Buenas noticias del Vaticano – Robert Silverberg

 

Esta es la mañana que todos estuvimos esperando: por fin el cardenal robot va a ser elegido Papa. Ya no caben más dudas acerca del resultado. Hace varios días que el cónclave está estancado debido a la puja entre los obstinados partidarios del cardenal Asciuga deMilán y los del cardenal Carciofo de Génova, y se está difundiendo el rumor de que se busca un candidato de transición. En este momento todas las facciones coinciden en propiciar la candidatura del robot. Estamañana leí en elOsservatore Romano que la mismísima computadora del Vaticano intervino en las deliberaciones, apoyando en todo momento y fervorosamente la candidatura del robot. Supongo que no es de sorprender esta lealtad entre máquinas. Tampoco es un motivo para que nos desmoralicemos. Decididamente, no debemos desmoralizarnos.
—Cada época tiene el Papa que se merece —observó un poco sombríamente el obispo FitzPatrick durante el desayuno—. ¿Quién puede dudar de que el Papa más adecuado para nuestros tiempos es un robot? En algún futuro nomuy lejano puede llegar a ser deseable que el Papa sea una ballena, un automóvil, un gato o una montaña.
El obispo FitzPatrick tiene una estatura que sobrepasa holgadamente los dos metros y la expresión habitual de su rostro es mórbida y apesadumbrada. De modo que resulta imposible determinar si ciertas cosas que dice reflejan angustia existencial o plácida aceptación. Muchos años atrás fue la estrella entre los jugadores del equipo de básquet de la cofradía de la Santa Cruz. Ahora está en Roma para investigar la biografía de San Marcelo el Justo.
Estuvimos observando el desarrollo del drama de la elección papal desde la
terraza de un café a varias cuadras de la Plaza de San Pedro. Ninguno de nosotros esperaba que las vacaciones nos redituaran un espectáculo como éste: el Papa anterior tenía fama de gozar de buena salud y no había razón para sospechar que hubiera que elegirle un sucesor en el curso del verano.
Todas las mañanas llegamos en taxi desde nuestro hotel en Vía Véneto y nos instalamos en nuestros lugares habituales alrededor de «nuestra» mesa. Desde donde estamos ubicados vemos con claridad la chimenea del Vaticano, por donde sale el humo que echan las papeletas al arder: humo negro si no se eligió Papa, blanco si el cónclave tuvo éxito. Luigi, propietario y maitre del local, nos trae automáticamente nuestras bebidas preferidas: Fernet Branca para el obispo FitzPatrick, Campari con soda para el rabino Mueller, café a la turca para la señorita Harshaw, jugo de limón para Kenneth y Beverly y pernod con hielo para mí. Nos turnamos para pagar la adición, aunque hay que decir que Kenneth no pagó ni una sola vez desde que empezó nuestra vigilia. Ayer le tocó a la señorita Harshaw, y en el momento de pagar vació el monedero y se encontró con que le faltaban 350 liras; no tenía ni un peso más, sólo un cheque de viajero. Los demás miramos a Kenneth intencionadamente pero él siguió bebiendo con toda tranquilidad su jugo de limón. Después de un instante de tensión el rabino Mueller sacó una moneda de 500 liras y con un gesto bastante violento arrojó la pesada pieza de plata sobre la mesa. El rabino es famoso por sus pocas pulgas y su vehemencia. Tiene veintiocho años, suele andar vestido con una elegante casaca escocesa y anteojos de sol plateados, y a menudo se jacta de no haber celebrado ninguna bar mitzvah para su congregación, que está en el condado de Wicomico, en Maryland. Considera que es un rito vulgar y obsoleto, e indefectiblemente contrata para todas sus bar mitzvahs a una organización de clérigos ambulantes que tienen la concesión y se ocupan de esos asuntos a cambio de una comisión. El rabino Mueller es una autoridad en ángeles.
Nuestro grupo tiene opiniones divididas en cuanto a las bondades de la elección de un robot como nuevo Papa. El obispo FitzPatrick, el rabino Mueller y yo apoyamos la idea. La señorita Harshaw, Kenneth y Beverly se oponen. Es interesante puntualizar que nuestros dos caballeros con hábito religioso, uno ya mayor y el otro muy joven, dan su aprobación a este desvío de la tradición, en tanto que nuestros tres contestatarios se oponen.
No estoy seguro de por qué me alineo junto a los progresistas. Soy un hombre de edadmadura y de conducta bastantemoderada. Y jamásme preocupó por los asuntos de la Iglesia Romana. No estoy familiarizado con el dogma católico ni estoy al tanto de las nuevas corrientes del pensamiento eclesiástico.
Sin embargo, estoy deseando que elijan al robot desde que comenzó el cónclave.
Me pregunto por qué. ¿Acaso porque la imagen de una criatura de metal en
el trono de San Pedro estimula mi imaginación y gratifica mi gusto por lo incongruente? En otras palabras ¿es una cuestión puramente estética mi apoyo al robot? ¿O es más bien el resultado de mi cobardía moral? ¿Acaso tengo la secreta esperanza de que este gesto nos libre de los robots? ¿Acaso me digo para mis adentros: «Denles el Papado y tal vez no pidan otras cosas por algún tiempo»?
No. No puedo creer algo tan indigno de mí mismo. Es posible que esté en favor del robot porque soy una persona de una sensibilidad poco común frente a las necesidades de los demás.
—De ser elegido —dice el rabino Mueller— ya tiene planeado un acuerdo inmediato con el Dalai Lama, y una conexión recíproca con la programadora principal de la Iglesia Ortodoxa Griega. Y eso es sólo el comienzo. Según dicen, también habrá una apertura ecuménica hacia el rabinato, algo realmente deseable para todos.
—No me cabe duda que habrá muchos cambios en las costumbres y las prácticas de la jerarquía eclesiásticas —declara el obispo FitzPatrick—. Se supone que se introducirán mejoras en las técnicas para recoger información, dado que la computadora del Vaticano va a desempeñar un papel fundamental en las operaciones de la Curia. Fíjense, por ejemplo, lo que sucede con…
—La sola idea me resulta repugnante —dice Kenneth. Es un hombre joven, llamativo, de cabello blanco y ojos rosados. Beverly es su hermana o su esposa, rara vez habla. Kenneth hace la señal de la cruz con una brusquedad grosera y murmura:
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Autómata Santo.
La señorita Harshaw se ríe pero se detiene cuando ve mi cara de desaprobación.
Abatido pero haciendo caso omiso de la interrupción, el obispo FitzPatrick continúa.
—Fíjense, por ejemplo, en lo que sucede con estas cifras que obtuve ayer por la tarde. Leí en el periódico Oggi que, de acuerdo con un vocero de las Missiones Catholicae, el número de los miembros yugoslavos de la Iglesia habían pasado de 19.381.403 a 23.501.062 en los últimos cinco años. Pero resulta que el último censo oficial, el del año pasado, arroja un total de población de 23.575.194 habitantes para toda Yugoslavia. Eso dejaría un resto de sólo 74.132 para yugoslavos pertenecientes a otras religiones o a ninguna. Como estoy al tanto de que hay una importante población musulmana en Yugoslavia, sospeché que había algún error en las estadísticas publicadas y consulté con la computadora de San Pedro, que me informó… —el obispo hace una pausa y saca una larga hoja impresa que despliega sobre la mesa, cubriéndola casi por entero—… que el último censo de fieles yugoslavos realizado un año y medio atrás, arroja un total de 14.206.198 católicos. Es decir que se incurrió en una exageración de 9.294.864. Lo cual es absurdo. Y además se difundió el error, lo que ya es condenable.
—¿Cómo es él? —pregunta la señorita Harshaw—. ¿Alguien tiene idea?
—Es como todos los demás —dice Kenneth—. Una reluciente caja metálica con ruedas abajo y ojos arriba.
—Usted no lo ha visto, —interrumpió el obispo FitzPatrick— y no creo que
tenga derecho a suponer que…
—Son todos iguales —dice Kenneth—. Una vez que se vio uno se los vio todos. Cajas relucientes, Ruedas. Ojos. Y voces que salen de sus estómagos como eructos mecánicos. Por dentro son puras ruedas dentadas y engranajes. —Kenneth se estremece suavemente—. Es demasiado para que yo pueda aceptarlo. ¿Qué les parece si pedimos otra vuelta?
—En cambio da la casualidad que yo lo vi con mis propios ojos —dice el
rabino Mueller.
—¿Usted lo vio realmente? —salta Beverly.
Kenneth hace una mueca de disgusto. Luigi se aproxima trayendo una bandeja con más tragos para todos. Le alcanzo un billete de cinco mil liras. El rabino Mueller se saca los anteojos de sol y empaña con el aliento las pulidas superficies espejadas. Tiene ojos pequeños, de un gris acuoso, y un marcado estrabismo.
—El cardenal fue el orador principal en el Congreso Mundial del Judaísmo que se celebró el otoño pasado en Beirut. Su tema fue «Ecumenismo cibernético para el hombre contemporáneo». Yo estuve allí. Puedo asegurarles que Su Eminencia es alto y distinguido, que tiene una hermosa voz y una sonrisa amable. Hay una melancolía natural en su expresión, que me recuerda mucho a nuestro amigo el obispo, aquí presente. Sus movimientos son armoniosos y su ingenio agudo.
—Pero está montado sobre ruedas ¿no es cierto? —insiste Kenneth.
—Sobre cadenas —corrige el rabino, echándole a Kenneth una mirada fulminante y terrible y concentrándose nuevamente en sus anteojos de sol—. Cadenas, como las de un tractor. Pero no creo que, desde un punto de vista espiritual, las cadenas sean Inferiores a los pies o a las ruedas, que para el caso da lo mismo. Si yo fuera católico me enorgullecería de tener a semejante hombre como Papa.
—No es un hombre —interviene la señorita Harshaw. Su voz tiene un dejo
de frivolidad siempre que se dirige al rabino Mueller—. Es un robot, no un
hombre ¿recuerda?
—Semejante robot como Papa, entonces —dice el rabino Mueller, encogiéndose de hombros ante la corrección. Levanta su vaso—. ¡Por el nuevo Papa!
—¡Por el nuevo Papa! —exclama el obispo FitzPatrick.
Luigi sale corriendo del local. Kenneth le indica con la mano que no hace falta que venga.
—Un momento —dice Kenneth—. La elección todavía no terminó. ¿Cómo pueden estar tan seguros del resultado?
—El Osservatore Romano —le digo—señala en la edición de esta mañana que ya está todo resuelto. El Cardenal Carciofo consintió en retirar su candidatura y darle su apoyo al robot a cambio de unamayor asignación de tiempo real cuando se sancionen las nuevas horas de computación en el consistorio del año próximo.
—En otras palabras, ya está todo cocinado —dice Kenneth.
El obispo FitzPatrick sacude tristemente la cabeza:
—Planteas las cosas en forma demasiado áspera, hijomío. Hace tres semanas que estamos huérfanos de un Santo Padre. Es la Voluntad de Dios que tengamos un Papa; el cónclave, incapaz de elegir entre las candidaturas del cardenal Carciofo y el cardenal Asciuga, pone obstáculos a esa Voluntad; es necesario, pues, hacer ciertas concesiones a las realidades de los tiempos para que no siga frustrándose Su Voluntad. Prolongar la politiquería del cónclave se convierte en algo pecaminoso en estos momentos. El cardenal Carciofo sacrifica sus ambiciones personales, pero no en un acto egoísta como pareces sugerir.
Kenneth sigue atacando los móviles del pobre Carciofo para retirar su candidatura. Beverly aplaude de vez en cuando sus crueles humoradas. La señorita Harshaw reitera una y otra vez su decisión de no seguir siendo miembro activo de una Iglesia cuyo jefe sea una máquina. Yo encuentro la discusión desagradable y aparto mi silla de la mesa para poder ver mejor el Vaticano. En este momento los cardenales están reunidos en la Capilla Sixtina. ¡Cómo me gustaría estar allí! ¡Qué espléndidos misterios estarán celebrándose en esa sala magnífica y sombría! En este momento los príncipes de la Iglesia están sentados, cada uno en un pequeño trono cubierto por un dosel color violeta. Sobre los escritorios que hay frente a los tronos brillan gruesos cirios, Los maestros de ceremonias se desplazan solemnemente a través de la vasta habitación, llevando las vasijas de plata en las que reposan las papeletas vacías y que depositarán sobre la mesa que hay frente al altar. Uno a uno, los cardenales avanzan hacia la mesa, recogen la papeleta y vuelven a sus escritorios. Luego levantan sus lapiceras de pluma y comienzan a escribir: «Yo, el cardenal… elijo para Supremo Pontificado al Muy Reverendo Señor mi Señor el Cardenal…» ¿Qué nombre colocan? ¿El de Carciofo? ¿El de Asciuga? ¿El de algún oscuro ymarchito prelado de Madrid o de Heidelberg, la desesperada alternativa de último momento para la facción contraria a los robots? ¿O acaso están escribiendo el nombre de él? El sonido de las plumas que rasgan el papel resuena profundamente en la capilla. Los cardenales están completando sus votos, sellando las papeletas en los bordes, doblándolas, volviéndolas a doblar una y otra vez, llevándolas al altar, dejándolas caer en el gran cáliz de oro. Eso es lo que han venido haciendo todas las mañanas y todas las tardes, día tras día, mientras estuvo estancado el cónclave.
—Leí en el Herald Tribune hace un par de días —dice la señorita Harshaw—que una delegación de 250 jóvenes robots católicos de lowa está esperando en el aeropuerto de DesMoines las noticias de la elección. Tienen un charter listo para salir y, si llega a ganar su candidato, piensan viajar a Roma para pedir que el Santo Padre les acuerde la primera audiencia pública.
—No cabe la menor duda —asiente el obispo FitzPatrick—que esta elección atraerá a gran cantidad de gente de origen sintético al seno de la iglesia.
—Y alejará a mucha gente de carne y hueso —dice con acritud la señorita
Harshaw.
—Lo dudo —dice el obispo—. Claro que algunos de nosotros nos sentiremos perturbados, deprimidos, ofendidos, despojados, en un primer momento. Pero todo eso pasará. La natural bondad del nuevo Papa, a la que hizo alusión el rabino Mueller, terminará por imponerse. También creo que esta elección estimularía a los jóvenes de todo el mundo interesados en la tecnología a unirse a la Iglesia. En todas partes se despertarán impulsos religiosos irresistibles.
—¿Pueden ustedes imaginarse a 250 robots haciendo sonar sus pasos metálicos en el interior de San Pedro? —preguntó la señorita Harshaw.
Contemplo el Vaticano a lo lejos. La luzmatinal es brillante y enceguecedora, pero los cardenales reunidos en asamblea, separados del mundo por un muro, no pueden disfrutar de su alegre resplandor. Ya todos han votado. Los tres cardenales elegidos por sorteo como encargados del escrutinio de esta mañana están de pie. Uno de ellos levanta el cáliz y lo sacude, mezclando las papeletas. Luego lo ubica sobre la mesa que está frente al altar; otro saca las papeletas y las cuenta. Se asegura de que el número de votos sea igual al número de cardenales presentes. Las papeletas son transferidas a un ciborio, que es un copón usado de ordinario para guardar las hostias consagradas de la misa. El primero de los tres saca una papeleta, la despliega, lee lo que está escrito; la pasa al segundo, que también la lee; luego le es entregada al tercero que lee el nombre en voz alta. ¿Asciuga? ¿Carciofo? ¿Algún otro? ¿Él?
El rabino Mueller está discutiendo sobre ángeles:
—Y después tenemos los ángeles del Trono, conocidos en hebreo como orelim u ophanim. Hay setenta en total, y su virtud principal es la constancia.
»Entre ellos están los ángeles Orifiel, Oiphaniel, Zabkiel, Jophiel, Ambriel, Tychagar, Barael, Qelamia, Paschar, Boel y Raum. Algunos de éstos ya no están en el cielo y se encuentran entre los ángeles caídos en el Infierno.
—Supongo que debido a su constancia —se burla Kenneth.
—Luego, también están los Ángeles de la Presencia —prosigue el rabino—, que aparentemente fueron circuncidados en el momento de su creación. Son Miguel, Metatron, Suriel, Sandalphon, Uriel, Saraqael, Astanphaeus, Phanuel, Jehoel, Zagzagael, Yefefiah y Akatriel. Pero creo que mi favorito de todo el grupo es el Ángel del Deseo, que es mencionado en el Talmud, Bereshit Rabba 85, del siguiente modo: que cuando Judá estaba por pasar…
Ya habrán terminado de contar los votos, con toda seguridad. Una inmensa multitud está reunida en la Plaza de San Pedro. El sol brilla sobre cientos, tal vez miles, de cráneos forrados de acero. Este debe ser un día maravilloso para la población robot de Roma. Pero la mayoría de los que están en la plaza son criaturas de carne y hueso: viejas vestidas de negro, carteristas jóvenes y delgados, chicos con cachorros, rubicundos vendedores de salchicha y un conglomerado de poetas, filósofos, generales, legisladores, turistas y pescadores. ¿Cuál será el resultado del recuento? Dentro de poco lo sabremos. Si ningún candidato obtuvo la mayoría, mezclarán las papeletas con paja húmeda antes de arrojarlas en la estufa de la capilla, y de la chimenea saldrán volutas de humo negro. Pero si se ha elegido Papa, la paja estará seca y el humo será blanco.
El sistema tiene cálidas resonancias. Me gusta.
Me produce la satisfacción que suelen producir las obras de arte impecables: el acorde del Tristán, digamos, o los dientes de la rana en la Tentación de San Antonio del Busco. Espero el final con vehemente interés. Estoy seguro del resultado; ya empiezo a sentir que se despiertan en mí irresistibles impulsos religiosos, Aunque también experimento una extraña nostalgia por los días en que los papas eran de carne y hueso. Los periódicos de mañana no traerán entrevistas con la anciana madre del Santo Padre, que vive en Sicilia, ni con su orgulloso hermano menor, que vive en San Francisco. Y además, ¿volverá a celebrarse alguna vezmás estamagnífica ceremonia de elección? ¿Necesitaremos alguna vez otro Papa considerando que éste que tendremos dentro de poco puede ser reparado tan fácilmente?
¡Ah, humo blanco! ¡Llegó el momento de la verdad!
En el balcón central de la fachada de San Pedro emerge una figura, despliega un manto tramado en oro y desaparece. El resplandor de la luz contra el tejido ciega la vista. Me hace recordar acaso la luz de la luna que roza con su frío beso el mar de Castellamare o tal vez, más aún, el resplandor de mediodía que reverbero desde el seno del Caribe sobre la costa de San Juan.
Aparece en el balcón una segunda figura, vestida de armiño y púrpura.
—El cardenal archidiácono —susurra el obispo FitzPatrick.
La gente ya empezó a desmayarse. Luigi está de pie, junto a mí, siguiendo el desarrollo de los hechos en una radio portátil.
—Ya está todo cocinado —dice Kenneth.
El rabino Mueller le chista, ordenándole silencio.
La señorita Harshaw empieza a sollozar. Beverly recita quedamente el Padre Nuestro y se persigna. Es un momento maravilloso para mí. Tal vez el momento más auténticamente contemporáneo que me haya tocado vivir.
La voz amplificada del cardenal archidiácono grita:
—Les traigo el anuncio de una dicha infinita. Tenemos Papa.
¡El clamor nace y crece en intensidad a medida que el cardenal archidiácono le comunica al mundo que el Pontífice recién elegido es, efectivamente, ese renombrado cardenal, esa noble y distinguida persona, ese individuo melancólico y austero, cuya elevación al Trono Sagrado deseamos todos con tanta intensidad y desde hace tanto tiempo.
—Ha adoptado —dice el cardenal archidiácono— el nombre de…
El nombre se pierde en medio de los vítores. Me vuelvo hacia Luigi:
—¿Cómo? ¿Qué nombre?
—Sisto Settimo —me dice.
Así es, y ahí está él, el Papa Sixto Séptimo, como debemos llamarlo de ahora en adelante. Una figura diminuta, envuelta en las vestiduras papales de oro y plata, que extiende sus brazos a la multitud, y ¡sí! la luz del sol relumbra sobre sus mejillas y en su encumbrada frente hay un fulgor de acero bruñido. Luigi yaestá de rodillas. Yo me arrodillo a su lado. La señorita Harshaw, Beverly, Kenneth, el mismo rabino, todos se arrodillan. Porque éste es indiscutiblemente un acontecimiento milagroso. El Papa se asoma al balcón. Está por impartir la tradicional bendición apostólica a la ciudad y al mundo.
—Nuestra esperanza radica en el Nombre del Señor —declara solemnemente.
Acciona los reactores de levitación que hay debajo de sus brazos; aún desde
aquí puedo ver las dos columnitas de humo. Humo blanco otra vez. Empieza a elevarse en el aire.
—El que creó el Cielo y la Tierra —dice—. Que Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo os bendiga.
Su voz nos llegamajestuosa y arrolladora. Su sombra se extiende por encima de toda la plaza. Subemás ymás hasta perderse de vista. Kenneth palmea a Luigi:
—Sírvenos otra vuelta —dice, y pone en lamano del dueño del café un billete de los grandes.
El obispo FitzPatrick llora. El rabino Mueller se abraza con la señorita Harshaw. El nuevo Pontífice empezó su reinado bajo signos auspiciosos, según creo.

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