Silencio en Gehenna – Harlan Ellison

Joe Bob Hickey no tenía ningún signo astrológico. Mejor dicho, tenía doce. Cada año celebraba su cumpleaños bajo un Piscis, Géminis o Escorpión distinto. Joe Bob Hickey era un huérfano. Era también un bastardo. Había sido encontrado en el porche de la Inclusa del Condado de Sedgwick, en Kansas. Envuelto en una vieja manta militar, había sido abandonado en uno de los porches de la Inclusa. Aquello ocurrió en 1992.

Años más tarde, la matrona que le encontró en el porche observó que mirarse en sus ojos era como asomarse a un vestíbulo de espejos vacíos.

Joe Bob fue un chiquillo rebelde. En la Inclusa parecía olfatear el jaleo, por oculto que estuviera, para hundir sus dientes en él; y no lo soltaba hasta que restallaba el trueno. Hasta los trece años vivió de hogar adoptivo en hogar adoptivo. Hasta que se cansó y decidió vivir por su cuenta. Aquello ocurrió en 2005. Pasó el tiempo y Joe Bob cumplió los catorce años, luego los dieciséis, luego los dieciocho, y por entonces ya había descubierto lo que en realidad era el mundo que le rodeaba, había acumulado músculo, había leído libros y saboreado la lluvia, y en algún camino había descubierto su objetivo en la vida, y sabía que era un objetivo justo y que nunca se echaría atrás.

Joe Bob conectó el cable de cierre, asegurándose de que quedaba una longitud suficiente para no entorpecer su avance. Sacó los alicates de su macuto, cortó la alambrada, volvió a meter los alicates en el macuto y se lo colgó del hombro, recordándose a sí mismo que debía colocarle otro sistema de correaje a fin de que no dificultara sus movimientos.

Luego, boca abajo; arrastrándose sobre los codos penetró a través de la alambrada electrificada en los terrenos de la Universidad de California del Sur. Las luces de las torres de los centinelas no iluminaban del todo aquel alejado rincón del patio. Un punto muerto en el sistema de vigilancia. Pero él podía ver al centinela en su torre, a la izquierda, rastreando la zona con el miniradar. Joe Bob sonrió. Su bollixer estaba emitiendo una forma gatuna.

Joe Bob avanzó lentamente a través de la tierra de nadie del punto muerto. En un momento determinado, el centinela apuntó en dirección a él, pero el miniradar sólo captó a un felino, y mientras la curiosidad palidecía y se desvanecía, Joe siguió avanzando, deslizándose suavemente (Lignum vitae. Gracias a la disposición diagonal y oblicua de las sucesivas capas de sus fibras, no puede ser astillada. No sólo es una madera increíblemente dura —con una gravedad específica de 1.333 se hunde en el agua— sino que, conteniendo en sus poros un 26% de resina, es lustrosa y autoengrasada. Por este motivo, era utilizada como soporte de las máquinas de los primeros barcos a vapor). Joe Bob como lignum vitae. Deslizándose suavemente a través de la oscuridad.

El edificio de Ciencias Terráqueas sobresalía de entre la niebla pegada al suelo del patio. Joe Bob avanzó hacia él, hurgando con la lengua en la cavidad de una muela donde se había alojado una astilla de carne de pollo robado y frito. Había varios mecanismos de muelle, que se disparaban al ser pisados, irregularmente esparcidos alrededor del edificio. Arrastrándose sobre el vientre, hizo un slalom perfecto a través de ellos, caligrafiando su paso. Luego llegó al edificio y se sentó, apoyando la espalda contra la pared, y abrió el macuto que llevaba en bandolera.

Plástico.

Anticuado, en aquella época de explosivos sónicos, pero eficaz. Colocó las cargas.

Luego avanzó hacia el Edificio de Tácticas, los Laboratorios Bacteriófagos, la Computadora de Archivos Centrales y la Armería. Todos recibieron sus correspondientes cargas.

Luego retrocedió hasta la alambrada, preparó el megáfono, se agachó para que su silueta no se proyectara contra el alba que empezaba a teñir el este de una leve claridad, y disparó las cargas.

Los Laboratorios fueron los primeros en saltar, lanzando hacia el cielo paredes y techos en una serie de explosiones que iban del azul al rojo y viceversa. Luego, el Bloque de la Computadora estalló en pedazos, esparciendo chispas como un circuito hecho polvo asesinando partículas negativas; luego, las Ciencias Terráqueas y las Tácticas rugieron como saurios y cayeron sobre sí mismas, espumeando polvo, listones y yeso y vomitando metal fundido. Y, finalmente, la Armería, en una serie de estallidos que se sucedieron a un ritmo irregular y una serie de relámpagos precursores del trueno definitivo.

Todo estaba ardiendo. Seguían estallando pequeñas explosiones entre el creciente sonido de estudiantes, profesores y soldados escurriéndose a través del desastre. Todo estaba ardiendo cuando Joe Bob dio toda la potencia a su megáfono, se lo acercó a los labios y empezó a gritar su mensaje.

«¡Llamáis a esto libertad académica, pandilla de gusanos! ¡Para vosotros, el camino del saber pasa por unas alambradas electrificadas! ¡Despertad, esclavos! ¡Luchad por la libertad!»

El bollixer estaba zumbando, acusando los contactos de los radares en acción. Como respuesta, emitía formas inconcretas, montones de tierra, cualquier cosa. Joe Bob continuó gritando:

«¡Arrancad los fusiles de sus manos!» Su voz resonaba como el día del juicio final. Trepaba sobre los sonidos de hombres tratando de salvar otros edificios y retumbaba contra el naciente amanecer. «¡Expulsad a los soldados del campus! Jefferson dijo: «Los pueblos tienen la clase de gobierno que merecen». ¿Es esto lo que vosotros merecéis?»

El zumbido estaba haciéndose más intenso, las pulsaciones más rápidas. Estaban estrechando el campo sobre él. No tardarían en localizarle; al menos, existían muchas posibilidades de que lo hicieran. Y entonces las patrullas saldrían en su busca.

«¡Fuera los soldados!»

«¡Todavía hay tiempo! ¡Mientras uno solo de vosotros no se haya dejado someter a un lavado de cerebro, queda una posibilidad! ¡No estáis solos! Somos un gran movimiento de resistencia organizada… uníos a nosotros… derribad sus barracones… volad sus armerías… ¡Abajo los fascistas! La libertad está ahora a vuestro alcance: agarradla, antes de que sea demasiado tarde».

Las patrullas habían sido situadas estratégicamente. Cuando las unidades de miniradar se triangularon, localizaron un blanco potencial y lo señalaron, estaban preparadas. El bollixer de Joe Bob le advirtió de la situación con un zumbido de alarma. Guardó el megáfono en su macuto y desenfundó su pistola.

Vete de aquí, se dijo a sí mismo.

Cállate —contestó—. ¡Abajo los fascistas! Déjate de historias. No quiero que me maten. ¿Asustado, gallina?

Sí, estoy asustado. Si quieres que te vuelen la cabeza, es asunto tuyo. Pero no me metas a mí en el lío.

El monólogo interior se interrumpió bruscamente. A la derecha de Joe Bob avanzaban tres patrulleros a través de la maleza, disparando mientras corrían. Joe Bob replicó, disparando por encima de sus cabezas.

¿Creerás que había llegado a pensar que eras un asesino implacable?

¡Cállate de una vez! He fallado, eso es todo.

¿De veras? A mí no puedes engañarme. Lo que pasa es que no quieres ver sangre.

Arrastrándose, arrastrándose, retrocediendo, todo brazos y piernas; y los patrulleros seguían avanzando.

Somos un gran movimiento de resistencia organizada, había gritado a través del megáfono. Había mentido. Estaba solo. Era el último. Después de él, posiblemente no habría otro durante un centenar de años. Los disparos de los patrulleros trazaban surcos en la tierra a su alrededor.

¡Asustado! No quiero que me maten.

El helicóptero se remontó en su horizonte visible, avanzó en línea recta y empezó a maniobrar, tratando de localizarle. Con el zumbido del helicóptero, la brisa sopló de nuevo a través de su mente:

¡Asustado!

Una zanja. Se sumergió en ella. Tendido sobre su espalda, el ángulo de inclinación le ocultaba del helicóptero, pero le exponía al ataque de los patrulleros. Respiró profundamente, humedeció sus labios con su lengua, demasiado seca para servir de ayuda, y esperó.

El helicóptero pasó directamente por encima de él y se estremeció mientras giraba sobre sí mismo. Joe Bob apoyó la pistola contra el borde de la zanja y apretó el gatillo, apuntando delante del helicóptero. La máquina avanzó en línea recta hacia el sendero de fuego. Las primeras cargas se estrellaron contra el hocico del helicóptero, desintegrando la superficie cromada. Tormentas eléctricas, diminutos remolinos de energía revolotearon sobre el helicóptero, cuarteando las lumbreras, haciendo borroso el suelo para el piloto y su tirador. Las cargas establecieron contacto con el equipo eléctrico del aparato, que estalló súbitamente. Una lluvia de trozos de metal retorcidos e incandescentes cayó sobre el campus. Los patrulleros se aplastaron contra el suelo, tratando de escapar a la granizada de metal ardiente.

Con el sonido de la muerte resonando todavía en sus oídos, Joe Bob Hickey echó a correr a lo largo de la zanja, penetró en el bosque y desapareció.

Había sido dicho antes, y volverá a decirse, aunque nunca de un modo tan simple y tan humano como lo dijo Thoreau: «Sirve mejor al Estado el que más se opone al Estado».

(Acetato de aluminio, un compuesto químico que, en la forma de su sal natural, Al (C2H3O2)3, obtenida como un polvo blanco, amorfo, soluble en el agua, es utilizada principalmente en medicina como astringente y como antiséptico. En la forma de su sal básica, obtenida como un polvo blanco, cristalino, insoluble en el agua, es utilizada principalmente en la industria textil como agente impermeable, como agente incombustible y como mordiente. Un mordiente puede ser varias cosas; las más importantes, una substancia adhesiva para pegar láminas de oro o de plata a una superficie, y un ácido u otra substancia corrosiva utilizada para grabar al aguafuerte).

Joe Bob Hickey como acetato de aluminio. Mordiente. Ácido atacando una superficie corroída.

La noche profunda le encontró sufriendo terriblemente, lejos de las ardientes ruinas de la Universidad. Tambaleándose debajo de los gargantuescos pilares del tren continental. Cayendo, levantándose, tropezando una y otra vez. Cayó de bruces sobre un lecho de grava y maleza. Unas manos se acercaron a él en la oscuridad y le volvieron boca arriba. Parpadeó una luz y una voz dijo: «Está sangrando», y otra voz, áspera y huraña, dijo: «Lleva una pistola», y una tercera voz dijo: «No le toquéis, vámonos de aquí», y la primera voz repitió: «Está sangrando», y la luz fue aplicada a la colilla de un cigarro antes de apagarse. Y luego volvió a reinar una profunda oscuridad.

Joe Bob perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, no tenía la menor idea del tiempo que había transcurrido. Luego abrió los ojos y vio las llamas de una pequeña fogata danzando delante de él. Se encontraba tendido junto a la base de un zumaque. Una mano surgió de entre la niebla que le rodeaba, y una voz que ya había oído antes dijo:

—Vamos. Tome un sorbo de esto.

Una botella de plástico con algo caliente fue alzada hasta sus labios, y otra mano que no pudo ver levantó su cabeza ligeramente, y Joe Bob bebió. Era una especie de caldo con sabor a grasa.

Pero le hizo sentirse mejor.

—He utilizado el alcohol que llevaba usted en el macuto. Está usted malherido, amigo. En la espalda. Sangraba mucho. Parece que la cosa va mejor. Gracias al alcohol.

Joe Bob volvió a quedarse dormido. Esta vez más tranquilo.

Más tarde, en una atmósfera más clara y más fresca, despertó de nuevo. La fogata estaba apagada. Pudo ver claramente lo que había que ver. Estaba amaneciendo. Pero, ¿cómo era posible… otro amanecer? ¿Había estado corriendo todo el día, eludiendo a los patrulleros que le perseguían? Evidentemente. Cuando amanecía, había estado agachando junto a la alambrada, haciendo estallar las cargas. Lo recordaba perfectamente. Y las explosiones. Y los patrulleros, y el helicóptero, y…

No quiso pensar en las cosas que caían del cielo, ardiendo, chisporroteando.

Un día entero y toda una noche corriendo. Y dolor. Un dolor terrible. Movió su cuerpo ligeramente, y notó el doloroso latido en la espalda. Un trozo del ardiente helicóptero le habría alcanzado mientras huía; pero había seguido corriendo. Y ahora estaba aquí, en alguna otra parte. ¿Dónde? La luz se filtraba hacia abajo a través de unos árboles inmóviles.

Miró a su alrededor en el claro. Formas cubiertas con mantas. Media docena. No, siete. Y la fogata un simple rescoldo, ahora. Permaneció tendido allí, incapaz de moverse, esperando que se hiciera de día.

El primero en levantarse fue un viejo con una sucia barba de tres días, quizá, y un huevo escalfado en el lugar de un ojo. Se acercó cojeando a Joe Bob —que había cerrado los ojos casi del todo— y le miró fijamente. Luego se agachó, alisó la arrugada manta y se dirigió a la apagada fogata.

Estaba encendiendo la lumbre para el desayuno cuando otros dos hombres se levantaron. Uno de ellos era muy alto, con un garfio en el lugar de una mano, y el otro era tan viejo como el que se había acercado a Joe Bob. Estaba desnudo en el interior de sus mantas, y no tenía un solo pelo en el cuerpo. Su piel era muy sonrosado y muy suave. Su aspecto resultaba incongruente: la cabeza de un viejo y el sonrosado cuerpo de un bebé.

De los otros cuatro, sólo uno era normal, sin ninguna tara. Al menos, eso creyó Joe Bob hasta que comprobó que el normal era incapaz de hablar. Los otros tres eran un jorobado con una cúpula de plástico en la espalda que emitía destellos luminosos y contenía unas franjas de colores que cambiaban de tonalidad con sus estados de ánimo; un negro con todo un lado de la cara quemado, lo cual le confería el aspecto de alguien que estuviera siempre con la mitad del cuerpo en la sombra; y una mujer que lo mismo podía tener cuarenta años que setenta, resultaba imposible decirlo, con unos aros de una pulgada de anchura en muñecas y tobillos, cuyas coyunturas parecían dobladas en direcciones contrarias a la normal.

Mientras Joe Bob les observaba subrepticiamente, se lavaron lo mejor que pudieron, utilizando agua de una bolsa de Lister, evitando el agua espumeante y burbujeante del nauseabundo arroyo que se arrastraba como una enorme babosa gris a través del claro. Luego, el viejo del ojo raro se acercó a él, se arrodilló a su lado y apretó la palma de su mano contra la mejilla de Joe Bob.

Joe Bob abrió los ojos.

—No tiene fiebre —dijo el anciano—. Buenos días.

—Gracias —dijo Joe Bob, tenía la boca seca.

—¿Qué me dice de una taza de buen café con achicoria? —inquirió el viejo, sonriendo.

Le faltaban varios dientes.

Joe Bob asintió con dificultad.

—¿Podría usted incorporarme un poco?

El viejo llamó:

—¡Walter! ¡Marty!

El hombre que no podía hablar se acercó a él, seguido del negro con la media cara de marfil. Cogieron a Joe Bob por debajo de los brazos, cuidadosamente, y lo ayudaron a incorporarse. La espalda le dolía terriblemente y todos los músculos de su cuerpo estaban rígidos de haber dormido sobre el frío suelo. El viejo tendió a Joe Bob una botella de plástico llena hasta la mitad de café.

—No tenemos leche ni azúcar. Lo siento —dijo.

Joe Bob dio las gracias con una sonrisa, bebió. Estaba muy caliente, pero era bueno. Lo sintió deslizarse en su interior, empapando sus vasos capilares.

—¿Dónde estoy? ¿Cómo se llama este lugar?

—Nevada —dijo la mujer, acercándose.

Llevaba un mono con las perneras cortadas a la altura de las pantorrillas.

—¿En qué lugar de Nevada? —preguntó Joe Bob.

—¡Oh! A unas diez millas de Tonopah.

—Gracias por ayudarme.

—Yo no tengo nada que ver con ello. Si mi opinión sirviera de algo, nos habríamos marchado ya. La proximidad del tren me pone nerviosa.

—¿Por qué? —inquirió Joe Bob.

Alzó la mirada; el tren aéreo, la menos impresionante de todas las arcologías de Paolo Sicori, e incluso así asombrosa, se alargaba hasta el horizonte sobre los brazos en forma de ala de unos pilones que se alzaban un octavo de milla por encima de ellos.

—Los toros de la compañía, por eso. Van por todas partes, en busca de saboteadores. No me gusta la idea de que piensen que nosotros pertenecemos a esa ralea.

Joe Bob apretó los puños con rabia. Lo peor que se podía ser era antipatriota. Raptar a un niño, asesinar a siete mujeres, volarle la tapa de los sesos a un viejo tendero, era aceptable. Lo que no podía tolerarse era la antipatria. En este último caso, incluso los peores criminales estaban dispuestos a tomarse la justicia por su mano. Joe Bob pensó en Greg, que había sido herido de muerte en una celda de San Quintín por un asesino que había rociado de balas a una multitud de indefensos ciudadanos cuando trataba de escapar después de un atraco frustrado. El asesino había destrozado la cabeza de Greg con un taburete de tres patas de su celda. Quienquiera que fuesen esas personas, no tenían nada en común con lo que era él.

—¿Toros? —inquirió Joe Bob.

—¿De dónde sale usted, muchacho? —preguntó el hombre increíblemente alto con el garfio en el lugar de una mano—. Toros. Soldados. El Hombre.

El viejo soltó una risita y palmeó la pierna del alto.

—Paul, ese chico es demasiado joven para conocer esas palabras. Así les llamábamos nosotros. Ahora les llaman…

Joe Bob se introdujo en la vacilación.

—¿Varks?

—Sí, varks. ¿Sabe usted de dónde procede el nombre?

Joe Bob sacudió la cabeza.

El viejo se sentó en el suelo y empezó a hablar, como si estuviera hablándoles a unos chiquillos en torno a un hogar; los otros se sentaron también y escucharon.

—Procede del nombre de un animal de África del Sur, el cerdo común. Los colonos holandeses lo llamaban aardvark. Se limitaron a prescindir de la primera sílaba, ¿comprende?

Siguió hablando, contando historias de la época en que era joven, de cosas que habían sucedido, de su país cuando era más sano. Y Joe Bob escuchó. Y se reafirmó en su anterior conclusión: aquellos hombres no tenían nada en común con lo que era él. Pero supo otra cosa: no eran mejores que él.

—¿Juega usted al Monopole? —preguntó el viejo.

El jorobado fue en busca de una caja de cartón que había sido reparada muchas veces. Y le enseñaron a Joe Bob a jugar al Monopole, perdió rápidamente; reunir fincas le pareció un modo absurdo de perder el tiempo. Trató de hablarles de lo que estaba ocurriendo en América, de la abolición del Trust del Pentágono, de la abolición del Tribunal Supremo, de la computadora central de Denver, en cuyos bancos se almacenaban la identidad y el historial de todo el mundo, a fin de poder detener inmediatamente a cualquier ciudadano, en caso necesario. Acerca de todo ello. Pero ya lo sabían. Y opinaban que no era malo. Opinaban que servía para evitar que los saboteadores se salieran con la suya, a fin de que el país pudiera ser tan bueno como siempre había sido.

—Tengo que marcharme —dijo Joe Bob finalmente—. Gracias por su ayuda.

Era un empate: odio contra gratitud.

Ellos no le pidieron que se quedase. Y él no había esperado que lo hiciesen.

Ascendió por la ladera de grava; se detuvo debajo de la ancha sombra del tren aéreo que discurría de costa a costa, desde el Golfo hasta los Grandes Lagos, y alzó la mirada. Parecía libre. Pero él sabía que estaba anclado a la tierra, a mucha profundidad, a cada décima parte de una milla. Sólo parecía libre, porque Soler lo había soñado de aquel modo. El arte no era realidad, sino únicamente la apariencia de realidad.

Echó a andar hacia el este. No tenía ningún lugar adonde ir, de modo que podía ir a cualquier parte.

Hasta que restallara el trueno.

El claustro de profesores, en la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo, era algo reglamentado. Reglamentado por varks, soldados, patrulleros y (añadió Joe Bob, mirando hacia abajo desde un tejado) toros. Las aulas estaban divididas en una serie de departamentos individuales con paredes de plástico transparente. Esto permitía ver claramente las pantallas en las cuales el Presidente Controlador daba sus instrucciones, y evitaba dificultades a los domadores si se producían disturbios. (Circulaban rumores de inquietud, e incluso una protesta hectografiada en una cuartilla que había sido pegada a los tableros de noticias del campus.)

Joe Bob miró a su alrededor con los gemelos. Estaba controlando a los centinelas.

La categoría de las facultades venía señalada por el tamaño, modelo y armamento de los centinelas-robots que revoloteaban, zumbando suavemente, inmediatamente encima de cada administrador y profesor. Joe Bob trataba de localizar un modelo Dictógrafo 2013, provisto de pulverizadores de gases. El último modelo… Presidente Controlador.

El modelo más reciente entre la multitud allí reunida era un 2007. Lo cual significaba que eran todos profesores adjuntos o guías-preceptores.

Y significaba que estaban dirigiendo los ejercicios de principio de curso desde el estudio del Edificio de Propaganda.

Joe Bob se deslizó a través del tejado hacia la torre de vigilancia. El centinela seguía durmiendo, envuelto en spinex. Joe Bob le contempló unos instantes. Le encontrarían y le rociarían con disolvente. Joe Bob había dejado al descubierto la nariz del centinela, para que pudiera respirar.

¡Asesino!

Cállate.

Comando efectivo.

¡Te he dicho que te calles de una vez!

Se deslizó dentro del uniforme de una sola pieza del centinela, alisó los brazos hasta las muñecas, lo estiró para acomodarlo a sus anchos hombros. Luego, cargado con su inseparable macuto, descendió por la escalera de caracol. No había guardianes a la vista en el edificio. Todos estaban en el recinto exterior, reforzando allí la vigilancia, como correspondía a la fecha: día de inauguración del curso.

Continuó bajando hasta llegar al sistema de calefacción central. Era junio. Hacía mucho calor. Los hornos habían sido apagados, y los acondicionadores habían empezado a funcionar. Encontró el esquema de los conductos y marcó el camino hasta el estudio con su dedo índice. A continuación abrió una verja y trepó por el sistema. Una ascensión vertical y prolongada a través del conducto general.

Trepando…

20 recuerdas la norma que se convirtió en ley, de que en las clases no podía discutirse nada que no correspondiera directamente a la materia que era enseñada aquel día 19 y recuerdas aquella clase de arte moderno en la cual empezaste a formular preguntas acerca de las aplicaciones del arte superior como vehículo para el disentimiento y la resolución 18 y cómo empezaste a interrogar al profesor acerca del Guernica de Picasso y de lo que le había impulsado a pintarlo como una declaración acerca de los horrores de la guerra 17 y cómo el profesor había olvidado la norma y había vuelto a contar la historia del fresco del Centro Rockefeller de Diego Rivera que había sido encargado por Nelson Rockefeller 16 y cómo, cuando el fresco estaba terminado, Rivera había pintado un Lenin muy visible, y Rockefeller exigió que pintara otra cara encima, y Rivera se había negado 15 y cómo Rockefeller había hecho destruir el fresco 14 y al cabo de diez minutos el Controlador había hecho detener al profesor 13 y recuerdas el día en que el Trust del Pentágono aportó el dinero para construir el nuevo estadio a cambio de que el departamento de Teoría de Juegos se convirtiera en Tácticas y rebautizaron el edificio como Neumann Hall 12 y recuerdas cuando te matriculaste y te hicieron firmar el juramento de lealtad para estudiantes 11 y la tarde en que se presentaron de improviso en el sótano 10 y te sorprendieron con Greg, Terry y Katherine 9 y llenaron el sótano de gas para que no pudiera escapar nadie 8 y mataron a Terry disparándole un tiro en la boca y Katherine 7 y Katherine 6 y Katherine 5 y ella murió doblada como un chiquillo sobre el sofá 4 y luego dispararon desde dentro a través de la puerta para hacer ver que se había disparado contra ellos 3 y Greg y tú quedasteis bajo custodia y la bota y las esposas 2 y tú escapaste y echaste a correr 1.

Trepando…

Mirando a través de los intersticios de la verja. El estudio. La cosa no resultaría fácil. Cámaras, focos… Allí estaban: gordos, poderosos y felices. Los centinelas-robots girando girando por encima de sus hombros en el aire girando y girando.

Ahora sabremos lo duro que eres a la hora de la verdad.

¡No empieces conmigo!

Ahora tendrás que matar realmente a alguien.

Sé lo que tengo que hacer.

Vamos a ver cómo haces encajar tus pretensiones de paz con el acto de asesinar a alguien…

¡Cállate!

…a sangre fría. ¿No es así cómo lo llaman?

Puedo hacerlo.

Desde luego que puedes. Me pones enfermo.

Puedo: puedo hacerlo. Tengo que hacerlo.

Adelante, pues.

El estudio estaba atestado de oficiales administrativos, de técnicos, de guardianes y soldados, de personal militar de todas las categorías. Y en los calabozos del campus, setenta pies debajo de la Armería, once estudiantes agachados en el interior de jaulas de máxima seguridad: construidas de modo que un hombre no pudiera estar de pie, ni sentado: únicamente agachado, con la espina dorsal encorvada día y noche.

Con los centinelas-robots vigilando, girando y observando, prestos a disparar, resultaba imposible apoderarse del Presidente Controlador. Pero existía un medio para confundir a los centinelas-robots. Wendell lo había descubierto en Dartmouth, aunque el descubrirlo le costó la vida. Pero existía un medio.

Si un hombre muere por ti. Un vark. Si muere un vark. Ellos mueren igualmente.

Joe Bob ignoró la conversación. No conducía a ninguna parte. Empuñando la pistola, se tendió boca abajo, pensando en lo que iba a pasar dentro de unos segundos, en el momento en que se iluminara la pantalla. Dispararía contra el guardián que estaba de pie al lado del cameraman. El guardián caería y los centinelas-robots, alertados, empezarían a explorar; en aquel momento, dispararía contra uno de ellos. Cortocircuitado, sus rociadores de gases entrarían en acción, desconcertando a sus compañeros, que empezarían a dispararse entre ellos. En la confusión que seguiría, Joe Bob derribaría la verja de un puntapié, se dejaría caer en el estudio y capturaría al Controlador. Si tenía suerte. Con un poco más de suerte, le sacaría de allí. Y con un poco más, le utilizaría como rehén a cambio de los once estudiantes.

¡Suerte! Morirás.

Claro que moriré. Ellos morirán, yo moriré. De todos modos, estoy cansado.

Palabras, tus hermosas y nobles palabras…

Recordó todas las cosas que había dicho a través del megáfono. Ahora parecían muy lejanas. Había llegado el momento final. Su dedo índice se tensó contra el gatillo.

La luz se hizo más intensa.

No podía ver el estudio. El resplandor de la luz dorada lo hacía todo borroso. Joe Bob parpadeó, sacudió la cabeza y comprobó que la luz dorada estaba allí con él, dentro del conducto, rodeándole, calentándole, brillando y creciendo. Trató de respirar y descubrió que no podía hacerlo. La presión se concentró en su cabeza, haciendo latir sus sienes. Pensó, fugazmente, que había sido localizado y que esto era un nuevo tipo de gas, o un rayo calorífero, o algo nuevo de lo que no tenía noticia. Luego, todo se empañó en un estallido de luminosidad dorada más luminosa que cualquier claridad de las que había visto hasta entonces. Incluso cuando era un chiquillo y se tendía en el campo sobre la hierba, contemplando el sol con los ojos abiertos para comprobar cuánto tiempo podía resistir sin cerrarlos. Más brillante que aquello.

¿Quién soy y a dónde voy?

Quién era: incontables billones de átomos, desintegrados y remolineando en un túnel dorado, taladrado en un espacio color de azafrán y un tiempo color ocre.

Adónde iba:

Joe Bob Hickey despertó, y la primera sensación de las muchas que descendieron en cascada sobre él fue la de balanceo. En el aire, quizás en el agua, columpiándose, atrás y adelante, con un movimiento pendular que le inspiraba náuseas. Una luz dorada se filtraba a través de sus párpados cerrados. Y sonidos. Sonidos musicales que parecían interrumpirse antes de que los hubiera oído plenamente hasta el último y vibrante trémolo. Abrió los ojos y estaba tendido de espaldas sobre una superficie blanda que se adaptaba a la forma de su cuerpo. Volvió la cabeza y vio el macuto y el megáfono en el suelo, cerca de él. La pistola había desaparecido. Luego echó la cabeza hacia atrás y miró a lo alto. Había visto barrotes. Barrotes dorados extendiéndose en arcos por encima de su cabeza. Un efecto de catedral, encima de él.

Lentamente, se incorporó sobre sus rodillas, invadido por oleadas de náuseas. Había barrotes.

Se puso en pie y notó más claramente el balanceo. Avanzó un par de pasos y se encontró en el borde de la superficie blanda. Incrustada en el suelo, era una superficie gris, una enorme forma circular. Salió de ella, para posar los pies sobre el sólido suelo de la… de la jaula.

Era una jaula.

Anduvo hasta los barrotes y miró más allá.

Cincuenta pies debajo había una calle. Una calle dorada sobre la cual se movían unos seres con los cuerpos en forma de grandes bulbos, azotando a unos humanos color azul pervinca más pequeños, para que tirasen de las sillas de mano sobre las cuales viajaban los dorados seres bulbosos. Se quedó mirando largo rato.

Luego, Joe Bob Hickey regresó al colchón circular y se tumbó. Cerró los ojos y trató de dormir.

En los días que siguieron, fue bien alimentado, y se enteró de que el tiempo metereológico era controlado. Si llovía, una burbuja energética —no lo comprendía, pero era invisible— cubría su jaula. El calor no era nunca excesivo, ni refrescaba demasiado durante la noche. Le quitaron las ropas y se las devolvieron muy pronto… cambiadas. Después de aquello, siempre estaban flamantes y limpias.

Estaba en algún otro lugar. Le permitieron saber eso, al menos. Los dorados seres bulbosos eran la clase dirigente, y los humanos azules más pequeños eran sus obreros. Estaba en algún otro lugar.

Joe Bob Hickey contemplaba las calles desde su gran jaula oscilante, colgada a cincuenta pies de altura. En su jaula podía verlo todo. Podía ver a los dorados dirigentes bulbosos azotando a los desdichados criados azules, pero nunca vio el rostro de uno de los seres más pequeños, ya que sus ojos estaban vueltos permanentemente hacia sus pies.

No tenía la menor idea de por qué estaba aquí.

Y estaba seguro de que permanecería aquí para siempre.

Fuera lo que fuese lo que se proponían al arrancarle de su tiempo y lugar, no experimentaban la necesidad de comunicárselo. Era un objeto en una jaula, columpiándose libremente, encarcelado, colgando muy alto sobre una calle dorada.

No tardó en darse cuenta de que el lugar donde pasaría el resto de su vida estaba bañado en una intensa luz amarilla. Le empapó y le calentó, y poco después se quedó dormido. Al despertar, se sintió mejor de lo que se había sentido en muchos años. Los agudos dolores que regularmente le producía la herida de su espalda habían desaparecido. La herida había cicatrizado completamente. Aunque comía los raros y sencillos alimentos que encontraba en su jaula, nunca experimentaba la necesidad de orinar ni de vaciar sus intestinos. Vivía tranquilamente, sin esperar nada, porque no deseaba nada.

Levántate, por el amor de Dios. Mírate a ti mismo.

Estoy bien. Me siento cansado, déjame en paz.

Se puso en pie y se acercó a los barrotes. Abajo en la calle, la silla de mano de una dorada criatura bulbosa se había parado, casi directamente debajo de la jaula. Vio cómo el ser azul tropezaba y caía, y vio cómo el bulbo dorado le azotaba. Por primera vez, vio las cosas tal como las había visto antes de que le trajeran aquí. Se sintió lleno de rabia ante la injusticia; notó que la sangre latía violentamente en sus sienes; empezó a gritar. El ser dorado continuó azotando a su víctima. Joe Bob agarró el megáfono, lo puso a toda potencia y empezó a gritar, a maldecir, a amenazar al monstruo del látigo. El dorado ser bulboso alzó la mirada y sus numerosos ojos plateados se clavaron en Joe Bob Hickey.

¡Tirano! ¡Asesino!, gritó Joe Bob.

No pudo callarse. Gritó todas las cosas que había gritado durante años enteros. Y el ser bulboso dejó de azotar al pequeño ser azul, el cual se incorporó lentamente y tiró de nuevo de la silla de manos. Cuando habían recorrido un trecho, el ser bulboso se inclinó hacia adelante y descargó de nuevo su látigo, una y otra vez, sobre las espaldas del pequeño ser azul.

«¡Sublevaos contra la injusticia! ¡Luchad por la libertad!»

Gritó durante todo el día. El megáfono proyectó su voz contra los muros de los dorados edificios desprovistos de ventanas.

«¡Arrancad los látigos de sus manos! ¿Es esto lo que merecéis? ¡Aún estáis a tiempo! ¡No estáis solos! Somos un gran movimiento de resistencia organizada…» No te escuchan.

Me oyen.

Les tiene sin cuidado.

Te equivocas. ¡Mira! ¿Ves?

Efectivamente. Abajo en la calle, cuando los sonidos de su voz alcanzaban las sillas de manos, los dorados seres bulbosos empezaban a gemir dolorosamente y se golpeaban a sí mismos con los látigos… y las sillas de manos reanudaban su avance… y los seres bulbosos azotaban a sus criados azules fuera de la vista.

Delante de él, gemían y se azotaban a sí mismos, tratando de expiar su crueldad. Fuera de su vista, reasumían sus vidas.

Joe Bob no tardó mucho en comprender.

Soy su conciencia.

Eres lo último que podían encontrar, y te han colgado aquí para que les pongas en la picota, y ellos se golpean el pecho y gimen mea culpa, mea máxima culpa, y se castigan a sí mismos; luego siguen portándose como antes.

Ineficaz.

Payaso, soy un payaso.

Pero ellos habían elegido bien. Joe Bob Hickey no podía hacer otra cosa.

Siempre había sido una voz silenciosa, gritando palabras que necesitaban ser gritadas, pero nunca oídas, y seguía siendo una voz silenciosa. Día tras día, se paraban debajo de él y gemían su culpabilidad; y, después de hacerlo, podían marcharse tranquilamente.

¿Conoces el efecto que ha causado sobre ti la intensa luz amarilla?

Sí.

¿Sabes hasta cuándo vivirás, hasta cuándo les dirás lo inmundos que son, hasta cuándo te columpiarás en esta jaula?

Sí.

Y continúas haciéndolo.

Sí.

¿Por qué? ¿Te gusta ser insubstancial?

No soy insubstancial.

¿No? Antes dijiste que sí. ¿Por qué?

Porque si lo hago para siempre, tal vez al final de para siempre me permitan morir.

(El Gonolek rostrinegro es el más rapaz de los pájaros africanos. Ornitológicamente, ocupa la misma posición entre los paserinos que los halcones y las lechuzas entre los nopaserinos. Debido a que empalan a sus presas en espinos, se han ganado el sobrenombre de «pájaro carnicero». Al igual que la mayoría de animales de presa, el Gonolek mata a menudo más presas de las que puede comer, y cuando se presenta la oportunidad parece matar por el simple placer de matar).

Todo era luz dorada y conciencia.

(No es infrecuente encontrar un espino adornado con una docena o más de saltamontes, cigarras, ratones o pajaritos. Se ha puesto en tela de juicio que el Gonolek establezca tales despensas en épocas de abundancia en previsión de una futura carestía. Lo más probable es que el Gonolek deje pudrir aquellas provisiones).

Joe Bob Hickey, presa de su mundo, empalado en un espino de luz por el Gonolek, y hermano del propio Gonolek. (La mayoría de pájaros de presa tienen unas voces canoras y melodiosas, y revelan su presencia por medio de llamadas características).

Joe Bob Hickey se volvió hacia la calle, acercó el megáfono a sus labios y, solo como siempre, gritó: «Jefferson dijo…» desde la dorada calle llegaron los sonidos de un gemir de insectos.

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