Daisy, al sol – Connie Willis

DE LOS DEMÁS, NINGUNO LE SERVÍA PARA NADA. Daisy se arrodilló al lado de su hermano en el suelo de la cocina y le preguntó:
—¿Recuerdas cuando vivíamos en casa de la abuela, sólo nosotros tres, nadie más?
Pero él se limitó a mirarla con expresión vacía, sin apenas apartar la vista del libro, sin manifestar el más mínimo interés.
—¿De qué trata el libro? —le preguntó Daisy con amabilidad—. ¿Trata del sol? A la abuela y a mí nos leías tus libros en voz alta. Siempre eran sobre el sol.
Él se puso en pie, se acercó a la ventana de la cocina ymiró la nieve que se acumulaba sobre el cristal seco. El libro, cuando Daisy le echó un vistazo, trataba de algo completamente diferente.
—En casa no siempre nevaba así, ¿verdad? —le había preguntado Daisy a la abuela—. No podía nevar siempre, ni siquiera en Canadá, ¿verdad?
Esta vez había sido en el tren, no en la cocina, pero la abuela había seguido midiendo las cortinas como si no se hubiese enterado.
—¿Cómo pueden moverse los trenes si nieva continuamente?
La abuela no había respondido. Había continuado midiendo las grandes ventanillas curvas del tren empleando una cinta métrica amarilla. Apuntaba los números en trozos de papel que le salían de los bolsillos como la nieve del exterior, sin emitir ningún sonido.
Daisy esperó a estar otra vez en la cocina. Las cortinas rojas colgaban desgastadas y flácidas sobre la mitad inferior de las ventanas cuadradas.
—El sol destiñó las cortinas, ¿no es cierto? —preguntó sibilinamente, pero no logró engañar a su abuela, que midió, apuntó y esparció lasmedidas como ceniza a su alrededor.
Daisy apartó la vista de su abuela y miró a los demás, deambulando de un lado a otro por la cocina de la abuela. A ellos no se lo iba a preguntar. Hablarles sería admitir que pertenecía a aquel lugar, desplazándose torpemente por la estancia, tropezando con los demás.
Daisy se puso en pie.
—El sol apagó los colores —dijo—. Lo recuerdo. —Se fue a su cuarto y cerró la puerta.
El cuarto era siempre su cuarto, independientemente de lo que pasase fuera de él. Permanecía igual. Muselina amarilla con volantes sobre la cama, gladiolos amarillos en la ventana. Se había negado a que su madre instalase persianas en su cuarto. Lo recordaba con toda claridad. Se había quedado en su cuarto todo el día, con la puerta atrancada. Pero no lograba recordar por qué su madre había querido instalarlas o qué había pasado luego.
Daisy se sentó en medio de la cama con las piernas cruzadas, abrazada a la almohada de volantes amarillos. Su madre le recordaba continuamente que las señoritas se sentaban con las piernas juntas: «Ya tienes quince años, Daisy. Eres una señorita, te guste o no.»
¿Por qué podía recordar esas cosas y no cómo habían llegado hasta allí, dónde estaba su madre y por qué nevaba continuamente pero nunca hacía frío? Abrazó la almohada con fuerza e intentó desesperadamente recordar.
Era como empujar algo, algo que simultáneamente cedía y no cedía. Era ella misma, intentando aplanarse los pechos después de que su madre le hubiese dicho que se estaba haciendo mayor, que tendría que llevar sujetador. Había empujado para intentar llegar a la niña que había sido antes, pero aunque los apretaba con las manos, seguían allí. Una
barrera imposible de atravesar.
Daisy agarró con fuerza la almohada blanda, cerrando los ojos cuanto pudo.
—Abuela entró —dijo en voz alta, buscando el único recuerdo al que podía acceder—, abuela entró y dijo…
Daisy miraba uno de los libros de su hermano. Sostenía, mirándolo, uno de los libros sobre el sol de su hermano, y al abrirse la puerta, él alargó la mano y se lo quitó. Estaba furioso… ¿por el libro? Su abuela entró, con aspecto apurado y entusiasmado, y él le quitó el libro. Su abuela dijo:
—Han traído la tela. Compré suficiente para todas las ventanas.—Llevaba una bolsa enorme llena de tela doblada, guinga roja y blanca—. Compré casi todo el rollo —dijo su abuela. Tenía el rostro arrebolado—. ¿No es bonita?
Daisy alargó la mano para tocar la tela bonita y fina. Y… Daisy se aferró a la almohada, arrugando los bordes perfectos. Había alargado la mano para tocar la tela bonita y fina y luego…
No servía de nada. No podía irmás allá. Nunca había podido irmás allá. En ocasiones se quedaba sentada en la cama durante días. En ocasiones empezaba por el final e iba retrocediendo por sus recuerdos y el resultado seguía siendo el mismo. No podía recordar nada más por ninguno de los extremos. Sólo el libro, su abuela entrando y ella alargando la mano.
Daisy abrió los ojos. Colocó la almohada sobre la cama, separó las piernas y respiró profundamente. Tendría que preguntárselo a los otros. No le quedaba ninguna otra opción.
Permaneció un minuto de pie junto a la puerta, preguntándose qué lugar sería. Era el cuarto de estar de su madre, las paredes de un azul frío y las ventanas con persianas. Su hermano sentado en la alfombra azul grisáceo, leyendo. Su abuela había abierto una persiana. Medía la ventana alta. Fuera nevaba.
Los extraños se movían sobre la alfombra azul. A veces a Daisy le parecía reconocerlos, que eran amigos de sus padres o gente que había visto en la escuela, pero no estaba segura. No hablaban entre sí durante sus interminables y pacientes
vagabundeos. Ni siquiera parecían verse. En ocasiones, recorriendo el largo pasillo del tren, dando vueltas a la cocina de su madre o en el cuarto de estar azul, chocaban entre sí. No se detenían para disculparse. Chocaban y, como si no supiesen que habían chocado, seguían avanzando. Colisionaban sin sonido ni reacción, y siempre que lo hacían, a Daisy
le parecíanmenos gente conocida ymás unos extraños. Losmiró con ansiedad, intentando reconocerlos para preguntárselo.
El joven procedía del exterior. Daisy estaba completamente segura, aunque no hubo ráfaga de aire frío para convencerla, ni nieve que el joven tuviese que limpiarse del pelo y los hombros. Se movía con facilidad entre los demás, que le miraban al pasar. Se sentó en el sofá azul y le sonrió al hermano de Daisy. Su hermano apartó la vista del libro y le devolvió la sonrisa. «Viene del exterior —pensó Daisy—. Él lo sabrá.»
Se sentó junto a él, al otro lado del sofá, con los brazos cruzados.
—¿Le ha pasado algo al sol? —le preguntó en un susurro.
Ella miró. Su rostro era tan joven como el de ella, bronceado y sonriente. Daisy sintió, muy dentro, un estremecimiento de miedo, una sutil presencia alienígena como la que había indicado la llegada de su primera regla. Se puso en pie y se alejó de él, sólo un paso, y casi tropezó con uno de los extraños.
—Vaya, hola —dijo el chico—. ¡Pero si es la pequeña Daisy!
Las manos de Daisy formaron puños. No comprendía cómo no le había reconocido antes: la confianza, la sonrisa desenvuelta. Él no la ayudaría. Él sabía lo que pasaba, claro que lo sabía, siempre lo sabía todo, pero no se lo diría. Se reiría de ella. No debía permitir que se riese de ella.
—Hola, Ron —fue a decir, pero la última consonante se perdió en la incertidumbre. Nunca había estado segura de su nombre. Él rio.
—¿Qué te hace creer que le haya pasado algo al sol, Daisy-Daisy? —Había colocado el brazo sobre el respaldo del sofá—. Siéntate y cuéntamelo. —Si ella se sentaba a su lado, él no tendría inconveniente en pasarle el brazo por los hombros.
—¿Le ha pasado algo al sol? —repitió en voz más alta, sin moverse de donde estaba—. Ya no brilla nunca.
—¿Estás segura? —dijo, y volvió a reír. Lemiraba los pechos. Daisy cruzó los brazos por delante.
—¿Ha pasado algo? —dijo tercamente, como una niña.
—¿Qué opinas?
—Pienso que quizá todos se equivocaban con respecto al sol. —Calló, sorprendida de lo que había dicho, de lo que recordaba. Luego siguió hablando, olvidando mantener los brazos delante del pecho, prestando atención a lo que decía a continuación—: Pensaban que iba a estallar. Dijeron que se tragaría toda la Tierra. Pero quizá no fue así. Quizá simplemente ardió, como un fósforo o algo así, y ya no brilla, razón por la que nieva continuamente y…
—El frío —dijo Ron.
—El frío —repitió él—. Si hubiese pasado algo así, ¿no haría frío?
—¿Qué? —dijo como una estúpida. —Daisy —dijo él, y le sonrió.
Ella retrocedió un poco. El miedo insistente era más profundo y más claro.
—Oh —dijo, y corrió esquivando a los otros, que deambulaban de un lado a otro, de arriba abajo, para llegar a su cuarto. Cerró de un portazo y se tiró en la cama, agarrándose el estómago y recordando.
Su padre los había reunido a todos en el salón. Su madre estaba sentada en el borde del sofá, ya con aspecto de asustada. Su hermano se había traído un libro, pero miraba la página sin verla.
Hacía frío en el cuarto de estar. Daisy se colocó al sol y esperó. Ya llevaba un año asustada. «Y dentro de un minuto —pensó—, voy a escuchar algo que me asustará todavía más.»
De repente sintió un odio increíble por sus padres, capaces de arrancarla del sol y llevarla a la oscuridad, capaces de darle miedo simplemente hablándole. Aquel día había estado sentada en el porche. El otro día se había tendido al sol con un viejo bañador amarillo cuando su madre la había hecho entrar.
—Ahora eres una chica mayor —le había dicho su madre cuando llegaron a su cuarto. Miraba el traje de baño amarillo que se le había quedado pequeño y le apretaba el pecho y le tiraba entre las piernas—. Hay algunas cosas que debes saber.
El corazón de Daisy se había puesto a martillear.
—Quería contártelo para que no oyeses muchos rumores. —Sostenía un folleto, rosa y blanco… y aterrador—. Quiero que lo leas, Daisy. Estás cambiando, aunque no te des cuenta. Los pechos se te desarrollan y pronto tendrás la regla. Eso significa…
Daisy sabía lo que significaba. Las chicas de la escuela se lo habían contado. Oscuridad y sangre. Chicos deseosos de tocarle los pechos, deseosos de penetrar en su oscuridad. Y luego más sangre.
—No —dijo Daisy—. No. No quiero.
—Sé que ahora te da mucho miedo, pero algún día, pronto, conocerás a un chico agradable y lo comprenderás…
«No, no quiero. Nunca. Sé qué te hacen los chicos.»
—Dentro de cinco años no lo verás del mismo modo, Daisy. Comprenderás…
«Ni en cinco años. Ni en cien años. No.»
—No voy a tener pechos —gritó Daisy y le tiró la almohada a su madre—. No voy a tener la regla. No lo permitiré. ¡No!
Su madre la había mirado con pena.
—Bien, Daisy, el proceso ya se ha iniciado.—La abrazó—. No hay nada que temer, cariño.
Desde entonces, Daisy había tenido miedo. Y ahora tendría todavía más miedo, en cuanto su padre hablase.
—Quería contároslo a todos juntos —dijo su padre—, para que no os enteréis por otros. Quería que supieseis qué pasa realmente y no sólo conocierais los rumores. —Hizo una pausa y tomó aliento entrecortadamente. Los discursos de su padre y su madre empezaban de la misma forma—. Creo que debéis saberlo por mí. El sol se va a convertir en nova.
Su madre jadeó, una inspiración larga y fácil como un suspiro, la última vez que respiraría con tranquilidad. Su hermano cerró el libro. « ¿Eso es todo?», pensó Daisy, sorprendida.
—El sol ha agotado todo el hidrógeno de su núcleo. Está empezando a consumirse así mismo, y cuando lo haga, se expandirá y… —Le faltaron las palabras.
—Va a tragarnos —dijo su hermano—. Lo he leído en un libro. El sol explotará hasta Marte. Se tragará Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Todos moriremos.
Su padre asintió.
—Sí —dijo, como si le aliviase que alguien hubiese comunicado lo peor.
—No —dijo su madre. Y Daisy pensó: «Esto no es nada. Nada.» Lo que su madre contaba era mucho peor. Ella hablaba de sangre y oscuridad.
—Se han producido cambios en el sol —le dijo su padre—. Se han producido más tormentas solares. Demasiadas. Y el sol está emitiendo ráfagas poco comunes de neutrinos. Son señales de que va a…
—¿Cuánto queda? —preguntó su madre.
—Un año. Como mucho cinco. No lo saben con certeza.
—¡Debemos impedirlo! —aulló la madre de Daisy y Daisy la miró desde su lugar al sol, asombrada del miedo de su madre.
—No podemos hacer nada —dijo su padre—. Ya se ha iniciado.
—No lo permitiré —dijo su madre—. No permitiré que les pase a mis hijos. No dejaré que ocurra. No a mi Daisy. A ella siempre le ha encantado el sol.
Al oír las palabras de su madre, Daisy recordó algo. Una vieja fotografía con una anotación de su madre garabateada al pie de la imagen con tinta blanca. Era una fotografía de Daisy de pequeñita, vestida con un traje de baño amarillo, con el pecho cóncavo y la tripa abultada de una niña pequeña. Cubo y pala, y los dedos de los pies hundidos en la arena caliente, mirando hacia el sol con los párpados entrecerrados. Y su madre había escrito: «Daisy, al sol.»
Su padre sostuvo la mano de su madre. Había pasado el brazo sobre los hombros de su hermano. Tenían la cabeza gacha los tres, dispuestos a recibir el golpe, como si les fuese a caer una bomba encima.
Daisy pensó: «Todos nosotros, dentro de un año o quizá de cinco, cinco como mucho, todos volveremos a ser niños, calentitos y felices bajo el sol.» No conseguía tener miedo.
Volvía a estar en el tren. Los extraños se desplazaban a lo largo y ancho del pasillo del vagón comedor, chocando entre sí aleatoriamente. Su abuela midió la ventanita de la puerta del fondo del vagón. No miró por la ventana la nieve cenicienta. Daisy no veía a su hermano.
Ron estaba sentado en una de las mesas cubiertas con el grueso damasco gastado de los vagones comedor. El jarrón y la plata apagada de la mesa eran pesados, para que no se cayesen con el movimiento del vagón. Ron se recostó en su asiento y miró la nieve por la ventanilla.
Daisy se sentó frente a él. El corazón le latía dolorosamente en el pecho.
—Hola —dijo. Temía decir su nombre, por si volvía a quedarse sin voz como le había pasado antes y él se daba cuenta de lo asustada que estaba.
Él se volvió y le sonrió.
—Hola, Daisy-Daisy —le dijo.
Ella le odió con la misma súbita intensidad con la que había odiado a sus padres, le odió por su capacidad para provocarle miedo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Daisy.
Él se volvió un poco y le sonrió.
—No perteneces a este lugar.—Lo dijo con beligerancia—. Me fui a Canadá a vivir con mi abuela. —Abrió mucho los ojos. Era algo que ella misma no sabía hasta el momento en que lo había dicho—. Hasta ahora ni siquiera lo sabía. Trabajabas en un colmado cuando vivíamos en California. —La anegó lo que estaba diciendo—. No perteneces a este lugar.
—Quizá todo esto sea un sueño, Daisy.
Ella le miró, todavía furiosa, el pecho subiendo y bajando por la conmoción de los recuerdos.
—¿Qué?
—Digo que quizá todo esto no sea más que un sueño. —Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia ella—. Tus sueños siempre fueron increíbles, Daisy-Daisy.
Ella negó con la cabeza.
—No eran como esto. No eran así. Siempre tuve buenos sueños. —Los recuerdos regresaban, ahora cada vez más rápido, un palpitar en los costados donde el folleto rosa y blanco decía que tenía los ovarios. No estaba segura de poder llegar hasta su cuarto. Se puso en pie, agarrando el mantel blanco—. No eran así. —Pasó entre la gente que deambulaba camino de su cuarto.
—Oh, y Daisy —dijo Ron. Daisy se detuvo, con la mano en la puerta de su cuarto, el recuerdo casi presente—. Sigues teniendo frío.
—¿Qué? —dijo sin comprender.
—Sigues teniendo frío. Pero empiezas a sentir calor.
Quería preguntarle a qué se refería, pero el recuerdo se alzaba sobre ella. Cerró la puerta al entrar, respirando pesadamente, y buscó la cama a tientas.
Toda la familia había tenido pesadillas. Los tres se sentaron a la mesa del desayuno con el rostro demacrado y ojeroso. Todavía no habían llegado las cortinas reforzadas con plomo para la cocina, y tenían que comer en el salón, donde podían cerrar las persianas. Su padre y su madre se sentaban en el sofá azul, con las rodillas contra la atestada mesa de café. Daisy y su hermano se sentaban en el suelo.
Su madre, mirando las persianas cerradas, dijo:
—He soñado que estaba cubierta de agujeros, diminutos agujeritos, como el queso suizo.
—Vamos, Evelyn —dijo su padre.
Su hermano dijo:
—Yo he soñado que la casa ardía y llegaban los camiones de bomberos para apagar el fuego, pero los camiones de bomberos se incendiaban, y también los bomberos y los árboles, y…
—Ya basta —dijo su padre—. A desayunar. —A su esposa le dijo con dulzura—: Los neutrinos nos atraviesan continuamente. Atraviesan la Tierra. Son completamente inofensivos. No hacen agujeros. No es nada, Evelyn. No te preocupes por los neutrinos.
No pueden hacerte daño.
—Daisy, una vez tuviste un vestido de lunares, ¿verdad? —dijo su madre sin apartar la vista de las persianas—. Era amarillo. Tenía lunares, como agujeros.

—¿Puedo levantarme? —preguntó su hermano, con un libro que tenía en la portada una foto del sol.
Su padre asintió y su hermano salió, leyendo.
—¡Ponte la gorra! —le dijo la madre de Daisy, con una voz que se elevó nerviosamente en la última palabra. Le siguió con la mirada hasta que abandonó la sala para luego girarse y mirar a Daisy con ojos ojerosos—. Tu también has tenido una pesadilla, ¿verdad, Daisy?
Daisy negó con la cabeza, mirando el cuenco de cereales. Antes del desayuno había echado un vistazo por entre las persianas, mirando el sol prohibido. Las persianas de plástico rígido habían quedado un poco abiertas y había un triangulito de luz en el cuenco de cereales de Daisy. Ella y su madre lo miraban. Daisy colocó la mano sobre la luz.
—Entonces, ¿has tenido un sueño agradable o no lo recuerdas? —Sonaba acusadora.
—Lo recuerdo —dijo Daisy, contemplando la luz del sol sobre su mano. Había soñado con un oso. Un pesado oso dorado de pelaje reluciente. Daisy jugaba a la pelota con el oso. Tenía entre las manos una pelotita azul verdoso. El oso alargó perezosamente su amplio brazo dorado y arrancó la pelota azulada de las manos de Daisy para lanzarla lejos. El amplio movimiento lento de la enorme garra fue lo más hermoso que Daisy hubiese visto. Sonrió para sí al recordarlo.
—Cuéntame tu sueño, Daisy —dijo su madre.
—Vale —dijo Daisy furiosa—. Era sobre un enorme oso amarillo y una pelotita azul que lanzaba lejos. —Lanzó el brazo hacia su madre.
Su madre hizo una mueca.
—¡Nos aplastará a todos hasta el día del Juicio Final! —le gritó y pasó de un salto del salón tenebroso al reluciente sol matutino.
—Ponte la gorra —le gritó su madre, y en esta ocasión la última palabra fue casi un grito.
Daisy permaneció un buen rato en el umbral, observándole. Él hablaba con su abuela. Había dejado la cinta métrica amarilla con los números negros como el carbón y asentía y sonreía al oírle hablar. Al cabo de un buen rato, él acercó la mano a la de la anciana, rozándola con delicadeza.
Su abuela se puso en pie muy despacio y fue a la ventana, donde las cortinas rojas y gastadas no impedían ver la nieve, pero no miró las cortinas. Se quedó allí y miró la nieve, con una ligera sonrisa y sin ansiedad.
Daisy se abrió paso entre la multitud de la cocina, frunciendo el ceño, y se sentó frente a Ron. Todavía tenía las manos apoyadas por completo sobre la superficie de linóleo de la mesa. Daisy también colocó las manos sobre la mesa, casi tocando las de él. Volvió las palmas hacia arriba, en un gesto de indefensión.
—No es un sueño, ¿verdad? —le preguntó.
Los dedos de él casi tocaban los de Daisy.
—¿Qué te hace pensar que yo lo sé? No pertenezco a este lugar, ¿recuerdas? Trabajo en un colmado, ¿te acuerdas?
—Tú lo sabes todo —se limitó a responder.
—Todo no.
Sufrió calambres. Sus manos, todavía con las palmas hacia arriba, se estremecieron un poco y luego se agarraron al borde metálico de la mesa cuando intentó ponerse en pie.
—Cada vez más cálida, Daisy-Daisy —dijo él.
No llegó a su cuarto. Se apoyó indefensa contra la puerta y contempló a su abuela, midiendo, escribiendo y dejando caer a su alrededor los trocitos de papel. Y recordó.
Su madre ni siquiera le conocía. Daisy le había visto en el colmado. Su madre, que no salía nunca, que se ponía gafas de sol, camisas de manga larga y sombrero, incluso en el salón azul en penumbra… su madre le había conocido en el colmado y le había traído a casa. Se había quitado el sombrero y los ridículos guantes de jardinería y había ido al colmado a buscarle. Debió de exigirle un valor increíble.
—Dijo que te había visto en la escuela y que quería pedirte para salir, pero que temía que yo dijese que eres demasiado joven, ¿no es así, Ron? —Su madre hablaba con una voz rápida y nerviosa. Daisy no estuvo segura de si había dicho Ron, Rob o Rod—. Y yo le he dicho: ¿Por qué no vienes a casa ahoramismo y os conocéis? No hay mejor momento que el presente, digo yo. ¿No es así, Ron?
Él no estaba avergonzado en absoluto.
—¿Te gustaría salir a tomar una Coca-Cola, Daisy? He traído el coche.
—Claro que quiere ir. ¿Verdad, Daisy?
No. Ella deseaba que el sol, el gran oso dorado, tendiese perezosamente el brazo y los aplastase a todos. En aquel mismo instante.
—Daisy —dijo su madre, cepillándose apresuradamente el pelo con los dedos—. Queda muy poco tiempo. Quería que tuvieses… —«Oscuridad y sangre. Querías que sintiese tanto miedo como tú. Bien, no tengo miedo, madre. Es demasiado tarde. Ya casi hemos llegado.»
Pero cuando salió al exterior, con él, vio el descapotable aparcado frente a la acera y sintió el primer aleteo sutil de miedo. La capota estaba levantada. Ella miró su rostro bronceado y sonriente y pensó: «No tiene miedo.»
—¿Adónde quieres ir, Daisy? —preguntó. Apoyó el brazo desnudo sobre el respaldo del asiento. Desde ahí podía pasarlo fácilmente por sus hombros. Daisy se sentó contra la portezuela, tapándose el pecho con los brazos.
—Me gustaría ir a dar un paseo. Con la capota abierta. Me encanta el sol —dijo, para darle miedo, para ver la misma expresión que veía en el rostro de su madre cuando Daisy le mentía sobre sus sueños.
—A mí también —dijo él—. Parece que tú tampoco te crees toda esa basura que nos cuentan sobre el sol. Es sólo para darnos miedo, nada más. No ves que tenga cáncer de piel, ¿verdad? —Ociosamente, rodeó con su brazo bronceado los hombros de Daisy—. La gente se está poniendo histérica por nada. Mi profesor de física dice que el sol podría emitir neutrinos al ritmo actual durante cinco mil años antes de colapsar. Todo eso de la aurora boreal… Vamos, se diría que esa gente no ha visto nunca una erupción solar. No hay nada que temer, Daisy-Daisy.
Desplazó el brazo hasta situarlo peligrosamente cerca de sus pechos.
—¿Tienes pesadillas? —le preguntó, intentando desesperadamente darle miedo.
—No. Sólo sueño contigo. —Sus dedos se movieron, despreocupadamente, tranquilamente, sobre su blusa—. ¿Con qué sueñas tú?
Pensó que le asustaría como asustaba a su madre. Sus sueños siempre le parecían hermosos, pero cuando se los contaba a su madre, ésta abría los ojos como platos y se le dilataban las pupilas de miedo. Y en ese punto Daisy cambiaba el sueño, haciendo que sonase peor de lo que era, destruyendo su belleza para asustar a su madre.
—Soñé que hacía rodar un aro dorado. Estaba caliente. Me quemaba la mano cuando lo tocaba. Yo llevaba pendientes, pequeños aros dorados que giraban como el aro cuando corría. Y un brazalete dorado. —Le observó la cara mientras se lo contaba, para ver el miedo. Él siguió moviendo despreocupadamente los dedos, acercándose cada vez más al pezón—. Rodé en el aro colina abajo y cada vez iba más rápido. No podía mantenerme a su altura. Rodó por si sólo, como una rueda, una rueda dorada, pasando por encima de todo.
Había olvidado su intención. Le había contado el sueño tal y como lo recordaba, sonriendo secretamente al recordarlo. La mano se había situado sobre el pecho y descansaba allí, cálida como el sol sobre su cara.
Él daba la impresión de no darse cuenta de que tenía la mano allí.
—Chico, ¡a mi profesor de psicología le encantaría oír ese sueño! ¿Quién pensaría que una niña como tú podría tener un sueño sexy como ése? ¡Guau! ¡Vaya si es freudiano! Mi profesor de psicología dice…
—Crees saberlo todo, ¿no? —dijo Daisy.
Sus dedos recorrieron la forma del pezón bajo la blusa fina, trazando un círculo ardiente, un arito ardiente.
—No todo —dijo, y se inclinó hacia su cara. Oscuridad y sangre—. No estoy seguro de cómo tomarte.
Ella se liberó de su cara, se liberó de su brazo.
—No me tomarás de ninguna forma. Nunca. Estarás muerto. Todos estaremos muertos en el interior del sol —dijo, y saltó del descapotable para entrar otra vez en la casa oscura.
Daisy permaneció mucho tiempo en la cama, doblada por la cintura, cuando el recuerdo se hubo evaporado. No volvería a hablar con él. Sin él no podría recordar nada, pero no le importaba. De todas formas, no era más que un sueño. ¿Qué más daba? Se abrazó.
No era un sueño. Era algo peor que un sueño. Se sentó muy envarada en el borde de la cama, con la cabeza levantada y los brazos a los lados, los pies juntos en el suelo, como se supone que se sientan las señoritas. Cuando se puso en pie, no vaciló en ningún momento. Fue directamente a la puerta y la abrió. No se detuvo para comprobar en qué estancia se encontraba. Ni siquiera miró a los extraños que deambulaban de un lado a otro. Fue directamente hacia Ron y le agarró el hombro.
—Estamos en el infierno, ¿verdad?
Él se volvió y su rostro manifestó algo similar a la esperanza.
—¡Venga, Daisy! —le dijo y la tomó de las manos para que se sentase a su lado. Era el tren. Las manos de los dos descansaban sobre el mantel de damasco blanco. Daisy se miró las manos. No tenía sentido intentar apartarlas.
La voz no vaciló.
—Fuimuy desagradable conmimadre. Le contaba mis sueños sólo para darle miedo.
Salía sin gorra sólo porque ella se asustaba. No podía evitarlo. Le horrorizaba que el sol fuese a explotar.—Dejó de hablar y se miró las manos—. Creo que efectivamente explotó y que todos morimos, como había dicho mi padre que sucedería. Creo… debería haberle mentido sobre mis sueños. Debería haberle contado que soñaba con chicos, con crecer, con cosas que no le diesen miedo. Podría haberme inventado pesadillas como las que se inventaba mi hermano.
—Daisy —dijo—. Me temo que las confesiones no son precisamente lo mío. Yo no…
—Se suicidó —dijo Daisy—. Nos mandó a casa de mi abuela en Canadá y luego se suicidó. Y por tanto pienso que, si estamos muertos, entonces he ido al infierno. Esto es el infierno, ¿no? Enfrentarte a lo que más temes.
—O a lo que amas. Oh, Daisy —dijo él, agarrándole los dedos con fuerza—, ¿qué te ha hecho pensar que esto es el infierno?
Para su sorpresa, Daisy le miró directamente a los ojos.
—Porque no hay sol —respondió.
Sus ojos la quemaron, la quemaron. Sintió que la mesa cubierta de blanco la cegaba, pero la estancia había cambiado. No podía encontrarla. Él la sentó a su lado en el sofá azul. Con él todavía agarrándole las manos, todavía sosteniéndola, Daisy recordó.
Los iban a mandar lejos, para protegerlos del sol. Daisy estaba contenta de irse. Su madre se enfurecía con ella continuamente. Todas las mañanas, durante el desayuno, obligaba a Daisy a contarle sus sueños en aquella sala oscura. Su madre había puesto cortinas totalmente opacas sobre las persianas para que no entrase ni un rayo de luz, y durante el crepúsculo azul ni siquiera los pequeños rayos veraniegos de luz caían sobre el rostro aterrorizado de su madre.
Las playas estaban desiertas. Su madre no la dejaba salir, ni siquiera a la tienda, sin gorra y gafas de sol. No les permitió volar a Canadá. Tenía miedo de las tormentas magnéticas. En ocasiones interrumpían las señales de radio de las torres. Su madre temía que el avión se estrellase.
Los mandó en tren, dándoles un beso de despedida en la estación, durante un momento haciendo caso omiso de los largos rayos de luz polvorienta que descendían desde los altos ventanales abovedados de la estación. Su hermano se adelantó en el andén y de repente su madre llevó a Daisy a un rincón oscuro.
—Lo que te conté, sobre la regla, ya no va a pasar. La radiación… llamé al médico y me dijo que no había de qué preocuparse. Le pasa a todo el mundo.
Una vez más Daisy sintió el ligero tirón del miedo. La regla le había venido por primera vez unos meses antes, oscura y sangrienta como había imaginado. No se lo había contado a nadie.
—No me preocuparé —dijo.
—Oh, mi Daisy —dijo de pronto su madre—. Mi Daisy al sol. —Regresó a la oscuridad. Pero cuando salieron de la estación, su madre salió al sol directo y les hizo un gesto de despedida.
El tren era maravilloso. Los pocos pasajeros permanecían en sus cabinas con las ventanas cubiertas. En el vagón comedor no había persianas, ni nadie que le dijese a Daisy que se apartase del sol. Se sentaba en el vagón comedor completamente desierto y miraba por los amplios ventanales. El tren atravesaba bosques, bosques de altos pinos y álamos
de ramas delgadas. El sol parpadeaba sobre Daisy… sol y luego sombras y luego otra vez el sol, recorriendo su cara. Ella y su hermano pidieron una orgía de batidos y postres y nadie les dijo nada.
Su hermano le leyó en voz alta su libro sobre el sol.
—¿Sabes cómo es el centro del sol? —le preguntó. «Sí. Tienes cubo y pala y con los dedos de los pies escarbas en la arena, otra vez una niña, sin temores, mirando la luz amarilla con los párpados entornados.»
—No —dijo.
—En el centro del sol los átomos ni siquiera pueden mantener su integridad. Están tan juntos que continuamente chocan entre sí, chocan, chocan, chocan, siempre así, y los electrones salen disparados. En ocasiones, tras una colisión, rayos X salen disparados a la velocidad de la luz, como una bola en una máquina de pinball. Pin-pan-pun, hasta la superficie.
—¿Para qué lees esos libros? ¿Para asustarte?
—No. Para asustar a mamá. —Era una atrevida muestra de sinceridad, ni siquiera adecuada en casa de la abuela, que sólo se podía tolerar en el tren. Le sonrió.
—Ni siquiera estás asustada, ¿verdad?
Ella se sintió obligada a responder con la misma sinceridad.
—No —dijo—, en absoluto.
—¿Por qué no?
«Porque no nos dolerá. Porque después no lo recordaré. Porque estaré de pie bajo el sol, con el cubo y la pala, y alzaré la vista sin sentir miedo.»
—No sé —dijo Daisy—. Simplemente es así.
—Yo sí lo estoy. Continuamente sueño con arder. Pienso en lo que me duele cuando me quemo el dedo y luego pienso que me dolerá así toda la eternidad. —Él también le había estado mintiendo a su madre sobre sus sueños.
—Eso no pasará —dijo Daisy—. Ni siquiera nos daremos cuenta de que sucede. No recordaremos nada.
—Cuando el sol se convierta en nova empezará a consumirse a sí mismo. El núcleo se irá llenando de ceniza atómica, y eso hará que el sol se ponga a usar su propio combustible. ¿Sabes que en el centro del sol la oscuridad es absoluta? Verás, la radiación es de rayos X, cuya longitud de onda es demasiado corta para ser visible. No se ven. Oscuridad absoluta y cenizas cayendo a tu alrededor. ¿Te lo imaginas?
—No importa. —Pasaban por un prado y la cara de Daisy estaba iluminada por el sol—. No estaremos allí. Estaremos muertos. No recordaremos nada.
Daisy no había sido consciente de lo mucho que le apetecía ver a su abuela, de rostro delgado quemado por el sol, con los brazos desnudos. Ni siquiera llevaba sombrero.
—Daisy, cariño, estás creciendo —dijo. No hizo que sonase a sentencia de muerte— . Y David, veo que sigues guardando la nariz en los libros.
Cuando llegaron a la casita ya era casi completamente de noche.
—¿Qué es eso? —preguntó David desde el porche.
La voz de su abuela ni siquiera se elevó peligrosamente.
—La aurora boreal. La verdad es que últimamente hemos tenido unos espectáculos tremendos. Es como el Cuatro de Julio.
Daisy no se había dado cuenta de lo mucho que ansiaba oír a alguien que no tenía miedo. Alzó la vista. Grandes telones rojos de luz se agitaban casi en el cénit, estremeciéndose frente al viento solar.
—Es hermoso —susurró Daisy, pero la abuela mantenía la puerta abierta para que entrasen, y estaba tan contenta de ver la luz clara en los ojos de su abuela que la siguió a la pequeña cocina con su mesa de linóleo rojo y las cortinas rojas en las ventanas.
—Es tan agradable tener compañía —dijo su abuela, subiéndose a una silla—. Daisy, sostén ese extremo. —Dejó caer el largo extremo de una cinta de plástico amarilla hasta Daisy. Daisy lo agarró, mirando ansiosamente a su abuela.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Tomo medidas para las nuevas cortinas, cariño —dijo, buscando en el bolsillo un papelito y un lápiz—. ¿Cuánto mide, Daisy?
—¿Para qué necesitas cortinas nuevas? —preguntó Daisy—. Éstas están bien.
—No bloquean el sol —dijo su abuela. Sus ojos se habían puesto de un negro carbón por el miedo. Alzaba la voz con cada palabra—. Necesitamos cortinas nuevas, Daisy, y no hay tela. No hay tela en todo el pueblo, Daisy. ¿Te lo puedes creer? Tuvimos que pedirla a Ottawa. Han vendido toda la tela del pueblo. ¿Te lo puedes creer, Daisy?
—Sí —dijo Daisy, y deseó poder sentir miedo.
Ron le seguía sosteniendo las manos con fuerza. Ella le miró con firmeza.
—Más cálido, Daisy —dijo él—. Ya casi está.
—Sí —respondió ella.
Él le soltó los dedos y se levantó del sofá. Atravesó la multitud del salón azul y salió por la puerta a la nieve. Ella no intentó ir a su cuarto. Los observó a todos, a los extraños con sus interminables movimientos aleatorios, a su hermano caminando mientras leía, a su abuela subida a una silla, y los recuerdos regresaron con facilidad y sin dolor.
—¿Quieres ver una cosa? —preguntó su hermano.
Daisy miraba por la ventana. Las luces llevaban parpadeando todo el día, a pesar de que en el exterior había silencio y tranquilidad. Su abuela había bajado al pueblo para ver si había llegado la tela de las cortinas. Daisy no le respondió.
Él le encajó el libro delante de la cara.
—Esto es una tormenta solar —dijo. Las imágenes eran en blanco y negro, como las fotografías antiguas, sólo que al pie, en lugar de la letra en tinta blanca de su madre, decía: «Observatorio de Gran Altitud, Boulder, Colorado»—. Es una erupción de gas caliente de miles de metros de altura.
—No —dijo Daisy, poniéndose el libro en el regazo—. Es mi aro dorado. Lo vi en mi sueño. —Pasó la página.
David se inclinó sobre su hombro y señaló.
—Ésa fue la gran tormenta solar de 1946, cuando empezó a ir mal aunque nadie lo sabía todavía. De miles de millones de toneladas. El gas recorrió millones de kilómetros.
Daisy sostuvo el libro como si fuera una instantánea de un ser querido.
—Simplemente lanzó todo ese gas al espacio. Se produjeron todo tipo de…
—Es mi oso dorado —dijo ella. La gran zarpa de llamas surgía ociosamente de la superficie negra, en la fotografía, del sol, la garra salvaje y sedosa de gas ardiente.
—¿Con esto has estado soñando? —preguntó su hermano—. ¿Eso es lo que me has estado contando? —Su voz fue ganando volumen—. Creía que me habías dicho que tus sueños eran agradables.
—Lo son —dijo Daisy.
Él le quitó el libro y pasó las páginas con furia hasta dar con un diagrama en color sobre fondo negro: una reluciente bola roja con círculos concéntricos en su interior.
—Ahí tienes —le dijo, echándoselo a Daisy—. Eso es lo que nos va a pasar. —Tocó con furia uno de los círculos que había dentro de la bola roja—. Ahí estamos nosotros.
¡Ahí mismo! ¡Dentro del sol! Sueña con eso, ¿quieres?
Cerró el libro de golpe.
—Pero estaremos muertos, así que no importará —dijo Daisy—. No nos dolerá. No recordaremos nada.
—¡Eso crees tú! Crees saberlo todo. Bien, no sabes nada. Leí un libro sobre ese tema, ¿y sabes qué decía? Que ni siquiera saben qué es la memoria. Creen que incluso es posible que no esté en las neuronas. Que es posible que de alguna forma esté en los átomos, y que incluso si volamos en pedacitos los recuerdos persistan. ¿Y si ardemos en el sol y todavía podemos recordar? ¿Y si seguimos ardiendo y ardiendo, recordando y recordando, toda la eternidad?
Daisy dijo con calma:
—No nos haría eso. No nos haría daño. —No había sentido miedo cuando hundía los dedos de los pies en la arena y lo miraba. Sólo asombro—. Él…
—¡Estás loca! —le gritó su hermano—. ¿Lo sabes? ¡Estás loca! ¡Hablas de él como si fuese tu novio o algo así! ¡Es el sol, el sol maravilloso que va a matarnos! —Le quitó el libro de un tirón. Lloraba.
Daisy estuvo a punto de decir que lo sentía, pero justo en ese momento entró su abuela, sin sombrero, con el pelo desgreñado alrededor de su rostro delgado y bronceado.
—Han recibido el material —dijo jubilosa—. Compré para todas las ventanas. — Vació dos bolsas llenas de guinga roja, que se agitó sobre la mesa como las luces del norte, rojo sobre rojo—. Ya pensaba que no llegaría nunca.
Daisy alargó la mano para tocar la tela.
Le esperó sentada a la mesa cubierta de damasco blanco del vagón comedor. Él vaciló en la puerta, de pie, enmarcado por la nieve de ceniza que tenía a la espalda, y luego entró alegre, cantando.
—Daisy, Daisy, cuéntame tu teoría —cantó. En los brazos llevaba un rollo de tela roja. Agitó el rollo cuando se lo pasó a la abuela de Daisy… que estaba de pie sobre una silla, paralizada por la alegría, los trocitos de papel y la cinta métrica amarilla perdidos ya para siempre.
Daisy se puso en pie y se le situó delante.
—Daisy, Daisy —dijo él alegremente—. Dime…
Daisy le tocó el pecho con la mano.
—Nada de teorías —dijo—. Lo sé.
—¿Lo sabes todo, Daisy? —Sonrió con su sonrisa agradable y torcida, y ella pensó con tristeza que incluso sabiendo la verdad no podría verle como era en realidad, sino como el chico que había trabajado en el colmado, el chico que lo había sabido todo.
—No, pero creo saber. —Sostuvo la mano firmemente contra su pecho, contra el ardiente aro de su pecho—. Creo que ya no somos gente. No sé qué somos… quizá seamos átomos que han perdido sus electrones, chocando interminablemente entre sí en el centro del sol mientras éste se consume a sí mismo en una interminable nevada de cenizas que caen sobre su corazón.
Él no ofreció ninguna indicación. Seguía sonriendo con confianza, con tranquilidad.
—¿Qué hay de mí, Daisy? —preguntó.
—Creo que eres mi oso dorado, mi aro llameante, creo que eres Ra, sin final para el nombre, Ra que lo sabe todo.
—¿Y quién eres tú?
—Soy Daisy, enamorada del sol.
Él no sonrió, no alteró su expresión burlona. Pero cerró una mano bronceada alrededor de la de Daisy, que todavía empujaba contra su pecho.
—¿Qué soy ahora, rayos X desplazándose en zigzag hasta la superficie donde me transformaré en luz? ¿Adónde me llevarás cuando me hayas tomado? ¿A Saturno, donde el sol brilla sobre los anillos helados hasta que se funden transformados en felicidad? ¿Ahora brillas allí, en Saturno? ¿Me llevarás allí? ¿O nos quedaremos así para siempre, yo con el cubo y la pala, mirándote con los párpados entornados?
Lentamente, él le soltó la mano.
—¿Adónde quieres ir, Daisy?
Su abuela seguía subida en la silla, agarrando la tela como si fuese una bendición. Daisy tocó la tela con los dedos, como había hecho en el instante en el que el sol se convirtió en nova. Le sonrió a su abuela.
—Es hermosa —dijo—. Me alegro mucho de que por fin haya llegado.
Rápidamente se inclinó hacia la ventanilla y apartó las cortinas gastadas como si creyese que, por saber lo que sabía, se le concedería algún tipo de visión, que podría ver durante un breve instante a la niñita que era ella misma, con su pecho de niña pequeña y su vientre de niña pequeña; podría verse a sí misma como era en realidad: Daisy, al sol. Pero sólo vio nieve sin fin.
Su hermano leía en el sofá azul del salón de su madre. Ella se situó a su lado, observándole leer.
—Ahora tengo miedo —dijo Daisy. Pero no fue el rostro de su hermano el que la miró.
«Vale —pensó Daisy. Ninguno de ellos podía ayudarla—. No importa. Me he enfrentado cara a cara con lo que temo y lo que amo y han resultado ser lo mismo.»
—Vale —dijo Daisy, y se volvió hacia Ron—. Me gustaría ir a dar un paseo. Con la capota bajada. —Calló y le miró entrecerrando los ojos—. Amo el sol —dijo.
Cuando él le pasó el brazo por los hombros, Daisy no se movió. Cerró la mano alrededor de su pecho y se inclinó para besarla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s