Cordura – Fritz Leiber

PASA, PHY, Y ACOMÓDATE.

La suave voz y la puerta al dilatarse de súbito sorprendieron al secretario general del mundo jugando con un amasijo de gasoide verdoso; lo apretaba dentro de la mano y miraba cómo se escurría por entre sus dedos en espatulados tentáculos que no se disipaban. Lento, encorvado, volvió la cabeza. Carrsbury, el director mundial, advirtió una mirada que era estúpida, insidiosa y vacua a la vez. Aquella expresión fue reemplazada de repente por una sonrisa nerviosa. El hombre delgado se enderezó, todo lo que sus caídos hombros pudieron permitirle, penetró rápidamente en la estancia y se sentó en el borde de una silla neumáticamente anatómica.

Cohibido, manoseó el amasijo de gasoide, mientras buscaba a su alrededor una portilla o una rendija en el tapizado. Al no encontrar nada, se lo metió en el bolsillo. Entonces, controló sus temblores uniendo las manos con resolución, y se sentó con la mirada gacha.

— ¿Cómo te encuentras, amigo? —preguntó Carrsbury con una voz cálida, cargada de benigna amistad.

El secretario general no alzó la cabeza.

— ¿Te preocupa algo, Phy? —continuó Carrsbury, solícito—. ¿Te sientes infeliz, o insatisfecho, con tu…, esto…, traslado, ahora que ha llegado el momento?

El secretario general continuó sin responder. Carrsbury se inclinó sobre la plateada mesa semicircular y, con su tono de voz más suplicante, añadió:

—Vamos, viejo amigo, cuéntamelo.

El secretario general no alzó la cabeza, pero movió sus extraños y distantes ojos hasta fijarlos en Carrsbury. Tembló un poco, su cuerpo pareció contraerse, y sus manos sin sangre tensaron su tenaza.

—Lo sé —dijo con voz baja y forzada—. Crees que estoy loco.

Carrsbury se echó hacia atrás, al tiempo que elevaba sus cejas hasta que adquirieron una expresión sorprendida bajo su cabellera plateada.

—Oh, no tienes por qué hacerte el sorprendido —continuó Phy, rápidamente ahora que había roto el hielo —. Sabes tan bien como yo lo que esa palabra significa. Mejor…, aunque los dos hubimos de realizar una investigación histórica para averiguarlo.

—Loco —repitió, ensoñador, la mirada perdida—. Significa desviación de la norma. Incapacidad para ajustarse a las convenciones básicas que subyacen en toda conducta humana.

— ¡Tonterías! —exclamó Carrsbury, reanimándose y mostrando su sonrisa más cálida y apremiante —. No tengo la menor idea de lo que me hablas. Es comprensible que estés algo cansado, un poco tenso, distraído, si consideramos la carga que has llevado; lo que te hace falta es un poco de descanso, unas largas vacaciones lejos de todo esto. Pero de eso a que estés…, ¡bueno, es ridículo!

—No —dijo Phy, taladrando a Carrsbury con la mirada—. Crees que estoy loco, y que todos mis colegas en el Servicio de Dirección del Mundo lo están también. Por eso nos has ido reemplazando por esos hombres que llevan años de entrenamiento en tu Instituto para el Liderazgo Político… Desde entonces, con mi ayuda y anuencia, te convertiste en director del mundo.

Carrsbury vaciló ante la certeza de la declaración. Su sonrisa, por primera vez, se volvió un poco insegura. Empezó a decir algo; luego dudó y miró a Phy, como si medio esperase a que continuara.

Pero el otro individuo miraba al suelo de nuevo.

Carrsbury se echó hacia atrás, pensativo. Cuando habló, lo hizo con una voz mucho más natural, mucho menos conscientemente consoladora y fraternal.

—Bueno, muy bien, Phy. Pero mira, dime algo, con honestidad. ¿No seréis tú y los otros mucho más felices cuando se os releve de todas vuestras responsabilidades?

Phy asintió, sombrío.

—Sí —dijo —. Lo seremos, pero… —su rostro se tensó—, verás…

—Pero ¿qué…? —urgió Carrsbury.

Phy tragó saliva con fuerza. Parecía incapaz de continuar. Se había apoyado gradualmente contra un extremo del sillón, y la presión había hecho que el gasoide verde se le saliera del bolsillo. Sus largos dedos se extendieron y lo agarraron, temerosos.

Carrsbury se levantó y rodeó la mesa. Su expresión compasiva, de la que la perplejidad había desaparecido, no era auténtica del todo.

—No veo por qué no contártelo todo ahora, Phy —dijo simplemente—. En cierto modo, te lo debo todo. Y ahora no hay motivo alguno para que deba mantenerse en secreto… No hay peligro…

—Sí —accedió Phy con una rápida y amarga sonrisa —, no has corrido el peligro de un golpe de estado durante años. Si alguna vez nos rebeláramos, nos habríamos encontrado con —su mirada se volvió hacia un punto en la pared opuesta donde una leve rendija vertical indicaba la presencia de una puerta— tu policía secreta.

Carrsbury se sorprendió. No esperaba que Phy lo supiera. En su mente resonó una frase perturbadora: «La astucia del loco». Pero sólo durante un momento. Su amistosa complacencia regresó. Se situó tras el sillón de Phy y colocó sus manos sobre los hombros caídos de éste.

— ¿Sabes?, siempre te he tenido un cariño especial, Phy —dijo—, y no sólo porque tus fantasías me facilitaron muchísimo el convertirme en director del mundo. Siempre he sentido que eres diferente a los otros, que ha habido muchas veces en que… — vaciló.

Phy se rebulló un poco bajo las amistosas manos.

— ¿Cuando tenía mis momentos de cordura? —terminó con sinceridad.

—Como ahora —dijo Carrsbury con suavidad, después de un afirmativo movimiento de cabeza que el otro no pudo ver—. Siempre he sentido que, a veces, de una forma irreal y retorcida, «comprendías». Y eso significa mucho para mí. He estado solo, Phy, terriblemente solo, durante diez largos años. No he encontrado compañía en parte alguna, ni siquiera entre los hombres que he estado formando en el Instituto de Liderazgo Político…, pues también he tenido que representar un papel con ellos, mantenerles en la ignorancia de ciertos hechos, por miedo a que pudieran intentar arrebatarme el poder antes de que estuvieran bien preparados. Ninguna compañía en ningún sitio, excepto mis esperanzas… y algunos momentos ocasionales contigo. Ahora que todo eso se ha acabado, y un nuevo régimen comienza para ambos, puedo decírtelo. Y me alegro.

Se hizo el silencio. Entonces…, Phy no se volvió, pero una mano delgada se alzó y tocó la de Carrsbury. Este se aclaró la garganta. «Qué extraño —pensó— que pudiera haber incluso un contacto momentáneo como ése entre el loco y el cuerdo. Pero así era.»

Retiró las manos, regresó a su mesa rápidamente, se volvió.

—Soy un retorno atrás, Phy —comenzó a decir con un nuevo tono de voz, más vehemente —. Un retorno atrás, a la época en que la mentalidad humana era mucho más sana. No tiene importancia si mi caso es debido a la herencia, o a ciertos accidentes inusitados del entorno, o a ambas cosas. El caso es que nació una persona en posición de criticar el presente estado de la Humanidad a la luz del pasado, de diagnosticar su condición y de comenzar su cura. Durante mucho tiempo, rehusé encararme a los hechos; pero, al fin, mis investigaciones (en especial las realizadas en la literatura del siglo veinte), no me dejaron otra alternativa. La mentalidad de la Humanidad se ha vuelto… aberrante. Sólo ciertos avances tecnológicos, que han convertido la vida en infinitamente más simple y fácil, y el hecho de que la guerra haya sido anulada con la creación del actual Estado Mundial, estaban ocultando el inevitable colapso de la civilización. Pero lo ocultaban, lo retrasaban. Las grandes masas de la Humanidad se han convertido en lo que antiguamente habrían sido llamados neuróticos sin esperanza. Sus líderes se han vuelto…, tú lo has dicho antes, Phy…, locos. Por cierto, este último fenómeno, la tendencia de aberrantes psicológicos hacia los puestos de liderazgo, ha sido advertido en todas las épocas.

Hizo una pausa. ¿Estaba equivocado, o Phy seguía sus explicaciones con indicaciones de una claridad mental más grande de lo que había notado antes, incluso en el relativamente no violento secretario del mundo? Tal vez (a menudo soñaba, ansioso, con esa posibilidad), aún había una oportunidad de salvar a Phy. Quizá, si se lo explicaba con claridad y calma…

—En mis estudios históricos —continuó—, pronto llegué a la conclusión de que el período crucial fue el de la Amnistía Final, coincidente con la fundación del actual Estado Mundial. Hemos aprendido que, en determinado momento, millones de prisioneros políticos…, y millones de los otros, fueron liberados de la cárcel. Pero ¿quiénes eran los otros? A esta pregunta, nuestros actuales libros de historia dan sólo respuestas vagas, y evasivas. Las dificultades semánticas que he encontrado eran de una obstinación terrible. Pero seguí insistiendo. ¿Por qué, me pregunté, palabras tales como locura, demencia, insania, psicosis, y otras más desaparecieron de nuestro vocabulario… y, tras ellas, los conceptos de nuestro pensamiento? ¿Por qué desapareció de nuestras escuelas el sujeto de «psicología anormal»? Aún más, ¿por qué causa, nuestra psicología moderna es sorprendentemente familiar en el campo de la psicología anormal, tal y como se enseñaba en el siglo veinte, y sólo en ese campo? ¿Por qué no hay ya, como la había en el siglo veinte, ninguna institución dedicada al confinamiento y cuidado de aquellas personas psicológicamente aberrantes?

Phy alzó la cabeza. Sonrió de una forma retorcida.

—Porque ahora todo el mundo está loco —susurró, malicioso.

«La astucia del loco.» Otra vez la frase alertó la mente de Carrsbury. Aunque sólo durante un momento. Asintió.

—Al principio, me negué a hacer esa deducción. Pero, de una forma gradual, razoné el cómo y el porqué de ello. No se trataba sólo de que una civilización altamente tecnológica hubiera sujetado a la Humanidad a un rango más amplio y más rápido de estímulos, sugerencias conflictivas, esfuerzos mentales, depresiones emocionales. En la literatura psiquiátrica del siglo veinte, hay observaciones de una clase de psicosis que proviene del éxito. Un individuo desequilibrado continúa su avance mientras esté combatiendo algo, se esfuerza hacia una meta. Pero, cuando alcanza su objetivo…se hace pedazos. Sus confusiones reprimidas afloran a la superficie; se da cuenta de que no sabe lo que quiere; sus energías, dedicadas hasta entonces a combatir a alguien exterior, se vuelven contra sí mismo, y se destruye. Bien, cuando la guerra fue prohibida al fin, cuando todo el mundo se convirtió en un Estado unificado, cuando la desigualdad social fue abolida… ¿Te das cuenta de dónde quiero llegar?

Phy asintió lentamente.

—Es una deducción muy interesante —dijo con una curiosa voz distante.

—Tras haber aceptado, con reluctancia, mi premisa principal — continuó Carrsbury—, todo quedó claro. Las fluctuaciones cíclicas semestrales del crédito mundial…, de inmediato me di cuenta que Morganstern, de Finanzas, debía de ser un maníaco-depresivo con una fase de seis meses, o tenía una doble personalidad con un aspecto manirroto y otro miserable. Resultó ser esto último. ¿Por qué estaba paralizado el Departamento de Avance Cultural? Porque el director Hobart era marcadamente catatónico. ¿Por qué el boom de Investigación Extraterrestre? Porque McElvy era eufórico.

Phy le miró, intrigado.

—Por supuesto —dijo, mientras extendía sus delgadas manos. El gasoide cayó de una de ellas como un rizo de humo verde. Carrsbury le miró con suspicacia.

—Sí —replicó—, sé que tú y algunos otros tenéis cierta conciencia distorsionada de las diferencias entre vuestras… personalidades, aunque no hay ninguna de las aberraciones básicas envueltas en todo ello. Pero, continuemos. En cuanto me di cuenta de la situación, marqué mi rumbo. Como persona cuerda, capaz de propósitos realistas, y rodeado de individuos de cuyas inconsistencias y delirios era fácil hacer uso, me encontraba en posición de conseguir, con tiempo y tacto, cualquier objetivo que me propusiera. Yo estaba en el servicio de dirección. En tres años, me convertí en director del mundo. Una vez allí, mi radio de influencia se amplió una enormidad. Como el hombre del epigrama de Arquímedes, yo tenía un punto de apoyo desde el que podía mover el mundo. Con varios modos y con varios pretextos, yo pude promulgar regulaciones cuyo propósito era tranquilizar a las grandes masas neuróticas reduciendo los estímulos molestos e introduciendo un programa de vida más reglamentado y ordenado. Les llevé la corriente a mis compañeros ejecutivos e hice uso de toda mi capacidad superior de trabajo, para así mantener en marcha y a salvo los asuntos mundiales… o, al menos, retrasar lo peor. Al mismo tiempo, pude comenzar mi Plan de Diez Años…, la formación, en aislamiento comparativo, primero a pequeña escala, luego más amplio, a medida que aquellos que terminaban su formación se convertían en instructores, de un grupo de líderes prospectivos, cuidadosamente seleccionados en base a su relativa carencia de tendencias neuróticas.

—Pero ¿qué…? —empezó a decir Phy, excitado, mientras se levantaba.

—Pero ¿qué? —inquirió Carrsbury rápidamente.
—Nada —murmuró Phy abatido, mientras se hundía de nuevo en el sillón.

—Eso lo cubre todo —concluyó Carrsbury, con voz apagada de súbito—, excepto por un asunto secundario. No pude permitirme continuar sin protección. Hay demasiado que dependía de mí. Siempre corría el riesgo de ser derrocado por un espasmo de violencia, momentáneamente incontrolable por parte de mis compañeros ejecutivos, que, aunque mal coordinado, no era menos efectivo por eso. Así, y sólo porque no tenía otra alternativa, di un paso peligroso. Creé mi policía secreta. —Su mirada se dirigió hacia la tenue grieta en la pared lateral —. Hay un tipo de locura conocida como paranoia, recelos exagerados que implican manías persecutorias. Por medio de la técnica del hipnotismo Rand, del siglo veinte, inculqué a cierto número de esos desafortunados individuos la idea fija de que sus vidas dependían de mí, y que, como yo era amenazado de todas partes, tenía que ser protegido a toda costa. Una experiencia desagradable, aunque sirvió a mi propósito. Me alegraré mucho de acabar con ella. Comprendes por qué tuve que dar ese paso, ¿verdad?

Miró a Phy inquisitivamente… y advirtió, sorprendido, que el otro le sonreía de un modo vacuo, al tiempo que alzaba el gasoide entre los dedos.

—Abrí un agujero en mi sofá y salió un montón de esta materia — explicó Phy con voz pastosa e ingenua—. Montones por toda mi oficina.

Seguí escarbando… —Sus dedos lo palparon con destreza y le dieron la forma de una cabeza transparente, que aplastó de inmediato —. Qué materia tan rara —continuó—. Líquido enrarecido. Gas de volumen fijo. Y está por todo el suelo de mi oficina, enredado en los muebles.

Carrsbury se reclinó hacia atrás y cerró los ojos. Sus hombros se hundieron. De pronto, se sintió algo cansado; un poco más ansioso de que su día de triunfo concluyera. Sabía que no podía abatirse por haber fracasado con Phy. Después de todo, había ganado la batalla principal. Phy era un asunto menor. Siempre había sabido que, excepto en destellos ocasionales, Phy era tan irrecuperable como los otros. Sin embargo…

—No tienes que preocuparte por el suelo de tu oficina, Phy —dijo con indiferente amabilidad—. Ya no. Tu sucesor se encargará de limpiarlo. Ya sabes que, para todos los propósitos, has sido reemplazado.

— ¡Eso es! —Carrsbury se sorprendió ante el estallido de Phy. El secretario del mundo dio un salto y trotó hacia él, mientras le señalaba con una mano excitada—. ¡Para eso he venido a verte! ¡Eso es lo que intentaba decirte! ¡No puedo ser reemplazado así como así! ¡Ni tampoco los otros pueden serlo! ¡No funcionará! ¡No puedes hacerlo!

Con la rapidez nacida de una larga práctica, Carrsbury se colocó tras su mesa, al tiempo que obligaba a sus rasgos a que adquirieran esa expresión de calmada y sonriente benevolencia de la que tan insoportablemente cansado se sentía.

—Vamos, vamos, Phy —dijo, animoso, tranquilizándole—. Si no puedo, por supuesto que no puedo. Pero ¿no crees que deberías decirme por qué? ¿No crees que sería muy agradable que nos sentáramos, y habláramos al respecto y me dijeras por qué?

Phy se detuvo y agachó la cabeza, confundido.

—Sí, supongo que sí —dijo con lentitud, cayendo bruscamente en los tonos de voz bajos y forzados—. Supongo que deberé de hacerlo, que no hay otro modo. Sin embargo, esperaba no tener que contártelo todo.

La última frase fue casi una pregunta. Miró a Carrsbury, quien sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír. Phy retrocedió y se sentó.

—Bien —empezó a decir por fin, amasando, sombrío, el gasoide —, todo empezó cuando quisiste convertirte en director del mundo. No eras del tipo corriente, pero pensé que resultaría divertido…, sí, y útil. —Miró a Carrsbury—. Has beneficiado al mundo en muchos sentidos, recuérdalo siempre —le aseguró—. Por supuesto —añadió, concentrándose de nuevo en el torturado gasoide—, no exactamente en la forma que pensaste.

— ¿No? —preguntó Carrsbury automáticamente.

«Síguele la corriente. Síguele la corriente.» La gastada cantinela resonó en su mente.

Phy sacudió la cabeza con tristeza.

—Pongamos por caso esas regulaciones que promulgaste para tranquilizar a la gente…

— ¿Sí?

—… fueron cambiando por el camino. Por ejemplo, tu prohibición referida a leer las cintas de toda la literatura excitante… ¡Oh, al principio tratamos un poco con el material tranquilizador que sugeriste! Todo el mundo se lo pasó muy bien. Se rieron y rieron. Pero, después, bueno, como te decía, fue cambiando…, en este caso una prohibición a toda la literatura no excitante.

La sonrisa de Carrsbury se ensanchó. Durante un momento, había sentido miedo; pero la última observación de Phy acabó con él.

—Todos los días paso delante de varios puestos de lectura — dijo Carrsbury con tono amable —. Las cintas de ficción que se venden están siempre en los contenedores coloreados de la forma más correcta y sencilla. Nada de esas imágenes salvajes y morbosas que se veían en todas partes.

— ¿Has comprado alguna y la has oído? ¿O has proyectado el texto visual? —preguntó Phy con tono de disculpa.

—He sido un hombre muy atareado durante diez años —respondió Carrsbury—Desde luego, he leído los informes oficiales referidos a esos temas, y a veces he echado un vistazo a algunos resúmenes de cintas de ficción.

— ¡Oh, claro, esas cosas artificiales! —accedió Phy, que miró de arriba abajo la pared llena de cintas, tras la mesa —. Verás, lo que hicimos fue conservar los contenedores monocromos; pero volver a los antiguos contenidos. El contraste atrajo a la gente. Recuerda, como dije antes, que un montón de regulaciones han hecho bien. Por ejemplo, han reducido un montón de ruido innecesario y estupideces ineficaces.

«Esas cosas artificiales.» La frase resonaba, desagradable, en los oídos de Carrsbury. Hubo un irreprensible tono de recelo en su rápida mirada por encima del hombro a las estanterías repletas de cintas.

— ¡Oh, sí! —continuó Phy—, y esa prohibición de ceder a impulsos inusitados e indecentes, con una larga lista de categorías específicas. Todo hizo muy buen efecto, pero con un pequeño añadido: «a menos que de verdad quieras hacerlo». Eso, ya sabes, pareció absolutamente necesario. —Sus dedos trabajaban, furiosos, con el gasoide—. Y en cuanto a la prohibición de varias bebidas estimulantes…, bueno, en esta localidad se sirven todavía bajo otros nombres, y se ha desarrollado la interesante costumbre de comportarse de manera muy sobria mientras se bebe. En cuanto al asunto de las ocho horas de trabajo diarias…

Carrsbury se puso en pie de manera casi involuntaria y caminó hacia la pared exterior. Pasando la mano sobre un invisible compás en forma de U, conectó la ventana. Fue como si la pared exterior desapareciera. A través de su transparencia, casi perfecta, contempló, con fiera curiosidad, las terrazas y aparcamientos de debajo, más allá de las fachadas resplandecientes.

Las modestas muchedumbres parecían bastante tranquilas y ordenadas. Pero luego se produjo una oleada de confusión: un puñado de personas, desde ese ángulo nada más que cabecitas con brazos y piernas, salieron de una tienda y empezaron a bombardear a otro grupo con lo que parecían alimentos. Mientras, en un aparcamiento lateral, dos pequeños vehículos ovoides, gotitas de plata sin ninguna grieta porque sus paneles de visión eran invisibles desde el exterior, arremetían juguetonamente uno contra otro. Alguien empezó a correr.

Carrsbury desconectó rápidamente y se dio la vuelta. Aquéllos no eran más que incidentes dispersos, se dijo furioso. No tenían ningún significado estadístico. Durante diez años, la Humanidad había marchado con firmeza hacia la cordura, a pesar de algunas recaídas ocasionales. Lo había observado por sí mismo, visto el programa día-adía, lo suficiente al menos para saberlo. Había sido un estúpido al dejar que las divagaciones de Phy le afectaran. Sólo sus cansados nervios habían hecho aquello posible.

Miró su reloj.

—Discúlpame —dijo cortante, pasando junto al sillón de Phy—. Me gustaría continuar con esta conversación, mas debo celebrar la primera reunión con el nuevo personal de Dirección Central.

— ¡Oh, pero si no puedes! —Phy se puso en pie al instante y le tiró del brazo—. ¡No puedes hacerlo, ya sabes! ¡Es imposible!

La voz suplicante se alzó hasta convertirse en un chillido. Carrsbury, impaciente, trató de soltarse. La grieta de la pared lateral se ensanchó hasta convertirse en una puerta. Al instante, los dos hombres dejaron de forcejear.

En la puerta se encontraba un gigante cadavérico con un arma oscura y chata en la mano. Una barba, negra e irregular, ensombrecía sus hundidas mejillas. En su rostro había una cruel mezcla de recelo y devoción fanática, el primero dirigido a Phy junto con el arma. La segunda (y los ojos de sonámbulo), hacia Carrsbury.

— ¿Le estaba amenazando? —preguntó el hombre barbudo con vozronca, al tiempo que movía el arma en un gesto sugestivo.

Durante un momento, una luz furiosa y vengativa ardió en los ojos de Carrsbury. Luego, se apagó. «En qué estaría yo pensando —se preguntó— . Este pobre y lunático secretario mundial no merecía su odio.»

—En absoluto, Hartman —recalcó tranquilo—. Discutíamos sobre algo y nos excitamos y alzamos la voz. Todo va bien.

—Muy bien —dijo el hombre barbudo, tras una vacilante pausa.

Reluctante, enfundó su arma, pero mantuvo la mano sobre la cartuchera y se quedó de pie en la puerta.

—Y ahora —dijo Carrsbury, soltándose —, debo irme.

Salió a la parte móvil del pasillo y había recorrido la mitad del camino hacia el ascensor antes de darse cuenta de que Phy le había seguido y le tiraba tímidamente de la manga.

—No puedes marcharte así —suplicó Phy, mirando aprensivo hacia atrás. Carrsbury notó que también Hartman le había seguido: una torre ominosa a dos pasos por detrás—. Tienes que darme una oportunidad de explicarme, de contarte por qué, como me pediste.

«Síguele la corriente.» La mente de Carrsbury estaba mortalmente cansada de la cantinela, pero el simple agotamiento le urgió a seguir danzando un poco más.

—Puedes contármelo en el ascensor —concedió, saliendo de la acera móvil.

Pasó el dedo sobre un interruptor y un movimiento serpentino de luz en la pared marcó la obediente puesta en marcha del ascensor.

—Verás, no sólo se trataba de esa cuestión de regulaciones prohibitivas —dijo rápidamente Phy —. Había un montón de cosas más que nunca funcionaron como nuestros informes oficiales indicaban. Los presupuestos de los departamentos, por ejemplo. Los informes mostraban, lo sé, que las asignaciones para Investigación Extraterrestre estaban siendo reducidas de una manera regular. En realidad, en tus diez años de mandato, se multiplicaron por diez. Por supuesto, no había forma de que lo supieras. No podías estar en todo el mundo a la vez y ver cada uno de los despegues de los cohetes supraestratosféricos.

La luz móvil se detuvo. Una grieta se dilató, y Carrsbury penetró en el ascensor. Pensó en ordenarle a Hartman que se retirase. El pobre loco de Phy no suponía ninguna amenaza. Sin embargo…, «la astucia del loco». Decidió no hacerlo. Alargó la mano y conectó el interruptor en el sector que les llevaría a la planta número cien y última. La puerta se cerró con
suavidad, y la cabina del ascensor se convirtió en una oscuridad ondulante en la que los números de las plantas parpadeaban. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés…

—Y luego tenemos el servicio militar. Lo hiciste reducir sin más.

—Por supuesto que sí. —El puro cansancio hizo que Carrsbury hablara—. Sólo existe un país en el mundo. Resulta obvio que el único requerimiento militar sea una fuerza policial adecuada. Por no decir nada de los riesgos inherentes a poner armas en las manos de la actual población mundial.

—Lo sé —respondió Phy en la oscuridad; su voz tenía un tono culpable—. Pero lo que sucedió fue que, sin que tú lo supieras, el servicio militar ha sido aumentado en tamaño, y añadido cuatro escuadrones de cohetes.

Cincuenta y siete. Cincuenta y ocho. «Síguele la corriente.»

— ¿Porqué?

—Verás, hemos descubierto que la Tierra está siendo observada. Tal vez desde Marte. Quizá sean hostiles. Tenemos que estar preparados. No te lo dijimos…, bueno, porque temíamos que te excitaras.

La voz se apagó. Carrsbury cerró los ojos. ¿Cuánto tiempo, se preguntó, cuánto tiempo? Con sorpresa, se dio cuenta que en la última hora la gente como Phy, a quien había soportado durante diez años, se le había vuelto absolutamente inaguantable. Durante un momento, incluso las ideas de la conferencia que pronto estaría presidiendo, la conferencia que iba a acomodarse en su mundo cuerdo, dejó de atraerle. ¿Reacción al éxito? ¿El final de una tensión de diez años?

— ¿Sabes cuántas plantas hay en este edificio?

Carrsbury no observó de inmediato el nuevo tono de voz de Phy, pero reaccionó rápidamente.

—Cien —dijo.—Entonces ¿dónde estamos? —preguntó Phy.

Carrsbury abrió los ojos en la oscuridad. Ciento veintisiete; el indicativo de los pisos parpadeó. Ciento veintiocho. Ciento veintinueve.

Algo frío se arrastró desde el estómago de Carrsbury hasta su cerebro. Sintió como si estuvieran retorciendo, lenta e irresistiblemente, su mente. Pensó en dimensiones ocultas, en ignotos agujeros en el espacio. Algo recordado de sus clases de física elemental bailoteó en sus pensamientos: «Si fuera posible que un ascensor continuara su movimiento hacia arriba con aceleración uniforme, nadie de su interior podría determinar si los efectos que experimentaban eran debidos a la aceleración o a la gravedad, si el ascensor permanecía inmóvil en el mismo planeta o disparado a velocidad cada vez mayor por el espacio libre».

Ciento cuarenta y uno. Ciento cuarenta y dos.

—O como si te alzaras a través de la conciencia a un reino insospechado de mentalidad superior —sugirió Phy con su nueva voz, con su atisbo de risa.

Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Reducía la velocidad. Ciento cuarenta y nueve. Ciento cincuenta. Se detuvo.

Era un truco. La idea fue como una ducha de agua fría en el rostro de Carrsbury. Algún truco infantil por parte de Phy. Resultaba fácil trucar los números. Carrsbury extendió la mano en la oscuridad y encontró la superficie resbaladiza de una cartuchera, la delgada constitución de Hartman.

—Prepárate para una sorpresa — advirtió Phy, cerca de su codo.

Mientras Carrsbury se daba la vuelta y tanteaba, una luz brillante le envolvió, seguida de un espasmo de vértigo.

Hartman, Phy y él, junto con unos cuantos muebles y controles insustanciales, se encontraban de pie, en el aire, a cincuenta plantas por encima del Centro de Dirección Mundial.

Durante un instante, se asió, frenético, a la nada. Entonces se dio cuenta de que no caían y sus ojos empezaron a detectar los atisbos de paredes, techo y suelo, y de inmediato bajo ellos, el espectro del hueco del ascensor.

Phy asintió.

—Eso es lo que hay —le aseguró indiferente a Carrsbury—, Otra de esas extrañas y encantadoras nociones modernas contra las que has legislado… con tanta persistencia, como nuestras escaleras incompletas y las escaleras a ninguna parte. El Comité de Edificios y Terrenos decidió ampliar el rango del ascensor para poder ver el panorama. El hueco se hizo transparente como el aire para evitar estropear la forma del edificio original y mejorar la vista. Se consiguió de forma tan satisfactoria que tuvo que instalarse un sistema de alarma electrónica para la seguridad de los aviones y otros vehículos que pasaran. Tratar las paredes de la cabina como ventanas fue un detalle obvio.

Hizo una pausa y miró, burlón, a Carrsbury.

—Todo muy sencillo —observó—, pero ¿no encuentras una especie de simbolismo en ello? Durante diez años has malgastado la mayor parte de tu vida en ese edificio de ahí abajo. Todos los días has utilizado este ascensor. Pero ni una sola vez has soñado con esas cincuenta plantas extra. ¿No crees que algo del mismo estilo podría ser cierto para tus observaciones de otros aspectos de la vida social contemporánea?

Carrsbury le miró con expresión estúpida, boquiabierto.

Phy se volvió a observar la motita creciente de un avión que se aproximaba.
—Puedes mirarlo también —indicó a Carrsbury—, pues va a transportarte a una vida mucho más feliz y descansada.

Carrsbury abrió los labios, que los tenía húmedos.

—Pero… —dijo, inseguro—. Pero…

Phy sonrió.

—Eso es, no he terminado mi explicación. Bien, hubieras podido continuar como director del mundo durante toda tu vida, en el aislamiento de tu despacho, tus kilómetros de informes oficiales y sus reuniones ocasionales conmigo y los demás. Excepto por tu Instituto de Liderazgo Político y tu Plan de Diez Años. Eso removió las cosas. Por supuesto, estábamos tan interesados en ellos como tú. Tenían posibilidades. Esperábamos que funcionara. Nos habríamos sentido felices de retirarnos del cargo si lo hubiera hecho. Pero, por fortuna, no lo hizo. Y eso puso fin a todo el experimento.

Advirtió que Carrsbury miraba hacia abajo.

—No —dijo—. Me temo que tus alumnos no te esperan en la sala de conferencias de la planta cien. Me temo que aún se encuentran en el Instituto. —Su voz se tornó amable y compasiva—. Y me temo que éste se ha convertido en…, bueno, en un Instituto un poco diferente.

Carrsbury permaneció inmóvil, con un leve tambaleo. De manera gradual, sus pensamientos y el poder de su voluntad emergieron de la pesadilla despierta que los había paralizado. «La astucia del loco.» No había hecho caso a aquella eficaz advertencia. En el mismo instante de la victoria…

¡No! ¡Se había olvidado de Hartman! Esa era la emergencia para la cual había sido preparado el contragolpe.

Miró de reojo al jefe de su policía secreta. El gigante negro, sin que le preocupara su extraña posición, miraba fijamente a Phy como si tuviera a un mago malvado ante sí del que pudiera esperarse cualquier imposibilidad maligna.

Hartman se dio cuenta de la mirada de Carrsbury. Adivinó sus pensamientos. Desenfundó su oscura arma y apuntó con ella a Phy.

Sus labios se arrugaron, y de ellos surgió un siseo. Luego, en voz alta, exclamó:

— ¡Estás muerto, Phy! ¡Te he desintegrado!

Phy alargó la mano y le quitó el arma.

—Es otro de los aspectos en el que fallaste por completo al calcular el temperamento moderno —le aclaró a Carrsbury —. Todos nosotros tenemos aspectos en los que somos algo irreales. Es la naturaleza humana. Hartman tenía sus recelos…, su debilidad por ideas relacionadas con planes y persecuciones. Le diste el peor tipo de trabajo, uno que animaba y potenciaba sus debilidades. En muy poco tiempo, se volvió irreal, sin esperanza. Hace años que se olvidó de que lleva una pistola de juguete.

Se la tendió a Carrsbury para que la inspeccionara.

—Pero —añadió—, si se le da el trabajo adecuado, funcionará bastante bien…, digamos en algo relacionado con la creación o la exploración. Encajar al hombre con su trabajo es un arte con posibilidades infinitas. Por eso, pusimos a Morgenstern en Finanzas, para que mantuviera los créditos en fluctuación a un ritmo seguro y predecible. Por eso, un eufórico es director de Investigación Extraterrestre, para mantenerla en vigor. Por eso, un catatónico es el encargado del Avance Cultural, para evitar que se vuelva contra él en su prisa por adelantarse.

Sombrío, Carrsbury observó que el avión se acercaba al hueco del ascensor y se colocaba lentamente junto a éste.

—Pero, en ese caso, ¿por qué…? —inquirió estúpidamente.

— ¿Por qué te hicimos director del mundo? —terminó Phy tranquilamente—. ¿No está claro? ¿No te he dicho varias veces que hiciste mucho bien, aunque indirectamente? Nos interesaste, ¿no lo ves? De hecho, eras prácticamente único. Como sabes, nuestro principio cardinal es dejar que todo individuo se exprese como quiera. En tu caso, eso requería dejar que te convirtieras en director del mundo. En conjunto, no funcionó demasiado mal. Todo el mundo se lo pasó bastante bien, se promulgaron varias regulaciones constructivas, aprendimos mucho… ¡Oh, de hecho, no conseguimos todo lo que esperábamos, pero eso no ocurre nunca! ¡Por desgracia, al final, nos vimos obligados a interrumpir el experimento!

El avión había hecho contacto.

—Comprendes por qué fue necesario, ¿verdad? —continuó Phy con rapidez, mientras urgía a Carrsbury hacia la portezuela abierta—. Estoy seguro de que sí. Todo se reduce a una cuestión de cordura. ¿Qué es la cordura, ahora, o en el siglo veinte, o en cualquier época? La adhesión a una norma. La conformidad con ciertas convenciones básicas subyacentes en toda conducta humana. En nuestra época, la separación de la norma se ha convertido en norma. La incapacidad para la adaptación se ha convertido en el estándar de conformidad. Está bastante claro, ¿no? Y eso te permite comprender tu propio caso y el de tus protegidos, ¿verdad? Durante un largo período de años, has insistido en adherirte a la norma, en adaptarte a unas determinadas convenciones básicas. Fuiste completamente incapaz de adaptarte a la sociedad que te rodeaba. Sólo pudiste intentarlo…, y tus protegidos ni siquiera habrían podido hacer eso. A pesar de tus muchas características personales útiles, quedó claro que sólo teníamos un curso de acción abierto.

Carrsbury se volvió en la puerta. Había encontrado la voz por fin. Ronca, rasgada.

 — ¿Quieres decir que durante todos estos años os habéis dedicado sólo a «seguirme la corriente»?

La puerta se cerró. Phy no respondió a la pregunta.

Mientras el aparato emprendía el vuelo, se despidió agitando el amasijo de gasoide verde.

—Estarás muy a gusto adonde vas —gritó, animándole —. Habitaciones cómodas, instalaciones para hacer ejercicio, y una
biblioteca completa con libros del siglo veinte para que te distraigas.

Observó el rígido rostro de Carrsbury, que le observaba a través de la ventanilla, hasta que el aparato se convirtió en una manchita en el cielo.

Entonces se dio media vuelta, se miró las manos, y advirtió el gasoide. Lo arrojó por la puerta abierta del hueco del ascensor, estudió su vuelo durante unos momentos, y luego pulsó el botón de bajada.

Me alegro de no tener que ver más a ese tipo —murmuró, más para sí que para Hartman mientras bajaban—. Empezaba a tener una influencia perturbadora sobre mí. En realidad —añadió, con expresión súbitamente vacua —, empezaba a temer por mi propia cordura.

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