El Igualador, Norman Spinrad

La estación experimental israelí era pequeña y no llamaba la atención. Había sido planeada de aquel modo. Cinco edificios de hormigón de una sola planta, dispuestos como los lados de un pentágono, rodeados por una verja sin electrificar. Cierto, había unos cuantos soldados montando guardia, pero en aquel punto del Negev lo raro hubiese sido que no hubiera soldados, aunque los edificios hubieran correspondido a una estación agrícola, como oficialmente se decía.

Unos cuantos soldados, unos cuantos científicos, una serie de laboratorios: el equivalente israelí del Proyecto Manhattan.

Las manos del doctor Sigmund Larus estaban temblando. Pero sus ojos no se molestaron en registrar el temblor; estaban clavados en la caja de metal que reposaba sobre la mesa del laboratorio. Su tamaño era aproximadamente el de un pequeño bolso de viaje, y pesaba considerablemente menos de un centenar de libras.

Y esto, pensó el Doctor Larus, es sólo el prototipo: rústico, provisional, cinco veces mayor de lo que sería el modelo miniaturizado. ¿Qué tamaño tenía la primera bomba atómica? Pesaba millares de libras. Ahora las había tan pequeñas que un hombre podía transportarlas.

Larus se mordió el labio inferior. ¿Qué he estado haciendo?, pensó.

¿Cómo había llegado a esto? Empezó inocentemente, con el descubrimiento de objetos enigmáticos, cuasi estelares, mucho más allá de los límites de la galaxia. Pero aquellos misteriosos objetos desprendían increíbles cantidades de energía, superiores a las obtenidas mediante cualquier reacción conocida, incluyendo las reacciones materia-antimateria.

El problema resultó fascinante. ¿Qué eran aquellos objetos cuasi estelares, y cómo desprendían tanta energía?

Había sido el trabajo más excitante de su carrera. Todos sus cálculos apuntaban a una sola respuesta posible: solamente una reacción podía producir semejantes cantidades de energía: la aniquilación total de la materia.

La inevitable pregunta siguiente era cómo. ¿Qué podía conducir a la aniquilación total de la materia, a la conversión total de la materia en energía?

¡Y qué pregunta! Larus parpadeó al recordar los interminables meses de cálculos que le habían conducido a su primera respuesta experimental. Aquel primer documento se había limitado a describir los factores que debían coincidir en un campo teórico para que la energía encerrada en él se convirtiera inmediata y totalmente en energía. Larus no había soñado nunca que un campo semejante pudiera ser producido electrónicamente…

Pero otras personas habían opinado de un modo distinto.

¡Tres comunicaciones!, pensó Larus. Tres ininteligibles y especulativas comunicaciones en una revista de astrofísica. En aquella época, a Larus le hubiera sorprendido muchísimo enterarse que en el mundo entero había media docena de físicos capaces de entender su teoría.

Larus contempló la caja de metal. Los militares, pensó con cierta amargura, poseían el don de captar lo fundamental en cualquier terreno científico. Al menos, lo que ellos consideran fundamental.

Una breve frase de una de sus comunicaciones había lanzado sobre él a los militares israelíes, como una horda de parientes hambrientos: «En consecuencia, esas ecuaciones tienden a señalar la posibilidad teórica de generar enormes cantidades de energía a muy bajo costo, puesto que el rendimiento vendría dado por la destrucción de la propia materia, en tanto que la potencia necesaria para generar un campo semejante sería comparativamente insignificante…»

Una frase tan vaga, pensó Larus. Pero en algunas mentes había significado cuatro palabras sencillas y explícitas.

Una Gran Bomba Barata.

¡Oh! Habían sido muy listos y muy astutos.

«Doctor Larus, ¿no le gustaría que un gobierno financiara sus interesantes trabajos acerca de esos… objetos cuasi estelares? ¿No cree que si pudiera producir el campo que provoca la aniquilación de la materia estaría usted en condiciones de comprender la física de esos objetos? Bueno, es un placer para nosotros notificarle que su gobierno se sentirá orgulloso de contribuir al progreso de la…, ejem…, astrofísica. De hecho, le construiremos un pequeño laboratorio en medio del desierto de Negev, donde reina una tranquilidad absoluta…, ahora que las patrullas de la O.N.U. se encargan de los terroristas árabes».

De modo que el doctor Larus había entrevisto la posibilidad de trabajar con abundancia de medios y sin preocupaciones en un problema fascinante. Y el resultado, después de tres años de labor, era… esto.

Larus siguió contemplando la caja de metal. Deja de engañarte a ti mismo, pensó. Sabes qué nombre le darán, lo sabes desde hace mucho tiempo. Sólo hay un nombre para esa pequeña monstruosidad. Adelante, dilo en voz alta.

—La Bomba de Conversión —murmuró lentamente—. La Bomba de Conversión.

Dentro de aquella pequeña caja había una fuerza explosiva equivalente a una bomba de hidrógeno.

E = mc², pensó, la ecuación de Einstein. ¡Pobre Einstein! Un hombre bondadoso que sólo deseaba la paz. Y ahora yo he hecho que esa ecuación sea cierta, absolutamente cierta.

La teoría es muy complicada, pensó, pero el mecanismo es muy sencillo. Una vez conocido el sistema operativo, resultaba barato y fácil. Una libra de… cualquier cosa en la cámara del campo. Se pulsa el interruptor, y el campo empieza a actuar. Lo que hay en la cámara se transforma en energía…, y centenares de millas cuadradas quedan destruidas.

Tan sencillo… Larus no se hacía ilusiones: el secreto no tardaría en divulgarse. Tal vez nadie, excepto él mismo, comprendía realmente la teoría del asunto. Pero un simple montador de aparatos de televisión podía construir una bomba si disponía de los planos.

Y, ¿cuánto tiempo se había mantenido el secreto de la bomba atómica?

—Doctor Larus —resonó la poderosa voz del coronel Ariah Sharet, mientras penetraba en la estancia—. ¿Ha terminado usted?

Sin esperar una respuesta, se acercó a Larus. Era un hombre alto y robusto, de treinta y siete años, vestido con una camisa y un pantalón corto de color caqui. Sus cabellos eran negros y lisos, y su áspera piel estaba muy bronceada. Llevaba un.45 al cinto.

—He terminado —murmuró Larus.

Al lado del robusto Sharet, su frágil y viejo cuerpo parecía aún más pequeño que de costumbre.

—Es tan pequeño… —dijo Sharet.

—Puede ser más pequeño —suspiró Larus—. Mucho más pequeño.

—Estamos salvados —dijo Sharet—. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho, Doctor Larus? Ha salvado usted a Israel. Sabemos que los egipcios tienen proyectiles dirigidos, y podemos estar seguros que dentro de unos años tendrán una bomba atómica. Cuarenta millones de árabes armados con proyectiles dirigidos nucleares, contra dos millones de judíos… ¿Qué posibilidades tendríamos? Seríamos asesinados, arrojados al mar. Tarde o temprano, acabarían con nosotros. Pero, ahora…

—Ahora, ¿podremos arrojarles a ellos al mar? —inquirió Larus—. Ahora, ¿podremos asesinarles a ellos?

—No comprende usted las derivaciones de la Bomba de Conversión… ¿Cuánto costaría fabricar esa bomba? ¿Y producirla en masa?

—¿Cuánto? Dos, tres mil libras a lo sumo. Una vez se conoce, todo es muy sencillo y barato.

—¿Se da cuenta? Podemos fabricar centenares de bombas. Y, pueden ser tan pequeñas, que podríamos enviarlas por correo. A partir de este momento, Israel es una potencia mundial.

—¡Una potencia mundial! —repitió Larus, con una risita burlona—. Dos millones de personas, un país tan pequeño que un reactor apenas puede dar un giro de 180 grados sin salirse de él… ¡Una potencia mundial! Mi querido coronel, hay setecientos millones de chinos en el mundo, más de doscientos millones de rusos, otros tantos norteamericanos, y unos cuarenta millones de árabes. Esto es potencia.

El coronel Sharet sonrió.

—Como dirían los norteamericanos, la Bomba de Conversión es «El Gran Igualador». ¿Qué significan la población, los recursos, el terreno? Por unos cuantos millones de libras, podemos tener una capacidad destructiva equivalente a la de Norteamérica o Rusia, e infinitamente superior a la de los árabes. La base del poder es ahora la tecnología. Un progreso científico como la Bomba de Conversión elimina cualquier disparidad en población o territorio. Israel es ahora una potencia mundial. No se trata de un sueño, sino de un hecho evidente.

—¡Oh! Perdone, coronel —suspiró Larus—, pero habla usted como un coronel. De modo que el pequeño Israel ha descubierto una Bomba de Conversión. De modo que ahora somos una potencia mundial. ¿Debo recitarle una lista de países que serán capaces de hacer lo que nosotros hemos hecho? Suecia, Bélgica, Italia, Brasil, Nigeria, Japón, Indonesia, Turquía… etcétera, etcétera, hasta llegar a Costa Rica, Liberia, Laos, Luxemburgo, y quién sabe si algún día Mónaco, San Marino, Nepal, Bhutan y Sikkim. La potencia mundial es ahora un artículo muy barato. Sólo cuesta unos millones de libras.

Sharet se apaciguó. Era cierto. «Potencia mundial» no tardaría en ser una expresión carente de significado. Potencia…, significaría únicamente la capacidad de cada nación para destruir a cada una de las otras.

—Tiene usted razón —dijo—, pero incluso así, nos hemos salvado a nosotros mismos. Al menos, ahora seremos iguales que los árabes. Nosotros no tenemos ningún deseo de conquistar, sólo de vivir. Yo soy un sabra, he pasado toda mi vida bajo los fusiles de los árabes. Ahora sabremos al menos que siempre seremos tan fuertes como ellos. No nos sentiremos ya como hormigas, en perpetuo peligro de ser aplastadas por elefantes.

—Yo no soy un sabra —dijo Larus—. He aprendido en diversas escuelas. Me gradué en Heidelberg. Y me doctoré en Belsen. Todos los hombres no son como usted y como yo, coronel. Los hay que prefieren matar a vivir. ¿Qué hubiera hecho Hitler en ese nuevo mundo de usted, cuando todos los países dispongan del poder necesario para aniquilar a cada uno de los otros países? Lo sabe usted tan bien como yo. Hubiera destruido el mundo. ¿Cuántos países hay en el mundo? Más de cien. ¿Va usted a decirme que uno de esos cien países no producirá otro dictador en potencia? Usted y yo podríamos citar ahora mismo varios países que no vacilarían en utilizar la Bomba de Conversión para destruir el mundo, por el simple placer de matar.

—Entonces, ¿qué debo hacer, según usted?

—¡Olvidar que ha visto esta bomba! —exclamó Larus—. Destruir este lugar. Permitirme quemar mis notas y destruir el prototipo. Permitir que el hombre olvide esta monstruosidad, si tenemos suerte, hasta que esté preparado para ello, hasta que no existan ya naciones, sino únicamente Humanidad.

Sharet frunció el ceño. Había esperado esto.

—¿Y qué será de nosotros? Los árabes no tardarán en estar preparados para destruirnos. Quieren destruirnos.

—¿Qué representan las vidas de dos millones de personas, comparadas con el mundo entero? —dijo Larus.

—¿Acaso no tenemos derecho a vivir? ¿Somos todos santos? ¿Cree usted que nos dejaremos matar, disponiendo de un arma que puede salvarnos?

Larus suspiró.

—¿No podrían ser pronunciadas con tanta justicia las mismas palabras por los hindúes, los pakistaníes, los negros de África del Sur, los tibetanos?

—¡Nosotros tenemos derecho a vivir! —estalló Sharet—. Quizás los tibetanos y los angoleños y los camboyanos tengan tanto derecho a la vida como nosotros. ¿Cree usted que ellos olvidarían un arma que podría salvarles, pensando en el bien de la Humanidad? ¿Lo harían nuestros enemigos?

Larus se sintió viejo y cansado y derrotado. Se preguntó si Einstein se habría sentido así después de Hiroshima.

—Concédame un favor —dijo—. No comunique nada a Tel Aviv hasta haberlo consultado con la almohada. ¿Querrá hacerle este favor a un pobre viejo?

El coronel Sharet no era un hombre despiadado. Ni un hombre completamente libre de dudas.

—Muy bien —dijo—. No puedo negarle lo que me pide.

—Ni puede negárselo a sí mismo —dijo Larus.

—Es posible… —murmuró Sharet—. Es posible…

El Doctor Larus no pudo dormir, pero el hecho no le sorprendió: no había esperado poder hacerlo.

Levantó la mirada hacia el negro cielo del desierto; los millares de estrellas parecían muy remotas y muy frías. El paisaje era áspero, seco y rocoso.

Un terreno duro, despiadado, impersonal, el del Negev, pensó. Agostado y ardiente durante el día, frío, desabrigado y peligroso por la noche.

Se alegraba de encontrarse dentro de la verja protectora. Con la O.N.U. o sin la O.N.U., los terroristas árabes continuaban merodeando por el Negev en las horas nocturnas. Calor durante el día, asesinatos clandestinos por la noche…

Ahora comprendía mejor a Sharet. Ariah Sharet había nacido y crecido en esta tierra dura y hostil. Era una tierra que producía guerreros. Para sobrevivir, había que luchar. Toda una vida con un fusil siempre al alcance de la mano…

No era de extrañar que Sharet deseara la bomba. Tarde o temprano, el enemigo se haría demasiado fuerte. Eran muy numerosos, y en cuanto poseyeran bombas atómicas…

Pero, aquellas estrellas… Larus sabía que las mismas estrellas brillaban sobre el Himalaya, sobre las regiones arroceras desgarradas por la guerra del Sudeste de Asia, sobre las ensangrentadas calles de Budapest… Un centenar de pueblos que sufrían, un centenar de causas justas. ¿Tenía cualquiera de ellos menos derecho que Israel a utilizar la Bomba de Conversión?

Con una terrible lucidez, el Doctor Larus intuyó lo que iba a suceder. Este año, una Bomba de Conversión israelí. El mundo la produciría, tarde o temprano. Y los hindúes, los cubanos, los pakistaníes, los angoleños, todos los pueblos que se creían víctimas de una injusticia, que tenían un enemigo contra el cual defenderse, una nación dividida que reunificar, fabricarían la Bomba de Conversión…

Y estarían tan en su derecho como los israelíes. Ni más ni menos.

Un mundo justiciero, cada pueblo deseando únicamente sobrevivir, deseando únicamente lo que era suyo. Un barril de pólvora esperando la chispa que inevitablemente se produciría. ¿Qué nación ofendida sería la ejecutora del hombre? ¿Los israelíes? ¿Los kurdos? ¿Los ucranianos? ¿Importaba, acaso?

Sigmund Larus alzó la mirada hacia las estrellas del desierto. El hombre era tan pequeño y tan mezquino, y los cielos eran tan grandes… Pero el hombre, pequeño como era, podía volar el planeta y convertirlo en un páramo sin vida. Larus levantó los ojos al cielo e hizo algo que no había hecho en los últimos veinte años. Rezó.

Tampoco Ariah Sharet pudo dormir. Conocía a fondo dos especialidades —historia y ciencia militar—, y ambas exigían decisión. Pero Sharet no podía librarse de la duda. Sentía el enorme peso de la responsabilidad.

Mientras paseaba alrededor de la estación experimental, pensó en Larus. Por mucho que se esforzara la imaginación, Larus no podía ser considerado como un traidor. Un judío que había vivido a través de los horrores de la Europa de Hitler era de facto un patriota israelí. Y, sin embargo, prefería ver destruida su patria a asumir la responsabilidad de fabricar Bombas de Conversión.

Cuestión de antecedentes, pensó Sharet. Un hombre nace con un fusil en su cuna, y si es amenazado, mata. Otro hombre aprende a vivir bajo la bota de un tirano todopoderoso, y cuando su vida está amenazada, se somete.

A uno se le llama guerrero, y al otro cobarde…, o santo.

Pero, ¿dónde empieza la cobardía y termina la santidad? Un hombre debe luchar por su vida cuando es atacado, pensó Sharet. De esto estaba seguro.

Extendió la mirada sobre el desolado Negev. ¿Cuántos ejércitos lo habían atravesado, en uno u otro sentido? Filisteos, fenicios, babilonios, turcos, persas, egipcios… La lista era interminable.

Y ahora Larus abría ante sus ojos el absurdo horror final: dejarse destruir, con los brazos cruzados, mientras el arma que podía salvarles permanecía sin utilizar.

Por el bien de la Humanidad. ¿Qué clase de Humanidad podía pedir eso?

Sharet alzó la mirada hacia las estrellas, como desafiándolas. Sabía que había tomado una decisión. Mientras las naciones existieran, un pueblo tenía derecho a defender su vida, a luchar por su supervivencia. Dio media vuelta y echó a andar hacia su habitación. Sabía que ahora podría dormir.

Al dar la vuelta a la esquina de un edificio, vio la figura del Doctor Larus contemplando el desierto. Bueno, pensó Sharet, dejemos que piense…

Algo acababa de moverse a lo largo de la pared del edificio, a espaldas de Larus. Volvió a moverse, y Sharet pudo ver una figura agazapada a la sombra del edificio.

Sharet desenfundó lentamente su pistola. De pronto, el árabe saltó hacia adelante, en dirección a Larus. Sharet pudo ver la hoja de un cuchillo brillando a la luz de la luna.

Larus dio media vuelta y profirió un grito de pánico.

El árabe se encontraba a menos de cinco pies de distancia de Larus cuando Sharet disparó contra él. Cayó a los pies del científico.

Larus temblaba de pies a cabeza ¡Tan cerca!, pensó. Había visto la muerte antes, en los campos de concentración, y había estado muy cerca de ella, pero no esta clase de muerte, no una daga en las manos de un asesino.

—¡Asqueroso canalla! —gritó, casi sin darse cuenta—. ¡Asesinos!

Sharet tenía razón. Ningún hombre estaba obligado a permitir que otro hombre le degollara. Un hombre debía matar, cuando estaba en juego su vida…

Su cuerpo vibró con emociones de las cuales no se hubiera creído capaz: emociones salvajes, viscerales. Odio, miedo, y el instinto de conservación puramente animal.

La alta figura de Ariah Sharet se erguía ahora al lado del cadáver. Larus estaba de acuerdo con él. El humanitarismo abstracto era una cosa, y la muerte violenta otra.

Sharet empujó con el pie el cadáver hasta colocarlo boca arriba. Al ver el ensangrentado rostro, se le encogió el estómago. El árabe era un chiquillo, de apenas dieciséis años: un pobre niño ignorante. ¿Sabía acaso por qué había muerto?

Ariah Sharet sintió deseos de llorar. ¿Cuántos muchachos como éste habían muerto por cosas que ni siquiera comprendían? Los individuos, lo mismo que los pueblos, tienen derecho a vivir. Sharet no se sentía ya un soldado.

Se sentía un asesino de niños.

—Tiene usted razón —dijeron los dos hombres simultáneamente.

Se miraron el uno al otro.

Sharet fue el primero en recobrarse.

—He matado a un chiquillo —dijo—. Es curioso lo parecidos que son todos los niños. Árabes, judíos, rusos, norteamericanos. Tal vez sea eso lo más importante, y no la geopolítica. Pensar que la Bomba de Conversión puede matar a todos los niños.

—Y yo —replicó Larus—, he tenido una daga en mi garganta.

—Bueno, ahora los dos conocemos por experiencia los motivos de nuestros respectivos puntos de vista —dijo Sharet.

—Desde luego. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Fabricar Bombas de Conversión y salvarnos a nosotros mismos…, o destruir el prototipo y mis notas y salvar al mundo?

—Me gustaría dejar esa decisión en sus manos —dijo el coronel Sharet.

Larus rio sin alegría.

—Y a mí me gustaría dejarla en las suyas, coronel —dijo.

Una fría brisa sopló a través del Negev. Los dos hombres se estremecieron.

—En física —dijo Larus—, las decisiones son muy sencillas. Un dato es correcto o erróneo, sin más…

—En la vida —replicó Sharet— las cosas son más complicadas. Sabemos que unas cuantas cosas son justas, y que unas cuantas cosas son injustas. Pero, ¿y el resto?

—¿Cuál es la decisión justa, coronel? —preguntó Larus—. Dígamelo, por favor…, si puede.

El rostro de Sharet se nubló.

—No existe ninguna decisión justa —suspiró—. De lo que podemos estar seguros es que nuestra decisión, sea la que sea, será injusta.

Y la noche pareció tornarse más oscura.

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