas ansiosas. Demasiado blanco de los ojos, demasiado carraspeo, arrastrar de pies y caminar hacia atrás. Algún rumor había corrido entre el gentío, algo que haría que se sobresaltasen si cualquier acontecimiento mínimamente adverso tenía lugar.

La portezuela del coche del sheriff, estacionado junto a la entrada de la valla, se abrió, al tiempo que el sheriff descendía para dirigirse hacia Parry con andares de pato. Era bajo pero muy gordo, una bola de grasa que fumaba un puro barato y maloliente y en cuyo rostro purpúreo resaltaba la mirada desafiante que sus ojos entornados dirigían hacia Parry. En realidad, pensó Parry, no es una bola de grasa, sino más bien un vaso sanguíneo a punto de estallar.

Los finos labios de aquella gruesa cara se movieron para preguntar:

—¿Tiene usted negocios aquí, señor? Parry miró a la multitud. Saltaba a la vista que algunos eran periodistas o científicos, y también que la mayoría estaba constituida por vecinos que no tenían otro negocio más importante al que dedicarse que curiosear. Pero lo último que el sheriff haría sería provocar la hostilidad de los votantes.

—No, a menos que la curiosidad sea para usted un negocio —repuso Parry. Por el momento, no tenía necesidad de identificarse, y podría trabajar mejor si la ley de Roosville no andaba vigilándole.

—Muy bien, puede entrar —dijo Huisman—. Pero le costará un dólar por cabeza, si su hombre entra con usted.

—¿Un dólar?

—Sí. Entre que se les quemó el granero, que a la señora Havik la mató una piedra de ese volcán hace sólo cuatro días, y que esta gente, además de no respetar su intimidad, no deja de estorbar y pisotearlo todo, los Havik están pasando un mal momento. De alguna manera tienen que arreglárselas.

Parry le hizo un gesto a Seton y, después de que éste entregase los dos dólares al sheriff, cruzaron la puerta. Se abrieron paso entre la gente, pasaron junto a unos enviados especiales de la Pathé, y se detuvieron al llegar al margen del campo. A causa de las recientes lluvias, estaba enfangado en su mayor parte y la hierba se veía chamuscada por las «bombas» de lava que arrojaba el volcán, esparcidas por todo el campo hasta contabilizar varios cientos. Al salir del cráter eran aproximadamente esféricas, pero el impacto las había achatado. Como Seton señaló, le daban al campo el aspecto de un prado donde hubieran pacido vacas de piedra.

La lava había dejado de fluir y estaba enrojeciendo a medida que se enfriaba. Parry se volvió para mirar la parte trasera del granero, hundida aquí y allá y marcada con diversas manchas negruzcas. Evidentemente, la parte trasera de la casa también había sido alcanzada por las piedras, ya que todas las ventanas, excepto las que quedaban al abrigo del alero del porche, estaban protegidas con tablones.

Un hombre apareció por una de las esquinas del granero. Sonriendo y con la mano extendida, se acercó a Parry con grandes zancadas.

—¡Cursh, hijo de …! —saludó—. ¡No estaba seguro de que fueras a venir! ¡Al fin y al cabo, tu cliente no va a poder pagarte!

3

—Cada año hago un donativo por el importe de un caso —respondió Parry, sonriendo a su vez y estrechándole la mano—. Además, en esta ocasión creo que sería yo quien pagaría a mi cliente.

Ed Malone saludó a Seton y añadió:

—He averiguado ciertas cosas que no he tenido tiempo de comunicarte. Los vecinos dicen que el volcán es obra de Dios, que lo ha hecho aparecer para castigar a los Havik. No se les aprecia demasiado por aquí. Son reservados, rara vez acuden a la iglesia, están borrachos noche y día y son muy desaliñados. Y, sobre todo, a los vecinos no les gusta como tratan a Bonnie aunque, como dicen ellos, sea «un tanto rara».

—¿Qué hay de Tízoc?

—Nadie le ha visto. Claro que nadie se ha puesto a buscarle tampoco. Bonnie no le ha dicho nada al sheriff porque teme que vaya a contárselo a su familia, en cuyo caso lo pasaría mal. Debe andar intentando salir para verte pero…

Una detonación como la de varios cartuchos de dinamita estallando a la vez les hizo arremolinarse. Gritaron atemorizados junto con la gente que les rodeaba al ver una masa al rojo blanco que se les venía encima. Echaron a correr y oyeron tras de sí un resquebrajamiento. Al darse la vuelta, vieron un agujero que echaba humo en la parte trasera del granero.

El grito de «¡Fuego!» se elevó entre la multitud. Parry y los demás rodearon el granero a toda prisa y desde la parte delantera se asomaron al interior. La roca incandescente había aterrizado sobre un montón de heno, junto a la pared posterior, provocando el incendio de ambos. Las llamas se estaban propagando rápidamente hacia los establos, donde los tres caballos que albergaban relinchaban y coceaban frenéticamente. Desde los corrales, junto a la pared anterior del edificio, llegaban los agudos y aterrorizados chillidos de los cerdos.

Durante los fútiles esfuerzos que se llevaron a cabo para salvar el granero, Parry identificó a los Havik. El fuego les había hecho salir a todos de la casa. Henry Havik era un hombre muy alto y delgado de unos cincuenta y siete años de edad, calvo, con la nariz rota, las encías inflamadas y los labios gruesos. La nariz también era bulbosa y estaba cubierta de venitas reventadas; las erupciones del whisky. Cuando lo tuvo cerca, Parry advirtió que su aliento apestaba a alcohol y a dientes cariados. El aspecto de sus hijos, Rodeman y Albert, era la versión juvenil del que su padre ofrecía. Trascurridos veinte años, o menos, sus rostros estarían tan cubiertos de venitas reventadas y sus dientes tan cariados como los de su padre.

Bonnie había logrado salir durante la confusión y, aunque hubiera debido preocuparse del granero, era evidente que buscaba a Parry. Al ver a Malone se le acercó, al tiempo que éste señalaba a Parry. Tenía tan sólo veintiún años, pero las profundas arrugas de su rostro, la notoria cicatriz que surcaba su mejilla izquierda y el andrajoso y holgado vestido que llevaba le hacían parecer mayor. De no estar tan revuelto, su cabello rubio habría resultado atractivo. En realidad, limpia, arreglada y bien vestida, sería guapa, se dijo Parry. De todos modos, había algo salvaje e inquietante en aquellos pálidos ojos azules.

El granero seguía echando humo mientras los hombres, entre toses y juramentos, sacaban de allí a los caballos y a los cerdos al tiempo que otros formaban una hilera de cubos. Como los Havik no tenían teléfono, el sheriff tuvo que salir a toda prisa en su coche para avisar a los bomberos. Parry le hizo un gesto a Malone y Bonnie le siguió, dirigiéndose los tres hacia el otro lado de la casa. Le hubiera gustado apostar a Seton, como centinela, pero el chófer se había perdido entre la barahúnda.

—No hay tiempo ni necesidad de presentaciones —dijo Parry—. Háblame de Juan Tízoc, Bonnie. Todo esto tiene que ver con él ¿verdad?

—Es usted muy listo, señor Parry —repuso ella—. Sí, así es. Cuando Padre contrató a Juan, no le presté mucha atención. Era bajo y moreno, parecía un indio, y tenía un acento extraño. También era cojo. Me explicó que, de pequeño, un turista americano que marchaba a toda velocidad le había atropellado y que nunca había podido volver a andar derecho desde entonces. A veces aquello le amargaba, pero cuando estaba conmigo se pasaba la mayor parte del tiempo riendo y bromeando. Eso fue lo que, al principio, hizo que me gustara tanto, Sepa que antes de que él llegara, no había muchas oportunidades de reír por aquí. No sé cómo, porque tampoco es que le viera demasiado, pero me hizo la vida más fácil; los días me parecían bordeados por una aureola de luz, aunque en sí no fueran muy luminosos. Madre y Padre seguían agobiándole en el trabajo; trabajaba mucho, pero ellos no parecían nunca satisfechos y no dejaban de insultarle, de gritarle… y hasta se ponían quisquillosos con la comida. Pero él sabía encontrar tiempo para mí…

—Si tan mal le trataban ¿por qué no se marchó?

—Estaba enamorado de mí —repuso ella, apartando la vista.

—¿Y usted?

—Yo le amaba —respondió con voz apenas audible.

Gimió un poco y dijo:

—¡Y ahora se ha ido, me ha dejado! —Y tras una breve pausa, añadió—: ¡Pero no puedo creer que quisiera dejarme!

—¿Por qué no?

—¡Le diré por qué! Los dos sabíamos perfectamente lo que cada uno sentía por el otro sin haber cruzado una sola palabra sobre ello ¡Y puede estar seguro de que buscamos las palabras adecuadas! Supongo que si yo hubiera sido mejicana me lo habría dicho hace tiempo, pero él sabía que respecto a la gente de Roosville era igual que un negro. Y yo le quería, pero también me avergonzaba de ello. Al mismo tiempo, no creía posible que ningún hombre, ni siquiera un mejicano, me amara.

Se tocó la cicatriz.

—Siga —dijo Parry.

—Acababa de darles el forraje a los caballos, cuando Juan entró en el granero. Miró a su alrededor y, al ver que no había nadie más, vino directamente hacia mí. Me di cuenta enseguida de lo que iba a hacer, así que me eché en sus brazos y comencé a besarle. Me estaba diciendo, entre besos, lo mucho que odiaba a los gringos, especialmente a mi familia, y cuánto deseaba que acabaran todos en el infierno, excepto yo, naturalmente, porque me quería tanto, cuando…

Rodeman Havik pasó en aquel momento frente a la puerta del granero y los vio. Llamó a su padre y a su hermano, y los tres juntos entraron en el granero y se abalanzaron sobre Tízoc. Este logró derribar a Rodeman, pero el padre y Albert saltaron sobre él y comenzaron a golpearle y a darle patadas. Entonces apareció la madre de Bonnie y, con la ayuda de Rodeman, arrastraron a Bonnie hasta la casa y la encerraron en el sótano.

—Y esa fue la última vez que le vi —dijo con los ojos bañados en lágrimas—. Padre dijo que le había echado de la granja y que le había dicho que le mataría si no se iba de la región. Y luego me pegó. Dijo que merecía que me matara, porque ninguna mujer blanca decente dejaba que un desharrapado le pusiera la mano encima. Pero soy tan fea que me sentía afortunada de que incluso un desharrapado se hubiera fijado en mí.

—¿Por qué la odia tanto su padre? —preguntó Parry.

—¡No lo sé! —exclamó ella sollozando— ¡Pero me gustaría tener el suficiente valor como para matarme!

—¡No te preocupes! ¡Ya te ayudaré yo! —vociferó alguien.

4

Henry Havek, con los ojos entornados amenazadoramente, los labios apretados de tal manera que parecían el filo de una navaja y la nariz cubierta de hollín, se abalanzó sobre su hija.

—¡Zorra! —gritó—. ¡Te dije que te quedaras dentro!

Parry se interpuso entre Havik y Bonnie.

—Si la pega, no tardaré ni diez minutos en meterle en la cárcel —advirtió.

Havik se detuvo, pero no aflojó los puños.

—¡No sé quién es usted, manco estúpido, pero será mejor que se aparte! ¡Está interfiriendo entre padre e hija!

—Ella es mayor de edad y puede irse cuando quiera —repuso fríamente Parry. Luego, manteniendo la vista clavada en el granjero, añadió en voz alta—: ¡Bonnie, decídase y me la llevo conmigo al pueblo! Y no haga caso de sus amenazas. Nada puede hacerle mientras tenga protección. O testigos.

—¡A él no le importa que me vaya o no! —dijo ella—. ¡Y yo tengo miedo de irme! ¿Qué voy a hacer sola por ahí?

Parry la miró; sentía por ella una gran compasión y, a la vez, cierta repugnancia.

—Bonnie —dijo finalmente—, tiene usted suficiente sentido común como para saber que por mala que sea la situación en que vaya a encontrarse, siempre será mucho mejor que la actual. Tenga el valor, las agallas de hacer lo que su buen sentido le dicta.

—¡Pero si me voy —se lamentó—, nadie hará nada para saber qué le ha ocurrido a Juan!

—¿Qué? —gritó Havik al tiempo que intentaba golpear a Parry, aunque se hizo evidente que su primer objetivo había sido su hija. Parry paró el golpe con el brazo y le dio una patada en la rodilla, mientras Malone hundía su puño en el plexo solar del granjero. Este cayó, agarrándose la rodilla con ambas manos y haciendo esfuerzos por respirar. Un instante después, los dos hijos, seguidos de cerca por el sheriff Huisman, aparecieron por una de las esquinas de la casa. Huisman ordenó a todo el mundo que se quedara quieto y todos obedecieron excepto Havik, que se retorcía de dolor en el suelo.

Después de que todos se pusieran a hablar a la vez, Huisman exigió, y obtuvo, silencio. Pidió a Bonnie que explicara lo ocurrido.

—¿Así que es usted detective privado, Parry? —dijo tras haberla escuchado—. Bueno, pues no tiene autorización para ejercer aquí.

—Cierto —respondió Parry—, pero esto no tiene nada que ver con la actual situación. Represento a la señorita Havik (¿no es así, Bonnie?), y ella desea abandonar este lugar. Tiene más de veintiún años y, por tanto, es legalmente habré de hacerlo, el señor Havik nos ha atacado (tengo dos testigos que pueden ratificar esta declaración), y si no se calla, le voy a acusar de…

—¡Están en mi propiedad! —exclamó Havik—. En cuanto a usted, patas largas…

Parry tomó a Bonnie del brazo.

—Vámonos —dijo—. Ya enviaremos a alguien a buscar su ropa.

Los hijos miraron a su padre. Huisman frunció el ceño y se puso el puro entre los dientes. Parry sabía lo que estaba pensando. El sheriff era consciente de que la hija estaba en su derecho. Además, había allí un periodista de Nueva York ¿Qué podía hacer, en el caso de que quisiera hacer algo?

—Lo pagarás caro, desagradecida —amenazó Havik, pero sin hacer nada para evitar que su hija se fuera. Temblando y caminando tan sólo porque Parry la obligaba y dirigía, la muchacha salió de la granja en dirección al automóvil de Parry.

5

Parry se metió en la cama a las diez, pero estaba demasiado cansado para dormirse inmediatamente. Los acontecimientos ocurridos en la granja de Havik le habían excitado y los que siguieron, además de ponerle los nervios de punta, le habían hecho consumir aun más energía. Estaba furioso con el sheriff a causa del desprecio que había demostrado hacia Bonnie después de oír su declaración y de su negativa a interrogar a los Havik o a registrar la granja. Sencillamente, opinaba que la paliza que le habían propinado a Tízoc había sido una acción justa, incluso loable. Y argüía que no había pruebas suficientes para justificar una investigación sobre la desaparición de Tízoc. Que el sheriff tuviera razón con respecto a este último punto, encolerizaba aún más a Parry.

Tras la prolongada sesión que mantuvieron en la oficina del sheriff, Parry consiguió una habitación para Bonnie en casa de la señora Amster. Después, fueron a la pequeña tienda de ropa, compraron vestidos, y una vez de vuelta en la habitación, Bonnie se bañó, se maquilló un poco —hubiera considerado pecaminoso excederse— y se vistió para acompañar a Seton y Parry al restaurante. Allí, la chica se vio sometida a las miradas curiosas, y hostiles en algunos casos, que sin ninguna reserva le dirigieron los clientes mientras murmuraban entre sí. Para cuando salieron del restaurante, lloraba.

Más tarde, pasearon por el pueblo mientras ella le contaba a Parry los detalles de su vida en casa de sus padres. Parry era fuerte, pero de vez en cuando los sufrimientos y tragedias de la humanidad se negaban a mantenerse a raya. Como el mar arremetiendo contra un dique, encontraban una fisura y se colaban a través de ella. Normalmente era un solo caso, que como el de Bonnie representaba a millones de hombres, mujeres y niños que se veían obligados a soportar injusticias, crueldades y falta de amor, el que lograba abrir un hueco y entonces, todos los demás, o la conciencia de los mismos, entraban en tromba tras la punta de lanza.

A Parry le costó dormirse porque se sentía como una enorme concha en cuyo interior el océano del sufrimiento se agitara en doloroso alboroto. Finalmente, logró dejarse llevar, para acabar despertándose, medio atontado, al oír que llamaban a su puerta. Encendió la luz y se dirigió vacilante hacia la puerta, notando en el camino que Malone, exhalando vaharadas de whisky, no se había despertado. Abrió la puerta y su gesto reveló a su patrona, la señora Doorn, y a la señora Amster. Al instante recobró toda su consciencia. Antes de que la señora Amster acabara de tartamudear los detalles, él ya había supuesto lo ocurrido.

Poco después, salía por la puerta principal para sumergirse en la mortecina madrugada de Roosville. Corrió a casa de Huisman, que distaba tan sólo una manzana de su oficina. Al sheriff no le hizo gracia que interrumpiera su sueño, favorecido por la cerveza, pero se vistió y salió a buscar su coche, seguido de Parry.

—Suerte que no se le ha ocurrido ir solo —dijo con voz pastosa—. El viejo Havik podría haberle pegado un tiro en el trasero y alegar después que estaba usted invadiendo una propiedad privada. Tal como están las cosas, no estoy seguro de que Bonnie no haya vuelto con su padre por propia voluntad.

—Puede ser que lo hiciera —repuso Parry acomodándose en el asiento delantero—. Sólo hay una forma de averiguarlo. Si Havik la ha obligado a ir con él, es culpable de secuestro. La señora Amster me ha dicho que, al despertarse, sólo ha tenido tiempo de ver a Havik y a sus hijos haciendo entrar a Bonnie en el coche, sin haber oído nada hasta entonces.

Aunque Huisman condujo tan rápido como aquel sinuoso camino permitía, no conectó la sirena ni encendió las luces rojas de destello. Cuando tomaron el camino que llevaba a la granja de los Havik, apagó los faros. De todos modos, no hacían ninguna falta porque la luz que despedían la lava y las piedras que arrojaba el volcán perfilaban la casa a la perfección.

—¡Parece que esté a punto de estallar! —exclamó el sheriff con voz alarmada—. ¡Nunca lo había visto tan encendido!

En aquel momento, ambos dejaron escapar un grito. Un fragmento singularmente grande, una mancha blanca en el obscuro manto de la noche, había surgido del cono y volaba hacia la casa. Desapareció ras el tejado y, un instante después, una llamarada brotó donde la roca había caído.

Con los frenos clavados y los neumáticos chirriando, Huisman detuvo el coche junto a la valla y él y Parry descendieron a toda prisa. El resplandor que emitían el cono y las llamas del tejado perfilaban la casa. Al mismo tiempo, les permitió ver a Bonnie, con la parte superior de su vestido medio desgarrada, que bajaba los escalones del porche y corría hacia ellos. Les gritó algo, pero el silbido del vapor, las explosiones del volcán y los gritos de su padre y hermanos que salieron tras ella, ahogaron sus palabras.

—¡Havik lleva una escopeta! —le gritó Parry a Huisman.

Este se detuvo maldiciendo y soltó la correa que sujetaba el revólver a su funda. Havik bajó corriendo los escalones y se detuvo para apuntar los dos cañones de su arma hacia Bonnie.

Parry le gritó a ésta que se echara al suelo y, aunque no podía haberle oído, Bonnie se dejó caer. A la luz de otro objeto incandescente que llegaba por encima de la casa, Parry vio que la muchacha había tropezado con una piedra, cuyo fulgor inicial había disminuido hasta convertirse en un rojo apagado.

El arma de Havik tronó dos veces, y los perdigones se hundieron en tierra junto a Parry.

Huisman también se había echado al suelo, pero al hacerlo había dejado caer torpemente su arma.

Parry vio dónde iba a acabar la mortal trayectoria de la piedra y gritó. Más tarde, se preguntó por qué había tratado de prevenir a un hombre que pretendía matar a su propia hija y que, sin duda alguna, había intentado matarle a él también. La única respuesta era que, siendo humano, no siempre, ni mucho menos, actuaba con lógica.

Se oyó un golpe sordo y Havik cayó, con la piedra medio derretida aferrada a su cráneo destrozado. El olor a carne y cabello quemados se propagó por el lugar.

Rodeman y Albert Havik gritaron horrorizados y corrieron hacia su padre. El sheriff aprovechó aquel momento para recobrar su revólver y, al levantarse, ordenarles que tiraran al suelo sus rifles. Se disponían a hacerlo cuando varias rocas más cayeron sobre el tejado, justo detrás de ellos. Al moverse, intimidados por el ruido, el sheriff interpretó mal sus movimientos y disparó dos veces. Fue suficiente.

6

Curtius Parry consiguió para Bonnie un puesto de criada en una familia de Westchester, y habló con un especialista en cirugía plástica para que le eliminara la cicatriz. Habiendo hecho todo lo que podía hacer por ella, se hallaba descansando en su apartamento de la calle 45 Este, con una copa en la mano; Ed Malone, sentado junto a él en un cómodo sillón, tenía a su vez una copa en una mano y un cigarrillo en la otra.

—¿Que no hay forma de encontrar a Tízoc? —estaba diciendo Malone—. ¿Y qué? Al menos salvaste a Bonnie de morir asesinada y nada menos que la justicia poética la libró de su brutal familia.

—Están muertos, sí —dijo Parry, alzando su tupidas cejas—, pero siguen vivos en Bonnie, impregnándola poco a poco de su violencia. Pasará mucho tiempo antes de que dejen de lacerar sus entrañas, si tal cosa llega a ocurrir algún día. En cuanto a sus muertes, ¿fueron realmente ejemplos de justicia poética? Y respecto a Juan Tízoc, si te explico mi teoría sobre lo que le ocurrió, me tratarás de loco.

—Vamos, explícate, Cursh —dijo Malone—. No voy a reírme ni a tratarte de loco.

—Sólo te pido que no lo divulgues. Muy bien. Los Catskills no son una zona volcánica, pero Méjico sí lo es…

—¿Y? —preguntó Malone, tras un prolongado silencio.

—Considera por un momento la teoría que algunos de los habitantes del pueblo sostenían. Hablaban de los incendios espontáneos que tuvieron lugar en casa de los Harvik cuando Bonnie tenía once años, e insinuaron que Bonnie era en cierto modo responsable de la aparición del volcán. Pero no sabían que en todo caso supuestamente auténtico de salamandrismo, como se le conoce, el fenómeno cesa siempre cuando el niño llega a la pubertad. Por tanto, Bonnie no pudo ser responsable.

—Me alegro de oírtelo decir, Cursh —comentó Malone—. Temía que fueras a basar tu teoría en cuestiones sobrenaturales. ”

Sobrenatural no es más que un término utilizado para explicar lo inexplicable. No, Ed, no fue Bonnie quien calentó la arenisca y abrió la tierra en el maizal para impulsar toda esa materia incandescente sobre los Havik. Fue Tízoc.

Malone se salpicó la mano con el contenido de su copa.

—¿Tízoc? —inquirió.

—Sí. Los Havik le mataron, y estoy seguro de que lo hicieron ciegos de rabia y de la forma más sangrienta. Luego, cavaron una tumba en el centro del campo, le enterraron, y allanaron el barro superficial para que no se notase. Esperaban que las raíces del maíz se alimentaran de Tízoc y que las mismas plantas destruyeran toda posible evidencia de la tumba. Todo esto resultó de lo más apropiado ya que el maíz, y no creo que los Havik lo supieran, se cultivó por primera vez en el antiguo Méjico. Pero Méjico es al mismo tiempo tierra de volcanes. Y todo hombre, incluso muerto, se expresa a través del espíritu de la tierra que le vio crecer y de los métodos y materiales que tiene a su alcance.

»Los Havik no sabían que el odio y el deseo de venganza de Tízoc eran tales que ardía en ellos incluso muerto. Ardía de odio y su alma palpitaba con violencia, aún cuando su corazón había dejado de latir. Y fue la violencia de su odio y de sus deseos de venganza la que convirtió la arenisca en magma…

—¡Basta, Cursh! —gritó Malone—. He dicho que no iba a tratarte de loco, pero…

—Sí, lo sé —repuso Parry—. Pero piensa en lo que te voy a decir y luego, si puedes, propón una teoría mejor. Viste el informe de los geólogos sobre la composición y las proporciones relativas de los gases y cenizas expelidas por el volcán, y sabes que no son las que cualquier volcán de los estudiados hasta el momento actual ha expulsado.

Parry bebió un trago de whisky y apoyó el vaso en la mesa.

—Tanto los elementos expulsados como sus proporciones relativas son exactamente los que componen el cuerpo humano.

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