La fácil salida – John Brunner

Ningún ser humano podía sobrevivir a la catástrofe de la Pennyroyal. Esta cayó demencialmente del espacio a través del aire que arrancaba ardientes trozos de su casco, deslizándose por espacio de treinta millas por una ladera arenosa erizada de rocas, y empotrándose finalmente en una enorme duna que la absorbió como un proyectil rebotando en la orilla.

Milagrosamente, la arena apagó los incendios de a bordo. Habían sido muy numerosos.

Después de aquello, no ocurrió nada durante largo rato.

Estoy vivo.

El pensamiento flotó perezosamente en el cerebro de Pavel Williamson. Le resultaba odioso. Estaba semienterrado en algo denso y blando, y casi sofocado por una acre humareda. Además, había estado dando tumbos en medio de una negrura absoluta hasta enfermar de vértigo. La cabeza le dolía intensamente, tenía sabor a sangre en la boca, el cuerpo magullado de cintura para abajo y experimentaba un agudísimo dolor en su tobillo derecho.

Por sí mismas, aquellas lesiones menores no eran motivo suficiente para preferir no estar vivo. Pero existía otro motivo, más importante. Como oficial médico de la nave, ajeno a las tareas de navegación, no tenía la menor idea de la situación de la Pennyroyal cuando una enorme explosión la sacudió como si acabara de recibir un martillazo, pero estaba completamente seguro de que el planeta contra el cual se había estrellado no era el que se proponían alcanzar, un mundo seguro tipo Tierra.

En consecuencia, aquella humareda que remolineaba en torno a él podía no ser humo, sino la irrespirable atmósfera del planeta. En cuyo caso, lo mejor —lo único— que podía hacer era prepararse mentalmente para una misericordiosa extinción.

No era un profesional del espacio, sino un joven médico que había entrado al servicio de sucesivas líneas espaciales con el fin de visitar la galaxia habitada antes de establecerse en un mundo que le conviniera, pero había quedado impresionado por las fórmulas autohipnóticas que algunos hombres del espacio utilizaban en emergencias como ésta. Cerrando los ojos —y no es que viera algo cuando los mantenía abiertos, ya que la oscuridad que le rodeaba era absoluta—, empezó a recitar una mentalmente.

Y se interrumpió.

¡Un ruido retumbante!

¿Algo que había caído sobre el suelo de acero? Probablemente…

¡Pero no era aquello! Pavel trató de incorporarse, y maldijo a su lastimado tobillo, que respondió con otra punzada de dolor. No, los golpes habían sido demasiado regulares… y aquí estaban de nuevo: uno-dos-tres, pausa, uno-dos-tres, pausa. Como un hombre golpeando con un puño un objeto duro.

Se le ocurrió que alguien más debía estar vivo muy cerca, y que si alguien más había sobrevivido al choque, éste podía no haber sido tan terrible como él suponía, y que cabía la posibilidad de improvisar algún sistema de señales para ayudar a una patrulla de exploración a localizarles.

Y si la humareda era humareda, y no aire viciado, podrían salir de la nave…

Se removió frenéticamente entre la masa de blando material en el que estaba enterrado casi hasta las orejas, preguntándose qué era, y no tardó en reconocerlo. ¡Pieles! Sabía que la Pennyroyal llevaba un cargamento de pieles a bordo —parte de sus obligaciones consistieron en revisarlas, cuando fueron cargadas, por si portaban parásitos o gérmenes patógenos—, y había visto cómo eran almacenadas en un compartimiento contiguo a su botiquín. Los comerciantes en pieles pagaban a menudo la sobretasa por cargar sus géneros en una nave de línea en vez de hacerlo en una de transporte; de cuando en cuando, una venta a uno de los pasajeros más ricos no sólo enjugaba la diferencia de precio sino que incluso proporcionaba una ganancia. Presumiblemente, el motivo de que las pieles estuvieran desempacadas se debía a que estaban siendo expuestas cuando se produjo la explosión. Y él mismo —la ubicación de sus magulladuras confirmaba la teoría— había sido proyectado a través de un punto débil del mamparo, para aterrizar contra un montón de pieles lo bastante grueso como para salvar su vida.

Removiéndose, casi nadando, empezó a abrirse paso hacia la superficie de la pila, y mientras lo hacía comprobó que la gravedad sólo era ligeramente inferior a la normal en la Tierra. Se sintió estimulado por ello. Después de todo, el aire podía ser respirable. El sistema por el que navegaban era de los pocos que incluían dos planetas ricos en oxígeno: su punto de destino, Carteret, y otro que no había sido colonizado. Este era el borde del espacio humano, ya que el impulso original que había llevado a la especie tan lejos estaba remitiendo. Conquistar un mundo nuevo cuando había otro al alcance considerablemente más cálido y más hospitalario había dejado de ser, hacía mucho tiempo, una perspectiva deseable.

En cualquier caso, «rico en oxígeno» no era más que un término comparativo. Si su suposición era correcta, y se encontraban en el planeta contiguo a Carteret, el aire sería de peor calidad debido a que la vegetación marina apenas había empezado a invadir la tierra; la mayor parte de ella era desierto, arenoso o rocoso, y en ambos casos frío. Las plantas del litoral descargaban en el aire dos terceras partes del oxígeno normal en la Tierra, y estaban mutándose rápidamente y extendiendo su campo de acción, de modo que podía calcularse que dentro de un millón de años, aproximadamente, la mejoría sería notable.

De momento, sin embargo, lo que contaba eran las condiciones que podían ser soportadas, si no disfrutadas, en Quasimodo IV. Pavel se recordó a sí mismo que debía tomarse las cosas con calma mientras se abría paso a través de las pieles: no podía saber cuál era el contenido de CO2 en el aire aquí, pero sin duda era peligrosamente elevado. De hecho, los dolorosos latidos que martilleaban su cráneo se debían probablemente a ello, más que al golpe que había partido su ceja y enviado un hilillo de sangre hasta la comisura de su boca.

Algo duro y frío tropezó con su mano derecha extendida.

Reconoció la forma: uno de sus instrumentos médicos, un aparato para revisar los pulmones. Y junto a él…

Apartó rápidamente la mano con un juramento. Algo húmedo y blando. Prefirió no preguntarse qué había sido antes de la catástrofe, y se alegró de la oscuridad que le rodeaba.

Los triples golpes se repitieron, ahora más débiles. Más tarde tendría tiempo de buscar su equipo, decidió, y continuó sus tentativas para librarse de las pieles.

Cuando lo consiguió, se arrastró a través de un suelo inclinado y localizó lo que había sospechado: un desgarro en el mamparo. Se deslizó a través de aquella abertura, notando que su camisa se enganchaba en una saliente astilla de plástico duro. Más allá había luz. No mucha, sólo un pálido reflejo de luz diurna filtrándose a través de una rendija del casco, muy amarillenta para su visión desajustada por la prolongada oscuridad. Pero era luz diurna, y lo que Pavel respiraba era aire natural, contaminado con humo de la explosión, y había arena crujiente bajo sus pies, todo lo cual confirmaba su suposición de que habían llegado a Quasimodo IV.

Pero aquella leve claridad le permitió también ver cómo había quedado su botiquín, y esto truncó su incipiente alegría. Se habían volcado todos los armarios, todas las estanterías, todos los cajones, y Pavel tuvo que empujar confusos montones de frascos e instrumentos con los pies para abrirse paso a través del compartimiento. En dos lugares, la pared se había rasgado, dejando al descubierto las venas y arterias electrónicas de la nave, y algo goteaba ruidosamente en alguna parte.

Pero tendría que aplazar su revisión del lugar hasta que hubiese encontrado a los otros supervivientes.

Suponiendo que hubiese alguno.

Avanzar a lo largo del pasillo en dirección al ruido que había oído fue como andar en medio de una pesadilla. Todo estaba distorsionado, y aunque la leve claridad que le guiaba sólo penetraba a través de las grietas del casco, había demasiadas grietas y Pavel vio más detalles de lo que hubiese querido. En el extremo del pasillo, en particular, había algo que parecía espantosamente semihumano, como si alguien hubiese confeccionado una muñeca con plátanos muy maduros y la hubiera aplastado contra la pared: ¡Plaf! Incluso para un médico, preparado para lo peor, el espectáculo resultaba repugnante.

Finalmente, localizó el ruido. Procedía de uno de los más próximos camarotes para pasajeros de primera clase, cuya puerta estaba intacta aunque moviéndose en sus goznes. Pavel la abrió y encontró a un joven tendido en una litera arrancada por completo de su engarce con la pared. El joven sostenía algo en la mano, el objeto que había utilizado para golpear la pared, supuso Pavel, pero al parecer había agotado sus tuerzas, ya que ahora permanecía inmóvil.

Pavel suspiró. De todas las personas de a bordo, aquel hombre era el último al que habría escogido para que fuera su compañero después de la catástrofe: Andrew Solichuk, que nunca se había cansado de informar a todo el mundo de lo rica e influyente que era su familia en la Tierra, quejándose interminablemente de la comida, de la falta de comodidades y distracciones, del sabor del aire y de la compañía que se veía obligado a soportar, debido a que estaba realizando una gran gira por el imperio comercial que algún día heredaría y no había ninguna línea de lujo atendiendo al sistema Quasimodo, sólo la Pennyroyal y su hermana gemela Elecampane.

Pero era un ser humano, y estaba vivo. Pavel obligó a sus reflejos profesionales a entrar en acción. Llamó a Andrew por su nombre, sin obtener ninguna reacción: al parecer, el joven se había desmayado. Le tomó el pulso y lo encontró “débil, aunque no en exceso; también su respiración era pasablemente regular. Pero cuando levantó la colcha de la litera comprobó la gravedad de las lesiones que sufría Andrew. Como mínimo, padecía una fractura compuesta de la espina dorsal inferior; probablemente tenía fracturada también la pelvis, y con toda seguridad existían lesiones internas.

No había rastro de sangre en su boca, lo cual daba a entender —aunque no lo probara— que sus pulmones estaban intactos. Pero tenía el hombro izquierdo dislocado, y en su cuero cabelludo veíase una herida que había empapado la almohada de sangre.

Y Pavel sólo disponía de agua, de alguna gasa esterilizada que pudiera recuperar de su botiquín y de su propia fuerza. Por otra parte, no podía hacer absolutamente nada, excepto mantener con vida a Andrew hasta que llegara la ayuda. Reconstruir una espina dorsal era una tarea para un hospital moderno, e incluso resultaba problemático que pudiera ser llevada a cabo con los elementos de que disponían en Carteret.

Dado que Andrew estaba inconsciente, lo mejor que podía hacer de momento era dejarle allí mientras él comprobaba si había algún otro superviviente y revisaba su botiquín para salvar lo que pudiera.

Volvió a deslizarse lentamente hacia el pasillo.

Sólo tardó unos minutos en convencerse de que no existía ningún otro superviviente. Aparte de sus modales irritantes, Andrew se jactaba siempre de haberse «liberado de la tiranía de los relojes». Invariablemente dormía hasta muy tarde del día artificial de la nave, hasta las catorce o quince horas, y luego se divertía hasta la madrugada, sin importarle las molestias que producía a otras personas, con su estrepitosa risa de borracho, su insistencia en poner música a todo volumen o en hacer una exhibición de las ruidosas danzas que había aprendido en algún planeta en el curso de su viaje. En particular, Hans, el camarero de la nave, le odiaba porque Andrew exigía servicio humano a pesar de los excelentes servicios automatizados en los que todo el mundo confiaba, y durante la mayor parte del viaje había mantenido en pie al pobre Hans hasta altas horas de la «noche», sin tener en cuenta que con ello le dejaba sólo tres o cuatro horas para dormir.

Y esto era lo que había salvado la miserable vida de Andrew. Todos los demás estaban levantados y en la parte posterior de la nave, precisamente la que se había empotrado en la arena, cuando se produjo la explosión. Las posibilidades de encontrar a alguien vivo en aquella masa de arenisca y de grava eran inferiores a una entre un millón. Resultaría una tarea ímproba desenterrar de ella víveres, agua y otros elementos esenciales para sobrevivir. Pavel supuso que tendría que desmontar una de las planchas del casco para utilizarla como pala.

Era un triste consuelo el hecho de que cada paso que daba confirmara lo correcto de sus cálculos acerca de su situación. A pesar de sus dolores craneales, ahora casi insoportables, y de la pesadez de sus miembros, cuando hubo completado su reconocimiento de las zonas asequibles de la nave retrasó su regreso al botiquín para limpiar de arena una de las grietas del casco y echar una primera ojeada al exterior.

Por encima de su cabeza, el cielo era de un uniforma azul oscuro, casi Índigo. El sol era pequeño y muy amarillo. El aire era fresco, aunque no frío; quizá la elevada proporción de CO2 sin reducir que contenía contribuía a aumentar desmesuradamente la temperatura diurna. Pero, por otra parte, su garganta estaba seca y áspera. Debían encontrarse a mucha distancia del mar.

Con un supremo esfuerzo se encaramó lo suficiente para atisbar en dirección contraria a la del sol, e inmediatamente se dio cuenta del motivo de que la nave no hubiese quedado completamente destrozada por el choque. La arenosa llanura, salpicada de peñascos, formaba una especie de rampa por la cual se había deslizado la nave milla tras milla después de tomar contacto con el suelo, en vez de pararse en seco. Hasta que redujo su velocidad inicial y se empotró en la duna.

Bueno, era un consuelo saber que aún podía pensar, razonar, resolver enigmas. Pavel se dejó caer de espalda sobre el montón de arena y luego se dirigió lentamente al botiquín.

Quasimodo IV —pensó—. Quizá soy el primer ser humano que lo ve desde el nivel del suelo en un centenar de años.

Pero el pensamiento no tenía nada de excitante.

Lo primero que encontró en el botiquín lo bastante intacto para ser de alguna utilidad fue una caja de inyectables estimulantes, una entre cuarenta o cincuenta que habían quedado destrozadas. Pensó si sería prudente inyectarse a sí mismo, no encontró ningún argumento en contra, y lo hizo.

Inmediatamente su cabeza se despejó y una claridad artificial informó sus pensamientos. Se sintió lleno de una nueva energía, y redescubrió el apetito. Pero aún no había localizado ningún alimento, y estaba seguro que cuando lo hiciera sería tras haber excavado largamente en la duna da arena. De modo que reprimió toda idea de comer con un violento acto de voluntad, y siguió rebuscando afanosamente a través de la maraña de instrumentos y la provisión de medicamentos.

AI cabo de media hora había reunido más de lo que se había atrevido a esperar: estimulantes, sedantes, purificadores sistemáticos, regeneradores de tejidos, nervios artificiales, piel asimilable, plasma sintético, agentes coagulantes, antialérgenos, inmunosupresores y simples analgésicos. Había también otros productos de menor importancia, tales como específicos para la fiebre de Watkins y síntomas recurrentes.

La mayoría de los instrumentos estaban intactos. Es decir, en su parte exterior. Dentro, contenían circuitos electrónicos extraordinariamente delicados; y sin disponer del tablero de pruebas para confirmar su normal funcionamiento, tenía que sospechar que habían quedado estropeados por el choque.

Por lo tanto, tenía que olvidarse de los instrumentos, excepto de los más antiguos de todos, tales como fórceps y escalpelos. Durante miles de años los médicos habían tenido que depender de los datos que podían retener en sus propios cerebros y, de acuerdo con los niveles modernos, la mente de Pavel estaba muy bien provista, ya que siempre estuvo dotado de una excelente memoria. Del mismo modo que la invención de la escritura arrinconó a los bardos ciegos capaces de recitar diez mil versos de Hornero sin apuntador, y la invención de las computadoras arrinconó a los matemáticos capaces de multiplicar números de diez cifras mentalmente, la invención de los instrumentos de diagnóstico había arrinconado al tipo de médico capaz de diferenciar quinientos tipos de fiebre mediante una simple inspección. Pero Pavel se había interesado mucho, en su época de estudiante, por la historia de la medicina, y confiaba en que la mayor parte de lo que había aprendido se encontraba en su cerebro, listo para ser utilizado…

¿De veras? ¿No se trataría de un optimismo eufórico debido al estimulante que se había inyectado en el brazo?

No podía saberlo. Sólo podía ordenarse a sí mismo el actuar con mucha cautela.

De acuerdo: tenía un paciente esperando, suponiendo que no hubiese muerto en el intervalo. Escogió lo que le pareció que podría resultar más útil de entre los medicamentos e instrumentos amontonados delante de él, y a falta de algo mejor como fuente de luz añadió una linterna de revisión ocular, cuyo rayo luminoso no era más grueso que su dedo, pero al menos era claro y brillante.

Y se dirigió al camarote de Andrew.

Cuando alzó la mano para abrir la puerta, se sintió acometido por una terrible premonición. Durante su reconocimiento de la nave, había visto pocos cadáveres —aparte de aquel cuerpo desagradablemente espachurrado al extremo del pasillo—, pero sabía que el resto de ellos estaban allí, debajo de la semimontaña de arena en la que se habían empotrado.

¿Y si Andrew hubiese muerto después de que Pavel se había separado de él? No era precisamente un joven moderado: abusaba del alcohol, probablemente se drogaba, y comía con exceso. Estaba demasiado gordo para su edad, veintidós o veintitrés años.

Si había muerto, Pavel se vería obligado a esperar solo la nave de rescate, sin nadie con quien hablar, aunque la conversación no fuese más que un intercambio de insultos… y sin ninguna prueba de que iba a ser rescatado.

Hasta aquel momento, había dado por descontado el rescate. Se había dado cuenta de que habían salido del subespacio casi una hora antes de la explosión, dejando como de costumbre un amplio margen, debido a que emerger del subespacio cerca de un sol era peligroso, y una nave antigua como la Pennyroyal tenía que concederle de una y media a dos AU al entrar en un sistema como este.

El viaje desde Halys a Carteret era pura rutina. No obstante, el Capitán Magnusson no podía haber dejado de anunciar anticipadamente al puesto de control de Carteret que se hallaban de nuevo en el espacio real…

Presumiblemente.

Pavel se sintió bruscamente enfermo. No, estaba siendo demasiado amable con el capitán… nil mortuis. Lo cierto era que Magnusson era un hombre muy descuidado, el peor de la docena de capitanes con los que Pavel había viajado. Lo más probable sería que la explosión tuviera su origen en la omisión de alguna de las normas oficiales de seguridad. Y existía el riesgo, pequeño pero no desdeñable, de que Magnusson hubiese pensado que señalar por anticipado su situación a su punto de destino era superfluo.

En cuyo caso podía extenderse una larga espera delante de él. ¡Una espera muy larga! Y si tenía que enfrentarse con ella a solas… ¿podría soportar la tensión?

Abrió la puerta de golpe para borrar el cuadro que se había formado en su mente: la imagen de sí mismo, rodeado de los frascos que había recuperado del botiquín, vacíos.

Inmediatamente una voz llegó a sus oídos, y quedó tan aliviado con ello que apenas prestó atención a las palabras.

—¡Se marchó usted y me abandonó!

¿Qué?

Encendió la linterna y se acercó a la litera.

Andrew hablaba de nuevo:

—¡Estuvo usted aquí antes… le oí! ¡Y me abandonó, dejándome sumido en este horrible dolor! ¡Maldito sea!

Pavel estuvo a punto de replicar violentamente, pero se contuvo. Se limitó a decir, casi como si se disculpara:

—He ido a buscar algunos medicamentos. Se encuentra usted en muy mal estado, Andrew.

—¡Se marchó usted y me dejó solo y a oscuras!

La voz se había hecho histéricamente chillona, pero acabó resolviéndose en una serie de sollozos, semejantes a los de un niño al que se le ha negado un caramelo.

Tendría que haber sido cualquier otro menos Andrew… ¡Cualquiera!

Aunque tal vez aquella petulancia debía atribuirse a lo intenso de sus dolores… Era lo primero que había que resolver. Pavel escogió un inyectable del puñado de ellos que había traído y lo aplicó al brazo derecho de Andrew. Unos segundos, y…

—¡Oh, es usted! —Como si el tiempo hubiese dado marcha atrás, la voz volvía a ser normal, con aquel acento desdeñoso que Pavel había aprendido a detestar durante su viaje—. ¡El medicucho que ni siquiera sabe tratar un simple dolor de cabeza!

Aquello era una alusión a su último encuentro. Andrew le había enviado a buscar —sin acudir a su botiquín, como los demás—, e insistió en que padecía una jaqueca. Puntilloso, Pavel le había reconocido, y sus instrumentos habían confirmado lo que él ya había empezado a sospechar: la dolencia del joven no era ninguna jaqueca, sino la resaca de tres días de borrachera. Y así lo manifestó, añadiendo que Andrew estaba al borde de la intoxicación etílica, y Andrew había aullado que Pavel era un embustero y que no estaba capacitado para practicar su profesión. Llegó al extremo de denunciarle al capitán, aunque esto no podía tener ninguna consecuencia, a pesar de que el Capitán Magnusson, fundamentalmente, odiaba la norma que le obligaba a llevar un oficial médico a bordo, y se hubiera sentido más feliz con simples máquinas, puesto que eran más baratas.

Pavel replicó secamente:

—Tiene usted algo mucho peor que un dolor de cabeza.

Andrew frunció el entrecejo.

—¿Por qué me enfoca esa luz? ¿Por qué está todo tan oscuro?

—¿Cree que es por capricho? ¡Nos hemos estrellado!

—¿Estrellado?

Andrew casi se incorporó, pero Pavel apoyó una pesada mano en su hombro para impedirlo.

—¡No se mueva! Tiene usted la espalda rota, y probablemente la pelvis fracturada, y toda clase de lesiones internas. Le he inyectado un sedante, pero si quiere vivir tiene que permanecer completamente inmóvil.

—¿Qué?

El tono, impertinente; Andrew no parecía haber tomado en cuenta lo que acababan de decirle. Trató de levantar la colcha, y parpadeó.

—¡Diablo, cómo duele! ¿Y dice usted que me ha inyectado un sedante? Seguramente se ha equivocado de…

—¡Ahora escúcheme usted a mí! —le interrumpió Pavel. Estaba revolviendo entre el material que había traído, buscando el fórceps plegable—. Sus heridas son muy graves y sus posibilidades de sobrevivir muy escasas. ¿Ha entendido esto?

—Yo…

El rostro de Andrew se arrugó como una máscara de papel húmedo mientras pensaba: ¡Que tenga que pasarme esto a mí! Dijo:

—¿Nos hemos estrellado?

—¿Por qué diablos cree usted que su litera está al otro lado del camarote? ¿Por qué están tiradas por el suelo todas sus pertenencias? Si se hubiera levantado a la hora que se levantaban todos los demás, en vez de quedarse en la cama hasta las tantas, estaría ahora debajo de un millar de toneladas de arena.

—¡Eso no es de su incumbencia! ¡Vivo como me da la gana, y si a otras personas no les gusta cómo vivo, peor para ellas!

—¡Cállese de una vez! —Pavel estaba montando el fórceps—. Aproveche el sedante que le he inyectado. No queda mucho, y lo único que puedo hacer para mitigar los dolores que siente, si se acaba el sedante, es bloquear por completo su médula espinal… y no estoy seguro de que después fuese posible desbloquearla. Para usted, eso significaría quedar paralizado. Si quiere volver a andar, ser un hombre normal, escúcheme y haga lo que yo le diga. ¿Está claro?

La boca medio abierta de Andrew tembló. Estaba asimilando lo que acababa de oír.

—¡De acuerdo! Ahora voy a encajar su brazo izquierdo. Está dislocado, pero esto lo arreglará. —Levantó el fórceps—. Apriete los dientes. Probablemente no ha padecido mucho en su vida, pero los seres humanos han resistido dolores mucho más intensos que los que usted siente…

—¡Sí! ¡Soportaron también los piojos, las pulgas y la lepra, entre otras cosas! —replicó mordazmente Andrew—. ¡Hemos progresado mucho desde entonces!

Sorprendido al descubrir que aquel joven consentido había oído hablar de aquellas cosas, Pavel levantó el insensibilizado brazo y adaptó el fórceps en torno a él, tratando de no pensar en el desagradable ángulo que formaba en el hombro. Dijo:

—El progreso no ha llegado hasta aquí. Al parecer, nos encontramos en el planeta más próximo a Carteret. Y ni siquiera ha llegado al Período Pleistoceno. ¡De acuerdo, vamos allá!

Dio un rápido tirón, y el hueso volvió a quedar encajado en el hombro. Perfecto.

Mientras soltaba el fórceps, oyó que Andrew decía:

—Bueno, ¿qué me dice de usted? —El antiguo ácido ardía en su tono, como si fuera congénitamente incapaz de hablar a la gente sin buscar el modo de que se sintiera empequeñecida—. ¿Estaba usted también en su litera, como yo?

—No. Fui proyectado a través del mamparo de mi botiquín, y caí en aquel compartimiento lleno de pieles. Por un verdadero milagro, estaban desempacadas, y…

—¡Vaya! —gruñó Andrew—. ¡Le he salvado la vida!

—¿Qué?

La siguiente fase consistiría en limpiar y reconocer el cuerpo del joven; Pavel estaba escogiendo ya el material necesario para la tarea. Se interrumpió y levantó la mirada.

—Le he salvado la vida —repitió Andrew en tono burlón—. Anoche estaba aburrido. Desperté a ese hombre… ¿cómo se llama? El comerciante en pieles…

—Querrá decir cómo se llamaba —dijo Pavel, glacialmente—. Está muerto.

—No me era simpático, de todos modos —dijo Andrew—. El caso es que le desperté y le dije que me enseñara las pieles. Hice que las desempacara todas. ¡Maldita sea! Si no hubiera hecho eso, usted estaría…

—Muerto —le interrumpió Pavel—. Pero usted estaría aquí moribundo, en medio de terribles dolores.

—Eso es lo que usted cree —replicó Andrew—. Ese no es mi estilo. Tendría que saberlo ya.

Pavel le miró con aire preocupado. Uno de los efectos colaterales de la droga que había utilizado, en determinados tipos susceptibles, era una especie de megalomanía eufórica. Al parecer, Andrew era susceptible.

—No. Mire usted a su derecha —continuó Andrew—. ¿Ve aquella caja negra?

Pavel siguió la dirección de la mirada del joven y vio una caja cuadrada, de color oscuro. Se acercó a ella y la levantó. Era muy pesada para su tamaño.

—Hay una cerradura de seguridad. Marque cinco, dos, cinco, uno, cuatro.

Con la ayuda de la linterna, Pavel obedeció y la tapadera saltó hacia atrás Inmediatamente, la sangre se heló en sus venas.

—¿Sabe lo que es eso, ¿verdad? —inquirió Andrew triunfalmente.

—Sí. —Pavel oyó su voz tan áspera como e! viento soplando a través de las dunas en el exterior—. Debí sospechar que se refería usted a esto. Es una «Fácil Salida».

Pequeña. No más larga ni más ancha que su antebrazo. Pero increíblemente cara. Aquel cilindro de color azul con su caperuza blanca en un extremo, que reposaba sobre una tela absorbente cubierta de terciopelo rojo, podía haber costado fácilmente la mitad que la Pennyroyal.

Era un desarrollo legal de un antiguo aparato que tuvo que ser prohibido porque en un planeta tras otro había anulado la voluntad de sobrevivir de los pioneros, ayudándoles a olvidar artificialmente los infinitos problemas que un mundo desconocido podía plantear. Negociantes cínicos y sin escrúpulos habían comprado versiones primitivas de la máquina —que ocupaba la mitad de una nave espacial—, y habían amasado fortunas aficionando a los colonos a universos imaginarios tan deliciosos, que los desdichados preferían morirse de hambre antes que renunciar a su siguiente sesión de placer. Varios mundos que ahora pertenecían de hecho y de derecho a una sola familia, habían sido «conquistados» de ese modo.

Cuando el escándalo amenazaba con alcanzar proporciones epidémicas, el indolente gobierno de la Tierra se decidió finalmente a promulgar una ley. Para entonces, sin embargo, los beneficios a obtener con la utilización de las máquinas habían disminuido sensiblemente: quedaban muy pocos mundos por sojuzgar. Y, además, la miniaturización había progresado —como siempre—, hasta el punto de que la máquina se convirtió en un objeto personal, en vez de ocupar un espacio de cincuenta metros cuadrados. Como siempre, también, la ley fue un compromiso. No estaba prohibido fabricar los aparatos: sólo comprarlos o utilizarlos si no se era un viajero espacial de buena fe o no se estaba comprometido en alguna ocupación tan peligrosa como para implicar el riesgo de un accidente fatal. En la práctica, eso significaba que eran vendidos a turistas espaciales, funcionarios del gobierno y altos empleados de las líneas espaciales. Todos muy ricos, naturalmente.

Una vez activados —y lo único que se requería para su activación era hacer girar la caperuza blanca y apretarla hacia abajo—, emitían una señal directa hasta el cerebro de cualquiera que se encontrara dentro de su campo de acción, es decir, a una distancia inferior a cien metros. La señal establecía un lazo, por así decirlo, entre los centros del placer del cerebro y la memoria, induciendo a los restantes recursos del cuerpo a participar en la construcción de un delicioso sueño, tan absorbente, tan convincente, que los pequeños detalles tales como pérdida de sangre, o hambre, o insoportable dolor, eran olvidados inmediatamente. Atrapado en el derrumbamiento de una mina, hundido en un océano con aire para una hora, perdido entre las estrellas, un hombre podía restablecer el equilibrio de su vida en una ilusión idealmente feliz. Según el temperamento, podía ser erótica… o una comida orgiástica… o el reencuentro con un alucinógeno favorito… o la realización de una ambición alimentada durante toda una vida… o…

O cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa.

En principio, pues, era una idea maravillosa y humanitaria. ¿Qué destino podía haber más cruel para un ser sensible que el conocimiento de una muerte espantosa e inevitable? Cuando no existía ninguna esperanza de rescate, era preferible que un hombre terminara sus días en medio de un indecible deleite.

Muy bien.

Pero en el momento en que se apretaba la caperuza, era seguro que terminarían sus días. Era un gesto que equivalía al suicidio. Una vez quemados aquellos nuevos senderos nerviosos en ¡a corteza cerebral, quedaba cortada toda posible retirada de la muerte.

Según lo que Pavel había leído, aquello no ocurría con las versiones primitivas. Entonces cabía la recuperación, lo mismo que en el caso de los antiguos drogadictos, a base de una increíble autodisciplina y de una prolongada, lenta y penosa ayuda psiquiátrica. Con un modelo tan perfeccionado como el que ahora tenía en la mano… no.

Cerró la caja y la colocó sobre un estante, lejos del alcance de Andrew.

—¿Qué está usted haciendo? —gritó éste—. ¡Ha dicho que sabía lo que era! ¿No sabe ponerlo en marcha?

—Sí.

Pavel apartó la mirada y enfocó su pequeña linterna sobre su material médico, para escoger lo que iba a necesitar para completar la tarea que apenas había iniciado.

—¿Entonces…?

—¡Oh! ¡Cállese! —exclamó Pavel, con una rabia insospechada. Desde luego, no era el tono que un médico debía utilizar con su paciente—. ¡O le haré callar yo! —Cogió un inyectable anestésico, no local como el que ya había administrado, destinado a inactivar selectivamente dolores nerviosos, sino uno que bloquearía todo el sistema nervioso—. En realidad —gruñó—, estaba decidido a hacerlo de todos modos.

Y aplicó el inyectable al brazo de Andrew.

—¡Bastardo! —aulló éste—. ¡Es usted un canalla! ¡Es un…!

No pudo completar su último insulto: sus ojos, relucientes a la pálida claridad de la linterna, se cerraron contra su voluntad, y unos segundos después quedó completamente inmóvil.

Así podré trabajar mejor, sin causarle molestias…

Pero Pavel sabía, incluso mientras apartaba la colcha y empezaba a ocuparse maquinalmente en la desagradable tarea de limpiar excrementos y sangre seca de la parte inferior del cuerpo de Andrew, que aquella no era la verdad. Había existido tanta violencia en aquel acto como si hubiese propinado a Andrew un puñetazo en la mandíbula.

Y el motivo por el cual necesitaba dar rienda suelta a aquella violencia ..

Bueno, a pesar de que su mente estaba preocupada con su trabajo, a pesar de que el efecto de la inyección estimulante que se había aplicado a sí mismo estaba medio gastado por el déficit en oxígeno del aire y por el hambre que ahora —paradójicamente— hacía que su estómago gruñera audiblemente, Pavel era capaz de razonar su actitud. Estaba terriblemente asustado. De acuerdo con los índices modernos, era muy joven —aunque no tanto como Andrew—, con sus treinta y cinco años y la perspectiva de vivir probablemente hasta los ciento veinte. Proporcional-mente, vis-a-vis de Andrew, se encontraba en la misma situación en que se habría encontrado un hombre de veintiún años tratando con un muchacho de doce o trece antes de que el género humano empezara a colonizar otros sistemas solares: muy consciente de las ventajas de ser adolescente, debido a que estaban aún muy frescas en su propia memoria, pero terriblemente impaciente con las consecuencias de ser adolescente, debido a que estaba tan agotado por haberlas conquistado gradualmente en sí mismo.

Como si se impusiera un castigo por haberse rendido a la rabia y al miedo, se esmeró de un modo especial en su tarea de limpieza, manipulando directamente algunas de las partes más repugnantes, para las cuales podía haber utilizado un instrumento… suponiendo que el instrumento funcionara después del choque. Eventualmente, sin embargo, decidió que los efectos del estimulante se habían desvanecido del todo, y que no debía tomar una segunda dosis antes de comer.

Por entonces había hecho absolutamente todo lo que sus recursos le permitían hacer: Andrew estaba cogido en una red de mecanismos médicos, algunos de los cuales había tenido que ir a buscar al botiquín, que reducirían el dolor a la mínima expresión, extraerían las toxinas de la fatiga directamente a través de la piel, recogerían lo que expulsaran sus intestinos y su vejiga y le protegerían contra el peligro de alguna infección degenerativa tal como la gangrena. Suponiendo que la nave de rescate llegara dentro de quince días, Andrew no debía simplemente sobrevivir, sino sobrevivir en unas condiciones que le permitieran soportar la operación que debía serle practicada en la espina dorsal para restablecer su capacidad motriz. Era un éxito del que podía sentirse orgulloso, teniendo en cuenta que no había utilizado la mayor parte de su instrumental, dando por supuesto que había quedado inservible después del choque.

Ahora había llegado el momento de pensar en sí mismo… tan claramente como el aire le permitiera hacerlo.

Estaba sediento, no sólo seco a causa del árido aire del planeta, sino realmente deshidratado por su duro trabajo. Tenía cierto número de frascos de agua destilada en el botiquín, incluidos varios de a litro tan bien empaquetados que habían quedado intactos, y tenía una buena provisión de solución de glucosa y otros concentrados energéticos, diversos estimulantes que aceleraban el proceso de regeneración del tejido muscular, numerosas tabletas y cápsulas destinadas exclusivamente a tests metabólicos, pero que en caso de emergencia podían ser utilizadas como alimento, e incluso diversos productos químicos que generaban oxígeno y que podría usar si el enrarecido aire natural y la presión del exceso de CO2 le dificultaban la realización de alguna tarea urgente.

Pero si podía arreglárselas sin echar mano de aquellos productos, tendría más posibilidades de aguantar hasta que llegara el rescate. Prefería pasar hambre hasta que una nave se presentara a recogerle, y dejar tras de sí un almacén de productos sin utilizar, a…

¿A que?

Se sentó maquinalmente en un taburete que había permanecido milagrosamente en pie en medio de la maraña del botiquín, y apagó la linterna que sostenía en la mano. Una leve claridad, ahora muy rojiza debido a que el sol se estaba poniendo, le mostró su entorno. Pavel se enfrento, finalmente, con el motivo fundamental de su ataque a Andrew.

No creía con todo su ser que iba a ser rescatado. No creía que se tomaran medidas para organizar expediciones de socorro hasta que el retraso de la Pennyroyal resultase tan anormal que alguien de Carteret se pusiera furioso. No había realizado muchos viajes con la nave de Magnusson, pero sabía que un par de semanas no significaban nada para el capitán.

A menos de que pudiera improvisar una baliza luminosa o, mejor aún, un potente señalizador de radio…

Pero él estaba licenciado en medicina, no en mecánica ni en electrónica. Si se resistía a utilizar sus instrumentos profesionales, temiendo que después del choque no podía confiarse en ellos, ¿cómo podía confiar en un señalizador subespacial o de radio, suponiendo que lograra extraer uno de la masa de arena en que estaba hundida la parte posterior de la nave y conectarlo a una fuente de energía? ¿Cómo podría saber si estaba pidiendo ayuda, o simplemente encendiendo las lámparas del circuito?

Pensó en la desalentadora tarea de palear arena, encontrando cadáveres, quedando frustrado debido a que las cápsulas de alimentos estaban aplastadas y su contenido resultaba incomible, una tarea ineludible si estaba realmente decidido a sobrevivir.

Y luego pensó en la Fácil Salida.

Sí, aquello era lo que le asustaba, más que el peligro de morir aquí, olvidado, en un mundo deshabitado.

Si no hubiese sabido que la FS existía si hubiese podido ocuparse únicamente de los problemas de supervivencia, podría haber salido adelante. Tal como estaban las cosas, sabía que debía escoger entre una muerte desesperada y una muerte deliciosa, él…

«¡NO!»

Se asombró al oír que gritaba en voz alta y se puso en pie de un salto. Algo en las profundidades de su mente había dicho: No quiero morir de ningún modo.

Aquello tenía sentido. El no quería permanecer aquí, en Quasimodo IV. No quería tener las piernas doloridas y una torcedura en el tobillo y una garganta seca, y particularmente no quería un paciente que le insultaba cuando trataba de ayudarle. Pero quería vivir. Con casi tres cuartas partes de una vida por delante, odiaba la idea de que podía estar condenado por la negligencia de un imbécil.

Con paso inseguro, latiéndole las sienes, guiado únicamente por el delgado rayo de luz de su linterna, llevó a cabo una segunda exploración de la nave.

Transcurrieron las horas. Su reloj seguía funcionando, pero se había olvidado de consultarlo cuando despertó después del choque, y cuando se le ocurrió mirarlo descubrió que le servía de muy poco. Había sido puesto con el arbitrario tiempo de la nave, y le aseguraba que la hora «real» correspondía a unos minutos antes de mediodía. Pero el cielo estrellado que veía ocasionalmente permanecía oscuro, y Pavel recordó vagamente haber oído en alguna parte que el día de este planeta era mucho más largo que el de la Tierra, ya que duraba más de treinta horas. De modo que no le sería posible predecir el amanecer, hasta que hubiese visto uno, y otro crepúsculo.

Pero aquello carecía de importancia. Pavel tenía relojes biológicos en su cuerpo que eran más importantes, y el más escandaloso se encontraba en su estómago. Estaba seguro de que su creciente debilidad era debida al hambre, más que a la falta de oxígeno y a sus numerosas magulladuras. Y, sobre todo, a la sed.

En consecuencia, dirigió sus primeros esfuerzos excavatorios al lugar en el que había estado situado el restaurante de la nave, en el lado del casco opuesto a su botiquín. Pero había quedado mucho más aplastado que el otro lado, y la arena formaba un alto montón que rellenaba invariablemente los espacios que Pavel dejaba libres. Estaba al borde de la desesperación cuando descubrió algo que brillaba a la luz de la linterna.

La etiqueta decía: LECHE ENTERA.

Pavel cogió la bulbosa lata y se la llevó a los labios, ignorando la arena pegada al pitorro. La arena era presumiblemente estéril, y si no lo era, Pavel había estado expuesto ya una y otra vez a las microscópicas formas de vida que pudiese contener. Bebió la leche a grandes tragos, pensando con una parte de su mente que en aquel acto había —o tendría que haber— algo de simbólico.

Aunque este planeta no era lo que él podía desear como sustituto de la Madre Tierra.

A continuación encontró todo un grupo de latas similares, al parecer el contenido de una estantería que se había deslizado a través de un mamparo en el choque. Muchas de ellas estaban aplastadas y habían derramado su contenido, pero Pavel recuperó más leche, varios tipos de consomé y caldo y cinco o seis clases de puré. Más allá, había un revoltijo de fruta natural, incluidas manzanas, papayas y un cítrico híbrido que le gustaba mucho, llamado yabano, parecido a un limón hinchado hasta alcanzar el tamaño de una naranja y con una pulpa de color sonrosado. Lo peló rápidamente y se había introducido ya un gajo en la boca cuando comprobó lo que su sentido del tacto le había estado advirtiendo: el choque había puesto en contacto la fruta con algún objeto de cristal, y el cristal se había roto. Todo el yabano estaba impregnado de diminutas y puntiagudas aristas.

Pavel escupió lo que tenía en la boca y tiró la fruta con rabia. Si esto era lo que iba a pasar en todas partes, podía…

¡NO! ¡NO!

Al menos, esta vez no lo gritó en voz alta, sino que lo dijo en el interior de su cerebro, enérgicamente:

¡No voy a utilizar la Fácil Salida! ¡No voy a utilizarla! ¡NO!

Y luego, una sinceridad que detestaba le impulsó a añadir:

Al menos… creo que no voy a utilizarla.

Le echó una mirada final a Andrew, que seguía inconsciente, y le inyectó una dosis de glucosa vitaminada. Había encontrado algunos frascos de aquel preparado, intactos, así como otros concentrados ricos en proteínas. De todos modos, Andrew tenía suficiente grasa en su cuerpo para resistir varios días, y no iba a deshidratarse de la noche a la mañana… o cualquiera que pudiese ser el equivalente del «de la noche a la mañana», medido en términos de lo que Pavel tardaría en despertar después de haberse dejado caer sobre su montón de pieles. Su propio camarote, situado en los alojamientos de la tripulación, era inalcanzable, pero una docena de pieles en el pasillo le proporcionaron un blando lecho al alcance de la voz de Andrew si éste recobraba el conocimiento.

El resto…

podía esperar…

hasta más tarde…

—¡Póngalo en marcha! ¡Maldito sea! ¡Póngalo en marcha!

Pavel despertó inmediatamente. El grito, fantasmagórico en el resonante pasillo, había parecido una continuación de su pesadilla, una visión de interminable errabundeo por un inmenso desierto. Se obligó a sí mismo a ponerse en pie, consciente de que tenía las ropas desagradablemente pegadas al cuerpo: normalmente, se cambiaba dos veces al día y tiraba la ropa sucia a la máquina recuperadora, que había quedado aplastada. Al menos, durante la noche una brisa se había llevado la pestilencia dejada por los incendios en el interior de la nave; el aire, aunque muy seco y pobre en oxígeno, era ahora completamente inodoro.

Cuando se había tumbado a dormir, había dejado cerca de él la linterna y varios frascos de medicamentos. De todos modos, ahora no necesitaba luz artificial —el sol debía estar muy alto en el cielo y proyectaba su claridad a través de todas las grietas del casco—, y estaba demasiado sobresaltado para preocuparse por las otras cosas. Entró en el camarote de Andrew, frotándose los ojos.

Se tranquilizó inmediatamente al ver el equipo médico que había instalado el día anterior. Los aparatos producían su propia energía, en previsión de un fallo de la corriente de la nave, y sus luces indicadoras continuaban brillando como diminutos ojos de reptil. Y no señalaban ningún cambio apreciable en el estado de Andrew.

—¡Aquello! ¡Aquello! —gritó Andrew con todas sus fuerzas, levantando su brazo derecho para señalar la estantería en la que Pavel había dejado la FS—. ¡Póngalo en marcha!

Pavel aspiró profundamente. Experimentaba la sensación de que su cabeza estaba rellena de arena, tenía la boca tan seca y tan áspera como si la arena hubiese entrado por aquel conducto, y su estómago estaba lleno de gas. También su tobillo parecía haber empeorado durante su sueño, en vez de mejorar, y cuando apoyó el peso de su cuerpo sobre aquel pie sintió un agudo dolor que le hizo parpadear.

Se acercó a la estantería, en silencio, cogió la FS y la sacó del camarote. Detrás de él, Andrew gritaba y aullaba.

Pavel pensó que debería lanzar la FS fuera de la nave, a la arena, para que el viento nocturno la cubriera, haciendo imposible el volver a encontrarla. Pero, cuando tensaba sus músculos para hacerlo, rechazó la idea. El rescate, después de todo, podía no llegar…

De los numerosos armarios de su botiquín sólo quedaba uno intacto. Pavel colocó la FS en su interior y cerró la puerta con llave, pensando mientras lo hacía: fuera de la vista, fuera de…

¿Mi mente?

Pero no quería pensar en ello.

Cuando regresaba al camarote de Andrew oyó, desde varios metros de distancia, el sonido de unos incontenibles sollozos. Apresuró el paso y, efectivamente, encontró a Andrew cubriéndose el rostro con las manos, llorando.

—¡Vamos, vamos! —murmuró Pavel en tono tranquilizador, tocando el brazo del joven—. Ya estoy aquí, y…

—¡Póngala en marcha! —repitió Andrew, sin apartar las manos de su cara.

—Me he llevado la FS —dijo Pavel, y esperó.

—¿Qué? —Las manos se desprendieron del rostro empapado en lágrimas—. ¡Es mía! ¡Le he dicho a usted que la ponga en marcha, y tiene que ponerla en marcha! ¡No puedo soportar el estar tendido aquí y sufrir este dolor!

Pavel escogió cuidadosamente las palabras antes de decir:

—Pensé que preferiría sobrevivir, para disfrutar de todas esas cosas de que ha estado alardeando durante el viaje: el dinero, el lujo, el poder que la riqueza de su familia le proporcionará… —Yo…

Andrew vaciló, dejando que sus brazos cayeran a sus costados. Contempló con ojos llenos de temor los aparatos que encerraban su cuerpo de cintura para abajo. Pavel siguió esperando.

Bruscamente —e inesperadamente—, Andrew dijo: —Si no tiene usted mucho anestésico, será mejor que lo ahorre para cuando yo empiece a gritar. Pero, ¿no podría inyectarme un sedante?

Pavel exhaló un gran suspiro de alivio. Nunca había oído hablar a Andrew en un tono tan razonable. Dijo:

—Desde luego. Aunque no queda mucho sedante, tampoco. Todos mis frascos de medicamentos pasaron conmigo a través del mamparo del botiquín, y si bien es posible que algunos de ellos se hayan salvado al aterrizar sobre las pieles, tardaré algún tiempo en localizarlos. Aquí hay algo que le irá bien, de momento.

Escogió un inyectable de entre los medicamentos que había traído y lo aplicó.

—Gracias —dijo Andrew, incluso antes de que le hiciera efecto—. Yo… supongo que debo disculparme con usted. Pavel se encogió de hombros.

—¿Cómo se encuentra? —inquirió Andrew.

—¿Yo? —Pavel no logró disimular su sorpresa—. ¡Oh! No estoy demasiado mal.

—¡Le he hecho una pregunta! ¿No merezco una respuesta?

—Bueno… —Pavel se relamió los labios—. La cabeza me duele mucho, pero supongo que a usted le ocurre tres cuartos de lo mismo. Es el aire. Tengo la garganta dolorida, pero eso se debe también al aire: es muy seco. Cuando se produjo el choque, quedé bastante magullado y con una torcedura de tobillo. Ahora ya lo sabe. Y como médico, le doy mi palabra de que mi estado es mucho mejor que el suyo.

—Evidentemente. —El fantasma de una sonrisa asomó al pálido rostro de Andrew—. Estoy tan maltrecho, que sólo podrían arreglar el estropicio en un hospital importante, ¿verdad?

Pavel asintió.

—Entonces, ¿por qué diablos no pone en marcha la FS? —estalló Andrew.

Pavel frunció el ceño. Finalmente dijo:

—¡Es usted un mozalbete consentido! Un… Un… ¡Oh! No encuentro un nombre lo bastante malo para usted…

—¡Oiga! No le consiento…

Pero Pavel le interrumpió:

—Antes de que intente otro de sus trucos, métase eso en la cabeza, ¿quiere? ¡Yo deseo seguir viviendo, aunque a usted le tenga sin cuidado! Le han mimado tanto durante toda su vida, que la posibilidad de un sufrimiento le hace temblar como un niño asustado y sentirse sin fuerzas para resistirlo. Pero no conseguirá llevarme al terreno que usted quiere, no me obligará a hacer lo que usted quiere. ¡Por una vez en la vida, tendrá que limitarse a hacer lo que otro quiere!

Se produjo un silencio mortal. Desde que Pavel había despertado, toda la nave había permanecido silenciosa, aparte del sonido del viento al infiltrarse a través de las grietas del casco. Los únicos aparatos que funcionaban, los del equipo médico, estaban diseñados con demasiada precisión para producir ruido, incluso después del baqueteo a que habían estado sometidos.

Luego, la calma artificial de la última inyección que le habían aplicado se extendió por el rostro de Andrew.

Dijo:

—Bueno, si está tan decidido a conservarme con vida, podría hacer también que me sintiera cómodo. Mis dolores son muy intensos.

—De acuerdo —asintió Pavel—. Pero la dosis será pequeña. Tengo que acostumbrarle paulatinamente a que soporte algo de su dolor. No hay modo de calcular cuánto tiempo pasará antes de que nos rescaten.

Encontró y aplicó la inyección.

—Y temo que no puedo estar absolutamente seguro acerca de la extensión de sus lesiones internas —continuó—. Para más seguridad, tendré que mantenerle hidratado con una transfusión intravenosa, en vez de permitirle beber.

—Pero, yo tengo mucha sed —argüyó Andrew, frunciendo los ojos.

—Supongo que debe tenerla. Le proporcionaré unas tabletas para que conserve la boca y la garganta húmedas, pero tendré que racionárselas, también…

—…porque podemos quedar retenidos aquí mucho tiempo —murmuró Andrew—. ¿Qué le hace estar tan seguro de que van a rescatarnos?

—Estamos en el mismo sistema que Carteret —dijo Pavel—. Nuestro retraso terminará por llamar la atención. Si hay algún detector cerca de aquí, habrá registrado nuestro paso. Incluso es posible que haya registrado nuestra caída.

—Si ha registrado nuestra caída, nadie se molestará en buscarnos —dijo Andrew—. Usted y yo somos los únicos supervivientes, ¿no es cierto? Teniendo en cuenta la velocidad a que navegábamos, darán por sentado que la nave y todos los que viajaban en ella quedaron pulverizados.

Pavel estaba convencido… a medias de todo aquello, pero no quiso darlo a entender. Por el contrario, trató de mostrarse optimista.

—No, si logro encontrar algo que pueda servir como señalizador —dijo—. No soy ingeniero ni entiendo en mecánica, pero confío en encontrar, tarde o temprano, un transmisor en buen estado, o algo por el estilo. Bueno… ahora voy a dejarle para ocuparme de ello.

—¡Tengo sed! —dijo Andrew.

—¡Oh, desde luego! Le traeré una de esas pastillas para chupar…

Detrás de las cerradas puertas del armario, la presencia de la FS pareció burlarse de él cuando entró en el botiquín.

Después de prepararse un frugal desayuno con media lata de puré, Pavel se sentó para trazar un plan de trabajo. En este aire enrarecido no se atrevía a realizar esfuerzos excesivos; por otra parte, tenía que actuar rápidamente para aumentar sus posibilidades de supervivencia, improvisando el señalizador a que se había referido o, simplemente, localizando más provisiones.

Poco después, a pesar de su cefalalgia, había decidido lo que iba a hacer. En primer lugar buscó algo que pudiera servirle de pala. No tardó en encontrar una silla de plástico duro con una pata de metal que seguía pegada al asiento e, insertando la pata en una grieta de la pared y apoyándose en el asiento con todas sus fuerzas, consiguió doblarla de modo que el asiento formara una especie de pala, y la pata un mango. Excelente. Muy satisfecho de sí mismo, empezó a cavar donde el día anterior había encontrado las latas.

Y casi inmediatamente descubrió un cadáver mutilado.

Se le ocurrió la idea de que, en caso de necesidad, podía reservar los alimentos enlatados para más tarde y comer carne. Esta se conservaría mucho tiempo en esta atmósfera tan seca, no contaminada por bacterias como la de la Tierra.

¡Repugnante! —gritó su subconsciente—. ¡Antes la FS que el canibalismo!

Tal vez.

Arrastró el cadáver con un gran esfuerzo hasta una ancha grieta del casco y lo empujó al exterior. Luego salió él mismo por el agujero, para enterrar el cadáver echándole encima unas paletadas de arena. A continuación decidió dar una vuelta alrededor de la nave, en vez de volver a entrar por donde había salido. Le dolían las piernas, la arena estaba muy seca y Pavel se hundía a cada paso hasta los tobillos. Pero logró echar una ojeada a toda la parte de la nave que estaba a la vista, y cuanto más veía más se maravillaba de haber podido escapar con vida. La nave era visible apenas en la quinta parte de su longitud, y estaba tan machucada como un huevo duro a punto de ser descascarillado. Su corazón se encogió. ¿Existía alguna esperanza de encontrar algo en condiciones de ser utilizado como señalizador?

Bueno, sólo había un modo de averiguarlo. Pavel empuñó la improvisada pala con aire decidido.

Después de aquello, el tiempo transcurrió con una monotonía exasperante. Los entusiasmos de Pavel no tardaron en disolverse en la rutina. Cavaba un rato, y aprovechaba el descubrimiento de un cadáver o la localización de algún elemento intacto como pretexto para interrumpir su trabajo, y entonces acudía al camarote de Andrew para atender sus demandas, o —cada vez con más frecuencia— para informarle de que no podían ser atendidas, debido a que sólo quedaba un puñado de inyectables, o que los aparatos indicaban que sería peligroso suministrarle más líquido por vía oral, o que existía algún otro motivo para negarle lo que deseaba.

La primera vez que le dijo a Andrew que tendría que resistir un poco más antes de que le aplicara una inyección, el joven frunció los labios y dijo:

—Lo está usted pasando en grande, ¿verdad? Le gusta esto.

—¿Qué?

—Le gusta esto. Le gusta tener a alguien completamente indefenso, como yo. ¡Le da una sensación de poder!

Unas gotas de sudor perlaron su rostro, pero se evaporaron casi inmediatamente en el aire seco.

—¡Tonterías! —dijo Pavel bruscamente, inclinándose sobre los aparatos instalados al pie de la litera.

Una de las luces, normalmente verde, se había convertido en roja. Pero no existía ningún remedio para aquello.

—¡Oh, conozco a los de su tipo! —insistió Andrew—. Para usted, no hay nada mejor que…

—¡Cállese! —ordenó Pavel—. Estoy tratando de que los dos nos conservemos con vida. Y, si es posible, cuerdos. No empiece con estúpidas fantasías como esa, si no quiere exponerse a que me ponga furioso. Y estoy viviendo ya de mis nervios.

—¿Qué es lo que hace un médico cuando su paciente le pone furioso? ¿Desconectar los aparatos que le mantienen con vida?

—No —dijo Pavel, suspirando—. Se marcha donde no le llegue la voz del cascarrabias, y se queda allí.

Salió del camarote dando un portazo. En el pasillo, se apoyó unos instantes contra la pared, con la cabeza entre las manos. Si esto tenía que durar indefinidamente…

Pero había mucho trabajo por hacer.

Mientras hundía la improvisada pala en otro montón de arena, Pavel se preguntó tristemente por qué estaba perdiendo el tiempo. Ahora se encontraba en el sector donde tendría que haber localizado material electrónico o subelectrónico utilizable, y lo único que encontraba eran masas de metal y plástico carbonizadas o semifundidas. El sector en cuestión había sido de los más afectados por los incendios. También, de cuando en cuando, encontraba restos de uniformes de los tripulantes, tales como hebillas de cinturón e insignias. Y huesos.

Tardó tres días —mejor dicho, tres jornadas diurnas— en limpiar el sector de la nave en el que había depositado mayores esperanzas. Lo único que encontró en buen estado fue una lámpara de emergencia, con su globo intacto y su sistema de pilas apenas por debajo del máximo. La encendió, pensando cuan maravilloso era tener una luz decente. Y entonces pensó, remordiéndole la conciencia, lo terrible que debía resultar para Andrew permanecer tendido en medio de la oscuridad, solo, obligado a esperar horas enteras entre dos inyecciones anestésicas. Cogió la lámpara y la llevó al camarote de Andrew.

El joven estaba dormitando, y no reaccionó ante el sonido de la puerta al abrirse: ahora se movía ruidosamente, debido a los granos de arena que habían ido incrustándose en su parte inferior. Sin embargo, cuando abrió los ojos no hizo ningún comentario sobre la lámpara. Dijo:

—¡Pavel! ¡Tiene usted un aspecto horrible!

—¿Qué?

Pavel se tocó la cara. Llevaba barba de tres días, desde luego, y sin duda la suciedad y el sudor habían formado una costra sobre su piel. Pero aquello era lo que menos le importaba.

—Es posible —gruñó—. Pero no importa. He encontrado esta lámpara. Y he pensado que podría serle útil. Ahora que tendrá luz, puedo buscarle algo para matar el tiempo. Tal vez un libro, si le gusta leer… O algún juego de la sala de recreo. He excavado allí y he encontrado unas cuantas cosas.

Pero Andrew no parecía escucharle. Dijo:

—¿Por qué diablos está haciendo todo eso? ¿Ha encontrado usted un medio de enviar una señal a una expedición de rescate?

—Bueno… —Pavel se relamió los labios; tenían sabor a polvo—. He encontrado ya mucho material, pero…

—Pero no funciona.

—No, temo que está todo aplastado.

—Lo he creído así desde el primer momento —dijo Andrew. Ahora, a la brillante claridad de la lámpara, Pavel pudo ver que las mejillas del joven estaban profundamente demacradas, y que otra de las lámparas que ayer despedían un destello verde, a los pies de la litera, había cambiado al rojo. Rojo de peligro—. Pavel, debería usted dejar la FS en un lugar donde yo pudiera alcanzarla. Supongamos… bueno, supongamos que usted está cavando en alguna parte y le cae una viga encima… Supongamos que queda usted atrapado y no puede volver al lugar donde dejó el aparato…

—Yo no quiero utilizarlo —dijo Pavel obstinadamente.

—¡Y no me mantiene libre de dolores todo el tiempo!

—No puedo, porque…

—¡Oh, ahórrese el disco! —dijo Andrew, volviendo la cabeza al lado contrario de la lámpara y cerrando de nuevo los ojos.

¡Desagradecido bastardo!, pensó Pavel, y salió del camarote.

Aquella noche, al igual que las noches anteriores, se quedó dormido en el momento en que se tendió en su lecho de pieles en el pasillo, cerca de la puerta del camarote de Andrew. Soñó en mundos lejanos en los que se había sentido feliz y relajado, en los que había tomado el sol y saboreado deliciosos manjares en compañía de mujeres hermosas, en los que…

¿Se habría apoderado Andrew de la FS, poniéndola en marcha?

La idea brotó súbitamente a través de la euforia de sus sueños y le hizo ponerse en pie de un salto. Levantarse y despertar fueron actos simultáneos. Estaba todo oscuro, ya que había apagado la lámpara para ahorrar la energía de las pilas, puesto que Andrew estaba también dormido. Pero la había dejado en un estante junto a la puerta del camarote, y la puerta estaba entreabierta. La localizó al tacto y la encendió.

Andrew estaba tendido, muy pálido, sudando de nuevo, con los puños apretados y la mandíbula contraída, y otra luz roja había aparecido al pie de su litera.

—¡Está usted agonizando! —exclamó Pavel.

—No quería… despertarle —murmuró Andrew entre sus apretados dientes—. Pensé que usted… merecía su descanso.

¿Qué diablos le estaba pasando a aquel joven consentido? Pero Pavel no perdió tiempo en interrogarse acerca de aquello. Como de costumbre, había dejado unos cuantos frascos de medicamentos junto a la litera. Escogiendo un analgésico, le inyectó a Andrew una dosis completa.

—Gracias —susurró el joven, y la expresión angustiada se borró de su rostro—. Lamento haberle molestado. Supongo que he gritado en contra de mi voluntad.

—No tiene importancia —dijo Pavel.

—¿Sabe una cosa? —continuó Andrew, mirando al techo—. He estado pensando. Creo que nunca había tenido que pensar tanto en la misma cosa, una y otra vez, en toda mi vida. Cuando se produjo el choque, yo estaba muy asustado. No me daba cuenta. Me decía a mí mismo que no era posible que todo aquello me estuviera sucediendo a mí… ¡a Andrew Alighieri Solichuk-Fehr! Y… bueno, tal como veo ahora las cosas, lo único que estaba haciendo era tratar de ocultar la verdad, ¿no es cierto? No se moleste en contestarme. Ahora lo veo todo claro. Ha estado usted trabajando como… como un robot, sabiendo lo que podía y lo que no podía hacerse, y… bueno, imagine la situación al revés: yo en pie y usted hecho polvo en una litera, como yo… ¡No habría sabido qué hacer! ¿Habría enloquecido! Me hubiese limitado a poner en marcha la FS.

Pavel escuchaba, sin acabar de dar crédito a sus oídos.

—De modo que yo… bueno, lo que quiero decir es que le estoy muy agradecido. Ha sido una verdadera suerte que la otra persona superviviente fuese usted. He acabado por darme cuenta de que de no haber sido por usted ya estaría muerto.

Apretó de nuevo los puños… aunque esta vez el gesto no era provocado por el dolor.

—¡Y tiene usted razón! ¡Es absurdo morir cuando la muerte no es irremediable! ¡Es absurdo abandonar porque no se puede soportar un pequeño dolor, porque no se tiene la seguridad absoluta de ser rescatado! A fin de cuentas, el hecho de estar vivo después de una catástrofe de tal magnitud es un verdadero milagro.

—Eso creo yo —dijo Pavel, en tono grave.

Por el rabillo del ojo observó que la luz roja había pasado de nuevo a ser verde, una señal de que la peligrosa tensión en el metabolismo de Andrew era provocada por el dolor. Dilema: o mantener el dolor amortiguado, para proteger sus funciones vitales, o ahorrar la provisión de sedantes y hacer su vida soportable, si no cómoda, la mayor cantidad de tiempo posible…

Aunque ahora no podía coordinar sus ideas al respecto, ya que su mente se encontraba aún bajo los efectos del sueño. De todos modos, Andrew no había terminado.

—¿Está usted seguro de que nos encontramos en Quasimodo IV?

—¡Ah! —Hasta aquel momento, Pavel no había estado seguro de que Andrew hubiese captado los detalles que él había sugerido acerca de su situación—. Sí, al menos, tan seguro como puedo estarlo sin comprobar algunos datos acerca del sistema al cual nos dirigíamos. No he excavado aún en el sector de la biblioteca, pero creo que me estoy acercando a él.

—Bueno, en vez de perder el tiempo en juegos y esas tonterías, ¿por qué no me trae lo que pueda salvar en libros y microfilms? Si hubiese modo de hacerse con una lupa o un microscopio, tal vez podríamos suplir la falta de energía y leer los microfilms contra esa luz…

—Desde luego. Pero… bueno, procuraré encontrar la manera de ampliar alguno de los microfilms para que usted pueda leerlo.

—Estupendo —dijo Andrew—. Ahora, vuelva a dormir, o a preparar su desayuno, o a hacer lo que le parezca. Yo estaré bien hasta que pasen los efectos de la inyección. Y trataré de no molestarle, después, hasta que me resulte imposible soportar el dolor.

¡Fantástico! —pensaba Pavel mientras cavaba cada vez más profundamente en las zonas accesibles de la nave—. ¡Haber encontrado esa fuerza de voluntad citando tendría que estar agonizando!

Era una ayuda —una gran ayuda— saber que tenía un compañero en la adversidad, después de todo, alguien con quien podía hablar en vez de representar una carga para él, una constante preocupación.

Logró rescatar algunos libros, medio quemados, cuyas páginas tenían que volverse cuidadosamente para evitar que se desmenuzaran, y Andrew, incorporado a medias sobre su almohada, le ayudó a rebuscar en ellos con la lámpara portátil. Encontraron algunas referencias a Quasimodo IV —no muchas, ya que nunca había sido un planeta que interesara demasiado a los hombres del espacio—, las suficientes para confirmar que efectivamente se hallaban en él, y además que normalmente estaban en el mismo lado del sol local que Carteret.

Pero, en ese caso…

¿Por qué no hemos sido rescatados ya?

El cuarto, el quinto, el octavo día se fundieron con el pasado, casi sin fisonomía propia. El trabajar en una atmósfera pobre en oxígeno estaba debilitando a Pavel; aborrecía el momento del despertar, y a menudo su tarea de excavar se reducía a los movimientos automáticos de una máquina, hasta el punto de que dejaba al descubierto un aparato potencialmente útil antes de que su adormilado cerebro lo reconociera. Luego tenía que escarbar con las manos en el montón de arena para recuperarlo. Y, desde luego, seguía encontrando cadáveres.

Durante un breve tiempo, después de la notable exhibición de valor de Andrew, el armario en el que había guardado la FS no representó ninguna amenaza para Pavel. Un día, dos días más tarde, las ampollas de sus manos, la aspereza de sus labios, la rojez de sus ojos y la interminable e incurable sed que padecía, conspiraron para volver a despertar su espectro en su memoria. En vez de estar aquí, víctima de la dura realidad, podía hallarse en un mundo imaginario y delicioso, gozando del modo que eligiera, a base de las mujeres más hermosas, de los céspedes más mullidos, de las playas más bellas, de…

¡Basta!

Pero la provisión de medicamentos disminuía, a pesar de que los administraba cuidadosamente, lo mismo que los concentrados de proteínas y las soluciones de glucosa vitaminada que eran el único alimento que podía ofrecer a Andrew. Afortunadamente, disponía de bastante cantidad de una substancia que regulaba el uso por el cuerpo de la grasa almacenada; se trataba de un producto destinado, básicamente, a los pasajeros que en el curso de un largo viaje espacial engordaban unos cuantos quilos y querían perderlos antes de tomar tierra. Pavel lo había considerado hasta entonces como una droga cosmética, y nunca se le hubiese ocurrido que podría encontrarle una aplicación práctica. Sin embargo, las dos inyecciones que le había administrado a Andrew dieron un resultado excelente, y aunque ahora la piel aparecía como deshinchada sobre su tripa precoz, podía utilizar lo que su incontinencia en el comer había almacenado entre sus músculos y su piel.

Pavel salía cada vez con más frecuencia al exterior de la nave para contemplar el cielo, a sabiendas de lo absurdo que resultaba hacerlo. Una nave de rescate orbitante no sería visible durante el día, y si llegaba de noche dispararía bengalas de señales y quizás proyectiles sónicos para despertar a los supervivientes e inducirles a encender fogatas, o a algo que revelara su presencia.

¡Fogatas!

Aquella idea debió ocurrírsele mucho antes; en realidad, sólo se le ocurrió cuando finalmente llegó a la conclusión de que era inútil continuar excavando. La parte de la nave que no había limpiado aún de arena estaba hundida, y Pavel carecía de las herramientas y de la fuerza necesarias para apartar las pesadas vigas de metal que bloqueaban su avance.

Había estado diciéndose a sí mismo que no podía hacer ninguna otra cosa constructiva, cuando de repente se le ocurrió la idea de encender una fogata. De noche, especialmente, una fogata podía ser localizada desde muy lejos en un cielo tan claro. Había visto nubes una sola vez desde la catástrofe, y se encontraban en el horizonte alrededor del sol poniente. Presumiblemente había un océano en aquella dirección, pero una elevación del terreno —una cordillera de colinas o montañas— absorbía toda la humedad del viento antes de que soplara sobre el interior.

Andrew había encontrado escasas referencias a las condiciones metereológicas de Quasimodo IV en los chamuscados libros que Pavel le había proporcionado. La mayoría de los bordes de las páginas estaban quemados, de modo que muchos detalles que podían haber sido útiles se habían convertido en humo…

De todos modos, ¿quedaba algo susceptible de arder brillantemente en aquella atmósfera tan tenue? Pavel realizó algunas pruebas, cautelosamente, con líquidos inflamables de su botiquín: alcohol, éter, tinturas y suspensiones con la advertencia MUY INFLAMABLE en sus etiquetas. Satisfecho al comprobar que podría encender una fogata empapando previamente de combustible lo que tuviera que arder, se dedicó a revisar los grandes montones de escombros que había apartado a un lado, dividiéndolos en dos nuevas categorías: cosas que podían arder, y cosas que no podían arder.

Aquello le mantuvo ocupado un par de días.

Poco a poco, sin embargo, empezó a sentirse obsesionado por el paso del tiempo. Murmuraba continuamente:

«Si podemos resistir cuatro días más… tres días más…»

Hasta que se impuso la realidad. No existía aún ninguna promesa de rescate. En su mente, el plazo de quince días que había calculado como límite del tiempo que podría mantener vivo a Andrew se había convertido en un artículo de fe. Si podemos resistir quince días, todo irá bien.

¿En qué se había basado para creer aquello? Ahora que habían transcurrido once, doce, trece días, se daba cuenta de que sus posibilidades de ser salvados eran menores, no mayores. Aunque Magnusson hubiese sido tan descuidado como para no señalar al puerto de llegada que la nave pasaba del subespacio al espacio normal, tenían que haber empezado a buscarles hacía mucho tiempo… suponiendo que algún detector hubiese captado el paso de la Pennyroyal.

Era evidente que Magnusson no había enviado la señal. Y al salir del subespacio, podían haber quedado tapados por aquel maldito planeta desierto, en cuyo caso los detectores que orbitaban alrededor de Carteret no habrían captado la caída…

La visión de la FS encerrada en el armario se irguió delante de él y entonó una burlona canción.

Debilitado por sus esfuerzos, por la escasez de oxígeno y de alimentos, Pavel se había acostumbrado a pasar un par de horas cada día, entre el agotamiento y el sueño, conversando con Andrew. Las primeras veces había sido una especie de estimulante para él; nunca había tenido una idea clara de lo que era la vida para alguien que estaba destinado a heredar una de las grandes fortunas de la galaxia, procediendo como procedía por ambas partes de su propia familia de lo que vulgarmente se llama «el montón»: pioneros cinco generaciones atrás, que parecían haber agotado su ambición y su iniciativa en el acto crucial de abandonar la Tierra, sin regresar nunca a ella.

El mismo, al decidirse a embarcar como médico en una nave espacial en vez de establecerse normalmente, añadiendo además que posiblemente no escogería su mundo natal de Calibán para hacerlo, había sobresaltado a todos sus parientes, los cuales habían renunciado definitivamente a todo viaje interestelar. En cambio, Andrew había nacido en un medio identificado con los viajes por la galaxia: «Tío Herbert se encuentra en Halys y manda muchos recuerdos», o tal vez: «Creo que este año llevaremos los niños a Peristar».

Y no es que Andrew hubiese apreciado su buena suerte hasta ahora. Cuando le enviaban a recorrer los establecimientos familiares, lo consideraba más como una desagradable obligación que como un motivo de excitación y de alegría.

Ahora, escuchando a Pavel explicando su actitud, parecía haber llegado a la conclusión de que había sido un estúpido al desperdiciar una oportunidad por la que miles, millones de jóvenes hubiesen dado su brazo derecho. Doliéndole incesantemente la cabeza, temblándole continuamente las piernas y teniendo que concentrarse con todas sus fuerzas como un hombre que lucha para disimular su borrachera, Pavel había hecho todo lo que estaba a su alcance para estimular a Andrew… hasta el día en que admitió en su fuero interno que incluso si resistían las dos semanas de plazo que él mismo había fijado arbitrariamente, estaban condenados.

Entonces, mordaz y malhumorado, oyó su propia voz reviviendo acusaciones del último viaje de la Pennyroyal, referencias a Hans, referencias a borracheras, referencias a poltronería, glotonería y falta de consideración a los otros pasajeros. Dolido, al principio sorprendido, más tarde furioso, Andrew replicó airadamente, y lo que tenía que haber sido una charla amistosa terminó con un portazo que hizo retemblar las paredes del camarote.

Pero lo último que Pavel había visto mientras la puerta se cerraba era que no había otra luz roja —se había acostumbrado a una diaria, como promedio— que añadir al total, sino un nuevo racimo de ellas, que el día anterior eran verdes.

Temblando de pies a cabeza, esperó en el pasillo hasta que se hubo tranquilizado. Luego volvió a abrir la puerta.

—Lo siento —dijo—. Estoy avergonzado de mí mismo. Está usted sufriendo terriblemente. Las luces…

Hizo un gesto, señalando hacia el pie de la litera. Naturalmente, las luces estaban situadas de modo que el paciente no pudiera verlas.

—Lo sé —murmuró Andrew.

—¿Qué?

—¡Desde luego que lo sé! —exclamó Andrew, rabioso—.

Esos mecanismos no fueron diseñados para funcionar en una habitación a oscuras, sino en una sala de hospital con luces indirectas en las paredes, ¿no es cierto? Cada noche, cuando usted apaga la lámpara para que me duerma, veo su reflejo y sé que ahora es más rojo que antes. ¡Lo sé!

Las dos últimas palabras fueron un grito de desesperación.

Pavel se mordió el labio. Dijo:

—Creo que no he sido absolutamente sincero con usted. Yo… bueno, he dejado de creer en nuestro rescate. De haber existido esa posibilidad, el rescate ya se hubiera producido. ¿Quiere usted que…?

—¿Se refiere a poner en marcha la FS? —le interrumpió Andrew—. ¡No! ¡No, y mil veces no! Hizo usted muy bien al sacarla de aquí. Tendido en esta litera, con dolor o sin dolor, he llegado a comprender cuan preciosa puede ser la vida. No, no quiero que la utilice. ¡Tírela, entiérrela, aplástela con un martillo… cualquier cosa!

Pero su voz se quebró, y el sudor brilló sobre su piel.

—Bien… ejem… entonces, de acuerdo —dijo Pavel—. De acuerdo. Buenas noches.

—Buenas noches.

Pavel volvió a soñar con la FS.

Y luego, por la mañana, las pesadillas no se interrumpieron.

Cuando abrió la puerta del camarote, después de un sueño intranquilo, cuando no poblado de horrores, encontró a Andrew no sólo dormido, sino inconsciente. Todas las luces de los aparatos, menos cuatro, habían cambiado al rojo. Una ojeada a las gráficas confirmó que lo que había agotado al paciente era su lucha por resistir el dolor; esto, y el consumo del último frasco de solución nutritiva de la limitada provisión de Pavel. Quedaba el agua suficiente para mantenerle hidratado, y bastante tejido en sus músculos para mantener en funcionamiento su metabolismo basal unas cuantas horas más… quizás un par de días, si permanecía completamente inmóvil.

Después… lo único que cabía esperar, con la más inexorable seguridad, era la muerte.

Pavel contempló a Andrew con una expresión de incredulidad en el rostro. Trató de decirse a sí mismo que había sido un éxito mantener a Andrew con vida y consciente, en su estado, durante tan largo espacio de tiempo: no quince días normales, como en algún momento había imaginado estúpidamente, sino quince de aquellos extra-largos días locales. Se trataba de un milagro médico, hasta cierto punto. Probablemente, ningún otro médico habría obtenido aquellos resultados sin la ayuda de toda una serie de aparatos para fijar el diagnóstico y el tratamiento.

Pero, ¿de qué servía haber realizado aquel milagro, si el final iba a ser el mismo?

Toda esperanza se desvaneció de su mente. Toda su tensa voluntad de sobrevivir se derrumbó, como un puente obligado a soportar una carga excesiva: doblándose, casi graciosamente, hasta convertirse en un informe montón de armazones y columnas. Cuando se volvió con movimientos maquinales y se encaminó hacia el botiquín, había dejado de ser Pavel Williamson.

Hacia aquel armario por delante del cual había pasado tantas veces y que contenía la Fácil Salida.

La sacó, esbelta y fría, de su caja, recordando perfectamente el número de la combinación de su cerradura. La hizo girar entre sus manos, una y otra vez. El amanecer había quedado muy atrás, y había abundante luz para verla con todo detalle.

Le he negado esto —pensó Pavel—. Podía haber terminado su vida en pierio éxtasis, en vez de hacerlo en medio de una inútil y absurda lucha contra el dolor. Ahora morirá, inconsciente, y… y ha resultado ser un muchacho excelente, a su manera. Me siento casi encariñado con él… y horriblemente avergonzado de mí mismo.

Porque voy a utilizar lo que a él le he negado.

Convulsivamente, hizo girar la caperuza blanca de la FS y la apretó hacia abajo. Se hundió visiblemente a lo largo del vástago principal, y a continuación se produjo un zumbido.

Pavel cerró los ojos.

Sin dar crédito a sus sentidos, los abrió de nuevo. Todo era exactamente igual que antes. Excepto la FS. Muy pesada en sus manos, se estaba recalentando. Y…

Pavel la dejó caer con un juramento. Siguió un ruido sibilante, y una nubécula de humo brotó del extremo cubierto con la caperuza. Esta —de algún tipo de plástico, supuso— se deformó y ennegreció.

Y eso fue todo.

Pavel la contempló con aire de incredulidad durante largo rato. Se sentía como un suicida que se ha tomado un trabajo ímprobo escogiendo y anudando una cuerda… sólo para comprobar que se rompe bajo su peso.

—¡Maldita sea! —exclamó finalmente, enfurecido—. ¡Tantas precauciones, tantas discusiones, y se había estropeado en el choque! ¡No funciona!

La FS ya no humeaba. Pavel tocó el cilindro: estaba tibio, simplemente. Lo cogió, lleno de rabia, dispuesto a estrellarlo contra la pared…

¿Qué ha sido eso?

Desde alguna parte del exterior, un sonido rugiente. El suelo de acero del pasillo estaba vibrando. Pavel se inmovilizó, escuchando.

El sonido se desvaneció, para reaparecer al cabo de unos instantes, más fuerte. Pavel contempló horrorizado la FS que sostenía en su mano, pensando:

¿Ha funcionado, después de todo? ¿Es esto una ilusión provocada, la fantasía del rescate?

Pero, desde luego, sabiendo lo avergonzado que estaba cuando finalmente se había decidido a utilizar el aparato, podía descartar aquello. Cualquier ilusión que fuera capaz de gozar excluiría todo recuerdo de la FS, debido a que recordar su existencia le recordaría igualmente que estaba condenado a muerte…

Indeciso, miró a uno y otro lado… y súbitamente echó a correr hacia la abertura más cercana del casco, para prender fuego al material que tenía preparado a fin de que la expedición de rescate pudiera localizarlos.

—Bueno… supongo que alguien debe disculparse por no acudir en su busca más pronto —dijo el doctor, en el hospital central de Carteret—. Pero resultaba lógico que se abandonara toda esperanza, desde el momento en que computaron el curso de la Pennyroyal. Quiero decir que, después de un choque de tal magnitud, era absurdo pensar que podía haber quedado alguien con vida, ¿no le parece?

—Desde luego —asintió Pavel. Se sentía mucho mejor, aunque aquella atmósfera rica en oxígeno le infundía aún una sensación de aturdimiento—. Y cuando se decidieron a ir allí, lo hicieron para recuperar materiales, y no para rescatarnos, ¿verdad?

—Temo que sí —admitió el doctor—. La Pennyroyal, como usted sabe, llevaba un cargamento de pieles muy valiosas, y la compañía de seguros que debía responder de ellas fletó aquella nave que les recogió a ustedes. Vaciló.

—A propósito —añadió finalmente—. Quiero felicitarle por el maravilloso trabajo que llevó a cabo con Andrew Solichuk. Como usted ya debe saber, su familia es de las más importantes de Carteret, y si le hubiesen encontrado muerto…

Terminó la frase con un gesto.

—Sí —dijo Pavel—. Sí, aunque parezca inmodestia, debo admitir que fue un buen trabajo.

Miró con aire ausente a través de la ventana. Se encontraba en un espléndido edificio, moderno, muy lujoso, rodeado de cuidadísimos parterres, y pudo ver una piscina y un solarium donde los pacientes se tostaban al sol. Inconscientemente, acarició algo liso y pesado que yacía sobre su regazo. ¿Qué…?

¡Oh, sí! La FS que no había funcionado.

Súbitamente, dijo:

—¿Cómo se encuentra ahora Andrew? Me gustaría verle, si es posible.

—Creo que podremos arreglarlo —dijo el doctor amablemente—. Desde luego, ingresó aquí en muy malas condiciones, pero cuando llegó la noticia a sus familiares de la Tierra, comunicaron que no debíamos escatimar nada para atenderle, y ha contado con los mejores medios quirúrgicos de este planeta. Hace ya una vida casi normal… y, ahora que lo recuerdo, también él se mostró muy interesado en verle a usted. ¡Acompáñeme!

Poniéndose en pie, añadió, con una sonrisa:

—¿No se alegra usted de que el aparatito estuviera estropeado, después de todo?

—¿Qué? —Pavel le miró con aire aturdido—. ¡Oh! ¿Esto? —Poniéndose en pie, a su vez, levantó la FS—. No es mío.

—Supusimos que sí —dijo el doctor—. No quería usted soltarlo por nada del mundo. Cuando fue sometido usted a reorientación psiquiátrica, querían quitárselo; pero al ver cómo se aferraba a él, reaccionando incluso con violencia a las tentativas de sacarlo de entre sus manos, les dije que debían dejárselo. Como una especie de ancla mental. Pero, ¿dice usted que no es suyo?

—No, pertenece a Andrew. —Pavel contempló el aparato, con aire pensativo—. ¡Debió hundirse a mucha profundidad en mi subconsciente, si me pegaba a él como usted dice! Creo que ya ha llegado el momento de librarme de él. Voy a devolvérselo a Andrew, y le haré saber que no hubiera servido para nada. Estuvo insistiendo durante muchos días para que lo pusiera en marcha después de nuestro aterrizaje… Quiero decir, de nuestro accidente.

—No me sorprende —asintió el doctor—. Sufriendo como sufría… Sin embargo, según lo que él dice, usted le contagió, por así decirlo, la voluntad de vivir. Está muy ansioso por volver a verle, ¿sabe?

Cortésmente, indicó que Pavel debía precederle a través de la puerta.

Y allí estaba: increíblemente delgado, casi desnudo a la cálida luz solar, con algunas cicatrices alrededor de su cintura y en la parte inferior de la espalda… pero sonriendo de oreja a oreja. Había estado en la piscina y unas gotas de agua perlaban aún su cuerpo, pero tiró al aire la toalla que estaba a punto de usar y avanzó hacia Pavel con un grito de alegría.

—¡Pavel! ¿Cómo podré agradecerle nunca el haberme salvado la vida? ¿Tenía usted razón, toda la razón del mundo! De no haber sido por usted, ahora no estaría aquí, completamente repuesto, capaz de disfrutar de nuevo de la vida… Permítame estrechar su mano…

Y su voz cambió, en el momento en que alargaba su propia mano hacia la de Pavel.

—¿Qué es eso? —dijo débilmente, mientras todo rastro de color se borraba de sus mejillas—. Es… ¡Bastardo!

—¿Qué? —Contemplándole con una expresión de incredulidad en el rostro. Pavel le mostró la FS—. ¿Se refiere usted a esto? Bueno, precisamente había venido para explicarle…

—¡Canalla! —Andrew arrancó el aparato de manos de Pavel y contempló el extremo cubierto con la caperuza blanca—. ¡Usted lo activó! ¡Después de todos sus piadosos sermones, lo activó usted! Y…

De repente, pareció desmadejarse, como si estuviera a punto de caer físicamente enfermo.

—¡Y todo esto debe ser una ilusión, a fin de cuentas! Lo cual significa que voy a morir… precisamente ahora que acabo de descubrir el goce de estar vivo! ¡Bastardo! ¡Canalla!

Su rostro se contrajo, súbitamente cubierto por una horrible máscara de furor.

—¡Un momento! —gritó el doctor, al lado de Pavel, avanzando hacia el joven.

Pavel, por su parte, estaba rígido de asombro, incapaz de hablar, apenas capaz de pensar.

Pero el doctor llegó demasiado tarde.

Levantando el pesado cilindro de la FS por encima de su cabeza con toda la fuerza que le proporcionaban la salud y el vigor recién recobrados, Andrew lo dejó caer y aplastó el cráneo de Pavel tan completamente, y tan fatalmente, como el casco de la nave espacial Pennyroyal.

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