El juego de Ender – Orson Scott Card

—Haya la gravedad que haya cuando lleguéis a la puerta, recordad: la del enemigo está abajo. Si salís por vuestra propia puerta para dar un paseo, os pondréis a tiro y tendréis merecido que os disparen, más de una vez. —Ender Wiggin se detuvo y miró a todo el grupo. La mayoría de ellos lo miraban nerviosos. Solo unos pocos lo entendían; otros pocos, huraños, se resistían.
Primer día con aquella escuadra, recién salidos de los escuadrones de los profesores; Ender había olvidado lo jóvenes que podían ser los chicos. Llevaba allí tres años y ellos, apenas seis meses. Ninguno tenía más de nueve años de edad, pero eran suyos. Y él, con once, era comandante medio año antes de lo que tocaba. Había tenido una patrulla propia y sabía algunos trucos, pero había cuarenta chicos en la escuadra nueva. Estaban verdes. Eran expertos en paralizadores y en plena forma o no estarían allí, pero de todas maneras era probable que los eliminaran en la primera batalla.
—Recordad que no pueden veros hasta que paséis a través de esa puerta, pero en cuanto estéis fuera caerán sobre vosotros, de manera que debéis llegar a la puerta como sea cuando os disparen. Las piernas hacia abajo, siempre bajando.
Señaló a uno de los niños huraños, que no aparentaba más de siete años, el más pequeño de todos.
—¿Hacia dónde es abajo, novato?
—Hacia la puerta del enemigo. —La respuesta fue rápida y seca, como si dijera «venga, va, vamos a lo importante».
—¿Tu nombre, chico?
—Bean[1].
—¿Te lo pusieron por tu tamaño o quizá por tu cerebro?
Bean no contestó. Los otros se rieron un poco. Ender había elegido bien. Aquel niño era el más joven, y seguro que lo habían promocionado por listo. A los otros no les caía muy bien y les gustaba ver que le bajaban los humos un poco; como había hecho con Ender su primer comandante.
—Bueno, Bean, vas directo a las cosas. Os advierto que todo el que cruce esa puerta corre un gran riesgo de que lo alcance un disparo. Unos cuantos de vosotros se convertirán en cemento, por eso debéis aseguraros de la posición de las piernas, ¿entendido? Si solo os dan en las piernas, será lo único que se os congele, y con gravedad cero eso no es un problema. —Ender se volvió hacia uno de los que parecían aturdidos y preguntó—: ¿Para qué sirven las piernas?
—¿Mmm? —Mirada en blanco. Confusión. Tartamudeo.
—Olvídalo. Supongo que tendré que preguntarle a Bean.
—Las piernas son para alejarse de las paredes —dijo, este, aburrido.
—Gracias, Bean. ¿Lo habéis entendido? —Todos lo habían entendido y no les gustaba que fuera Bean el que se lo dijera.
»Así es. No veis con las piernas, no disparáis con las piernas y la mayor parte del tiempo se interponen en vuestro camino. Si se os congelan juntas y rectas se convertirán en un blanco. No tendréis forma de esconderos. Entonces, ¿cómo van las piernas?
Esta vez contestaron unos cuantos para que se viera que Bean no era el único que sabía algo.
—Debajo del cuerpo. Dobladas y debajo.
—Claro. Un escudo. Os arrodilláis frente a un escudo y el escudo son vuestras propias piernas. Y hay un truco con los trajes. Incluso cuando las piernas están congeladas pueden ponerse en marcha. Solo yo sé hacerlo, pero ahora vais a aprender vosotros.
Ender Wiggin encendió su paralizador. Brillaba, con un verde tenue, en su mano. Luego se dejó elevar en la sala de entrenamiento, plegó las piernas como si estuviera de rodillas, y se las congeló. El traje se puso rígido a la altura de las rodillas y los tobillos, de manera que no podía doblarse.
—Bueno, estoy congelado, ¿lo veis?
Estaba flotando a un metro por encima de ellos, que lo miraban perplejos. Se echó hacia atrás y atrapó uno de los asideros de la pared, detrás de él, y se tiró directamente contra la pared.
—Estoy atascado contra la pared. Si tuviera piernas, las usaría para impulsarme, como una judía, ¿verdad? —Se rieron—. Pero no tengo piernas y es mejor. ¿Por qué? Por esto.
Ender dobló la cintura y luego se enderezó violentamente. Atravesó la sala de entrenamiento de un tirón y los llamó desde el otro lado.
—¿Lo habéis entendido? No he necesitado las manos, por lo que puedo estar utilizando el paralizador, y no tenía las piernas flotando un metro detrás de mí. Mirad otra vez.
Repitió el movimiento, y se agarró a un asidero en la pared, cerca de ellos.
—Esto es lo que quiero que hagáis cuando os disparen a las piernas. Quiero que lo hagáis cuando todavía podéis hacer algo con ellas porque es mejor; y es mejor porque ellos no se lo esperan. Muy bien, todo el mundo en el aire y arrodillándose.
La mayoría de ellos estaba en el aire a los pocos segundos. Ender congeló a los rezagados, que se quedaron colgados sin posibilidad de moverse, mientras los demás se reían.
—Cuando doy una orden, os movéis, ¿queda claro? Cuando estemos ante la puerta y la despejen, os daré órdenes en dos segundos, en cuanto vea la disposición. Y cuando dé la orden más vale que salgáis, porque el que antes salga, ese es el que va a ganar, a menos que sea tonto. Yo no lo soy y más vale que vosotros tampoco u os llevaré de nuevo al escuadrón de profesores.
Vio a unos cuantos tragar saliva y los congelados lo miraron con temor.
—Vosotros, los que estáis colgando ahí. Se os pasará la congelación dentro de unos quince minutos. A ver si podéis alcanzar a los demás.
Durante la siguiente media hora, Ender los tuvo haciendo lo que les había enseñado. No paró hasta que entendieron la técnica. Tal vez fuera un buen grupo. Mejorarían.
—Ahora que habéis entrado en calor, vamos a empezar a trabajar.
Ender fue el último en salir después de la práctica, ya que se había quedado a ayudar a los más lentos para que mejoraran la técnica. Habían tenido buenos profesores, pero como en todas las escuadras, había diferencias entre ellos y algunos podían ser un verdadero obstáculo en combate. Su primera batalla podía tardar semanas o podía ocurrir al día siguiente. No había calendario programado. El comandante se despertaba y junto a la litera se encontraba una nota en la que figuraba la hora de la batalla y el nombre de su oponente. Así que, por primera vez, Ender iba a entrenar a sus chicos hasta que estuvieran en plena forma, todos; listos para cualquier cosa en cualquier momento. La estrategia estaba bien, pero no servía de nada si los soldados no podían aguantar la presión.
Al volver la esquina, en el ala de residencia, se encontró de cara con Bean, el niño de siete años con el que se había metido en el entrenamiento. Eso significaba problemas y Ender no quería tenerlos.
—Hola, Bean.
—Hola, Ender.
Pausa.
—Señor Ender —le corrigió con calma Ender.
—No estamos de servicio.
—En mi escuadra, Bean, siempre estamos de servicio. —Ender lo rozó al pasar.
Detrás de él sonó la voz aguda de Bean:
—Sé lo que está haciendo, señor Ender y tengo que advertirle.
Ender se volvió lentamente y lo miró.
—¿Advertirme de qué?
—Soy el mejor hombre que tiene, pero le conviene tratarme como tal.
—¿O qué? —Ender sonrió amenazante.
—O seré el peor hombre. O lo uno o lo otro.
—¿Y qué es lo que quieres? ¿Besos y amor? —Ender estaba enfadándose.
Bean no se inquietó.
—Quiero una patrulla.
Ender caminó hacia él, se paró y lo miró directamente a los ojos.
—Les daré una patrulla a los que demuestren que valen algo. Tienen que ser buenos soldados, tienen que saber cómo proceder con las órdenes y tienen que ser capaces de pensar por sí mismos en momentos difíciles y de mantener el respeto. Así es como yo llegué a ser un comandante. Así es como tú llegarás a dirigir una patrulla. ¿Lo entiendes?
Bean sonrió.
—Está bien. Si es cierto que funciona de esa forma, en un mes dirigiré una patrulla.
Ender lo miró desde arriba, lo agarró por el uniforme y lo empujó contra la pared.
—Cuando digo que trabajo de cierta manera, Bean, es que trabajo de esa manera.
Bean se limitó a sonreír. Ender lo soltó y se alejó, sin mirar atrás. Sabía que Bean seguía observándolo, sin dejar de sonreír y con cierto desprecio. Podía convertirlo en un buen jefe de patrulla. Lo vigilaría.
El capitán Graff, un metro sesenta y un poco regordete, se acarició la barriga mientras se reclinaba en la silla. Al otro lado de la mesa, el teniente Anderson, muy serio, señalaba los puntos altos de un gráfico.
—Aquí está, capitán —dijo Anderson—. Ender ya ha conseguido enseñarles una táctica que va a hacer trizas a quien se enfrente a ellos. Duplica su velocidad.
Graff asintió.
—Y conoce las notas de sus exámenes. Además, piensa bien.
Graff sonrió.
—Todo eso es cierto, Anderson; es buen estudiante y es prometedor.
Esperaron.
Graff suspiró.
—Entonces ¿qué quiere que haga?
—Ender es el indicado. Tiene que serlo.
—No estará listo a tiempo, teniente. Tiene once años, por el amor de Dios. ¿Qué quiere usted, un milagro?
—Lo quiero en las batallas, todos los días empezando desde mañana. Quiero que tenga años de batallas en un mes.
Graff sacudió la cabeza.
—Eso quiere decir que su escuadra terminará en el hospital.
—No. Está poniéndolos en forma. Y necesitamos a Ender.
—Corrección, teniente. Necesitamos a alguien. Usted cree que es Ender.
—Muy bien, creo que es Ender. ¿Qué otro comandante, si no?
—No lo sé, teniente. —Graff se pasó las manos por la calva—. Son niños, Anderson. ¿Se da cuenta de ello? La escuadra de Ender tiene nueve años de media. ¿Vamos a hacerlos pelear contra los más grandes? ¿Vamos a llevarlos a que estén en el infierno durante un mes, así como así?
El teniente Anderson se inclinó aún más sobre la mesa de Graff.
—¡La puntuación de Ender en las pruebas, capitán!
—¡He visto su maldita puntuación! ¡Lo he visto en la batalla, he oído las cintas de sus sesiones de entrenamiento, he visto sus patrones de sueño, he escuchado sus conversaciones en los pasillos y en el baño, estoy más al tanto de Ender Wiggin de lo que usted puede pensar! Y contra todos los argumentos, contra sus cualidades evidentes, estoy ponderando solo una cosa. Me imagino a Ender dentro de un año si hacemos lo que usted dice. Lo veo completamente inútil, agotado, un fracaso, debido a que lo empujamos más lejos de lo que él, o cualquier otra persona, podría ir. Pero eso no cuenta, ¿no es así, teniente? Porque estamos en guerra y nuestros mejores talentos se fueron, y aún faltan las batallas más importantes. Así pues, esta semana, dele a Ender una batalla todos los días. Y luego tráigame un informe.
Anderson se puso de pie y saludó.
—Gracias, señor.
Casi había alcanzado la puerta cuando Graff lo llamó. Se giró y miró al capitán, que le preguntó:
—Anderson, ¿ha estado fuera, últimamente?
—No desde la última salida, hace seis meses.
—No me lo imaginaba. No es que sea significativo, pero ¿ha ido alguna vez al parque Beaman, allí, en la ciudad? Hermoso parque. Árboles. Césped. Sin batallas, sin preocupaciones. ¿Sabe qué más hay en Beaman Park?
—¿Qué, señor? —preguntó el teniente Anderson.
—Niños —contestó Graff.
—Claro, niños.
—Quiero decir, niños. Me refiero a chavales que se levantan por la mañana, cuando su madre los llama, y van a la escuela, y luego por la tarde van al parque Beaman y juegan. Son felices, sonríen mucho, ríen, se divierten.
—Seguro, señor.
—¿Eso es todo lo que puede decir, Anderson?
Anderson se aclaró la garganta.
—Creo que para los críos es bueno divertirse; yo lo hacía de niño. Pero ahora, el mundo necesita soldados. Y esta es la manera de tenerlos.
Graff asintió y cerró los ojos.
—Sí, la verdad es que tiene razón. Las pruebas estadísticas y todas esas teorías importantes funcionan, maldita sea, y el sistema tiene razón pero, de todos modos, Ender es mayor que yo. No es un niño; casi ni es persona.
—Si eso es cierto, señor, entonces por lo menos todos sabemos que Ender está haciendo posible que otros críos de su edad puedan jugar en el parque.
—Y Jesús murió para salvar a todos los hombres, por supuesto —replicó Graff. Se sentó y miró a Anderson casi con tristeza—. Pero somos nosotros, nosotros, los que estamos clavando los clavos.
Ender Wiggin estaba en la cama mirando fijamente al techo. Nunca dormía más de cinco horas, pero las luces se apagaban a las diez de la noche y no se encendían hasta las seis de la mañana. Así que miraba al techo y pensaba.
Había tenido la escuadra durante tres semanas y media. La escuadra Dragón. Les asignaron ese nombre y no era un buen augurio. Las estadísticas decían que hacía unos nueve años, una escuadra Dragón lo había hecho bastante bien, pero durante los siguientes seis años, el nombre lo habían llevado escuadras peores y, al final, como se generó cierta superstición en torno a él, se había retirado. Hasta aquel momento. Y ahora, pensó Ender sonriendo, la escuadra Dragón iba a darles una sorpresa.
La puerta se abrió sin hacer ruido. Ender no se giró. Alguien entró sigilosamente en su habitación y luego se fue. Oyó cerrarse la puerta. Cuando los tenues pasos se extinguieron, Ender se volvió y vio un papel blanco en el suelo. Se agachó y lo recogió. «Escuadra Dragón contra escuadra Conejo, Ender Wiggin y Carn Carby, 07:00».
La primera batalla. Se levantó de la cama y se vistió deprisa. Fue rápidamente a los cuartos de los jefes de patrulla y les dijo que despertaran a sus muchachos. En cinco minutos estaban todos reunidos en el pasillo, aún adormilados. Ender les habló despacio:
—Primera batalla, a las siete contra la escuadra Conejo. He luchado contra ellos dos veces, pero tienen un nuevo comandante. No he oído hablar de él. Son mayores que nosotros; sin embargo, conozco algunos de sus trucos. Ahora, despertaos. Corred, muy rápido, a calentar en la sala de entrenamiento tres.
Se entrenaron durante una hora y media, con tres simulacros de batallas y gimnasia en el pasillo, fuera de la sala de gravedad cero. Después permanecieron durante unos quince minutos en el aire, relajados por la falta de peso.
A las 6.50, Ender los sacó de allí y fueron hacia el pasillo. Los condujo por él, corriendo y saltando de vez en cuando para tocar un plafón de luz en el techo. Todos tenían que tocar el mismo plafón. A las 6.58 llegaron a la puerta de la sala de batalla.
Los miembros de las patrullas C y D se agarraron a los primeros ocho asideros en el techo del corredor. Las patrullas A, B y E se agacharon en el suelo. Ender se colgó con los pies de dos asideros que había en el centro del techo, lo que lo ponía fuera del camino de todos.
—¿Dónde está la puerta del enemigo? —siseó.
—¡Abajo! —respondieron, susurrando y riendo.
—Paralizadores encendidos.
Las cajas que llevaban en la mano brillaban con un color verde. Esperaron unos segundos más; luego la pared gris que tenían enfrente desapareció y la sala de batalla quedó completamente visible. Ender lo comprendió enseguida. Se trataba de aquella cuadrícula de la mayoría de los juegos antiguos, como el de las barras trepadoras de los parques, con siete u ocho cajas dispersas en la cuadrícula. A las cajas las llamaban «estrellas». Había suficientes como para que valiera la pena ir a por ellas y estaban cerca. Ender decidió todo en un segundo y gritó:
—Dispersaos hacia las estrellas más cercanas. ¡Patrulla E, esperad!
Los cuatro grupos se zambulleron en el campo de fuerza de la entrada y cayeron en la sala de batalla. Antes de que el enemigo apareciera por la puerta opuesta, la escuadra de Ender se había dirigido desde la puerta hacia las estrellas más cercanas. Entonces aparecieron los soldados enemigos a través de la puerta. Desde su posición, Ender se dio cuenta de que habían estado en una gravedad diferente y que no sabían lo suficiente como para desorientarlos. Estaban de pie, con todo el cuerpo extendido e indefenso.

—¡Patrulla E, aniquiladlos! —siseó Ender al mismo tiempo que se lanzaba por la puerta, las rodillas por delante, el paralizador entre las piernas y disparando.
Mientras el grupo de Ender volaba cruzando la sala, el resto de la escuadra Dragón los cubría disparando. La patrulla E llegó a la parte de delante y solo un niño fue congelado por completo, aunque todos estaban sin poder usar las piernas, lo que no los afectaba lo más mínimo. Hubo una pausa mientras Ender y su oponente, Carn Carby, evaluaban sus posiciones. Aparte de las pérdidas de la escuadra Conejo en la puerta, había pocas bajas y ambas escuadras conservaban su poder de fuego. Pero Carn no tenía inventiva. Su escuadra se disponía siguiendo el patrón de dispersión de los cuatro rincones, algo que cualquier niño de cinco años del batallón de los profesores podía haber pensado. Y Ender sabía cómo derrotarlo.
—E cubre A. C abajo. B, D al ángulo de la pared este —ordenó a voz en grito.
Bajo la protección de la patrulla E, la B y la D se lanzaron lejos de sus estrellas. Las patrullas A y C dejaron las suyas; seguían expuestos y flotaron hacia la pared cercana. La alcanzaron juntos, y juntos doblaron la cintura, para alejarse de la pared. Con la velocidad así adquirida, aparecieron detrás de estrellas del enemigo y abrieron fuego. En unos pocos segundos la batalla había terminado. Casi todos los enemigos estaban congelados, incluyendo el comandante, y los pocos que no lo estaban habían quedado dispersos en los rincones. Durante los cinco minutos siguientes, la escuadra Dragón, organizada en batallones de cuatro en cuatro, barrió los oscuros rincones de la sala de batalla y condujo el enemigo al centro de la sala, donde sus cuerpos, congelados en ángulos imposibles, se empujaban unos a otros. Entonces Ender cogió a tres de sus chicos y los llevó hacia la puerta del enemigo, para cumplir con la formalidad de revertir el campo unidireccional tocando simultáneamente todas las esquinas con un casco de la escuadra Dragón. A continuación reunió a su escuadra, cuyos miembros se dispusieron en filas verticales, cerca del nudo conformado por los soldados congelados de la escuadra Conejo.
Solo tres soldados de la Dragón estaban paralizados. Su victoria —treinta y ocho a cero— era espectacular y Ender empezó a reírse. Toda la escuadra lo acompañó, riendo a carcajadas. Cuando los tenientes Anderson y Morris aparecieron por la puerta de profesores, en el extremo sur de la sala de batalla aún seguían riéndose. El teniente Anderson estaba serio, pero Ender vio que le guiñaba un ojo mientras le tendía la mano y lo felicitaba con la seriedad y la formalidad que el rito mandaba para con el vencedor del juego. Morris encontró a Carn Carby y lo descongeló. El muchacho, que tenía trece años, se presentó ante Ender, que reía sin malicia y le tendió la mano. Carn la tomó con educación e inclinó la cabeza. Era eso o ser paralizado de nuevo.
El teniente Anderson despachó a la escuadra Dragón. Sus miembros dejaron la sala de batalla en silencio a través de la puerta del enemigo, como también mandaba el ritual. Una luz titilaba en el lado norte de la puerta cuadrada indicando donde estaba la gravedad en aquel pasillo. Ender, al frente de sus soldados, cambió de dirección, atravesó el campo de fuerza y cayó de pie en el campo gravitatorio. Su escuadra lo siguió de inmediato y volvieron a la sala de entrenamiento. Cuando llegaron allí se formaron y Ender quedó colgado en el aire, observándolos.
—Una buena primera batalla —dijo. Se desencadenaron los vítores, pero Ender los hizo callar—. La escuadra Dragón lo ha hecho bien contra los Conejos, pero el enemigo no va a ser tan malo. Si hubiera sido una buena escuadra, nos habrían aplastado. Podríamos haber ganado, pero nos hubieran aplastado. Ahora, dejadme ver; las patrullas B y D, aquí: habéis salido de las estrellas muy despacio. Si los de la escuadra Conejo supieran disparar el paralizador, habríais quedado congelados antes de que A y C llegaran a la pared.
Se entrenaron el resto del día. Aquella noche, Ender fue por primera vez al comedor de los comandantes. Nadie podía ir allí antes de haber ganado, por lo menos, una batalla y Ender era el comandante más joven en lograrlo. No hubo un gran revuelo cuando entró, pero algunos, al ver el dragón en el bolsillo del pecho de su uniforme, lo miraron directamente y, para cuando se sentó a una mesa vacía con su bandeja, toda la sala estaba en silencio y los otros comandantes lo miraban. Ender se dio cuenta de la situación y se preguntó cómo era que todos sabían lo que había pasado y por qué parecían tan hostiles.
Entonces miró hacia la puerta por la que había entrado. Encima de ella había un gran marcador que ocupaba toda la pared. Registraba las victorias y las derrotas de cada escuadra y el tanteo; las batallas del día estaban en rojo. Solo cuatro de ellas. Las otras tres habían ganado muy justo; la mejor solo contaba con dos hombres enteros y once móviles al final del juego. La puntuación de treinta y ocho móviles obtenida por la escuadra Dragón era la mejor. En el comedor de comandantes habían recibido a otros con alabanzas y felicitaciones, pero ninguno de esos otros había ganado treinta y ocho a cero.
Ender buscó la escuadra Conejo en el marcador. Se sorprendió al ver que la puntuación de Carn Carby hasta aquel día era de ocho victorias y tres derrotas. ¿Tan bueno era? ¿O es que solo había combatido contra escuadras inferiores? Fuera como fuese, Carn tenía cero móviles en todas las columnas, y Ender estaba bajo el marcador sonriendo. Nadie le devolvió la sonrisa y supo que le tenían miedo, lo que significaba que lo odiarían y que el que se batiera contra la escuadra Dragón estaría asustado y enfadado, y, por tanto, sería menos competente. Buscó a Carn Carby entre la multitud y lo localizó no muy lejos. Lo miró fijamente hasta que uno de los otros chicos le dio un codazo al comandante de la Conejo y le señaló a Ender. Este sonrió de nuevo y lo saludó con la mano. Carby se ruborizó y Ender, satisfecho, se inclinó sobre la cena y empezó a comer.
Al final de la semana la escuadra Dragón había librado siete batallas en siete días. El marcador era de siete victorias y cero derrotas. Ender nunca había tenido más de cinco chicos congelados. Ya no era posible que los otros comandantes lo ignoraran. Unos pocos se sentaron con él y hablaron en voz baja sobre las estrategias que los oponentes de Ender habían utilizado. Otros, muchos más, charlaban con los comandantes a los que Ender había derrotado, intentando averiguar qué había hecho para vencerlos.
A la mitad de la comida se abrió la puerta de profesores. Los grupos se quedaron en silencio mientras el teniente Anderson caminaba y los inspeccionaba. Cuando localizó a Ender, atravesó rápidamente la sala y le susurró algo al oído. Él asintió, se bebió su vaso de agua y dejó la sala con el teniente. De camino a la salida, Anderson le entregó una hoja de papel a uno de los muchachos mayores. En la sala volvía a oírse el rumor de las conversaciones cuando Anderson y Ender se retiraban.
Ender fue escoltado a través de pasillos en los que nunca había estado. No tenían el brillo azul de los de los soldados. La mayoría tenía paneles de madera y el suelo enmoquetado. Las puertas también eran de madera, con placas de identificación. Se detuvieron en la que decía CAPITÁN GRAFF, SUPERVISOR. Anderson llamó con delicadeza y una voz grave respondió: «Pase». Entraron. El capitán Graff estaba sentado detrás de la mesa con las manos cruzadas sobre la barriga. Señaló con la cabeza y Anderson se sentó. Ender también lo hizo. Graff se aclaró la garganta y dijo:
—Siete días desde tu primera batalla, Ender.
Ender no respondió.
—Has ganado siete batallas, una cada día.
Ender asintió.
—Con puntuaciones inusualmente altas, además.
Ender pestañeó.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó Graff.
Ender miró fugazmente a Anderson y luego le habló al capitán, que estaba detrás del escritorio:
—Dos tácticas nuevas, señor: las piernas plegadas como escudo, de modo que no se pueda inmovilizar a una persona con el paralizador, y doblarse para rebotar en las paredes. También una estrategia muy buena, como me enseñó el teniente Anderson pensar en lugares, no en espacios. Además, cinco patrullas de ocho en vez de cuatro de diez. Por otra parte, oponentes incompetentes. Y excelentes jefes de patrulla y buenos soldados.
Graff, inexpresivo, miró a Ender, que se preguntaba a qué estaba esperando. El teniente Anderson dijo:
—Ender, ¿en qué condiciones está tu escuadra?
Supuso que querían que pidiera un descanso y decidió que no lo haría de ninguna manera.
—Están un poco cansados, pero en condiciones excelentes: moral alta, aprendiendo rápido, y ansiosos por la próxima batalla.
Anderson miró a Graff, que se encogió de hombros ligeramente y miró a Ender.
—¿Hay algo que quieras saber?
Ender extendió despacio las manos en su regazo.
—¿Cuándo va a ponernos frente a una escuadra buena?
La risa de Graff resonó en la habitación. Cuando paró de reírse, le entregó un papel a Ender, mientras decía:
—Ahora.
Ender leyó: «Escuadra Dragón contra escuadra Leopardo, Ender Wiggin y Pol Slattery 20:00 h» Luego miró al capitán Graff.
—Eso es dentro de diez minutos, señor.
Graff sonrió.
—Entonces será mejor que te des prisa.
En cuanto dejó el despacho, Ender llegó a la conclusión de que Pol Slattery era el chaval al que le habían entregado las órdenes cuando él salía del comedor. Tardó unos cinco minutos en llegar hasta su escuadra. Tres jefes de patrulla estaban ya desvestidos y tumbados en la cama. Los mandó a toda prisa por los pasillos para que despertaran a los miembros de sus patrullas respectivas y él recogió sus trajes. Cuando todos los muchachos se reunieron en el pasillo, aunque la mayoría estaba a medio vestir, Ender se dirigió a ellos:
—Esta batalla va a ser difícil y no hay tiempo. Llegaremos tarde a la puerta y el enemigo estará desplegado justo delante de la nuestra. Emboscados. No he oído que eso haya sucedido hasta ahora, así que nos lo tomaremos con calma en la puerta. Las patrullas A y B que mantengan las correas flojas; dadles los paralizadores a los jefes y a los segundos de las otras patrullas.
Desconcertados, sus soldados le obedecieron. Ya estaban todos vestidos y Ender los llevó al trote hasta la puerta. Cuando llegaron, el campo de fuerza ya era unidireccional y algunos de los soldados jadeaban. Habían combatido en otra batalla aquel mismo día y habían hecho una sesión completa de entrenamiento. Estaban cansados.
Ender se detuvo en la entrada y miró la disposición de los soldados enemigos. Algunos estaban agrupados a poco más de cinco metros de la puerta. No había cuadrícula, no había estrellas. Un gran espacio vacío. ¿Dónde estaban casi todos los soldados enemigos? Debería de haber treinta más.
—Están apoyados contra aquella pared, donde no podemos verlos —dijo Ender.
Les ordenó a las patrullas A y B que se arrodillaran con las manos en la cintura. Luego les disparó para que se congelaran.
—Vais a ser nuestros escudos —les dijo. Luego hizo que los chavales de la C y la D se arrodillaran y agarraran con los brazos a los congelados por debajo del cinturón: cada uno llevaba dos paralizadores. Entonces Ender y los miembros de la patrulla E recogieron las parejas formadas y las fueron empujando de tres en tres a través de la puerta. Tal como esperaba, el enemigo abrió fuego de inmediato, pero le dieron a los que ya estaban congelados. En un instante había estallado un pandemónium en la sala de batalla. Todos los soldados de la escuadra Leopardo eran blancos fáciles ya que estaban apoyados contra la pared o flotando, sin protección, en medio de la sala, y los soldados de Ender, armados con dos paralizadores cada uno, los destrozaron fácilmente. Pol Slattery reaccionó deprisa y alejó a sus hombres de la pared, pero no fue lo bastante rápido, ya que solo unos pocos podían moverse y los paralizaron antes de que pudieran hacer una cuarta parte del camino a través de la sala de batalla.
Cuando terminó la contienda, a la escuadra Dragón solo le quedaban doce chicos intactos, la puntuación más baja que habían obtenido nunca. Pero Ender estaba satisfecho y durante el ritual de rendición Pol Slattery rompió con las formas y le estrechó la mano mientras le preguntaba:
—¿Por qué has esperado tanto tiempo para salir por la puerta?
Ender miró a Anderson, que estaba flotando cerca.
—Me han avisado tarde —le contestó—. Fue una emboscada.
Slattery sonrió y chocó la mano de Ender de nuevo.
—Buen juego.
Esta vez Ender no le sonrió a Anderson. Sabía que ahora los juegos estarían preparados en su contra, para igualar las opciones. No le gustaba.
Eran las 21.50, casi hora de apagar las luces, cuando Ender llamó a la puerta del cuarto que Bean compartía con otros tres soldados. Uno de ellos se asomó a la puerta, luego retrocedió y la abrió de par en par. Ender se quedó quieto un instante y a continuación le preguntó si podía pasar. Se oyó «por supuesto, por supuesto, pase» y se acercó a la litera de arriba, donde Bean, que había dejado el libro que estaba leyendo y estaba incorporado a medias, apoyado en el codo, miraba a Ender.
—Bean, ¿me permites veinte minutos?
—Es casi la hora de que apaguen las luces —contestó Bean.
—En mi cuarto —le indicó Ender—. Yo te cubro.
Bean se sentó y salió de la cama. Caminaron juntos silenciosamente por el pasillo hasta el cuarto de Ender, que entró primero. Bean cerró la puerta.
—Siéntate —le dijo Ender. Los dos se sentaron en el borde de la cama, mirándose—. ¿Recuerdas hace cuatro semanas, Bean? ¿Cuando me dijiste que querías ser jefe de patrulla?
—Sí.
—Desde entonces he nombrado cinco jefes de patrulla, ¿verdad? Y ninguno has sido tú.
Bean lo miró sin alterarse.
—¿Es cierto o no? —preguntó Ender.
—Sí, señor —respondió Bean.
Ender asintió.
—¿Cuál ha sido tu comportamiento en estas batallas?
Bean inclinó la cabeza hacia un lado y contestó:
—Nunca me han inmovilizado, señor, y he inmovilizado a cuarenta y tres enemigos. He obedecido órdenes rápidamente, he dirigido una patrulla en un barrido y no he perdido ningún soldado.
—Entonces entenderás esto. —Ender se detuvo. Decidió retroceder y decir algo más antes de ir al asunto—. Sabes que vas adelantado, Bean, por lo menos medio año. Yo también iba así y he llegado a ser comandante seis meses antes de lo normal. Ahora me han puesto a dirigir batallas, aunque solo había entrenado tres semanas con mi escuadra. Me han asignado ocho batallas en siete días; ya tengo más que algunos de los que nombraron comandantes hace cuatro meses y he ganado más que muchos de los que lo son desde hace un año. Y lo de esta noche…; sabes lo que ha pasado.
Bean asintió.
—Le han avisado tarde.
—No sé qué están haciendo los profesores, pero mi escuadra empieza a cansarse, y yo también; encima ahora van cambiando las reglas del juego. Verás, Bean, he visto los datos antiguos. Nadie ha destruido tantos equipos ni ha mantenido tantos de sus soldados enteros en toda la historia del juego. Soy único; y estoy recibiendo un trato único.
Bean sonrió.
—Es el mejor, Ender.
Ender sacudió la cabeza.
—Quizá. Pero no he conseguido los soldados que tengo por casualidad. Mi peor soldado podría ser jefe de patrulla en otra escuadra: tengo a los mejores. Me han concedido muchas cosas, pero ahora están poniendo todo en mi contra. No sé por qué, pero sé que debo estar preparado para ello. Necesito tu ayuda.
—¿Por qué la mía?
—Porque a pesar de que hay algunos soldados mejores que tú en la escuadra Dragón, aunque no muchos, nadie piensa tan bien ni tan rápido.
Bean no dijo nada. Los dos sabían que era cierto. Ender continuó:
—Necesito estar preparado, pero no puedo volver a entrenar a toda la escuadra. Así que voy a sacar un soldado de cada patrulla; entre ellos, tú. Formaréis una especial, bajo mi mando directo, y aprenderéis a hacer algunas cosas nuevas. La mayor parte del tiempo estaréis con los pelotones regulares, como hasta ahora. Pero cuando te necesite… ¿Lo entiendes?
Bean sonrió y asintió.
—Está bien. ¿Puedo elegirlos yo?
—Uno por cada patrulla, excepto la tuya, y no puedes elegir ningún jefe de patrulla.
—¿Qué quiere que hagamos?
—Bean, no lo sé. No sé con qué van a atacarnos. ¿Qué harías si de repente nuestros paralizadores no funcionaran y los del enemigo sí? ¿Qué harías si tuviéramos que enfrentarnos a dos escuadras a la vez? Lo único que sé es que puede haber un juego en el que ni siquiera intentemos ganar puntos, sino que solo vayamos a por la puerta del enemigo. Quiero que estés listo para hacer eso en cualquier momento que lo pida, ¿lo entiendes? Los apartas durante dos horas al día, cuando estemos en el entrenamiento normal. Luego tú, tus soldados y yo trabajaremos por la noche, después de la cena.
—Vamos a llegar cansados.
—Tengo la sensación de que todavía no sabemos lo que es estar cansado. —Ender extendió la mano, cogió la de Bean y la sujetó—. Aunque manipulen todo en nuestra contra, Bean, vamos a ganar.
Bean dejó la habitación en silencio y caminó por el pasillo.
La Dragón no era la única escuadra que se entrenaba fuera de horas. Los otros comandantes se habían dado cuenta finalmente de que tenían que ponerse al día. Desde primeras horas de la mañana hasta que se apagaban las luces, todos los soldados del Centro de Entrenamiento y Comando, cuya edad no superaba los catorce años, estaban aprendiendo cada una de las técnicas aplicadas por Ender.
Y mientras los otros comandantes dominaban esas técnicas, Ender y Bean trabajaban con problemas que todavía no habían surgido. Libraban batallas todos los días; de las normales, con cuadrículas, estrellas y saltos bruscos a través de la puerta. Y después de las batallas, Ender, Bean y los otros cuatro soldados dejaban el grupo principal y practicaban maniobras extrañas. Ataques sin paralizadores, en los que usaban los pies para quitarles las armas o desorientar al enemigo; otras veces revertían la puerta del enemigo en menos de dos segundos utilizando cuatro soldados congelados. Un día Bean llegó al entrenamiento con una cuerda de treinta metros.
—¿Para qué es eso?
—Todavía no lo sé.
Sin prestar atención, Bean giró uno de los extremos. No tenía ni cinco milímetros de grosor, pero habría levantado diez adultos sin romperse.
—¿Dónde la has conseguido?
—En la cafetería. Me preguntaron para qué la quería y les dije que para practicar nudos.
Bean hizo un lazo en el extremo de la cuerda y se lo pasó sobre los hombros.
—Vosotros dos, aguantad en la pared de allí. Ahora no sujetéis la cuerda. Dadme unos cincuenta metros.
Lo hicieron y Bean se movió a unos tres metros de ellos a lo largo de la pared.
En cuanto estuvo seguro de que estaban preparados, dobló la cintura, se impulsó fuera de la pared y voló en línea recta, a unos cincuenta metros. La cuerda se tensó; era tan fina que resultaba casi invisible, pero era lo bastante fuerte como para desviar a Bean en ángulo recto. Ocurrió tan de repente que hizo un arco perfecto y golpeó la pared con fuerza antes de que la mayoría de los otros soldados supieran lo que había pasado. Bean hizo un rebote perfecto y se desplazó veloz de vuelta hacia donde Ender y los otros esperaban.
Muchos de los soldados de los cinco escuadrones regulares no se habían dado cuenta de la cuerda y le exigían a Bean que les dijera cómo había hecho aquel movimiento. Con gravedad cero era imposible cambiar la dirección tan de repente. Bean se rio.
—¡Esperad al próximo juego sin cuadrícula! No se enterarán de dónde les caen los golpes.
Y nunca lo supieron. El siguiente juego era al cabo de dos horas; para entonces Bean y los otros dos compañeros eran muy buenos apuntando y disparando al mismo tiempo que volaban a una velocidad imposible al final de la cuerda.
Les entregaron la orden y la escuadra Dragón corrió hasta la puerta, a librar la batalla contra la escuadra Grifo. Bean enrolló la cuerda. Cuando la puerta se abrió, todo lo que podían ver era una larga estrella marrón, a apenas cinco metros de distancia, bloqueando completamente su visión de la puerta del enemigo. Ender no se detuvo.
—Bean, date cinco metros de cuerda y dirígete hacia la estrella.
Bean y sus cuatro soldados cayeron por la puerta y, de repente, se tiraron de lado, lejos de la estrella. La cuerda se tensó y Bean voló hacia delante; a medida que la cuerda daba con los bordes de la estrella, el arco que describía su cuerpo se tensaba y su velocidad aumentaba, hasta que golpeó la pared, a menos de un metro de la puerta. Casi no pudo controlar el rebote para no acabar detrás de la estrella, pero enseguida movió los brazos y las piernas para que los suyos supieran que el enemigo no le había acertado.
Ender cayó por la puerta y Bean, rápidamente, lo puso al corriente de la disposición que presentaba la escuadra Grifo:
—Tienen dos cuadrículas de estrellas alrededor de la puerta. Todos los soldados están a cubierto y no hay forma de darle a ninguno hasta que lleguemos a la pared del fondo. Incluso con escudos, llegaríamos ahí con la mitad de la fuerza y no tendríamos oportunidad.
—¿Se mueven? —preguntó Ender.
—¿Necesitan hacerlo?
«Yo lo haría», pensó Ender.
—Esta será difícil. Vamos a por la puerta, Bean.
La escuadra Grifo comenzó a llamarlos.
—¡Eh! ¿Hay alguien ahí?
—¡Despertad, estamos en guerra!
—¡Queremos unirnos a la fiesta!
Todavía estaban llamándolos cuando la escuadra de Ender salió por detrás de su estrella, con un escudo de catorce soldados congelados. William Bee, el comandante de la escuadra Grifo, con sus hombres protegidos por las estrellas, esperaba paciente, mientras se acercaba la pantalla, a que lo que fuera que hubiera detrás del escudo se hiciera visible. A unos diez metros de distancia, la pantalla estalló cuando los soldados la empujaron hacia el norte. La inercia los llevó hacia el sur, doblando la velocidad normal, y en ese instante el resto de la escuadra Dragón emergió desde detrás de su estrella, en el extremo opuesto de la sala, disparando a toda velocidad.
Los chicos de William Bee se unieron a la batalla de inmediato, por supuesto, pero al comandante le interesaba más lo que había quedado flotando al deshacerse el escudo. Una formación de cuatro soldados congelados de la escuadra Dragón se dirigía a la puerta de la escuadra Grifo. Estaban unidos a otro soldado congelado, cuyos pies y manos se agarraban del cinturón de otros. Un sexto soldado colgaba de la cintura del anterior como la cola de una cometa. La escuadra Grifo estaba ganando la batalla fácilmente y William Bee se concentró en la formación que se aproximaba a la puerta. De pronto el soldado que estaba en la cola de la cometa se movió: ¡no estaba congelado! William le disparó y le dio, pero el daño ya estaba hecho. La formación derivó hasta la puerta de la escuadra Grifo y sus cascos tocaron los cuatro rincones simultáneamente. Sonó un timbre, la puerta se puso en reversión y el impulso arrastró a los soldados congelados a través de ella. Todos los paralizadores dejaron de funcionar; el juego había terminado.
La puerta de los profesores se abrió y entró el teniente Anderson. Se detuvo y movió ligeramente las manos cuando llegó al centro de la sala de batalla.
—Ender —llamó, rompiendo el protocolo.
Uno de los soldados de la Dragón, situado en la pared sur, intentó responder, pero tenía la mandíbula sujeta por el traje. Anderson se dirigió hacia él y lo descongeló.
Ender sonreía.
—Le he ganado a usted otra vez, señor —dijo.
Anderson no sonrió.
—Eso es una tontería, Ender —le replicó Anderson con calma—. Tu batalla era contra William Bee de la escuadra Grifo.
Ender levantó una ceja.
—Después de esa maniobra —le advirtió Anderson— se van a revisar las normas para exigir que todos los soldados del enemigo estén inmovilizados antes de que la puerta se pueda revertir.
—Está bien —aceptó Ender—. De todas maneras, solo podía funcionar una vez.
Anderson asintió y comenzó a retirarse, cuando Ender añadió:
—¿Y van a poner una nueva regla para que todas las escuadras luchen en las mismas condiciones?
Anderson se dio la vuelta.
—Si estás tú de por medio, Ender, difícilmente se puede considerar que las condiciones sean iguales para todos.
William Bee repasaba la acción paso a paso intentando averiguar cómo demonios había perdido cuando ninguno de sus soldados había sido paralizado y solo cuatro de los soldados de Ender podían moverse.
Aquella noche, cuando Ender entró en el comedor de comandantes fue recibido con aplausos y vivas. Su mesa estaba repleta de comandantes que presentaban sus respetos, muchos de ellos dos o tres años mayores que Ender. Él fue amable, pero mientras cenaba se preguntaba qué le harían los profesores en el próximo enfrentamiento. No tenía que preocuparse. Sus dos batallas siguientes fueron victorias fáciles y, después de ellas, ya no vio más la sala de batalla.
Eran las nueve y Ender se irritó un poco cuando oyó que alguien tocaba a su puerta. Su ejército estaba exhausto y les había ordenado que a las ocho y media estuvieran todos en la cama. Los últimos dos días habían tenido varias batallas y Ender esperaba lo peor para el día siguiente.
Era Bean. Entró tímidamente y lo saludó. Ender le devolvió el saludo y estalló:
—Bean, quería a todo el mundo en la cama.
Bean asintió pero no se fue. Ender iba a ordenarle que saliera, pero al mirarlo se dio cuenta, por primera vez en semanas, de lo joven que era. Había cumplido ocho años una semana antes y todavía era pequeño y… no, no era pequeño. Nadie era un crío. Bean había estado en batalla y con una escuadra entera dependiendo de él, lo había resuelto todo y había ganado. No podía considerarlo un niño pequeño. Se encogió de hombros.
Bean se acercó, se sentó en el borde de la cama y se quedó mirándose las manos. Ender se impacientó y le preguntó:
—Bueno, ¿qué pasa?
—Me han trasladado. He recibido las órdenes hace unos minutos.
Ender cerró los ojos durante un segundo.
—Sabía que se les ocurriría algo nuevo. Ahora se llevan a mis soldados. ¿Adónde irás?
—A la escuadra Conejo.
—¡Cómo pueden ponerte bajo el mando de un idiota como Carn Carby!
—Carn se ha graduado; escuadrón de apoyo.
Ender miró hacia arriba.
—Bueno, y ¿quién va a comandar a los Conejos ahora?
Bean se estrujó las manos sin poder contenerse.
—Yo —contestó.
Ender asintió y sonrió.
—Claro. A fin de cuentas, solo tienes cuatro años menos que la edad normal para ser comandante.
—No me hace gracia —le confesó Bean—. No sé qué está pasando aquí. Primero, todos los cambios en el juego y ahora esto. No me han trasladado a mí solo: Ren, Peder, Brian, Wings y Younger; todos comandantes.
Ender se levantó iracundo y caminó a zancadas hasta la pared.
—¡Todos los malditos jefes de patrulla que tenía! —dijo y se giró de cara a Bean—. Y si iban a desmontar mi escuadra, ¿por qué se han molestado en hacerme comandante?
Bean sacudió la cabeza.
—No lo sé. Eres el mejor. Nadie ha hecho lo que tú: diecinueve batallas en quince días y todas ganadas, pusieran las trampas que pusieran.
—Y ahora tú y los otros sois comandantes. Conoces todos mis trucos, yo te he entrenado, ¿y con quién se supone que debo reemplazarte? ¿Me van a dar seis novatos?
—¡Qué asco!, Ender, pero sabes que si te dan cinco enanos lisiados armados con rollos de papel higiénico, ganarás de todas maneras.
Se echaron a reír y entonces se dieron cuenta de que la puerta estaba abierta.
Entró el teniente Anderson seguido por el capitán Graff.
—Ender Wiggin —dijo Graff, poniéndose las manos sobre la barriga.
—Sí, señor —contestó Ender.
—Órdenes —le dijo Anderson, extendiéndole un trozo de papel.
Ender lo leyó deprisa y al acabar lo arrugó, sin dejar de mirar al lugar donde había estado el papel. Después de un momento, preguntó:
—¿Puedo contarle esto a mi escuadra?
—Se darán cuenta —respondió Graff—. Es mejor no hablar con ellos después de recibir las órdenes. Es más fácil.
—¿Para usted o para mí? —preguntó Ender. No esperó la respuesta. Se volvió rápidamente hacia Bean y le estrechó la mano un instante, al tiempo que se dirigía a la puerta.
—Espera —dijo Bean—. ¿Adónde vas? ¿Táctica o Escuela de Apoyo?
—Escuela de Mando —respondió Ender. Luego se fue y Anderson cerró la puerta.
«Escuela de Mando», pensó Bean. Nadie iba a la Escuela de Mando sin haber pasado tres años en la Escuela de Táctica, y a esta no iba nadie sin haber pasado, por lo menos, cinco años en al Escuela de Batalla. Ender solo había estado allí tres años.
El sistema estaba desintegrándose. No había duda, pensó Bean. O alguien de arriba estaba volviéndose loco o algo iba mal con la guerra; la guerra de verdad, para la que se entrenaban. ¿Por qué, si no, se cargarían el sistema de entrenamiento, promocionando a alguien, aunque fuera tan bueno como Ender, a la Escuela de Mando?
Bean se lo preguntó durante un buen rato. Finalmente se recostó en la cama de Ender y se dio cuenta de que era probable que no se vieran nunca más. Tenía ganas de llorar, pero no lloró, por supuesto. El adiestramiento en preescolar le había enseñado como controlar esas emociones. Se acordaba de cuando tenía tres años y su primer profesor se había enfadado al ver que le temblaban los labios y los ojos se le llenaban de lágrimas.
Bean hizo la rutina de relajación hasta que se le pasaron las ganas de llorar. Entonces se quedó dormido. Tenía la mano cerca de la boca, sobre la almohada, vacilante, como si no pudiera decidir si morderse las uñas o chuparse el dedo. La frente arrugada y el ceño fruncido. Su respiración era rápida y ligera. Era un soldado, y si alguien le preguntaba qué quería ser cuando fuera mayor, no hubiera entendido a qué se referían.
Había una guerra, decían, y esa era excusa suficiente para tener prisa. Lo decían como si fuera una contraseña y mostraban una pequeña tarjeta en cada taquilla, puesto aduanero o estación de guardia; así conseguían atravesar rápidamente cada control.
A Ender Wiggin lo trasladaron de un lugar a otro tan rápido que no tuvo tiempo de fijarse en nada, pero vio árboles por primera vez. Vio un hombre que no vestía uniforme. Vio una mujer. Vio animales extraños que no hablaban, pero que seguían dóciles a mujeres y a niños pequeños. Vio maletas y cintas transportadoras, pancartas con palabras que nunca había oído. Le hubiera preguntado a alguien lo que significaban aquellas palabras, sino hubiera estado rodeado por la voluntad y la autoridad encarnadas en cuatro altos oficiales, que no se hablaban ni le hablaban.
Ender Wiggin era un extraño para el mundo que tenía que salvar. No recordaba haber salido nunca de la Escuela de Batalla. Sus recuerdos más antiguos eran los juegos de guerra infantiles bajo la dirección de un maestro, las comidas con los otros niños con los uniformes grises y verdes de las fuerzas armadas de su mundo. No sabía que el gris representaba el cielo y el verde, el gran bosque de su planeta. Todo lo que sabía del mundo eran vagas referencias a «afuera», y antes de que pudiera darle sentido al extraño mundo que estaba viendo por primera vez, lo encerraron de nuevo dentro de la coraza militar, donde no hacía falta decir que había una guerra, ya que allí nadie lo olvidaba ni un solo instante de un solo día.
Lo metieron en una nave espacial y lo lanzaron a un gran satélite artificial que giraba alrededor del mundo. La estación espacial se llamaba Escuela de Mando y contenía al ansible. En su primer día allí le enseñaron lo que significaba el ansible para la guerra. Significaba que, a pesar de que hacía cien años que se habían lanzado las naves espaciales de las batallas que se libraban en aquel momento, sus comandantes estaban a la última y utilizaban el ansible para mandar mensajes a los ordenadores y a los pocos hombres que iban en cada nave. El ansible enviaba las palabras al mismo tiempo que se pronunciaban, las órdenes simultáneamente a su cumplimiento y los planes de batalla mientras se luchaba. La luz era un peatón.
Durante dos meses, Ender Wiggin no se encontró con nadie. Llegaban de manera anónima, le enseñaban lo que sabían y lo dejaban con otros profesores. No tenía tiempo de echar de menos a sus amigos de la Escuela de Batalla. Solo tenía tiempo de aprender cómo utilizar el simulador, con deslumbrantes estrategias bélicas como si estuviera en una nave espacial en el centro de una batalla; y cómo comandar naves simuladas, en batallas simuladas, manipulando las claves en el simulador y hablándole al ansible; y cómo reconocer instantáneamente cada nave enemiga y sus armas a partir del patrón que mostraba el simulador; y cómo transferir todo lo que había aprendido en las batallas de gravedad cero en la Escuela de Batalla a las batallas de naves espaciales en la Escuela de Mando. Pensaba que lo de antes iba en serio, pero ahora le metían prisa en todo. Se enfadaban y se preocupaban más allá de lo lógico, cada vez que se le olvidaba algo o cometía un error. Él trabajaba como siempre había trabajado y aprendía como siempre había aprendido. Al poco tiempo ya no cometía errores y usaba el simulador como si fuera parte de él mismo. Entonces dejaron de estar preocupados y le asignaron un profesor.
Cuando Ender se despertó, Mazer Rackham estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas y no dijo nada mientras el muchacho se levantaba, se duchaba y se vestía. Tampoco Ender se molestó en preguntarle nada. Había aprendido hacía tiempo que cuando sucedía algo inusual, a menudo encontraba más información y con mayor rapidez esperando que preguntando.
Mazer todavía no había pronunciado ni una palabra cuando Ender estuvo listo y se dirigió a la puerta para dejar la habitación. Pero la puerta no se podía abrir. Se volvió y se puso frente al hombre que seguía sentado en el suelo. Tenía al menos cuarenta años, lo que lo hacía el hombre más viejo que Ender había visto de cerca. Llevaba barba de varios días, una mezcla de cabellos negros y blancos, que le daba a su tez un color casi tan gris como el de su corto cabello. La cara se hundía un poco y los ojos estaban rodeados de arrugas y líneas de expresión. Miró a Ender sin interés.

Ender se volvió hacia la puerta e intentó abrirla de nuevo.
—Muy bien —dijo, rindiéndose—. ¿Por qué está cerrada la puerta?
Mazer siguió mirándolo con el rostro inexpresivo. Ender se impacientó.
—Voy a llegar tarde. Si puedo llegar más tarde, me gustaría saberlo para volver a la cama.
No hubo respuesta.
—¿Acaso jugamos a las adivinanzas? —preguntó Ender.
Tampoco hubo respuesta. Ender pensó que quizás el hombre intentaba que se enfadara, así que hizo un ejercicio de relajación y, tan pronto como se calmó, se apoyó en la puerta. Mazer no le quitaba los ojos de encima.
Durante las dos horas siguientes estuvieron en silencio. Mazer miraba constantemente a Ender, que hacía como que no se daba cuenta de la presencia del viejo, pero iba poniéndose nervioso y acabó caminando de una punta de la habitación a la otra con un patrón errático. Una de las veces que pasó junto a Mazer, este extendió la mano y le empujó la pierna izquierda contra la derecha justo cuando estaba dando un paso. Ender se cayó al suelo. Se puso de pie de inmediato, furioso. Mazer seguía tranquilamente sentado, con las piernas cruzadas, como si nunca se hubiera movido. Ender se preparó para pelear, pero la inmovilidad de aquel hombre hacía imposible atacarlo y se preguntó si había sido real o se había imaginado la mano del anciano haciéndolo tropezar.
Ender Wiggin siguió andando durante una hora. De vez en cuando se paraba e intentaba abrir la puerta. Finalmente, se dio por vencido, se quitó el uniforme y fue hacia la cama. Cuando se inclinaba para abrirla, sintió que le golpeaba los muslos con una mano y le agarraba del pelo con la otra. Al instante estaba boca abajo, con la rodilla del viejo apretándole la cara y los hombros contra el suelo, la espalda doblada y las piernas inmovilizadas por el brazo de Mazer. No podía darse impulso con los brazos ni con la espalda para soltarse las piernas. En menos de dos segundos, el viejo lo había derrotado por completo.
—Está bien —jadeó Ender—. Usted gana.
La rodilla de Mazer presionó dolorosamente hacia abajo.
—¿Desde cuándo tienes que decirle al enemigo que ha ganado? —preguntó Mazer con voz ronca y suave.
Ender se quedó en silencio.
—¿Por qué no me has destruido cuando te he sorprendido la primera vez, Ender Wiggin? ¿Solo porque parezco pacífico? Me has dado la espalda, ¡estúpido! No has aprendido nada. Nunca has tenido un maestro.
Ender estaba enfadado.
—He tenido muchos malditos profesores. ¿Cómo iba a saber que usted resultaría ser un…? —Ender se quedó buscando la palabra. Mazer se la proporcionó.
—Un enemigo, Ender Wiggin —le susurró—. Soy tu enemigo, el primero que has tenido más inteligente que tú. No hay mejor maestro que el enemigo, Ender Wiggin. Nadie excepto el enemigo te dirá lo que el enemigo va a hacer. Nadie excepto el enemigo te enseñará cómo destruir y conquistar. Soy tu enemigo desde ahora. Desde ahora soy tu maestro.

Mazer dejó que las piernas de Ender cayeran al suelo. Como todavía le apretaba la cabeza contra el suelo, el muchacho no podía usar los brazos para compensar el peso, y las piernas golpearon la superficie plástica con un fuerte crujido y un dolor horrible que le provocó una mueca de dolor. Luego Mazer se puso de pie y dejó que se levantara. Ender encogió las piernas despacio, con un débil gemido de dolor, y se arrodilló un instante para recuperarse. Luego movió el brazo derecho con rapidez. Mazer retrocedió y la mano de Ender se cerró en el aire al mismo tiempo que el pie de su maestro se dirigía hacia delante, como para darle en el mentón; pero la barbilla de Ender ya no estaba allí. Estaba tumbado boca arriba y girando sobre sí mismo, y cuando Mazer perdió el equilibrio, los pies de Ender le golpearon la otra pierna. El viejo cayó hecho un ovillo. Pero el ovillo parecía un nido de avispas. Ender no podía encontrar ni un brazo ni una pierna lo bastante largos como para atraparlos y mientras tanto le iban cayendo golpes en la espalda y en los brazos. Era más pequeño que el hombre y por eso no podía alcanzar sus extremidades ondulantes. Entonces saltó fuera de su alcance y se quedó de pie cerca de la puerta.
El hombre dejó de revolcarse y se sentó, de nuevo con las piernas cruzadas, riendo.
—Mejor esta vez, chico, pero lento. Con una flota tienes que ser mejor de lo que eres con tu cuerpo o nadie estará a salvo contigo al mando. ¿Lección aprendida?
Ender asintió despacio. Mazer sonrió.
—Bien. Entonces no volveremos a tener una batalla como esta; a partir de ahora serán con el simulador. Programaré tus batallas, diseñaré la estrategia de tu enemigo, y aprenderás a ser rápido y a descubrir qué trucos te reserva. Recuerda, muchacho: de ahora en adelante, el enemigo es más listo que tú. De ahora en adelante, es más fuerte que tú. De ahora en adelante, tú siempre estás a punto de perder. —El rostro de Mazer se puso serio otra vez—. Estarás a punto de perder, Ender, pero ganarás. Aprenderás a derrotar al enemigo. Él te enseñará cómo.
Se levantó y anduvo hacia la puerta. Ender se apartó de su camino. En cuanto el hombre tocó el pomo, Ender saltó en el aire y le dio una patada en la parte baja de la espalda con los dos pies. Golpeó lo bastante fuerte como para rebotar sobre sus pies mientras Mazer gritaba y se desplomaba. Se levantó despacio, aferrándose al pomo de la puerta, con el gesto retorcido de dolor. Parecía imposibilitado, pero Ender no se fiaba de él y esperó con cautela; y, sin embargo, a pesar de sus sospechas la velocidad de Mazer lo sorprendió con la guardia baja. En un momento se encontraba en el suelo cerca de la pared opuesta, con la nariz y el labio sangrando tras golpearse el rostro con la cama. Fue capaz de girar lo suficiente como para ver a Mazer abrir la puerta e irse. Cojeaba y caminaba lentamente.
Ender sonrió a pesar del dolor, luego rodó sobre la espalda y se rio hasta que se le llenó la boca de sangre y empezó a tener arcadas. Se levantó y, con dificultad, se dirigió hacia la cama. Se acostó y, al cabo de pocos minutos, llegó un médico y le curó las heridas.
A medida que los fármacos fueron surtiendo efecto, Ender iba quedándose dormido y recordando la manera en que Mazer había salido cojeando de la habitación; y se echaba a reír otra vez. Se reía en voz baja, mientras se le quedaba la mente en blanco y el médico lo cubría con la manta y apagaba la luz. Durmió hasta que, por la mañana, el dolor lo despertó. Soñó con derrotar a Mazer.

Al día siguiente, Ender se dirigió a la sala del simulador con la nariz vendada y el labio todavía hinchado. Mazer no estaba allí. En su lugar, un capitán, con el que había trabajado antes, le mostró un accesorio que había fabricado y le señaló un tubo con un lazo en la punta.
—Radio. Primitivo, lo sé. Lo paso por encima de la oreja y el otro extremo va a la boca: así.
—¡Cuidado! —exclamó Ender, cuando el capitán empujó el extremo del tubo en su labio hinchado.
—Lo siento. Ahora habla.
—Vale. ¿A quién?
El capitán sonrió.
—Pregunta y verás.
Ender se encogió de hombros y miró al simulador. Al emitir un sonido reverberó dentro de su cabeza. Le resultaba demasiado ruidoso para que se entendiera algo y se quitó la radio de la oreja.
—¿Intenta dejarme sordo o qué?
El capitán negó con la cabeza y giró el sintonizador de una caja pequeña que había en una mesa cercana. Ender se colocó la radio de nuevo.
—Comandante —dijo la radio con una voz familiar.
—Sí —contestó Ender.
—¿Instrucciones, señor?
La voz era familiar.
—¿Bean? —preguntó Ender.
—Sí, señor.
—Bean, habla Ender.
Silencio. Y luego una carcajada estalló del otro lado. Se rieron seis o siete voces más y Ender esperó que volviera el silencio. Entonces preguntó:
—¿Quién más?
Se oyeron un par de voces al mismo tiempo, pero Bean las ahogó.
—Aparte de mí, Peder, Wings, Younger, Lee y Vlad.
Ender pensó un segundo. Luego preguntó qué diablos estaba pasando. Ellos se rieron nuevamente.
—No pueden romper el grupo —respondió Bean—. Hemos estado de comandantes durante unas dos semanas y aquí andamos, en la Escuela de Mando, entrenando con el simulador. De repente nos dijeron que íbamos a formar una flota con un nuevo comandante; y eres tú.
Ender sonrió.
—Muchachos, ¿así de buenos sois?
—Si no lo somos, ya nos lo harás saber.
Ender soltó una risita.
—Podría funcionar: una flota.
Durante los diez días siguientes, Ender entrenó a sus jefes de patrulla hasta que pudieron maniobrar las naves como bailarines precisos. Era como estar otra vez en la sala de batalla, salvo que Ender podía ver siempre todo, hablar con sus jefes de patrulla y cambiar las órdenes en cualquier momento. Un día, mientras se sentaba frente al panel de control y encendía el simulador, en el espacio aparecieron unas penetrantes luces verdes: el enemigo.
—Ya está aquí —dijo Ender—. X, Y, en bala; C, D, pantalla de reserva; E, curva al sur; Bean, ángulo norte.
El enemigo estaba agrupado en una esfera y eran dos por cada uno de ellos. La mitad de las fuerzas de Ender estaba reunida en una formación apretada, tipo bala, con el resto en una pantalla circular plana, excepto una pequeña fuerza al mando de Bean, que se alejó del simulador, dirigiéndose detrás de la formación del enemigo. Ender descubrió rápidamente la estrategia de los adversarios: cuando la formación tipo bala se acercara la dejarían pasar, con la esperanza de atraer a Ender hacia dentro de la esfera, donde estaría rodeado. Entonces hizo como que caía en la trampa y llevó su bala al centro de la esfera.
El enemigo comenzó a concentrarse, muy despacio, para no quedar expuesto hasta que todas sus armas pudieran ofrecer resistencia al mismo tiempo. Entonces Ender empezó a trabajar de verdad. Su pantalla de reserva se aproximó a la parte exterior de la esfera y el enemigo empezó a concentrar las fuerzas en ese lugar. Luego, las fuerzas de Bean aparecieron por el lado opuesto y el enemigo también desplegó las naves allí. Todo esto hizo que gran parte de la esfera quedara sin apenas defensa. La bala de Ender atacó y, como en el punto de ataque la cantidad de sus efectivos era abrumadoramente superior a la del enemigo, abrió un agujero en la formación. El enemigo reaccionó tratando de tapar el hueco, pero, en la confusión, la fuerza revertida y la pequeña fuerza de Bean atacaron a la vez; entonces la bala se trasladó a otra parte de la esfera. En pocos minutos más, la formación estaba destruida; la mayoría de las naves enemigas, exterminadas, y los pocos sobrevivientes se alejaban lo más rápido que podían.
Ender apagó el simulador. Todas las luces desaparecieron. Mazer estaba de pie a su lado, con las manos en los bolsillos y el cuerpo tenso. Ender lo miró y dijo:
—Me había dicho que el enemigo sería inteligente.
El rostro de Mazer seguía siendo inexpresivo.
—¿Qué has aprendido?
—Que una esfera solo funciona si tu enemigo es tonto. Tenían las fuerzas tan dispersadas que nosotros los superábamos en número cada vez que atacábamos.
—¿Y?
—No puedes mantenerte fiel a un patrón porque te haces muy previsible.
—¿Eso es todo? —preguntó Mazer en voz baja.
Ender se quitó la radio.
—El enemigo habría podido derrotarme si hubiese roto la esfera antes.
Mazer asintió.
—Tenías una ventaja injusta.
Ender lo miró fríamente.
—Eran dos de los suyos por cada uno de los míos.
Mazer negó con la cabeza.
—Tú tenías el ansible. El enemigo, no. Incorporamos ese factor en los simulacros de batallas. Los mensajes viajan a la velocidad de la luz.
Ender miró hacia el simulador.
—¿Había bastante distancia para que eso fuera importante?
—¿No lo sabes? —preguntó Mazer—. Ninguna de las naves estaba a menos de treinta mil kilómetros de la más próxima.
Ender intentó averiguar el tamaño de la esfera del enemigo. No sabía de astronomía, pero se le había despertado la curiosidad.
—¿Qué clase de armas hay en esas naves, que pueden golpear tan rápido?
Mazer meneó la cabeza.
—La ciencia no está a tu alcance. Tienes que estudiar muchos años más de los que has vivido para entender incluso lo básico. Todo lo que necesitas saber ahora es que las armas funcionan.
—¿Por qué tenemos que acercarnos tanto para tenerlos a tiro?
—Las naves están protegidas por campos de fuerza. A cierta distancia las armas son más débiles y no pueden pasar. De cerca las armas son más fuertes que los escudos. No obstante, los ordenadores se encargan de todo eso. Están disparando constantemente en cualquier dirección que no haga daño a una de nuestras naves; eligen objetivos y apuntan: hacen todo el trabajo de precisión. Solo tienes que decirles cuándo y ponerlos en posición para ganar, ¿vale?
—No. —Ender retorcía el tubo de la radio entre los dedos—. Tengo que saber cómo funcionan las armas.
—Ya te lo he dicho, te llevaría…
—No puedo comandar una flota, ni siquiera en un simulador, a menos que lo sepa. —Ender esperó un momento y le propuso—: Solo una idea aproximada.
Mazer se levantó y se alejó unos pocos pasos.
—De acuerdo, Ender. No tiene sentido, pero intentaré explicártelo lo más simple que pueda —dijo Mazer, metiéndose las manos en los bolsillos—. Verás, todo está hecho de átomos, pequeñas partículas tan diminutas que no se perciben a simple vista. No hay muchos tipos de átomos y todos se componen de partículas aún más pequeñas, que son más o menos lo mismo. Los átomos pueden romperse, y entonces dejan de ser átomos, de modo que en este metal ya se mantienen como tal; lo mismo le pasa al suelo de plástico o a tu cuerpo; incluso al aire. Si se rompen los átomos, las cosas desaparecen, solo quedan las partículas, que vuelan y rompen más átomos. Las armas de las naves establecen un área en la que los átomos de cualquier cosa no pueden mantenerse unidos, todos se rompen. Así que las cosas en esa área… desaparecen.
Ender asintió.
—Tiene razón, no lo entiendo. ¿Se puede bloquear?
—No. Pero cuanto más te alejes de la nave, más ancha y débil es, de modo que al cabo de un rato el efecto quedará bloqueado por un campo de fuerza. ¿Me sigues? Para hacerlo más fuerte, hay que apuntar bien, de forma que una nave solo dispare en tres o cuatro direcciones a la vez.
Ender asintió de nuevo, aunque no acababa de entenderlo bien.
—Si las partículas de los átomos rotos van desintegrando más átomos, ¿por qué no acaba desapareciendo todo?
—Espacio. Esos miles de kilómetros entre las naves, están vacíos. Casi no hay átomos. Las partículas no encuentran nada en su camino, y cuando finalmente chocan contra algo, están tan dispersas que no pueden hacer ningún daño. —Mazer inclinó la cabeza burlonamente—. ¿Hay algo más que quieras saber?
—Las armas de las naves… ¿funcionan contra otra cosa que no sean naves?
Mazer se aproximó a Ender y le contestó con firmeza:
—Solo las usamos contra las naves. Nunca contra otras cosas. Si las usamos contra algo más, el enemigo las usará contra nosotros. ¿Queda claro?
Mazer se alejó. Cuando estaba saliendo, Ender lo llamó con voz tranquila:
—Todavía no sé su nombre.
—Mazer Rackham.
—Mazer Rackham, lo he vencido.
Mazer se rio.
—Ender, hoy no has luchado conmigo. Hoy has luchado contra el ordenador más estúpido de la Escuela de Mando, configurado mediante un programa de hace unos diez años. No creerás que yo no usaría una esfera, ¿verdad? —Sacudió la cabeza—. Cuando batalles contra mí, lo sabrás. Porque perderás.
Mazer salió de la habitación.
Ender siguió entrenándose diez horas todos los días con sus jefes de patrulla. Nunca los veía, pero oía sus voces en la radio. Tenía una batalla cada dos o tres días.
El enemigo siempre tenía algo nuevo y más complicado, pero Ender le hacía frente. Y ganó cada vez. Después de las batallas, Mazer le señalaba los errores y le hacía ver que, en realidad, había perdido y que le dejaba acabar solo para enseñarle a controlar el final del juego.
Hasta que, por fin, un día Mazer llegó, le estrechó la mano solemnemente y le dijo:
—Esta ha sido una buena batalla, muchacho.
Con lo que había tardado en llegar el elogio, a Ender le gustó más que cualquier alabanza que le hubieran hecho; pero como era tan condescendiente, lo ofendió.
—A partir de ahora —dijo Mazer—, podemos darte las difíciles.
Desde entonces la vida de Ender fue un lento ataque de nervios. Empezó a librar dos batallas cada día, con problemas que se iban volviendo más y más complejos. Toda su vida había sido un entrenamiento en el juego, pero ahora el juego comenzaba a consumirlo.
Se levantaba por la mañana con nuevas estrategias para el simulador y se iba a dormir por la noche carcomido por los errores cometidos durante el día. A veces se sorprendía en medio de la noche gritando por algo que no recordaba; llegó a despertarse con los nudillos ensangrentados de habérselos mordido.
Pero iba impasible todos los días al simulador y entrenaba a sus jefes de patrulla hasta la batalla; y después soportaba y estudiaba las duras críticas que le hacía Rackham. Notó que, con cierta perversidad, lo criticaba más después de las batallas más duras. Además, observó que, cada vez que pensaba en una nueva estrategia, el enemigo la ponía en práctica al cabo de unos días. Y también se dio cuenta de que mientras que su flota seguía siendo del mismo tamaño, los efectivos del enemigo aumentaban sin parar. Le preguntó la razón a su maestro, que le contestó:
—Estamos mostrándote cómo será la dimensión del enemigo con relación a la nuestra cuando dirijas tu flota en una batalla real.
—¿Por qué el enemigo siempre nos supera en número?
Mazer inclinó la canosa cabeza un momento, como si estuviera decidiendo si contestar. Alzó la vista, extendió la mano y la puso sobre el hombro de Ender.
—Te lo diré, a pesar de que la información es secreta. Verás, el enemigo nos atacó primero. Tenía una buena razón para hacerlo, pero eso es un asunto para los políticos y tanto si la culpa fue nuestra como si fue suya, no podíamos dejarlo ganar. Así que cuando el enemigo vino a nuestro mundo, luchamos con dureza y usamos a los mejores de nuestros jóvenes hombres en las flotas. Ganamos y el enemigo se retiró —Mazer sonrió tristemente—; pero no había terminado, chico. El enemigo nunca iba a terminar. Vinieron de nuevo, eran más y vencerlos fue más difícil, y tuvimos que emplear otra generación de jóvenes. Solo unos pocos sobrevivieron. Así que se nos ocurrió un plan… al gran hombre se le ocurrió el plan. Sabíamos que teníamos que destruir al enemigo de una vez por todas, de manera absoluta y neutralizar su capacidad de plantarnos batalla. Para ello teníamos que ir a su mundo, aquel del que proviene, ya que su imperio depende de ese mundo central suyo.
—¿Y entonces? —preguntó Ender.
—Y entonces organizamos una flota. Construimos más naves que las que tenía el enemigo, cientos de ellas por cada una de las que habían mandado contra nosotros, y las lanzamos contra sus veintiocho mundos. Empezaron a salir hace cien años. Llevaban el ansible y solo unos pocos hombres. La idea era que algún día un comandante podría sentarse en algún planeta alejado del lugar de la batalla y comandar la flota. De ese modo, nuestras mejores mentes no serían destruidas por el enemigo.
Todavía no había contestado la pregunta de Ender.
—¿Por qué nos superan en número?
Mazer se rio.
—Porque nuestras naves tardaron unos cientos de años en llegar allí. Han tenido siglos durante los que prepararse para nuestra llegada. Serían tontos si hubieran esperado en remolcadores antiguos para defender los puertos, ¿no? Tienen naves nuevas, grandes naves, cientos de ellas. Todo lo que tenemos nosotros es el ansible; eso y el hecho de que tienen que poner un comandante con cada flota, de manera que cada vez que pierdan, y perderán, se quedarán sin una de sus mejores mentes.
Ender empezó a hacer otra pregunta.
—Ya vale, Ender Wiggin. Te he dicho más de lo que deberías saber.
Ender se levantó enfadado y apartó la vista.
—Tengo derecho a saber. ¿Usted cree que esto puede seguir así para siempre? ¿Que pueden empujarme de una escuela a otra sin decirme nunca para qué sirve mi vida? Me usa a mí y a los otros como herramientas. Un día comandaré sus naves, algún día tal vez salvemos sus vidas, pero no soy un ordenador ¡y necesito saber!
—Hazme una pregunta entonces, muchacho —concedió Mazer—, y si puedo responder, lo haré.
—Si usan a sus mejores mentes para comandar las flotas y ustedes nunca pierden ninguna, entonces ¿para qué me necesitan? ¿A quién estoy reemplazando si todavía están todas allí?
Mazer sacudió la cabeza.
—No puedo responderte a eso, Ender. Conténtate con saber que te necesitaremos, y pronto. Es tarde, vete a la cama. Tienes una batalla por la mañana.
Ender se fue de la sala del simulador, pero cuando Mazer salió por la misma puerta, un momento después, estaba esperando en el pasillo.
—Venga, chaval —dijo Mazer impaciente—. ¿Qué pasa ahora? No tengo toda la noche y tú necesitas dormir.
Ender no estaba seguro de cuál era su pregunta, pero Mazer esperó. Por fin dijo:
—¿Viven?
—¿Quiénes?
—Los otros comandantes. Los de ahora. Y los anteriores a mí.
Mazer resopló.
—Vivir. Por supuesto que viven. ¡Vaya pregunta!
El hombre se alejó por el pasillo, aún riéndose entre dientes. Ender se quedó en el corredor un poco más, pero el cansancio lo llevó a la cama. «Viven —pensó—. Ellos viven, pero no puede decirme lo que les pasa».
Aquella noche Ender no se despertó llorando; pero sí con sangre en las manos.
Los meses pasaban, con batallas todos los días, hasta que al final Ender se adaptó a la rutina de destruirse a sí mismo. Cada noche dormía menos y soñaba más, y empezó a tener terribles dolores de estómago. Le pusieron una dieta blanda, pero al cabo de poco tiempo no tenía apetito ni siquiera para eso.
—Come —decía Mazer y Ender se llevaba la comida a la boca mecánicamente. Pero si nadie le decía que comiera, dejaba de hacerlo.
Un día que estaba entrenando a sus jefes de patrulla, la sala se volvió negra y despertó en el suelo, con el rostro lleno de sangre allí donde se había golpeado con los controles.
Lo metieron en la cama y durante tres días estuvo muy enfermo. Recordaba ver rostros en sueños, pero no eran rostros reales y él lo sabía, a pesar de que estaba convencido de haberlos visto. En algún momento creyó ver a Bean y en otros, al teniente Anderson y al capitán Graff. Cuando se despertó solo estaba su enemigo: Mazer Rackham.
—Estoy despierto —le anunció.
—Eso veo —respondió Mazer—. Te ha costado bastante. Tienes una batalla hoy.
Ender se levantó, luchó en la batalla y ganó. No hubo segunda batalla aquel día y lo dejaron ir a la cama temprano. La temblaban las manos al desvestirse.
Durante la noche creyó sentir manos que lo tocaban con suavidad y soñó que había voces que le decían:
—¿Cuánto tiempo podrá aguantar?
—Lo suficiente.
—¿Tan pronto?
—En un par de días se acabó.
—¿Cómo lo hará?
—Bien. Incluso hoy, ha estado mejor que nunca.
Ender reconoció en la última voz la de Mazer Rackham. Le molestaba que se metiera hasta en sus sueños. Se despertó, libró otra batalla y ganó. Luego se fue a dormir. Despertó y ganó otra vez. Y el siguiente día, a pesar de que él no lo sabía, fue su último día en la Escuela de Mando. Se levantó y fue al simulador para la batalla.
Mazer estaba esperándolo. Ender entró lentamente en la sala de simulación. Arrastraba un poco los pies; parecía cansado y aburrido. Mazer frunció el ceño.
—¿Estás despierto, muchacho?
Si Ender hubiera estado más alerta, le habría importado más el tono de preocupación en la voz de su maestro, pero se limitó a ir a los controles y sentarse. Mazer le habló.
—La partida de hoy necesita una pequeña explicación, Ender Wiggin. Por favor date la vuelta y pon toda tu atención.
Ender se dio media vuelta y vio que había gente al fondo de la habitación, por primera vez. Reconoció a Graff y a Anderson, de la Escuela de Batalla, y recordaba vagamente a algunos de los hombres de la Escuela de Mando que había tenido de maestros durante unas horas en un momento u otro, pero no conocía a la mayoría de las personas.
—¿Quiénes son?
Mazer sacudió la cabeza y contestó.
—Observadores. De vez en cuando dejamos que los observadores entren para ver la batalla. Si no quieres que estén, los echaremos.
Ender se encogió de hombros. Mazer empezó su explicación.
—El juego de hoy tiene un elemento nuevo. Esta batalla se desarrollará alrededor de un planeta, lo cual complica las cosas de dos maneras. El planeta no es grande para la escala que estamos usando, pero el ansible no puede detectar nada que esté al otro lado; así que hay un punto ciego. Además, las reglas prohíben usar armas contra el planeta. ¿Está claro?
—¿Por qué? ¿No funcionan las armas contra los planetas?
Mazer contestó fríamente:
—Hay reglas en la guerra, Ender, y rigen incluso en los juegos de entrenamiento.
Ender sacudió la cabeza despacio y preguntó:
—¿El planeta puede atacar?
Durante un segundo, Mazer pareció desconcertado; luego sonrió.
—Creo que eso lo averiguarás tú, muchacho. Y una cosa más. Hoy, Ender, tu oponente no es el ordenador. Hoy yo soy el enemigo y no voy ponértelo tan fácil. Hoy la batalla es hasta el final. Voy a usar cualquier medio que pueda para derrotarte.
Mazer se fue y Ender, inexpresivo, guio a sus jefes de patrulla en las maniobras. Ender estaba haciéndolo bien, por supuesto, pero algunos de los observadores movían la cabeza y Graff continuaba cruzando y descruzando las manos, cruzando y descruzando las piernas. Ender estaba lento y no podía permitirse el lujo de ser lento.
Sonó un timbre de advertencia y Ender despejó el tablero del simulador esperando que apareciera el juego. Estaba confuso y se preguntaba por qué había gente mirando. ¿Iban a juzgarlo? ¿Decidirían si era lo suficientemente bueno para algo más? ¿Otros dos años de entrenamiento agotador, otros dos años de lucha para superar su mejor nivel? Tenía doce años y se sentía muy viejo. Mientras esperaba que el juego apareciera, solo deseaba poder perder, ser torpe y perder la batalla, del todo, para que lo echaran del programa y lo castigaran tanto como quisieran, no le importaba; solo quería dormir.

Apareció la formación enemiga y el cansancio de Ender se convirtió en desesperación. Eran mil a uno. El simulador verde brillaba con ellos y Ender sabía que no podía ganar.
Además, no era un enemigo imbécil. No había formación que Ender pudiera estudiar y atacar. Por el contrario, los vastos enjambres de naves se movían sin cesar, en constante cambio de una formación a otra, de modo que aquel espacio que en un momento estaba vacío se llenaba de inmediato con una fuerza enemiga formidable. A pesar de que la flota de Ender era la más grande que había tenido, no había ningún lugar donde pudiera desplegarla para superar en número al enemigo el tiempo suficiente para conseguir hacer algo.
Detrás del enemigo estaba el planeta sobre el que Mazer le había advertido. ¿Qué más daba un planeta, si no iba a poder ni acercársele? Ender esperó. Esperó una chispa de intuición que le dijera qué hacer, cómo destruir al enemigo. Y mientras esperaba, oía a los observadores moviéndose en sus asientos, detrás de él, preguntándose qué iba a hacer Ender, qué plan seguiría. Al final estaba claro para todos que no sabía qué hacer, que no había nada que hacer, y unos pocos al fondo de la sala carraspearon suavemente. Acto seguido Ender oyó en su oído la voz de Bean, que soltó una risita y dijo: «Recuerden, la puerta del enemigo es abajo». Algunos jefes de patrulla se rieron y Ender pensó en los sencillos juegos de la Escuela de Batalla en los que siempre ganaban. Le habían hecho combatir en partidas desesperadas. Y había ganado. Estaría acabado si dejaba que Mazer Rackham lo venciera con un truco barato, como el de tener mil efectivos por cada uno de los suyos. Había ganado un juego en la Escuela de Batalla haciendo algo que el enemigo no esperaba que hiciera, algo que iba en contra de las reglas: había ganado por ir contra la entrada enemiga. Y la entrada enemiga estaba abajo.
Sonrió al darse cuenta de que si violaba aquella regla seguramente lo echarían de la escuela. Así ganaba seguro porque no tendría que jugar el juego otra vez. Susurró algo al micrófono. Cada uno de sus seis comandantes se hizo cargo de una parte de la flota y se lanzaron contra el enemigo. Seguían un curso errático, en una dirección y luego en otra. El enemigo detuvo de inmediato sus maniobras y comenzó a agruparse en torno a las seis flotas de Ender.

Se quitó el micrófono, se recostó en la silla y miró. Ahora, los observadores murmuraban en voz más alta. Ender no estaba haciendo nada… había salido del juego. Pero parecía que había un patrón en los choques rápidos con el enemigo. En cada uno los seis grupos de Ender perdían naves…, pero no se detenían nunca a luchar, ni siquiera cuando, en cierto momento, podrían haber alcanzado una pequeña victoria táctica. En lugar de eso, seguían con aquel rumbo errático que los llevó, finalmente, hacia abajo: hacia el planeta enemigo. Justo por lo azaroso del movimiento, el enemigo no se dio cuenta hasta el preciso instante en que los observadores lo vieron también. Para entonces era demasiado tarde, de la misma forma que William Bee llegó tarde a detener a los soldados de Ender para que no activaran la compuerta.
Alcanzaron y destruyeron más naves de Ender, por lo que, de las seis patrullas, solo dos pudieron llegar al planeta, y estaban diezmadas. Aquellos pequeños grupos que lo lograron abrieron fuego contra el planeta. Ender se inclinó hacia delante, ansioso por ver si su hipótesis era correcta. Casi esperaba que sonara un timbre y que el juego se detuviera, porque se había saltado las reglas, pero apostaba por la exactitud del simulador: si podía simular un planeta, podía simular lo que le sucedería al planeta cuando lo atacaran.
Y así fue. Al principio, las armas que hacían estallar las naves pequeñas no hicieron estallar el planeta entero; pero sí causaron explosiones terribles y allí no había espacio para que se disipara la energía de una reacción en cadena. Por el contrario, la reacción encontró más y más combustible con que alimentarse. La superficie del planeta parecía moverse atrás y adelante, y de repente se produjo una inmensa explosión que lanzó una luz parpadeante en todas direcciones. Se tragó a toda la flota de Ender y luego alcanzó a las naves enemigas. La primera de ellas se desvaneció en la explosión. Luego, cuando se propagó y fue perdiendo brillo, resultó claro lo que había pasado con las naves. A medida que la luz las alcanzaba brillaban intensamente un segundo y desaparecían. Fueron combustible para el fuego del planeta.
La explosión tardó más de tres minutos en alcanzar los límites del simulador; cuando llegó ya era mucho más débil. Todas las naves se habían fundido y si alguna había logrado escapar antes de que la explosión la alcanzara no serían muchas y no valía la pena preocuparse por ellas. Donde había estado el planeta ya no había nada. El simulador estaba vacío. Ender había destruido al enemigo a base de sacrificar su flota entera y violando la prohibición de destruir el planeta enemigo. No estaba seguro de si sentirse eufórico por su victoria o temer la reprimenda que seguro que le caería; así que no sintió nada. Estaba cansado. Quería irse a la cama y dormir.
Apagó el simulador y entonces oyó el sonido detrás de él.
Ya no se veían dos perfectas filas de observadores militares. En su lugar había caos. Algunos de ellos se palmeaban la espalda, otros se inclinaban, con la cabeza entre las manos, otros lloraban a moco tendido. El capitán Graff se separó del grupo y se acercó a Ender. Las lágrimas le corrían por el rostro, pero estaba sonriendo. Extendió los brazos y, para sorpresa de Ender, lo abrazó con fuerza y le susurró:
—Gracias, gracias, gracias, Ender.
Enseguida todos los observadores estaban rodeando al niño, desconcertado, al que le daban las gracias, lo aplaudían, le daban palmadas en el hombro y le estrechaban la mano. Ender intentaba entender lo que decían. Al final, ¿había pasado la prueba? ¿Por qué les importaba tanto?
A continuación, la multitud se apartó y Mazer Rackham se abrió paso. Se dirigió directamente hacia Ender y le tendió la mano.
—Has tomado una decisión difícil, muchacho. Pero lo cierto es que no había otra forma de hacerlo. Felicidades. Los has vencido y todo ha terminado.
Todo ha terminado. Vencido.
—Te he vencido a ti, Mazer Rackham.
Mazer se rio con una carcajada que llenó la sala.
—Ender Wiggin, nunca has luchado contra mí. Desde que empecé a ser tu maestro, nunca ha sido en un juego.
Ender no entendía la broma. Había participado en muchos juegos, con un desgaste terrible para sí mismo. Comenzaba a enfadarse. Mazer estiró el brazo y le tocó el hombro. Ender le quitó la mano. Mazer se puso serio y dijo:
—Ender Wiggin, estos últimos meses has sido el comandante de nuestras flotas. No han sido juegos. Las batallas eran reales. Tu único enemigo era el enemigo. Has ganado todas las batallas. Y por fin hoy te has enfrentado a ellos en su propio planeta y has destruido su mundo, su flota; los has destruido completamente y nunca volverán contra nosotros. Lo has hecho. Tú.
Real. No era un juego. La mente de Ender estaba demasiado cansada como para encajar todo aquello. Se alejó de Mazer, caminó en silencio a través de la multitud, que seguía susurrándole agradecimientos y felicitaciones al muchacho, y salió de la sala del simulador. Por fin llegó a su habitación y cerró la puerta.

Estaba dormido cuando fueron Graff y Mazer Rackham. Llegaron en silencio y lo despertaron. Abrió los ojos y al reconocerlos se dio media vuelta para volver a dormir.
—Ender —le dijo Graff—. Tenemos que hablar contigo.
Ender se giró de cara a ellos. No dijo nada. Graff sonrió.
—Se que ha sido un shock para ti, lo sé. Pero tienes que estar contento por haber ganado la guerra.
Ender asintió lentamente.
—Mazer Rackham nunca ha jugado contra ti. Solo analizaba las batallas para encontrar tus puntos débiles, para ayudarte a mejorar. Ha funcionado, ¿no es así?
Ender cerró los ojos con fuerza. Esperaron.
—¿Por qué no me lo dijeron? —preguntó.
Mazer sonrió.
—Ender, hace cien años descubrimos algunas cosas, como que un comandante cuya vida corre peligro se asusta y el miedo hace que sea lento pensando. Cuando un comandante sabe que está matando gente, se vuelve prudente o loco, y ninguna de las dos cosas ayuda a obtener buenos resultados. Y cuando es maduro, cuando tiene responsabilidades y comprende mejor el mundo, se vuelve prudente y lento, y no puede hacer su trabajo. Así que empezamos a entrenar niños, que no sabían nada salvo jugar, y desconocían cuándo el juego llegaría a ser real. Esa era la teoría. Tú has demostrado que la teoría funciona.
Graff se estiró y tocó el hombro de Ender.
—Lanzamos las naves de modo que todas llegaran a su destino al cabo de unos pocos meses. Sabíamos que lo más seguro era que solo tuviéramos un buen comandante, y eso con suerte. En la historia ha sido poco común que hubiera más de un genio en una guerra. Así que planeamos tener un genio. Estábamos apostando. Llegaste tú y ganamos.
Ender abrió los ojos otra vez y ellos se dieron cuenta de que estaba enfadado.
—Sí, han ganado.
Graff y Mazer Rackham se miraron mutuamente.
—Él no lo entiende —susurró Graff.
—Sí lo entiendo —le replicó Ender—. Necesitaban un arma y la consiguieron, era yo.
—Correcto —contestó Mazer.
—¡Ah, muy bien! —continuó Ender—. ¿Y cuántas personas vivían en ese planeta que he destruido?
No respondieron. Esperaron un rato en silencio. Luego habló Graff:
—Las armas no necesitan entender a qué apuntan, Ender. Nosotros apuntamos, así que somos los responsables. Tú solo has hecho el trabajo que tenías que hacer.
Mazer sonrió.
—Por supuesto, Ender, te cuidaremos. El Gobierno nunca te olvidará. Nos has servido a todos muy bien.
Ender se giró y miró a la pared. Intentaron hablar con él, pero no les contestó. Al final se fueron. Ender se quedó tumbado en la cama bastante rato hasta que alguien fue a perturbarlo. La puerta se abrió suavemente, pero él no se volvió para ver quién era. Una mano lo tocó con delicadeza.
—Ender, soy yo, Bean.
Ender se dio media vuelta y miró al niño que estaba de pie al lado de la cama.
—Siéntate —le pidió Ender.
Bean se sentó.
—Esa última batalla, Ender. No sabía cómo ibas a sacarnos de aquello.
Ender sonrió y dijo:
—No lo sabía. He hecho trampa. Pensaba que me echarían.
—¡No puedo creerlo! Hemos ganado la guerra. La guerra entera ha terminado. Pensamos que tendríamos que esperar hasta que creciéramos para luchar en ella y resulta que estábamos librándola todo este tiempo. Lo que quiero decir, Ender, es que somos niños. Soy un niño pequeño, de todas formas.
Bean se rio y Ender esbozó una sonrisa. Luego se quedaron en silencio durante un rato; Bean sentado al borde de la cama, Ender mirándolo con los ojos entrecerrados. Bean pensó algo más que decir y preguntó:
—¿Qué haremos ahora que la guerra ha terminado?
Ender cerró los ojos y le contestó:
—Necesito dormir, Bean.
Bean se levantó y se fue y Ender se durmió.
Graff y Anderson fueron hasta el parque. Soplaba una brisa, pero el sol pegaba fuerte sobre los hombros.
—¿Abba Technics? ¿En la capital…? —preguntó Graff.
—No, en Biggock County. División de entrenamiento —respondió Anderson—. Piensan que mi trabajo con los niños es una buena preparación. ¿Y usted?
Graff sonrió y negó con la cabeza.
—No tengo planes. Estaré aquí unos pocos meses más. Informes, relajarme. Tengo ofertas. Desarrollo de personal para la DCIA, vicepresidente ejecutivo para U y P…, pero he dicho que no. Una editorial quiere que escriba las memorias de la guerra. No lo sé.
Se sentaron en un banco y miraron las hojas revoloteando por la brisa. Los niños que estaban en el área infantil se reían y gritaban, pero el viento y la distancia se tragaban sus palabras.
—Mire —señaló Graff.
Un niño pequeño saltó de las barras y corrió hasta cerca del banco donde estaban sentados los dos hombres. Otro chico lo siguió y, representando con las manos como si tuviera un arma, hizo el sonido de un explosivo. El niño estaba disparando y no se detenía. Volvió a disparar.
—¡Te tengo! ¡Vuelve aquí!
El otro niño quedó fuera del campo visual.
—¿No sabes cuándo estás muerto?
El chico se metió las manos en los bolsillos y le dio una patada a una piedra en dirección a las barras. Anderson sonrió y sacudió la cabeza.
—Niños.
Él y Graff se levantaron y salieron del parque.

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