Deserción, Clifford D. Simak

Cuatro hombres, dos parejas, se habían lanzado al ululante torbellino que era Júpiter, sin que hubieran regresado. Habían caminado hacia la tormenta; es decir, se habían arrastrado sobre el vientre hacia ella, con los cuerpos empapados y resplandecientes bajo la lluvia.

Pues, al irse, habían adoptado una forma que no era la forma humana.

Ahora, el quinto hombre se hallaba de pie ante el escritorio de Kent Fowler, jefe de la Cúpula Tres, Comisión de Reconocimiento de Júpiter.

Bajo el escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga, y luego se echó a dormir otra vez.

Harold Alien —observó Fowler con repentina angustia — era joven, demasiado joven. Tenía la fácil confianza de la juventud, el rostro de alguien que nunca ha sentido miedo. Y eso resultaba extraño. Pues los hombres de las cúpulas de Júpiter conocían el miedo, el miedo y la humildad. Para los seres humanos era difícil armonizar su yo diminuto con las poderosas fuerzas del monstruoso planeta.

—Ya comprenderá usted que no necesita hacerlo —dijo Fowler—; que no tiene obligación alguna de ir.

Era una fórmula, por supuesto. Los otros cuatro habían oído lo mismo, pero habían ido. Este quinto, Fowler lo sabía, iría también. Sin embargo, de pronto, tuvo la débil esperanza de que no fuese.

— ¿Cuándo parto? —preguntó Alien.

En otro tiempo, Fowler hubiera sentido un sencillo orgullo ante esas palabras. Frunció el ceño.

—Antes de una hora —respondió.

Alien se quedó esperando, en silencio.

—Han ido cuatro hombres y no han regresado —dijo Fowler—. Ya lo sabe usted, por supuesto. Queremos que usted vuelva. No se trata de que intente una heroica expedición de rescate. Lo más importante, lo único, es que regrese, que pruebe que un hombre puede vivir bajo una forma joviana. Vaya hasta la primera posta, no más allá, y vuelva. No corra riesgos. No investigue nada. Vuelva.

Alien hizo un signo afirmativo.

—Comprendo.

—La señorita Stanley manejará el conversor —continuó Fowler—. No tiene nada que temer. La conversión de los otros no trajo dificultades.

Salieron de la máquina en un estado perfecto en apariencia. Estará en buenas manos. La señorita Stanley es la mejor operadora de conversores del sistema solar. Ha adquirido experiencia en la mayor parte de los planetas. Por eso se encuentra aquí.

Alien sonrió a la mujer, mostrando los dientes, y Fowler vio algo que pasaba por el rostro de la señorita Stanley; algo que podía ser piedad, o rabia, o, simplemente, miedo. Pero la mujer ya sonreía al joven. Y lo hacía con ese aire suyo de maestra de escuela, casi como si odiase tener que sonreír.

—Esperaré con ansia el instante de mi conversión —dijo Alien.

Por el tono podía haber sido una broma, una broma plena de ironía.

Pero no lo era.

Se trataba de algo serio, mortalmente serio. De esas pruebas, como Fowler sabía, dependía el destino del hombre en Júpiter. Si tenían éxito, los recursos del enorme planeta estarían al alcance de la mano. El hombre se adueñaría de Júpiter, como ya había hecho con los planetas más pequeños. Pero si las pruebas fracasaban…

Si fracasaban, el hombre seguiría atado a la terrible presión, a la enorme fuerza de gravedad, a las curiosas reacciones del planeta.

Seguiría encerrado en las cúpulas, imposibilitado de poner el pie en el suelo del planeta; imposibilitado de ver directamente, sin ayuda; forzado a fiarse de los embarazosos tractores y el televisor, forzado a trabajar con herramientas y mecanismos de difícil manejo, o por medio de robots, también de difícil manejo.

Pues el hombre, sin protección y bajo su forma natural, sería destrozado por la terrible presión de Júpiter. Tres toneladas por centímetro cuadrado: la presión de las profundidades submarinas de laTierra era el vacío comparada con ésta.

Ni siquiera el metal más fuerte que los terrestres pudieran concebir resistía las presiones y lluvias alcalinas que barrían a Júpiter. Caían en pedruscos quebradizos que luego se deshacían como arcilla, y corrían en arroyuelos, y formaban charcos de sales de amoníaco. Sólo con el aumento de la dureza y resistencia de ese metal y su tensión electrónica podía éste soportar las toneladas de miles de gases, sofocantes y turbulentos, que formaban aquella atmósfera. Y, aun entonces, había que recubrirlo todo con capas de cuarzo para que la lluvia no entrase…; aquellos chaparrones de amoníaco.

Fowler escuchó el ruido de los motores instalados en el subsuelo, motores que nunca dejaban de funcionar. Tenía que ser así, pues si se detenían, la energía que corría por las paredes, la tensión electrónica, se interrumpiría, y habría llegado el fin.

Towser se agitó bajo el escritorio y se rascó la picadura de otra pulga, golpeando la pata fuertemente contra el piso.

¿Hay algo más? —preguntó Alien.

Fowler sacudió la cabeza.

—Quizá quiera usted hacer algo —dijo—. Quizá quiera… Iba a decir «escribir una carta», pero calló a tiempo.

Alien miró el reloj.

—Iré a prepararme.

Dio media vuelta y salió del cuarto.

Fowler sabía que la señorita Stanley le observaba, y no quería volver a encontrarse con sus ojos. Revolvió unas hojas que tenía delante.

— ¿Cuánto tiempo piensa seguir con esto? —preguntó ella, como si escupiera las palabras con repugnancia.

Fowler dio media vuelta en su silla y se enfrentó con la mujer. Los labios de la señorita Stanley formaban una línea recta y delgada; el cabello, echado hacia atrás, parecía más tirante que nunca, y el rostro tenía la apariencia de una mascarilla mortuoria.

Fowler trató de hablar con una voz calmada y fría.

—Mientras haya necesidad —dijo—. Mientras haya esperanza.

—Es decir, que seguirá sentenciándoles a muerte —comentó la mujer—. Seguirá enfrentándoles con Júpiter. Y, mientras, usted se quedará en la cúpula, cómodamente sentado.

—El sentimentalismo está de más aquí, señorita Stanley —dijo Fowler, en tanto procuraba no perder la cabeza—. Usted sabe tan bien como yo por qué hacemos esto. Sabe que el hombre, tal como es, no puede desafiar a Júpiter. La única solución es convertirle en algo que se adapte al planeta. Hemos hecho lo mismo en otros mundos.

»Si mueren unos pocos hombres, pero al fin tenemos éxito, el precio no será excesivo. En todas las edades, los hombres han dado la vida por cosas tontas, razones tontas. ¿Por qué habremos de titubear, entonces, por unos pocos muertos ante algo tan grande?

La señorita Stanley permanecía sentada, muy rígida, con las manos plegadas en el regazo. Las canas le brillaban bajo la luz. Fowler la observaba mientras trataba de adivinar qué se imaginaba, qué sentía. No era miedo lo que tenía; pero no se sentía muy cómodo cuando la mujer le miraba. Esos ojos azules y penetrantes sabían demasiado; sus manos parecían demasiado competentes. Podría haber sido la tía de alguien, sentada en una mecedora, con sus agujas de tejer. Pero no lo era. Se trataba de la operadora de conversores más hábil del sistema solar, y no aprobaba lo que él, Fowler, hacía.

—Algo anda mal, señor Fowler —dijo ella.

—Precisamente —convino Fowler—. Por eso envío a Alien. Para que averigüe qué sucede.

— ¿Y si no lo averigua?

—Enviaré a otro.

La mujer se incorporó con lentitud, dio un paso hacia la puerta, y se detuvo junto al escritorio.

—Algún día usted será un gran hombre. No deja escapar ninguna oportunidad. Y ésta es la suya. Usted lo sabe desde que esta cúpula fue nombrada centro de experimentación. Si tiene éxito, ganará un punto o dos. No importa cuántos hombres mueran. Ganará un punto o dos.

—Señorita Stanley —dijo Fowler con rudeza—, el joven Alien saldrá en seguida. Por favor, asegúrese de que su máquina…

—Mi máquina no tiene la culpa —dijo la mujer con frialdad—. Funciona de acuerdo con las coordenadas de los biólogos.

Fowler, inclinado hacia adelante, se quedó escuchando los pasos de la mujer que se alejaba por el corredor. Lo que ella había dicho era cierto, sin duda alguna. Los biólogos habían establecido las coordenadas, pero podían equivocarse. Una diferencia del ancho de un cabello, un error mínimo, y del convertidor saldría algo que no era lo que debía salir. Un mutante que podía morir hecho pedazos, frágil como una brizna de paja, bajo condiciones totalmente adversas.

Pues los hombres sabían poco de Júpiter. Sólo lo que los instrumentos decían. Y las muestras de lo que ocurría allí afuera, proporcionadas por esos instrumentos y mecanismos, no eran más que eso: muestras. El tamaño de Júpiter era increíble, y las cúpulas muy escasas.

Los biólogos habían dedicado tres años al estudio de las formas de vida más evolucionadas del planeta, y dos más a la experimentación. Un trabajo para el que hubiese bastado un mes en la Tierra. Pero era un trabajo que no podía realizarse allá, pues resultaba imposible llevar un habitante de Júpiter a la Tierra. Fuera del planeta, no se podía reproducir la presión de Júpiter, y, a la temperatura y presión terrestres, los jovianos desaparecerían, sin más, convertidos en un poco de gas.

Sin embargo, era un trabajo indispensable si el hombre quería pasearse alguna vez por Júpiter. Pues, antes de que el conversor transformase al hombre en otro ser, se necesitaba conocer las características físicas de este último, en todos sus detalles, y con una precisión que eliminase cualquier mínima posibilidad de error.

Alien no regresó. Los tractores recorrieron las regiones vecinas y no hallaron rastro de él, a no ser que la velluda criatura descrita por uno de los conductores fuese Alien transformado en joviano.

Los biólogos emitieron sus más académicos refunfuños cuando Fowler sugirió que las coordenadas podrían ser inexactas. Las coordenadas, señalaron, funcionaban. Cuando un hombre se introducía en el conversor, y éste se ponía en marcha, el hombre se convertía en un joviano. Dejaba el aparato y entraba, hasta perderse de vista, en la espesa atmósfera.

Debía de haber algún detalle, sugirió Fowler, alguna diferencia con lo que un joviano debía ser, algún defecto minúsculo. Si se trataba de eso, dijeron los biólogos, tardarían años en descubrirlo.

De modo que eran cinco hombres ahora, en vez de cuatro, y Harold Alien se había adentrado en Júpiter inútilmente. No se sabía nada nuevo. Estaban igual que si no hubiese ido.

Fowler se inclinó sobre el escritorio y tomó el registro de personal; unas pocas hojas cuidadosamente ordenadas. Era algo que temía, pero algo que debía hacer. De algún modo, había que encontrar el motivo de esas extrañas desapariciones. Y el único modo de conseguirlo era con el envío de más hombres.

Durante un instante, permaneció escuchando el aullido del viento en la cúpula, la interminable y atronadora tormenta que barría el planeta con una furia hirviente y retorcida.

¿Había algún peligro allá afuera?, se preguntó. ¿Alguna amenaza desconocida? ¿Algo que acechaba y aguardaba a los jovianos sin distinguir a los auténticos de los que eran hombres? Seguramente, para esas fieras no habría diferencia.

¿No se había cometido un error fundamental al seleccionar esa especie como la más adaptada a las condiciones del planeta? La evidente inteligencia de esos jovianos había decidido la elección. Pues si el ser en que el hombre iba a convertirse no era inteligente, éste no podría conservar su propia capacidad mental.

¿Habrían dado los biólogos demasiada importancia a ese factor, y olvidado algún otro? No lo parecía. A pesar de su tozudez, los biólogos conocían su trabajo.

¿O era ésa una conversión imposible, y estaba condenada, desde un principio, al fracaso? La conversión a formas de vida diferentes había tenido éxito en otros planetas, pero eso no significaba que lo mismo ocurriría en Júpiter. Quizá la inteligencia del hombre no podía funcionar bien con los sentidos proporcionados por esos seres. Tal vez esos jovianos eran una forma de vida totalmente extraña, sin nada en común con los hombres.

O quizá el motivo de ese fracaso residiera en el mismo hombre, ser inherente a la raza humana. Alguna aberración mental que, ante ciertos estímulos exteriores, impedía el regreso. Aunque tal vez no fuera una aberración, no para los hombres, sino sólo una peculiaridad mental, aceptada como algo común en la Tierra, pero tan fuera de lugar en Júpiter que destruía toda cordura.

Unas patas rascaban y golpeaban el suelo del corredor. Fowler escuchó y esbozó una débil sonrisa. Era Towser que volvía de la cocina. Había ido a ver a su amigo el cocinero.

Towser entró en el cuarto, con un hueso en la boca. Movió la cola ante Fowler y se echó bajo el escritorio, con el hueso entre las patas. Clavó largamente los viejos ojos en su amo, y Fowler se agachó y le rascó una oreja arrugada.

— ¿Todavía me quieres, Towser? —preguntó Fowler, y Towser sacudió la cola.

Fowler se enderezó y miró el escritorio. Alargó la mano y se hizo con el registro de personal.

¿Bennet? A Bennet, una muchacha le esperaba en la Tierra.

¿Andrew? Éste planeaba volver al instituto tecnológico de Marte tan pronto como hubiese ganado lo suficiente para vivir allí un año.

¿Olson? Estaba a punto de jubilarse. Se pasaba las horas hablando de su retiro y de que se dedicaría a cultivar rosas.

Cuidadosamente, Fowler dejó el registro otra vez sobre la mesa.

Sentenciándoles a muerte, le había dicho la señorita Stanley, y los labios se habían movido apenas en aquella cara de pergamino. Les enviaba a la muerte mientras él, Fowler, se quedaba cómodamente sentado.

Aquello se comentaría por toda la cúpula, en especial desde que Alien no había regresado. No se lo dirían a la cara. Ni siquiera los hombres que había llamado a la oficina para comunicarles que serían los próximos en ir, llegaron a decírselo.

Pero Fowler lo había leído en sus ojos.

Recogió el registro. Bennet, Andrew, Olson. Había otros, pero era inútil proseguir con ello.

Kent Fowler sabía que no podía hacerlo, que era incapaz de enfrentarse con ellos, que le resultaría imposible enviar a otros hombres a la muerte.

Se inclinó hacia adelante y golpeó con un dedo la llave del transmisor interno.

—Sí, señor Fowler.

—La señorita Stanley, por favor.

Esperó a la señorita Stanley, escuchando como Towser mordía débilmente el hueso. Towser ya no tenía muy buenos dientes.

—La señorita Stanley —dijo la voz de ella misma.

—Quería pedirle que se preparara para enviar a otros dos.

— ¿No teme terminar con todos? —preguntó la señorita Stanley—. Si envía uno por vez, durarán más y tendrá usted una doble satisfacción.

—Uno de ellos será un perro —repuso Fowler.

— ¡Un perro!

—Sí, Towser.

Fowler sintió la furia helada en la voz de la mujer.

— ¡Su propio perro! Ha estado con usted durante años…

—Por eso mismo —dijo Fowler—. Se sentiría muy triste si yo lo dejara.

No era el mismo Júpiter que había visto en el televisor. Él esperaba algo diferente, pero no eso. Tal vez un infierno de llamas amoniacales, sofocantes humaredas, y el ruido ensordecedor del huracán. Quizá torbellinos de vapores, y el mordiente resplandor de unos rayos monstruosos.

No había esperado que los látigos del agua quedasen reducidos a una leve niebla purpúrea que flotaba como una sombra sobre una tierra rojiza. No había ni siquiera sospechado que los rayos serpenteantes fuesen un resplandor estático en un cielo de color.

Mientras esperaba a Towser, Fowler flexionó los músculos, asombrado ante aquella sensación de fuerza y bienestar. Su cuerpo era excelente, y al recordar como había compadecido a los jovianos, sonrió.

Había sido difícil imaginar un organismo adaptado al amoníaco y al hidrógeno, en vez del agua y el oxígeno. Había sido difícil creer que semejante forma de vida pudiese sentir una alegría de vivir similar a la de los hombres. Difícil concebir algo vivo en esa tormenta oscura que era Júpiter; difícil concebir que no hubiese tormentas oscuras para unos ojos jovianos.

El viento le golpeaba como con dedos suaves, y Fowler, sorprendido, recordó que, de acuerdo con las normas de la Tierra, ese viento era un ciclón que corría a trescientos kilómetros por hora, cargado de gases mortíferos.

Unos suaves aromas le bañaban el cuerpo. Y apenas podía llamarlos aromas, pues no eran percibidos por el olfato. Parecía que hubiese sumergido todo el cuerpo en agua de colonia, y, sin embargo, no lo era. Se trataba de algo inexpresable, el primero de una serie de enigmas terminológicos. Pues las palabras que Fowler conocía, los símbolos de que se había servido en su vida terrestre, allí eran inútiles por completo.

Una puerta se abrió en un lado de la cúpula, y Towser salió, tambaleándose. Por lo menos, Fowler pensó que debía de ser Towser.

Trató de llamar al perro, modelando en su mente las palabras que quería decir. Pero no pudo hacerlo. No sabía cómo.

Durante un instante, un tenebroso terror le nubló el cerebro, un terror ciego que lo asaltaba en pequeñas oleadas de pánico.

¿Cómo hablan los jovianos? Cómo…

De pronto, tuvo conciencia de Towser, intensa conciencia del tenaz cariño de aquel animal avejentado que le había seguido a todos los planetas. Como si el ser que era Towser hubiese salido de sí mismo y se le hubiera instalado en el cerebro.

Y junto con aquella calurosa bienvenida, llegaban las palabras:

—Hola, amigo.

No palabras en realidad. Algo mejor, símbolos de pensamientos, símbolos con matices que las palabras nunca podrían tener.

—Hola, Towser —repuso Fowler.

—Me siento muy bien —dijo Towser—. Como cuando era cachorro. Últimamente me encontraba bastante inservible. Se me doblaban las patas y se me estropeaban los dientes. Apenas podía morder un hueso. Además, las pulgas me hacían la vida imposible. En otro tiempo no les prestaba atención. Un par de pulgas más o menos no significaba mucho entonces.

—Pero…, pero… —las ideas se le confundían a Fowler —. ¡Me estás hablando!

—Claro —dijo Towser—. Siempre he hablado. Pero no me oías. Yo trataba de decirte cosas, mas no lo lograba.

—Te entendía, a veces —repuso Fowler.

—No mucho —replicó Towser—, Sabías cuándo yo quería comer, o beber, o salir. Pero nada más.

—Lo siento —se condolió Fowler.

—Olvídalo —respondió Towser—. Te echo una carrera hasta el acantilado.

Fowler vio el acantilado por primera vez. A muchos miles de kilómetros en apariencia; pero con una rara y cristalina belleza que resplandecía a la sombra de unas nubes coloreadas.

Fowler titubeó.

—Está muy lejos.

—Oh, vamos —dijo Towser, y aún no había acabado de decírselo cuando echó a correr.

Fowler lo siguió, probando sus piernas, y la fuerza de ese cuerpo nuevo, un poco desconfiado al principio, asombrado en seguida, y corriendo luego con una vivaz alegría que parecía identificarse con la tierra purpúrea y roja, y el humo flotante de la llanura.

Mientras corría, tuvo conciencia de la música que venía hacia él, una música que le golpeaba en el interior del cuerpo, que se alzaba dentro de sí, que le daba alas de plata. Una música que parecía descender del campanario de una colina en una soleada primavera.

A medida que se acercaba al acantilado, la música crecía y crecía, y llenaba el universo con un rocío de sonidos. Fowler sintió que la música le llegaba de la cascada del acantilado.

Aunque no era agua lo que caía, sino amoníaco; y el acantilado blanco era de oxígeno sólido.

Se detuvo de pronto, junto a Towser. La cascada estalló en un arco iris de cientos de colores. Cientos, sí, literalmente; pues no sólo se trataba de los colores primarios y sus matices, sino de una precisa selectividad que dividía el prisma hasta sus últimas posibilidades.

—La música —dijo Towser.

—Sí, ¿qué pasa con ella?

—La música. Las vibraciones producidas por el agua al caer.

—Pero, Towser, tú no sabes nada de vibraciones.

—Sí, lo sé —replicó el perro—. Acabo de saberlo.

Fowler abrió mentalmente la boca.

— ¡Acabas de saberlo!

Y, de pronto, en el interior de su propia cabeza, encontró una fórmula. La fórmula para un proceso que haría que el metal pudiese resistir la presión de Júpiter.

Asombrado, miró la cascada; y su mente, con rapidez, clasificó losdistintos colores y los colocó en su lugar exacto en el espectro. Así, sin más. De la nada. Pues nada sabía de metales o colores.

— ¡Towser! —gritó—. ¡Towser, algo nos está sucediendo!

—Sí, ya sé —repuso Towser.

—En nuestros cerebros —dijo Fowler —. Los estamos utilizando por completo, hasta el último rincón. Descubrimos cosas que ya sabíamos. Quizá los cerebros terrestres son lentos, nebulosos. Quizá somos los retardados del universo. Quizá está en nosotros el tener que hacer las cosas del modo más difícil.

Y, en la nueva claridad mental que parecía apoderarse de él, Fowler supo que no sólo había una cascada de colores, o metales capaces de resistir la presión de Júpiter. Sintió otras sensaciones, todavía no muy claras. Un vago murmullo que se refería a algo más grande, a misterios que sobrepasaban el pensamiento y hasta la imaginación humanos. Misterios, hechos, lógica basada en el razonamiento; cosas que cualquier mente podría captar si usase todo su poder.

—Todavía somos, en parte, criaturas terrestres —dijo —. Estamos empezando a aprender algunas cosas que no sabíamos como seres humanos, precisamente por eso, porque éramos seres humanos.

Nuestros cuerpos de antes eran unos pobres cuerpos. Pobremente equipados para pensar, pobremente equipados en sentidos. Quizá hasta nos faltaba algún sentido esencial para el verdadero conocimiento.

Se volvió y clavó los ojos en la cúpula lejana: una manchita oscura.

Allí quedaban unos hombres que no podían ver la belleza de Júpiter. Hombres que creían que unos torbellinos de nubes y unas lluvias penetrantes oscurecían la superficie del planeta. Ojos humanos que no podían ver. Pobres ojos. Ojos que ignoraban la belleza de las nubes, que no podían ver a través de la tormenta. Cuerpos incapaces de sentir el estremecimiento de aquella música del agua al quebrarse.

Hombres que andaban solos, en una terrible soledad, y hablaban como niños exploradores intercambiando sus mensajes con banderitas. Incapaces de establecer una verdadera comunicación como la de él y Towser. Alejados para siempre de todo contacto íntimo y personal con otros.

Él, Fowler, había creído que iba a sentir terror; que retrocedería ante la amenaza de cosas desconocidas; se había endurecido para poder aguantar una situación extraña.

Pero he aquí que se encontraba ante algo cuya grandeza había ignorado siempre. Un cuerpo más fuerte y ligero. Una sensación de alegría, un sentimiento más profundo de la existencia. Una mente más aguda. Un mundo de belleza que los terrestres no habían logrado concebir, ni siquiera en sueños.

—Sigamos —pidió Towser.

— ¿Adonde quieres ir?

A cualquier parte —respondió el perro—. Sigamos a ver qué descubrimos. Tengo una sensación de…, bueno, una sensación…

—Sí, ya sé —dijo Fowler.

Pues él también la tenía. La sensación de algo distinto, de algo grande. La conciencia de que en alguna parte, más allá del horizonte, la aventura les esperaba, y algo más importante que la aventura.

Aquellos otros cinco habían sentido lo mismo. La urgencia de ir, y ver, la persistente sensación de que allí había una vida plena de sabiduría y riquezas.

Por eso no habían regresado.

—No volveré —dijo Towser.

—No podemos abandonarles — repuso Fowler.

Dio un paso o dos hacia la cúpula, y se detuvo.

Regresar a la cúpula. A aquel cuerpo dolorido e intoxicado. No parecía doler entonces, pero ahora sabían que sí.

Regresar al nublado cerebro. A aquellos razonamientos enmarañados. A las bocas móviles de las que surgían señales que otros podían entender. A aquellos ojos, lo que ahora parecía peor que ser ciego. A la debilidad, la abyección, la ignorancia.

—Quizá algún día —murmuró Fowler para sí mismo.

—Tenemos mucho que hacer y mucho que ver —dijo Towser—. Tenemos mucho que aprender. Descubriremos cosas.

Sí, descubriremos cosas. Civilizaciones, quizá. Civilizaciones que harían que la civilización humana pareciese ridícula. Belleza, y, lo que era más importante, conocimiento de esa belleza. Y una camaradería que nadie había experimentado antes, ni los hombres ni los perros.

Y vida. Una vida intensa tras una existencia adormilada.

—No puedo volver —dijo Towser.

—Ni yo —reconoció Fowler.

—Harían de mí un perro otra vez — añadió Towser.

—Y de mí un hombre —concluyó Fowler.

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