El alma oscura de la noche – Brian W. Aldiss

Mientras Cordron seguía avanzando por la planicie, advirtió una línea en el suelo, garabateada como una serpiente sobre un viejo empedrado. Continuó caminando, sin hacer caso del bum-bum-bum bum-bum-bum de su cabeza.
Continuó su rumbo sur como siempre, comprobando de vez en cuando la dirección mediante la brújula que llevaba en la manga del traje. Un kilómetro más allá, la línea del suelo seguía acompañándole. Ahora, el trazo era más grueso.
Cordron no volvió atrás la mirada. Los oídos le proporcionaban todos los datos que necesitaba respecto a la situación de su familia. Con el paso de los meses, se había entrenado en no mirar atrás, salvo a largos intervalos medidos, incluso cuando las peleas entre los pequeños alcanzaban su punto máximo.
En aquel momento, los dos chicos mayores estaban bastante cerca, detrás de él. El resto de la familia quedaba repartida a lo largo de tal vez medio kilómetro, con Katti en medio junto al trineo, entrometiéndose en las peleas y logrando, por lo general, exacerbarlas. Detrás de ella avanzaban con esfuerzo los miembros más jóvenes con la excepción de la chica errante de la partida, que se mantenía a la altura de los chicos mayores desde hacía un rato, y el miembro enfermo, que iba en el trineo. Durante el Viaje, se había llegado al acuerdo de que cada día se pondría enfermo uno de los niños y viajaría en el trineo, que había perdido parte de su potencia.
Sus voces llegaron claramente a oídos de Cordron. No prestó atención a lo que estaban diciendo, pues sólo pretendía usar los sonidos como indicadores del estado de ánimo o de posibles problemas. Tenía un eficaz sistema para cortar discusiones: acelerar o aminorar el paso: dependía del momento del día la decisión sobre cuál de ambas soluciones tendría una eficacia más inmediata. La familia llevaba tanto tiempo caminando que respondía automáticamente al paso que Cordron marcaba, incluso en el calor de una disputa.
Escuchó una áspera discusión sobre si se podía enseñar a caminar a los animales saltadores. También llegó hasta él la continuación de la saga interminable del imaginario Eegey Bumptoe, que se había lanzado a nadar por la galaxia, después de inundarla primero con H2O proporcionada por una nebulosa amiga. Oyó unos comentarios en voz baja sobre la dificultad de llegar a conocer de verdad a otras personas durante los vuelos interestelares, y escuchó las voces de los chicos mayores especulando sobre qué aspecto y qué comportamiento tendrían los nativos del planeta en el que estaban, si realmente había tales nativos. Cordron escuchó todo esto sin prestar atención y sin dejar de caminar hacia el sur. Tarde o temprano, tendrían que alcanzar los puestos de vigilancia ecuatoriales. Tales puestos habían sido instalados en todos los planetas desiertos mediante maniobras de aterrizaje suave.
Con el transcurso de las horas, la charla se hizo más intermitente y la familia quedó más dispersa. La línea del suelo se amplió hasta convertirse en una grieta. Se ensanchaba de forma lenta y gradual, cambiando a veces de dirección o presentando ramificaciones que cruzaban el camino de Cordron.
No había nada que ver salvo la niebla mate que se cerraba en torno de ellos reduciendo la visibilidad a menos de doscientos pasos en cualquier dirección. Cordron mantenía habitualmente la vista fija en la niebla, atento y cauto todavía pese a los meses transcurridos, por si surgía entre la bruma algún peligro o por si había un cambio repentino en el terreno. De día o de noche, el hombre no olvidaba por un solo instante la pesada responsabilidad que recaía en sus hombros.
El continuo bum-bum-bum bum-bum-bum seguía siendo audible a lo lejos. Lo habían oído desde el mismo instante de abandonar la nave destruida y les había acompañado desde entonces con tal constancia que ahora apenas podían captarlo sin un esfuerzo consciente. Como el pulso de la sangre en el oído interno, el bum-bum-bum bum-bum-bum era parte de ellos.
Al principio, habían creído que el ruido era producido por alguna inmensa y lejana maquinaria. Aquel planeta —tan grande pero de masa tan reducida, tan alejado de la galaxia habitada, tan próximo a la aniquilación— tenía algo que lo hacía parecer improbable y, por tanto, artificial. El sonido maquinal podría proceder de un interior hueco, como una caverna, forjada por seres desconocidos.
Durante las primeras semanas del Viaje, el bum-bum-bum bum-bum-bum había aumentado de volumen lenta y gradualmente. Entonces, la niebla era más espesa. Cuando ésta aumentaba, también lo hacía el sonido; niebla y sonido habían pasado a convertirse en la presencia del planeta. A lo lejos, delante de ellos, algún ente titánico desarrollaba su existencia sin importarle quién lo sabía. El sueño de los caminantes estaba impregnado de temerosos pensamientos sobre la forma que pudiera tener aquel ente.
Katti se había acercado a Cordron para suplicarle que cambiara de dirección, pero él se negó. En la peligrosa situación en que se hallaban, sólo debían dejarse guiar por la lógica y su única esperanza quedaba al sur. Rechazaba la idea de perder la vida en aquella extensión desolada; si había algún tipo de inteligencia controlando aquella maquinaria —si era una máquina lo que producía el sonido—, lo que debían hacer era entrar en comunicación con él. Aquélla era la única posibilidad de salvación para la familia y así lo repitió a todos, después de reunirlos.
Después de la reunión familiar, continuaron adelante sin desviarse de lo que indicaba la brújula. Esa noche, Katti fue a acurrucarse en los brazos de Cordron llorando de miedo. En todo instante, el bum-bum-bum bum-bum-bum continuó inalterable, inmutable en su ritmo tedioso. Las noches eran lo peor: de noche, cuando las nieblas se levantaban, los caminantes veían al Fantasma y aquella cosa terrible que gobernaba todos sus problemas.
Días más tarde, avanzaban en su formación normal cuando el terreno se hizo más escabroso e inclinado hacia abajo en la niebla. Cordron ordenó un alto y se adelantó al grupo con uno de los chicos. Llegaron a un lugar donde el terreno se despeñaba en un abismo. Sus profundidades estaban llenas de una niebla que se arremolinaba, inquieta, en penachos que se alzaban hasta la superficie. El resto del grupo se congregó con cautela al borde del talud, asomándose a sus profundidades con inquietud.
Por fin, las nieblas se habían levantado por unos momentos. A sus pies, no muy lejos, se extendía un océano sin espuma, oscuro como una cueva, cuyas olas sin cresta se movían en un avance regular y uniforme hacia la orilla. Cada ola era del mismo tamaño que la anterior, que la siguiente, que todas las demás. Todas ellas llegaban con ímpetu, pero sin prisa, dando la impresión de haber cruzado muchos miles de kilómetros por un mar abierto y sin obstáculos —como sin duda habían hecho— para volver a sumirse en la masa informe tras contribuir con su bum al perpetuo bum-bum-bum bum-bum-bum.
La familia se quedó un largo instante contemplando aquella extensión de aguas planetarias carentes de peces. Ni siquiera Cordron fue capaz de apartar la vista.
—Es el océano primordial —comentó uno de los chicos pequeños, repitiendo la frase a intervalos. No muy seguro de si estaba usando la palabra correcta, el pequeño cambiaba de vez en cuando la frase y decía entonces—: Es el océano primordial.
Llegó el momento en que todos se retiraron. Marcaron un nuevo rumbo en la brújula y Cordron les hizo ponerse en marcha de nuevo con la ayuda de Alouette. Desde este punto, la familia había avanzado en paralelo a la costa, esperando encontrar un camino hacia el sur. Les acompañó la niebla incesante y el incesante bum-bum-bum bum-bum-bum.
Cuando la niebla se levantó ante él, Cordron vio que la grieta del suelo se había ensanchado considerablemente. Se detuvo a inspeccionar la separación, que aún podía salvar dando una gran zancada. El terreno rocoso, que aparecía reseco pese a la abundancia de nieblas, mostraba los bordes escarpados a ambos lados de la grieta; ésta sólo tenía un metro de profundidad.
Llamó a Alouette y le dijo que reuniera al grupo. Todos se acercaron con paso cansino, esperando a ambos lados de la grieta con aire indiferente. Cordron advirtió que ninguno de ellos mostraba curiosidad, aunque una de las chicas pequeñas bajó a la grieta con unos grititos, asomándose sobre el borde y llamando a otra de sus hermanas para que le siguiera.
—La grieta se hace más ancha a cada kilómetro —les dijo Cordron—. No hay peligro, pero debéis quedaros todos a este lado. De lo contrario, terminaríais aislados del resto de la familia y tendríais que dar un largo rodeo. Os lo repito: quedaos a este lado de la grieta, ¿entendido? Bien, ahora continuemos.
Y continuaron. Mientras el grupo empezaba a estirarse otra vez, Cordron escuchó sus comentarios sin volver la cabeza. Como de costumbre, protestaban de la menor indicación. Todos se quejaban de él, pero no se lo tomaba en cuenta. Él era el jefe de la partida, un objetivo natural para las ansiedades de los demás, y el desagrado que les inspiraba era un factor de cohesión. Continuó caminando con paso uniforme, tomando nota de cuándo la grieta cada vez más ancha les obligaba a desviarse ligeramente del rumbo sudoeste. Creyó apreciar que la niebla era menos densa, pero el pausado bum-bum-bum bum-bum-bum seguía tan imperturbable como siempre. Se decía a sí mismo que resistiría todo lo que aguantara el ruido; a veces, sus pensamientos se hacían confusos y tomaba el ruido por el impulso regular de los motores de la nave espacial.
Los chicos mayores estaban cerca de él nuevamente. Calculó que les tenía a cien metros a su espalda. El hijo mayor estaba diciendo:
—Está loco, está rematadamente loco. El pobre chiflado cree que todavía está caminando por aquel planeta mortal.
Escuchó a uno de los otros comentar:
—Demasiada responsabilidad… le ha hecho perder el juicio. Sencillamente, le ha hecho perder el juicio. No sabe dónde está…
Cordron recordó haberles oído hablar así en otras ocasiones. Se aventuró a echar un vistazo tras él, tratando de no cruzar su mirada con la de ellos. Luego volvió a mirar al frente, desconcertado. Los chicos estaban muy cerca, casi inclinándose sobre él de un modo imposible; y, al propio tiempo, seguían estando a bastante distancia.
Rannaroth, se dijo; Rannaroth trae consigo una maldición.
Los muchachos estaban perdiendo el contacto con la realidad. Cordron no se permitió a sí mismo dudar de si conseguiría llevarles a buen puerto antes de perder también él la cordura. Toda su mente debía concentrarse en el Viaje. Sólo debía ocupar sus pensamientos en llegar al ecuador; no debía hacer caso de los chicos… ni de Rannaroth.
No obstante, el conocimiento del planeta que atravesaban le abrumaba. Cordron era técnico agrícola especializado en mutagénesis de proteínas y sabía muy poco del universo a través del cual él y su familia estaban siendo transportados. Los contados datos que poseía procedían de los folletos de la nave salvavidas que había hojeado mientras la pequeña cápsula se separaba de su nave madre, irremediablemente perdida, y se lanzaba a un accidentado aterrizaje con sus aparatos electrónicos inutilizados en la estratosfera. El planeta X era de gran tamaño y prácticamente no metálico, salvo un pequeño núcleo excéntrico de hierro. Trazaba una estrecha órbita elíptica en torno de su sol, Wexo, en un período equivalente a diez años terrestres.
El planeta X acababa de pasar el perihelio. Ahora, empezaba a aminorar su marcha y a alejarse de Wexo. Empezaba el largo invierno, un invierno que significaría la muerte de cualquier ser vivo. La primavera no volvería hasta dentro de seis o siete años terrestres. La familia había indicado su situación al escapar de la nave madre, pero el espacio era inmenso y estaban lejos de la civilización, incluso de sus puestos más avanzados; si el rescate no llegaba pronto, la familia moriría. La idea del largo y lento invierno, de la muerte a la luz de las estrellas, cobró fuerza en la mente de Cordron y éste hizo que el grupo continuara en marcha casi mientras Wexo siguiera iluminando los cielos envueltos en nubes.
La noche llegó sigilosamente. Igual que las estaciones pasaban perezosamente de una fase a la siguiente, también lo hacían los días, que expiraban en festones de colores pardos, grises y púrpuras. Instalaron el campamento en la planicie interminable, montando las tiendas inflables que guardaban en el trineo. Katti se encargó de calentar la cena. Cuando terminaron de cenar, uno de los chicos leyó un poema —los telecodificadores eran inútiles—, tras lo cual toda la familia entonó junta una cancioncilla.
Cuando se disponían a acostarse, se levantó el habitual viento nocturno que se llevaba la niebla mientras gemía y silbaba en torno de las tiendas. Cordron permaneció levantado un rato, con los brazos apretados alrededor del cuerpo, contemplando la noche despejada; la sensación de claustrofobia que le asaltaba durante el día estaba ahora un poco más amortiguada.
Estaba por meterse en la tienda cuando Katti se le acercó y le pasó un brazo por la cintura. Cordron se sentía impaciente, sin saber por qué. Desde que empezara el viaje, la mujer había parecido incongruente, casi irrelevante. Así como el Viaje hacía resaltar las cualidades de Cordron, éste no podía evitar la sensación de que su peripecia destruía las de ella.
—¿Cuánto tiempo llevamos caminando? —preguntó Katti en un tono de voz que quería ser congraciador. Molesto por la pregunta, él respondió con un gruñido.
—¿Qué sucederá cuando le hayamos dado toda la vuelta al planeta? ¿Empezaremos otra vez?
—No seas tonta, querida. En el ecuador encontraremos puestos automáticos.
Se quedaron en silencio. El hombre pensó, apenado, que ella debía de sentirse tan aislada como él, pero no había nada que él pudiera hacer. La quería, pero tampoco podía hacer nada respecto a eso hasta que hubieran escapado del planeta X.
—Tengo miedo de las noches —murmuró Katti—. Rannaroth será visible pronto. Y el… el fantasma…
Cada anochecer, ella le decía que las noches le daban miedo. La mayoría de los anocheceres, los dos se quedaban juntos a contemplar al fantasma; era su único momento de contacto a lo largo del día.
Cuando dormían, el fantasma flotaba sobre ellos, pesado, ceñudo, un peso muerto sobre sus espíritus, como si la noche tuviera un alma oscura. Mientras se alzaba el viento y sobre sus cabezas flameaba el persistente resplandor crepuscular, escoria de antiguos mundos, Cordron volvió a sentir la opresión de la que nunca lograba liberarse. Sin embargo, se había entrenado en no comentar sus pensamientos con ninguno de los miembros de la familia.
Volvieron a dispersarse por la planicie, entre la niebla, y Cordron emitió un gemido involuntario.
—Está bien, David —le decía la mujer—. Ya ha pasado todo, el Viaje ha terminado. Estamos a salvo, nos han rescatado, hemos alcanzado el puesto de vigilancia.
Katti le enjugó el sudor de la frente. Wexo era un disco pálido como la luz de emergencia de una enfermería.
Cordron luchó por entender lo que la mujer le decía, pero lo único que lograba oír era el ruido de la máquina, bum-bum-bum bum-bum-bum. Sacudió la cabeza y murmuró:
—La situación te está venciendo, Katti. A los chicos les sucede lo mismo. No temas, saldremos de ésta. Yo te sacaré de aquí. El Viaje no es infinito.
Apenas podía distinguir el rostro de la mujer. Estaba distorsionado, como si le hubiera afectado el incansable bum-bum-bum bum-bum-bum.
Apartándola a un lado, Cordron miró al cielo. El resplandor crepuscular estaba clareando mientras la penumbra del planeta lo recorría. Luego, quedó a la vista en el firmamento la terrible oscuridad de Rannaroth, el gran círculo oscuro que taladraba la noche estrellada.
Allí, en el borde de la galaxia, se abría ante sus ojos el perlado corazón de ésta. El perfil del agujero negro resultaba fácilmente visible. Parecía ligeramente pulsante y rodeado por un halo (algún efecto atmosférico, se decía cada noche sin saber si estaba o no en lo cierto) Todas las noches, aquel terrible pozo gravitacional dominaba el cielo del planeta X, ascendiendo hacia el cénit mientras el planeta avanzaba en su camino hacia el solsticio de otoño. Todas las noches, dominaba el reposo vigilante de Cordron y calaba en sus sueños. Estaba relativamente próximo y por ello, en sus pesadillas, veía a Wexo cayendo a su interior.
De Rannaroth habían conseguido escapar, si de eso podía decirse escapar. La trayectoria de la nave espacial hacia un nuevo mundo había resultado errónea en algunos segundos de arco y la gran nave había sido atraída hacia aquel torbellino voraz. Las cápsulas de emergencia la habían abandonado justo a tiempo de escapar a la aniquilación, mientras la nave madre se hundía bajo el horizonte de sucesos.
Para la familia en la cápsula de emergencia, la existencia se había prolongado. Para la nave madre, la vida y el tiempo habían cesado, borrados ambos de la lista de posibilidades. Otras cápsulas de emergencia habían sido arrastradas también a la trampa.
Cordron contempló el agujero negro entre las estrellas, forcejeando con unos conceptos relativistas vagamente formados en su cabeza. Allá arriba, de alguna extraña manera, los tripulantes de la nave estaban definitivamente muertos para el mundo exterior… mientras que, desde su propio punto de vista, todavía seguirían cayendo hacia el núcleo de Rannaroth durante años. Pero los años, como el espacio y la cordura, eran términos sin sentido más allá del horizonte de sucesos del agujero.
Llegó la noche verdadera. Allá arriba, la noche era perpetua. Y ahora Cordron podía distinguir la imagen de la nave madre. La nave real había sido engullida por el agujero, pero su imagen permanecía, conservada en el punto helado donde la luz se hacía estacionaria. La imagen permanecía allí como una mosca hueca en una tela de araña.
Sacudió la cabeza para verlo con claridad. Allí estaba el Fantasma, el espíritu de una nave brillante con unos cinco mil pasajeros y tripulantes, muertos hacía meses. Cada noche, el Fantasma crecía como lo hacía el agujero, hasta ocupar toda su mente.
Por la mañana, instalaron los instrumentos de búsqueda habituales para rastrear la presencia de objetos metálicos delante de ellos en la superficie planetaria. Como cada mañana, no descubrieron nada. El puesto de vigilancia instalado en algún lugar del ecuador estaba todavía fuera del alcance de sus detectores. Cargaron todo el equipo en el trineo y emprendieron la marcha una vez más.
Ahora se trataba de avanzar siguiendo la grieta. La fisura medía ya medio kilómetro de anchura y tenía una profundidad casi igual, según lo que podía apreciarse entre la niebla. Caminaban con rumbo sudoeste y la fatigada columna fue estirándose mientras la mañana avanzaba y Wexo ascendía en el cielo.
—Yo te llevaré si seguimos caminando para siempre —dijo Cordron.
Oyó decir algo a su esposa pero no volvió la cabeza. Sabía que ella estaba muchos metros detrás de él, rezagada con la chica errante, pero fue como si le hablara al oído.
—Está bien —murmuraba la voz de Katti—. El Viaje ha terminado, David. Ya casi estamos en casa. ¡Estamos salvados!
Él continuó adelante sin hacer caso de las voces, con los ojos fijos al frente, obstinadamente.

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