Un mago moderno – Olaf Stapledon

Estaban sentados a una mesa de té, uno frente al otro, en el jardín de una casa de campo. Helen, recostada, estudió fríamente el rostro de Jim. Era una cara extraordinariamente infantil, casi fetal, con su amplia frente, nariz chata y labios fruncidos como en un puchero. Infantil, sí. Pero en los ojos, oscuros y redondeados, había un brillo de maldad. Helen tuvo que admitir que ella, en cierta forma, se sentía atraída hacia aquel hombre jovencísimo, en parte, quizá, por su misma puerilidad y sus torpes e inocentes intentos de hacer el amor. Pero también, en parte, por aquel fulgor siniestro.

Jim estaba inclinado hacia adelante y hablaba sin cesar. Hacía mucho rato que hablaba, pero Helen ya no le escuchaba. Había llegado a la conclusión de que, pese a sentirse atraída hacia él, también le disgustaba. ¿Por qué había vuelto a salir con él? Era un hombre flacucho y egocéntrico. Pero le había aceptado.

Algo que decía Jim captó de nuevo su atención. El parecía estar molesto porque Helen no hubiera estado escuchándole. Se encontraba muy excitado por algo.

—Sé que me desprecias —le oyó decir—, pero estás cometiendo un gran error. Te aseguro que poseo poderes. No pretendo que conozcas mi secreto todavía. Pero… ¡maldita sea, lo sabrás! Estoy averiguando infinidad de cosas acerca del poder de la mente sobre la materia. Puedo controlar la materia a cierta distancia, sólo deseándolo. Voy a ser una especie de mago moderno. Hasta he matado animales con un simple deseo.

Helen, estudiante de medicina, se enorgullecía de su perspicaz materialismo. Se rió desdeñosamente. El rostro de Jim enrojeció de cólera.

—Oh, perfecto —dijo—. Tendré que demostrártelo.

Un petirrojo estaba cantando en un matorral. La mirada del joven se apartó de la cara de la muchacha y se posó resueltamente en el pájaro.

—Fíjate en ese pájaro —dijo casi en un susurro.

El petirrojo enmudeció. Durante unos momentos estuvo con la cabeza doblada sobre el cuerpo. Luego cayó al suelo sin abrir las alas y quedó patas arriba en la hierba, muerto.

Jim soltó un gruñido de triunfo mientras miraba a su víctima. Luego volvió sus ojos hacia Helen y enjugó su pálido rostro con un pañuelo.

—Una buena actuación —dijo—. Jamás lo había intentado con un pájaro hasta ahora, sólo con moscas y cucarachas.

La muchacha le miró en silencio, deseosa de no mostrarse sorprendida. Jim empezó a explicar su secreto y Helen dejó de sentirse aburrida.

Jim relató que hacía un par de años había comenzado a interesarse por «todo este asunto de lo paranormal». Había asistido a sesiones de espiritismo y leído acerca de investigaciones psíquicas. No se habría preocupado por tales cosas de no haber sospechado que él mismo poseía extraños poderes. Nunca le interesaron realmente las apariciones, transmisión de pensamiento y cosas similares. No, lo que le fascinaba era la posibilidad de que una mente fuera capaz de afectar la materia de modo directo. «Psicoquinesia», dijo refiriéndose a este poder. Y era muy poco conocido. Pero a él le importaban un comino los rompecabezas teóricos. Todo lo que deseaba era el poder. Explicó a Helen los singulares experimentos con dados efectuados en América. Se lanzaban los dados una vez tras otra y el experimentador deseaba que salieran dos seises. En general no sucedía eso, pero cuando se totalizaban los resultados, después de un gran número de pruebas, se descubría que el seis había salido muchas más veces que las que le correspondían por el mero cálculo de probabilidades. Al parecer, el cerebro ejercía realmente una ligera influencia. Y esto abría paso a enormes posibilidades.

Jim empezó a realizar pequeños experimentos por su cuenta, guiado por los descubrimientos de los investigadores y, también, por algunas de sus propias ideas. El poder era fantásticamente sutil, de tal manera que debía comprobarse en situaciones donde la más mínima influencia ejerciera resultados detectables, aunque sólo fuera una ligera variación de las escalas.

No tuvo mucho éxito con los dados porque, tal como explicó, nunca sabía exactamente qué debía hacer. Los dados rodaban con demasiada rapidez para él. Y por ello, sólo obtuvo el ligero efecto que los americanos habían informado. Así pues, tuvo que pensar en nuevos trucos que le ofrecieran mejores oportunidades. Había recibido una educación científica, por lo que se decidió a influir en reacciones químicas y sencillos procesos físicos. Efectuó numerosos experimentos y aprendió mucho. Evitó que una minúscula gota de agua oxidara un cuchillo. Impidió que un cristal de sal se disolviera en agua. Formó un diminuto cristal de hielo en una gota de agua y finalmente congeló la gota entera «deseando que el calor se fuera». (En realidad, deteniendo el movimiento molecular.)

Contó a Helen su primer éxito matando, un éxito literalmente microscópico. Jim preparó un tipo de agua muy inactiva y puso una gota de ella en una platina. Luego observó a través del microscopio la nube de microorganismos que se arremolinaban. En su mayor parte parecían salchichas pequeñas y gordas que flotaban y se ondulaban. Había de muchos tamaños. Los consideró elefantes, vacas, ovejas y conejos. Su idea consistía en detener la acción química en una de estas pequeñas criaturas, es decir, matarla. Había leído mucho sobre su funcionamiento interno y sabía cuál era el proceso clave que mejor podía atajar. Pero aquellos condenados organismos se desplazaban con tanta rapidez que le resultó imposible concentrarse en uno de ellos durante mucho tiempo. No obstante, por fin uno de los «conejos» se deslizó hasta una parte de la platina menos poblada y Jim fijó su atención en él durante el tiempo suficiente para efectuar él experimento. Deseó que el proceso químico crucial se detuviera y así fue. La criatura dejó de moverse y permaneció inmóvil indefinidamente. Estaba muerta con toda probabilidad. Su éxito, dijo Jim, le hizo sentirse «como Dios».

Posteriormente aprendió a matar moscas y cucarachas helando el cerebro de los insectos. Luego probó con una rana, pero fracasó. Sus conocimientos fisiológicos eran escasos, no podía encontrar un proceso clave en que concentrarse. Empero, estudió a fondo el tema y acabó por triunfar. Simplemente, interrumpió la corriente nerviosa en determinadas fibras de la médula espinal que controlaban los latidos del corazón. Aquel mismo método era el que había empleado con el petirrojo.

—Esto es sólo el principio —dijo Jim—. Pronto tendré el mundo a mis pies. Y si te unes a mí, también lo tendrás a tus pies.

La muchacha había escuchado atentamente todo el monólogo, sintiendo tanta repulsión como fascinación. En todo aquel asunto había algo que apestaba, pero en esta época no se podía ser demasiado escrupuloso. Además, probablemente no había nada de inmoral en ello. Jim, en cualquier caso, estaba jugando con fuego. Pero resultaba extraña la madurez que Jim parecía haber desarrollado mientras hablaba. De algún modo había dejado de parecer torpe y aniñado. Su excitación, y el conocimiento por parte de Helen de que su poder era real, le habían dado un aspecto estremecedoramente siniestro. Pero Helen decidió mostrarse precavida y reservada. Cuando Jim quedó finalmente en silencio, la muchacha fingió ocultar un bostezo.

—¡Vaya, qué inteligente eres! —dijo—. Un buen truco, ese que has hecho, aunque desagradable. Si continúas progresando, acabarás en la horca.

—No es lo mismo que ser cobarde —replicó. Soltó una risotada.

La provocación hirió a Helen.

—¡No seas ridículo! —chilló indignada—. ¿Por qué voy a «unirme a ti», como tú dices? ¿Sólo porque puedes matar un pájaro usando un asqueroso truco o algo por el estilo?

En la vida de Jim habían existido ciertos hechos que él no había mencionado. Le parecieron irrelevantes para el asunto que se traía entre manos, pero en realidad no lo eran. Siempre había sido un enclenque. Su padre, futbolista profesional, le despreciaba y culpaba de ello a su frágil madre. El matrimonio había vivido como perro y gato casi desde su luna de miel. Jim se había sentido totalmente intimidado en la escuela y, en consecuencia, había concebido un odio profundo hacia el fuerte y, al mismo tiempo, un deseo obsesivo de llegar a serlo. Fue un joven brillante y logró una beca en una universidad provincial. Mientras estuvo en ella sólo se preocupó de sí mismo, estudiando duramente para obtener un título científico y pretendiendo seguir una carrera de investigador en física atómica. Ya por entonces, su pasión dominante era la energía física, y por ello eligió el campo más espectacular. Pero de alguna forma sus planes se torcieron. Pese a sus calificaciones académicas, razonablemente buenas, se encontró ocupando un empleo de baja categoría en un laboratorio industrial, un trabajo que aceptó como recurso momentáneo hasta que lograra un puesto en alguna de las grandes instituciones dedicadas a la física atómica. Su carácter, normalmente agrio, se amargó aún más en este estancamiento. Creyó que le subestimaban. Hombres inferiores estaban arrebatándole sus posibilidades. La suerte estaba en su contra. De hecho, fue gestándose en él una especie de manía persecutoria. Pero Jim era un mal colaborador, ésa era la verdad. Nunca había tenido espíritu de equipo, tan necesario en el trabajo inmensamente complejo de la investigación física básica. Además, carecía de un interés genuino por la teoría física y se impacientaba ante la necesidad de estudios teóricos avanzados. El deseaba poder, poder para él mismo, como individuo. Reconocía que la investigación moderna era un trabajo de equipo y que en ella, aunque se podía lograr un sorprendente prestigio, no se podía obtener poder físico como individuó. La psicoquinesia, por otro lado, quizá satisficiera el deseo de su corazón. Su interés mudó con rapidez hacia ese campo más prometedor. A partir de entonces, su trabajo en el laboratorio fue un simple medio de ganarse la vida.

Tras la conversación en el jardín de la casa de campo, Jim se concentró con más ansiedad que nunca en su aventura. Debía obtener poderes más espectaculares para impresionar a Helen. Tomó la decisión de que la línea más prometedora para él era, sin lugar a dudas, desarrollar su pericia para interferir y detener pequeños procesos físicos y químicos en la materia inerte y los seres vivos. Aprendió a evitar que una cerilla ardiera después de apretarla contra el rascador. Trató de encontrar una alternativa al conjunto de la investigación atómica aplicando su poder psicoquinésico a la liberación de la energía confinada en el átomo. Pero no alcanzó éxito alguno en esta excitante aventura, quizá porque, pese a sus estudios, carecía del suficiente conocimiento teórico de la física y no tenía acceso al tipo adecuado de aparatos para desarrollar el experimento. En el aspecto biológico, logró matar a un perrillo usando el mismo método que en el caso del petirrojo. Jim confiaba en que a base de práctica pronto podría matar a un hombre.

Vivió una experiencia alarmante. Decidió tratar de frenar el encendido del motor de su motocicleta. Puso en marcha la moto, sin que la rueda motriz tocara el suelo, y «deseó» el fallo de la chispa de descarga. Fijó su atención en la bujía de encendido y en la chispa que saltaba y «deseó» que el espacio entre ambas se hiciera impenetrable, aislante. Naturalmente, este experimento implicaba una interferencia mucho mayor con procesos físicos que la congelación de una fibra nerviosa o, incluso, evitar que una cerilla se encendiera. Jim empezó a sudar mientras pugnaba por cumplir su tarea. Por fin, el motor empezó a perder potencia. Pero algo extraño le sucedió al mismo Jim. Sufrió un terrible instante de vértigo y náuseas y luego perdió el conocimiento. Cuando se recobró, el motor volvía a funcionar con normalidad.

Este percance fue un reto. Jamás se había interesado en serio por el aspecto meramente teórico de sus experimentos, pero en aquel momentó tuvo que preguntarse, a la fuerza, qué sucedía exactamente cuando mediante un «acto volitivo» interfería en un proceso físico. La explicación obvia era que, en cierta forma, la energía física que debía haber cruzado la separación entre las conexiones había sido encauzada hacia su propio cuerpo. Dicho de otra forma, Jim había sufrido el mismo shock eléctrico que si hubiera tocado las conexiones. Podía dudarse de que la verdadera explicación fuera tan sencilla como ésta, dado que los síntomas de Jim no fueron los de un shock eléctrico. Estaría más cerca de la verdad decir que la inhibición de tanta energía causó una especie de profundo malestar físico en él. O bien, para decirlo con más crudeza, que la energía física fue convertida, en cierto sentido, en energía física dentro de Jim. Esta teoría se confirma por el hecho de que, al recuperar la conciencia, Jim se encontró en un estado de gran excitación y vigor mental, como si hubiera ingerido una droga estimulante del tipo de la bencedrina.

Fuera cual fuese la verdad, Jim adoptó la teoría más simple y, a modo de protección, decidió desviar la energía interferida. Tras mucha ansiedad y experimentación, descubrió que podía lograr su objetivo concentrándose al mismo tiempo en la bujía de encendido y en algún otro organismo viviente, que de esta forma «absorbía la electricidad» y sufría las consecuencias. Bastó un gorrión. El shock mató al pájaro, en tanto que Jim se mantuvo consciente lo bastante como para detener el motor. En otra ocasión usó el perro de su vecino como «conductor de encendido». El animal se derrumbó, pero pronto recuperó la conciencia y corrió alocadamente por el jardín, ladrando de una manera muy graciosa.

Su siguiente experimento fue más excitante y mucho más censurable. Fue al campo y se apostó en una loma desde la que podía ver un largo tramo de carretera. Apareció un automóvil. Jim concentró su atención en las bujías de encendido y «deseó» que la energía eléctrica fluyera hacia el conductor. El coche redujo su velocidad, osciló entre ambos lados de la carretera y se detuvo de través. Jim vio al conductor tendido sobre el volante. No había nadie más en el coche. Muy excitado, aguardó nuevos acontecimientos. Poco después llegó otro vehículo en dirección contraria, tocó furiosamente la bocina y frenó con un largo chirrido. El conductor salió del coche, fue hasta el vehículo negligente, abrió una puerta y encontró inconsciente al ocupante. Mientras el recién llegado se preguntaba qué hacer, el primero recuperó el conocimiento. Hubo una agitada conversación y por fin los dos automóviles siguieron su camino.

Jim creyó estar listo para impresionar a su amiga. Desde la muerte del petirrojo se habían encontrado muy poco, y Jim había intentado hacer el amor con ella, empleando sus típicos medios torpes y juveniles. Helen siempre le había hecho desistir, pero era evidente que se interesaba más por él desde el día del petirrojo. Aunque a veces ella fingía despreciarle, Jim pensaba que Helen se sentía atraída en secreto hacia él.

Pero un día tuvo una sorpresa desagradable. Acababa de salir del trabajo y abordó un autobús para volver a casa. Subió las escaleras y se sentó. De repente, vio a Helen sentada unos asientos por delante de él y acompañada por un joven de cabello rizado que vestía una chaqueta deportiva. La pareja hablaba con gran animación, recostados el uno en el otro. El pelo de la muchacha rozaba la mejilla del joven. En aquel instante, Helen se rió, con un efluvio de felicidad desconocido hasta entonces para Jim. Helen volvió el rostro hacia su acompañante, un rostro henchido de vitalidad y amor. O así le pareció al celoso enamorado que estaba tres asientos detrás.

Una furia irracional se apoderó de él. Desconocía tanto las costumbres de las chicas y estaba tan indignado de que «su chica» (porque así la consideraba) se fijara en otro hombre, que los celos se adueñaron de él, excluyendo cualquier otra consideración. No pudo pensar en otra cosa que no fuera acabar con su rival. Miró fijamente la nuca del aborrecible cuello que tenía delante. Evocó con frenesí imágenes de las vértebras y el haz de fibras nerviosas contenido en ellas. La corriente nerviosa debe cesar. Debe cesar. Debe cesar. Inmediatamente, la cabeza del joven cayó sobre el hombro de Helen y luego todo su cuerpo se vino abajo.

El asesino se apresuró a levantarse de su asiento, alejándose de la conmoción inicial. Bajó del autobús aparentando ignorar el desastre.

Muy excitado, completó el trayecto a pie, sin sentir otra cosa que no fuera júbilo por su gran triunfo. Pero poco a poco disminuyó su frenesí y se enfrentó al hecho de que era un asesino. Se apresuró a recordarse que, al fin y al cabo, era absurdo sentirse culpable, dado que la moralidad era una simple superstición. Para su desgracia, se sintió culpable, horriblemente culpable, y tanto más cuanto que no temía ser detenido.

Conforme fueron transcurriendo los días, Jim experimentó una sensación que variaba entre lo que él consideraba culpabilidad «irracional» y un triunfo embriagador. El mundo estaba realmente a sus pies. Pero debía jugar sus cartas con todo cuidado. Su culpabilidad, desgraciadamente, no le dejó vivir en paz. No podía dormir bien y, cuando dormía, sufría terribles pesadillas. Durante el día sus experimentos se veían entorpecidos por la fantasía de que había vendido su alma al diablo. La misma simpleza de esta noción le ponía furioso. Empezó a beber con cierto exceso. Pero pronto descubrió que el alcohol reducía su poder psicoquinésico, por lo que se apartó firmemente del vicio.

El sexo era otra posibilidad para aliviar su culpabilidad obsesiva, pero algo le impedía enfrentarse con Helen cara a cara. Jim temía de un modo irracional a la muchacha pese a que sin duda ella ignoraba por completo que él había asesinado a su enamorado.

Finalmente la encontró por casualidad en la calle. No tuvo posibilidad alguna de evitarla. Helen estaba un poco pálida, pensó él, pero le sonrió y sugirió hablar mientras tomaban una taza de café. Jim sintió miedo y deseo a la vez, pero cuando se dio cuenta ya estaban sentados en una cafetería, haciendo comentarios triviales.

—¡Por favor, ayúdame! —dijo Helen al cabo de un rato—. He pasado por una experiencia terrible hace muy poco tiempo. Estaba en el piso de arriba de un autobús con mi hermano, que llevaba tres años en África. Mientras estábamos hablando, tuvo un colapso y murió casi al instante. Parecía estar perfectamente. Dijeron que falleció a causa de un virus en la médula espinal. —Helen advirtió que el rostro de Jim se había puesto muy pálido—. ¿Qué te ocurre? ¿Es que también tú vas a morirte a mi lado?

Jim se acercó más a la muchacha y aseguró que se había sentido mal por simple simpatía hacia ella. La amaba tanto… ¿Cómo iba a consolarla, estando tan trastornado por su desgracia? Para su alivio, Helen aceptó de corazón sus explicaciones. Y por primera vez le obsequió con la misma sonrisa fulgurante que había dedicado a su hermano ante los ojos de Jim.

Animado, aprovechó su ventaja. Afirmó que estaba ansioso por consolarla, que debían volverse a ver en seguida y que, si ella estaba interesada, aunque sólo fuera un poco, en sus experimentos, le enseñaría algo realmente excitante en cuanto tuviera oportunidad de hacerlo. Acordaron hacer una salida al campo el siguiente domingo. Jim decidió para sus adentros repetir ante Helen su ardid con un coche que pasara.

Aquel domingo fue un esplendoroso día de verano. Sentados juntos en un vagón del tren que iba vacío, hablaron mucho del hermano de Helen. Jim estaba más bien aburrido, pero expresó una ardiente simpatía. Helen confesó que no había imaginado jamás que él poseyera un carácter tan afectuoso. Jim la cogió del brazo. Sus caras se aproximaron y ambos se miraron a los ojos. Helen sintió una ternura abrumadora hacia aquel rostro extraño, grotesco e infantil, y pensó que la inocencia de la niñez estaba sobrepuesta a una conciencia de poder adulta. También advirtió el aspecto siniestro subyacente y lo aceptó de buen grado. Por su parte, Jim estaba pensando que aquella mujer era muy deseable. El cálido brillo del bienestar había vuelto a su cara. (¿O se trataba del brillo del amor?) Los labios, carnosos y dulces, y los ojos, grises y siempre observándole amablemente, le llenaron no sólo de deseo físico, sino también de una desfalleciente dulzura que le era desconocida. El recuerdo de su culpabilidad, unido a su actual decepción, le atormentaba, y en su rostro apareció una expresión de infelicidad. Soltó el brazo de Helen, se inclinó hacia adelante y hundió la cabeza en sus manos. La muchacha, perpleja y compasiva, le pasó un brazo por la espalda y le besó en el pelo. Jim empezó a llorar de repente y ocultó la cara en el pecho de su amiga, que le abrazó y habló con voz melosa como si se tratara de su hijo. Helen le rogó que explicara cuál era su problema.

—¡Oh, soy horrible! —dijo Jim sin cesar de llorar—. No soy lo bastante bueno para ti.

Algo más tarde, Jim recuperó el ánimo y ambos pasearon por el bosque cogidos del brazo. El explicó sus recientes éxitos, que habían culminado con el accidente del automóvil. Helen sintió admiración y diversión, aunque también una conmoción moral al pensar en la irresponsabilidad de Jim al arriesgarse a provocar un accidente fatal, simplemente para comprobar sus poderes. Al mismo tiempo estaba claramente fascinada por el fanatismo que conducía a Jim a tales extremos. Por su parte, Jim estaba halagado por el interés de la muchacha y embriagado por su ternura y proximidad física. Se detuvieron a reposar en la pequeña loma donde él pretendía hacer su truco con el coche. Jim se tendió apoyando la cabeza en el regazo de Helen y mirando su rostro en el que parecía reunirse todo el amor que había echado de menos a lo largo de su vida. Comprendió que estaba representando el papel de un niño en lugar del de amante. Pero Helen parecía necesitar que él se comportara así y Jim era feliz complaciéndola. Mas el deseo sexual no tardó en reafirmarse, y con él su dignidad masculina. Jim concibió un ansia incontrolable por demostrar su naturaleza divina a través de alguna portentosa exhibición de sus poderes. Se convirtió en el salvaje primitivo que debe matar a un enemigo en presencia de su amada.

Mirando por encima del cabello ondeante de Helen vio un pequeño objeto que se movía. Por un momento lo tomó por un mosquito, pero luego comprendió que era un avión distante que se aproximaba.

—Observa ese avión —dijo.

Helen se sorprendió ante la rudeza de la voz de Jim. Alzó la vista y volvió a mirar al hombre, cuyo rostro estaba contraído a causa del esfuerzo. Los ojos de Jim brillaron y las ventanas de su nariz se dilataron. Helen tuvo un impulso de apartarse de Jim al contemplar su brutal aspecto, pero la fascinación triunfó.

—Manten los ojos en el avión —ordenó Jim.

Helen miró al cielo, luego a Jim y finalmente alzó la mirada de nuevo. Sabía que debía romper aquel hechizo diabólico. (Existía algo llamado moralidad, pero probablemente se trataba de un concepto falso.) La fascinación había vencido.

Los cuatro motores del avión que se acercaba cesaron de funcionar uno por uno. El aparato planeó durante unos segundos, pero pronto dio muestras de haber perdido el control. Fluctuó, describió eses en el cielo y entró en barrena dando vueltas. Helen chilló, aunque sin hacer nada. El avión desapareció tras un bosque distante y al cabo de pocos instantes empezó a brotar del lugar un penacho de humo negro.

Jim se apartó del regazo de Helen y, tras volverse, apretó a la muchacha contra el suelo.

—Así es cómo te amo —musitó ferozmente.

La besó en labios y cuello de un modo ardoroso. Helen hizo un violento esfuerzo para separarse y resistir los impulsos inmoderados de aquel lunático. Trató de soltarse de sus brazos. Los dos se levantaron y se miraron cara a cara, ambos jadeando.

—Estás loco —dijo ella llorando—. ¡Mira lo que has hecho! Has matado a gente sólo para demostrar lo listo que eres. Y luego me haces el amor.

Helen se cubrió el rostro con las manos y sollozó. Jim seguía estando aún en un estado de loca exaltación; soltó una carcajada y luego se burló de la muchacha.

—¡Y dices que eres realista! —dijo—. Una remilgada, eso es lo que eres. Bien, ahora ya sabes cómo soy realmente y qué puedo hacer. ¡Y escúchame! Tú eres mía. Puedo matarte en cualquier momento, en cualquier parte que estés. Haré contigo todo lo que me apetezca. Y si tratas de detenerme, seguirás el mismo camino del petirrojo y… del hombre del autobús.

Las manos de Helen cayeron de su rostro, cubierto de lágrimas. La muchacha contempló a Jim con una mezcla de horror y… ternura.

—Pobre muchacho —dijo suavemente—, estás realmente enfermo. Y parecías tan amable… ¡Oh, querido! ¿Qué voy a hacer contigo?

Hubo un largo silencio. Luego, Jim cayó al suelo de repente, llorando como un niño. Helen permaneció perpleja a su lado.

Mientras ella pensaba qué hacer y se maldecía por no haber roto el hechizo antes de que hubiera sido demasiado tarde, Jim sufría una agonía de autocarga. Después empezó a usar sus técnicas en su propio cuerpo para evitar causar más daño. Le resultó más difícil de lo que suponía, ya que en cuanto comenzó a perder el conocimiento, perdió también el control de la operación. Pero hizo un desesperado esfuerzo de voluntad. Cuando Helen, advirtiendo la inmovilidad de Jim, se arrodilló junto a él, ya estaba muerto.

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