Vagabundeos pálidos – Christopher Priest

I

Durante los veranos de mi niñez, la mejor de todas las fiestas era nuestro picnic anual en el Parque del Canal Magnético, a unos setenta y cinco kilómetros de casa. Como mi padre era un hombre de hábitos rutinarios y para él ningún picnic sería digno de ese nombre sin el acompañamiento de una pieza de jamón asado frío, el primer indicio para nosotros, los niños, era siempre el momento en que la cocinera comenzaba con los preparativos. Yo me daba maña para escabullirme hasta el sótano todos los días a fin de contar los jamones que colgaban en el techo de unos ganchos de acero, y ni bien descubría que faltaba uno, corría a participar la noticia a mis hermanas. Al día siguiente la casa se llenaba del aroma suculento del jamón asado con especias, y nosotros, los niños, nos entreteníamos representando una charada intrincada: por dentro ardíamos de impaciencia ante la perspectiva de la aventura, pero al mismo tiempo nos conteníamos tratando de actuar con naturalidad, ya que el anuncio de Papá, durante el desayuno del día señalado, era parte fundamental de la fiesta.

Crecimos con el respeto y el temor a nuestro padre, que era un hombre reservado y estricto. Durante los meses de invierno, cuando el trabajo lo absorbía todavía más, casi no lo veíamos, y todo cuanto sabíamos de él eran las instrucciones que nos transmitía por medio de Mamá o del preceptor. En los meses de verano prefería en cambio mantenerse a distancia; sólo compartía con nosotros las comidas y se pasaba las noches encerrado en el estudio. Sin embargo, una vez por año mi padre se ablandaba, y ese solo hecho hubiera bastado para que las excursiones al Parque fuesen un motivo de alegría. Papá conocía la excitación con que nosotros esperábamos el paseo, y montaba todo un espectáculo, revelando un verdadero instinto de director o actor.

Algunas veces empezaba simulando que nos regañaba o castigaba por una fechoría imaginaria, o le hacía a Mamá una pregunta equívoca, como por ejemplo si no era ése el día de salida de la servidumbre, o se hacía el distraído; y mientras tanto nosotros nos estrujábamos las rodillas por debajo de la mesa, sabiendo lo que iba a venir. Entonces, por fin, pronunciaba las palabras mágicas «Parque del Canal Magnético», y nosotros, los niños, renunciábamos aliviados a nuestra charada; chillábamos de contento y corríamos a abrazar a Mamá; los criados se apresuraban a levantar la mesa del desayuno y se oía el ruido de los platos que se entrechocaban y del cestón de mimbre en la cocina… y al fin, al cabo de un rato la grava del camino de entrada crujía bajo los cascos y las ruedas con llantas de acero: el carruaje de alquiler llegaba para llevarnos a la estación.

II

Creo que mis padres iban al Parque desde el año en que se casaron, pero mi primer recuerdo preciso de un picnic se remonta al tiempo en que yo tenía siete años. Fuimos en familia año tras año hasta que tuve quince. Durante nueve veranos que aún puedo recordar el picnic fue el día más feliz del año, fundido en mi memoria en un día único, pues esos picnics eran todos muy parecidos, con tanto celo orquestaba Papá la fiesta. Y sin embargo, hubo un día que se distinguió de todos los otros a causa de un momento de malicia y desobediencia, y a partir de entonces aquellas jornadas estivales en el Parque del Fluido Magnético nunca volvieron a ser las mismas.

Sucedió cuando yo tenía diez años. El día había comenzado como cualquier otro día de picnic, y cuando llegó el taxi ya los criados se nos habían adelantado a reservar un compartimiento en el tren para nosotros. En el momento en que trepábamos al carruaje, la cocinera corrió hasta la puerta de la casa a saludarnos con la mano, y nos dio a los tres una zanahoria recién pelada para mordisquearla en el camino. Yo me metí la mía entera en la boca, distendiendo los carrillos, y chupándola y masticándola despacio, hasta reducirla a un bocado pulposo. Mientras traqueteábamos rumbo a la estación, noté que Papá me miraba de soslayo un par de veces, como si fuera a decirme que no hiciera tanto ruido con la boca… pero aquel era un día de descanso de todo, y no habló.

Mi madre, sentada frente a nosotros en el carruaje, aconsejaba como siempre a mis hermanas.

Salleen —mi hermana mayor—, tendrás que vigilar a Mykle. Ya sabes como es de travieso. —Yo, chupando mi zanahoria, le hice una morisqueta a Salleen, hinchando un carrillo con la zanahoria y bizqueando—. Y tú, Therese, te quedarás conmigo. Que ninguno de vosotros se acerque demasiado al Canal.

Las instrucciones de Mamá era prematuras; el viaje en tren tenía un interés secundario, pero estaba entre nosotros y el Parque.

Yo me divertí en el tren, oliendo el humo ennegrecido y observando la espiral de vapor que se rizaba más allá de la ventanilla del compartimiento como un blanco espectro que nos acompañaba, pero mis hermanas, sobre todo Salleen, no estaban acostumbradas al traqueteo y se marearon. Mientras Mamá atendía a las chicas y mandaba llamar a los criados que viajaban en un compartimiento de otro coche, Papá y yo nos quedamos solemnemente sentados, uno junto a otro. Cuando se llevaron a Salleen del compartimiento y Therese se calmó, yo empecé a moverme intranquilo en mi asiento, estirando el cuello para escudriñar el camino, buscando aquella primera y mágica aparición de la cinta plateada del Canal.

Papá, ¿qué puente vamos a cruzar esta vez? —Y—: ¿Podemos cruzar dos puentes hoy, como el año pasado?

Siempre la misma respuesta:

Lo decidiremos cuando lleguemos. Quédate quieto, Mykle.

Y así llegamos, tironeando de las manos de nuestros padres para que se dieran prisa, esperando ansiosos junto al portón a que pagaran las entradas. Luego la primera carrera barranca abajo por la hierba verde de los jardines del Parque, esquivando los árboles y saltando para tratar de ver el Canal, y en seguida los gritos de desencanto porque ya había allí demasiada gente, o aún no bastante. Papá nos miraba con una sonrisa radiante y encendía la pipa, sacudiéndose los faldones de la levita y metiendo los pulgares en el chaleco; luego echaba a andar al lado de Mamá, que lo había tomado del brazo. Mis hermanas y yo caminábamos o corríamos hacia el Canal, de acuerdo con la constitución física de cada uno, aunque aflojando el paso atemorizados cuando estábamos cerca. Mirando atrás, veíamos que Papá y Mamá nos hacían señas desde la sombra de los árboles, alertándonos sin necesidad contra los peligros posibles.

Como siempre, fuimos de prisa a los puestos de peaje, ya que los puentes del tiempo que atravesaban el Canal eran el verdadero motivo de la excursión. Una fila de gente esperaba en cada una de las casillas, avanzando con lentitud para pagar la entrada: familias como nosotros, con niños que brincaban de impaciencia, parejas jóvenes tomadas de la mano, hombres y mujeres solos que se echaban miradas especulativas. Contamos a las personas que esperaban en cada puesto, cotejamos rápidamente los resultados, y corrimos de vuelta a donde estaban nuestros padres.

¡Papá, sólo hay veintiséis personas en el Puente de Mañana!

¡No hay ni una sola en el Puente de Ayer! —Salleen exageraba como de costumbre.

¿Podemos cruzar a Mañana, Mamá?

Ya lo hicimos el año pasado. —Salleen, irritada aún por el percance del tren, me pateó débilmente—. ¡Mykle siempre quiere ir a Mañana!

No, no es verdad. ¡La cola para Ayer es más larga!

Mamá, conciliadora:

Lo decidiremos después de la merienda. A esa hora habrá menos gente.

Papá, observando a los criados que tendían el mantel bajo un cedro añoso y sombrío, dijo entonces:

Caminemos un rato, querida. Los niños pueden venir también.

Almorzaremos dentro de una hora, más o menos.

Nuestra segunda exploración del Parque, esta vez bajo la mirada atenta de Papá, fue más ordenada. Caminamos de nuevo hasta las cercanías del Canal, que ahora con nuestros padres allí parecía menos peligroso, y tomamos uno de los senderos que corrían junto a la orilla. Mirábamos con curiosidad a la gente que ya estaba del otro lado.

Papá, ¿están en Ayer o en Mañana?

No sé decirlo, Mykle. Podría ser cualquiera.

¡Están más cerca del Puente de Ayer, estúpido! —dijo Salleen, dándome un empujón.

¡Eso no quiere decir nada, estúpida! —Le di un codazo.

El sol se reflejaba en la superficie plateada del fluido (a veces le llamábamos agua, para desesperación de mi padre), que rutilaba y centelleaba como ondas de mercurio. Mamá no quiso mirarlo, dijo que el resplandor le lastimaba los ojos, ya que aquella presencia tenía siempre algo de pavoroso y nadie podía contemplarla demasiado tiempo. En los remansos, en esos tramos donde las engañosas corrientes invisibles permitían que la superficie se aquietara un momento, veíamos a veces las imágenes invertidas de los que estaban en la orilla opuesta.

Más tarde: Dejamos atrás los puestos de peaje, donde las filas de gente eran ahora más largas, y seguimos caminando por la orilla hacia el este.

Más tarde aún: Volvimos a la sombra y a los árboles, y nos sentamos tranquilos en la hierba mientras se servía el almuerzo. Mi padre trinchó el jamón con la precisión de un cocinero experto: un corte transversal hacia el hueso, otro horizontal a lo largo del hueso, y un criado retiró el trozo de carne en una fuente. Luego Papá, lento y minucioso, trinchó por debajo del corte, una loncha después de otra, cada una un poco más grande y redonda que la anterior.

Ni bien terminamos de almorzar nos encaminamos a las casillas de peaje, e hicimos la cola junto con los otros. A esa hora de la tarde siempre había menos gente esperando, algo que a nosotros nos sorprendía, pero que mis padres consideraban natural. Ese día habíamos elegido el Puente de Mañana; cualesquiera que fuesen nuestras preferencias, Papá siempre tenía la última palabra. Lo cual no impidió, sin embargo, que Salleen se enfurruñase, ni que yo la desafiase mostrando las alegrías de la victoria.

Aquel día en particular era la primera vez que yo iba al Parque con alguna idea clara acerca del Canal Magnético y de su verdadero propósito. A comienzos del verano el preceptor nos había enseñado los rudimentos de la física del espaciotiempo… aunque él no la llamaba así. A mis hermanas, el tema les había parecido tedioso (era cosa de muchachos, decían), pero a mí me fascinaba enterarme de cómo y por qué había sido construido el Canal.

Yo había crecido comprendiendo de algún modo que vivíamos en un mundo en el que nuestros antepasados habían inventado muchas cosas maravillosas que nosotros ya no utilizábamos ni necesitábamos. Esa comprensión, vislumbrada en mis conversaciones con los pocos niños que yo conocía, encerraba hazañas sorprendentes y milagrosas y era, como cabía esperar, extravagante e inexacta. Creía, por ejemplo, que el Canal Magnético había sido construido en unos pocos días, que los aviones de propulsión a chorro podían dar la vuelta al mundo en unos pocos minutos, y que las cosas, los automóviles y los trenes, podían ser fabricados en unos pocos segundos. La verdad, desde luego, era muy diferente, y las lecciones sobre la era científica y su historia siempre me interesaban.

En el caso del Canal Magnético, al cumplir los diez años supe que habían tardado en construirlo más de dos décadas y que había costado numerosas vidas humanas, poniendo a prueba los recursos y la inteligencia de muchos países.

Además, ya se sabía cómo y por qué funcionaba el Canal, aunque ya no lo usábamos para los fines a los que había sido destinado.

Vivíamos en la era de la astronáutica, pero en la época en que yo nací la humanidad había perdido hacía tiempo el deseo de viajar por el espacio.

El preceptor nos había mostrado una película en cámara lenta del lanzamiento de la nave que había volado hacia los astros; la superficie ondulante del Canal Magnético y la astronave que se movía en las profundidades como una enorme ballena que pretendiera navegar por una acequia; luego la giba del casco irrumpía en la superficie como una explosión de espuma centelleante y las olas que golpeaban las orillas del Canal desaparecían; y entonces, en el verdadero lanzamiento, la nave se elevaba hacia el cielo, dejando en el aire una larga estela de gotas resplandecientes.

Todo esto había ocurrido en menos de una décima de segundo; la onda expansiva habría matado a cualquiera que estuviese a menos de cuarenta kilómetros, y dicen que el fragor retumbó en todos los países de la Unión Neuropea. Sólo unas cámaras automáticas de alta velocidad registraron el lanzamiento, los hombres y mujeres que tripulaban la nave —con las funciones metabólicas paralizadas durante la mayor parte del vuelo— no hubieran sentido esa aceleración tan tremenda ni aunque hubiesen estado conscientes; el campo magnético distorsionaba el tiempo y el espacio, modificaba la naturaleza de la materia. La nave fue lanzada a una velocidad relativa tan elevada que cuando los técnicos regresaron al Canal Magnético ya estaba fuera del sistema solar. En la época en que yo nací, setenta años después, la nave estaría… ¿quién sabe dónde?

Debajo, turbulento y arremolinado de misterio temporal, el Canal Magnético se extendía atravesando ciento cincuenta kilómetros de tierra, una cinta de luz centelleante, deslumbradora, como una fisura en la corteza del mundo, un ojo abierto a otra dimensión.

No hubo más naves después de aquella primera que nunca regresó. Cuando las turbulencias del lanzamiento al fin se calmaron y el campo magnético ya no fue una amenaza para la seguridad de los hombres, habían construido en una parte de las orillas las estaciones que aprovechaban la electricidad. Pocos años después, cuando el campo magnético se estabilizó por completo, adornaron con jardines la región, convirtiéndola en el Parque, e instalaron los puentes del tiempo.

Uno de esos puentes atravesaba el Canal en un ángulo de noventa grados, y cruzarlo no era diferente a pasar un puente cualquiera sobre un río común.

Otro de los puentes estaba construido en un ángulo ligeramente obtuso, y cruzarlo equivalía a subir por la rampa temporal del campo magnético; cuando uno emergía del otro lado del Canal habían transcurrido veinticuatro horas.

La posición del tercer puente era en ángulo ligeramente agudo, y cruzar al otro lado era retroceder veinticuatro horas en el pasado. En la orilla opuesta del Canal Magnético estaban el Ayer, el Hoy y el Mañana, y uno podía pasearse a voluntad entre ellos.

III

Mientras esperábamos en la fila junto a la casilla de peaje, discutimos otra vez la decisión de Papá de cruzar a Mañana. La administración del Parque había puesto una pizarra sobre el mostrador de pago, describiendo las condiciones climáticas de la orilla opuesta. Había vientos, nubes bajas, chaparrones. Mi madre dijo que ella no quería mojarse; Salleen, mirándola de reojo, repitió en voz baja que ya habíamos ido a Mañana el año anterior. Yo callaba, mirando a través del Canal hacia la otra orilla.

(Allí el tiempo parecía igual que aquí; un cielo alto y claro, un sol radiante. Pero lo que yo alcanzaba a ver era Hoy: el Mañana de ayer, el Ayer de mañana, el Hoy de hoy.)

Detrás de nosotros la cola empezaba a menguar a medida que algunos, menos intrépidos, se encaminaban a los otros puentes. Yo estaba contento, porque el único que no me interesaba era el Puente de Hoy, pero, disfrutando de mi victoria fortuita, le susurré a Salleen que hacía buen tiempo en la orilla de Ayer. Ella, que no estaba de humor para perversidades sutiles, me pateó las piernas y nos peleamos como tontos mientras mi padre iba a la casilla.

Era un hombre importante; oí que el empleado le decía: —Pero no tendría que haber esperado, señor. Nos sentimos honrados por la visita de usted.

Soltó el retén del molinete, y pasamos uno tras otro.

Entramos en el pasadizo cubierto, un túnel largo y oscuro de madera y metal, iluminado a intervalos por débiles lámparas incandescentes. Me adelanté a la carrera, sintiendo en el cuerpo un hormigueo eléctrico familiar a medida que avanzaba por el campo magnético.

¡Mykle! ¡Quédate con nosotros! —Mi padre, que me llamaba desde atrás.

Acorté el paso, y me volví a esperar. Vi al resto de la familia que venía hacia mí, y los contornos de los cuerpos parecían como difusos; un efecto del campo. Cuando me alcanzaron, y llegaron así a la zona en que yo me encontraba, las figuras se definieron nítidamente una vez más.

Dejé que se adelantaran y seguí caminando detrás de ellos. Salleen, que iba a mi lado, me pateaba los tobillos.

¿Por qué me pateas?

¡Porque eres un cerdo!

No le hice caso. Allá adelante podíamos ver el final del pasadizo. Había oscurecido un poco después que empezáramos a cruzar el puente —anunciando el anochecer del día que dejábamos atrás—, pero ahora brillaba de nuevo la luz del sol, y yo veía el cielo azul pálido de la mañana y los contornos brumosos de los árboles. Me detuve un momento y observé las siluetas de mis padres y mis hermanas recortadas contra la luz. Therese iba de la mano de Mamá, pero Salleen, a quien yo adoraba en secreto, se pavoneaba orgullosamente detrás de Papá, afirmando su independencia. No sé si fue a causa de Salleen, o quizá de la luz matinal que brillaba en el extremo del túnel, lo cierto es que me quedé allí inmóvil, mientras el resto de la familia continuaba avanzando.

Moví las manos, observando cómo el campo magnético me borroneaba las puntas de los dedos, y luego me adelanté poco a poco. En aquel momento mi familia, oscurecida por el fluido magnético, era casi invisible. De pronto, me encontré solo en el campo magnético, y sentí cierto temor. Me apresuré. Vi que las figuras espectrales salían a la luz y se perdían de vista (Salleen se volvió para echarme una miraba furtiva), y apuré aún más el paso.

En el momento en que llegaba a la salida del pasadizo, el día había madurado y había una luz de media tarde; unas nubes bajas eran arrastradas por un viento constante. Cayó un chubasco pasajero y me resguardé en el puente, y miré buscando a mi familia. Estaban cerca, corriendo hacia uno de los pabellones que habían construido allí las autoridades del Parque. Observé el cielo y vi que no muy lejos había una ancha franja azul, y supe que el chaparrón duraría poco. No sentía frío y no me importaba mojarme, pero titubeé antes de salir a campo abierto. Por qué me quedé allí, no lo recuerdo ahora, pero siempre me había deleitado sentir el campo magnético y detenerme en el sitio donde termina el pasadizo cubierto y el puente continúa sobre una parte del Canal.

Me quedé allí junto al borde del puente y me asomé a mirar el fluido magnético. Observado directamente desde arriba, era como un agua transparente (aunque no se alcanzaba a ver el fondo), y sin ese brillo metálico ni ese aspecto azogado que parecía tener cuando se lo contemplaba desde la orilla. Había claros brillantes en la superficie, que refulgían cuando el fluido se agitaba, como si estuviera recubierto por una película de aceite.

Mis padres habían llegado al pabellón —de tejas y colores abigarrados que le daban una extraña apariencia bajo la lluvia melancólica— y se apretujaban con las dos niñas entre la gente que procuraba hacerles sitio; alcancé a ver el sombrero de copa negro de mi padre, bamboleándose detrás del gentío.

Salleen se había dado vuelta y me miraba, envidiando tal vez mi soledad, y le saqué la lengua. Me estaba dando importancia. Caminé hasta el borde del puente, donde ya no había barandilla, y me incliné precariamente sobre el fluido. El campo magnético hormigueó alrededor de mí. Vi que Salleen le tironeaba el brazo a Mamá, y que Papá avanzaba un paso hacia la lluvia. Me balanceé y salté hacia la orilla por encima del estrecho canal. Un rugido me trepidó en los oídos, me quedé ciego un instante, y la carga del campo magnético me envolvió como un capullo eléctrico.

Aterricé de pie en la orilla fangosa, y miré alrededor como si nada raro hubiese ocurrido.

IV

Aunque al principio no pude darme cuenta, al saltar desde el puente y atravesar una parte del campo magnético, había viajado por el tiempo, y ocurrió que aterricé en un momento del futuro en el que el día era tan gris y ventoso como el que acababa de abandonar, y lo primero que advertí cuando levanté la vista fue que el pabellón se había vaciado de pronto. Miré espantado el Parque alrededor: no podía creer que mi familia hubiese desaparecido así, en un abrir y cerrar de ojos.

Eché a correr, tambaleándome y patinando en el suelo resbaloso, y sintiendo un terror pánico. Mi petulancia había desaparecido. Sollozaba mientras corría, y cuando llegué al pabellón ya estaba llorando a gritos, moqueando y enjugándome la nariz y los ojos con la manga de la chaqueta.

Volví al sitio al que había saltado y vi las huellas de mis pies en la orilla. Desde allí miré hacia el puente, tan cercano e inalcanzable, y entonces, sólo entonces entendí, aunque no con demasiada claridad, lo que había hecho.

Ese descubrimiento me dio nuevos ánimos, y sentí otra vez la tentación de la aventura. Al fin y al cabo era la primera vez que estaba solo en el Parque. Eché a andar alejándome del puente, por un sendero arbolado que corría a lo largo del Canal.

El día en que había llegado era sin duda un día de semana, en invierno o a principios de primavera, pues los árboles estaban desnudos y había poca gente en las inmediaciones. Desde esa orilla del Canal pude ver que los puestos de peaje estaban abiertos, pero las únicas personas que paseaban por el Parque se encontraban bastante alejadas.

De cualquier modo seguía siendo una aventura, y pronto olvidé aquellos pavorosos pensamientos: a dónde había llegado y cómo me las ingeniaría para regresar.

Recorrí un largo trecho, disfrutando de la libertad de explorar esa orilla sin mi familia. Cuando estaba con ellos parecía que sólo pudiese ver las cosas que ellos me mostraban, y caminar por donde ellos decidían. Ahora, era como estar en el Parque por primera vez.

Ese placer, precario e incierto, no me duró mucho. El día era frío, y mis zapatillas de verano, empapadas y pesadas, me lastimaban los pies. El Parque no era por cierto como a mí me hubiera gustado que fuese. Parte de la diversión de un día normal era la atmósfera de audacia compartida, y el mezclarse con gente que no venía toda del mismo día. En una ocasión mi padre, de un humor excepcionalmente fastidioso, nos había paseado de un lado a otro a través de los Puentes de Hoy y de Ayer, mostrándonos imágenes fugaces de él mismo que había preparado la víspera en una visita al Parque. Los visitantes del Parque hacían a menudo esas cosas, y en las vacaciones, cuando las grandes fábricas permanecían cerradas, se oían gritos y risas que festejaban esos juegos malabares con el tiempo.

Nada parecido ocurría mientras yo iba sin rumbo bajo el cielo plomizo; el futuro era para mí tan vulgar como una campiña cualquiera.

Empecé a preocuparme, preguntándome cómo haría para regresar. Podía imaginar la cólera de mi padre, las lágrimas de Mamá, las burlas interminables de Salleen y Therese. Di media vuelta y me encaminé con paso rápido hacia los puentes, imaginando un plan no muy alentador: cruzar el Canal una y otra vez, utilizando sucesivamente los puentes de Mañana y de Ayer, hasta estar de vuelta en donde había empezado.

Ahora corría otra vez, a punto de llorar, cuando vi a un hombre joven que caminaba por la orilla hacia mí. No me hubiera llamado la atención, pero cuando estuvo bastante cerca se movió a un lado y me enfrentó.

Acorté el paso, lo miré sin curiosidad, e iba a esquivarlo cuando oí sorprendido que el joven me llamaba.

¡Mykle! Eres Mykle ¿verdad?

¿Cómo sabe mi nombre? —dije, deteniéndome y mirándolo con recelo.

Te… te estaba buscando. Saltaste hacia adelante en el tiempo y no sabes cómo volver.

Sí, pero…

Yo te enseñaré cómo. Es fácil.

Ahora estábamos frente a frente, y yo me preguntaba quién era y de dónde me conocía. Había en él un algo de excesiva cordialidad. Era muy alto y muy delgado, y un mostacho incipiente le sombreaba la boca. A mis ojos parecía un adulto, pero hablaba con una voz áspera, un falsete de adolescente.

Dije:

Está bien, gracias, señor. Puedo encontrar mi camino.

¿Corriendo por los puentes?

¿Cómo lo sabe?

No llegarás nunca, Mykle. Cuando saltaste desde el puente avanzaste mucho en el futuro. Unos treinta y dos años.

¿Esto es…? —Miré a mi alrededor, no podía creer lo que me decía—. Pero si parece…

Que fuera Mañana. Pero no lo es. Has avanzado mucho. Mira allí. —Señaló a través del Canal, la otra orilla—. ¿Ves esas casas? No las habías visto nunca ¿verdad?

Había un barrio de casas nuevas, construidas más allá de los árboles en el linde del Parque. Era cierto, yo no las había visto hasta entonces, pero eso no probaba nada. En fin, el encuentro no me parecía muy interesante, y traté de apartarme furtivamente del joven, ansioso por seguir con mi plan y encontrar la forma de volver.

Gracias, señor. Ha sido un placer conocerlo.

No me llames «señor» —dijo él, riendo—. Te han enseñado a ser cortés con los extraños, pero tú tienes que saber quien soy yo.

N… no… —De repente sentí un poco de miedo, y me alejé de prisa, pero él corrió y me tomó por el brazo.

Hay algo que necesito mostrarte —dijo—. Es muy importante. Luego te llevaré de vuelta al puente.

¡Déjeme en paz! —grité, ya francamente asustado.

No hizo caso de mis protestas, y me llevó por el sendero que bordeaba el Canal. Iba mirando por encima de mi cabeza a través del Canal, y no pude menos que notar que cada vez que pasábamos junto a un árbol o un arbusto que interceptaba la visión, el muchacho hacía una pausa y espiaba hacia el otro lado antes de seguir adelante. Esto continuó hasta que estuvimos otra vez cerca de los puentes; entonces se detuvo junto a una enorme y frondosa mata de rododendro.

Ahora —dijo—. Quiero que mires. Pero no te dejes ver.

Agachándome junto a él, me asomé por detrás del borde de la mata. Al principio no pude imaginarme qué era eso que tenía que mirar. Enfrente había otro grupo de casas. En realidad, el barrio se extendía por toda la otra orilla, apenas visible detrás de los árboles.

¿La ves? —señaló él, y con un movimiento rápido se echó hacia atrás. Miré a donde me indicaba y vi una mujer joven sentada en un banco en la orilla opuesta del Canal.

¿Quién es? —dije, aunque la figura menuda no me despertaba mucha curiosidad.

La muchacha más hermosa que he visto en mi vida. Siempre está ahí, en ese banco. Está esperando a su amante. Lo espera ahí todos los días, angustiada y esperanzada.

La voz se le quebró como de emoción, y lo miré de reojo. Tenía los ojos húmedos.

Espié otra vez por el borde del arbusto y miré a la joven, preguntándome qué habría en ella que pudiera provocar una reacción semejante. A duras penas la veía, pues estaba como acurrucada para protegerse del viento y tenía un chal en la cabeza. Estaba sentada de perfil, de cara al Puente de Mañana. A mis ojos era quizá tan interesante como las casas, lo que no es mucho decir, pero en cambio parecía importantísima para el joven.

¿Es una amiga suya? —dije, mirándolo.

No, no una amiga, Mykle. Un símbolo. Un símbolo del amor que está en todos nosotros.

¿Cómo se llama? —dije sin entender.

Estyll. El nombre más hermoso del mundo.

Estyll: yo nunca había oído ese nombre, y lo repetí en voz baja.

¿Cómo lo sabe? —pregunté—. Usted dice que…

Espera, Mykle. Dentro de un momento se dará vuelta. Le verás la cara.

El joven me oprimía el hombro con la mano, como si fuésemos viejos amigos, y aunque yo aún desconfiaba, esa presión me tranquilizó. Estaba compartiendo algo conmigo, algo tan importante que era un honor para mí estar allí. Oí que pronunciaba el nombre de ella, en una voz tan baja que era casi un susurro. Pasó un rato, y de pronto, como si el torbellino del tiempo hubiese llevado hasta allá la palabra, por encima del canal, la muchacha alzó la cabeza, echó hacia atrás el chal, y se puso de pie. Yo estiré el cuello para verla, pero ella dio media vuelta y se alejó. La vi subir por la barranca de los jardines hacia las casas del otro lado de los árboles.

¿No es una belleza, Mykle?

Yo era demasiado joven para comprenderlo del todo, así que no dije nada. A esa edad, todo cuanto sabía del otro sexo era que no me parecía a mis hermanas, ni por el temperamento ni por la apariencia física; aún tenía que descubrir otros aspectos más interesantes.

De cualquier modo, apenas había alcanzado a ver el rostro de Estyll.

El joven estaba evidentemente cautivado por la muchacha, y mientras la observábamos avanzar por entre los árboles distantes, mi atención se volvía mitad hacia ella, mitad hacia él.

Quisiera ser el hombre a quien ella ama —dijo él.

¿La… la ama usted, señor?

¿Amarla? Lo que yo siento es demasiado noble para llamarlo así. —Me miró y durante un instante me recordó el desdén altivo que mostraba a veces mi padre cuando yo hacía alguna estupidez—. El amor es para los amantes, Mykle. Yo soy un romántico, y eso es algo mucho más sublime.

Empezaba a encontrar a mi compañero un tanto pomposo y autoritario, tratando de enredarme en sus propias pasiones. Yo era, sin embargo, un niño a quien gustaban las controversias, y no pude resistir la tentación de señalarle una contradicción.

Pero usted me dijo que ella esperaba a su amante —comenté.

Una simple suposición.

A mí me parece que el amante es usted, y no quiere confesarlo.

Yo había hablado con cierto desdén, pero él me miró, pensativo. La llovizna caía otra vez; un velo de humedad sobre el campo. El joven se apartó bruscamente; sospecho que se había cansado de mí tanto como yo de él.

Iba a enseñarte a volver —dijo—. Ven conmigo. —Echó a andar hacia el puente, y fui detrás de él—. Tendrás que volver como viniste. Saltaste ¿verdad?

Verdad —dije, resoplando un poco. Era difícil seguirle el paso.

Cuando llegamos al extremo del puente, el muchacho salió del sendero y cruzó por el césped hacia el borde del Canal. Yo retrocedí, temiendo acercarme demasiado otra vez.

¡Ah! —dijo el joven, escudriñando el suelo barroso—. Mira, Mykle… estas tienen que ser tus pisadas. Aquí fue donde caíste.

Me adelanté hacia él con cautela, y me detuve justo detrás.

Pon los pies en estas mismas huellas, y salta hacia el puente.

Aunque la barra de metal que bordeaba el puente estaba a sólo una brazada de distancia, el salto me parecía formidable, sobre todo porque el puente era más alto que la orilla. Se lo señalé.

Me quedaré detrás de ti —dijo el joven—. No vas a resbalar. A ver… mira allí, en el puente. Hay una marca en el suelo. ¿La ves? Tienes que apuntar hacia allí. Trata de caer con un pie a cada lado, y estarás de vuelta en el sitio de donde viniste.

Todo aquello era bastante inverosímil. La parte del puente que me señalaba estaba empapada por la lluvia y parecía resbalosa; si pisaba mal me caería; peor aún, podía resbalar hacia atrás y zambullirme en el fluido magnético. Aunque comprendía que mi nuevo amigo tenía razón —que sólo podía volver rehaciendo el camino por el que había venido—, sentía que algo no estaba bien.

Mykle, sé lo que piensas. Pero yo hice esa marca. Yo mismo. Ten confianza en mí.

Yo estaba imaginando a mi padre encolerizado, de modo que al fin me adelanté y planté los pies en las huellas húmedas. El agua de la lluvia se deslizaba por la orilla fangosa hacia el fluido magnético, pero noté que cuando tocaba el fluido saltaba atrás bruscamente, como las gotas del vaso de whisky que bebía mi padre por las noches.

El joven me sostuvo tomándome por el cinturón, sosteniéndome para que no resbalara al Canal.

Contaré hasta tres, y luego saltas. Te daré un empujón. ¿Estás listo?

Creo que sí.

Te acordarás de Estyll ¿verdad?

Lo observé por encima del hombro; tenía la cara muy cerca de la mía.

Sí, me acordaré —respondí, por decir algo.

Bien, listo. Es un buen salto desde aquí. Uno…

Miré el fluido del Canal, debajo y al lado. Resplandecía de un modo misterioso en aquella luz gris.

…dos… tres…

Salté hacia adelante en el momento preciso en que el joven me empujaba desde atrás. En seguida sentí la crepitación eléctrica del fluido magnético, el estruendo retumbó otra vez en mis oídos, y durante una fracción de segundo me envolvió una oscuridad impenetrable. Mis pies rozaron el borde del puente, y fui a dar de bruces en el suelo. Rodé con torpeza contra las piernas de un hombre que estaba justo allí, y mi cara chocó contra un par de botines relucientes. Miré hacia arriba.

Allí estaba mi padre, contemplándome, muy sorprendido. Todo cuanto ahora recuerdo de aquel momento aterrador es el semblante iracundo, coronado por la chistera negra de ala curva. Parecía alto como una montaña.

V

Mi padre no era un hombre que apreciara los méritos de un castigo corto y severo, y viví durante varias semanas bajo la nube de mi fechoría.

Yo me consideraba inocente, y pensaba que el precio que mi padre me obligaba a pagar era demasiado alto; en nuestra casa, sin embargo, había una sola clase de justicia, la justicia de Papá.

Aunque había estado en el futuro sólo alrededor de una hora de mi tiempo subjetivo, para mi familia habían pasado cinco o seis horas, y cuando volví ya anochecía. Esa ausencia prolongada era la razón principal de la ira de mi padre, aunque si yo había saltado en verdad treinta y dos años, como me había informado mi amigo, un error de unas pocas horas en el viaje de vuelta no tenía mucha importancia.

Nunca me pidió que me explicara; mi padre detestaba las excusas.

Salleen y Therese fueron las únicas que me preguntaron qué había ocurrido, y yo les abrevié la historia: dije que luego de saltar al futuro, cuando me di cuenta de lo que había hecho, exploré el Parque y luego salté de vuelta. Eso era suficiente para ellas. No dije nada del muchacho de los sentimientos sublimes, ni de la joven que esperaba en el banco. Saber que yo me había lanzado a un futuro lejano las dejó bastante deslumbradas (aunque el hecho de que hubiera regresado sano y salvo empañaba de algún modo el brillo de la historia).

En mi fuero interno mis sentimientos acerca de la aventura eran confusos. Pasaba mucho tiempo a solas —parte de mi castigo consistía en que sólo podía ir al cuarto de juegos una tarde por semana, y tenía en cambio que estudiar con más diligencia—, y trataba de entender el significado de lo que había visto.

La muchacha, Estyll, representaba muy poco para mí. Ocupaba sin duda un sitio en mi recuerdo de esa hora futura, pero como había sido tan fascinante para mi compañero, la recordaba sobre todo a través de él, y pasó a tener un interés secundario.

Pensaba mucho en el joven. Había puesto gran empeño en mostrarse amable conmigo y en incluirme en sus pensamientos privados, y sin embargo yo lo recordaba aún como una presencia intrusa e inoportuna. Pensaba a menudo en aquella voz ronca que declamaba opiniones sublimes, y aun desde las limitaciones de mi poca edad, la figura desgarbada —de piernas larguiruchas, pelo abrillantado, bigote de pelusa— me parecía cómica. Durante mucho tiempo me pregunté quién podía ser. Aunque la respuesta parece obvia, retrospectivamente, tardé varios años en encontrarla, y cada vez que salía a caminar por la ciudad mantenía los ojos bien abiertos por si volvía a verlo.

Mi penitencia concluyó unos tres meses después del picnic.

Todas las partes interesadas así lo entendieron, aunque esa libertad condicional nunca fue anunciada formalmente. La ocasión fue una fiesta que dimos con permiso de nuestros padres a unos primos que estaban de visita; a partir de ese día ya nunca se mencionó abiertamente mi travesura.

El verano siguiente, cuando se acercaba el día de ir otra vez de picnic al Canal Magnético, mi padre interrumpió nuestras excitadas efusiones para darnos un breve sermón, recordándonos que teníamos que permanecer siempre juntos. Papá hablaba para todos, aunque me echó una mirada penetrante y significativa. Fue una nube pasajera, y no llegó a enturbiar la jornada. Fui un niño obediente y sensato durante el picnic… pero mientras cruzábamos el aire tibio del Parque, no me olvidé de buscar a mi servicial amigo, ni a su adorada Estyll. Miré y miré, pero ninguno de los dos estaba allí ese día.

VI

Cuando cumplí los once me mandaron por primera vez a la escuela. Había vivido hasta entonces en un hogar en el que la fortuna y la influencia eran cosas naturales, y con un preceptor que se tomaba a la ligera el problema de mi educación. Obligado de pronto a convivir con muchachos de toda condición y origen, me refugié en una actitud de arrogancia y condescendencia. Salir de todo esto me costó dos años de burlas y golpes, aunque ya desde mucho antes venía sintiendo un odio apasionado por la educación, y lo que ella implicaba. Me convertí, en suma, en un estudiante que no estudiaba, en un alumno que rechazaba a sus compañeros y era abiertamente correspondido.

Llegué a transformarme en un simulador consumado, y con la complicidad ocasional de un criado podía fingir en cualquier momento un convincente aunque inexplicable dolor de estómago, o provocar una erupción en apariencia infecciosa. Algunas veces me quedaba tranquilamente en casa; más a menudo me iba al campo en bicicleta y me pasaba el día en complacientes ensueños.

En días como esos practicaba mi propio sistema de educación: leyendo, aunque por elección y no por obligación. Leía ávidamente todas las novelas y la poesía a que podía echar mano: mis novelas y cuentos preferidos eran los de aventuras; en poesía pronto aprendí a los románticos de principio del siglo XIX, y los en ese entonces muy desdeñados desolacionistas de doscientos años más tarde. Las emocionantes combinaciones de coraje y amor no correspondido, de virtud moral y añoranza nostálgica me tocaron el corazón y acrecentaron mi antipatía por las rutinas de la escuela.

Fue en esa época cuando mis lecturas empezaron a despertar pasiones que mi existencia monótona no podía satisfacer, y mis pensamientos se volvieron de pronto a la joven llamada Estyll.

Mis emociones necesitaban un objeto.

Envidiaba los animosos anhelos de los poetas románticos, pues para ellos, me parecía, los deseos se encauzaban en experiencias emocionales; los desolacionistas desesperados, que lamentaban la devastación de alrededor, al menos habían conocido la vida. Tal vez yo no racionalizara esta necesidad tan claramente en aquel entonces, pero cada vez que mis lecturas me exaltaban, la imagen que se me presentaba primero era la de Estyll.

Recordando lo que dijera mi compañero, junto con mi propia imagen de aquella figura menuda, acurrucada, me parecía ahora una criatura abandonada, solitaria y triste, que perdía la vida en una desesperada vigilia. Huelga decir que era indeciblemente hermosa y completamente fiel.

A medida que crecía, mi inquietud era mayor.

Me sentía cada vez más aislado, no sólo de los otros muchachos de la escuela sino también de mi familia. A mi padre el trabajo le pesaba más que nunca y era una figura inabordable. Mis hermanas seguían cada una caminos distintos: a Therese se le había despertado un cierto interés por los caballos de talla pequeña, a Salleen por los muchachos. Nadie tenía tiempo para mí, nadie trataba de entender.

VII

Elegí el día con cuidado, un día con clases en las que mi ausencia no sería demasiado notoria. Salí de casa de mañana como siempre, pero en vez de ir hacia la escuela me encaminé a la ciudad, compré en la estación un billete de ida y vuelta al Parque, y me instalé en el tren.

Durante el verano habíamos hecho la excursión habitual, pero no había significado mucho para mí. El futuro inmediato me había quedado chico; el Mañana ya no me interesaba.

Estaba resuelto. Cuando llegué al Parque fui directamente al Puente de Mañana, pagué el peaje y eché a andar por el camino cubierto que conducía a la otra orilla. Estaba más concurrido de lo que yo esperaba, pero bastante tranquilo para mis propósitos. Aguardé hasta que me quedé solo en el puente, y luego fui hacia el extremo del pasadizo cubierto y me detuve en el sitio donde había saltado la primera vez. Saqué una piedra afilada del bolsillo y tracé una línea delgada pero profunda en la superficie metálica del puente.

Volví a deslizarme la piedra en el bolsillo, y miré especulativamente la orilla inferior. No podía saber hasta dónde tenía que saltar, sólo me ayudaba un cierto instinto y el recuerdo borroso de cómo lo había hecho antes. Tuve la tentación de saltar lo más lejos posible, pero me dominé.

Monté la baranda a horcajadas, tomé aliento y me lancé hacia la orilla.

Una oleada ensordecedora de crepitaciones eléctricas, una momentánea oscuridad, y caí de bruces en la barranca opuesta.

Antes de examinar los alrededores señalé el sitio en que había caído. Primero dibujé con la piedra una línea profunda en la tierra y el pasto apuntando hacia la marca del puente (que aún era visible, aunque menos brillante), y luego arranqué varias matas de hierbas alrededor de mis pies para contar con una segunda marca. Por último, miré fija y largamente el sitio preciso, para no olvidármelo, y evitar cualquier posibilidad de extraviarme.

Cuando me pareció que no había descuidado nada, me enderecé y miré el futuro a mi alrededor.

VIII

Era un día de fiesta. El Parque bullía de gente, todos radiantes en alegres atuendos de estío. El sol resplandecía en un cielo sin nubes, la brisa movía los vestidos de las mujeres y una banda tocaba marchas estimulantes en un pabellón alejado. Todo me pareció tan familiar que mi primer temor instintivo fue que mis padres y hermanas estuviesen por allí en algún sitio, y que mi visita clandestina fuese descubierta. Me acurruqué en la barranca del Canal, pero en seguida me reí de mí mismo y me enderecé; en mi minuciosa anticipación de esta hazaña había tenido en cuenta que quizá me encontrase con personas conocidas, pero decidí que era demasiado improbable. De todos modos, cuando miré de nuevo a la gente que pasaba —que no me prestaba ninguna atención— advertí ciertas diferencias sutiles en la vestimenta y los peinados, y estuve seguro de que a pesar de todas las aparentes similitudes, había viajado en verdad al futuro.

Trepé hasta el sendero flanqueado de árboles y me mezclé con la multitud, adaptándome con rapidez al humor del día. Debía tener el aspecto de cualquier otro escolar, pero yo me sentía muy diferente. Al fin y al cabo, esta era la segunda vez que saltaba al futuro.

Aparte de esta euforia, había ido allí con un propósito, y no lo olvidaba. Miré hacia la otra orilla, tratando de distinguir a Estyll. No estaba junto al banco, y sentí una dolorosa e ilógica desilusión, como si aquella ausencia fuese una traición deliberada. Todas las frustraciones de los meses pasados volvieron a mí, y hubiera podido gritar de dolor. Pero de pronto, como por milagro, la vi no lejos del banco, yendo y viniendo por el sendero, y echando de tanto en tanto una mirada furtiva hacia el Puente de Mañana. La reconocí en seguida, aunque no sé muy bien por qué; en aquel día del futuro apenas había llegado a verla, y desde entonces la imaginación se me había desbocado, y no obstante, en el instante mismo en que la vi, supe que era ella.

No llevaba el chal con que se había abrigado los hombros la otra vez, y ahora tenía los brazos cruzados sobre el pecho. El vestido era ligero, de verano, en colores pastel, y a mis ojos anhelantes ninguna otra mujer hubiera podido llevar un vestido más hermoso. El cabello corto le caía con gracia alrededor de la cara, y el modo de erguir la cabeza y la apostura toda me parecieron de una delicadeza inexpresable.

La contemplé un rato, inmóvil. La gente seguía pasando a mi lado en torbellinos, pero por la atención que yo les prestaba podían no haber estado allí.

Al fin me acordé de mi propósito, aunque sólo verla era una experiencia de felicidad que nunca hubiera podido imaginar. Volví sendero abajo, dejando atrás el Puente de Mañana, y luego más allá, hasta el Puente de Hoy. Crucé de prisa, atravesé el molinete y pasé al otro lado. Siempre en el mismo día, subí por el sendero hacia el sitio donde acababa de ver a Estyll.

De este lado del Canal había, por supuesto, menos gente, y el sendero no estaba tan atestado. Yo caminaba mirando alrededor, notando que las costumbres no habían cambiado: había mucha gente sentada a la sombra de los árboles junto a los restos desparramados de una merienda. No miré a esos grupos con detenimiento; aún me quedaba en algún recoveco de la mente el temor de tropezarme con mi propia familia.

Dejé atrás la fila de gente que esperaba en el puesto de peaje de Mañana, y vi el sendero del otro lado. Allí, paseando lentamente, estaba Estyll.

Al verla tan cerca de mí, me detuve.

Luego me adelanté, aunque menos confiado que antes. Ella me miró un momento, pero con los mismos ojos indiferentes con que miraba a todo el mundo. Me encontraba a unos pocos pasos de ella, y el corazón me golpeaba, y yo estaba temblando. Descubrí que el pequeño discurso que había preparado —que me presentaría a ella, revelándome como un joven inteligente y maduro, o invitándola a dar un paseo conmigo— se me había ido de la mente. Ella parecía tan adulta, tan segura de sí misma.

Ajena por completo a mi atención concentrada, Estyll dio media vuelta en el momento mismo en que yo ya hubiera podido tocarla.

Di unos pasos más, desesperadamente inseguro de mí mismo. Me volví y la enfrenté.

Por primera vez en mi vida sentí los tormentos del amor desbocado. Hasta ese instante, la palabra no había tenido sentido para mí, pero allí frente a ella sentí un amor tan impetuoso que sólo atiné a echarme atrás. Ignoro la impresión que pude causarle; creo que estaba temblando, rojo de vergüenza. Ella me miró con unos ojos grises y serenos, y una expresión inquisitiva, como si adivinara que yo tenía algo importantísimo que decirle. ¡Era tan hermosa! ¡Y yo me sentía tan torpe!

Entonces me sonrió de pronto, como animándome a que dijera algo. Pero yo me quedé mirándola, sin siquiera pensar en lo que podría decirle, simplemente paralizado por aquella inesperada lucha con mis emociones: yo había imaginado que el amor era algo simple.

Los momentos pasaban y ya me era imposible dominar aquella turbulencia. Di un paso atrás, y luego otro. Estyll no había dejado de sonreírme durante aquellos largos segundos de mi mirada muda, y cuando me alejé me sonrió abiertamente y abrió los labios como si quisiera decir algo. Fue demasiado para mí. Di media vuelta, ardiendo de vergüenza, y eché a correr. Al cabo de unos pocos pasos me detuve y volví la cabeza. Ella todavía me miraba, todavía me sonreía.

Grité:

¡Te amo!

Tuve la impresión de que todo el mundo en el Parque me había oído. No esperé a ver la reacción de Estyll; huí. Corrí por el sendero, trepé por una barranca de hierbas y me oculté entre unos árboles. Corrí y corrí; crucé el vestíbulo del restaurante al aire libre, crucé un prado y me precipité bajo la fronda de otros árboles.

Era como si el esfuerzo físico de la carrera me hubiera impedido pensar, pues en el momento en que me detuve y descansé, la enormidad de mi conducta me desbordó. Me parecía que todo lo que había hecho estaba mal y nada bien. Había tenido una oportunidad y la había dejado escapar.

Y lo peor de todo: le había gritado mi amor, revelándolo al mundo. Para mi mente adolescente no era posible un error más grosero.

De pie bajo los árboles, la frente apoyada contra el tronco de un roble viejo, le daba puñetazos de frustración y furia.

Tenía temor de que Estyll pudiese encontrarme y no quería volver a verla nunca más. Al mismo tiempo, la quería y la amaba con una pasión creciente… y esperaba, pero era una esperanza secreta, que me estuviera buscando por el Parque y que llegara hasta mi árbol y me abrazara.

Al cabo de un rato mis emociones turbulentas y contradictorias se fueron calmando.

Pese a todo no quería ver a Estyll, de modo que regresé al sendero mirando adelante con cuidado para evitar cualquier encuentro casual. En el sendero mismo —donde la gente seguía paseando indiferente y divertida, ajena al drama— miré hacia los puentes, pero no vi señales de ella. No estaba seguro de que se hubiera marchado, de modo que deambulé por los alrededores, desgarrado entre una timidez incontenible y una profunda devoción.

Al fin decidí arriesgarme y corrí por el sendero hasta los puentes de peaje. No traté de verla, y no la vi. Pagué el peaje en el Puente de Hoy y volví al otro lado. Descubrí las huellas que yo había dejado en la orilla junto al Puente de Mañana, apunté a la marca en el suelo y salté.

Aparecí en el mismo día que había dejado. Como antes, mi método de viajar por el tiempo, eficaz pero primitivo, no me devolvió a un momento que correspondiera con exactitud al tiempo transcurrido, pero sí a uno bastante aproximado. Cuando comparé mi reloj con el de la casilla de peaje, descubrí que mi ausencia no había durado un cuarto de hora. Mientras tanto, yo había estado en el futuro durante más de tres horas.

Tomé un tren de regreso anterior al previsto y me pasé el resto del día vagando por el campo en mi bicicleta, reflexionando sobre las pasiones del hombre, los esplendores de la feminidad juvenil y las malditas flaquezas de la voluntad.

IX

Hubiera tenido que aprender por la experiencia, y nunca más tratar de ver a Estyll, pero el amor que sentía por ella no me daba sosiego. Estyll se me aparecía una y otra vez dominando toda mi vida cotidiana. Lo más importante era la imagen de su sonrisa: me había estado alentando, invitándome a decir las mismas cosas que yo había querido decirle, y yo había desperdiciado la oportunidad. Así pues, con mi obsesión renovada e intensificada, volví al Parque, y muchas veces.

En los días en que podía escapar sin riesgos de la escuela y echar mano del dinero necesario, iba al Puente de Mañana y saltaba al futuro. Pronto pude dar ese peligroso salto con una prodigiosa habilidad instintiva. Por supuesto, cometía errores; una vez llegué aterrorizado en plena noche, y a partir de entonces llevé conmigo una linterna de bolsillo. En dos o tres ocasiones fallé en el salto de regreso, y fue necesario que cruzase los puentes de tiempo para encontrar el día en que tenía que estar.

Al cabo de algunos saltos más hacia el futuro me sentí en él bastante a mis anchas como para acercarme en el Parque a un desconocido y preguntarle la fecha. Cuando me dijo el año, confirmé que había viajado exactamente veintisiete años en el futuro… o como había ocurrido cuando yo tenía diez años, treinta y dos años adelante. El desconocido a quien hablé era al parecer un hombre del lugar, y un caballero de cierta posición, y me sentí confiado para señalarle a Estyll. Le pregunté si la conocía y me respondió que sí, pero sólo pudo confirmarme que en verdad tenía ese nombre. Fue bastante para mí, pues por ese entonces no quería saber demasiado de ella.

No intenté hablar otra vez con Estyll. Mi dolorosa timidez me impedía que me acercara a ella, y me refugié en mis fantasías, que estaban mucho más en consonancia con mi alma pusilánime.

A medida que crecía, mis poetas favoritos influían en mí todavía más; se me antojaba que no sólo era más triste y más espléndido glorificarla desde lejos, sino que además era apropiado que mi papel en la vida de ella fuera meramente pasivo.

Para calmar mi intranquilidad cuando pensaba en la posibilidad de volver a verla, inventé un cuento.

Ella estaba apasionadamente enamorada de un joven libertino que la había tentado con promesas persuasivas y mentiras pérfidas. En el momento mismo en que ella le dijo que lo amaba, él la abandonó cruzando el Puente de Mañana hacia un futuro del que nunca había vuelto. A pesar de esa ignominia, ella continuaba amándolo y lo esperaba en vano día tras día junto al Puente de Mañana, convencida de que un día él tendría que volver. Yo la observaba a hurtadillas desde el otro lado del Canal, reconociendo la paciencia del amor herido: demasiado orgullosa para las lágrimas, demasiado leal para la duda, se contentaba con la certidumbre de que esa larga espera era a la vez una recompensa.

En el presente, en mi vida real, otra historia me entretenía a veces: yo mismo era el amante, era a mí a quien ella esperaba.

Este pensamiento llegaba a excitarme, provocándome reacciones físicas que yo no entendía del todo.

Iba al Parque una y otra vez, pagando mis ausencias frecuentes y mal justificadas con castigos escolares que soportaba de buen grado. Tantas veces salté a ese futuro que pronto me acostumbré a ver otras versiones de mí mismo, y comprendí que ya había visto antes a otros muchachos jóvenes, demasiado parecidos a mí, que iban y venían en correrías furtivas junto a los árboles y arbustos del Canal, y que atisbaban la otra orilla con tanta melancolía como yo. Había un día en particular —un hermoso día de sol en plenas vacaciones de verano— al que yo saltaba a menudo; y en él había más de una docena de versiones de mí mismo dispersas entre la multitud.

Una vez, no mucho antes de mi decimosexto cumpleaños, di uno de mis acostumbrados saltos al futuro y me encontré en un día frío y ventoso, casi desolado. Cuando caminaba por el sendero vi a un niño, un niño pequeño, que chapoteaba en el fango con la cabeza gacha al viento y restregaba las puntas de sus zapatillas en el césped. Al verlo así, con las piernas embarradas y la cara sucia de lágrimas, recordé de pronto aquella primera vez que yo había saltado por accidente al futuro, y lo miré con atención a medida que me acercaba. Él también me miró, y el estupor del reconocimiento me traspasó como un dardo electrizado. Al instante el niño desvió los ojos y siguió chapoteando hacia los puentes que estaban detrás de mí. No dejé de mirarlo, recordando vívidamente cómo me había sentido aquella vez, y el plan que había preparado para volver al día de mi último salto y de pronto comprendí —al fin— la identidad de mi amigo de aquel día.

Mi cabeza era un torbellino: lo llamé, casi sin poder creer lo que estaba pasando.

¡Mykle! —dije, y el sonido de mi propio nombre me supo extraño en la boca. El chico se volvió a mirarme y yo le dije un poco indeciso—: Tú eres Mykle, ¿verdad?

¿Cómo sabe mi nombre? —Me miraba muy tieso y no parecía gustarle que le hablaran.

Te… te estaba buscando —dije, inventando una razón que me hubiera permitido reconocerlo—. Saltaste hacia adelante en el tiempo y no sabes cómo volver.

Sí, pero…

Yo te enseñaré cómo. Es fácil.

Mientras hablábamos, se me ocurrió una idea perturbadora: hasta ese momento yo había duplicado, en forma puramente casual, la conversación de aquel día. Pero ¿qué pasaría si yo la alterase con plena conciencia? Si yo dijese algo, por ejemplo, que mi «amigo» no había dicho; o si el pequeño Mykle no respondiese como yo había respondido. Las consecuencias parecían enormes, y podía imaginar que la vida de ese niño —mi propia vida— tomaría un rumbo muy diferente. Comprendí los peligros posibles, y supe que tenía que esforzarme en repetir con exactitud el diálogo y mis actos.

Pero tal como había ocurrido cuando intenté hablar a Estyll, yo tenía la mente en blanco.

…está bien, gracias, señor —me estaba diciendo el chico—. Puedo encontrar mi camino.

¿Corriendo por los puentes?

No estaba seguro de que esas fueran las palabras que me habían dicho antes, pero me pareció que tal había sido la intención.

¿Cómo lo sabe?

Comprendí que no podía depender de aquel recuerdo lejano, y entonces, confiando en la inevitable omnipotencia del destino, no traté de recordar. Dije lo que me vino a la cabeza.

Era desolador verme a mí mismo con mis propios ojos. Nunca me había imaginado que hubiera sido un niño de aspecto tan patético. Tenía toda la apariencia de un chico taciturno y difícil; había en él una tozudez y una belicosidad que yo reconocía y rechazaba a la vez. Y yo sabía que había una herida más profunda: yo podía recordar cómo me había visto a mí mismo; a mi yo mayor, quiero decir. Recordaba a mi «amigo» de aquel día como un joven desgarbado e inmaduro, y con una altivez amanerada que no parecía propia de sus años. Que yo (niño) me hubiera visto en esa forma a mí mismo (adolescente) es culpa de mi falta de intuición en aquel entonces. Desde que iba a la escuela había aprendido muchas cosas sobre mí mismo, y era más adulto en mis puntos de vista que los otros chicos; y además, desde que me había enamorado de Estyll, cuidaba mucho de mi apariencia y mi vestimenta, y cada vez que iba al futuro procuraba tener buen aspecto.

No obstante, a pesar de los defectos que veía en mí (niño), compadecía al joven Mykle, y sin duda había entre nosotros una profunda comprensión espiritual. Le señalé los cambios que había notado en el Parque, y luego fuimos juntos hacia el Puente de Mañana. Estyll estaba allí al otro lado del Canal, y le conté lo que sabía de ella. No pude transmitirle los sentimientos de mi corazón, pero sabiendo lo importante que llegaría a ser para él, quería que la viera y que la amara.

Luego que ella se marchó, le mostré a él la marca que yo había hecho en la superficie del puente, y una vez que saltó, con mis sentimientos de simpatía, pues yo sabía lo que le esperaba del otro lado, me paseé a solas en el atardecer inclemente, preguntándome si Estyll volvería. No había señales de ella.

Esperé casi hasta el caer de la noche, diciéndome que los años de admiración a distancia habían durado demasiado. Algo que había dicho el pequeño Mykle me había afectado profundamente. Confiándole una de las visiones de mi historia, yo le había dicho: «Está esperando a su amante». Y mi yo más joven había replicado: «Yo creo que el amante es usted, y no quiere confesarlo».

Yo me había olvidado de que lo había dicho. No lo quería reconocer, porque no era la estricta verdad, pero admitía el deseo de que lo fuese.

Mientras esperaba a través del Canal anochecido, me preguntaba si habría un modo de convertir ese deseo en realidad. A la caída del sol el Parque se transformaba en un lugar fantasmagórico, y las tensiones temporales del campo magnético parecían más evidentes. ¿Quién podía adivinar los malabarismos de que era capaz el tiempo? Yo ya me había encontrado conmigo mismo —una vez, dos veces, y me había visto en innumerables ocasiones—, y ¿quién podía asegurar que el amante de Estyll no pudiera ser yo?

En mi yo más joven había visto algo de mi yo mayor que no había podido ver por mí mismo. Mykle lo había dicho, y yo quería que fuese verdad. Me convertiría en el amante de Estyll, y esto ocurriría en mi próxima visita al Parque.

X

Había en juego fuerzas más poderosas que las del destino romántico, pues al poco tiempo de haberme decidido la muerte repentina de mi padre me apartó de estas intrigas complacientes.

La muerte de mi padre me conmovió más de lo que nunca pudiera haber imaginado. En los dos o tres últimos años lo había visto poco, y había pensado en él menos aún. Y sin embargo, desde el momento en que la doncella entró corriendo en la sala, anunciando a gritos que mi padre se había desplomado sobre el escritorio, me sentí abrumado por la culpa más horrible. ¡Era yo quien lo había matado! Yo, que había vivido obsesionado conmigo mismo, con Estyll… Si tan sólo hubiese pensado un poco más en él, ¡no estaría muerto!

Naturalmente, buena parte de todo esto era pura histeria, pero en los días tristes que precedieron al funeral no me parecía absolutamente ilógico. Mi padre sabía tanto de los efectos del campo magnético como cualquier hombre vivo, y luego de la aventura de mi niñez tuvo que haber sospechado que las cosas no habían quedado allí. La escuela le había advertido sin duda sobre mis frecuentes ausencias, y sin embargo él nunca había dicho nada. Era casi como si me hubiese estado apoyando con deliberación, esperando quizá algún resultado.

En los días siguientes a la muerte de mi padre, un período de transición emocional, llegué a pensar que Estyll era parte inexorable de la tragedia. Por muy absurdo que pareciera a la luz de la razón, no dejaba de decirme que si yo hubiese hablado con Estyll, si hubiese actuado en lugar de esconderme, mi padre aún viviría.

No tuve mucho tiempo para demorarme en esas cavilaciones. Apenas habían pasado los primeros momentos de sorpresa y dolor y en seguida fue evidente que ya nada sería para mí como antes. Mi padre había dejado un testamento en el que ponía la familia a mi cuidado, y me legaba su trabajo y su fortuna.

Legalmente yo era todavía un niño, y uno de mis tíos se ocupó de administrar los bienes hasta que yo alcanzara la mayoría de edad. Ese tío, profundamente resentido porque no le había tocado ni un céntimo de la herencia, aprovechó todo lo posible su dominio temporario sobre nuestras vidas. A mí me sacaron de la escuela, y me iniciaron en el trabajo de mi padre. La residencia de la familia fue vendida, despidieron al preceptor y los otros criados, y mi madre fue trasladada al campo a una casa más pequeña. A Salleen la casaron rápidamente, y a Therese la pusieron pupila en un colegio. A mí se me dijo sin rodeos que me convenía casarme cuanto antes.

Mi amor por Estyll —mi secreto más entrañable— me fue arrebatado por fuerzas que no puede resistir.

Hasta el día que murió mi padre, yo no tenía una noción muy clara de la índole de su trabajo, excepto que era uno de los hombres más poderosos e influyentes de la Unión Neuropea, pues controlaba nada menos que las centrales eléctricas que se abastecían de energía en las tensiones temporales del campo magnético. El día que heredé el puesto yo suponía que mi padre era fabulosamente rico, pero pronto me desengañé; las plantas de energía estaban subordinadas a los Estados, y la supuesta fortuna de mi padre consistía en una gran número de acciones. En términos reales esas acciones no podían hacerse efectivas, lo que explicaba sin duda muchas de las resoluciones extremas tomadas por mi tío. Los aranceles mortuorios fueron considerables, y a causa de ellos estuve endeudado durante muchos años.

El trabajo me era ajeno por completo, y yo no estaba psicológica ni académicamente preparado, pero como responsable directo de la familia no me quedó otro remedio que dedicarle todo mi tiempo. Durante largos años, trastornado y confundido por ese cambio brusco del destino, no pude hacer otra cosa que trabajar y aguantar.

Mis aventuras de adolescencia en el Parque del Canal Magnético se transformaron en recuerdos tan esquivos como los sueños; parecía que yo fuese ahora otra persona.

(Pero había vivido tanto tiempo con la imagen de Estyll que nada podía hacer que la olvidase. La llama del romanticismo que iluminaba mi juventud se debilitó, aunque nunca se extinguió del todo. Con el tiempo perdí mi amor obsesivo por Estyll, pero jamás olvidé aquella belleza lánguida, aquella espera infatigable.)

Para la época en que cumplí los veintidós, era dueño de mí mismo. Había llegado a dominar el trabajo de mi padre; aunque el cargo era hereditario, ya que la mayoría de los empleos eran hereditarios, cumplía a conciencia con mis obligaciones. La electricidad generada por el campo magnético satisfacía a unas nueve décimas partes de las necesidades de la Unión Neuropea, y yo dedicaba gran parte de mi tiempo a atender las innumerables demandas políticas de energía. Viajaba a menudo a todos los Estados de la Neuropa Federal, y a zonas más distantes.

De la familia: Mi madre estaba asentándose en los largos años de su viudez, y era por lo tanto socialmente respetable; mis dos hermanas estaban casadas. Por supuesto, yo también me casé un día, sucumbiendo a la presiones que acosan a todo hombre de posición. Cuando tenía veintiún años me presentaron a Dorynne, una prima del marido de Salleen, y al cabo de pocos meses estábamos casados. Dorynne, joven inteligente y atractiva, demostró ser una buena esposa, y yo la amaba. Cuando yo tenía veinticinco años nació nuestro primer hijo: una niña. Yo necesitaba un heredero, porque esa era la costumbre en mi país, pero nos sentimos muy felices. La llamamos… bueno, la llamamos Therese, por mi hermana, pero Dorynne había querido ponerle Estyll, un nombre de mujer muy popular en ese entonces, y tuve que discutir con ella. Nunca le dije por qué.

Dos años después nació mi hijo Carl, y mi posición en la sociedad quedó asegurada.

XI

Pasaron los años, y la llama de mi amor adolescente por Estyll se debilitó todavía más. Feliz con mi creciente familia, y satisfecho con mi trabajo, aquellas experiencias extrañas en el Parque del Canal Magnético me parecían la aberración intranscendente de una vida que en verdad era sólida, convencional y plácida. Y yo ya no me consideraba un romántico; esos nobles sentimientos me parecían ahora frutos de la inmadurez y la inexperiencia, y era tal el cambio que se había operado en mí que Dorynne se quejaba a veces de mi falta de imaginación.

Mas si el romance de Estyll se apagó con el tiempo, siempre quedó dentro de mí una cierta curiosidad residual. Yo quería saber. ¿Qué había siso de ella? ¿Sería tan hermosa como en mis recuerdos?

Planteadas así, esas preguntas parecen importantes, pero no lo eran. Se me aparecían en algún momento de ocio o cuando una circunstancia fortuita me recordaba a Estyll. A veces, por ejemplo, el trabajo me obligaba a visitar el Canal Magnético, y entonces pensaba brevemente en ella; en una época había trabajado en mi oficina una joven que también se llamaba Estyll. Empecé a ponerme viejo, y durante un año o dos no la recordé ni una sola vez.

Probablemente habría seguido así hasta el final de mis días, sin una respuesta a esas preguntas, si no hubiera ocurrido un acontecimiento de excepcional importancia. Cuando llegaron las primeras noticias, muchos dijeron que eran las más excitantes del siglo, y en cierto modo lo eran: la nave que fuera lanzada cien años antes estaba a punto de regresar.

Esta novedad afectó todos los aspectos de mi trabajo, y en seguida me encontré metido en planes estratégicos y políticos del más alto nivel. Sucedía que la nave del espacio sólo podía regresar a la Tierra mediante el procedimiento que se había utilizado en la partida. El Canal Magnético tendría que ser reconvertido, al menos por un tiempo, a su propósito original. Habría que evacuar las casas de alrededor, desconectar las plantas de aprovechamiento de energía, y destruir el Parque y los puentes del tiempo.

A mí, la desconexión de las centrales eléctricas —con la inevitable consecuencia de privar de electricidad a la mayor parte de la Unión Neuropea— me planteaba problemas inconmensurables. Era indispensable que otros países autorizaran la explotación de los sedimentos fósiles durante los meses en que no operaran las plantas, y un permiso de esa naturaleza sólo podía obtenerse mediante negociaciones y regateos políticos intrincados. Contábamos con menos de un año para conseguirlo.

No obstante, como en mucha otra gente, la destrucción del Parque tocaba en mí una fibra más honda. El Parque era un paseo y un campo de juegos muy querido, familiar para todos, y para muchos ligado para siempre a recuerdos de la niñez. Para mí estaba estrechamente unido al idealismo de la adolescencia y a una muchacha que en un tiempo yo había amado. Yo sabía que si clausuraban el Parque y los puentes mis interrogantes acerca de Estyll nunca tendrían respuesta. Yo había saltado a un futuro en el que el Parque era todavía un paseo, en el que las casas que lindaban con la arboleda estaban todavía habitadas. Durante toda mi vida había concebido ese futuro como un mundo imaginario o ideal, un mundo inaccesible, excepto mediante un salto peligroso desde un puente. Pero esa época futura ya no era imaginaria. Yo tenía ahora cuarenta y dos años. Treinta y dos años atrás, entonces un chico de diez años, yo había saltado treinta y dos años hacia el futuro.

Hoy y Mañana coexistían una vez más en el Parque del Canal Magnético.

Si no actuaba en las próximas semanas, antes de que el Parque fuera clausurado, nunca más volvería a ver a Estyll. La llama del recuerdo ardió otra vez, y sentí una profunda frustración. Yo era ahora un hombre demasiado ocupado para correr en busca de un sueño de la adolescencia.

Encomendé a otros esa tarea. Saqué a dos subordinados de una función más adecuada para ellos, y les expliqué lo que quería averiguar. Tenían que localizar a una mujer joven, a una muchacha que vivía quizá sola, o quizá no, en una de las casas que bordeaban el Parque.

En el barrio había unas doscientas casas; y a su debido tiempo mis subordinados me entregaron una lista de más de ciento cincuenta nombres posibles, y la examiné ansioso de arriba abajo. Había veintisiete mujeres llamadas Estyll; el nombre era popular.

Restituí un empleado a sus tareas habituales, pero retuve al otro, una mujer llamada Robyn. Le confié en parte mi secreto; le dije que la joven era una pariente lejana y que yo necesitaba dar con ella, pero que por razones de familia tenía que ser discreto. Creía que se la encontraba con frecuencia en el Parque. Al cabo de unos pocos días, Robyn me confirmó que había una muchacha de esas características. Vivía con su madre en una de las casas. La madre seguía confinada en la casa por las convenciones del duelo (aún no habían pasado dos años desde la muerte del marido) y la hija, Estyll, pasaba casi todo el día sola en el Parque. Robyn dijo que no había podido averiguar por qué iba allí.

Se había anunciado la fecha en que el Parque del Canal Magnético quedaría cerrado al público, dentro de unos ocho meses y medio. Yo sabía que pronto tendría que firmar la orden autorizando la clausura. Un día entre ahora y entonces, aunque sólo fuera por esa causa, la paciente espera de Estyll tendría que terminar.

Confié de nuevo en Robyn. Le pedí que fuese al Parque y que, cruzando varias veces el Puente de Mañana, entrase en el futuro. Todo cuanto yo quería saber era la fecha en que concluiría la larga espera de Estyll. Si estas muestras de mi obsesión intrigaron a Robyn, no lo sé, pero llevó a cabo la misión sin ningún titubeo. Cuando regresó, tenía la fecha: sería justo dentro de seis semanas. Durante aquella entrevista con Robyn hubo muchas medias palabras que ninguno de los dos comprendió. Yo no quería saber demasiado, porque junto con mi renovado interés por Estyll tenía otra vez aquella impresión de misterio romántico. Por otra parte, era evidente que Robyn había visto algo que la intrigaba. Todo esto era muy inquietante.

Di a Robyn una generosa recompensa en metálico y la devolví a sus obligaciones. Registré la fecha en mi agenda y me dediqué de lleno a mis tareas.

XII

Cuando se fue acercando la fecha, supe que no podría estar en el Parque. Ese mismo día se celebraba en Ginebra una conferencia sobre energía, y no había ninguna posibilidad de que faltara. Traté futilmente de cambiar la fecha, pero ¿quién era yo contra cincuenta jefes de Estado? Una vez tuve la tentación de dejar que la gran incógnita de mi adolescencia quedara para siempre sin resolver, pero al fin sucumbí de nuevo. No podía perder esa única y última ocasión.

Preparé con cuidado mi viaje a Ginebra, y encomendé al personal de mi secretaría que me reservara un compartimiento en el tren nocturno, el único con el que podía llegar a tiempo.

Eso significaba que tendría que ir al Parque en la víspera del último día de espera de Estyll, pero utilizando el Puente de Mañana aún podría asistir a ese final.

Llegó por fin el día. Yo no tenía que rendir cuenta de mis actos a nadie, excepto a mí mismo, y poco después de mediodía salí de mi despacho y le pedí a mi chofer que me llevara al Parque. Dejé al chofer y al coche en el patio tapiado del otro lado del portón, eché una mirada furtiva al grupo de casas donde —me habían dicho— vivían Estyll y su madre, y entré en el Parque.

No había vuelto allí desde poco antes de la muerte de mi padre, y sabiendo que los lugares encantados de la infancia suelen parecer muy distintos cuando se los visita años después, yo suponía que lo encontraría más pequeño, menos esplendoroso que en mi memoria. Pero, a medida que descendía lentamente hacia los puestos de peaje por la barranca tapizada de césped, me pareció que los árboles magníficos, las orillas herbáceas, las fuentes, los senderos, todos aquellos distintos paisajes eran exactamente como los recordaba.

¡Pero los aromas! En mis afanes de adolescente no había reparado en los aromas: las cortezas tiernas, el follaje envolvente, la profusión de flores. Un hombre con una segadora mecánica pasó ruidosamente junto a mí, esparciendo un olor húmedo y fresco; el pasto recién cortado se amontonaba sobre la caperuza de la segadora como la pelambre de un animal dormido. Observé al hombre que llegaba hasta el borde del prado, daba vuelta la máquina y se inclinaba para reanudar el trabajo cuesta arriba. Yo nunca había manejado una segadora, y como si ese último día en el Parque del Canal Magnético me hubiese devuelto a la niñez, sentí un deseo irreprimible de correr hasta el hombre y preguntarle si me permitiría probar la máquina.

Sonreía por dentro cuando seguí andando: yo era una figura pública muy conocida, y con mi traje de etiqueta y mi alto sombrero de seda hubiese tenido un aspecto bastante cómico manejando la segadora.

Y de pronto los sonidos. Oí, como si fuera por primera vez (y sin embargo con una vaga y turbadora nostalgia), el clic metálico de los molinetes, el susurro casi ininterrumpido de las voces infantiles. En algún lugar, una banda tocaba marchas.

Vi una familia de picnic a la sombra de un sauce llorón; los criados de pie a un costado y el jefe de la familia trinchando un asado frío de carne de vaca. Los observé un momento, con disimulo. Hubiera podido ser mi propia familia una generación atrás: los placeres de la gente no cambian.

Tanto me fascinaba todo que casi había llegado a los puentes de peaje sin pensar en Estyll. Otra sonrisa secreta: mi yo más joven no hubiera podido comprender semejante desliz. Me sentía más sereno; disfrutaba del paisaje apacible, evocando el pasado, pero me había librado de las asociaciones obsesivas que despertaba antaño el Parque en mí.

Sin embargo, había ido al Parque para ver a Estyll, así que dejé atrás las casillas y seguí hacia el sendero que corría junto al Canal. Caminé por el sendero, hacia adelante. No tardé en verla, sentada en el banco, con los ojos clavados en el Puente de Mañana.

Fue como si todo un cuarto de siglo se esfumara de repente. Toda mi calma y mi firmeza de ánimo se desvanecieron como si nunca hubiesen existido, y sentí en cambio un fermento de emociones, tanto más tumultuosas porque eran inesperadas.

Me detuve de golpe y di media vuelta, pensado que si continuaba mirándola ella sin duda repararía en mí.

El adolescente, el inmaduro, el chiquillo romántico… yo era aún todas esas criaturas, y a la vista de Estyll todas despertaron como de una corta siesta. Me sentía enorme y torpe y ridículo con mi atuendo excesivamente formal, como un niño que se hubiera puesto el traje de boda de un abuelo. La serenidad de Estyll, la belleza juvenil, la fuerza vital de aquella espera… bastaron para que volviera a sentir todas las insuficiencias de mi primera juventud.

Pero al mismo tiempo había una segunda imagen de ella, una imagen que se superponía a la otra como un fantasma esquivo. La estaba viendo como un adulto ve a una niña.

¡Cuánto más joven era de como la recordaba! Más menuda. Bonita, sí… aunque yo había visto mujeres más bonitas. Se movía con dignidad, pero era una pose precoz, como aprendida de un padre o una madre socialmente consciente. ¡Y parecía tan increíblemente joven! Mi propia hija, Therese, tendría ahora la misma edad, tal vez un poco más.

Así desdoblado, dolorosamente consciente de la imagen dividida que tenía de ella, me quedé inmóvil en el sendero, turbado y confundido, mientras las familias y las parejas pasaban alegres junto a mí.

Me volví al fin, incapaz de mirarla un instante más. Tenía un vestido que yo recordaba demasiado bien: una falda blanca y estrecha que le ceñía las piernas, un cinturón negro y brillante, y una blusa azul oscuro, con flores bordadas en el corpiño.

(Recordé… recordé tantas cosas, demasiadas. Deseé que ella no hubiera estado allí.)

Me asustaba el poder que tenía ella, el poder de despertar y aliviar mis emociones. Yo no sabía qué era aquello. Todo el mundo tiene pasiones adolescentes, pero ¿cuántos han tenido la posibilidad de revivir esas mismas pasiones en la edad madura?

Me exaltaba, pero me ponía a la vez profundamente melancólico; por dentro, bailaba de amor y felicidad, pero Estyll era una imagen terrorífica: tan inocente, tan maravillosamente joven, y yo ahora tan viejo.

XIII

Decidí irme del Parque en ese mismo momento… pero en seguida cambié de parecer. Fui hacia ella; luego me volví otra vez y me alejé.

Pensaba en Dorynne, pero tratando de olvidarla; pensaba en Estyll, pero obsesionado otra vez.

Caminé hasta que ella ya no podía verme y me quité el sombrero y me sequé la frente transpirada. Era un día caluroso, pero mi transpiración tenía otro motivo. Necesitaba tranquilizarme, encontrar un sitio donde sentarme un rato, y reflexionar… Pero el Parque era un paseo, y cuando me encaminé hacia el restaurante al aire libre a beber un vaso de cerveza, el espectáculo de toda aquella alegría atolondrada me pareció molesto e intempestivo.

Me detuve en la zona de césped no cortado aún, observando al hombre de la segadora y tratando de dominarme. Había ido al Parque para satisfacer una vieja curiosidad, no para caer otra vez en la trampa de un enamoramiento pueril. Era inconcebible que una chiquilla de dieciséis años pudiera trastornar una vida estable como la mía. Había sido un error, un estúpido error regresar al Parque.

Pero más allá de mis intentos de sensatez había, como era inevitable, un profundo sentimiento de predestinación. Sabía, sin que pudiera decir por qué, que Estyll, allí sentada, me esperaba a mí, y que en última instancia estábamos destinados a encontrarnos.

Esa espera tenía que terminar mañana, un mañana que se encontraba a pocos pasos, en el otro extremo del Puente de Mañana.

XIV

Traté de pagar el peaje, pero el empleado me reconoció de inmediato. Soltó el retén del molinete con un puntapié tan brusco que temí que pudiera haberse quebrado el tobillo. Le di las gracias con una inclinación de cabeza y entré en el pasadizo cubierto.

Lo recorrí de prisa, procurando no pensar en lo que estaba haciendo ni por qué. El campo magnético me hormigueaba en todo el cuerpo.

Emergí a la luz brillante del sol. El día que acababa de dejar era caluroso y soleado, pero allí, al día siguiente, la temperatura era varios grados más alta. Me sentía incómodo, y con un atuendo excesivamente formal, nada de acuerdo con la esperanza desesperanzada que había vuelto a despertar en mí. Intentando todavía negarme a esa esperanza, me refugié en mi postura cotidiana, abriendo la levita y metiendo los pulgares en los bolsillos del chaleco, como hacía a veces cuando hablaba con mis subordinados.

Caminé a lo largo del sendero que bordeaba el Canal, tratando de ver a Estyll en la otra orilla.

De pronto alguien me tironeó del brazo desde atrás, y me volví sorprendido. Era un muchacho joven, casi tan alto como yo; pero la chaqueta demasiado estrecha de hombros y el pantalón un poco demasiado corto revelaban que todavía estaba creciendo. Tenía una mirada de obseso, aunque cuando habló comprendí en seguida que era un joven de buena familia.

Señor, ¿me permite importunarlo con una pregunta? —dijo, y al instante supe quién era.

La emoción del reconocimiento fue profunda, y estoy seguro de que si yo no hubiese estado tan preocupado por Estyll el encuentro me hubiera dejado sin palabras. Habían pasado tantos años desde aquellos saltos en el tiempo que ya no recordaba la estimulante sensación de reconocimiento y simpatía.

Me dominé con dificultad. Al fin le dije, tratando de no revelar que yo lo conocía:

¿Qué desea saber?

¿Me diría usted la fecha, señor?

Empecé a sonreír, y desvié un momento la mirada, para recomponer mi expresión. ¡Aquellos ojos serios, aquellas orejas protuberantes, el rostro pálido y el pelo arremolinado!

¿Quiere saber la fecha de hoy, o el año?

Bueno… las dos cosas en realidad, señor.

Le respondí en seguida, aunque si bien no lo dije advertí que le había dado la fecha del hoy, aunque yo me había adelantado un día en el futuro. De todos modos no tenía importancia: lo que a él y a mí nos interesaba era el año.

Me dio las gracias con cortesía y adelantó un pie como si fuera a marcharse. De pronto se detuvo, clavó en mí una mirada cándida (que yo recordaba como un intento de saber algo más acerca de ese desconocido de aspecto imponente, vestido de levita), y me dijo:

Señor, ¿vive por casualidad en los alrededores?

En efecto —respondí, sabiendo lo que vendría. Había levantado una mano para taparme la boca, y me estaba frotando el labio superior.

Me pregunto si conocerá usted a una persona que viene a menudo a este Parque.

¿Quién…?

No pude terminar la frase. La seriedad anhelante, ruborosa del muchacho era de una comicidad extrema, y estallé en una carcajada. Al punto la transformé en un estornudo disimulado, y mientras manipulaba mi pañuelo mascullé unas palabras a propósito de mi alergia. Haciendo un esfuerzo por recuperar la serenidad, volví a guardar el pañuelo en el bolsillo y me enderecé el sombrero.

¿A quién se refiere?

A una joven, más o menos de mi edad.

El muchacho no advirtió mi acceso de hilaridad, y adelantándose bajó por la barranca hasta una rosaleda frondosa. Desde detrás de los rosales miró hacia el otro lado. Comprobó si yo también estaba mirando, y entonces señaló.

No vi en seguida a Estyll, a causa del gentío, pero de pronto la descubrí, de pie, muy cerca de los que esperaban para entrar en el Puente de Mañana. Llevaba el vestido de color pastel; el mismo del día en que me había enamorado de ella.

¿La ve usted, señor?

La pregunta fue como una nota discordante en una partitura musical. Yo estaba perfectamente serio otra vez, y viendo a Estyll sentí la necesidad de un recogido silencio. Aquella forma de erguir la cabeza, aquel aire de seriedad inocente.

Él esperaba una respuesta, así que dije:

Sí… sí, es una joven que vive en la zona.

¿Sabe usted cómo se llama, señor?

Creo que se llama Estyll.

Una expresión de sorprendido deleite le transformó la cara, y el rubor se le acentuó.

Gracias, señor. Gracias.

Dio un paso atrás para alejarse, pero yo dije:

¡Espere! —Sentí el impulso repentino de ayudarlo, de ahorrarle aquellos largos meses de agonía—. Es necesario que usted vaya y le hable, sabe. Ella quiere conocerlo. No tiene por qué sentirse tímido con ella.

Me clavó una mirada de horror, dio media vuelta y echó a correr hacia la multitud. Al cabo de unos segundos lo había perdido de vista.

Sólo entonces comprendí, con un estremecimiento, la enormidad de lo que acababa de hacer. No sólo había lo herido en el punto más vulnerable, obligándolo a enfrentarse con un problema que tendría que descubrir por sí mismo y en el momento adecuado, sino que además, impetuosamente, había interferido en el curso natural de los acontecimientos. En mi recuerdo del encuentro, el desconocido del sombrero de copa no había dado un consejo no solicitado.

Pocos minutos después, cuando caminaba lentamente por el sendero, pensando en lo que había hecho, vi de nuevo a mi yo más joven. Me vio y lo saludé con la cabeza, a modo de introducción, quizá, como para decirle que olvidase mis palabras, pero él desvió los ojos con indiferencia, como si nunca me hubiera visto.

Había algo extraño en él; se había cambiado de ropa, y la que llevaba ahora le sentaba mejor.

Pensé en esto durante un rato, hasta que caí en la cuenta de lo que había ocurrido. ¡No era el mismo Mykle con quien había hablado antes; era siempre yo, allí, en este país, pero venido de otro día del pasado!

Un poco más tarde volví a verme. En esta ocasión yo —él— vestía como la penúltima vez. ¿Era el muchacho con quien había hablado? ¿O era otro yo, venido de otro momento?

Todo esto me confundía, aunque no tanto como para que olvidara el propósito que me había llevado al Parque. Allí, del otro lado del Canal, estaba Estyll, y mientras caminaba lentamente por el sendero trataba de no perderla de vista. Durante varios minutos ella había esperado junto al puesto de peaje, pero luego había vuelto al sendero principal, y ahora estaba de pie en la barranca, los ojos clavados, como yo la viera tantas veces, en el Puente de Mañana. Desde allí la veía mucho mejor: la figura menuda, la belleza juvenil.

En ese momento, al fin, me sentía más sereno: ya no tenía aquella doble imagen de ella. El encuentro con mi yo adolescente, aquellas otras versiones de mí mismo, me había hecho entender que Estyll y yo, en apariencia separados por el Canal Magnético, estábamos en realidad unidos por él. Mi presencia allí era inevitable.

Hoy era el último día de la larga espera, aunque quizá ella lo ignorase, y yo estaba allí porque tenía que estar allí.

Ella esperaba y yo esperaba; ¡y de mí dependía esa espera! ¡Podía resolverla ahora!

Ella miraba directamente la otra orilla del Canal, y me parecía que era a mí a quien miraba, con deliberación, como impulsada, en ese mismo instante, por una inspiración súbita. Sin pensar, la saludé con el brazo. La emoción me desbordaba. Me volví con presteza y eché a andar por el sendero hacia los puentes. ¡Si cruzaba el Puente de Hoy, en pocos segundos estaría con ella! ¡Eso era lo que tenía que hacer!

Cuando llegué al sitio en que el Puente de Mañana se abría hacia ese lado, miré hacia atrás por encima del Canal, para asegurarme de que ella aún estaba allí.

¡Pero ya no esperaba! También ella caminaba ahora de prisa por el césped, corría hacia los puentes. Y mientras corría volvía la cabeza para mirar la otra orilla del Canal, ¡buscándome!

Llegó hasta la muchedumbre que esperaba en el puesto de peaje, y la vi abrirse paso a empujones. Cuando entró en la casilla, la perdí de vista.

Permanecí allí, en mi extremo del puente, atisbando la penumbra del pasaje cubierto. La claridad del día era un rectángulo luminoso a cincuenta metros de distancia.

En la otra cabecera, una figura menuda de vestido largo subía aprisa los peldaños, y yo entré corriendo en el pasadizo. Estyll venía hacia mí, recogiéndose la falda mientras corría. Vi cintas que se arrastraban, medias blancas.

A cada paso, Estyll se internaba en el campo magnético, a cada paso vehemente e impetuoso que daba hacia mí, me parecía menos material. Vi que se borraba y se diluía en menos de un tercio del trayecto.

¡Comprendí el error que había cometido! ¡Se había equivocado de puente! Cuando desembocara de este lado y estuviera de este lado… llegaría con veinticuatro horas de atraso.

Yo escudriñaba con desesperación el penumbroso pasadizo cubierto, cuando dos niños se materializaron lentamente delante de mí. Se empujaban y peleaban, cada uno tratando de ser el primero en emerger al nuevo día.

XV

Actué sin demora. Dejé el Puente de Mañana y corrí de regreso cuesta arriba hasta el sendero. El Puente de Hoy estaba a unos cincuenta metros de distancia, y sujetándome con una mano la copa del sombrero, corrí hacia él tan rápido como pude. Sólo pensaba en la urgencia de encontrar a Estyll antes de perderla para siempre. Si ella advertía su propia equivocación y empezaba a buscarme, podríamos cruzar una y otra vez el Canal, pasando de puente a puente, siempre en el mismo sitio, pero siempre separados en el tiempo.

Subí gateando hasta la cabecera del Puente de Hoy, y lo atravesé a la carrera. Tuve que aminorar el paso, porque el puente era estrecho y había otras personas que lo cruzaban. Ese puente, de los tres, era el único con ventanas al exterior, y al pasar por la ventana me detenía a mirar con ansiedad las cabeceras del Puente de Mañana, esperando verla.

Al llegar al extremo del puente, empujé con tanta violencia el molinete de salida que lo dejé trepidando y repicando contra el retén.

En seguida eché a andar hacia el Puente de Mañana, buscando en el bolsillo el dinero para pagar el peaje. En mi prisa tropecé con alguien: era una mujer, y murmuré de paso una disculpa, echándole una breve mirada. Los dos nos reconocimos en el mismo instante: era Robyn, la mujer a quien yo había enviado al Parque. Pero ¿por qué estaba aquí ahora?

Al llegar al puesto de peaje, miré atrás y la vi de nuevo. Me estaba observando con una expresión de profunda curiosidad, pero en cuanto notó que la miraba volvió la cabeza. ¿Era esta la conclusión de que ella me había informado? ¿Era esto lo que había visto?

No podía demorarme más. Empujé sin miramientos a las personas que estaban a la cabeza de la fila y eché unas monedas en la gastada chapa de bronce en la que aparecían automáticamente los billetes de paso. El empleado me miró, y me reconoció como yo lo había reconocido a él.

Una atención del Parque otra vez, señor —dijo, y me devolvió las monedas.

Yo lo había visto unos pocos minutos antes; ayer en la vida de él. Recogí las monedas y me las guardé en el bolsillo. El molinete resonó; subí los escalones y entré en el pasaje cubierto.

Allá a lo lejos: el resplandor de la luz del día en que acababa de entrar. El desnudo interior del pasadizo, las luces encendidas a intervalos. Nadie.

Eché a andar, y cuando había avanzado unos pocos pasos a través del campo magnético, la claridad del día enmarcado en el extremo del túnel se cambió en noche. Y hacía mucho frío.

Y delante de mí: dos figuras pequeñas que se solidificaban, o eso parecía, en la neblina eléctrica del campo. Estaban de pie muy juntas bajo una de las lámparas, obstruyendo en parte el camino.

Me aproximé, y vi que una de ellas era Estyll. La cabeza de la figura que estaba con ella me daba la espalda. Me detuve.

Me encontraba ahora en un sitio donde había luz, y aunque a unos pocos pasos de la pareja tenía que parecerles —como ellos me parecían a mí— una figura espectral, a medias visible. Pero estaban muy ocupados con ellos mismos, y no me miraban.

Oí que él decía:

¿Vives por aquí?

En los alrededores del Parque. ¿Y tú?

No… Yo tengo que venir en tren. —Las manos nerviosas contra los flancos, los dedos que se cerraban y se abrían.

Te he visto a menudo por aquí —dijo ella—. Miras mucho.

Me preguntaba quién podías ser.

Hubo un silencio entonces, el muchacho turbado miraba el suelo como si estuviera pensando qué otra cosa decir. Estyll miró por un instante más allá de él, hacia donde yo estaba, y durante un momento nuestros ojos se encontraron.

Estyll le dijo entonces al muchacho:

Hace frío aquí. ¿Volvemos?

Podríamos dar un paseo.

Dieron media vuelta y caminaron hacia mí. Ella me lanzó otra mirada rápida, con una expresión de franca hostilidad; yo había estado espiándolos, y ella lo sabía. El muchacho apenas había notado mi presencia. Cuando pasaron junto a mí, al principio la estaba mirando a ella, luego se miró nerviosamente las manos. Noté las ropas que le quedaban estrechas, el remolino de pelo peinado hacia atrás, las orejas y el cuello rojos, la pelusa del mostacho; caminaba con torpeza, como si fuera a pisarse los pies y no supiera dónde poner las manos.

Y yo, que la había amado a ella, lo amé.

Los seguí un corto trecho, hasta que la luz del puesto de peaje brilló de nuevo. Vi cómo él se hacía a un lado para que ella pasara primero por el molinete. Afuera, al sol, ella bailó sobre la hierba, y los colores de su vestido brillaron a la luz; luego se acercó a él y le tomó la mano. Se alejaron juntos por el césped recién cortado hacia los árboles.

XVI

Esperé a que Estyll y yo se perdieran de vista, y entonces también yo salí a la luz del día. Crucé a la otra orilla del Canal por el Puente de Ayer, y volví por el Puente de Hoy.

Era el mismo día en que había llegado al Parque; la víspera del día en que yo estaría en Ginebra, la víspera del día en que Estyll y yo nos encontraríamos al fin. Afuera, en el patio, mi chofer me estaría esperando con el coche.

Antes de marcharme quise dar otro paseo por el sendero de esta orilla del Canal, y fui hacia el banco donde sabía que Estyll estaría esperando. La vi a través del gentío: estaba sentada muy quieta, pulcramente vestida con una falda blanca y una blusa azul, y observaba a la gente.

Miré hacia el otro lado del Canal. La luz del sol era clara y brumosa y soplaba una brisa. Vi en la otra orilla la concurrencia de los días de fiesta: las ropas claras, los sombreros alegres, los globos y los niños. Pero no todos se unían a la muchedumbre.

Había una mata de rododendros junto al Canal, y detrás, apenas visible, asomaba la figura de un muchacho. Estaba mirando a Estyll. Más allá, caminando absorto, cabizbajo, iba otro Mykle. Junto a la orilla, más alejado de los puentes, otro Mykle estaba sentado en las hierbas altas y contemplaba el Canal. Esperé, y poco después apareció otro Mykle. Unos minutos después, otro, que se apostó detrás de un árbol. No cabía duda de que había muchos más, cada uno ajeno a la presencia de los otros, cada uno preocupado por la joven que esperaba, sentada en un banco a pocos pasos de mí.

Me pregunté cuál era el Mykle con quien yo había hablado; ninguno quizá, ¿o todos?

Me volví hacia Estyll al fin y me acerqué. Me detuve frente a ella y me saqué el sombrero.

Buenas tardes, señorita —dije—. Perdóneme que le hable en esta forma.

Ella alzó los ojos y me miró con profunda sorpresa; yo había interrumpido sus ensoñaciones. Sacudió la cabeza, pero me miró amablemente.

¿Sabe acaso quién soy? —pregunté.

Claro, señor. Usted es muy famoso. —Se mordió el labio inferior, como si hubiera dado una respuesta atolondrada—. Quiero decir que…

Sí —dije—. ¿Confía usted en mi palabra? —Ella frunció el ceño, en un mohín conscientemente gracioso; una niña que imita los modales de un adulto—. Sucederá mañana —proseguí.

¿Señor?

Mañana —repetí, tratando de encontrar un modo más sutil de decirlo—. Lo que usted está esperando… sucederá entonces.

¿Cómo sabe…?

Eso no tiene importancia —dije. Me mantenía muy erguido, pasando los dedos por el ala de mi sombrero. Pese a todo, ella tenía el extraño poder de ponerme nervioso, de que yo me sintiera torpe—. Yo estaré allí mañana —dije, señalando la otra orilla del Canal—. Búsqueme. Llevaré este mismo traje, este sombrero. Me verá saludarla con la mano. Entonces sucederá.

Ella no dijo nada, pero me miró largamente. Yo estaba de pie contra la luz, y acaso no pudiera verme bien. Pero yo la veía con el sol de lleno en la cara, con la luz que le danzaba en el cabello y en los ojos.

Era tan joven, tan hermosa.

Era doloroso estar tan cerca de ella.

Póngase el vestido más bonito que tenga —le dije—. ¿Entiende?

Ella siguió sin responder, pero vi que volvía los ojos hacia la otra margen del Canal. Tenía un rubor en las mejillas, y comprendí que había dicho demasiado. Deseé no haber hablado con ella.

Le hice una pequeña reverencia y me puse el sombrero.

Adiós, señorita —dije.

Adiós, señor.

La saludé otra vez con la cabeza, pasé junto a ella, y fui hacia el prado detrás del banco. Subí un corto trecho por la barranca, y me oculté entre los árboles, detrás de un tronco grueso.

Alcancé a ver que en el lado opuesto del Canal uno de los Mykles había salido a la luz. Estaba de pie en la orilla, bien a la vista; al parecer había estado observándome mientras yo hablaba con Estyll, pues ahora trataba de verme, protegiéndose los ojos con una mano.

Tuve la certeza de que era el Mykle con quien yo había hablado un momento.

Ya no podía volver a ayudarlo. Si ahora cruzaba dos veces, adelantándose dos días, podría estar en el Puente de Mañana y encontrarse con Estyll en el momento en que ella respondiera a mi señal.

Él me miraba, y yo la miraba. De pronto oí un grito de alegría. Vi que echaba a correr.

Corrió por la orilla y fue en línea recta al Puente de Hoy. Yo casi alcancé a oír el eco resonante de sus pisadas mientras corría por el pasaje estrecho; momentos después lo vi emerger de este lado. Caminaba, más sereno ahora, hacia la gente que esperaba en el Puente de Mañana.

Mientras aguardaba en la fila, miraba a Estyll. Ella miraba al suelo, pensativa, y no reparaba en él.

Mykle llegó al puesto de peaje. Cuando estuvo en el mostrador de pago, volvió la cabeza, me miró y me saludó con la mano. Yo me saqué el sombrero y lo agité. Él me sonrió, feliz.

A los pocos segundos desapareció en el interior del pasadizo cubierto, y supe que ya no lo volvería a ver. Había acertado: llegaría a tiempo para encontrarla. Yo ya había visto cómo ocurriría.

Vi el paraje bajo un cedro añoso donde solíamos merendar yo, mis padres y mis hermanas. Había un mantel tendido sobre la hierba, con varios platos dispuestos para el almuerzo. Un matrimonio de edad se había instalado allí a la sombra del follaje. La señora estaba sentada muy tiesa en una silla plegadiza de lona, observando pacientemente a su marido, que preparaba la carne. Dos criados estaban un poco más atrás, con servilletas de hilo blanco colgadas de los antebrazos.

Como yo, el caballero vestía traje de etiqueta: levita tiesa y perfectamente planchada y zapatos que brillaban como si hubiera estado lustrándolos durante días y días. En el suelo, junto a él y sobre una bufanda, había una chistera de seda.

El hombre reparó en mi mirada indiscreta y me miró. Por un momento nuestros ojos se encontraron y nos saludamos con una inclinación de cabeza, como caballeros que éramos. Eché a andar de prisa hacia el patio exterior: quería ver a Dorynne antes de tomar el tren para Ginebra.

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